AUTOR: Friedrich Nietzsche
TÍTULO: Más Allá del Bien y del Mal
EDITORIAL: Porrúa, S.A. (Quinta edición)
AÑO: 1998
PÁGINAS: 137 (231)
TRADUCCIÓN: Eduardo Ovejero y Maury
RANK: 8/10



Por Alejandro Jiménez

“¿Cuántos siglos le hacen falta a un espíritu para ser comprendido?” Ha pasado uno desde la muerte de Nietzsche y no podría asegurarse todavía que la cultura occidental lo haya asimilado completamente: aquella transmutación de los valores que constituye el postulado más original de su filosofía –y que habría de materializarse en planos tan distintos como el estético, el científico, el religioso o el social- aún permanece inconclusa. El gran inconveniente en este caso es que la doctrina de Nietzsche no puede comprenderse si se la reduce a un simple discurso filosófico; su pensamiento es vital, y este hecho implica que su comprensión sólo es factible en el campo de la realización práctica.

En otras palabras, podría escribirse mucho acerca de Friedrich Nietzsche, de su vida difícil y enfermiza, del estilo particular de su lenguaje, del quiebre al que sometió la historia del pensamiento, pero nada de ello sería comprendido realmente, a menos de que exista una asimilación de sus ideas en nuestra vida personal. Tal vez porque muy pocos están dispuestos a renunciar a sus prejuicios, a asumir el mundo desde una óptica de señores, a apartarse de los saberes comunes y la moral del rebaño, el mismo filósofo intuía que su obra no estaba destinada para las masas, sino, por el contrario, para un grupo bastante exclusivo de hombres que poseen una naturaleza solitaria y creadora. Dupuy escribió al respecto:

“A pesar de los diferentes vínculos que lo relacionan con las ideas de su tiempo, el pensamiento de Nietzsche impresionó por su voluntad de ruptura y su impulso creador. ‘Un día –escribe en Ecce Homo-, se asociará con mi nombre el recuerdo de alguna cosa inaudita, de una crisis como la Tierra nunca habrá conocido… Yo no soy un hombre, soy dinamita… Yo contradigo como jamás ha contradicho nadie’. Nietzsche ha empleado también consigo mismo su perspicacia crítica, y no ha temido cambiar de opinión. Opuesto al sistema cerrado y recurriendo preferentemente al aforismo, su ‘acto’ filosófico le ha llevado siempre más allá de sí mismo: ‘sólo aquel que cambia se me asemeja’” [1]

En efecto, la obra filosófica de Nietzsche es polémica y genera, como ninguna otra, antagonismos. Los sectores más ortodoxos la consideran una abominación, mientras que en las filas de los libre-pensadores se la endiosa apasionadamente. Resulta imposible la indiferencia cuando sus palabras cruzan frente a nuestros ojos, removiendo la fe y la certidumbre en todos los lugares en que se habían anquilosado. Y si esto es verdad aun en los primeros libros de Nietzsche, mucho más en sus últimos textos, escritos con la abierta intención de no dejar a nadie impasible; un deseo que quizá apresuró, en no poca medida, el quebrantamiento de la salud física y mental que lo mantuvo en un sanatorio sus últimos diez años de vida.

Este libro, Más Allá del Bien y del Mal -Jenseits von Gut und Böse- (1886) es una muestra del pensamiento maduro de Nietzsche; hay en él un alejamiento de las obras axiológicas que se encontraban hasta entonces en la filosofía. En sus nueve secciones, Nietzsche ataca la obstinación de los filósofos, unas veces cegados por la búsqueda de la verdad, otras, atados a sus prejuicios, y siempre, sin la suficiente voluntad para elevarse por encima del “populacho”. El subtítulo del libro, Preludio de una Filosofía del Futuro, aclara que además de ese ataque a todo el pensamiento que lo antecede, Nietzsche proyecta un posible espacio de superación, la figura de un hombre que reniega de todo aquello que no va en consonancia con su arresto, con su vigor:

