AUTOR: William Shakespeare
TÍTULO: Trabajos de Amor Perdidos
EDITORIAL: Aguilar, S.A. (Decimosexta edición)
AÑO: 1981
PÁGINAS: 201 (1262)
TRADUCCIÓN: Luis Astrana Marín
RANK: 7/10



Por Alejandro Jiménez

Jorge Luis Borges afirmaba que “el destino de William Shakespeare ha sido juzgado misterioso por quienes lo miran fuera de su época”; por lo menos resulta irónico que, siendo él el más grande poeta de Inglaterra, sus contemporáneos hayan escrito tan poco acerca de su vida. Borges explicaba que esta especie de tiniebla se debió, ante todo, al hecho de que en aquel entonces el teatro fuese un género subalterno. Sólo el pasar de los siglos ha ido aclarándonos la figura de Shakespeare, mostrándonos todo su valor y dejándonos a las puertas de un mundo que está poblado por voces de todos los calibres, por historias tejidas desde la más insondable profundidad humana.

Hoy por hoy, insistir en la importancia de Shakespeare es remitirse a una obviedad; pero, por otro lado, no deja de ser cierto que parte de su obra empieza a ser abandonada. Las reediciones de Romeo y Julieta, Macbeth o El Rey Lear mantienen una frecuencia admirable, mas, esto es algo que no sucede con comedias como la que ahora presentamos, Trabajos de Amor PerdidosLove’s Labour’s Lost-, quizá porque su tema, el lenguaje que pone en marcha, o la clase de humor que comunica, en opinión de muchos, son anacrónicos, intraducibles. Con todo, yo me niego a creer que la literatura posea, tal y como sucede con las mercancías materiales, un determinado periodo de vida, luego del cual esté destinada a desaparecer, a no ser útil.

Por esta razón, he querido acercarme a una obra que es especial por varios motivos: en primer lugar, porque –como dije- se trata de un texto que no suele generar el mismo entusiasmo que otros de renombre; luego, porque, ateniéndonos a los estudios de los especialistas, es una de las primeras comedias escritas por Shakespeare y; finalmente, porque en su argumento, todavía es posible leer –y esto a pesar de la distancia cultural- varios puntos inquietantes. Se sabe que no todas las obras de un autor corren con la misma suerte, pero no puede colegirse del hecho de que una de ellas haya perdido “vigencia” que debe, por fuerza, ser desatendida. Astrana Marín dice al respecto lo siguiente:

“Su mayor encanto (el de Trabajos de Amor Perdidos), lo que le presta cierto carácter íntimo y augusto, entre las infinitas curiosidades llenas de interés que atesora, reside en este hecho de ser la primera (…) Cinco o seis años llevaba Shakespeare de residencia en Londres al echar los cimientos de un nuevo mundo dramático con la presente comedia. El renacimiento hacía triunfar la exégesis. Daba fin al yugo teocrático, tras las bélicas trompetas medievales. Imponíase el método experimental. Las artes progresaban. La literatura redimíase” (Págs. 41-42)

En opinión del mencionado Luis Astrana Marín –el primero en verter directamente del inglés las Complete Works de Shakespeare, a principios del siglo XX-, Trabajos de Amor Perdidos fue concebida en el año 1591, publicada en 1598 y registrada en 1606 en el Stationer’s Hall (el Registro de Libreros). Más recientemente, otro erudito, Manuel Ángel Conejero, ha ubicado su fecha de gestación en 1593 [1]. Ahora, más allá de estas discusiones, está claro que esta fue una de las primeras comedias escritas por Shakespeare, antes o muy cerca de La Comedia de los Errores (1592); y, por ende, en ella puede percibirse el talento de esa fase en la que el dramaturgo inglés empezaba a sorprender con sus ideas al público londinense.

El contexto histórico del que se vale la obra es la Guerra Civil de Francia, iniciada en 1589; por su parte, el argumento gira en torno a la visita de la princesa de aquel país al rey de Navarra, a quien, en nombre de su padre, desea reclamar el territorio de Aquitania, prendado por un préstamo algún tiempo atrás. A la sazón, el rey se encuentra reunido con Berowne, Dumaine y Longeville, jóvenes pertenecientes a su séquito, con los cuales ha convenido –bajo juramento- pasar tres años de vida filosófica, lejos de placeres y vicios. La llegada de la princesa y sus doncellas se convertirá en la gran prueba para su virtud, pues cada hombre quedará prendado de una de las mujeres.

