AUTOR: Franz Kafka
TÍTULO: El Proceso
EDITORIAL: Panamericana, S.A (Primera edición)
AÑO: 1999
PÁGINAS: 317
PRÓLOGO: Selnich Vivas Hurtado
TRADUCCIÓN: Sergio Lleras Restrepo
RANK: 9/10



Por Alexander Peña Sáenz

“Despertarse cada mañana conlleva un alto riesgo de incertidumbre”, declara Vivas Hurtado en su prólogo a esta edición de El Proceso (1925), novela clave de la literatura del siglo XX, en la que se revelan, entre otros, dilemas existenciales, absurdos de la cotidianeidad y, principalmente, reflexiones filosóficas en torno a ese hombre que “desconoce las reglas de su existencia y sólo puede semejarse a una carta que otro(s) baraja(n)”, una sentencia que, de facto, hace temblar a todos, pues la obra muestra que el ser humano no es más que una ficha, una carta que se utiliza pero de la cual puede prescindirse en cualquier momento.

La novela presenta, además, el señalamiento que Kafka dirige en contra de la ineficiencia de los tribunales y la justicia en general. El escritor es enfático desde el inicio, afirmando que son unos pocos los que formulan y hacen cumplir las leyes que todos los demás, carentes de poder, obedecen. Por otra parte, también se percibe en la obra una especie de tensión entre la literatura y los sentimientos por una mujer, aspectos rastreables en la propia vida de Kafka, ambos profundos e impactantes, y que, aunque corren por líneas separadas, contribuyen conjuntamente a profundizar ese espíritu atormentado tan característico del autor.

De algún modo, leyendo El Proceso, el lector puede hacerse una idea sobre ciertos elementos de la vida que sobrellevó Franz Kafka (1883-1924), un hombre producto de tres razas dispares, como lo son la judía, la alemana y la eslava. La novela se publicó póstumamente gracias a Max Brod, amigo de Kafka, quien pasando por alto el deseo del autor de que ésta y otras obras se destruyesen después de su muerte, las salvó del olvido, apreciando su valor artístico y su aporte crítico a la época que le correspondió vivir.

El juicio de Josef K.

Los detalles que Kafka retrata dentro de su novela, todas las situaciones experimentadas por Josef K., están llenas de imágenes vivas, y también de metáforas y reflexiones que se entrecruzan en el relato. Este hecho exige del lector mucha atención, especialmente cuando se trata de examinar las cavilaciones en las que el protagonista se sumerge en medio de esa situación absurda que es su proceso judicial.

Si se retoma la frase del inicio (“despertarse cada mañana conlleva un alto riesgo de incertidumbre”) se reconoce que siempre hay una posibilidad abierta para la angustia, y así lo expresa Kafka a través de Josef K., quien una mañana cualquiera ve con estupefacción cómo unos misteriosos funcionarios, que traen una notificación de arresto, se lo llevan fuera de su casa para enfrascarlo en un juicio por un delito desconocido. Desde ese momento, la vida de Josef K. transcurrirá en medio de la vida burocrática de los tribunales y las extrañas sesiones de su propio proceso.

Una de estas sesiones la aprovechará el protagonista de la historia para dirigir una crítica a la corrupción mezquina que lo juzga y acecha sin motivo:

“(…) no hay duda que detrás de todas las actuaciones de esta corte, y en el caso de mi arresto y la diligencia actual, se esconde una gran organización. Una organización que no sólo se ocupa de tener guardianes sobornables y necios inspectores y jueces de instrucción, que en el mejor de los casos son discretos, sino que además sostiene jueces de alto rango con un incontable e indispensable séquito de servidores, escribientes, gendarmes y otros ayudantes; quizá incluso verdugos, la palabra no me intimida ¿Y cuál es el sentido de esta organización, señores míos? Consiste en arrestar personas inocentes, iniciando en su contra procesos insensatos e infructuosos, como en mi caso ¿Cómo podría toda esta insensatez evitar la peor de las corrupciones burocráticas?” (Pág. 71)

Es clara la perspectiva de Kafka: denunciar los autoritarismos del mundo moderno, muchas veces disfrazados de democracias u organizaciones. Josef K. atestigua un paulatino ahogamiento merced a un poder que desconoce y quiere condenarlo. “Su posición no (es) fácil, y sería injusto considerarla así. Los rangos y jerarquías del juzgado (son) infinitos e invisibles”. Esta posición recuerda aquella formulación filosófica de Pascal que dice: “la existencia humana es un juego de infinitas posibilidades que no nos son accesibles”. Y es que, justamente, Josef K. no sabe definir cómo defenderse, ni tampoco sabe a quién recurrir para que le ayude. A lo sumo, se refugia en Fräulein Bürstner, una mujer, al parecer, libertina y solitaria, que desencadenará en él una ansiosa atracción.