“El Superhombre es el que vive en constante peligro, el que, por haberse desprendido de los productos de una cultura decadente, hace de su vida un esfuerzo y una lucha. Si el Superhombre tiene alguna moral, es la moral del señor, opuesta a la moral del esclavo y del rebaño y, por lo tanto, opuesta a la moral de la compasión, de la piedad, de la dulzura femenina y cristiana. La idea del Superhombre, con su moral del dominador y del fuerte, es ya la primera inversión de los valores pues éstos adquieren una jerarquía contraria cuando son contemplados desde su punto de vista” [2]

Conforme al espíritu de la filosofía nietzscheana, intentaremos a continuación organizar el contenido de Más Allá del Bien y del Mal, ateniéndonos a un contraste sencillo, pero efectivo en términos de entendimiento: qué es lo que niega Nietzsche en esta obra, y qué es lo que afirma; todo en consonancia con este objetivo: “superar la moral; en un cierto sentido, superarse a sí misma la moral: esa sería la larga y misteriosa tarea, reservada a las conciencias más delicadas y más leales, pero también a las más perversas que hay hoy día, como a vivas piedras del toque del alma”.

Críticas y negaciones

El primer capítulo de este libro se titula Los Prejuicios de los Filósofos, en él cuestiona Nietzsche las razones que han llevado a los filósofos a buscar obstinadamente la verdad en todos los tiempos. ¿Cuál es el valor de esta voluntad?, se pregunta el autor y, sobre todo, ¿por qué motivo sacrificar la complejidad de la vida a este interés de descubrir en ella sólo lo verdadero? Nietzsche entiende que es justamente esta necedad el hecho que más ha influido en la creencia de que existe una oposición entre los valores, es decir, que todo lo relacionado con la verdad es bueno, mientras que todo lo que se halla lejos de ella, es malo.

La falsedad hace parte activa del mundo y habita en la raíz misma de la voluntad humana. Sin embargo, para los filósofos las falsaciones de la realidad son nocivas, afectan el control que puede tenerse de las cosas y, en consecuencia, deben evitarse. Lo que deduce Nietzsche de este asunto es que el conocimiento (ciencia y filosofía) no es otra cosa que la defensa de aquel prejuicio primario de considerar que lo único positivo es la verdad. En un mundo en el que la naturaleza supera cualquier deseo de comprensión, y en donde la objetividad es un discurso contradictorio, lo que debería proponerse no es una voluntad de verdad, sino una voluntad de poder, un libre arbitrio que elude los fines teleológicos y se concentra en los inmediatos.

Nadie comprenderá nunca enteramente lo que existe, como tampoco logrará saber lo que sepa distanciándose de sí mismo a través de una aparente objetividad. En cambio, sí podrá mandar a su antojo en aquello que encuentra en su vida, identificarse y utilizarlo, sin importar si coincide o no con una verdad universal. Un hombre que acomoda todos sus valores al deseo de verdad se auto-coacciona y encierra en el plano de lo dogmático, pues ya no podrá identificar la no-verdad con algo útil o positivo. Es una especie de traición a sí mismo, piensa Nietzsche, pues lo mejor es considerar que los valores constantemente están definiéndose en la vida, que son relativos, y que, más que con la verdad, tienen que ver con la voluntad de decisión.