La principal dificultad a la hora de acercarse en la actualidad a esta obra de Shakespeare tiene que ver con la imprecisión de ciertos fragmentos. El uso de retruécanos, los juegos de doble y hasta triple sentido, la utilización de arcaísmos, o los parangones sin equivalencia en nuestro idioma, son algunas de las barreras frente a las cuales se enfrentó Astrana Marín en su momento y que, en esta edición, son advertidas prolijamente. Toma su tiempo, es verdad, comprender el significado de muchas expresiones y, a nuestros ojos, tal vez su humor ya no refleje la misma vitalidad que debió desprender a finales del siglo XVI; pero, aún así, vale mucho la pena acercarse a la obra. Como bien dijo Omar Pérez:

“Shakespeare vivió en una época que sabía muy poco de diccionarios, pero que creía en la existencia del unicornio: la nuestra cree en los diccionarios, incluidos los diccionarios del idioma Shakespeare, pero ha perdido el contacto con sus unicornios. La cultura, renunciando a su raíz agrícola, reduce cada vez más sus tareas al estrato intelectual, deportando todo lo demás, como el duque Federico, a la periferia del folclore y el mito. Shakespeare recupera para nosotros, si lo recuperamos, una posibilidad de viajar al bosque de los milagros, ese viaje por el cual partimos “a la libertad y no al destierro”. Toda traducción es un viaje. Enhorabuena [2].

El argumento de la obra

Trabajos de Amor Perdidos es una comedia de cinco actos que fue presentada ante la reina Ana de Dinamarca –esposa de Jacobo I- en 1604. La obra recibió de la soberana su aprobación, aun cuando ya había sido estrenada años atrás en Londres. Se trata de una pieza que, como su nombre lo indica, se basa en los lances del amor no correspondido, en las vacilaciones, desaciertos y confusiones en que se ven inmersos un grupo de hombres y mujeres que sólo hasta el final de la obra podrán hacer claridad en sus sentimientos.

La comedia inicia con un diálogo entre el rey de Navarra, los hombres de su séquito (Dumaine, Longeville) y Berowne; en él se aclara que los cuatro se han reunido para firmar un acuerdo que los obliga a permanecer en el palacio durante tres años, temporada que dedicarán para el estudio y la reflexión. El rey ha emitido un edicto para impedir que las mujeres se acerquen al lugar y entorpezcan su vida asceta; mas, pronto llega a sus oídos la historia de Costard –un hombre que se gana la vida como comediante-, quien ha sido sorprendido alagando a una aldeana, Jaquineta, hecho por el cual será condenado a pasar una semana a pan y agua, bajo la custodia de don Adriano de Armado.

Armado es un español excéntrico con el que el rey piensa divertirse en los momentos en que más pese su voto filosófico. Aquel hombre también está enamorado de Jaquineta, así se lo confiesa a su paje Moth, y sabiendo que Costard galantea a la mujer, sabrá encontrar cierto placer en el castigo que el rey le ha pedido ejecutar. El Acto I cierra, justamente, con la escena en la que Costard es llevado a prisión.

Entretanto, la princesa de Francia llega a las puertas del rey para discutir con él algunos asuntos relativos a la propiedad de Aquitania. La joven es recibida por el propio rey y sus acompañantes fuera del palacio –para evitar así incumplir su acuerdo-. Sin embargo, el tema político que ha traído a la princesa pronto es olvidado por los hombres, cada uno de los cuales se verá prendado por la belleza de una de las doncellas que acompañan a aquella: Berowne se enamora de Rosalina, Dumaine de Catalina, Longeville de María y, por último, el rey de la princesa.

Los enredos comenzarán durante el Acto III de la obra, es decir, cuando Armado decida condonar la pena de Costard a cambio de un favor, llevarle una carta suya a Jaquineta. El joven acepta el trato y parte a entregársela, pero torpemente la confunde con otra carta, la que Berowne le ordena dar a Rosalina. Ambos hombres están enamorados pero, en sus cartas, expresan de forma diferente sus sentimientos. Cuando Jaquineta reciba la carta dirigida a Rosalina quedará desconcertada, y otro tanto sucederá cuando Costard le entregue las líneas escritas por Armado a Rosalina.

