AUTOR: Enrique Sienkiewicz
TÍTULO: Quo Vadis…?
EDITORIAL: Apostolado de la Prensa (Segunda edición)
AÑO: 1929
PÁGINAS: 559
RANK: 10/10




Por Alejandro Jiménez

Ante todo, quisiera decir que no leía un libro que me enseñara tantas cosas desde hace mucho tiempo: Quo Vadis…? (1896) ha descorrido un gran telón de mi ignorancia, y ha puesto frente a mis ojos un mundo que yo no intuía ni aproximadamente. Aunque parezca absurdo, la mayoría de veces, después de leer, quedo más aturdido que orientado, y no es posible pensar bien de esta manera; en cambio, ahora, estoy sintiendo algo semejante a la lucidez, una especie de claridad de ideas que irrumpe en mi mente, amilanando las dudas, estableciendo puntos de referencia y abonando el camino para futuras lecturas de este tipo.

Recuerdo que cierto profesor de literatura, cuando cursaba mi carrera, celebraba animosamente la obra de Sienkiewicz, su vitalidad y documentación. Por años, sin embargo, estuve postergando su compra, hasta que encontré en el centro de Bogotá esta rarísima edición, fechada en 1929 y publicada en Madrid por el Apostolado de la Prensa. Encontrar libros como éste es lo que todavía me impulsa a escarbar en las librerías y ferias de lo viejo y, por otra parte, a confiar en el gusto literario de las personas que admiro, porque ellas han incidido en el desarrollo de mi propia intuición y preferencias.

No deseo caer aquí en la trampa de las falsas adulaciones; por tal razón, sólo me gustaría resaltar que Quo Vadis…? es una novela que deja ver un autor de probada altura narrativa: Sienkiewicz escoge siempre la mejor palabra, combina magistralmente las formas de escritura (diálogo, prosa, poesía, epístola), no recae en excesivas descripciones como tampoco dibuja figuras a medias, en cada página se muestra claro, riguroso y, en fin, ha dado al universo un ejemplo superior de novela histórica.

Quo Vadis…? se remonta a mediados del siglo I para analizar bajo este contexto tres elementos: el surgimiento y propagación del cristianismo, la cultura decadentista que atravesaba entonces Roma y, por último, el carácter despótico de Nerón. La trama de la novela se organiza en torno a la historia de amor de Ligia y Vinicio: ella, una joven cristiana perseguida por sus creencias, y él, un patricio de holgada posición que, a lo largo de las páginas, personifica la mutación del hombre romano en cristiano. Como Vinicio es sobrino de Petronio, amigo de Nerón, vivirá muy de cerca las costumbres del Palatino, pero también conocerá, por su relación con Ligia, el modo de vida de los cristianos, sus apóstoles y doctrina.

Para comprender más adecuadamente el sentido de la novela es necesario tener presente: 1) que Roma adeuda al mundo griego, no sólo su origen, sino también gran parte de su cultura; 2) que en la época en que transcurre la historia, Roma se había convertido en un imperio extensísimo, en el que coincidían toda clase de religiones y cultos; 3) que era el César quien determinaba, por encima de todo, el destino de los hombres (ya fuesen esclavos, libertos o ciudadanos) y; 4) que los primeros cristianos transmitieron con efusión, si bien desde la clandestinidad, la fe en Jesucristo. Con todo, lo que es verdaderamente definitorio de los romanos es lo que ha apuntado el maestro Gómez Hurtado:

“Es muy importante su visión universal del mundo: lo que estaba dentro del Imperio era el mundo; lo que estaba por fuera era la otra parte. Da a su época una concepción universal del mando del emperador, a la vigencia de la ley, inclusive, una construcción, y una visión universal estética. El Imperio Romano fue una fuerza de Occidente frente a Oriente” [1]

Lo que recupera Enrique Sienkiewicz en su novela es parte de la historia de ese Imperio que se extendió por Europa, parte de Asia y África, vigoroso en muchos sentidos políticos e intelectuales, pero infame en cientos de prácticas y discursos. A continuación, me gustaría contribuir al análisis de esta obra a partir de los tres elementos que antes mencioné: el carácter de la sociedad romana, el advenimiento del cristianismo y la figura de Nerón. Antes, sin embargo, para ser más comprensible el contenido, describiré cuál es el argumento de la novela.

Quo Vadis... Domine?

