AUTOR: Giovanni Guareschi
TÍTULO: Don Camilo
EDITORIAL: Círculo de Lectores, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1973
PÁGINAS: 240
TRADUCCIÓN: Fernando Anselmi
RANK: 8/10



Por Alejandro Jiménez

Antes de acercarme a este libro de Giovanni Guareschi (1908-1968) había leído otros dos que, a su manera, abordan el problema de Italia durante el fascismo y la Segunda Guerra Mundial. El primero de ellos es Vino e Pane, de Ignazio Silone, una novela estupenda en la que el autor –fundador del Partido Comunista Italiano- examina las contradicciones de la revolución proletaria y la difusa interpretación que se hace en las áreas rurales de la figura de Mussolini. El segundo libro, Cronache di Poveri Amanti, escrito por Vasco Pratolini, es más una historia de la pobreza, la marginación social y las luchas que se gestan en los suburbios de la ciudad a raíz de las diferencias políticas.

Este otro texto, Don Camilo, representa una forma distinta de ver ese mundo caótico en que tuvieron que vivir los italianos de aquella época. Si bien la obra comparte con las otras la preocupación por la condición de su país, Guareschi construye un camino único en el que trata, ante todo, de formular un espacio conciliatorio entre las ideas enfrentadas entonces, y de asumir la situación, aunque cruda y funesta, a través de un humor inteligente. El imperativo de denuncia que hay en las novelas de Silone y Pratolini no se pierde aquí, pero antes que insistir en las diferencias que hay entre los italianos, de resaltar los vicios que separan a los unos de los otros, en la obra de Guareschi es posible rastrear aquello que los une.

El autor, quien fue acusado por los alemanes de ser simpatizante de la izquierda, fue enviado a un campo de concentración en Polonia. Sin embargo, al regresar en 1945 a Italia, no se hundió en el quebrantamiento emocional, sino que reinició su trabajo como periodista, esta vez dirigiendo la revista Cándido, en cuyas páginas nacerían don Camilo y Peppone, los personajes con que Giovanni Guareschi mostró que, en los lugares de menos sofisticación, por ejemplo, en aquel campo italiano en el que todavía predominaba el instinto natural, era posible poner en comunicación, incluso, dos posiciones tan antagónicas, como las de la religión católica y el comunismo militante:

“Para llenar un espacio en una de las páginas del periódico creó (Guareschi) la sección semanal en la que aparecían, opuestos en apasionantes episodios y divertidos diálogos, el cura incorruptible, violento e intemperante, y el alcalde comunista igualmente incorruptible y vehemente. Así fue como Guareschi supo traducir en las páginas de Cándido una realidad casi cotidiana de la joven Italia de los años cuarenta. Logró presentar un ejemplo de convivencia pacífica entre dos distintas posturas políticas; conciliar en el binomio don Camilo – Peppone, ideologías y sentimientos enfrentados aún hoy vigorosamente en muchas partes del mundo. Y lo hizo con su magnífico y agudo sentido humorístico, poniendo de manifiesto que, por encima del contraste partidista, cuenta más la fraternidad de fondo que une a ambos personajes, al común denominador de don Camilo y Peppone: su condición humana” (Pág. 240)

Hoy, a cincuenta años de la muerte de Guareschi, no termina de advertirse el carácter particular que poseen las historias de Don Camilo. En un momento en el que fueron tan usuales las obras escritas desde la efervescencia ideológica, desde el ánimo –diríamos- de imposición y señalamiento, resulta casi turbador que un libro pueda alzarse hasta una altura en la que le es posible juzgar ya con imparcialidad los acontecimientos que suceden en un pueblo, sus actores y las ideas que se movilizan en ellos. Esta conciencia de las diferencias, concebidas como matices de algo común que es la vida, implica un acto de trascendencia, un paso que va más allá de la simple referencia exterior.

