AUTOR: Roberto Juarroz
TÍTULO: Poesía Vertical (Antología)
EDITORIAL: Común Presencia (Primera edición)
AÑO: 2001
PÁGINAS: 82
ILUSTRACIONES: Roberto Matta
RANK: 10/10




Por Alejandro Jiménez

En 1985 el diario francés Liberation publicó una encuesta realizada entre cuatrocientos escritores de todo el mundo, basada en una única pregunta: “pourquoi écrivez-vous?” (¿por qué escribe usted?). Entre los autores llamados a responder esta inquietud se encontraba el poeta argentino Roberto Juarroz, quien cerró su comentario de la siguiente manera: “(…) yo escribo porque la poesía es para mí la conjunción más profunda del azar y el destino, el extremo del hombre y su lenguaje, mucho más que un género literario, la posibilidad de tolerarme y el ejercicio más completo de esta rara pasión de ser. Y por fin, yo escribo porque la escritura no necesita ninguna justificación, en un mundo donde toda justificación es falsa” [1].

En aquel entonces, Roberto Juarroz tenía sesenta años y había publicado ya la mayor parte de los volúmenes que conforman su Poesía Vertical, obra que fue ampliando a lo largo de su vida, tal y como lo hizo Walt Whitman con sus Hojas de Hierba. Lo interesante de aquella respuesta, más allá de la madurez intelectual que refleja, o del tono irreverente que transluce, es que ella permite concretar los aspectos más sobresalientes de su propia poesía: la contingencia, por una parte, el lenguaje, por el otro, y esa pasión por la vida que, en su caso, equivale tanto a una fe como a un conocimiento.

Quizá pueda decirse que estos elementos han sido trabajados desde siempre en la literatura y, más concretamente, en la poesía: Alceo mostró la fatalidad del hombre griego, fluctuando inevitablemente en un mundo azaroso; los simbolistas franceses se atrincheraron en la palabra, llevando al límite su potencia creadora y; finalmente, aquí y allá, la poesía no ha hecho otra cosa que exaltar la vida, a veces, incluso, tan apasionadamente que ya no ha sido posible distinguir la una de la otra. Sin embargo, hay algo que hace única la obra de Juarroz, algo que nunca antes de él había tenido tanta fuerza, tanta profundidad, y ese algo es la experiencia de una poesía conceptual.

Hasta 1958, fecha en la que irrumpe Roberto Juarroz con su primera Poesía Vertical, la poesía había apuntado hacía dos horizontes principales: “el cantar y el contar”, pero he aquí que el poeta argentino suma a estos fundamentos uno nuevo: “el pensar” [2]. Estamos frente a una obra que rompe con las tradicionales formas de concebir la lírica, que exige del lector la apertura de nuevas estructuras de pensamiento, que inaugura un espacio de encuentro entre la filosofía y la literatura. Así, lo que hace particulares la contingencia, el lenguaje y la vida como elementos poéticos en Juarroz es que sólo con él alcanzan una profundidad conceptual:


“Los poemas de Juarroz niegan, precisamente, un espacio, un punto de vista, una referencia. No es que sean abstractos: en Juarroz, como en todo gran poeta, hay intensidad material, pero esa materia no puede ubicarse o, más exactamente, definirse en el espacio. Ni norte, ni sur, ni alto, ni bajo, ni derecho ni izquierdo. Tan sólo profundidad (y la profundidad, dice Juarroz, es la dimensión perdida de nuestra época), un abismo, un hueco profundo, mallarmeano. ¿No es significativo que la obra lleve como título ‘Poesía Vertical’, cuando el ver, la (ver)ticalidad apuntan a lo profundo? ¿No es muy diciente que la profundidad produzca (vér)tigo? [3]

En otras palabras, Roberto Juarroz consigue que la poesía, sin renunciar a la transparencia del canto o la fuerza de lo narrativo, sea capaz también de pensar a un mismo tiempo. Por ello, su obra está dotada de esquemas poco comunes. “La antítesis, la oposición, la paradoja, nos presentan, a modo del Budismo Zen, el absurdo y el vacío como otra forma de sentido, tal vez la única válida. Quizá no haya otra manera de acercarse al movimiento hera-clitiano de sus versos, movimiento continuo en todos los sentidos, profundidad hacia todos los lados” [4].