Cierta mañana, Vinicio visita a su tío Petronio para hablarle sobre una joven de quien se siente enamorado. Se trata de Ligia, una princesa que vive en Roma desde que su nación quedara bajo el dominio del Imperio. Educada por Aulo y Pomponia, la chica es cristiana como aquellos, y tremendamente bella. Petronio, después de conocer en persona a la chica, intercede por Vinicio ante Nerón, pidiéndole que la llame al Palacio. Así sucede, efectivamente, con lo cual la vida de Ligia pierde su tranquilidad, pues no hay nada que quiera más que permanecer junto a sus padres adoptivos.

Vinicio, puesto al tanto de lo hecho por Petronio, asiste a un banquete organizado por el César, y como a este también concurre Ligia, decide confesarle que ha sido llamada al Palatino porque le será entregada a él en matrimonio. La joven se consterna pues, si bien es verdad que está enamorada de Vinicio, sabe que no puede casarse con un romano cuya naturaleza anda por fuera de los principios de su religión. De este modo, al día siguiente, antes de que Vinicio envíe a sus esclavos por ella, Ligia emprende la huída del Palacio con la ayuda de Urso –su protector- y otros cristianos.

Enterado del escape de la chica, Vinicio empieza a buscarla desesperadamente, pero no le es posible hallarla; se arrepiente de haber permitido que Nerón la arrancara de su hogar. Sin otra alternativa, contrata a Quilón para que la encuentre, cosa que le tomará a aquel varias semanas, pues después de comprobar que Ligia está bajo el poder de los cristianos, deberá infiltrarse entre ellos, ganar su confianza y enredarlos a base de artimañas. Una vez ubicada, Vinicio, en compañía de Quilón y Crotón –un poderoso gladiador-, planean recuperarla luego de escuchar una prédica del apóstol Pedro.

Sin embargo, Urso, mucho más salvaje y fuerte que el propio Crotón, impide el rapto de la joven: mata al gladiador y deja malherido a Vinicio, quien, sólo por caridad cristiana, es recibido en la propia casa en que se alojan Ligia y sus compañeros. Después del natural desencanto de su situación, vendrá la primera etapa de cambio en Vinicio, ya que los cuidados que le procura la joven en su recuperación, las conversaciones con Pedro y los otros cristianos, dejarán ver un perfil ameno del cristianismo, visto en Roma como un culto de “enemigos de la humanidad”. Vinicio empezará a comprender que, aunque Ligia lo ama, sólo aceptará estar con él, cuando pueda compartir las virtudes de aquella religión.

El apóstol Pablo, también cercano a las familias pobres del Transtíber, cristianas en su mayoría, aconseja a Ligia huir nuevamente, y permanecer lejos de Vinicio hasta que él se haga cristiano. Así pues, el patricio vuelve a su hogar, y se debate entre aceptar el buen ejemplo del que ha sido testigo, o continuar en el mundo de excesos en que ha vivido siempre. Quilón vendrá con noticias sobre el nuevo paradero de Ligia, pero Vinicio, decidido a ganar su amor, prescindirá de cualquier proyecto de rapto y, antes bien, pedirá a Pablo que lo acompañe en un viaje a Ancio al que ha sido invitado por Nerón.

Este viaje es decisivo para el protagonista, toda vez que, percibiendo con nuevos ojos lo grotesco de las costumbres imperiales e, interiorizando profundamente la doctrina cristiana, se avergonzará de haber pasado tanto tiempo ciego a la verdad. En uno de sus coloquios con Nerón, le solicita regresar a Roma para casarse con Ligia, y el César, desconociendo el deseo que sobre el patricio ha puesto su esposa Popea, y olvidándose de las acusaciones que cayeron, en su momento, sobre Ligia como asesina de su hija, lo concede sin problemas. Mas, ese horizonte amable que parece surgir pronto se teñirá por la tragedia.

Tigelino, uno de los preferidos de Nerón, lo ha convencido de incendiar Roma, y ha enviado un grupo de soldados para tal fin: el César quiere complacer su deseo de ver arder una ciudad –como lo hicieron sus antepasados troyanos-. Enterado de lo que sucede, Vinicio parte al galope, dándose cuenta, al llegar, de que Roma está devastada, de que hay miles de personas muertas, y de que Ligia no está en casa de Lino –como esperaba-. Entretanto, el propio Nerón ha vuelto a la ciudad y contempla poéticamente su destrucción. El pueblo romano clama justicia y, como no es posible mantenerlos a raya con la relajación de las leyes o la abundancia de alimentos, el César decide, con la ayuda de Quilón y los judíos, inculpar a los cristianos.