Lo anterior significa, en términos concretos, que Don Camilo refleja una voz madura de la literatura italiana; voz percatada de lo inútil que es continuar en el atrincheramiento de las ideas, en la división social iniciada a raíz de la guerra; voz que se orienta hacia la consecución de la unidad, de la integración de los discursos y las acciones hasta entonces enfrentadas. Podría seguirse esta idea tomando como referentes tres elementos de la obra: 1) la recuperación de lo humano por encima de lo político, 2) la posibilidad de una justicia no politizada y, 3) el entendimiento de la historia como factor de unificación. Así, pues, a continuación me gustaría analizar estos tres puntos.

La recuperación de lo humano sobre lo político

Don Camilo es un libro compuesto por casi cuarenta relatos, los cuales tienen lugar en un “pedazo de la llanura del Po”, en Plasencia, y transcurren aproximadamente entre diciembre de 1946 y el mismo mes del año siguiente. Las historias se tejen en torno a situaciones distintas, por ejemplo, la visita del obispo al pueblo, las huelgas que organizan campesinos y obreros, la construcción de un jardín-oratorio, etcétera; sin embargo, todas ellas coinciden en un punto y es el hecho de que involucran, de algún modo, a don Camilo y Pepón, el cura y el alcalde respectivamente, quienes se enzarzan en luchas verbales y hasta físicas, promoviéndose intrigas y buscando salir victoriosos en cada oportunidad.

De cualquier forma, lo que va descubriendo el lector de Don Camilo a medida que se adentra en el universo propuesto por Guareschi es que, más allá de esa rivalidad de los personajes que no es aparente, que en realidad existe, ellos han alcanzado un alto nivel de comprensión mutua. Un poco al modo como se afirma que en las batallas el punto que jamás debe perderse de vista es el respeto hacia el enemigo, don Camilo y Pepón son dos hombres que casi siempre están en desacuerdo, que con todas sus fuerzas siempre tiran hacia su lado, pero que también abonan la inteligencia, el ímpetu, el temperamento e, incluso, la credibilidad del contrincante.

En uno de los últimos relatos, llamado Otoño, Pepón acepta la invitación de don Camilo para sentarse frente a la chimenea de la parroquia y compartir con él algunos vinos. En la conversación que se genera en esta intimidad hay dos pequeños fragmentos que muestran el perfil de los personajes. El primero habla de Pepón:

“–¡Por la victoria hice ya un montón de fajinas, y eso basta! Me sacaron del lado de mi madre cuando era todavía un muchacho, me metieron en una trinchera, me llenaron de piojos, de hambre y de suciedad. Luego me hicieron marchar de noche, bajo el agua, con una tonelada de cosas sobre el lomo; me empujaron al asalto mientras llovían las balas como granizo y me dijeron que me las arreglase cuando caí herido. He sido peón, enterrador, cocinero, artillero, enfermero, mulo, perro, lobo y hiena. Después me dieron un pañuelo con Italia estampada, un traje de algodón ordinario, un certificado de haber cumplido mi deber, y regresé a casa para ir a implorar trabajo de aquellos que se habían hecho millonarios a mi costa y a la de todos los otros desgraciados” (Pág. 214)

Como se observa, la vida de Pepón ha sido difícil; a los ojos del mismo cura no deja de tener un tono triste y de injusticia. Movilizado a la guerra cuando joven, obligado luego a trabajar para quienes se apoderaron de los campos en su ausencia, dentro de las alternativas que dicha situación ofrecía él se inclinó a la de vincularse a los movimientos revolucionarios, enterarse a golpes de cómo funcionaba la política, y empezar a ser un abanderado del comunismo. Si estuvo bien o mal este camino es lo menos importante, lo cierto es que Pepón trabaja por su gente y que, de los campos bajó al pueblo del que ahora es alcalde. Algo de este tenor parece percibir don Camilo, cuando él mismo habla sobre su vida:

“–He meditado sobre tus palabras de ayer (las de Pepón). Desde tu punto de vista, tienes razón. Para mí la guerra fue cosa muy diversa. Yo era un curita recién salido del seminario cuando me encontré metido en ella. Piojos, hambre, fajina, balas, sufrimientos iguales a los tuyos. Yo no iba a los asaltos, se entiende, pero iba a recoger a los heridos. Cierto que para mí la cosa era distinta: era mi oficio, y ese oficio lo había elegido yo. Para ti la cosa variaba: tu oficio no era el de soldado. Por fortuna, pues los que eligen el oficio de soldados son de veras todos mala gente” (Pág. 216)