En la escena II del Acto IV aparecerán dos nuevos personajes en la obra: Holofernes –el maestro- y sir Nataniel –el párroco-. Estos hombres pasan sus días discutiendo sobre temas eruditos, tasando quién de los dos sabe más acerca de ellos. Precisamente, estando enzarzados en una de estas discusiones, llegará a su presencia Jaquineta; la chica desea que le lean la carta que le fue entregada, pues ella no puede hacerlo por su cuenta, y apenas enterados todos de la declaración de amor que contiene, la instan a presentarse ante el rey, pues es inconcebible que uno de sus hombres –Berowne- esté eludiendo la orden de castidad que ha juramentado.

La escena III del mismo acto será acaso la más enrevesada y jocosa de toda la comedia. En ella los deseos de todos (Berowne, Dumaine, Longeville y el rey) saldrán a flote. Los hombres acudirán a un parque del palacio para repasar los sonetos que el amor les ha hecho escribir, y siendo todos testigos de las flaquezas del otro, no tendrán una alternativa distinta a reconvenir el juramento, entendiendo, como se los hace notar Berowne, que el conocimiento no sólo está en los libros y la reflexión en soledad, sino también en la observación de las mujeres, y el análisis de los caminos por los cuales transita una persona enamorada.

Así, pues, decididos a olvidar su juramento, a galantear a las mujeres, cada uno empieza a enviar regalos a su doncella, y piden a Armado que organice una representación de los paladines de la historia junto a Holofernes y sir Nataniel. Lastimosamente para los hombres, aquellas mujeres quieren jugar un poco con ellos, de modo que, prevenidas por un servidor suyo que se ha enterado de su determinación de conquistarlas, traman confundirlos invirtiendo sus vestidos, regalos y antifaces.

En la última escena de la obra asistimos a semejante confusión; disfrazados los hombres con trajes rusos –a la usanza de la época- equivocarán sus galanteos, y sólo se enterarán del enredo cuando vuelvan, tiempo después, en compañía de Holofernes y los otros a representar el acto que prepararon sobre los paladines. Al final, mientras la princesa y todos los demás observan la representación, llegará un mensajero de Francia para anunciar la muerte del rey, hecho que obligará a la princesa a marchar de inmediato. Antes, sin embargo, se aclarará que los hombres desean conquistarlas verdaderamente, inclusive dejando de lado el juramento que hicieron antes, esto es, perjurando; arrepentidas entonces de su comportamiento, proyectarán distintas pruebas de amor para sus pretendientes, todas con un plazo mínimo de un año, luego del cual, si persistiera su sentimiento, serán recompensados.

La figura de la mujer en Trabajos de Amor Perdidos

En la época de Shakespeare y hasta 1654 no hubo actrices en Inglaterra. En caso de que la obra incluyese a una mujer como personaje, se hacía necesario que su personificación la hiciese un hombre, valiéndose de atavíos, antifaces, vestidos, etcétera. Astrana Marín da algunas pistas sobre este hecho en el prólogo de las Obras Completas del dramaturgo:

“No querían los ingleses mujeres en escena. Los puritanos se apoyaban en un pasaje del Deuteronomio (XXII, 5) para proscribirlas; y el cascarrabias Nash jactábase, en un folleto publicado en 1592, de que los actores de su tiempo no fueran ‘como los cómicos del otro lado del mar, pícaros que empleaban meretrices o bajas cortesanas para representar los papeles de mujeres’. Aludía a nosotros (los españoles) y a los franceses. Esto anotado, no hay que decir que las dos compañías en que trabajaba Shakespeare (…) componíanse de hombres solo, y que las incomparables Julietas, Desdémonas, Ofelias, Perditas y Mirandas alentaron por primera vez a la vida inmortal en corazones masculinos” (Pág. 36)

La situación es anecdótica y habla, por un lado, del carácter de la sociedad inglesa en aquel entonces, moralista hasta lo puritano en muchos sentidos y, por otro, nos remite a cierta interpretación de la mujer como individuo. Se entiende que el fantasma de la Edad Media todavía es palpable en el siglo XVI y que faltaba aún para que la mujer por fin encontrase vías que la pusiesen como igual frente a los hombres. En esta comedia de Shakespeare, Trabajos de Amor Perdidos, la mujer es concebida como una figura problemática, causante del desequilibrio social y, en cierta medida, enemiga de la virtud.