Desde entonces, los soldados romanos inician una ardua persecución por toda Roma; uno a uno, miles de cristianos inocentes son llevados a los anfiteatros y las cárceles para que esperen allí el dictamen de Nerón. Entre los fieles capturados están Ligia, Urso, Glauco y los otros amigos cristianos de Vinicio. Por todos los medios tratará el joven, a la sazón bautizado por Pedro, recuperar a Ligia: sus privilegios de ciudadano nada pueden conseguir frente a las órdenes del César, el cual prepara un castigo como nunca antes lo ha conocido el pueblo romano. Sometido por la fatalidad, Vinicio se entregará al rezo.

Los juegos con los que se hace justicia a los cristianos que "han incendiado" Roma se inician una vez los coliseos son reconstruidos. Cada uno de estos juegos demuestra un mayor grado de vileza: unos cristianos son lanzados al circo para ser devorados por animales traídos de todos los rincones del planeta (perros, leones, osos, panteras); otros, son quemados vivos en postes elevados sobre la arena, mientras los romanos hacen apuestas perversas; los últimos, sin importar si son niños, mujeres o ancianos, son crucificados ante el hastío y repulsión del César.

Pero es tal la sangre vertida en estos espectáculos que los mismos romanos empiezan a considerar un acto inhumano tanta violencia: hay algo en la serenidad y trascendencia con las que asumen los cristianos su tortura; algo en las palabras de Quilón que, arrepentido, culpa a Nerón del incendio de Roma y de haber conjurado contra los cristianos; algo en el rostro de Crispo o Pedro que, en el mismo coliseo, dan fuerza a sus correligionarios; algo que, finalmente, hace que el pueblo romano se lamente de haber permitido nacer en su seno semejante barbarie. Por tal motivo, aquel último evento en el que Urso se enfrenta a un gigantesco toro, del que cuelga Ligia, resulta deprimente.

Una vez que el protector de la chica pueda domeñar al animal y salvarla milagrosamente, por unanimidad los romanos exigirán piedad, y Nerón deberá privarse de su deseo de muerte. Con todo, mientras Ligia, a salvo, marcha fuera de Roma junto a Vinicio, el César volverá a sus desproporciones asesinando a centenares de hombres de su corte, a su esposa, al propio Séneca –su preceptor-; llevará a la crucifixión a Pedro, al suicidio a Petronio, y al más brutal de los miedos a todo el pueblo romano. No se sabe quién pueda detener semejante desfase de la voluntad humana: a Calígula lo mató un esclavo suyo, a Nerón quizá lo ayude el pretoriano Epafrodito.

El carácter de la sociedad romana

Quo Vadis…? se sitúa en un momento específico de la historia que tiene que ver con el nacimiento del cristianismo como religión y su difusión clandestina por toda Roma. Estamos unas tres décadas después de la muerte de Jesucristo, cuando los apóstoles Pedro y Pablo se erigían como los principales abanderados de la doctrina, y en torno de ellos, la iglesia iba tomando la fuerza necesaria para convertirse, como se vio después, en el punto de quiebre del mundo grecorromano, en la portavoz de los grandes discursos ortodoxos del Medioevo.

Roma se distinguió en aquel entonces por una serie de rasgos que la novela de Enrique Sienkiewicz logra describir acertadamente. En primer lugar, por su cosmopolitismo, es decir, por ser un espacio en el que coincidían muchas culturas y creencias; en segundo término, por su jerarquía social, heredada de la griega, pero con sus propias particularidades; luego, por considerarse el centro de la civilización (“todo lo que estaba dentro del Imperio era el mundo”, decía antes Gómez Hurtado); y, finalmente, por haber configurado un modo de vida partiendo de toda clase de extravagancias.

El primer rasgo resulta un tanto obvio si no se pierde de vista la extensión del Imperio: el haber alcanzado un espacio tan amplio implicó, necesariamente, el contacto con un conjunto numeroso de cultos, creencias y lenguajes. “A partir del siglo I las legiones romanas se establecen en Egipto y Alejandría, centros de gravitación de las razas y culturas semíticas en donde los romanos se nutren de un espíritu diferente del nacionalismo griego” [2]. En Quo Vadis…? se percibe este sentido cosmopolita, especialmente en lo que se refiere a los dioses, hasta tal punto que es posible hallar romanos rindiendo sacrificio alternativamente a Baal, Marte y Serapis.