Este ejercicio de comprensión del otro, de entendimiento de su situación es un elemento que permite que la condición humana se establezca por encima de las diferencias políticas. Hay un hecho o, más bien, un conjunto de hechos que ambos personajes han vivido (la guerra, las privaciones, el sometimiento) y, aunque cada quien las afrontó y afronta todavía a su manera, divergiendo en ocasiones considerablemente, los dos comprenden que el punto que no les permite coincidir en sus opiniones no es la necedad o el egoísmo individual, si no la experiencia humana que a uno y otro le ha correspondido vivir.

Si, por ejemplo, el alcalde Pepón apoya con ferocidad la huelga que emprenden los jornaleros de un terrateniente es porque ha vivido en carne propia la forma como se reduce a los campesinos a fuerza de trabajo. El cura don Camilo, aunque no se entregue a la vehemencia de Pepón y, por lo tanto, difiera de sus métodos, en el fondo reconoce que la lucha es justa, y que es tan humano sentarse a rezar en las sillas de la iglesia, como dejar de cultivar las tierras para exigir un mínimo de dignidad. Este es el punto de coincidencia de dos personajes que, en otros niveles, están en las antípodas. La hoz y el martillo son una cosa, son símbolos de una ideología con sus pros y sus contras; y, asimismo, la cruz y la sotana son distintivos de una doctrina que puede servir o idiotizar a los hombres; pero más allá de unas y otras se encuentra el verdadero punto de encuentro: el ser humano.

En este sentido, a lo largo de las historias se empieza a percibir un modus operandi narrativo: Guareschi presenta la situación que sirve de argumento (la compra de una campana, la edición de un panfleto, una sesión de caza), luego tensa las posiciones que pueden tomarse frente a ella, haciéndolas irreconciliables y, al final, las arregla a través de una especie de síntesis que prescinde ya de lo ideológico. En El Bautizo, por citar un caso, la esposa de Pepón se acerca a la iglesia para bautizar a su hijo, pero don Camilo se niega a hacerlo porque los padres están empeñados en llamarlo “Lenin, Libre, Antonio”; Pepón, enterado de la negativa, se acerca al lugar y allí se enfrasca a golpes con el cura. Irónicamente, luego de que las trompadas recibidas han hecho desistir a Pepón de llamar a su hijo con aquel nombre, el mismo don Camilo termina bautizándolo como “Libre, Camilo, Lenin”, asegurando que así, esto es, con un Camilo separando la libertad de Lenin, las cosas ya son distintas.

Por un lado, está el toque humorístico de los relatos, que es constante en todos los que componen el libro. En segundo lugar, tenemos esa tensión in crescendo que finaliza con la supeditación de lo ideológico a lo humano; en el caso de El Bautizo, piénsese que el nombre del niño no termina inclinándose hacia una postura concreta; en el fondo, como lo dice el mismo Jesús del altar con el que tan constantemente habla don Camilo: “a mí sólo me importa que uno sea un hombre honrado”, sea que se llame Lenin o Bonifacio. Finalmente, el otro aspecto que resalta en las historias de Guareschi es el carácter práctico, instintivo que sirve de motor para la resolución de los conflictos; todos hacen parte de un lugar –se afirma en La Vieja Maestra- en donde “la gente razona más a palos que con el cerebro”.

En fin, “existen algunas cosas sobre las cuales todos debemos estar de acuerdo”, sin importar si somos o no creyentes, y tampoco si somos o no copartidarios. El punto de partida de toda discusión –desea aclararnos Guareschi- no puede ser, no debe serlo, el prontuario de nuestros prejuicios políticos o morales, sino el entendimiento sensato de nuestra condición humana. Y la Italia de la posguerra tuvo que aprender este mensaje muy lentamente, autoconvencerse de que la imposición de dogmas es un camino que funciona para el control social, pero no redunda en libertad ni voluntad autónoma, dos de las dimensiones más humanas de nuestra especie.

