AUTOR: Eduardo Caballero Calderón
TÍTULO: Manuel Pacho
EDITORIAL: Grupo Editorial Norma, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1992
PÁGINAS: 256
RANK: 9/10




Por Alexander Peña Saénz

Eduardo Caballero Calderón es uno de los escritores que mejor ha retratado los personajes, espacios y acontecimientos de la historia colombiana; y lo ha hecho con versatilidad, sencillez y altura poética. Por ello, sin duda, es una de las principales figuras de nuestra literatura, concretamente de la corriente que algunos críticos engloban bajo la categoría de "novela de la violencia". Se trata de una generación de escritores, que a mediados del siglo XX y partiendo de la dura situación de Colombia, buscó construir una identidad literaria propia.

Manuel Pacho, una de las obras más célebres de Caballero Calderón, es un ejemplo del tipo de acercamiento que durante aquella época nuestra narrativa hizo a los conflictos sociales. Su protagonista, representa los testigos silenciosos e impotentes de las atrocidades que los villanos políticos acometieron en todos los campos colombianos: Manuel Pacho, encaramado en un árbol de mango, ve cómo sus familiares y todo lo que posee desaparece bajo la sangre y el fuego, a excepción del cuerpo muerto de su padre, para quien busca la bendición de un sacerdote que, por los azares del destino, se encuentra lejos.

Nos dice el autor, en el epílogo, que la intención del libro es “revelar que hasta el hombre más anodino puede tener cualquier día su momento de heroísmo y sublime generosidad”. Esta edición de Norma, se encuentran dividida en dos caras: la primera presenta la novela, y la segunda contiene material complementario, es decir, la bibliografía del autor, su biografía y dos ensayos escritos por Myron I. Lichtblau y Antonio Caballero, hijo del escritor, quienes sugieren un análisis literario, sociológico y paisajístico de la obra.

Manuel Pacho ¿Calvario o heroísmo?

Manuel Pacho recientemente acababa de cumplir 20 años de edad; era el orgullo de su viejo y su mamá. Muchacho del campo –de las inmensas planicies del llano casanareño, cerca a la población de Orocué-, está impregnado de su tierra, la ama junto a todo lo que hay en sus vastos horizontes. Vive cómodamente en una gran finca, ‘la Vuelta del Cura’ –quizá llamada así en honor a su abuelo, que fue cura-, junto a sus padres, mayordomo y esposa, Ana Tulia, cuyas hermanas y peones contribuyen en las faenas del lugar. El hato tiene reses, ovejas, marranos, diversas aves y un par de perros, amigos de Manuel Pacho.

El ambiente se muestra sosegado, pero el destino ha de ensañarse contra Manuel Pacho. El día de la matanza, su viejo esperaba a unos compradores de ganado, que llegaban desde Sogamoso; sin embargo, en su lugar, aparecen unos extraños visitantes que irrumpen en la hacienda. Los hombres, armados, destruyen todo a su paso, matan a las mujeres, a los peones y a la madre de Manuel; su viejo termina gravemente herido, agonizante. La villanía lo ha devastado todo.

Manuel Pacho alcanza a salvar su vida, encaramándose en una mata de mango. Desde allí observa la masacre, impotente y temeroso; ve arder su casa, mientras se orina en sus pantalones. Las conjeturas que la gente de Orocué hace sobre aquellos villanos es que se trata de los ‘godos’, puesto que el dueño del hato de ‘La Vuelta del Cura’ era un liberal renombrado.

Todos están muertos, y muchos son arrojados a las aguas del río. Entretanto, el padre de Manuel Pacho también fallece a consecuencia de la sed y de un tiro recibido a traición. El calvario –o como lo ven los estudiosos de la novela-, el acto heroico de Manuel Pacho comienza en el momento en que éste decide darle sepultura a su difunto padre bajo los preceptos de la ley cristiana. Decide envolverlo en un chinchorro y llevarlo a cuestas hasta el municipio de Orocué; corta los dos pies para aligerar su carga, y los arroja al río para que puedan acompañar a su madre ahogada.