Tres campos del conocimiento se han erigido en la historia como portadores de la verdad, imponiendo con tenacidad sus valores a los hombres: la ciencia, la filosofía y la religión. Cada uno de estos campos es examinado en distintas partes de su libro por Nietzsche, quien muestra que todos coinciden en actuar como una enfermedad progresiva, un virus que aniquila una por una las potencias del hombre, hasta convertirlo en su servidor ciego. Asimismo, aunque son producto de épocas concretas, desarrollan en sus discursos ideas universales (del hombre, del mundo, de la verdad) y, por ende, luego de que su forjador concreto, es decir, el filósofo, el científico o el religioso, mueren, continúan entendiéndose como absolutas. Este desfase es descrito por Francisco Gomá del siguiente modo:

“Nietzsche había dejado claro que los grupos humanos y las épocas históricas se determinan por sus respectivos sistemas de valores. Los hombres luego se olvidan de haber creado estas tablas de valores, las proyectan como válidas para siempre y se rigen por ellas. El dogmatismo de los valores es el resultado de este engaño. Según que la vida afectiva sea fuerte o débil, así serán los valores que hacen las veces de ideales orientadores” [3]

La ciencia. Toda ciencia es relativa pues se trata de una forma de simplificación del mundo; en este sentido, sus valores no deben postularse como universales y mucho menos defendérselos a ultranza. Durante un largo periodo de la historia humana, al que Nietzsche llama premoral, “se juzgaba del valor y del no-valor de un acto por sus consecuencias; el acto, por sí mismo, se tomaba tan escasamente en consideración como su origen”. Sólo con el advenimiento de otro periodo de la historia, el moral, aparecerá el imperativo “conócete a ti mismo”, bajo el cual las lógicas de la ciencia ampliarán su dominio.

Lo que se infiere de esto es que, en un primer momento, el conocimiento que sobre el mundo tuvo el ser humano era sustancialmente práctico, se refería de modo exclusivo al éxito o fracaso de sus acciones. La ciencia fomentó una nueva manera de entendimiento por la cual el hombre ya no esperaba al final de sus actos para examinarlos, sino que en su propio origen encontró teorías, principios e intenciones, fórmulas vinculadas con un objetivo de unificación del mundo basado en la verdad. El discurso científico indica desde entonces el camino para interpretar nuestra realidad, dejando a un lado la acción directa que fue característica de nuestro pasado.

La filosofía. Nietzsche asegura que “todos los filósofos se han imaginado en todos los tiempos haber fundamentado la moral, pero la moral, por sí misma, era considerada como una cosa ‘dada’”. El gran precio que se pagó por esta fundamentación fue el menosprecio de cualquier otra cosa: los instintos, la duda e, incluso, la voluntad han estado ausentes de la filosofía cuando no se acoplan, más o menos a las normas de la razón. Así, la verdad y la moral, en toda la historia del pensamiento, se hallan en la razón, y el hombre sabio buscará siempre acomodar lo mejor posible sus acciones a la razón, pues de este modo resultarán virtuosas.

Nietzsche califica como moral de rebaño esta insistencia en la adaptación y el amoldamiento; todo lo que podría ser glorioso en el hombre, especialmente, su voluntad, se reduce aquí a una cuestión de acomodo a la regla universal de la razón. Lo que antes era útil, ahora resulta perverso; en donde se vio alguna vez germinar el instinto, ahora se le ataca por improcedente. El filósofo, visto desde esta óptica, ya no toma riesgos en la vida, simplemente transita por el universo juzgando desde la seguridad de su razón cada acto; es un ser prudente, que no se arriesga; por tanto, está bien lejos de lo que desea Nietzsche:

“Enseñar al hombre que su porvenir es su voluntad, que es tarea de una voluntad humana preparar las grandes tentativas y los ensayos generales de disciplina y de educación, para poner fin a esta espantosa dominación del absurdo y del azar que se ha llamado, hasta el presente, ‘historia’; la falta de sentido de ‘las mayorías’ no es más que su última forma. Para realizar esto es preciso un día una nueva especie de filósofos y de jefes cuya imagen hará parecer sombríos y mezquinos todos los espíritus disimulados, terribles y benévolos que ha habido hasta el presente en la tierra” (Pág. 69)

Los filósofos no pertenecen a la clase de hombres que espera Nietzsche básicamente porque no hacen parte de la especie que manda, que tiene autoridad sobre sí misma. En toda la aplicación y paciencia que otros califican de virtudes, no ve el autor ninguna independencia, el honor que podría atribuirles una voluntad propia. Nietzsche plantea que el principio de la filosofía debe ser el escepticismo, no la búsqueda de la verdad, puesto que sólo el escepticismo “posesiona al individuo”, lo hace entrar en el terrero de su libertad, desatender inescrupulosamente las reglas, vivir sin fórmulas preconcebidas, y alejarse de la razón que estropea su voluntad primaria.