La posibilidad de una justicia no politizada

El inconveniente más común con el que tropieza una concepción, valga la redundancia, humana de los hombres, tiene que ver con la justicia. Estamos acostumbrados a regirnos a partir de una serie de estancias de carácter político: la última palabra en una querella la tiene el representante del Estado dispuesto para el caso, si consideramos que algún hecho atenta contra nuestra tranquilidad acudimos al Gobierno, y al momento de manifestar nuestra voz de protesta siempre deben seguirse unos parámetros establecidos constitucionalmente. Así, pues, pensar que los hombres pueden, por sus propios medios, encontrar alternativas para solucionar todos los problemas que se presentan en su vida cotidiana, implica reconocernos como seres capaces de amplitud, entendimiento y autorregulación.

Es obvio que la política es el resultado de una acción humana y, como tal, un ser político equivale a un ser humano que actúa en un espacio público. Pero esta visión un tanto idealizada de lo que es la política no sirve para explicar cabalmente el modo como se relacionan los hombres en Don Camilo, especialmente en lo que tiene que ver con la justicia. Y es que en los relatos de Giovanni Guareschi no hay un marco estipulado frente al cual puedan medirse los hechos mientras van aconteciendo; cada situación, por el contrario, exige un análisis nuevo por parte de los personajes, continuas tasaciones, aperturas de mente, consideraciones del instinto y de las pasiones que movilizan a los actores de las circunstancias, etcétera.

Tal vez porque esto es un aspecto bastante explícito en el libro, Guareschi lo anuncia desde sus primeras páginas, es decir, desde las tres historias que le sirven de introducción. En la primera de ellas escribe que “esta es la tierra baja, donde hay gente que no bautiza a los hijos y blasfema, no para negar a Dios, sino para contrariarlo”; en el segundo dice que se trata de un “escenario escrupulosamente realista” y; en el tercero, concluye lo siguiente:

“…Es preciso darse cuenta que en esta desgraciada lonja de tierra situada entre el río y el monte pueden suceder cosas que no ocurren en otra parte. Cosas que nunca desentonan con el paisaje. Allá sopla un aire especial que hace bien a los vivos y a los muertos, y allá tienen alma hasta los perros. Entonces se comprende mejor a don Camilo, a Pepón y a toda la otra gente. Y nadie se asombra de que el Cristo hable y de que uno pueda romperle la cabeza a otro, pero honradamente, es decir, sin odio. Tampoco sorprende que al fin dos enemigos se encuentren de acuerdo sobre las cosas esenciales (…) Porque es el amplio, el eterno respiro del río el que limpia el aire. Del río plácido y majestuoso, sobre cuyo dique, al atardecer, pasa rápida la Muerte en bicicleta. O pasas tú de noche sobre el dique y te detienes, te sientas y te pones a mirar dentro de un pequeño cementerio que está allí, debajo del terraplén. Y la sombra de un muerto viene a sentarse junto a ti, no te espantas y te pones a platicar tranquilamente con ella” (Págs. 24-25)

Estas características permiten entender el núcleo de lo que quiero explicar: la política en la ciudad funciona de una forma distinta a como sucede en el campo. En la ciudad hay mayor sofisticación, los discursos se acentúan en espacios académicos, se enriquecen con el contraste continuo de otras culturas, se desarrolla en escenarios gubernativos. En el campo, al contrario, esos discursos generalmente no son comprendidos en su totalidad, se evidencian, no con relación a un debate académico, sino en juego con los instintos naturales, con una manera práctica de solucionar los inconvenientes; todo es más humano allí, más visceral y directo. Nadie lee los libros de Lenin o Stalin –el propio Pepón se lo confiesa de vez en cuando-, y Rusia, en el fondo, es una palabra vacía.

En aquel pueblo en el que viven don Camilo y Pepón la justicia, más que un discurso político, es una acción vital; allí no hay una regulación distinta a lo que el cura y un alcalde comunista puedan conciliar. Lo interesante de esto es que, como el punto de partida de ambos, es el hombre, las resoluciones de los problemas siempre tienen un matiz acorde con el lugar. Una ley de justicia que se intentara imponer arbitrariamente sobre un pueblo que cree que los perros tienen alma, que encuentran natural golpearse entre ellos, resultaría inoperante. La justicia allí es, más bien, una continua reinvención de la equidad, el balance de los intereses y sus consecuencias.

