AUTOR: Juan Rodríguez Freyle
TÍTULO: El Carnero
EDITORIAL: Panamericana, S.A. (Quinta edición)
AÑO: 2006
PÁGINAS: 304
PRÓLOGO: Javier Hernando Murillo
RANK: 6/10



Por Alejandro Jiménez

Usualmente aparece en los manuales especializados el nombre de Juan Rodríguez Freyle como uno de los precursores de la literatura colombiana. En efecto, si nos remitimos, por un lado, a su fecha de nacimiento (1566) y el período en el que escribió su única obra conocida, El Carnero (1636-1638) y, por otra parte, a los rasgos propios de este libro, el cual se aleja de forma considerable de los relatos escritos por los conquistadores españoles, es evidente que hay en el autor santafereño, no diremos todavía el ánimo de contribuir a la consolidación de esa identidad que empezaba a construirse conjugando el mundo indígena, el europeo y el africano, pero al menos sí el interés de reconstruir parte del primer siglo de historia del Nuevo Reino de Granada, caracterizado por el choque cultural, la violencia y las transformaciones.

Durante el siglo XVI, las crónicas constituyeron la forma más común de describir la vida de todos aquellos pueblos que empezaban a descubrirse a los ojos de Occidente bajo el nombre común de América. En un primer momento, dichas crónicas corrieron por cuenta de los propios conquistadores, quienes “al tener que comunicar los hechos al monarca, y maravillados de cuanto veían en las nuevas tierras, enviaron desde aquí cartas o ‘relaciones’ con interesantes pormenores sobre las mismas” [1]. Sin embargo, con el pasar de los años, otros personajes, por ejemplo, religiosos o civiles de holgada posición, empezaron también a escribir documentos históricos sobre el “Nuevo Mundo”, todos ellos de diferente alcance y estilo.

Para el caso colombiano, o más bien, para el del que sería luego la capital del reino, es decir, Santa Fe de Bogotá del Nuevo Reino de Granada, Rodríguez Freyle adquiere un papel definitivo, en la medida en que El Carnero es el texto que refiere con más detalle la evolución de la ciudad, desde su fundación en 1538 hasta la época en que don Sancho Girón, marqués de Sofraga, fue su presidente, en el año 1638. Mucha dificultad –aclara Javier Hernando Murillo- ha traído para los críticos definir el género al que corresponde esta obra, toda vez que, como se dijo, se aleja con mucho de las crónicas precedentes y, además, mezcla de un modo bastante peculiar la sátira picaresca, el relato histórico y la reflexión religiosa, entre otros.

El Carnero está compuesto por veintiún capítulos y dos catálogos complementarios; sus páginas inician describiendo la forma como estaba distribuida la tierra de los chibchas, quiénes eran sus caciques principales y cuáles sus costumbres; del mismo modo, hace el recuento de la expedición que inició Gonzalo Jiménez de Quesada desde Santa Marta, los hombres que lo acompañaron y la manera como se fundó lo que hoy llamamos a secas, Bogotá. Posteriormente, el libro se dedica a informar las sucesiones de gobernadores, encargados de la Real Audiencia y arzobispos del reino. De manera adicional, Rodríguez Freyle incluye algunas historias que supo él, unas veces por experiencia directa y otras por simples comentarios, sobre robos, líos de faldas, juicios a particulares, historias memorables, etcétera. Una semblanza general del autor y su obra la escribió el maestro Vergara y Vergara:

“Bien astuto era el señor Juan Rodríguez Fresle (entiéndase, Freyle), como hombre enseñado por las desgracias y varias vicisitudes de que se queja con templanza; y esta astucia se la descubrimos en el modo como enlazó los hechos de su vida con los de su crónica, de tal manera que no se pueden separar unos de otros (…) En su libro resplandece la ingenuidad y el candor, alternando con su poquillo de socarronería para deducir maliciosas pero no falsas consecuencias (…) Su prosa dista cien leguas de la riquísima prosa de Cervantes; pero también está a distancia de otras tantas de la incorrecta o áspera prosa del vulgo de escritores de aquella época” [2]

Cabe aclarar que, aunque El Carnero terminó de escribirse alrededor de 1638, fue publicado por primera vez en 1859, esto es, “circuló durante 221 años por todos los senos de nuestra sociedad, multiplicado en copias más o menos fieles, despertando y manteniendo la curiosidad de todos; y (…) venciendo tiempo y polvo, egoísmo y guerras, llegó por fin a las manos del señor Felipe Pérez, quien lo fijó para siempre en el mundo, dándolo a luz en un tipo y edición algo más bellos de lo que hubiera soñado el buen Rodríguez Fresle (nuevamente, Freyle)” [3].

