AUTOR: Álvaro Cepeda Samudio
TÍTULO: La Casa Grande
EDITORIAL: C.E. El Tiempo (Primera edición)
AÑO: 2003
PÁGINAS: 192
RANK: 8/10




Por Alexander Peña Sáenz

Nos encontramos en el año 1928, en pleno gobierno de Miguel Abadía Méndez, un presidente que tendrá que lidiar, no sólo con la crisis mundial de aquella época y las consecuencias de ésta en nuestra economía, sino también con un conflicto social en particular como lo es la masacre de las bananeras. Se sabe que las grandes compañías extranjeras que dominaban en ese entonces la denominada Zona Bananera no brindaban las suficientes garantías laborales y carecían de políticas que dignificaran el esfuerzo de los miles de obreros que trabajaban para ellas.

Al verse abandonados y sobreexplotados, los trabajadores de Santa Marta se declaran en huelga el día 6 de diciembre de 1928; todos reclaman sus derechos apelando el apoyo popular. Sin embargo, la United Fruit Company, viendo amenazadas su estabilidad e intenciones de continuar con la explotación del banano colombiano, insta al gobierno nacional para que el ejército controle la situación. De este modo, aunque los obreros exigen una serie de puntos justificados por su condición, hay intereses mayores en el poder para negarlos, para callar esas voces que exigen únicamente una mejor calidad de vida.

El comandante de las fuerzas armadas del Magdalena, general Cortés Vargas, atendiendo el llamado de la compañía estadounidense, dará una orden funesta: primero, trasladar tropas a la zona para extinguir las acciones consideradas como “comunistas” y, segundo, de persistir los amotinamientos de los huelguistas, abrir contra ellos fuego armado, iniciándose así uno de los capítulos más sangrientos y oscuros de la historia colombiana: el de la masacre de las bananeras.

Todo este desolador panorama es narrado hábilmente en La Casa Grande por Álvaro Cepeda Samudio (1926-1972), escritor oriundo de Ciénaga, Magdalena. El autor, poseedor de una larga trayectoria como corresponsal y periodista, pero además como actor, guionista, e, incluso, director –por ejemplo, de La Langosta Azul, cortometraje que lo lanzó a la fama-, reconstruye este episodio nacional, dando muestras de su conocimiento de la historia y las problemáticas sociales de su región. Su obra es una mezcla de literatura y crítica, un enfoque opuesto a las posturas oficiales.

La Casa Grande se publicó originalmente en 1962, una época en la que, en nuestro país, las consecuencias de la violencia característica de principios del siglo XX se sumaba a todas las muertes que vinieron de la mano de los conflictos partidistas de décadas posteriores.

El libro está distribuido en diez capítulos, pero no mantiene una estructura lineal, sino que mezcla diálogos, narraciones en distintas personas, documentos oficiales, decretos, reflexiones introspectivas, recuerdos y descripciones de los momentos previos a la masacre. Todo este amplio panorama de voces forma una obra literaria en la que se sintetiza nuestra geografía, historia y costumbres; por ello, puede afirmarse que la genialidad poética camina, en La Casa Grande, de la mano de la denuncia social y la crítica de las versiones del Estado colombiano sobre todo lo sucedido en aquella ocasión.

Los soldados en comisión

Dos soldados en comisión desde su cuartel conversan en medio de la lluvia; discuten sobre la huelga que se ha iniciado. Uno de ellos se cuestiona: “¿Y si los huelguistas tienen la razón?”, acaso ¿no es legítimo reclamar los derechos? El embarque de las municiones y el personal armado termina y los soldados se preparan para llegar a la ciudad. Toman el tren. Los transportadores también han entrado en huelga, sin embargo, el ejército les obliga a prestar sus servicios.

El soldado que se cuestiona sobre la validez de la huelga le advierte a su colega sobre la seriedad del asunto: “sería mejor no tener que ir a los pueblos, sería mejor no tener que matar a nadie”. La crisis los alcanza a ellos mismos; se dan cuenta de lo que sucede con su propia comida; no hay suficiente para todos porque los sargentos y comandantes se roban el dinero destinado para ella. La corrupción, siempre activa, dando privilegios a los altos mandos y migajas a los otros.