Su primer acompañante será un sobreviviente de la matanza, un paujil, ave confianzuda con los humanos. El animal le resulta desagradable, odioso y en el transcurso del recorrido se perderá en la selva. Desde ese momento, en medio de aquel paisaje desolador, la cabeza de Manuel Pacho se puebla de recuerdos, pensamientos vagos de lo que fue su vida en la hacienda. Incluso, en medio del agotamiento y la borrachera –por haber tomado aguardiente- siente la presencia de la Patasola, legendario ser que surge de los ríos, asustando a los campesinos desprevenidos.

Si bien Manuel Pacho no tiene facilidad de palabra es capaz de elaborar certeros pensamientos. En su relato, comienza a configurar flashbacks, en los que rememora su estancia en la ciudad de Tunja, en una no muy lejana época de escuela. Era un muchacho del llano en aquel territorio frío y gris; la urbe le parecía extraña: un campesino al que le costaba comprender las lógicas de la ciudad. En esta parte de la novela se manifiesta la dicotomía entre el hombre del campo y el hombre de ciudad, o como dirán los expertos, la oposición entre barbarie y civilización:

“No podía entender por qué a ciertas gentes les gusta vivir hacinadas en las ciudades, sin conocerse unas a otras aun cuando duerman pared de por medio. En la ciudad todo parece forzado, innecesario, antinatural, y hasta la risa es una moneda falsa que se puede doblar con los dientes” (Pág. 57)

Los monólogos de Manuel Pacho en medio de esas tierras desoladas del Llano funcionan como un punto clave de la novela. Aunque él es “bárbaro y salvaje”, demuestra tener rasgos de la civilización, desea concretar algo tan civilizado como un acto ritual: dar sepultura a un muerto. Y es que el viejo se pudre en las espaldas del protagonista, tanto, que el hedor se hace insoportable; los zamuros y otras aves de rapiña acechan sin clemencia, pues el cuerpo del viejo está lleno de gusanos y expide un líquido hediondo. El joven ‘héroe’ no puede evadir la reflexión sobre esa condición humana, que no repara en ser escatológica:

“–Los diablos no pueden apestar de esta manera. Ni un perro reventado, ni una vaca medio comida por los gallinazos apestarían tanto. Los cadáveres de los hombres huelen todavía peor. Están rellenos de gusanos y porquería. ‘Lo que daña al hombre… lo que el hombre daña’ No. La cosa es así: ‘lo que daña al hombre no es lo que le entra por la boca sino lo que le sale por el cuerpo’ (…) Y no le faltaba razón. Por las orejas, por las narices, por la boca, por los huecos naturales del cuerpo, por las junturas de los dedos de los pies, por el ombligo, por los sobacos, por los poros de la piel, lo que sale es moco, estiércol, orina, babas, cera, mugre, sebo, sudor y lagrimas” (Pág. 113)

Manuel Pacho piensa cómo los cuerpos de su madre y allegados fueron arrojados al río Meta; de allí llegarán descompuestos al Orinoco, y más tarde al mar. "Toda la porquería del mundo –medita el joven- desemboca en los mares". De algún modo esto es lo que ha venido dañando al hombre.

El proyecto del protagonista es lo que lo coloca del lado de los civilizados: enterrar a los muertos es un acto humano. Sin embargo, el peso del cadáver se asemeja al de la cruz que Cristo cargó en sus espaldas; la diferencia radica en que Cristo sólo llevaba un palo seco, no un cuerpo putrefacto. En Orocué ya hay voces de alerta frente a la violencia que se ha gestado; la noticia de la masacre se escucha en todos los rincones, mientras los soldados esperan encontrar a algún campesino que conozca los corredores del Llano para encontrar a los bandoleros. Ese hombre será Manuel Pacho, quien agotado arribara al pueblo: el acto de Manuel Pacho se convierte en algo inútil por ser individual y efímero.