Y es que la obra de Juarroz no es conceptual sólo en el sentido de permitir que el poema reflexione sobre temas concretos –la soledad, la muerte, el lenguaje-, es decir, por convertir el mundo en un asunto que puede pensarse, sino también debido al mecanismo bajo el que funciona. En su poesía son comunes los juegos de contrarios, las deducciones lógicas, el trabajo hipotético, etcétera, todos ellos elementos que le otorgan una fisonomía característica. La forma y el contenido son conceptuales, lo cual significa que intentan alcanzar un plano profundo, una especie de trascendencia que ya no puede esperarse de una sola dirección, sino de la cristalización de ambas en el pensamiento.

El libro que hoy presentamos ejemplifica todas estas consideraciones que se tejen en torno a lo que podría denominarse una poesía conceptual. Se trata de una antología de sesenta y seis poemas, “de lo más alto y lo más hondo” –como dijo Cortázar- que escribió Juarroz en sus primeros catorce libros; una selección que no defrauda, ni a quien está iniciándose en las aguas del poeta, ni a quien es conocedor de sus corrientes. Antonio Porchia afirma en su liminar que “en estos poemas cualquier palabra podría ser la última, hasta la primera”, y eso lo comprueba todo el que se embarca en el viaje prodigioso que nos ofrece Juarroz.

Siguiendo con la idea que se situó más arriba sobre los temas centrales en la poesía del argentino, proponemos a continuación un examen más detallado de la forma como Roberto Juarroz aborda desde su obra la contingencia, el lenguaje y la vida.

De lo contingente a lo profundo

La poesía de Roberto Juarroz representa un continuo vértigo. Se trata de lanzarse al mundo para pensarlo a través de una comprensión que tiene tanto su punto de partida como de llegada en el presente; un proceso que es siempre personal y busca equilibrar las fuerzas que intervienen en nuestra experiencia. La opinión que citábamos antes de Jursich Durán, en la que él afirma que los poemas de Juarroz niegan toda referencia, tiene sentido justamente porque negar los puntos de referencia es asumir el vértigo de la existencia. Sin embargo, los poemas no permanecen en un estado de expectativa frente al vacío; su modo de hacer frente a la contingencia es yendo en pos de lo profundo, lo cual se logra a través de un equilibrio entre todos los elementos que intervienen en nuestra vida: lo visto y lo oculto, lo complejo y lo simple, etcétera.

Desde las primeras páginas de la antología es evidente esta búsqueda de lo profundo, el equilibrio como forma de superar lo contingente. “Empezará la gran unión”, dice Juarroz, el día en que las diferencias le abran paso a la certidumbre “para que nadie pueda ya confundirse”. Mientras las cosas se muestran suficientes y reflejan su naturaleza, el hombre no reconoce usualmente cuál es su centro. Por tal razón, lo que propone Juarroz no es, simplemente, sumar la mayor cantidad de cosas a nuestra experiencia, sino conjugarlas de un modo tal que se vinculen y expongan sus implicaciones. En otras palabras, el equilibrio presente en su poesía se traduce en la aceptación de elementos que tradicionalmente no deseamos aceptar, pero que son necesarios en la medida en que son los contrastes de muchos otros:


“¿Cómo amar lo imperfecto,
Si escuchamos a través de las cosas
Cómo nos llama lo perfecto?

¿Cómo alcanzar a seguir
En la caída o el fracaso de las cosas
La huella de lo que no cae ni fracasa?

Quizá debamos aprender que lo imperfecto
Es otra forma de la perfección:
La forma que la perfección asume
Para poder ser amada” (Pág. 19)

Roberto Juarroz comprende que alcanzar la profundidad requiere esforzarse: no es fácil aprender a leer, no ya sólo las palabras, sino también los espacios entre ellas; tampoco es fácil cambiar el perfil que más nos gusta de las cosas y, mucho menos, reconocer que ese descubrimiento de lo diferente es lo necesario para equilibrar lo que existe con lo que hemos olvidado. Pero, además de que la profundidad no es un trabajo sencillo, no hay forma de ponerlo en marcha por fuera de nosotros. La soledad, así, se convierte para Juarroz en un espacio de conocimiento, de reflexión constante: únicamente en cada uno de nosotros está la potestad para hacer esa lectura compleja del mundo.