Más tarde vendrán otros personajes que redondean el relato, entre ellos, el Tío Karl K., quien llega a la ciudad buscando cómo socorrer a su sobrino; también el enfermo abogado Huld, amigo del Karl K., un hombre que posee una vasta experiencia representativa y la pericia necesaria para solucionar este tipo de casos; la extraña Leni, asistente del abogado en su enfermedad, una mujer bastante peculiar que seduce a Josef y Karl K. en la casa del defensor durante el tiempo del proceso.

Hay un momento en la novela en el que, dándose cuenta de la manera como su defensa se estanca, Josef K. decidirá asumirla por su propia cuenta. Sin embargo, tan infructuosa como la ayuda de Huld resulta esta determinación, motivo por el cual el protagonista pedirá ayuda a Titorelli, un pintor dedicado a retratar a los altos jueces del tribunal. Los encuentros con el pintor serán decisivos, en la medida en que subrayan las dimensiones de la situación que afronta. Precisamente, es él quien, más allá de la presunta inocencia de Josef K., le hará saber que “el tribunal se pierde entre muchas sutilezas. Al final, extrae de cualquier parte, donde no había antes nada, una gran culpa”.

Estas palabras muestran que, desde el instante en que un tribunal inicia un proceso en contra de una persona, ya hay una suposición de su culpabilidad, y esto implica una difícil restitución de la condición que se tiene antes de ser acusado. Josef K. desea ser libre pero, al confesárselo, Titorelli le expone tres posibilidades: la libertad plena, la libertad aparente y el aplazamiento. La libertad plena consiste en eliminar toda acusación y el mismo proceso, cosa imposible en su caso; la libertad aparente se fundamenta en lo exterior, es decir, gozar de ciertas absoluciones, pero no eliminar la idea de un futuro arresto; finalmente, el aplazamiento funciona a través de un contacto permanente entre el acusado, el abogado y el respectivo juzgado.

Como se ve, las dos últimas opciones evitan una condena, pero para Josef K. ya se han acabado las formas de alcanzar una libertad plena. Confundido, sin saber qué hacer, recibirá en su trabajo el encargo de servir como guía turística a un visitante italiano. Josef K. se cita con este personaje que, por alguna razón, no acude a la iglesia en donde se encontrarían. Mientras espera, el protagonista es llamado por el sacerdote, capellán de la cárcel, el cual conoce su proceso, y le relata la famosa historia del hombre de Ante la Ley con la intención de que comprenda que todo individuo que sirva a la ley estará por encima de los demás, incluso, de los que andan libres por el mundo.

El capítulo final de la novela supone la pérdida del proceso de Josef K., y la anticipación de la conversación que él tiene con su tío en vísperas de la visita al abogado Huld: “¿Quieres perder el proceso? –le pregunta el viejo- ¿Sabes lo que eso significa? Eso significa que sencillamente serás tachado” Al final, Josef K. es sujetado por un par de hombres, quienes silenciosos lo agarran por los brazos. Ejerciendo resistencia frente a estos individuos, el protagonista utiliza todas sus fuerzas, pero le resulta inevitable sentirse semejante a una mosca atrapada en papel encolado, rompiendo sus patas al intentar escapar. Tendrá que asumir la culpa de existir en un mundo que no comprende y que no lo comprende.

Sobre la traducción y las notas de esta edición

Sergio Lleras Restrepo realiza la traducción de este libro íntegramente del alemán (Der Prozess: Roman Frankfurt am Main: Fischer Taschenbuch Verlag, 1977). Su versión cuenta con notas que aclaran las acepciones de ciertos regionalismos, eventos de la época de Kafka, etimologías y significados tomados de su contexto original, etcétera. Por otra parte, la traducción está basada en la edición de Max Brod, en la que se omitieron algunos fragmentos y que hace breves referencias a personajes como Fräulein Elsa, prostituta que Josef K., se aclara, no visita (como se lee en algunas otras versiones), sino simplemente se recuerda.

Esta edición de Panamericana, al igual que la edición publicada por Brod, tiene como apéndice algunos capítulos inconclusos y fragmentos escritos con tachones que deberían incluirse entre el séptimo capítulo y el final. La nota aclaratoria del final explica lo siguiente:

“Kafka trabajó en la novela desde agosto hasta diciembre de 1914, sin concluirla. Muchos fragmentos quedaron por fuera de estos diez capítulos, muchos pasajes fueron suprimidos o tachados en el original. Se supone, según conversación del autor con su amigo Max Brod, que antes del décimo iban dos más pero ´dado que el proceso no debía llegar a su máxima instancia, en cierto sentido la novela era absolutamente interminable, esto es, era continuable´ (in infinitum) (M. Brod)” (Pág. 268)