El libro se muestra inexacto en algunas fechas y datos, especialmente en lo que se refiere a los primeros años de existencia de Santa Fe de Bogotá, pero hay que tener en cuenta que muchos acontecimientos le fueron contados a oído a Rodríguez Freyle. Asimismo, quizá a estas alturas de la historia, su lenguaje y contenido pueden parecer un tanto pesados, y esto porque no son pocos los fragmentos del libro que se limitan a citar nombres y cargos de personajes ilustres. Incluso, en lo tocante a los numerosos paralelismos que el autor establece entre las situaciones reales y las parábolas bíblicas, es posible rastrear ciertos excesos. Pero, en todo caso, es una obra que aún guarda interés para quienes vivimos en este lado del Atlántico y queremos conocer algo de la historia de nuestros antepasados.

A continuación se escribirán algunos comentarios sobre tres aspectos que son centrales en El Carnero y que, a su manera, dan cuenta de buena parte del libro: 1) la descripción realizada por Rodríguez Freyle de los indígenas, 2) la evolución en la vida de la ciudad de Santa Fe y, 3) la función de la religión, tanto en la época como en la propia narración del escritor.

La situación de los indígenas según El Carnero

El territorio sobre el que Gonzalo Jiménez de Quesada fundó la ciudad de Santa Fe de Bogotá del Nuevo Reino de Granada (actual Bogotá, D.C.) estaba habitado, antes de su llegada, por distintas comunidades chibchas. El Carnero resalta dos centros de poder en esa época, encabezados por sus respectivos caciques: el de Guatavita, en Santa Fe, y el de Ramiriquí, en Tunja. Parte de los primeros capítulos del libro los utiliza Juan Rodríguez Freyle para detallar las costumbres de los indígenas de aquel entonces y, sobre todo, para mostrar la división política por la que atravesaban los chibchas, teniendo en cuenta que Bogotá, cacique bajo el mando de Guatavita, famoso por su valentía y sagacidad, se había revelado ante su señor y buscaba quedarse con el poder.

Sin embargo, esta versión del libro es equivocada en lo que tiene que ver con la distribución territorial de los chibchas y el nombre de sus caciques; Vergara y Vergara afirma que Rodríguez Freyle desfigura completamente la verdad, al atenerse a las relaciones de un amigo suyo, quien tal vez las arregló a su amaño. De cualquier forma, el crítico no señala los aspectos en los que puede ser inexacta la narración, cosa que sí puede encontrarse en un libro mucho más reciente, La Cita de los Aventureros, de Alejandro Vallejo. Esta es una novela histórica que recapitula toda la campaña de Jiménez de Quesada desde Santa Marta hasta Santa Fe, y el modo como encontró organizado este territorio. En el capítulo XVI de aquella obra se escribe lo siguiente:

“Antes de la llegada de Gonzalo Jiménez, los chibchas vivían en pleno feudalismo, como dice Restrepo Tirado. Los señores chibchas vivían guerreando entre sí y debilitándose hasta que el núcleo central fue recogiéndose en las altas mesetas, acosado por las invasiones de los caribes. En este estado, el zipa Saguanmachica, un guerrero ambicioso y audaz, acometió la reconstrucción del imperio dominando a los otros señores chibchas de los pequeños dominios y arrebatándole al zaque de Tunja la supremacía que todavía gozaba sobre los demás pueblos. Saguanmachica fundó una dinastía imperialista. Inició la serie de conquistas más hábiles, dirigidas a realizar la unidad chibcha bajo la mano de los zipas, lo que era ya inminente a la llegada de Quesada” [4]

Como se ve, aunque es verdad lo que narra Rodríguez Freyle con relación a las luchas en que se hallaban los chibchas a la llegada de los españoles, no es totalmente cierto que el territorio estuviese dividido entre Guatavita y Ramiriquí, y tampoco que Bogotá rivalizará al primero por el poder. Antes bien, Saguanmachica, del que no se habla en El Carnero, estaba intentando unificar todas las comunidades chibchas bajo su mandato, objetivo que alcanzó parcialmente, pues sometió al cacique de Fusagasugá y a otros tantos. En el tiempo en que llegó Jiménez de Quesada, Saguanmachica estaba enfrascado en la guerra con Guatavita, quien había organizado un ejército de miles de hombres para enfrentar a aquel guerrero, y en sus filas estaban hombres enviados por el zaque de Tunja (Michúa) y el propio Bogotá.