La religión. El último campo que contamina la posibilidad de un hombre libre y volente es la religión. En el capítulo El Espíritu Religioso, Nietzsche esboza las bases de un ateísmo centrado en el ataque a la naturaleza de la moral judeo-cristiana. En las primeras líneas escribe lo siguiente: “La fe cristiana es, desde su origen, un sacrificio: sacrificio de toda independencia, de toda fiereza, de toda libertad de espíritu, y al mismo tiempo servilismo, insulto a sí mismo, mutilación de sí mismo”. Como se ve, su señalamiento a la religión como dogma hace ver los principios que los creyentes defienden (fe, piedad, sacrificio) como modos serviles y autómatas.

Nietzsche considera que la raza alemana está menos dotada para el espíritu religioso que la de los países del Sur; su origen bárbaro la convierte en un terreno poco fértil para ello. Sin embargo, con preocupación observa que en Francia y en muchos lugares de Occidente la religión ha penetrado profundamente y ha impuesto su moral de rebaño, cuyas principales cualidades son la fe ciega, el dogmatismo metafísico, el alejamiento de lo vital y la baja estima. José María Valverde precisa lo siguiente:

“El siglo XIX se seguía llamando entonces cristiano a efectos de moral, pero no de fe, y Nietzsche lo denuncia –hablando de George Eliot, en El Crepúsculo…, dice-: ‘El cristianismo es una visión de las cosas coherente y total. Si se arranca de él un concepto capital, la fe en Dios, se despedaza con ello también el todo… El cristianismo presupone que el ser humano no sabe, no puede saber qué es bueno, qué es malo para él: cree en Dios, que es el único que lo sabe. La moral cristiana es un mandato: su origen es trascendente, está más allá de toda crítica, de todo derecho a la crítica; tiene verdad sólo en el caso de que Dios sea la verdad: depende totalmente de la fe en Dios’” [4]

Este panorama que empalidece la imagen del cristianismo debe hacer que el hombre con voluntad se aleje de lo religioso, así como, por el afán y el ritmo cotidiano lo hará el hombre corriente; pero como sea, en la transmutación de los valores propuesta en Más Allá del Bien y del Mal, dios ya no tiene espacio. ¿Para qué sirve lo religioso, entonces? Dice Nietzsche lo que viene: para los hombres fuertes e independientes, “la religión es un medio más para vencer y dominar las resistencias”; para el hombre de origen noble, pero de vida contemplativa, la religión reserva un espacio de calma y purificación; para los súbditos, les da “la ocasión de prepararse para dominar y mandar algún día”; finalmente, para “los hombres ordinarios, es decir, el mayor número”, la religión “les proporciona un inapreciable contento, les hace aceptar su situación, les proporciona la felicidad y la paz del corazón, ennoblece su servidumbre, les hace amar a sus semejantes”.

Acaso sea la religión el punto que con más rigor ataca Nietzsche, pues es el que, en su opinión, ha contribuido más al envilecimiento de lo que, de otra forma, sería la pura vitalidad del hombre. Porque el cristianismo ha convertido todo lo soberano, dominador y libre, en remordimiento de conciencia, culpa y pecado. Esos valores que son producto de una imposición metafísica, de la poca confianza del hombre en él mismo, es una de las muestras de su inmadurez; el hombre que todavía siente miedo ante los juicios y las condenas morales con los que amenazan los religiosos a los creyentes.