“Quizás algún día pueda yo llamar a la soledad con mi nombre… Y, entonces, seguramente, habrá de responderme”. Al descartar la posibilidad de que alguien asuma mi voz y pensamiento, me obligo a reconocer mi propia individualidad; cuando, al final de todo, sepa que nada partirá desde un lugar distinto a mí, la soledad –piensa Juarroz- empezará a ofrecer sus respuestas. Incluso, habrá luego aquello de que “un lugar sólo se entrega a quien se haya sentido solo en él”; es decir, hay un hecho fundamental para alcanzar lo profundo: quien no rehúye de su soledad, sino, al contrario, la asume como principio, sabrá encontrar en ella la forma más honesta y profunda de entenderse a sí mismo y el mundo en el que vive. La soledad previa, hará notar el poeta argentino, es la única premisa válida para amar con pureza todo lo que se descubre.

Casi al final del libro, Juarroz utilizará una bella metáfora para explicar su posición frente a la soledad: “todo hombre necesita una canción intraducible”. Por su cabeza no pasa, ni siquiera una vez, la idea de un mundo que se unifique en torno a una sola idea; la “gran unión” de la que nos habla al principio, es una experiencia individual, intraducible. Lo curioso es que tampoco hay en Juarroz miedo a la incomunicación que puede desprenderse de este sinnúmero de experiencias tejidas personalmente; antes, en ello se percibe un placer, el placer de ver cómo todos exploramos el mundo libremente, coincidiendo sólo en lo que debe coincidirse: la libertad para hacerlo. Cada quien ha de tener su propia canción intraducible, porque así ya nada se reducirá y lo complejo, lo profundo, será la cualidad irrenunciable de nuestro mundo.

La poesía de Juarroz insiste mucho en esta idea de complejidad devenida de experiencias diferentes y encontradas. Pero lo complejo no es exclusivo de aquello que podríamos denominar la síntesis de las versiones, sino que también es un hecho fáctico de la experiencia individual. Hay un poema en especial en el que se hace evidente que Juarroz no acepta las ideas organizadoras tampoco en lo personal. Si yo tengo un fundamento, una zona de seguridad que ya no puede cuestionarse, mi experiencia de las cosas se reduce excesivamente: ni dios, ni el hombre mismo, deben erigirse como coordenadas de este gran vuelo, cuya premisa es la libertad.


“No tengo a dios entre mis manos.
Tampoco tengo al hombre.
Pero tengo una ausencia
Que puede convertirse
En cualquiera de ambos.

Y el problema no es
No saber elegir,
Sino sencillamente no querer
Que mi ausencia se convierta en ninguno.

Son muchas las presencias
Que deben disolverse
Para hacer una ausencia
Que quepa entre las manos” (Pág. 23)

Así pues, se logra advertir el proceso: el vértigo que produce la contingencia es la condición originaria del mundo, y aquel se supera equilibrando todo lo que hace parte de nuestra experiencia, un equilibrio que no es otra cosa que la búsqueda de profundidad. Pero hallar lo profundo tiene una serie de exigencias: el rescate de todo lo que siempre hemos olvidado, la dificultad, la soledad, la renuncia a las ideas inequívocas. Mucho puede caber en nuestras manos, pero otro tanto se quedará por fuera al inclinarnos por ciertas cosas, esto es lo que nos exige ejercer una libertad responsable; una libertad que reconozca nuestras posibilidades sin excederlas o subestimarlas.

“Mi sombra me ha puesto en mi justo lugar” –afirma Juarroz en uno de sus poemas-, “la iniciativa de mi sombra me ha enseñado a ser humilde”. La labor del hombre se parece a veces a la de un observador que sabe medir sus impulsos y carencias, que es capaz de verse a sí mismo también en los anversos, que ha comprendido a fuerza de vivir que también es útil aprender de lo invisible, que ha entendido que “buscar una cosa es siempre encontrar otra”, y que nuestro destino acaso sea una batalla, ambientada por el silencio y la palabra, entre el gran juego de todos los sentidos. Un cruce que no está en el pasado, como tampoco en el futuro, sino en este minuto que está pasando, en los recuerdos que cambian mientras los miro ahora, en el futuro que no existe y, sin embargo, cambia al pensarlo desde aquí:


“No existen paraísos perdidos.
El paraíso es algo que se pierde todos los días,
Como se pierden todos los días la vida,
La eternidad y el amor.