Más importante, empero, que esta discusión en torno a la veracidad de los datos de Rodríguez Freyle, son las descripciones que hace el autor sobre la vida de los indígenas. El autor dedica unas páginas para hablar acerca de las costumbres que tenían los nativos para conmemorar ciertas fechas especiales como, por ejemplo, las sucesiones de trono, las fiestas antes y después de las batallas o los rituales religiosos. En el capítulo IV, concerniente al presunto enfrentamiento entre Bogotá y Guatavita, pero que en realidad debe corresponder a la lucha entre Guatavita y Saguanmachica, se cuenta:

“Afrontados los dos campos, dieron luego muestras de venir al rompimiento de la batalla: la noche antes del día que pretendían darse la batalla se juntaron sus sacerdotes, jeques y mohanes, y trataron con los señores y cabezas principales de sus ejércitos, diciendo cómo era llegado el tiempo en que debían sacrificar a sus dioses, ofreciéndoles oro e inciensos, y particularmente correr la tierra y visitar las lagunas de los santuarios, y hacer otros ritos y ceremonias; y para que se entienda mejor, los persuadieron que era llegado el año del jubileo, y que sería muy justo cumpliesen con sus dioses primero que se diese la batalla, y que para podello (poderlo) hacer, sería bueno asentase treguas por veinte días o más. Propuesto lo dicho, no fue más dificultoso acabarlo con los dos campos, que, consultados, asentaron las treguas. La primera ceremonia que hicieron fue salir de ambos campos muy largos corros de hombres y mujeres bailando, con sus instrumentos músicos, y como si entre ellos no hubiesen habido rencores ni rastros de guerra, en aquella llanada que había en suelo dos ríos que dividían los campos; con mucho gusto y regocijo se mostraban los unos y los otros, convidándose, comiendo y bebiendo juntos en grandes borracheras que hicieron, que duraban de día y de noche, a donde el que más incestos y fornicaciones cometía era más santo (vicio que hasta hoy les dura)” (Págs. 19-20)

En la última parte del fragmento citado puede percibirse el tono con el que suele Rodríguez Freyle reseñar las costumbres y tradiciones de los indígenas. De lejos puede apreciarse en él la rigidez del dogma católico y la deuda de su ascendencia española; cuando se ocupa en El Carnero de la belleza de la naturaleza, es objetivo y animoso, mas, esta imparcialidad la elude al considerar la existencia indígena que, de modo general, para el autor no deja de estar plagada de vicios, malos hábitos y una rebeldía improcedente.

En el capítulo XVI, por citar un caso, después de referirse a un robo que cometió un indígena a un sacristán, concluye con las siguientes palabras: “los indios no hay maldad que no intenten, y matan a los hombres por roballos (robarlos)”. Aunque la culpabilidad del indígena parece probada en este caso, el juicio que emite Rodríguez Freyle es universal; en otras palabras, hay una constante en el libro y es la atribución a los indígenas de una especie de naturaleza malévola. Al autor no le importa comprender la situación de los españoles, verdaderos ladrones de estas tierras, sino encontrar el modo de hacer tambalear las costumbres y acciones de los indígenas.

Algo similar se percibe en el capítulo XIX en el que Rodríguez Freyle, quien a la sazón está relatando particularidades de los paeces y otras comunidades, precisa que “para ir contra españoles o a robarlos y saltearlos”, todos los indígenas se aúnan. No le basta con esto al autor, sino que, a punto seguido, añade:

“Pues estas gentes, por más tiempo de cuarenta y cinco años, infestaban, robaban y salteaban estos dos caminos, matando a los pasajeros, hombres, mujeres, niños, sacerdotes, con todos los criados y gente que los acompañaban. Muchas veces salieron capitanes a guerrearlos, entrándoseles a sus propias tierras; pero como tenían las dos fuertes guaridas del Río Grande y de las montañas, hacíase poco efecto. Pues llegó a tanta desvergüenza el atrevimiento de esta gente, que quemaron y robaron tres ciudades: la de Neiva, el año de 1570; la ciudad de Páez, el año de 1572; la ciudad de San Sebastián de la Plata, el año de 1577; y últimamente acometieron a la ciudad de Ibagué como diré en su lugar” (Págs. 239-240)

Las palabras que usa Rodríguez Freyle denotan su posición, él dice: “(los indígenas) infestaban”, es decir, los equipara a una plaga; y dice también: “llegó a tanta desvergüenza el atrevimiento de esta gente”, invirtiendo sutilmente el orden de las cosas, haciendo pasar a los españoles por señores y a los indígenas por un azote que los acecha. En resumidas cuentas, el lector de El Carnero no encuentra una visión objetiva de la situación indígena, sino la opinión que de un criollo católico puede esperarse. Con mucho cuidado debe leerse hoy todavía el libro para no perderse en medio de esas descripciones, “fruto del eurocentrismo”, y que tanto han contribuido a la esclavitud y colonialismo de nuestros pueblos.

Luis Duque Gómez explica que “sólo al finalizar la primera década del siglo XVI, los indígenas americanos fueron reconocidos como miembros de la especie humana, dotados de alma, y como criaturas de Dios” [5]. Esta tesis resulta cuestionable en la medida en que la discriminación y el señalamiento de lo indígena se ha mantenido durante siglos; ese reconocimiento del que habla Duque Gómez, tal vez se reduzca únicamente al avance que se experimentó durante aquella época en el adoctrinamiento religioso de las comunidades indígenas, obligadas a incorporar en su pensamiento la idea del dios católico.

Así, pues, para concluir, es obvio que no estamos frente a una semblanza tan cruda como, por ejemplo, la de los muchos religiosos que calificaron a los nativos de “sodomíticos”, “sin honor ni vergüenza”, “ingratísimos”, “haraganes, ladrones, mentirosos y de juicios bajos y apocados”, de “brutos animales” [6], pero, sin embargo, con menos rudeza se encuentra en El Carnero ese mismo espíritu y, entre líneas, aunque también Rodríguez Freyle denuncie unos pocos vicios de los españoles, se reconoce en él un ánimo de superioridad del europeo frente al indígena.

La evolución en la vida de la ciudad de Santa Fe

Si es verdad que el choque cultural entre indígenas y españoles fue uno de los rasgos más sobresalientes desde el momento mismo en que Colón pisó por primera vez el “Nuevo Mundo”, y que las consecuencias de este choque casi siempre se tradujeron en violencia, imposición y robo; tampoco es menos cierto que, una vez fundadas las ciudades principales del Nuevo Reino de Granada, los indígenas fueron excluidos de la vida “urbana”, relegándose su participación en ella a esclavos y mandaderos, o simplemente manteniéndolos a raya en los campos y montañas.

Desde esta óptica se explica que Rodríguez Freyle, después de referir los aspectos que antes dijimos de la vida indígena, dedique más de doscientas páginas para exponer el modo como la ciudad de Santa Fe fue adquiriendo importancia para el reino, y las distintas sucesiones que tuvieron lugar en los cargos públicos: la Real Audiencia, la Gobernación y la iglesia. No intentaremos aquí reorganizar esa lista de nombres que, como quedó dicho, resulta a veces confusa y, sobre todo, inútil para los lectores no especializados. En cambio, trazaremos una línea para rescatar de ese siglo que describe El Carnero (1538-1638) algunos acontecimientos que merecen atención.

La ciudad de Santa Fe de Bogotá del Nuevo Reino de Granada se fundó el 6 de agosto del año 1538, aunque los documentos jurídicos que acreditan la fundación tienen fecha posterior [7]. Se explicó antes que el establecimiento de la ciudad corrió por cuenta de Gonzalo Jiménez de Quesada, quien había partido en 1537 de Santa Marta con aproximadamente mil hombres bajo su mando, y el visto bueno del reino español para explorar el interior de la región. Las condiciones de la tierra virgen, así como las continuas luchas con los nativos, disminuyeron el número de españoles hasta un poco más de cien, número del que habla Rodríguez Freyle y que coincide con el suministrado en el texto de Vallejo. Sobre el nombre de la ciudad dice el autor:

“Diéronle por nombre a esta ciudad Santa Fe de Bogotá del Nuevo Reino de Granada, a devoción del dicho general Gonzalo Jiménez de Quesada, su fundador, por ser natural de Granada; y el Santa Fe, por ser su asiento parecido a Santa Fe, la de Granada; y el de Bogotá por haberla poblado a donde el dicho Cacique Bogotá tenía su cercado y casa de recreación” (Pág. 39)

Una vez asentada la ciudad, se inició un proceso acelerado de urbanización, concretamente en lo que concierne a la construcción de la primera catedral y las oficinas de gobierno. Durante los primeros años, los habitantes de Santa Fe dependieron de la Real Audiencia de Santo Domingo y, en lo que compete a otros poderes políticos, era apenas receptora de las decisiones tomadas en la ciudad de Santa Marta. Sin embargo, en abril de 1550 se fundó la Real Audiencia de Santa Fe, con la cual se inicia la venida de oidores, muchos de España y otros tantos de diferentes ciudades del norte y del sur. Aclárese además que el primer gobernador que tuvo la ciudad fue don Pedro Fernández de Lugo, muerto a los pocos meses de haber sido nombrado en su cargo.

Al tiempo que se empezaba esta organización política de la ciudad, la vida cotidiana iba enriqueciéndose con sus propias exigencias. A partir de 1540 se hacen frecuentes las embarcaciones que traen desde Santa Marta –a través del Río Grande de la Magdalena- cientos de generales, soldados, mujeres, religiosos y demás, todos ellos, acostumbrados a ciertas formas de vida, los cuales se encargarán de formar la sociedad propiamente dicha y, ante todo, de traer muchos de los recursos no conocidos en estas tierras hasta entonces como el trigo, la cebada o los garbanzos. El mismo Alonso Luis de Lugo, heredero de la Gobernación de Santa Fe, según cuenta Rodríguez Freyle, fue el primero en traer vacas a la región –que vendía a mil pesos de oro la unidad-.

Por otra parte, el libro rememora algunas de las expediciones realizadas por soldados e, incluso, religiosos buscando El Dorado. Aquella imagen que de El Dorado tenían los españoles refleja toda su ambición y falta de escrúpulos; muchos vinieron desde regiones bastante apartadas, desde la misma España, atraídos por esa ciudad –decían unos- que estaba toda construida con oro, por ese lago –afirmaban otros-, en donde los indígenas depositaban todo el oro inimaginable. Muchos indígenas murieron en este afán materialista que movía por igual a creyentes e inconfesos; asimismo se drenaron como mejor se pudo lagunas de distintas zonas, suponiéndolas rebosantes de riquezas en el fondo. Al respecto ha dicho Vallejo:

“Guatavita era uno de los más fastuosos monarcas de América, dueño soberbio de tesoros y de joyas portentosamente labradas. Entre sus súbditos se encontraban los artífices más hábiles en obras de oro. Benvenutos bárbaros consagrados a labrar joyas para las colecciones de su señor. El señor de Guatavita no tenía la costumbre de bañarse sino una vez cada año pero esto era una ceremonia fastuosa y de allí salió la leyenda de El Dorado. En ese día este rey fabuloso se desposaba con la gran laguna de su país. Para ello se untaba su real y mugriento cuerpo de un aceite de maderas perfumadas y en seguida se revolcaba sobre polvo de oro y de esmeraldas. Con músicas y cantos, resplandeciente como un dios, este refinado amante se hacía conducir en andas de oro hasta la laguna, que iba a recibir tanta riqueza y tanta miseria. Entraba en una balsa, acompañado de sus sacerdotes, hasta el centro de la laguna, y allí nadaba, hundiéndose repetidas veces. Desde las orillas el pueblo celebraba el regio desposorio, bailando y cantando, en estrepitosas borracheras” [8]

Ni siquiera la llegada de los primeros arzobispos a la ciudad de Santa Fe aminoró, al menos durante un buen tiempo, el deseo de oro de los españoles; antes bien, como quedó dicho, los mismos religiosos se decidieron a temerarias búsquedas de las que a veces solían enorgullecerse. Así pues, con la llegada de fray Juan de los Barrios, primer arzobispo que tuvo esta ciudad, no encontraron los indígenas alguna “piadosa” protección contra lo que podría ser su propiedad e intereses, sino un dispositivo más de sometimiento, del cual hablaremos un poco más adelante. De alguna manera, frente a la iglesia y frente a la corona, muy buena parte de los excesos que cometían los españoles contra las comunidades indígenas, estaban justificados, y prueba de ello se halla en el hecho de que cientos de delitos –como robo, ultraje o violación- se castigaran no con penas judiciales, sino con la ubicación de los acusados en “nuevas plazas”, es decir, enviándolos a otras ciudades.