Vale la pena aclarar que esa identidad de la mujer que ofrece la comedia no se basa en una interpretación medieval: Shakespeare no perdió oportunidad nunca para atacar a los puritanos; más bien, se trata del resultado de una disquisición filosófica. Examínese el argumento de la obra y se hallará un horizonte sobre este asunto: cuatros hombres han decidido entregar tres años de su vida al estudio y la virtud, hasta que unas mujeres –un tanto en broma, otro más en serio- los ciegan con su belleza, los domeñan, los hacen perjurar y luego se retiran sin ofrecer ninguno de sus favores.

En las líneas de algunos personajes, especialmente de Berowne y del rey, es posible reconocer un dibujo de la mujer, entendida como un ser que desata la locura de los hombres, los tienta haciéndose pasar por “necesidad” y juega con ellos a su antojo. Ya en el Acto I queda claro este panorama al que se enfrentan los personajes hombres de la comedia: ¿de qué vale haber jurado alejarse de lo mundano, si en cualquier momento la presencia de una mujer iniciará nuevamente la duda, los arrastrará hasta las simas del pecado y el oprobio? Así se lo confiesa Berowne a sus compañeros:

“–La necesidad nos convertirá en perjuros tres mil veces en el espacio de tres años. Cada uno de los hombres nace con sus inclinaciones que puede reprimir: mas no por la voluntad, sino por especial privilegio. Si quebranto alguno de mis votos, yo también por haber perjurado, alegaré la excusa de que era de ‘toda necesidad’. ¡Suscribo, pues, con mi nombre estas leyes! (Firma.) ¡Y que el que las contravenga en el más ínfimo grado quede bajo la humillación de un oprobio eterno! Las tentaciones son iguales para los demás que para mí; pero creo, aunque con cierta repugnancia, que seré el último en faltar a mi juramento” (Pág. 140)

Luego se verá que Berowne es el primero en ceder ante la tentación de Rosalina, el que más rápido cae en la perjura. Por más fuerte que parezcan estar arraigadas la convicción y la fortaleza de carácter, los hombres terminan flaqueando ante la mujer. Hay alguna cualidad en la naturaleza de ésta que impacta en el otro; quizá sea su belleza, la suavidad de su pensamiento, su desenvoltura; pero tal vez también el placer que puede compartirnos, el gozo que provee su mano, aquello que hace dudar, tambalear hasta la virtud más férrea.

Boyet –el sirviente de la princesa- declara este hecho inmejorablemente en el inicio del Acto V: “la lengua de las doncellas burlonas es tan aguda como el filo invisible de la navaja de afeitar, que corta, sin que se advierta, el más pequeño cabello. Son indefinibles; todo lo que expresan escapa al análisis; sus dardos tienen alas más rápidas que la flecha, la bala, el viento, el pensamiento y las cosas más veloces”. Algo de magia debe existir en las mujeres que envalentona a los hombres, y los convierte, luego, en siervos sin voluntad; sobre ellos triunfa el impulso de una pasión que no sabe de razones ni equilibrios.

Bien observadas, las anteriores ideas pueden sintetizarse de la siguiente manera: las mujeres constituyen los cambios de ritmo que operan en el mundo. El profesor Carlos Sepúlveda ha hecho notar que lo fundamental en los personajes de Shakespeare es que todos ellos son vacilantes [3]; esta tesis explicaría que los grandes nombres se su producción (Hamlet, Lear, Ricardo) transitan el mundo a través de una línea que adolece de continuidad, son seres que se arrepienten, que dudan, que vuelven sobre sus pasos, que siempre están redefiniéndose. Y dicha condición puede aplicarse, con no menos criterio, para los Berowne, Dumaine y demás personajes que hacen parte de Trabajos de Amor Perdidos, porque aquí ellos también tienen un carácter discontinuo.

El aspecto principal, sin embargo, de esta comedia, es que los personajes-hombres de Shakespeare son vacilantes a consecuencia de la acción de las mujeres, son ellas el motor de su vacilación: si el rey mismo decide perjurar el acuerdo que ideó, si pasa por encima de él, es básicamente por efecto de la princesa, de esa belleza que le ha hecho dudar de su fortaleza, que lo ha lanzado a una zona de indecisión. Y lo propio sucede con los otros personajes. Dice Sepúlveda que “el personaje tiene una finalidad móvil a la que llamamos objetivo y es móvil porque ese personaje como sujeto deseante cambia y redefine sus intereses según los vínculos y las relaciones que se producen con los demás personajes”, para el caso que hemos deseado analizar, las relaciones con las mujeres.