Así también se nos pierde la edad,
Que parecía crecer
Y sin embargo disminuye cada día,
Porque la cuenta es al revés.
O así se pierde el color de cuanto existe,
Descendiendo como un animal amaestrado
Escalón por escalón,
Hasta que nos quedamos sin color.

Y ya que sabemos además
Que tampoco existen paraísos futuros,
No hay más remedio, entonces,
Que ser el paraíso” (Pág. 60)

Acerca del lenguaje

Uno de los ejes sobre los que gira la Poesía Vertical es el lenguaje. Ya vimos cómo para Juarroz la palabra no es un simple vehículo, sino, por el contrario, una conjunción de destino y azar, una forma de tolerancia y de ejercer la pasión de ser. La cuestión del lenguaje es compleja porque el poeta la examina desde ópticas muy variadas: su papel creativo, su relación con el silencio, su forma de configurar el mundo, etcétera. Incluso, aunque no se haya hecho notar en el apartado anterior, también podría hablarse de un vértigo de la palabra, la sensación de estar en una posición en la que todo puede nacer o destruirse para siempre.

Así, lo que subrayaremos inicialmente es el interés de Juarroz por ver en la palabra un vértigo. En uno de sus poemas iniciales explica: “la palabra es el único pájaro que puede ser igual a su ausencia”; justamente, existirá a lo largo del libro una tensión bien pronunciada entre la palabra y el silencio: esa situación, de algún modo trágica, en la que el lenguaje puede o no serlo. ¿Qué pasaría si suspendemos las palabras cuando apenas están brotando en nuestros labios? ¿Qué sucedería, también, si intercambiamos los sentidos de las palabras, o si les otorgamos nuevas connotaciones? Hay un tránsito por estas ideas de las que llega a concluirse que, aunque parezca contradictorio con aquella tesis de Juarroz con la que iniciamos, la escritura sí necesita una justificación, al menos con relación a su posible ausencia.

En todo caso, ¿por qué no preferimos el silencio? Y la respuesta de Juarroz nos ofrece una nueva perspectiva de su pensamiento: la palabra debe ponerse en el lugar de aquello que no habla. Si ya se había observado que la profundidad se alcanza yendo hacia los lugares nunca visitados, eludiendo las zonas de seguridad, pues también se necesita un lenguaje que narre estas nuevas experiencias. Estamos embarcados en un viaje en el que se descubre lo ignorado hasta entonces: “los tiempos agotados, las esperas sin nombre, las armonías que nunca se consuman, las vigencias desdeñadas, las corrientes en suspenso”, y todo ese “expectante mutismo” requiere de su propio lenguaje:


“El fruto es el resumen del árbol,
El pájaro es el resumen del aire,
La sangre es el resumen del hombre,
El ser es el resumen de la nada.

La metafísica del viento
Se notifica de todos los resúmenes
Y del túnel que excavan las palabras
Por debajo de todos los resúmenes.

Porque la palabra no es grito,
Sino recibimiento o despedida.
La palabra es el resumen del silencio,
Del silencio, que es resumen de todo” (Pág. 20)

La palabra no debe ser el simple reflejo de las cosas (“el reflejo es el comienzo de la pérdida”), debe cruzarlas para ser con ellas una sola realidad, lo que existe y se nombra a un mismo tiempo. De allí que Juarroz escriba varios poemas para llamar la atención sobre la caída de las palabras en el olvido. Si es verdad que palabra y mundo son una sola cosa, la desaparición de la palabra equivale a la extinción del mundo, y en una experiencia que pretende ser profunda, es decir, completa, esto es algo que el hombre no puede permitirse. Sin embargo, como un viento de otoño que pasa raudo sobre las ramas de los árboles, haciendo caer unas sobre otras las hojas en el suelo, así el tiempo cae sobre nosotros, dejando a su paso un largo inventario de palabras en desuso.