Hasta tal punto llegó la mano codiciosa de los españoles que el propio Rodríguez Freyle en un pequeño fragmento al final del libro se lamenta del estado en el que ha desembocado el Nuevo Reino de Granada a principios del siglo XVII. Así lo comenta el autor:

“He dicho esto, porque dije que aquella sazón era el siglo dorado de este Reino. Pues, ¿quién lo ha empobrecido? Yo lo diré, si acertare, a su tiempo; pues aquel dinero ya se fue a España, que no ha de volver acá. Pues, ¿qué le queda a esta tierra para llamarla rica? Quédale diecisiete o veinte reales de minas ricas, que todos ellos vienen a fundir a esta real caja; y, ¿qué se le pega a esta tierra de eso? Tercio, mitad y octavo, porque lo llevan empleado en los géneros que hay en ella, hoy que son necesarios en aquellos reales de minas; y juntamente con esto tenían aquellos naturales la moneda antigua de su contratación, aquellos tejuelos de oro de todas leyes…” (Pág. 205)

Se observa que, no sólo por lo que respecta a los recursos naturales de la región –rápidamente explotados por los españoles en favor de la corona-, sino también con relación al propio oro que tenían en su haber los indígenas, apenas cien años después de la llegada de los españoles ya quedaba bastante poco. La unificación de la moneda que ocurrió alrededor de 1580, durante el gobierno de Lope de Armendáriz, obligó a los indígenas a ceder una gran cantidad del oro que poseían, casi todo de la más alta pureza, y llevó a los españoles a fundir parte del oro que robaban a los nativos para hacer monedas de menor quilate marcadas con el sello real, amasando así fortunas sin precedentes.

En fin, que como fuera los españoles siempre buscaron su provecho, y encontraron un terreno abonado para conseguirlo. Pero, además del deseo materialista, el primer siglo de historia de Santa Fe se caracterizó por un continuo relativismo moral ya que, si bien la iglesia predicaba los principios de la fe católica y embarcaba a buena parte de los indígenas en sus creencias, los españoles degeneraban en toda clase de vicios y desenfrenos. En El Carnero hay un extenso prontuario de situaciones de adulterio, abortos, riñas, historias de pendencieros, trampas, timos, costumbres indecorosas y todo lo que atenta, no ya contra la virtud, sino contra el mínimo sentido común.

Todas esas pequeñas historias que se tejieron en medio de la sociedad de Santa Fe y que, por lo general, involucraron personajes de alcurnia como gobernadores, oidores o fiscales, dan fe de una ciudad fundada bajo el signo de la violencia. Nada mejor podía esperarse de los primeros habitantes de allí, protagonistas directos de esa violencia, y tampoco de sus hijos, herederos de la mentalidad pragmática y viciosa de sus padres. No citaremos acá esos casos, primero, porque son numerosos y, segundo, porque sería insistir demasiado en la misma idea. Reste recordar simplemente que uno de aquellos líos, tal vez el más recordado, el de doña Inés de Hinojosa, la mujer que arrastró a varios hombres a la muerte, y rendía con su belleza a todos por igual, lo retomó Próspero Morales Pradilla en su novela Los Pecados de Inés de Hinojosa.