Hay dos elementos que sirven en Don Camilo para constituir una justicia no politizada, entiéndase aquí, no ideologizada. El primero es, ya se vio, el que ambos personajes coinciden en un punto cardinal como lo es el poner por encima de todo interés al ser humano. El segundo, corresponde a la desfiguración de los fundamentalismos: Pepón es un comunista que pasa sus días despotricando de la curia, ha colocado petardos en las campanas de la iglesia y ha mandado a rayar las paredes de la misma; empero, asiste como todo cristiano a las predicaciones, y apoya la edificación de un jardín-oratorio. Por su parte, don Camilo, es un cura que no encuentra inconveniente en cargar bajo su sotana una ametralladora, en darse de puños con un boxeador profesional, en bañarse desnudo en los ríos, en fumar y andar en bicicleta como todo campesino.

Dos posturas que, quizá en un espacio como el de la ciudad, se pronunciarían hasta el límite de la incomunicación, en el pueblo de don Camilo y Pepón, son relativas, están a la espera de ser interpretadas de acuerdo a las circunstancias. Mucho podría decirse al respecto: todo los vacíos ideológicos de los que adolece Pepón, su ignorancia ortográfica, él es un comunista más por acción que por discurso; y lo mismo sucede a don Camilo, quien sumergido en diálogos cotidianos con Cristo, ve en la religión, no un discurso ortodoxo, sino una herramienta de gestión, de operaciones sobre la vida.

Leer los relatos que hacen parte del libro de Guareschi es, por tanto, enfrentarse a un espacio primitivo –en el buen sentido de la palabra-, en el que la justicia es el objetivo que, sin intenciones viciadas, cada personaje busca a su manera. Se trata de un equilibrio: el ser humano está en el centro, mientras las fuerzas de la naturaleza (instinto, acción) y los discursos artificiales (ideologías, credos) permanecen orbitando, aumentando la potencia nuclear. La justicia siempre atiende al hecho: así ocurre en Julieta y Romeo, cuando cura y alcalde aúnen trabajo para encontrar la pareja de infelices que, separados por su familia y la imposibilidad de casarse, optan por el suicido; en La Huelga General, en donde sólo don Camilo podrá convencer a Pepón de levantar la protesta de los trabajadores, haciéndole notar cómo los animales se mueren de hambre; y en El Perro, aquel relato en el que solamente la valentía de los personajes los hará vencer las tinieblas de la noche y descifrar el enigma de aquel perro que aúlla cerca del río.

La justicia que se muestra en podría definirse como el reconocimiento de todo lo bueno y malo que tiene el otro. Los dos personajes principales coinciden en su osadía, en su terquedad, en la potencia de sus vidas, en su duro pasado, y estos son los elementos que los hacen mirar en el otro un poco de ellos mismos. “Esto es la democracia, camarada –le dice en el relato Rivalidad el cura al alcalde-. Si en cambio ha de serle permitido sonar a uno solo, eso es dictadura”, y ninguno de los dos quiere traer de vuelta esa experiencia. Tanto llegarán a entender los personajes que este es el modo de proceder en busca de la justicia que, en el relato La Vuelta al Redil, ya será imposible concebirse uno en ausencia del otro: Pepón hablará con el obispo para que la autoridad eclesiástica haga regresar a don Camilo al pueblo, luego de que éste fuera enviado a regentar otra parroquia de menos agitación política.

La historia como factor de unificación

Ya se hizo ver cómo la guerra es uno de los factores comunes entre don Camilo y Pepón, pues, aunque ambos la vivieron desde ópticas diferentes, la crudeza y las privaciones durante su desarrollo fueron compartidas. De modo semejante, al inicio del documento, se aclaró que Giovanni Guareschi fue hecho prisionero por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y enviado a un campo de concentración. Teniendo presente estos dos elementos, se comprende que esta colección de relatos tiene como contexto una época particularmente difícil de la historia italiana: el fascismo, las disputas ideológicas, el impacto del último conflicto bélico, la pobreza social, etcétera.