No se trata aquí de agazaparse, de resistir a la fuerza la pérdida del lenguaje, sino de reinventarlo constantemente para que, al lado de lo desgatado, podamos hallar siempre lo nuevo y lo que había permanecido silencioso. “También las palabras caen al suelo” –dice Juarroz-, pero esta caída no implica su olvido, sino la posible construcción “de un lenguaje hecho solamente con palabras caídas”. Las mismas palabras construyen su escala para no salir del seno de lo nombrado, vienen con la realidad, y ésta cambia a cada instante. Pero únicamente el hombre puede ser testigo de ese movimiento, incluso, después de que el mismo hombre haya desaparecido:


“Nos derrumbamos
Sin perder siquiera la costumbre de nuestros gestos,
Por ejemplo mantener los ojos abiertos,
La mano en la posición que toma cuando amamos,
El hueso en su silencio,
La boca en la inminencia
De decir o callar algo.

Tal vez nos derrumbamos
Sin que caiga lo que cada uno es
Y eso siga flotando como una serie de espasmos
Algo más furtivos por el aire.

Puede ser que los gestos que se aprenden
No se pierdan,
Aunque sí su aprendiz.
Si es así,
Quizá alguna palabra entre muchas
Puede haber sido dicha para siempre” (Pág. 71)

La tensión entre la vida y la muerte

El otro gran núcleo de la Poesía Vertical tiene que ver con esa tensión de dos realidades que se implican mutuamente: la vida y la muerte. A lo largo de toda su obra, Roberto Juarroz reflexionó sobre el tema y, de lejos, puede constatarse que constituye una de sus principales preocupaciones. El caso es que, como sucede con sus otros puntos de reflexión, sobre éste puede hallarse en el libro un amplio género de consideraciones. Por un lado, hay unos poemas escritos con un lenguaje suave, más directo, pero también, hay otros concebidos simbólicamente.

El tercer poema de la antología, por ejemplo, parte de una afirmación inicial (“cada uno se va como puede”), y enumera después algunas posibilidades (“unos con el pecho entreabierto, otros con una sola mano, unos con alguien trasnochado en las cejas, otros sin haberse cruzado con nadie), y cierra con una afirmación sintética (“pero todos se van con los pies atados, unos por el camino que hicieron, otros por el que no hicieron y todos por el que nunca harán). Este es un poema que funciona de manera lógica y que posee un lenguaje de fácil entendimiento; su mensaje está claro: todos morimos atados a lo que nunca hicimos, a aquello que siempre estuvo posponiéndose, a lo que no nos dejaron hacer, a los deseos que quedaron insatisfechos.

Este primer problema que se observa en torno a la vida-muerte atañe, precisamente, al hecho de que la vida, como la palabra, requiere una justificación. “Hay pocas muertes enteras” –declara más adelante Juarroz- “…los cementerios están llenos de fraudes”. ¿Quién puede decir con propiedad que ha agotado su vida, que ha podido llevarla hasta el límite? Hay tanto perdiéndose en cada momento, tanto que se deja a un lado para centrarse en una sola cosa, que inevitablemente se llega a probar que “la vida calla más que la muerte”. La muerte es un silencio absoluto, una realidad infranqueable pero, la vida, aunque se nos revela abierta, la transitamos como dando saltos y también a tumbos, dejando espacios, muchos matices postergados.

Todavía dirá Juarroz aquello de que “la realidad ya no ofrece garantías y no basta vivir para morir”; “hay que concluir todos los relatos, hasta en los sueños” para poder dar fe de que hemos palpado al menos una parte de lo que significa esta palabra: existir. “La muerte es una pasión entera, aunque tenga los ojos vacíos… La vida es una pasión a medias, que sólo a veces se completa con algo que no es la vida ni la muerte”. Tal vez sea el espíritu mismo de ser hombres con algo de esperanza bajo los brazos y muchas preguntas en la cabeza, lo que llegue a conducirnos, alguna vez, a ese entendimiento básico de que la vida es también nuestro punto de llegada –como alguna vez lo dijo Benedetti-.


“Un día ya no podremos partir.
Repentinamente, se habrá hecho tarde.
No importará desde dónde
O hacia dónde era el viaje.
Tal vez hacia el otro extremo del mundo
O sólo desde uno hacia su sombra.

Dibujaremos entonces la figura de un pájaro
Y la clavaremos encima de la puerta
Como blasón y memento,
Para recordar que tampoco existe
La última partida.