El terreno de las afirmaciones

Nietzsche cuestiona todas las grandes verdades que se han tejido en la historia, principalmente, las que provienen de la ciencia, la filosofía y la religión, así como los valores que de ellas se desprenden. En contraposición, proclama una transmutación de dichos valores a través de lo que él denomina la voluntad de poder, esto es, el carácter para juzgar el mundo y obrar ejerciendo la plena libertad que el hombre posee, alejándose de los razonamientos a priori, así como de los principios dogmáticos y los castigos de conciencia. En últimas, la gran afirmación de Nietzsche es la del hombre que es capaz de crear sus propios valores. Una apreciación de esto, bajo el calificativo de nihilismo moderado la hace Javier Sádaba:

“…Si Nietzsche condena sólo la moral tal y como ha existido hasta el momento pero no a toda la moral, es difícil colocarle, sin más, dentro de un nihilismo que no sea suficientemente cualificado. Es nihilismo porque no acepta hechos morales. Pero es moderado porque no deduce de ahí que no haya que dar cuenta de la moral. Lo que trata de decir es que el comportamiento humano es de una determinada manera y que esa determinada manera es tan compleja que la imprecisión ha de acompañarnos siempre. Como ha de acompañar a cualquier explicación de la libertad que no se rinda, pongamos por caso, al determinismo” [5]

Ante todas las grandes verdades y valores que se han levantado a lo largo de los tiempos, el hombre que propone Nietzsche se muestra escéptico; sabe que todas ellas se construyeron sobre una base reducida que debe rechazarse por ser dogmática y buscar convertir al hombre en su siervo. El nuevo hombre “decide que lo que le es perjudicial es malo en sí, sabe que si las cosas son honradas, es él quien les presta este honor, es él el ‘creador de valores’. Todo lo que encuentra en su propia persona, todo lo honra. Tal moral es la glorificación de su individualidad”.

Si la ciencia decía: “esta es la verdad sobre la naturaleza”, el hombre se alzará incrédulo y sacará sus propias conclusiones de acuerdo a la utilidad que la naturaleza ofrezca a sus acciones. Si la filosofía afirmaba: “esta es la razón que brinda la virtud y la perfección”, el hombre reirá irónico, ya que la única virtud posible se halla en el ejercicio de la voluntad de poder, y esta voluntad se basa en el impulso, en la fuerza, en la afirmación del ser, no en razones verídicas. Si, por último, la religión predicaba: “esta es la fe que te dará la fortaleza para sobrellevar tu vida”, el hombre se apartará velozmente y gritará: yo mismo creo mis valores, y no necesito fe mientras la voluntad me acompañe, porque la esperanza es la moral de los esclavos, y yo soy un soberano.

Estas afirmaciones, como se mencionó al principio, no las pensó nunca Nietzsche para las grandes masas. Sabía el filósofo alemán que sus palabras serían comprendidas por muy pocos, porque cuesta bastante ponerlas en funcionamiento; ser vasallo es muy sencillo, consiste en tener a un dios que soluciona nuestros problemas morales, un científico que nos explica las condiciones del universo, y una razón que evita los males de conciencia. En cambio, ser un individuo con voluntad de poder, es elevarse sobre el tipo de sujeto común para pertenecer a cierta aristocracia, cuya jerarquía se explica por la fortaleza de su carácter. Las condiciones, pues, del nuevo hombre, del Superhombre, incluyen:

La nobleza. En el capítulo ¿Qué es lo Noble?, Nietzsche resalta que “hay hechos sagrados a los que las masas no tienen acceso sino quitándose los zapatos y que no deben tocar con sus manos impuras”. Si se repasa atentamente la historia de la humanidad muy rápido se advierte que los grandes hechos, aquellos que han sublimado al hombre, y han hecho honrosa su existencia, son el resultado de una voluntad individual: el arte, especialmente, da pruebas de ello. Por tal razón, el nuevo hombre debe pertenecer a aquella nobleza a la que se accede apartándose de los otros seres en los que no se expresan “estados sublimes y altivos”, de su moral esclava y de rebaño que los automatiza y enferma. Dice Nietzsche al respecto:

“Lo que distingue, por el contrario, a una buena y sana aristocracia es que no tienen el sentimiento de ser una función (ya sea la realeza, ya sea la comunidad), sino como el sentido y la más alta justificación de la sociedad; es que ella acepta, en consecuencia, con un corazón ligero, el sacrificio de una multitud de hombres que, a causa de ella, deben ser reducidos y disminuidos al estado de hombres incompletos, de esclavos y de instrumentos. Esta aristocracia tendría una ley fundamental: a saber, que la sociedad no debe existir para la sociedad, sino solamente como una subestructura y un andamiaje, gracias al cual otros seres elegidos podrán elevarse hacia una tarea más noble y llegar, en general, a una existencia superior” (Pág. 116)

No harán parte nunca de esta alta jerarquía, destinada al ennoblecimiento de nuestra especie, ni los hombres de moral de rebaño, ni las mujeres (a quienes Nietzsche las concibe como una propiedad, “como un objeto que se puede encerrar, como algo predestinado a la domesticidad”, cuya única función es “echar al mundo hijos sanos") ni, en fin, todos aquellos que no actúen más que impelidos por su voluntad, determinando los beneficios de sus acciones, su nobleza y orgullo.

La soledad. Pero no sólo porque el Superhombre corresponde a una aristocracia, se infiere que muy pocos pueden personificarlo. La otra gran exigencia que hace Nietzsche a los nuevos hombres es la soledad. Ya en la sección segunda de su libro –El Espíritu Libre-, el autor precisa que “ser independiente es cosa de una pequeña minoría, es el privilegio de los fuertes”, mas, “el que trata de serlo, aun con derecho a ello, pero sin estar obligado a ello, prueba por lo mismo que no es solamente fuerte, sino también audaz en grado temerario”. Nadie podrá juzgar el mundo en su nombre; el hombre solitario asume esta aventura que es la de vivir por su propia cuenta, alejarse irremediablemente de los otros seres, frente a los cuales tal vez permanezca ya para siempre incomunicado.

“Nuestras visiones más elevadas deben forzosamente parecer locuras –dice Nietzsche-, y a veces hasta crímenes, cuando, de una manera ilícita, llegan a las orejas de los que allí no están destinados ni predestinados”. Un mundo en el que las verdades se derrumban, en el que los valores universales retroceden hasta no poder distinguir, como antes, lo bueno de lo malo, convierte la vida del nuevo hombre, en una exigencia de creación y fortaleza, la cual, necesariamente, lo alejará de los otros, pues ya ninguno logrará comprender sus palabras con acierto, pegado todavía a las seguridades de su moral.

Escribirá Nietzsche que “el más grande será el que sepa estar más solo, más oculto, más apartado; el hombre que viva más allá del bien y del mal; el dueño de sus virtudes; el que esté dotado de una voluntad exuberante: he aquí lo que debe ser llamado ‘grandeza’; es a la vez la diversidad y el todo, la extensión y la plenitud”. La soledad, aunque involucra el egoísmo, el sacrificio de los otros ofrecido para que sólo uno alcance la plenitud, es también la virtud del hombre que se afirma en nombre de la especie. En el Superhombre, la soledad se convierte en “una inclinación sublime y una necesidad de limpieza”, virtud que “adivina lo que vale el contacto de los hombres ‘en sociedad’, contacto inevitablemente sucio”.

