AUTOR: José Ferrater Mora
TÍTULO: Las Crisis Humanas
EDITORIAL: Salvat, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1972
PÁGINAS: 166
RANK: 7/10



Por Alejandro Jiménez
Iniciamos con la reseña de este libro la conmemoración de los cien años del nacimiento de José Ferrater Mora. A lo largo de 2012, estaremos acercándonos a varias de las obras del filósofo español para contribuir a la extensión de su pensamiento, así como a su análisis, convencidos de que él representa, dentro de la filosofía escrita en nuestra lengua, una figura privilegiada. Y es que no se trata únicamente del autor de uno de los diccionarios filosóficos más reputados, sino también, y en especial, de un pensador que disertó sobre temas de muy distinta índole como el futuro de nuestra especie, la historia de la filosofía, o el lenguaje, siempre haciendo gala de precisión y rigurosidad.

Este pequeño libro Las Crisis Humanas puede considerarse una introducción al trabajo de Ferrater Mora, ya que contiene una selección de fragmentos que corresponden a una obra de mayor envergadura: El Hombre en la Encrucijada. Algunos de dichos fragmentos fueron reescritos por el autor, eliminando de ellos “todas las notas eruditas y todos los pasajes que no cuadrarían en un libro destinado al gran público” (hay que recordar que la obra se publicó dentro de la Biblioteca General Salvat). Esto no significa que estemos frente a una unión arbitraria de textos, simplemente que Las Crisis Humanas es una versión simplificada, pero compacta de otro libro, con unos objetivos claros y la coherencia propia de un volumen teórico.

Lo que desea hacer notar Ferrater Mora aquí es que el hombre ha venido enfrentándose históricamente a todo tipo de crisis. Aunque es verdad que vivimos en una época en la que, de modo particular, experimentamos sensaciones de conflicto, no sería adecuado afirmar que las crisis son exclusivas de la modernidad. Por el contrario, estas se han reflejado en la realidad casi desde el momento mismo en el que el hombre alcanza su estado evolutivo actual. Lo que sucede es que las crisis y, más precisamente, las espirituales (filosóficas, existenciales), han mudado su aspecto de acuerdo a las épocas, siendo así una la crisis de los griegos, otra la de los romanos, y una aún más distinta la de los cristianos.

A partir de este convencimiento, el filósofo español elabora un recorrido histórico para rastrear esas crisis y las formas en que respondieron a ellas quienes las vivieron. En tanto una crisis implica todavía posibilidad de elección, de situarse; una historia de las crisis equivaldría también a una historia de los modos como se las enfrenta, y es allí donde el asunto se vuelve realmente complejo, puesto que las respuestas del ser humano pueden ser muchísimas: la resistencia, el aislamiento, la lucha directa, la pasividad, etcétera. Ahora bien, la intención de Ferrater Mora no es tampoco realizar una descripción de las maneras como el hombre ha respondido a sus crisis, sino examinarlas a la luz actual para observar qué elementos del pasado pueden contribuir a la comprensión de nuestra situación.

En este sentido, en Las Crisis Humanas se recupera el caso griego (los cínicos, estoicos y platónicos), el judío y el cristiano, para dar cuenta un poco del mundo antiguo y medieval, y luego se avanza en el estudio de la crisis moderna, desde el siglo XIV hasta el XX, para alcanzar finalmente la sociedad contemporánea y analizar sus propias características. Como se ve, es un libro ambicioso, el cual adolece en un único punto y es que la reflexión de la parte final se queda corta con relación a los estudios precedentes. Sin embargo, esa disertación es responsabilidad de nosotros, y una tarea que debe realizarse cada día con más urgencia.

Las crisis antiguas

Hay un primer aspecto que debe subrayarse con relación a las crisis antiguas, el cual tiene que ver con que, aunque hablemos aquí de modo general, las reacciones frente a los conflictos de la época, especialmente para el caso griego, son exclusivas de un cierto grupo de hombres: los filósofos. En una sociedad tan desequilibrada socialmente como la griega, es imposible pensar en que, por ejemplo, un esclavo, tuviese que situarse también frente a las crisis: por su condición no entraba en la categoría de ciudadano, y por su trabajo diario no tenía la posibilidad de incorporarse en el oficio del pensamiento. Algo similar se percibe en el mundo romano, y aún en el judeo-cristiano, en donde el trabajo de pensar alternativas siempre fue prerrogativa de un pequeño grupo dentro del gran conjunto.