El cosmopolitismo es una condición de vida en Roma, si bien el emperador tiene la potestad de decidir sobre todo aquello. Las razas, allí, se entrecruzan enriquecedoramente, dando pie a un constante sincretismo: la filosofía, la ciencia, las artes y la religión de cientos de lugares se instalan en las calles y mentes de los romanos. Ya en las primeras páginas de la novela se advierte este panorama:

“La lengua griega se hablaba allí casi tanto como la latina, y este Foro de Roma, gobernadora del mundo, parecía ser el punto de reunión de todas las razas y naciones sometidas a su dominio y tiranía. ‘El nido de los Quirites sin Quirites’ –decía Petronio-; y, en efecto, veíanse allí al lado de los negros de Etiopía, los rubios gigantes del extremo Norte, bretones, galos y germanos; los séricos de mirada oblicua; los que venían de las orillas del Éufrates y de la India, conocidos por sus barbas bermejas; los sirios de las riberas del Oronte, con los ojos negros y dulcísimos; los hijos de la Arabia, delgados como esqueletos; los judíos, con el pecho hundido; los egipcios de eterna sonrisa; los númidas africanos, los griegos de Hélada, tan poderosos en Roma como los romanos mismos, gracias a su ciencia, a su arte primoroso, a su gracia singular, y los griegos de las islas del Asia Menor, de Egipto, de Italia y de la Galia narbonense. Era una muchedumbre verdaderamente cosmopolita, donde los esclavos de orejas agujereadas confundíanse con los parásitos que mantenía el gran Emperador; los sacerdotes de Serapis, llevando una palma en la mano, fraternizaban con los de Isis, cuyos altares tenían más adoradores que los de Júpiter Capitolino, y los de Cibeles, los de las áureas espigas, conversaban alegremente con los de las divinidades nómadas, importadas por los extranjeros” (Pág. 17-18)

Con todo, es necesario subrayar un hecho importantísimo y es que toda esta diversidad está sometida al poder imperial, esto es, no se rivaliza con ella mientras reconozca el sustrato político del que depende, concretamente el poder del César. Es un aspecto que debe examinarse con cuidado: si el politeísmo se traduce en relativismo moral, se requiere un punto distinto al axiológico sobre el cual gravite lo diverso, y en el caso de Roma este fue el poder político. En otras palabras, hay diversidad cultural y esta contribuye a un juego enrevesado de moralidades, pero hay una sola jerarquía política encabezada por Nerón.

Esta es, precisamente, la segunda característica de la sociedad romana de aquel tiempo, una distancia social muy marcada: los pretorianos, senadores y patricios disfrutan de los privilegios de la jerarquía, encabezada por el César; en cambio, los libertos, esclavos y demás, no figuran entre los hombres con posibilidad de decisión, son los que todavía deben sufrir los suplicios que se les ocurran a sus amos, generalmente hostiles contra ellos. He ahí la rareza de ese experimento que, a mediados de la novela, realiza Vinicio con sus esclavos, tratándolos más amablemente, y que lo llevará a concluir: “nunca el temor los estimuló tanto como los ha estimulado la gratitud”.

Roma es intercultural en su plano exterior, pero en el fondo todo lo diferente al deseo imperial es sometido. Más lamentable que ésto, empero, es el hecho de que el discurso y las prácticas de los líderes romanos se desvíen del buen ejemplo y la virtud, para adentrarse en el campo de las perversiones. Los habituales festines del Palatino son una de las muestras más vergonzosas de la opulencia, el culto del placer que tienen unos pocos a costa de toda la humanidad puesta a su servicio. El interior del Palacio del César es descrito por Actea de la siguiente manera:

“Abajo, en el peristilo cubierto, cuyas columnas aún estaban salpicadas de sangre, fue donde cayó Calígula acuchillado por Casio Queroneo; allí fue asesinada su mujer, y allí mismo también su hijo fue estrellado contra las piedras. Un poco más allá surgía el obscuro calabozo donde Druso el menor se devoró sus propias manos enloquecido por el hambre; allí fue envenenado Druso el mayor, y sufrió Gemelo los tormentos del miedo, y Claudio la fiebre de las convulsiones; más allá gimió Germánico… Los muros recuerdan aún los quejidos y las maldiciones de los moribundos, y esos hombres que tan gozosos acuden a esta fiesta, acaso estén ya condenados; en muchos rostros la sonrisa de hoy es la máscara de la agonía de mañana; el odio, la avaricia, la envidia, las más viles pasiones, devoran el corazón de estos semidioses, que parecen ajenos a las inquietudes de la vida” (Pág. 49)