Después de un largo recorrido llegan al pueblo de Guacamayal. Uno de los soldados busca escabullirse del cuartel para conseguirse una chica. Escapa en la madrugada, en el momento en que ocurrirá la tragedia. En esta víspera de la masacre, Cepeda Samudio describe el aliento que emanan los soldados:

“Todavía no eran la muerte: pero llevaban ya la muerte en las yemas de los dedos: marchaban con la muerte pegada a las piernas: la muerte les golpeaba una nalga a cada trance: les pesaba la muerte sobre la clavícula izquierda; una muerte de metal y madera que habían limpiado con dedicación” (Págs. 36-37)

Y es que, iniciada la masacre, hasta el soldado que duda sobre la necesidad de la comisión en el pueblo, se pierde bajo el peso de la sangre. Mata a un hombre con su fusil, sin tener por qué hacerlo, sin tener una razón personal, sencillamente porque así se lo ordenaron. Un olor a muerte y mierda lo perseguirá; pero este es un olor general, tanto, que el mismo autor afirmará que la culpa no es individual, sino de todos los involucrados.

Dos soldados, dos caras de una misma moneda. Uno, dubitativo, siempre interrogándose frente a la situación; el otro, apático y, de algún modo, leal a su causa, sin escrúpulos para tomar las armas y matar a sus compatriotas. Pero un poder mayor controla la vida de ambos, decidiendo su destino y, a través de él, el de aquellos obreros que se levantan para exigir un poco de comprensión de su situación.

El decreto (la postura oficial)

Álvaro Cepeda Samudio utiliza un documento oficial que permite comprender mejor la postura del ejército frente a los huelguistas. Es un elemento que busca mantener la cohesión entre los diversos capítulos y, obviamente, complementar la visión de los que obedecen, con la de aquellos que emiten las órdenes. Se trata del siguiente decreto:

“Magdalena, diciembre 18 de 1928

DECRETO No. 4

Por el cual se declara cuadrilla de malhechores a los revoltosos de la Zona Bananera.
El jefe civil y militar de la Provincia de Santa Marta en uso de sus facultades legales y

CONSIDERANDO:

Que se sabe que los huelguistas amotinados están cometiendo toda clase de atropellos; que han incendiado varios edificios de nacionales y extranjeros, que han saqueado, que han cortado las comunicaciones telegráficas y telefónicas; que han destruido líneas férreas, que han atacado a mano armada a ciudadanos pacíficos; que han cometido asesinatos, que por sus características demuestran un pavoroso estado de ánimo, muy conforme con las doctrinas comunistas y anarquistas, que tanto de palabra en arengas, conferencias y discursos como por la prensa en el “Diario de Córdoba” y en hojas volantes, han propalado los dirigentes de este movimiento que en un principio fue considerado como huelga de trabajadores pacíficos; que es un deber de la autoridad legítimamente constituida dar garantías a los ciudadanos tanto nacionales como extranjeros, y restablecer el imperio del orden adoptando todas las medidas que el derecho de gentes y la Ley marcial contemplan.

DECRETA:

Artículo 1o. – Declárase cuadrilla de malhechores a los revoltosos, incendiarios, y asesinos que pululan en la actualidad en la zona bananera.
Articulo 2o. – Los dirigentes, azuzadores, cómplices, auxiliadores, y encubridores deben ser perseguidos y reducidos a prisión para exigirles la responsabilidad del caso.
Articulo 3o. – Los hombres de la fuerza pública quedan facultados para castigar por las armas a aquellos que se sorprenda en infraganti delito de incendio, saqueo, y ataque a mano armada y en una palabra son los encargados de cumplir este Decreto.
El Jefe Civil y Militar de la provincia de Santa Marta.