El utilitarismo. De algún modo, la moral del hombre que afirma Nietzsche es utilitaria. En ella, los valores ya no responden a las tradicionales dicotomías de bueno y malo, y tampoco preceden las acciones de los individuos, sino que se examinan a la luz de las consecuencias que les traen, es decir, según el beneficio que les procure. Nadie buscará nunca lo que reduzca su voluntad de poder, su espacio de elección y libertad; como tampoco nadie dejará de aprovechar todo lo que le sea productivo en algún sentido. Así, la moral propuesta por Nietzsche es relativa, está cambiando constantemente a medida que el hombre la reinventa.

Mientras que los sabios y filósofos sin voluntad de poder aman las cosas por su belleza, por su naturaleza per se, el Superhombre no encuentra ninguna otra condición que la de utilidad, la de ennoblecimiento. Esto no quiere decir, por supuesto, que los nuevos hombres no puedan ser amantes del arte o la contemplación, sino que, en todo caso, nunca la belleza los anonadará, porque su fuerza es superior a aquella, sabe mandarla, utilizarla, incluso, destruirla sin temor si llegase el momento. Como el judío, al que Nietzsche califica como alguien que saca provecho de todo, de ese modo debe actuar siempre el Superhombre.

Algunos críticos, entre ellos Martin Buber, han visto en esta condición práctica de la filosofía nietzscheana un lugar peligroso para el hombre. Tanta voluntad desencadenada quién sabe a dónde podrá llevarnos; la fuerza del que se impone y su egoísmo, plantea un mundo en el que el hombre es lobo para el hombre. En ¿Qué es el Hombre? Buber escribe lo que sigue:

“Mientras el poder de un hombre, es decir, su capacidad de realizar lo que lleva in mente se halle vinculado a esta meta, a la obra, a la vocación, su poder, considerado en sí mismo, no es ni bueno ni malo, sino un instrumento adecuado o inadecuado. Pero una vez que se rompe o se afloja la vinculación a la meta, una vez que este hombre entiende el poder no como capacidad de hacer algo sino como posición, es decir, el poder en sí y por sí, sin duda que entonces su poder, abstraído, que satisface a sí mismo, es malo; es el poder que se sustrae a la responsabilidad, el poder que traiciona al espíritu, el poder en sí” [6]

En el fondo, esta crítica a Nietzsche pierde sus asideros ante aquella precisión que citamos más arriba en la que el filósofo alemán sitúa a la aristocracia de los nuevos hombres, no como una “realeza” que se satisface en su posición, sino como una necesidad de la especie que comprende que la labor de su ennoblecimiento sólo puede recaer en la mano de unos pocos elegidos. Ya no hay espacio aquí para mostrar los vínculos que hay entre el pensamiento de Nietzsche y el de Darwin, pero sería justo hacer notar que al componente de lucha por la existencia darwiniano le suma Nietzsche los valores del Superhombre: no es sólo la voluntad (el instinto) de supervivencia de la especie, es también su “ascensión, victoria y triunfo”.
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Más Allá del Bien y del Mal representa una de las páginas más interesantes y vitales de la filosofía axiológica. Los libros de Nietzsche no son únicamente teoría; son, ante todo, un llamado a la acción, al acrecentamiento de nuestra voluntad. Sus palabras deben atenderse muy pronto porque vivimos en una época dominada por el servilismo, la ceguera y el menosprecio de nosotros mismos.

NOTAS:

[1] DUPUY, Maurice (1976)
La Filosofía Alemana. Barcelona: Ed. Oikos-Tau. p. 79-80.
[2] FERRATER MORA, José (2004)
Diccionario de Filosofía (Vol. III). Barcelona: Ed. Ariel. p. 2557.
[3] CAMPS, Victoria (Comp.) (2003)
Historia de la Ética (Vol. III). Barcelona: Ed. Crítica. p. 299.
[4] VALVERDE, José María (1999)
Vida y Muerte de las Ideas. Barcelona: Ed. Ariel. p. 269-270.
[5] CAMPS, V.
Op. cit., p. 191.
[6] BUBER, Martin (1988) ¿Qué es el Hombre? México: Fondo de Cultura Económica. p. 66.

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