Justificadamente va hastiándose de semejantes espectáculos un espíritu como el de Petronio, el arbiter elegantiarum, cercano a la sensibilidad de la poesía, y estoico por naturaleza. En algún momento de su vida se dirá para su fuero interno: “Roma es la señora del universo, y al mismo tiempo el cáncer que la corroe… Roma es como un enfermo, como un apestado, sobre el que la muerte cierne sus negras alas”. Sólo el adulador del César, el que sepa aplaudir estrepitosamente sus necedades y “perfecciones” podrá asegurarse, al menos por un tiempo, sus favores y no perecer en medio de esta máquina incontrolable que es el Imperio.

Advenimiento y desarrollo del cristianismo en Roma

El historiador Ernst J. Görlich escribió en su Historia Universal unas páginas magistrales sobre Roma, y muchas de las ideas que él expone allí pueden relacionarse con los acontecimientos que describe Sienkiewicz en Quo Vadis…? Refiriéndose específicamente al modo como fueron perseguidos los cristianos Görlich dijo lo siguiente:

“La persecución del cristianismo por el Imperio Romano –si exceptuamos el caso especial de Nerón- se debía menos a la adoración divina de Cristo que al hecho de que proclamasen que era el único Dios, y por tanto no quisieran tomar parte en el culto al emperador, esto es, en la adoración divina del soberano. Esto se consideraba como repulsa del Imperio Romano y por tanto como alta traición (…) Ya en los tiempos de Nerón, los cristianos eran condenados a morir en la arena ante animales feroces o bien ardían como antorchas vivientes durante las orgías nocturnas de la buena sociedad. Junto a esto existían la crucifixión (el castigo usual para los esclavos rebeldes) y la muerte en la pira” [3]

Las anteriores apreciaciones permiten, por un lado, argumentar lo dicho acerca de la necesidad de someter cualquier culto a la adoración del César y, por otro, dar credibilidad a los tormentos de los que habla Sienkiewicz al final de su novela. Ahora bien, no quisiera centrarme aquí en el modo como efectivamente fueron perseguidos los cristianos durante el mandato de Nerón, sino más bien, tratar de rastrear algunas de las condiciones que hicieron fértil el terrero de Roma para el cristianismo, y examinar los principios propuestos por su doctrina.

Sin lugar a dudas, el politeísmo romano había degenerado para el siglo I en incredulidad. Hablando con Vinicio, Petronio le descubre el verdadero pensamiento de quienes rinden culto a sus dioses: “aunque esto no sirva para nada, por lo menos no hace mal alguno”. Tiempo después, el mismo Petronio sostiene ante Aulo que “ya hace tiempo que los dioses no son sino figuras retóricas”. Por último, en el Palatino no se termina nunca de señalar que la juventud ha perdido la fe, hasta tal punto que Domicio se lamenta con tono dramático: “¡Oh! La incredulidad ha de traernos la muerte”.

Como se ve, mientras los judíos permanecen fieles a Jehová, o los egipcios a Isis, los romanos han caído en el escepticismo. Los cultos que mantienen a Marte y Júpiter no reflejan ya ningún fervor religioso, sino el simple cumplimiento de una tradición recibida de sus antepasados; no se ven los rastros de las divinidades en ninguna parte, su presencia parece difuminada en el horizonte; y Nerón se ha atrevido a retarlos altivamente: ¿qué cosa me hace menos que los dioses? La relajación de las figuras divinas estimula en el seno de los poderosos el cultivo de todo género de placeres y perversidades.

No hace falta ser muy inteligente para notar que este estado por el que atravesaban los romanos permitió que la doctrina cristiana se afincara rápidamente: frente a la riqueza de los poderosos, promovía el desapego de los bienes materiales; frente a los excesos y castigos, fomentaba la piedad y el perdón; frente a la supremacía del más fuerte, animaba a la compasión y; frente a una vida llena de injusticias, postulaba un más allá de perfección y bienaventuranza. Entre los pobres de Roma, el cristianismo pronto alzó vuelo, pues fue su moral de consolación, su posibilidad de creer en algo diferente, más puro que aquello que sus gobernantes ensuciaban de vicio y maledicencia.