Resumiendo, la mujer cumple en esta obra de William Shakespeare un papel que tiene dos horizontes: el primero tiene que ver con el desequilibrio, con ser esa figura que tienta, que se planta allí, frente a los ojos de los hombres, para ver cómo se les encorvan las piernas y se les obnubila el pensamiento. El segundo papel que cumplen es ser el motor que orienta constantemente el camino de los hombres; si es verdad que estos son vacilantes por antonomasia, no lo es menos que buena parte de esta condición se debe a la acción de las mujeres. Al cierre mismo de la obra, el rey de Navarra es conciente de esto, y lo expresa como sigue:

“El tiempo, en su rapidez, modifica el curso de las cosas, y con frecuencia al abandonarnos es cuando decide lo que un largo proceso no pudo arbitrar. Y aunque la frente en el duelo de una hija se oponga al sonreír cortés del amor, tiene una corte sagrada que quisiera triunfar de sus pesares. Sin embargo, ya que el amor ha podido hacer valer sus argumentos, que las nubes de la aflicción no le desvíen del objeto que se propone. Llorar los amigos perdidos es menos saludable que congratularse de los nuevamente hallados” (Pág. 198)

Algunas reflexiones sobre la educación vista desde la obra

Dentro de los pocos datos biográficos que se conocen acerca de Shakespeare, parece tenerse claro que en su juventud trabajó como maestro de escuela. Por otra parte, la crítica, desde el momento mismo en que se conoció Trabajos de Amor Perdidos, ha sostenido que el Holofernes de la obra es una sátira de Juan Florio, profesor al que conoció Shakespeare cuando aquel dictaba clases de idiomas al conde de Southampton, su fiel amigo. Estos dos puntos, amén de algunas alusiones respecto de la educación y, en general, la vida erudita, permiten trazar una ruta interpretativa de este subtema.

Grosso modo, hay un par de elementos que parecen definitivos. En primer lugar, hay una crítica a los discursos que entienden la educación (ciencia y filosofía, especialmente) como los únicos soportes de la vida, y piénsese que estamos en los albores del racionalismo inglés. En segundo lugar y, como consecuencia de lo antes dicho, hay una sátira de la necedad de algunos hombres, que se esfuerzan en el cuidado de las formas y los estilos. La crítica a la educación la establece Berowne ya en el inicio del Acto I:

“–¡Cómo! Todos los deleites son vanos; pero el más vano es aquel que, adquirido con pena, no rinde sino pena, como investigar penosamente sobre un libro en busca de la luz de la verdad, mientras esta verdad, en el propio instante, ciega pérfidamente la vista de su libro. La luz que busca la luz hace lucir el engaño de la luz. Así, antes que halléis vuestra luz se tornará oscura por la pérdida de vuestros ojos. Estudiad, más bien, el medio de regocijar vuestros ojos fijándolos en otros más bellos que, aunque os deslumbren, al menos os servirán de guía y os devolverán la luz que os hayan robado. El estudio es semejante al sol glorioso del cielo, que no permite que lo escudriñen a fondo con insolentes miradas. Poco han ganado nunca los estudiosos asiduos, salvo una ruin autoridad emanada de los libros de otros. Esos padrinos terrestres de las luces del cielo, que bautizan a cada estrella fija, no alcanzan más provecho de sus brillantes noches que los que se pasean sin conocer dichos astros. El exceso de estudio no sirve sino para daros un nombre, gloria que os pueden otorgar todos los padrinos” (Pág. 139)

El deseo del rey y los demás es alejarse del resto de los hombres durante tres años para estudiar filosofía, ponerse al tanto del conocimiento. Empero, la duda de Berowne irrumpe como un rayo que atraviesa cualquier certeza: ¿no sería mejor leer en el libro de la vida? Estudiar las ideas que condensan los libros es aprender un conjunto de nombres y ordenarlas sin la posibilidad de que algún día lleguen a pertenecernos. En cambio, quien vive y con la propia luz de sus ojos ilumina su entorno, los otros hombres y su ser, se erige como el árbitro de su conocimiento, y no toma nada de segunda mano.