El paisaje de los Llanos Orientales

El elemento paisajístico es vital para entender el contenido de Manuel Pacho, este determina la travesía en la que se sumerge el protagonista. El lector puede imaginar las maravillas que dibuja el autor, quien no olvida nada al describir la inmensidad y hermosura de los llanos casanareños. Con la naturalidad propia de alguien que conoce la región afirma:

“En Villavicencio, en Tauramena, en Labranzagrande, el llano huele a bosque porque tiene la cordillera a las espaldas con sus ríos que corren bramando entre precipicios y peñascos. Del Meta hacia abajo y hacia el sur, hacia el Vichada el llano huele a selva empantanada y a piel de culebra. En Orocué, en Maní, en Trinidad, en las fundaciones del corazón de Casanare como ‘La Vuelta del Cura’, el llano huele a boñiga seca y a cuero de res que se templa al sol entre cuatro estacas. Son los tres, no los cuatro, puntos cardinales para el olfato del llanero y éste los rastrea de noche y de día, con los ojos cerrados o abiertos, y jamás los pierde” (Pág. 40)

A este respecto, la novela de Caballero Calderón tiene semejanzas con obras como Los Pasos Perdidos de Alejo Carpentier y La Vorágine de José Eustasio Rivera, en cuanto a que comparte con ellas algunos elementos que la equipararían con la noción de “novela terrígena” o “telúrica”: en las tres historias el paisaje desempeña un papel importante, es descrito con amplitud, y sobre todo, influye y configura el comportamiento de sus protagonistas que, en los tres casos, demuestra al ser humano impotente frente a la vastedad de la naturaleza virgen.

“Terrígena” o “telúrico” vienen a ser significaciones de paisajes primitivos, originarios, engendrados de la tierra, escasamente explorados por el hombre. La fascinación que producen estos elementos de la naturaleza en el ser humano es abordada con una profunda habilidad descriptiva en dichas narraciones, de modo que se hace fácil imaginar las selvas, sus habitantes, la fiereza de los ríos y la crudeza del entorno.

La novela sobre la violencia

Las obras de Caballero Calderón son representativas de nuestra cultura y costumbres. El autor, aunque no fue un testigo directo de la violencia rural, se mantuvo informado siempre, y fomento la crítica a todo el sufrimiento causado por la guerra partidista a lo largo del siglo XX, especialmente, durante esa oscura época denominada “La Violencia”, entre los años 1946 y 1963. De este modo, su objetivo literario es establecer una crítica socio-cultural a la violencia que afrontaron los campesinos y gente pobre a raíz de los odios políticos entre conservadores o “chulavitas”, las nacientes guerrillas liberales, la iglesia, el ejército y otras entidades del Estado colombiano.

La novela sobre la violencia resulta incisiva ante las instituciones e ideologías que se confrontaron en aquel periodo, una violencia que diezmó poblaciones enteras, que desintegró familias, que destruyó anhelos, que pisoteó proyectos de vida y que, en definitiva, terminó con la tranquilidad de un país entero. Una violencia que trajo consigo el desarraigo de las tierras y la migración desde los campos hacia las ciudades. Un funesto testimonio que no ha pasado inadvertido para grandes escritores que documentaron la historia de forma artística y que se cuentan como referentes de la literatura nacional. Gabriel García Márquez, Manuel Mejía Vallejo, Gustavo Álvarez Gardeazábal y el escritor de Manuel Pacho, Eduardo Caballero Calderón, son grandes representantes de esa novela que integró la reflexión social y el lenguaje literario.
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Costumbrista, paisajística, épica, crítica, monológica. Sería limitante clasificar la novela de Caballero Calderón en alguno de estos aspectos. Lo que se debe tener claro es que la violencia, aunque es una excusa para iniciar el relato, es el telón de fondo de una realidad histórica en nuestra nación. Sin lugar a dudas, Manuel Pacho contribuye a configurar una identidad original en las letras de Colombia y no deja indiferentes a sus lectores.

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