AUTOR: Leopoldo Alas “Clarín”
TÍTULO: La Regenta
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Tercera edición)
AÑO: 1984
PÁGINAS: 797
RANK: 8/10



Por Alejandro Jiménez

En el año 1884, Leopoldo Alas “Clarín” (1852-1901), conocido hasta entonces por sus famosos paliques y críticas literarias, se lanzaba al mundo de la creación narrativa con esta extensa novela titulada La Regenta. Con ella participó el autor en ese proceso de transición que era evidente dentro de las letras españolas, entre los últimos rezagos del Romanticismo y el inicio del Realismo moderno. Tal vez, como ninguna de las obras de otros escritores contemporáneos, la novela de Leopoldo Alas causó tanto revuelo, a un mismo tiempo fascinación y entusiasmo que reproches y animadversión, más allá de lo cual, sin embargo, nunca, ni antes ni ahora, se ha puesto en duda que ella representa una de las cumbres de la literatura española del siglo XIX.

La agitación que originó en su momento La Regenta se explica por una serie de hechos. En primer lugar, la obra tiene un marcado sello anticlerical, y satiriza duramente los excesos, vicios e hipocresías de muchos sacerdotes de la época; por otra parte, un buen número de los personajes que hacen parte de la novela parecen tener correspondencias reales, situación que llevó a los ovetenses a pasar largo tiempo indagando sobre la identidad de aquellos en quiénes pudo haberse basado Leopoldo Alas para crearlos. Finalmente, habiéndose ganado fama de puntilloso, de tajante en sus apreciaciones como crítico, muchos de los enemigos de Clarín estuvieron atentos a caer sobre su obra para atacarla:

“No escapó a los ojos de nadie que bajo el nombre de Vetusta, ciudad en que se desarrolla la acción, era Oviedo la que parecía retratada, aunque el ambiente que se refleja pudiera ser el de cualquier otra ciudad provinciana. Se organizó un auténtico escándalo. Hubo críticas elogiosas y ataques furibundos. La novela sufrió durísimos embates por parte de los sectores más afectos del clero, el principal blanco de la sátira. El obispo la condenó y la ciudad en general se consideró injustamente vituperada. Se convirtió en la comidilla de todas las tertulias literarias. Poco a poco acabó por sumirse en el olvido. Ha pasado inadvertida hasta tiempos muy recientes” [1]

Quizá, de los comentarios escritos a propósito de La Regenta, los únicos que mantuvieron una posición equilibrada entre la defensa y la censura son los que corresponden a los colegas novelistas de su autor. Benito Pérez Galdós celebró con alegría la obra, incluso, llegó a prologar su segunda edición en 1901, pero también supo resaltar los excesos que veía en su extensión y en el tratamiento de temas como la lujuria. Asimismo, José María de Pereda afirmó que, aunque la obra no podría nunca considerarse un modelo de novelas, era evidente que la mano que la escribió derrochaba gracia e ingenio. Finalmente, Marcelino Menéndez Pelayo, advirtió que el estilo de Leopoldo Alas ganaba mucho con la novela, si bien ésta adolecía de la idealización de ciertas emociones e insistía en tópicos innecesarios. [2]

En todo caso, más allá de esta discusión que se suscitó en su tiempo, examinada a la luz de la historia literaria, la novela deja ver, por su forma y contenido, que está a la altura de muchas obras de la época; de las francesas, por ejemplo, que van en la línea de las de Flaubert, Balzac y Zola, especialmente en lo que se refiere a su capacidad para ampliarse hasta comprender toda una sociedad, todo un mundo que es representativo y verosímil; pero además, de las rusas, porque alcanza ese análisis psicológico que caracteriza las novelas de Tolstoi y, obviamente, de Dostoievski. Por otra parte, también comparte con ellas, las unas y las otras, la confianza que es totalmente evidente en el siglo XIX de atribuirle a la novela la facultad de interpretar la sociedad. Leopoldo Alas lo coloca en estos términos:

“Con la novela sucede lo contrario; no tiene espectáculo, es todo arte; el gran público, mejor, el público grande, no la lee siquiera, o la lee y no la entiende (…); pero, en cambio, las personas de gusto, las que reflexionan y saben de estas materias, reconocen que la literatura de la actualidad presente, la más propia de la cultura que alcanzamos, es la novela. No tiene espectáculo que brille; la novela más escandalosa no llega a producir el ruido de un drama que se aplaude; pero poco a poco va abriéndose camino, y cuando ya nadie recuerda ni el nombre de la composición teatral que tanto se aplaudió el día que se publicó (…), la novela, toda arte y nada más que arte, sigue deleitando a los inteligentes” [3]

En este documento pretende recorrerse un camino diferente al que han venido construyendo los lectores y críticos de La Regenta. Se ha insistido mucho en los estudios de la sociedad vetustense, en los rasgos de inmoralidad de la novela, en perseguir sus huellas naturalistas, etcétera. Aquí, en cambio, se proponen dos elementos, los cuales, ampliándose desde su núcleo, engloban gran parte de la novela: el primero es el de Ana Ozores, a nuestro modo de ver la última heroína romántica española y, el segundo, Fermín de Pas, quien representa la autolatría propia del Realismo decimonónico.

Argumento de La Regenta

La historia de la novela transcurre durante aproximadamente tres años; aunque no existen referencias explícitas, algunos críticos han ubicado esta fecha entre 1877 y 1880. Por su parte, toda la trama narrativa tiene lugar en Vetusta, una ciudad de provincia imaginada por el autor –pero muy cercana, por su geografía y sociedad, a la Oviedo que conoció Leopoldo Alas desde 1863, fecha en la que su familia se trasladó proveniente de Zamora-. Los personajes encargados de dibujar el argumento son principalmente tres: Ana de Ozores, esposa del ex-regente de la ciudad, mujer admirada y hermosa; don Fermín de Pas, magistral de Vetusta, un hombre que a pesar de su trabajo religioso se muestra avaro, déspota; y, Álvaro Mesía, un seductor que goza de fama por su soltura, pero que empieza a llegar a la edad del decaimiento.

La Regenta inicia describiendo el paisaje de Vetusta, “dominada por el clero y la necia rutina”; pero, después de ello, se centrará en el dilema existencial de Ana, quien, inmersa en un matrimonio que no la satisface, se debate entre aceptar los galanteos de Mesía, esa tentación que la persigue cada vez con más fuerza, o asentir a la hermandad espiritual de don Fermín, la cual puede apartarla de las debilidades de la muchedumbre, abriéndole las puertas de la virtud y la perfección. Permanecer en el estatismo es harto difícil, pues no duda de que sea importante para su marido, don Víctor Quintanar, pero éste le profesa un cariño paternal, no el amor que ella busca, y así, dotada de una naturaleza romántica, que la lleva en distintos momentos a ser beata, mística, o libertina, la vida de Ana Ozores es un ir y venir entre uno y otro sin acabar de decidirse.

Alrededor de esta trama central se proyecta una nómina amplia de otros personajes. Están allí, doña Paula, la madre de Fermín, mujer sin escrúpulos que, aprovechando la usura y la mentira, ha convertido a su hijo en un sacerdote de alta jerarquía; Obdulia Fandiño y Visitación, los referentes más conocidos del vicio aristocrático; el marqués de Vegallana, amigo de Álvaro y cómplice de sus aventuras; Frígilis, camarada de don Víctor; Santos Barinaga, Pompeyo Guimarán, Joaquín Orgaz, Pepe Ronzal, y todos los otros contertulios del Casino, el sitio en donde se reúnen los librespensadores de Vetusta y; en fin, Petra y Teresina, las doncellas de Ana y Fermín, respectivamente, decisivas en ciertos momentos de la historia.

La novela se extiende ochocientas páginas, a pesar de este argumento más bien sencillo, debido al detalle con que Leopoldo Alas describe los espacios en que suceden las acciones, y el mundo psicológico de los personajes. Ana Ozores, por citar un caso, recrea toda su niñez carente de afecto, sus iniciaciones místicas, todas las complicaciones que tiene para ella mantener su virtud intacta, las continuas desilusiones que sufre, ya no sólo de su esposo, sino también de Fermín –que la ama como confesor y como hombre, lo cual es imperdonable-, las impresiones de sus lecturas santas, las crisis de nervios que ella sufre, y demás. De este modo, no es extraño que La Regenta se publicara en dos tomos inicialmente, y que uno de sus puntos más criticados haya sido su extensión.