Carlos Cortés Vargas
General

Mayor Enrique García Isaza
Secretario” (Págs. 111-113)

No se pone en duda lo nefasto que resultó este documento. En ninguna parte se tienen en cuenta los Derechos Humanos, al contrario, se refleja ese carácter autoritario y sangriento que busca erradicar la violencia con más violencia. Se mantiene un “imperio del orden” por encima de la vida humana. El decreto revela con claridad el círculo vicioso en que se ha enfrascado el Estado frente a las organizaciones sindicales quienes, estigmatizados de “revoltosos socialistas”, han sufrido los rigores de una postura oficialista de derecha, la cual siempre favorece las élites, en el caso de esta novela, la de los empresarios norteamericanos de la United Fruit Company.

Los miembros de la Casa Grande

Álvaro Cepeda Samudio utiliza la metáfora de la casa grande para encerrar en ella a todos los personajes de su novela, los cuales se mantienen anónimos. Por tal razón, para entender cómo es la familia, el lector debe ir juntando las piezas que se van ofreciendo en los distintos capítulos, ya que cada uno representa la visión particular de un miembro de la familia. Es, justamente, en esta familia en donde se mezcla el aspecto literario con la situación histórica que representó la masacre de las bananeras.

Los integrantes de la familia, dueña de la Casa Grande, pertenecen a una fuerte tradición patriarcal y latifundista y se han alimentado del miedo, la tiranía y el odio. El Padre es el jefe absoluto, una fuerza maligna e implacable; toda su vida ha sido una verdad todopoderosa, ahogando cualquier posibilidad de que otro miembro de la familia haga una pregunta, sin recibir por respuesta una afrenta. El Padre, gamonal dueño y señor de La Gabriela, la Casa Grande, ejerce el poder sobre sus hijos, los trabajadores de la Zona Bananera y en el resto de la población de Guacamayal. Pero su tiranía se traducirá en sus hijos en aquel odio visceral que, irremediablemente, culminará durante la huelga con su muerte a manos de los pobladores de La Zona.

La Hermana también es una mujer dominante; ha heredado el poder de su Padre, y ha sido capaz de tomar determinaciones correspondientes a la Casa Grande; sólo que, al final, se hará notar cómo terminó derrotada, sin encontrar solución al conflicto de los bananeros. No pudo evitar, como su Padre, el odio del pueblo; ella misma intentó por medio de la muerte extinguir todos los focos de rebeldía dentro de su casa, de suerte que sus criadas, en venganza, le sacarán los ojos, dejándole sendos agujeros en su rostro.

La Hermana mayor tiene la certeza de que la huelga no podrá ser eliminada del todo y que la derrota de su familia está cercana. Uno de los propios hijos lidera las huelgas, no por convencimiento, sino por odio a su Padre. Finalmente, existe otro Hijo, quien cuenta el pasado de la familia de la Casa Grande y se plantea inquietudes que nunca pudo hacer mientras su Padre vivía. Su tarea es ahora poder contestarlas.

“(…) todas las preguntas que no pudieron hacerse cuando la poca y miserable vida de los jornaleros les fue arrebatada a tiros en las estaciones, a lo largo de las vías del ferrocarril, frente a las puertas entreabiertas de sus casas, porque precisamente trataban de ejercer lo que ellos creían, lo que yo principalmente creía, que era su derecho a preguntar, a indagar la razón para la desigualdad y la injusticia” (Pág. 170)

La familia ha sido disuelta. Todos, unidos por el odio como destino, tendrán que aceptarse a sí mismos.
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La Casa Grande es un testimonio de la violencia que se mantiene vigente desde los inicios de nuestra patria, impune a través de los años. Un título que demuestra que en Colombia las letras van más allá de lo hecho por García Márquez, admirador también de esta novela, sobre la cual ha dicho: "(es una) novela basada en la matanza de los peones bananeros en huelga, realmente efectuada por un comando del ejército en 1928, La Casa Grande no exhibe muertos, y el único soldado que recuerda haber matado a alguien 'no tiene el uniforme empapado en sangre sino de mierda'...”

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