Quo Vadis…? muestra cómo, reunidos en pequeños cultos clandestinos, a las afueras de la ciudad, los creyentes fueron aumentando en número. Pedro y Pablo, como apóstoles, se encargaron sostener la fe de sus seguidores en una sociedad sobrecargada de pecado; su doctrina les enseñó la resignación, la esperanza, y también el orgullo de pertenecer a una casta de nuevos elegidos, no ya para gobernar el efímero mundo del presente, sino para participar de una gloria superior y eterna junto al único dios creador. De esta forma se lo explica Pablo a Petronio:

“Te complacen tus riquezas, y vives satisfecho porque tus horas se deslizan en el fausto y la disipación; pero piensa que pudieras haber nacido pobre, o verte abandonado, como esos desdichados niños ‘alumnos’, que tanto abundan entre nosotros y que se ven arrojados del hogar doméstico por sus mismos padres; ¿no querrías entonces haber nacido bajo el imperio de la ley cristiana, que no permite esa crueldad? Y si al llegar a la edad viril hubieses tomado una compañera, ¿no te agradaría que te fuese fiel hasta la tumba? Pues atiende a lo que pasa entre vosotros: ¿quién respeta la fe conyugal? Y yo te digo que aquellas mujeres que llevan a Cristo en su corazón se conservan puras, y no hacen traición jamás a sus juramentos. Vosotros, a pesar de vuestra grandeza y poderío, tenéis que desconfiar de todo el mundo, de vuestros gobernantes, de vuestras mujeres, de vuestros hijos y de vuestros criados” (Pág. 295)

Hay una cualidad del cristianismo que impacta a los ojos de Vinicio, como representante del pensamiento romano: no basta con honrar a dios, es necesario amarle. Y esta es una característica imposible de encontrar en Roma: ningún hombre ama a sus dioses y, si los honra, lo hace mecánicamente. Esa es la gran enseñanza que recibe el protagonista del apóstol Pedro: “no basta creer en Cristo y venerarlo, es necesario además practicar su doctrina, y esto para mí es como estar a la orilla de un mar, con la obligación de pasarlo a pie”. Se sabrá, en el transcurso de la novela, que Vinicio logra, a pesar de todo, cruzar ese camino, y lo hace por amor.

De tal suerte, son tan profundas sus últimas reflexiones: “los hombres no habían conocido hasta nuestros días un Dios digno de ser amado; por eso se amaban entre sí, y vivían en dolor y miseria, porque toda felicidad procede del amor, como la luz emana del sol radiante”. Vinicio personifica la transición del hombre romano dominado por el placer (el deseo de Ligia) al hombre cristiano que ama (y no la mujer ya, sino la fe compartida); el hombre que tributa la fuerza y el poder, al que ve en ello el fundamento de la injusticia; el que se complace con las orgías y el canto, al que las aborrece por impuras.

Pero se requiere de cierta iniciación para acceder a esta interpretación del mundo. Cuando se es un romano poderoso se vive demasiado ciego ante el llamado del cristianismo. No en vano en Roma se tenía una concepción tan desacertada de los cristianos: aquellos que “adoran una cabeza de borrico, sacrifican niños inocentes y se entregan a los más abominables excesos”. La persecución que se estableció contra ellos fue, bien lo decía Görlich, más el resultado del temor que su propio apartamiento infundía; el vivir en la clandestinidad y la pobreza, asumiendo con tenacidad la dura prueba de la vida, desconcertaba la mente de los romanos; la posibilidad de un solo dios que se alzara sobre la caterva de los demás, era ya una insolencia que no podía permitirse.

Pero, en el fondo, lo que puede percibirse en la obra de Sienkiewicz, es que quienes salieron victoriosos después de todas las crucifixiones que recayeron sobre los cristianos, fueron ellos mismos, porque, con sus excesos, los romanos demostraron la vileza a la que habían llegado y el temor cada vez más grande de que el control del Imperio se les saliera de las manos. Esto pensaba la mayoría de personas, una vez concluidos los juegos en que murieron miles de cristianos quemados, descuartizados o crucificados:

“El emperador se bañaba en sangre, y el mundo pagano le imitaba en aquella horrenda locura; pero los que estaban hastiados de tanto crimen y de tanta insensatez; los que eran víctimas del infortunio y la opresión; los desvalidos, los tristes y desesperados, corrían ansiosos al oír la buena nueva de un Dios que por amor a los hombres se había dejado clavar en una cruz, para redimir los pecados de la Humanidad, y elevándose hasta aquel Dios a quien podían amar, hallaban lo que hasta entonces nadie había sabido ni querido darles: la felicidad del amor” (Pág. 526)

La figura de Nerón

Sólo una persona con un carácter imponente hasta los límites del despotismo podía estar detrás de un Imperio como el romano; hasta cierto punto, el control de un espacio como aquel requería de una fuerza superior y dominadora. Pero hay un momento en el que esa fuerza se transforma en un desequilibrio personal, en la búsqueda de saciar toda clase de caprichos y pasiones. Joachim Fernau ha dicho al respecto:

“Hacía el año 56 ó 57 aparecieron los primeros signos de locura. Nerón descubrió su divinidad. Se abandonó al delirio más desordenado. Como primera medida, se libró de sus tutores: despidió a Séneca e hizo asesinar al prefecto Burro. Después le tocó el turno a su madre (‘la más magnífica de todas las madres’ era su título oficial), porque cometió la imprudencia de querer cosechar el poder que había sembrado, y finalmente a su esposa, la dulce hija de Claudio, con quien se había casado por precaución. Ambas mujeres se enfrentaron a la muerte lúcida y serenamente. Nerón se desposó con Popea, bellísima, pero de una tremenda ordinariez, a cuyo marido, Otón (hasta ahora su compinche), quitó de en medio enviándole a Portugal. Popea murió más tarde, en avanzado estado de gestación, de los puntapiés que Nerón le propinó en el vientre durante un ataque de cólera” [4]

Nerón es uno de esos personajes históricos que causan una curiosa atracción, no por sus hazañas, o porque hayan dejado páginas gloriosas, sino porque hay algo en su manera de ser hombres que no se observa comúnmente. Este Nerón del que se preguntaban los romanos si hacía bien “siendo a la vez dios, pontífice y ateo” es un reto para la comprensión porque es un hombre descabellado, porque su figura atrae por efecto contrario al del ejemplo, porque tal vez representa muchas de las potencias perversas que habitan en nuestro propio interior.

A mi modo de ver, el carácter de Nerón es el resultado de concebirse a sí mismo, como dice Fernau, a modo de divinidad. En efecto, sólo un dios puede pensar que le es posible hacer cualquier cosa que desee sólo por el gusto íntimo de satisfacerse. Lo que nos diferencia al resto de la humanidad de Nerón es que los deseos que nosotros satisfacemos per se, difícilmente pueden pasar por encima de los otros hombres, mientras que al César lo tienen sin cuidado este tipo de consideraciones. Quizá yo haya deseado también ver arder una ciudad, pero nunca provocaré un incendio por muchas razones: nuestra voluntad está coartada en este sentido, y sólo alguien que sepa que no sufrirá ninguna consecuencia por su acto puede ponerlo en marcha.

Si se hace un inventario de las insensateces en las que se embarcó Nerón a lo largo de su vida, descritas hábilmente por Sienkiewicz, salta a la vista esta cualidad de creador: se casó públicamente con Pitágoras, representando él el papel de esposa; durante el incendio de Roma, y a pesar de la ruina universal que se levantaba ante sus ojos, el César, con el laúd en la mano, se preparaba para recitar a sus cercanos los versos que había compuesto a propósito; asesinó al hijo mayor de Popea al verlo que se dormía mientras escuchaba uno de sus poemas; ordenó traer bestias de todos los puntos del Imperio para los espectáculos en que murieron los cristianos y; en fin, viajó por toda Grecia haciendo llenar a la fuerza los teatros, para mostrar su talento como cantante y actor.

Es indudable que hay una fuerza artística en Nerón, al menos un gusto por el arte mayor que el de muchos otros emperadores romanos. Pero este gusto, en él, se trastoca en autolatría, en la imposibilidad de concebir un mundo más allá de sí mismo. Nunca, a pesar de rodearse de los grandes pensadores de su época, llegó a ser un sabio. Su preceptor, Séneca, definió el sabio como un hombre “muy próximo a los Dioses, y excepto en la mortalidad, semejante a Dios; el que camina y aspira a cosas excelsas, reguladas con razón, intrépidas y que con igual y concorde curso corren, y a las seguras y benignas, habiendo nacido para el bien público, siendo saludable a sí y a los demás…” [5].