La función de la religión dentro y fuera de El Carnero

Hablar de la conquista española sin aludir a la religión sería proponer una imagen incompleta de la realidad. Por regla general, después de fundarse una ciudad principal, se procedía a hacer el emplazamiento de su catedral; asimismo, la atención brindada en Europa al “Nuevo Mundo” supuso rápidamente el envío de toda clase de comunidades religiosas, todas ellas con el objetivo de contribuir a la dominación de los “salvajes”, de ese pueblo irredento que más se parecía a los animales. Triana y Antorveza ha señalado con relación a este asunto:

“La noticia del descubrimiento de América y la ‘muchedumbre de gentes’ que poblaban las nuevas tierras, fue dada por los Reyes Católicos a la Sede Romana. La corte pontificia pensó con alegría en la evangelización de aquellos pueblos ‘bastante aptos para recibir la Fe Católica y serles enseñadas buenas costumbres’. El papa Alejandro VI quiso responder generosamente en 1493, como premio al esfuerzo de los españoles y de sus reyes. Éstos obtuvieron entonces la donación de las tierras descubiertas y la concesión exclusiva para evangelizarlas. Previamente los Reyes Católicos habían sometido a la autoridad pontificia las nuevas tierras de América” [9]

La condición atribuida a los habitantes nativos de estos territorios constituye la base de todo el proceso de evangelización que se desarrolló a lo largo de los siglos XVI y XVII. Una vez obtenido ese reconocimiento “como miembros de la especie humana, dotados de alma” –del que habla Duque Gómez-, se supera un poco la visión del indígena como enemigo salvaje, prefiriendo una distinta, igual de eurocentrista, que lo asume como alguien “bastante apto para recibir la Fe Católica”. No es producto del azar que durante estos dos siglos se hayan multiplicado los conventos y las misiones religiosas, la mayoría de las cuales, no sólo perseguía fines doctrinarios, sino también –como intentó hacerse notar antes- deseos de riqueza.

Rodríguez Freyle, sin pertenecer a la iglesia más que a título de creyente, deja ver en su libro un perfil bien cercano al de los sacerdotes y misioneros, en primer lugar, por la opinión que le merecen los indígenas y, luego, por el modo como él mismo analiza los hechos históricos. Así, no cabe duda de que el autor apoya de buena gana el espíritu religioso con su carrera dogmatizante y todas sus posibles consecuencias. Al inicio mismo del libro, en el capítulo V, expresa lo siguiente:

“Pero antes de esta victoria, y antes que en este reino entrase la palabra de Dios, es muy cierto que el demonio usaría de su monarquía, porque no quedó tan destituido de ella que no le haya quedado algún rastro, particularmente entre infieles y gentiles, que carecen del conocimiento del verdadero Dios; y estos naturales estaban y estuvieron en esta ceguedad hasta su conquista, por lo cual el demonio se hacía adorar por Dios de ellos, y que le sirviesen con muchos ritos y ceremonias, y entre ellas fue una el correr la tierra; y está tan establecida que era de tiempo y memoria guardada por ley inviolable” (Pág. 28)

El asunto es más complejo, sin embargo. Rodríguez Freyle no se limita a recalcar esa naturaleza llena de maldad que él mismo le achaca a los indígenas; tampoco le parece suficiente pregonar que son víctimas del pecado y que, antes de la llegada de los españoles, vivieron enceguecidos por Satanás, quien, transfigurado como sus dioses, ganó en ellos adoración. Esto es sólo una parte del problema porque, la otra, tal vez la más oscura, tiene que ver con que el autor no logre apartarse de su creencia para juzgarla críticamente. Por ejemplo, al hablar del padre Francisco Lorenzo, aquel cura que engañó a un jeque chibcha para robarle parte del oro que atesoraba en una cueva, valiéndose de acechanzas semejantes a las de cualquier ladrón; al hablar de esto, decimos, no halla Rodríguez Freyle un acto impropio de un cura, sino sólo un hombre “lenguaraz” que comete una especie de hazaña.

Resumiendo: Juan Rodríguez Freyle acusa con demasiada premura a los indígenas, atribuyéndoles una condición que, obviamente al tiempo de hoy raya en el absurdo, pero además, es incapaz de señalar con fuerza los defectos de la propia iglesia; frente a ella muestra la imparcialidad que no aplica con relación a los nativos. Es la condición de su época y, quizá, como subraya Vergara y Vergara, no es debilidad de pensamiento la razón que conduce al autor a callar ciertas cosas, sino el temor de ser juzgado por hacerlo.