Dentro de los relatos es posible rastrear indicios sobre la historia italiana: la forma como se organizaron allí los grupos revolucionarios, los despojos palpables años después del final de la guerra y, finalmente, el progreso que alcanzan algunos pueblos después de la dura crisis. Con relación a estos mismos rasgos resultan significativas las lecturas que quedaron citadas antes de Silone, para el caso particular de la vida campesina y su forma de entender la dictadura del Duce, y la de Pratolini, en lo que se refiere a la persecución, la miseria y el terror que los grupos fascistas produjeron en las ciudades italianas.

Para analizar lo tocante a cómo se manifiesta la acción revolucionaria en Don Camilo, me parecen bien enfáticas, además de afectadas, las palabras que Cristo le dice al cura en el relato Filosofía Campestre:

“Sé que es para ti pecado mortal ver que hay hombres que dejan malograrse la gracia de Dios, pues sabes que yo bajé del caballo para recoger una migaja de pan. Pero es preciso perdonarlos, porque no lo hacen para ofender a Dios. Ellos buscan afanosamente la justicia sobre la tierra porque no tienen ya fe en la justicia divina, y procuran afanosamente los bienes terrenales porque no tienen fe en la recompensa divina. Por eso creen solamente en lo que se toca y se ve, y los aviones son para ellos los ángeles infernales de este infierno terrestre que en vano tratan de convertir en paraíso. Es el fruto de la excesiva cultura que conduce a la ignorancia, pues si la cultura no está sostenida por la fe, en cierto punto el hombre sólo ve la matemática de las cosas. Y la armonía de esta matemática se vuelve su Dios y olvida que Dios es el creador de esa matemática y de esa armonía. Pero tu Dios no está hecho de números, don Camilo, y en el cielo de tu paraíso vuelan los ángeles buenos. El progreso torna el mundo cada vez más pequeño para los hombres: algún día, cuando las máquinas corran a cien millas por minuto, el mundo parecerá a los hombres microscópico y entonces el hombre se hallará como un gorrión en el ápice de un altísimo mástil, asomado sobre el infinito, y en este infinito volverá a encontrar a Dios y la fe en la verdadera vida. Entonces odiará las máquinas que han reducido el mundo a un puñado de números y las destruirá con sus propias manos” (Pág. 169)

El anterior fragmento permite precisar dos cosas; por un lado, y esto se señala muy comúnmente, que la injusticia, las guerras y todas las demás desavenencias sociales son consecuencia de una marcha terca de la humanidad hacia el progreso, la ciencia y la cultura. Cristo dice: “la excesiva cultura conduce a la ignorancia”, y la muerte, las guerras y torturas son fenómenos en los que pulula la ignorancia. Pero, por otro lado, como consecuencia de este panorama, la revolución se asume como un acción justificada –o en el lenguaje del texto, perdonada- porque, si la insensatez de unos ha llevado a cultivar un mundo oscuro y caótico, no puede juzgarse la incredulidad de aquellos que ya no esperan la ayuda de lo divino, sino que desean tomar por propia cuenta la restitución del orden.

Pepón pertenece a esa clase de hombres que la dureza de las circunstancias los ha transformado en seres desconfiados, que han conocido sin intermediaciones cómo unos pocos explotan la juventud y el trabajo de muchos. Desde joven se alzó en armas y, en el campo primero, luego en los pueblos, se unió a todos los que, como él, marchaban al amparo de un objetivo clave: la justicia. Él no es un socialista histórico como aquel Maguggia que aparece en Un Viejo Testarudo, el cual pide a don Camilo que interceda por su hijo para que no sea enviado a Alemania; es un revolucionario constituido a golpes de experiencia; lo más posible es que tenga una idea enrevesada de lo que es La Internacional y nunca llegue a enterarse del modo como degenera el comunismo en la Unión Soviética, pero tiene el sentido primario de todo luchador: el inconformismo.