Las palabras de Séneca no aplican para Nerón, quien jamás pensó con razón, ni siquiera en los momentos en que empezaron a ocurrir los levantamientos en la Galia que desencadenarían su muerte; asimismo, desconocía completamente el significado de bien público, pues aunque se jactaba de tener complacido a su pueblo con la abundancia de vino y trigo, además de divertirlo en los eventos del coliseo –el famoso panem et circenses!-, a ello no subyacía un proyecto de ayuda pública, sino la búsqueda de un motivo más para que se le alabara. Con verdad se escuchaba en Roma que Nerón deseaba incendiar la ciudad para construir sobre sus ruinas una nueva que se llamaría Neronia.

Personalmente, pienso que es más fácil tolerar a un hombre insensato, que a uno manipulador. Nerón suple los dos perfiles ampliamente; pero si se tratara de ésto, se acepta con menos dificultad, por ejemplo, sus necedades de artista, que esa manera macabra de idear planes bajo los cuales se hundirán ciudades enteras. Lo peor, con todo, es que el episodio nefasto que constituyó el incendio de Roma y la persecución de los cristianos, partió también de un ánimo de imposición personal: no intentó nunca Nerón defender a Roma de un peligro general, como afirmaba, sino que ansiaba encontrar alguien a quien achacar su propio anhelo de destrucción, y su miedo a dejar de ser un dios. Burgess escribió algo parecido:

“A Nerón no le complacía en absoluto la idea de que quizá ya hubiese en su Imperio miles de personas imaginándoselo, a él, al Emperador, en las llamas del infierno. Para siempre jamás. Mientras esclavos –con nombres como Félix o Cresto- asistían al espectáculo de sus aullidos desde lo alto de un ameno frescor de poesía y música. No era correcto, no era justo, era una situación de laesa maiestas, y no iba a tolerarla. Con desembarazarse de los creyentes se desembarazaría de la creencia. Vio el fuego y, a continuación, por esa gracia de que sólo gozan los artistas, vio emergiendo de él el ave fénix. Esa era otra cosa, mucho más concebible” [6]

Se han escrito varios documentos, además de esta novela de Sienkiewicz, mostrando cómo el temperamento de Nerón corresponde al de un infante, y desde el psicoanálisis pueden sumarse muchísimas pruebas al respecto. El hecho de que, en el momento decisivo, le haya faltado la fortaleza para matarse, prueba también que nunca dispuso realmente de su vida, sino que, a partir de ella, hizo y deshizo la de los otros. El mundo ha contado siempre con “genios” de este tipo y, de seguro, es admirado secretamente por muchos (¿no es Nerón un espíritu nietzschano?). Yo no discutiré lo bueno o lo malo de este César, porque siempre he pensado que es demasiado lo que cabe bajo el rótulo humano.
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Cuando la persecución se hizo más fuerte y Pedro decidió escapar de Roma, se cuenta que, a las afueras de la ciudad, el apóstol observó en medio de un rayo luminoso la figura de Jesús. De inmediato, se lanzó a sus pies y los besó fervorosamente, luego de lo cual le preguntó: “Quo Vadis… Domine?” (¿A dónde vas, Señor?) El dios cristiano venía a defender a su rebaño de las atrocidades de que era víctima, precisamente ahora que aquel a quien se lo había encomendado huía fuera. Entonces, con renovada fe, Pedro se levantó y prometió solemnemente regresar para ponerse al lado de los suyos. Unos días después, el apóstol murió crucificado de cabeza por orden de Nerón.


NOTAS:

[1] GÓMEZ HURTADO, Álvaro (1998)
Cultura y Civilización. Bogotá: Universidad Sergio Arboleda. p. 115.
[2] ESPINOSA RAMÍREZ, Beatriz (1992)
Hombre, Cultura y Civilización. Bogotá: Editorial Cosmorama. p. 81.
[3] GÖRLICH, Ernst J. (1970)
Historia Universal (Vol. I) Barcelona: Círculo de Lectores. p. 197-198.
[4] FERNAU, Joachim (1975)
Ave, César. Barcelona: Círculo de Lectores. p. 221.
[5] SÉNECA, Lucio Anneo (1943)
Tratados Filosóficos. Buenos Aires: Editorial Emecé. p. 191.
[6] BURGESS, Anthony (1985) El Reino de los Réprobos. Bogotá. Círculo de Lectores. p. 371.

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