Es que la novela mantiene un ritmo lento casi siempre, dando la sensación de que no ocurre nada en ella, de que vendrá el cierre sin que la protagonista se defina. Y, luego, faltando dos capítulos para el final, la acción se acelera vertiginosamente: las vacilaciones de Ana –unas veces beata y otras voluptuosa, unas ensimismada y otras extrovertida, unas enferma y otras de alegría desbordada- dan paso a la decisión: consentir una relación de amantes con Álvaro Mesía. De nada valdrán ya los intentos de Fermín por evitarlo, porque todo se aúna para permitirlo: la ceguera en la que vive don Víctor, la obstinación que en ello ponen todos los que quieren probar que nadie puede ser enteramente virtuoso en Vetusta, los propios deseos de Fermín que ya son mal vistos por la mujer y, especialmente, el propio deseo de ella de conocer a fondo los embates de la pasión.

La novela prescinde de contar con el mismo detenimiento que otras cosas los pormenores de la relación entre Ana Ozores y Álvaro Mesía, aunque se sabe que, por ser él el primer real amor de ella, y por él haberla deseado tanto, hay entre ambos una exaltación ardorosa. Sin embargo, muy pronto Víctor Quintanar descubre la infidelidad, demora en su decisión, pero termina desafiando en duelo a don Álvaro, quien a pesar de su inexperiencia en estos asuntos, mata al marido, y marcha cobardemente hacia Madrid. Así, pues, al final de la novela vemos a Ana Ozores, con su belleza intacta, pero sola, víctima de las recriminaciones, sin dinero, y sin la valiosa asistencia espiritual de Fermín de Pas, herido, más que en su credo religioso sobre el que ha vencido la concupiscencia, en su orgullo como hombre.

Ana Ozores, la última heroína romántica

Si se estudia con detenimiento los motivos que se encuentran en la base de las inquietudes de Ana Ozores, se descubre que la mayoría de ellos tienen un contenido emocional. A diferencia –como se verá más adelante- del tipo de problemas que enfrenta Fermín de Pas, y el modo como éste los resuelve, enteramente racional, Ana no puede desprenderse nunca de sus sentimientos, ni en el momento de verse a sí misma, ni en el de concebir la existencia de los otros, ni en el de tomar sus propias decisiones. Esta característica de su temperamento la identifica bastante bien con la personalidad de los románticos: apasionados, sensibles, de vida trágica, de difícil equilibrio, dotados de una manera trascendental y exaltada de comprender las cosas.

No en vano se ha escrito tanto a propósito de las coincidencias que hay entre Emma Bovary y Ana Ozores. En ambas, es posible percibir ese anhelo sincero del amor; las dos mujeres se hallan atrapadas en un matrimonio que no las satisface, y aunque se esfuerzan en apreciar a sus maridos, en descubrir en ellos los detalles que podrían excitarlas, no es posible enamorarse de ellos, porque para ambas el amor debe ser una fuerza incomprensible, absoluta, que las arrastre y las sublime a un mismo tiempo. De tal suerte, el Charles de Emma, a pesar de su compañía y fidelidad, no logra enaltecerla, como tampoco puede hacerlo para Ana, Víctor Quintanar, que sólo ve en ella alguien a quien debe protegerse a toda costa.

Son muchos los aspectos que demuestran el romanticismo de Ana Ozores: su soledad, su afición por la literatura, su dimensión mística, la búsqueda que emprende continuamente de lo perfecto, de lo puro, de lo que sólo es posible sentir sin explicarse, sus nervios que son producto de la fuerza con que interpreta las circunstancias, el deseo que termina poniéndose por encima de todo, etcétera. Pero también, y sobre todo, lo que resalta en ella es el poder de la imaginación, de proyectar siempre desde los sueños, desde el deseo, desde la inconsciencia, incluso, los mundos posibles de su vida; siendo, precisamente, esta característica, la que la hace chocar continuamente con el materialismo carnal que puede desprenderse de Mesía, o con la mancha que lo mundano pone sobre lo religioso, cuando está con Fermín. Se explica así, otra de sus coincidencias con Emma Bovary:

“Es cierto que la señora Bovary vive en un mundo de fantasía que a menudo ha sido comparado con el de Don Quijote (…); pero más cierto es todavía que el contexto general de la novela, el marco en el que se desarrollan los delirios y ambiciones de la Bovary es un marco que, en cierto modo, niega de raíz las posibilidades de que se mantenga incólume todo desbordamiento de la imaginación” [4]

En Madame Bovary, Emma ya no podrá encontrar una fórmula para equilibrar la fuerza de su apasionamiento con las reglas de la sociedad, terminará optando por esa alternativa fatal de los románticos que es el suicidio. Y, aunque Ana Ozores no llega a morir en La Regenta, el paisaje que nos ofrece la novela en sus últimas páginas, resulta para ella desolador: su marido ha muerto por su causa; el amante, es decir, la posibilidad de continuar el amor, ha huido, y; don Fermín, el refugio místico de la religión, ha cerrado también sus puertas. Como ella, como Ana era tan romántica, se dice al final del libro, “hasta una cosa como esa… tuvo que salirle a ella así, a cañonazos, para que se enterase el mundo”.

Ahora bien, el carácter romántico de Ana Ozores no es el resultado de una simple insatisfacción conyugal; su romanticismo se remonta a la niñez. Hija de una modista italiana –muerta bastante pronto- y de don Carlos, un político acomodado que desatendió siempre que pudo su educación, Ana creció en medio de las privaciones de su niñera y una creciente fuga espiritual. Siendo niña apenas, dedicaba sus horas a escribir poesía, a caminar por los campos, a aspirar su belleza y coloratura, para comunicarla en versos que ya dejaban ver su imaginación. Tuvo, incluso, en alguna de aquellas salidas, una experiencia mística de transfiguración, un hecho que marcó para siempre su carácter religioso; y hasta llegó a emprender ese escape inocente con Germán en una barcaza para ver el atardecer desde el otro lado del río.

Así, pues, su condición desde niña fue la soledad, “estoy sola en el mundo” –gritaba aun a los veintisiete-, y la soledad es terreno fértil para cultivar el romanticismo, para vivir de la imaginación. Ya se ve cómo, en los primeros capítulos de la novela, la sociedad vetustense ataca fuertemente a la regenta por su amor a la literatura; nadie ha conocido allí una literata que sea mujer de bien, porque las fantasías contenidas en los libros bien pueden incentivar los vicios de las personas. El gusto que le viene a Ana Ozores de la lectura de las obras de Santa Teresa viene del modo como esta se aleja siempre de lo mundano hacia la contemplación pura de la naturaleza, y esto es, romanticismo en su más profunda forma.

La relación con el magistral Fermín de Pas fortalece en Ana Ozores esta dimensión romántica, la espiritual. Una vez el arcediano le ha cedido el trabajo de confesarla, inicia entre el sacerdote y la mujer una “hermandad espiritual”, que viene a significar algo así como un trabajo conjunto para superar los vicios de la muchedumbre y alcanzar la perfección. Lo que sorprende, sin embargo, al mismo Fermín es la potencia con la que la regenta asume este objetivo, llegando hasta límites insospechados, a considerarse ella misma una santa y, luego, en consecuencia, a despreciar cualquier afecto que le pueda tener el sacerdote por fuera de lo espiritual.

Esta búsqueda, que es también, en su opinión, una “habilidad”, será la razón de muchos de los resquebrajamientos de Ana. Sobre Vetusta, a su manera, se ha volcado el pecado, y a ella misma se le ofrece la tentación de Álvaro Mesía. Lo curioso es que en ambas direcciones hay rasgos de romanticismo: si es romántico luchar por alcanzar la virtud como el más sublime de los valores humanos y, ante todo, hacerlo por sobre toda la marea de vicios que contaminan a los otros, también es verdad que romántico es asumir con toda su energía la posibilidad del verdadero amor, así éste se halle por fuera de lo establecido como correcto. Esos son los nervios de los que tanto habla Víctor Quintanar en la novela; los mismos que resultan de que su mujer se debata entre dos sentimientos igual de fuertes y censurables.