Y, en últimas, ese inconformismo también lo tiene don Camilo, razón por la cual terminan, distanciándose primero, pero luego encontrándose en el terreno fértil del trabajo colectivo, del trabajo de la legalidad, porque si hay algo que caracterice a Pepón y al cura es su desprecio hacia todas las mentiras y trampas que teje el fascismo, toda la sangre que puede ocultarse en los movimientos clandestinos. Bien comprendidos, los personajes de Don Camilo son ejemplares como revolucionarios: atentos, prudentes cuando se requiere, activos, conocedores de las particularidades de su ambiente, y ajenos a los discursos más complicados y envolventes de las ideologías.

Antes que leer un libro o escuchar un orador de reputada desenvoltura, el material que alimenta su insatisfacción como hombres son las minas enterradas todavía en los campos de cultivo, las otras bombas que corretean por el pueblo como pelotas de juego, los puentes que siguen sin reconstruirse después de ser volados por los alemanes, los grandes propietarios que antes que ceder un céntimo al salario de sus jornaleros prefieren ver devastados sus cultivos y los animales cayendo unos tras de otros, enflaquecidos. La inequidad, la falta de recursos, la obstinación ciega son los reales enemigos que combaten, unas veces separadamente, y otras en conjunto, don Camilo y Pepón.

Las condiciones particulares del paisaje en el que acontecen los relatos de Guareschi insta a entender que la revolución debe basarse en la historia, sí, y también en las condiciones objetivas, más que en cualquier ideología preconcebida. De esto se percata bien pronto el mismo Pepón cuando hablando con su amigo el Brusco le confiesa que una huelga se organiza muy fácilmente en la ciudad, pero que en el campo todo se presenta más difícil por el contacto mínimo con el gobierno, porque el cese de actividades implica dejar morir las vacas o perder una cosecha. Ideas que son recurrentes en muchos relatos, como lo prueban estas líneas de Julieta y Romeo:

“En las grandes ciudades la gente se preocupa particularmente de vivir de manera original y de ahí que salgan a relucir, por ejemplo, cosas como el existencialismo, que no significan un cuerno, pero que dan la ilusión de vivir conforme a sistemas diferentes de los antiguos. En cambio, en los pueblos de la tierra baja se nace, se vive, se ama, se odia y se muere según los acostumbrados esquemas convencionales. Y a la gente le importa un bledo si se ve mezclada en un lío que es copia cualquiera de Sangre Romañola o de Romeo y Julieta o de Los Novios o de Caballería Rusticana y de otras patrañas literarias. Por tanto es repetir eterno de historia vulgares, viejas como el cuco; pero al fin, hechas las cuentas, los de la tierra baja concluyen bajo tierra exactamente como los literatos de la ciudad, con la diferencia de que éstos mueren más rabiosos que los del campo, porque a los de la ciudad no sólo les desagrada morir, sino además morir de un modo vulgar, mientras que a los campesinos sólo les disgusta no poder seguir respirando. La cultura es la mayor porquería del universo, pues amarga la vida y también la muerte” (Págs. 175-176)

Quizá el último recurso que nos quede apunte hacia este horizonte; por demás, si una revolución no sirve para hacernos más humanos, entonces no sirve en absoluto. Si un cura y un comunista pueden coincidir en lo esencial, que es el hombre, todo lo otro puede orientarse en el mismo sentido. Dijo alguna vez Nietzsche que toda ciencia, en el fondo, no es más que un matiz de la realidad, y esto también puede decirse a propósito de los credos y las ideologías, porque lo único en lo que ya no puede dejar de coincidirse es en este hecho complejo y tenaz de estar vivos, de ser hombres que hacen como mejor pueden lo que les corresponde. La guerra, si ha de haber una, debe declarársela al egoísmo, a la impunidad y al miedo.
__________________________

Don Camilo es un libro que pertenece a cierta época y a una sociedad concreta; mas, con todo, es indudable que ceñirse a una interpretación únicamente histórica sería tanto como desvirtuar su interés, que consiste en mostrarnos que sólo hace falta algo de humildad y apertura para comprender al otro, ese otro que, más allá de todas las distinciones, es uno mismo.

These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.