Pero hay una cosa más aún. Al parecer Rodríguez Freyle no tuvo mucha suerte con las mujeres; y si dedica buena parte de su obra a condenar las cualidades malévolas de los indígenas, no invierte menos para demostrar que las mujeres son un símbolo del pecado y los vicios de la humanidad. En todas las historias de adulterio no entiende el escritor como culpable a los hombres o, al menos, más abstractamente como tanto le gusta, a la virilidad o el placer carnal, sino a la mujer que se ofrece de forma descarada, arrastrando a los abismos del crimen y la concupiscencia a los hombres. En el capítulo XIII de El Carnero se lee:

“Seguía el fiscal los amores de una dama hermosa que había en esta ciudad, mujer de prendas, casada y rica. Siempre me topo con una mujer hermosa que me dé en qué entender. Grandes males han causado en el mundo mujeres hermosas. Y sin ir más lejos, mirando la primera, que sin duda fue la más linda, como amasada de la mano de Dios, ¿qué tal quedó el mundo por ella? De la confesión de Adán, su marido, se puede tomar, respondiendo a Dios: ‘Señor, la mujer que me disteis, esa me despeñó’. ¡Qué de ellas podía yo agora (léase, ahora) ensartar tras Eva! Pero quédense. Dice fray Antonio de Guevara, obispo de Mondoñedo, que la hermosura y la locura andan siempre juntas; y yo digo que Dios me libre de mujeres que se olvidan de la honra y no miran al ‘¡qué dirán!’, porque perdida la vergüenza se perdió todo” (Pág. 144)

Apenas unos párrafos después del anterior, Rodríguez Freyle llama a las mujeres “malas sabandijas”, “casta de víboras” e, insistentemente, a lo largo del libro, el autor desprende de los hechos que describe la culpabilidad de las mujeres. Valiéndose, como siempre lo prefiere, de parábolas religiosas, la mujer es presentada, así, como la dominadora del mundo, la gobernante de los hombres, sometidos a ella por el poder de su pecado y mentira. Equipara constantemente Rodríguez Freyle al diablo y la mujer, y deduce que nada bueno puede esperarse de ella, cargada como ninguna otra criatura de la naturaleza, de impiedad.

El caso de las mujeres tal vez sea el mejor ejemplo de cómo se trabajan los hechos en El Carnero, esto es, de cómo se mezcla en el libro continuamente el acontecimiento con la exégesis bíblica; a propósito de cada situación parece tener a mano Rodríguez Freyle un pasaje de la Biblia, o un fragmento tomado de la vida de un santo. De allí que por el libro transiten los nombres de los personajes históricos (Juan de Montaño, Francisco de Sandi) muy de cerca de seres propios del relato mítico (Moisés, Adán, Lot, etcétera).
_________________________

El Carnero, de Juan Rodríguez Freyle, en la actualidad debe concebirse como un producto de cierta época de nuestra historia. Aunque, por convención, se considera a su autor como uno de los primeros representantes de nuestra literatura, sería más justo afirmar, por el modo en que se acerca a los hechos y su propia cosmovisión, que es un punto de tránsito, entre alguien que sin ser ya enteramente español, tampoco responde fielmente a las cualidades del hombre del “Nuevo Mundo”.

NOTAS:

[1] ESTRELLA GUTIÉRREZ, Fermín & SUÁREZ CALIMANO, Emilio (1940)
Historia de la Literatura Americana y Argentina. Buenos Aires: Editorial Kapelusz, p. 7.
[2] VERGARA Y VERGARA, José María (1867)
Historia de la Literatura en Nueva Granada. Bogotá: Imprenta de Echeverría Hermanos, p. 82, 84 y 86.
[3] Ibíd., p. 81.
[4] VALLEJO, Alejandro (1973)
La Cita de los Aventureros. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, p. 77-78.
[5] DUQUE GÓMEZ, Luis (1976)
Introducción al Pasado Aborigen. Bogotá: Editorial Retina, p. 13.
[6] TRIANA Y ANTORVEZA, Humberto (1987)
Las Lenguas Indígenas en la Historia Social del Nuevo Reino de Granada. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, p. 42 y 43.
[7] En esta edición de
El Carnero aparece como fecha de fundación el día 6 de agosto de 1539, lo cual hace suponer que Rodríguez Freyle equiparó la fecha en que se asentó allí Jiménez de Quesada con los procedimientos jurídicos que se llevaron a cabo el año siguiente.
[8] VALLEJO, A.
Op. cit., p. 78-79.
[9] TRIANA Y ANTORVEZA, H. Op. cit., p. 45.

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