Y la lanza,
Que ya estaba clavada en el suelo,
Sólo se hundirá un poco más” (Pág. 81)

Un pájaro clavado en una puerta, el ímpetu de la vida sometido contra la muerte, ¿pero si la lanza había permanecido entretanto en el piso, cómo fue posible no aprovechar ese momento para escaparse, para vivir? Es esta una condena metafórica que Juarroz hace a los hombres: el tiempo –el presente dijimos antes- nos abre las puertas a un mundo que espera allí ser descubierto, es el vértigo de lo que vive, de lo que nos llama para nombrarlo. ¿Por qué quedarse atrapado en un cuarto oscuro por temor a salir? Quizá sea esta experiencia del vértigo, de la lanza que en cualquier momento se levantará contra nosotros, lo que constituye la única eternidad que le quepa vivir al hombre.

Su locura, su pasión –hará notar Juarroz- “no tienen más supuestos que el estar hoy más vivo y mañana más muerto”. Si imagino ahora mismo mi eternidad como lo que se desprende de esta vida, estaré un paso adelante de cualquiera, porque si la eternidad no tiene límites, mucho menos la imaginación de la eternidad, y esta última es completamente mía. Es más, Juarroz nos llevará a adelantar el tiempo de nuestra muerte para hacer así más profundo el sentido de la vida: si gastamos “por anticipado el tiempo de la muerte… tal vez la muerte dure menos, la vida use otras puertas y no se cansen tanto los ojos que nos miran”.

Hacer profunda la vida implica multiplicar los focos con los que la iluminamos, haciendo notar todo lo que permanece oculto, pero también, asumir la muerte como su naturaleza consustancial. Vivir la muerte anticipadamente no es dejar germinar un pensamiento pesimista, convertirnos en suicidas, significa, simple y llanamente, reconocer la muerte en las cosas de nuestro alrededor, esos espacios a los que debemos ir para sobrevivirlos, trasplantando sus recuerdos y nombrando sus ausencias. Cierto poema de Juarroz que no aparece en esta antología inicia magistralmente: “Mientras haces cualquier cosa, alguien está muriendo”, y sólo basta abrir un poco más los ojos para darnos cuenta de la verdad que encierran estas palabras:


“Cualquier movimiento mata algo.

Mata el lugar que se abandona,
El gesto, la posición irrepetible,
Algún anónimo organismo,
Una señal, una mirada,
Un amor que volvía,
Una presencia o su contrario,
La vida siempre de algún otro,
La propia vida sin los otros.

Y estar aquí es moverse,
Estar aquí es matar algo.
Hasta los muertos se mueven,
Hasta los muertos matan.
Aquí el aire huele a crimen.

Pero el olor viene de más lejos.
Y hasta el olor se mueve” (Pág. 49)
___________________

Hemos querido contribuir en la medida de nuestras posibilidades a un examen de la poesía de Juarroz, aun sabiendo que ningún examen jamás podrá superar la profundidad ni el color de sus palabras. La mayoría de escritores enseñan a pensar en algunas cosas, pero Roberto Juarroz nos enseña a pensar mejor, no en esto o aquello, sino, simplemente, a pensar mejor. Su poesía es la más bella conjunción de pensamiento y color. Van a pasar muchísimos años –si llega a suceder- antes de que otro poeta pueda escribir algunas líneas como estas:


“Las respuestas se han acabado.
Quizá nunca existieron
Y sólo eran espejos
Enfrentados al vacío.

Pero ahora también las preguntas se han acabado.
Los espejos se han roto,
Hasta los que no reflejaban nada.
Y no hay modo de rehacerlos.

Sin embargo,
Tal vez quede en alguna parte una pregunta.
El silencio es también una pregunta.

Resta un espejo que no puede romperse
Porque no se enfrenta a nada,
Porque está adentro de todo.

Hemos encontrado una pregunta.
¿Será el silencio también una respuesta?

Quizá a determinada altura
Las preguntas y las respuestas
Son exactamente iguales” (Pág. 82)
________________

NOTAS:

[1] JUARROZ, Roberto (1986)
Pourquoi Écrivez-Vous? En Revista Neutro: Razón y Poesía No. 2. Bogotá, p. 27.
[2] VALENZUELA, Patricia (2001)
La Poesía Vertical de Roberto Juarroz. En Revista DesHora No. 7. Medellín, p. 63.
[3] JURSICH DURÁN, Mario (1986)
La Experiencia del (Vér)tigo. En Revista Neutro: Razón y Poesía No. 2. Bogotá, p. 24.
[4] VALENZUELA, op. cit., p. 66.

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