Tal vez, después de La Regenta no ha existido otra novela en España en que la tensión romántica de su protagonista llegue a los límites que alcanza en Ana Ozores. “Cansarse es tan natural”, se dice en el capítulo nueve, como planteándose su propia situación, esto es, haber vivido en soledad siempre y “haber jurado fidelidad a un hombre” apasionado sólo por sus inventos y los dramas. Situación que la lleva, bien a perderse hasta el fanatismo religioso (cierta vez camina descalza por toda Vetusta como muestra de fidelidad a don Fermín), o bien a decidirse por el placer de un amante:

“Pero no importaba; ella se moría de hastío. Tenía veintisiete años, la juventud huía; veintisiete años de mujer eran la puerta a la vejez, a que ya estaban llamando… Y no había gozado ni una sola vez de esas delicias del amor de que hablan todos, que son el asunto de comedias, novelas y hasta de la historia. El amor es lo único que vale la pena de vivir, había ella oído y leído muchas veces. Pero ¿qué amor? ¿Dónde estaba ese amor? Ella no lo conocía. Y recordaba, entre avergonzada y furiosa, que su luna de miel había sido una excitación inútil, una alarma de los sentidos, un sarcasmo en el fondo; sí, sí, ¿para qué ocultárselo a sí misma si a veces se lo estaba diciendo el recuerdo?” (Pág. 219)

Ana Ozores termina en todas sus decisiones, sobre todo, en la principal, que es la de convertirse en amante de Mesía, cediendo al impulso. Cuando la novela está promediando, la protagonista dice para su fuero interno: “no pecará mi cuerpo, pero el alma la tendré anegada en el placer de sentir esas dos cosas prohibidas por quien no es capaz de comprenderlas”. Esta declaración del sentimiento por encima de la comprensión, y las consecuencias trágicas que traerá una vez se materialice, demuestran todo el tenor romántico que hay en ella, y deja ver, por otra parte, que no sólo es romántica en el sentido de la exaltación del placer que goza con Álvaro Mesía, sino también en la virtud, llevada al fanatismo irracional, en la que suele caer por efecto del magistral Fermín de Pas, ambos hombres enemigos no sólo en el plano concreto de la novela, sino también en el de sus ideas.

La autolatría realista de don Fermín

Ya se vio la fuerza que tienen los sentimientos en el personaje que da nombre a la novela. Esto no quiere decir, por supuesto, que Leopoldo Alas haya construido una novela romántica; por el contrario, si se tratara de eso, habría que aclarar que en el lenguaje utilizado por el autor y las características de todos sus demás personajes pesa mucho el Realismo. Hay momentos que Álvaro, como todo amante, se deja arrastrar por su pasión, pero al ser un don Juan, es frío y calculador en la proyección de sus deseos, y en esto ya se muestra muy realista. Lo mismo sucede con don Fermín, quien, aunque en los momentos en que siente que su rival va ganándole terreno, no tiene temor de mostrar sus emociones y actuar, más que el mismo Víctor Quintanar, como el esposo herido, luego restituye su camino previendo mejor sus pasos, castigando sus sinsentidos, y volviendo a su condición pragmática.

En otras palabras, mientras Ana permanece atada a sus pasiones, sean espirituales o carnales, los otros personajes si pasan por allí, salen muy de prisa, y resuelven los problemas de sus sentimientos de modo racional. Justamente, si hay una denuncia anticlerical en La Regenta debe buscarse en este sentido, o sea, en el hecho concreto de que don Fermín de Pas, además de confundir peligrosamente las confesiones espirituales con el amor vulgar, también se muestre calculador en las cuestiones de negocios, vea todos los afectos de los creyentes como medios para sus fines, y transgreda como se le antoja lo que piensan y dicen los demás. Por esta razón, una descripción general del personaje realista sirve como semblanza de don Fermín:

“Los sentimientos del (personaje) realista nunca están por encima de sus intereses; maneja a su antojo su pequeño universo; es un político sagaz o, dado el caso, un amo y señor que dispone e impone. Sus sueños están colmados de imágenes que le hablan del poder del que debe hacer uso con los extraños o con los socios. Sus esfuerzos buscan ante todo su propia satisfacción, su bienestar. Inclusive, el amor para él no es casi nunca una conquista producto del sacrificio, es una mera transacción o cuando más una inversión, una forma de acrecentar su imagen y su fortuna con un buen matrimonio” [5]

Don Fermín de Pas es un personaje representativo de los vicios que tienen muchos religiosos y, la iglesia católica, en general. En sus relaciones siempre es violento, a excepción, claro está, de aquellas en las que necesite aparentar ser diferente: a su monaguillo suele castigarlo con sendas bofetadas; desdeña la gente pobre y sus costumbres, motivo por el cual evita confesarlos y responder sus peticiones; fuerza a los creyentes a entregar a sus hijas en los conventos, si bien allí mueren por la crueldad de sus condiciones; toma para su gusto sexual a Teresina, a la doncella de Ana y, así, a muchas más que temerosas del poder del magistral guardan el secreto.

Pero no sólo por los abusos puede afirmarse que don Fermín de Pas sea un autólatra, un realista de vida práctica. El abuso es apenas una de las vías en que discurre su ambición, herencia de doña Paula, su madre, quien a base de engaños, conspiraciones y ardides pudo hacer de su hijo –cuyo padre fue curiosamente otro cura- el magistral rico y ostentoso de la novela. Y no se trata de un discurso velado, no existe en el propio Fermín la intención de negarse lo que es; se sabe un hombre inteligente y dominador, capaz de engañar a las masas a su antojo; igual en ello, en esta hipocresía, a todos los otros religiosos que componen la iglesia:

“La iglesia es así, pensaba de Pas, con la cabeza apoyada en las manos y los codos sobre la mesa, olvidado ya del Papa infalible; la iglesia proclama la humildad y es humilde como ser abstracto, colectivo, en la jerarquía, para contener la impaciencia de la ambición que espera desde abajo. Yo me lucí en Roma, admiré los fieles de Madrid, deslumbro a los vetustenses y seré obispo cuando llegue a los sesenta. Entonces haré yo la comedia de la humildad y no aceptaré esa limosna. Los intrigantes suben; los amigos, los aduladores, los lacayos, medran sin necesidad de sermones; pero nosotros, los que hemos de ascender por nuestro mérito apostólico, no podemos ser impacientes, tenemos que esperar en una actitud digna de sumisión y respeto. ¡Farsa! ¡Pura farsa!” (Pág. 240)

El magistral de Pas conoce palmo a palmo Vetusta, pero prefiere, como todo personaje realista, permanecer en los sectores de la aristocracia, en la Encimada. Las zonas pobres de Vetusta le generan escozor, allí pululan los indeseables, los necesitados, esos “escarabajos” que en cualquier momento podrían pelearle su imperio. Se dice al inicio de La Regenta que don Fermín no se hacía ilusiones con la gente humilde, ellos no sabrían escuchar de resignación, de fe y obediencia, como sí lo hacen los ricos, sobre quienes tiene su poder el magistral, sobre los que ha llevado su voz influyente y decisiva. Las aristócratas ven en él un modelo de hombre, y los burgueses una oportunidad para los negocios.

Es difícil pensar que este Fermín de Pas que describimos sea el mismo que habla a Ana Ozores de hermandad espiritual, pues ¿qué puede haber de moral o de hermano en un materialista como el magistral? Lo cierto es que todas las largas dilucidaciones que presenta el sacerdote a Ana sobre la perfección y la virtud no son más que una de las tantas estrategias que él posee para controlar a los vetustenses, sobre todo, a una tan especial como ella. Si Álvaro Mesía no declina en su ánimo de ser el amante de Ana, no sólo se debe a su belleza, sino a que se convierte para el galán en la presa más difícil; asimismo, si don Fermín ataca con toda clase de artimañas de confesionario y de perfección a la regenta, es porque sabe que teniéndola bajo su mando, aumenta su zona de dominación, ya que Ana es tomada por ejemplo de virtud y riqueza en la ciudad.