Hay algo más: los libros nunca están al tanto de los acontecimientos. Si, después de todo, la decisión de consagrarse al estudio, puede ser desechada, tal y como sucede en Acto IV de la obra, es porque la realidad siempre avasalla cualquier intento por aquietarla en una página. Es ese discurso que pone en marcha Berowne en dicho acto, cuando plantea a sus compañeros que resulta ridículo estudiar el mundo en los libros, en especial, a las mujeres que hacen parte de él, en vez de ir directamente a ellas y comprenderlas como si se tratara de un arte más, de alguna creencia. Con estas palabras lo dice:

“–Porque ¿existe en el mundo un autor capaz de enseñar la belleza como los ojos de una mujer? La ciencia no es más que un aditamento de nuestra individualidad. Allí donde estamos, nuestra ciencia reside también. Pues cuando nos contemplamos en los ojos de una mujer, ¿no vemos en ellos, asimismo, nuestra ciencia? ¡Oh! Hemos hecho votos de estudiar, señores, y por el mismo voto hemos repudiado nuestro verdadero libro. Porque ¿cuándo, soberano mío, o vos, o vos, habéis hallado nunca en la meditación fría las ardientes estrofas con que os han enriquecido, a fuer de maestros, los incitantes ojos de una beldad? Las restantes disciplinas serias permanecen del todo inactivas en el cerebro, y, estérilmente prácticas, apenas recogen cosecha de su duro trabajo…” (Pág. 176)

Francisco Jarauta se ha preguntado por qué no se entra a la historia moderna de la mano de Montaigne, o de la mano de Shakespeare; por qué ese escepticismo que caracteriza a estos autores no termina de convencer a los teóricos. Y, de algún modo, esta inquietud del filósofo español se entiende a raíz de Trabajos de Amor Perdidos, cuando Berowne enfrenta al lector a su incredulidad. Berowne, que de lejos es el personaje de mayor fuerza en la comedia, se lanza a un territorio de insatisfacción: la educación no sirve, nos dirá, si no es una construcción individual y directa.

Por esta razón, esas largas discusiones que la princesa y Boyet establecen en torno al estilo de la carta de Armado; o las que, en su momento, personaliza Holofernes y sir Nataniel respecto de la de Berowne, denotan un excesivo afán por la forma. Es una sátira con la que Shakespeare complementa su apreciación sobre el estudio; esos enamorados del estilo no pueden ya, a fuerza de estar maniatados al prejuicio, comprender un poco más allá. Para ellos, más que para cualquier otro, aplícase la fórmula que el propio Holofernes cita, tal vez sin terminar de comprenderla: vir sapit qui pauca loquitur.

El personaje shakesperiano se intuía desde esta primera época lleno de una condición que cada vez se irá haciendo más grande: la vacilación. En la comedia que hemos intentado analizar, esta vacilación es efecto de la mujer, que con su fuerza supera el ímpetu del hombre, lo hace ir y venir conforme a su deseo; pero también hay vacilación en el hecho de no tener la seguridad de una educación establecida, porque si es verdad, como afirma Berowne, que sólo puede creerse en lo que se estudia por cuenta propia, siempre habrán muchos campos oscuros y desconcertantes.
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Trabajos de Amor Perdidos es una obra del Shakespeare inicial; se intuye en ella el talento del genio que llegará a escribir Macbeth o El Rey Lear. Contrario a cierta opinión apresurada de algunos que piensan que la obra, actualmente, no puede leerse, creo que todavía tiene mucha tela por ofrecer, y los puntos a los que me he referido en esta oportunidad son apenas una muestra de ello.


NOTAS:

[1] CONEJERO, Manuel Ángel (1999) Introducción al volumen Macbeth / El Rey Lear. Barcelona: Editorial Folio. p. 30.
[2] PÉREZ, Omar (1999) Prólogo al volumen Como Les Guste. Bogotá: Editorial Norma. p. 13.
[3] SEPÚLVEDA, Carlos (2005) Sobre la Noción de Sujeto Escindido en Shakespeare como Motivo para una Puesta en Escena, en Revista Gavia No. 1. Bogotá: Universidad Distrital. p. 22.

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