En las últimas páginas del libro, incluso, conocemos la posición de Brod frente a la novela de su amigo. Él nunca apoyo el deseo de Kakfa de destruir los originales de sus obras, y así se lo hizo saber mientras vivía. Ahora bien, aun a sabiendas de lo que pensaba Brod al respecto, Kafka dejó con él algunos de sus escritos, agregando una nota de tono testamentario:

“He aquí, mi querido Max, mi último ruego: todo lo que pueda encontrarse en lo que dejo tras de mí (es decir, en mi biblioteca, en mi armario, en mi escritorio, en casa, en la oficina o en el lugar que sea), todo lo que dejo en materia de cuadernos, manuscritos, cartas personales o no, etc., etc., debe ser quemado sin restricción y sin ser leído, como también todos los escritos o notas míos que poseas; los que posean otros, se los reclamarás. Si hay cartas que no te quieran devolver, será preciso que se procure por lo menos quemarlas” (Pág. 308)

El Proceso: versión cinematográfica (1962)

Es inevitable, para quien lee la novela en la edición que comentamos, no asociar la historia con las imágenes de la versión cinematográfica; el libro incluye unos bellos fotogramas extraídos de la película dirigida por Orson Welles, la misma de la que, alguna vez, Charles Chaplin dijera que es la cumbre del cine adaptado desde la literatura. El inicio de esta película presenta una leyenda tomada de un volumen de relatos cortos de Kafka titulado Un Médico Rural (1914). Más exactamente se refiere a su famosa parábola pesadillesca Ante la Ley:

“Ante una ley existe un Dios. Un hombre viene del pueblo y le pide una admisión a la ley. Pero Dios no lo admite. Pero pregunta si podrá entrar en algún momento, y Dios le responde que es posible. El hombre trata de llegar a la entrada y dice que la ley es para todos. No te atrevas a entrar sin mi permiso – dijo Dios-, soy muy poderoso, el más poderoso de todos los dioses y entrada tras entrada encontrarás a un guardián más fuerte. Con el permiso de Dios el hombre espera en la entrada y espera por muchos años. Poco a poco se libera de todo lo que tiene para tratar de agradar a Dios y decide entrégale todo para sentirse tranquilo. Sólo mantiene su reloj a lo largo de los años. Con el tiempo ha memorizado hasta los pliegues del traje de Dios. Pronto pasó de joven a viejo y le dice a Dios que reconsidere su situación y lo deje entrar, ya casi está ciego, pero ve algo de luz todavía y ahora antes de morir decide hacer una pregunta… Una pregunta que no ha hecho… Dios le pregunta ¿qué sucede ahora? El hombre dice: cada hombre espera la ley ¿y por qué en tanto tiempo nadie ha venido para poder ingresar? Y escucha a Dios que le grita al oído – Sólo tú podías ingresar, nadie más podía entrar. Esta puerta era solo para ti. Pero ahora la voy a cerrar” Esta leyenda es contada durante una historia llamada el proceso. Dicen que la lógica de esta historia es la lógica de un sueño o de una pesadilla”

Como se aclaró, la versión cinematográfica de El Proceso estuvo a cargo de Orson Welles, y se estrenó en 1962, resultando bastante fiel a muchos apartes de la novela. Josef K. fue personificado por el actor Anthony Perkins, quien mostró la esencia del protagonista: un hombre atormentado, expectante y sospechoso de lo que lo rodea. La película recrea su trasegar en el mundo, convertido, desde la mañana en que los agentes policiales irrumpen en su habitación, en un ser que poco comprende sobre las acusaciones que se le hacen y los hombres que lo juzgan.

Hay aspectos bien recreados en la película: la escena inicial en el apartamento de Josef K.; las conversaciones con la señora Grubach, o con Fräulein Bürstner; la oficina bancaria, los interrogatorios, juzgados y tribunales; la escena de los agentes azotados por su mala labor; el tío Max en busca de un abogado, y el abogado inmerso en su relación con la asistente Leni. También se destacan el episodio surrealista en la habitación del pintor Titorelli, la escena de la catedral y el abrupto final de la historia.

Por mucho puede afirmarse que se trata de una excelente adaptación, pero esto no significa, obviamente, que la película reemplace toda la magnitud de la novela. Si esto no aplica para la mayoría de obras literarias, mucho menos para las de Kafka que se caracterizan por su profundidad y agudeza. Más bien, lo hecho por Welles invita al complemento, a una recreación surrealista de imágenes, al deleite en un lenguaje diferente del que Kafka matizó con la escritura.
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El Proceso es una novela imprescindible en toda biblioteca porque, aunque inconclusa, posee los méritos del gran talento de Kafka. Es imposible escapar al juicio y a la culpa o, como dijo André Gide, refiriéndose a la angustia insoportable que experimenta todo el que lee la novela, huir de la pregunta: “¿ese ser acosado soy yo?

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