La cuestión es que, en un momento de la historia, don Fermín de Pas se descubre enamorado realmente de Ana Ozores, y empieza a considerar que su sotana es un estorbo ridículo para sus pretensiones. La idea de tener un amante religioso, como se dijo, espanta a la mujer y, por ello, el magistral tendrá que dejar a un lado sus sentimientos de hombre, e imponerse sobre ella en el plano del fanatismo religioso: la hace leer, confesarse, ser una idólatra, entregarse a la piedad, caminar descalza en días santos, en fin, ser –como ella misma se lo asegura- su esclava. Pero el gran teatro que es la vida de Fermín queda descubierto inevitablemente a los ojos de Ana:

“El magistral no era el hermano mayor del alma, era un hombre que debajo de la sotana ocultaba pasiones, amor, celos, ira… ¡La amaba un canónigo! Ana se estremeció como al contacto de un cuerpo viscoso y frío. Aquel sarcasmo de amor la hizo sonreír a ella misma con amargura que llegó hasta la boca desde las entrañas. Su padre, don Carlos, el librepensador, se le apareció de repente, en mangas de camisa, disputando junto a una mesa, allá en Loreto, con un cura y varios amigotes ateos o progresistas. Recordaba Ana, como si acabara de oírlas, frases de su padre y de aquellos señores: ‘el clero corrompía las conciencias, el clérigo era como los demás, el celibato eclesiástico era una careta’. Todo esto que había oído sin entenderlo volvía a su memoria con sentido claro, preciso y como otras tantas lecciones de la experiencia… ¡Querían corromperla!” (Pág. 623)

La definición del personaje realista citada antes afirma que los intereses de ellos nunca están por debajo de sus sentimientos, y eso es verdad para el caso de Fermín, quien puede equipararse a Mesía en su papel de corruptor; su mismo vicio es lo que lleva a Ana a preferir los favores de un galán que, al menos es un hombre, a los de un sacerdote que oculta depravaciones de todo tipo: sexuales, porque se aprovecha sin afectación de las empleadas; espirituales, porque todo su discurso es una trampa para encerrar a los que buscan la paz de la conciencia; y materiales, porque es, como doña Paula, un ambicioso sin escrúpulos.

Quedan allí en la novela los capítulos dedicados a don Santos Barinaga, el comerciante arruinado por Fermín, llevado a la pobreza y la muerte; los de Pompeyo Guimarán, el ateo que en el lecho de muerte, se arrepiente de sus declaraciones, pero no obtiene del magistral una conversión sincera, sino un espectáculo publicitado para mayor renombre del cura; y también aquellos en los que se revelan todas las envidias y luchas por el poder entre los distintos colegas de Fermín y el mismo, todos ellas basadas en la hipocresía, los corrillos, las manipulaciones y los golpes bajos.
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La Regenta es una novela en la cual pueden seguirse muchas rutas interpretativas; tomada en un modo amplio, es el testimonio de una época con sus costumbres y problemáticas; asumida en sus universos particulares, ofrece una línea romántica y otra realista o, mejor aún, la síntesis de estas dos cosmovisiones permeadas mutuamente. Leopoldo Alas “Clarín”, no debe recordarse únicamente por su obra crítica, por sus trabajos sobre Zola o Baudelaire, sino también por ser el creador de una obra ejemplar del siglo XIX.

NOTAS:

[1] PEDRAZA, Felipe & RODRÍGUEZ, Milagros (2000)
Historia Esencial de la Literatura Española e Hispanoamericana. Madrid: Ed. Edaf. p. 410-411.
[2] Se extraen estas apreciaciones de las conferencias que dictó el profesor José María Martínez Cachero, en el año 1984, acerca de la recepción que tuvo
La Regenta en su tiempo; el material está disponible en los archivos sonoros de la Fundación Juan March.
[3] ALAS “CLARÍN”, Leopoldo (1987)
Mezclilla. Barcelona: Ed. Lumen. p. 287.
[4] LLOVET, Jordi, et al (2005)
Teoría Literaria y Literatura Comparada. Barcelona: Ed. Ariel. p. 144.
[5] GUEVARA, Carlos (2005) Los Personajes, en Notas al Margen No. 3. Bogotá: Univ. Distrital. p. 62.

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