Quizá si se mirara con más detalle esta cuestión encontraríamos que, descontando los logros que se han venido alcanzando en la modernidad, todavía hoy –aunque ya no por sometimiento, sino por desinterés o ignorancia- muy pocos se atribuyen el trabajo de analizar y tomar posición conciente frente a las crisis. La mayoría de personas sigue transitando sin rumbo claro, sin comprender su lugar histórico y las condiciones de su época. Por tal razón, hablar de hombre, como hablar de crisis humanas –y este punto no lo resalta lo suficiente Ferrater Mora-, equivale a designar una universalidad que, por naturaleza, nos abarca a todos, pero que, por condiciones objetivas, muy pocos llegan a comprender cabalmente.

Hecha esta aclaración podemos comenzar a observar el trabajo de Ferrater Mora. Un primer gran ámbito de crisis lo encuentra el autor en la sociedad griega que, si bien fue modelo en muchos aspectos, no dejó de experimentar su propio vértigo. La crisis griega es compleja: no encontrar el punto de equilibrio entre la vida mundana y los principios de sus dioses, la inestabilidad de lo real frente al mundo de las ideas, la falta de una cosmogonía capaz de abarcar toda la naturaleza, y la necesidad de organizar el estado adecuadamente, son algunas de sus direcciones. Frente a esta situación, el libro señala tres respuestas principales: la de los cínicos, la de los estoicos y la de los platónicos.

La escuela cínica encontró que la mejor alternativa frente a su situación era replegarse lo máximo posible en sí mismo; fuera del individuo –pensaba- sólo se hallaba el vacío. En contraste con los contemporáneos que buscaban a toda costa dar algo de orden al mundo circundante, los cínicos mantuvieron siempre como principio la no actuación. Hasta tal punto estaban convencidos de lo inútil que resultaba cualquier esfuerzo de entendimiento, que si se movilizaron en algún sentido, lo fue apenas para atacar los convencionalismos de su sociedad y hacer escuchar sus diatribas, aquel discurso del desprecio que les fue tan característico.

En los cínicos se revela un “feroz individualismo”, una burla hacia el impulso que lleva al hombre a movilizarse en la búsqueda de respuestas, sin darse por enterado de que siempre carecerá de éstas. Sin embargo, ellos no fueron los únicos que dentro del mundo griego afrontaron las crisis apartándose: la escuela estoica hizo otro tanto en esta línea. Para este grupo, el retroceso hacía sí mismo también era una necesidad, sólo que no debía realizarse bajo el convencimiento de la inferioridad humana, sino a modo de un acto de resistencia, el cual consistía en usar el propio juicio para evitar el sometimiento, y el entender la naturaleza como un refugio y un punto de referencia para el equilibrio.

Ferrater Mora insiste en que el pensamiento de los estoicos trasciende el de los cínicos en la medida en que se soporta en una base ética: primero, por su idea de resistencia que intentaba conjurar el “peso abrumador del poder” y la “actividad disolvente de la anarquía” y, segundo, porque en ellos la soledad no es un lugar estático, sino un espacio de práctica, de estudio de la naturaleza, de juicio sobre uno mismo y el mundo. A diferencia de muchas formas de pensamiento de la época, los estoicos quisieron actuar inicialmente, y luego intentar extraer de allí los principios de su vida, y esto los implicaba política y éticamente como hombres. Y actuar, para el estoico, es romper con los lazos de la imposición, replegarse en el seno de la naturaleza y resistir desde allí todos los embates:

“El estoico no huye; si se quiere ‘huye hacia sí mismo’. La evitación de la muchedumbre, el contentarse consigo mismo, el retirarse en todos los frentes: he aquí diversas maneras de practicar esa ‘interiorización’ que no excluye seguir viviendo en medio de la sociedad –y hasta regentarla-, pero que subraya que la vida social debe practicarse –de nuevo- como si no fuera necesaria” (Pág. 29)

Este fue el modo como respondieron los griegos a sus crisis: unas veces despreciando su situación y hasta el propio anhelo de superarla, otras veces buscando la soledad y, con ella, la vuelta a la naturaleza que, tal vez, podría limpiarlos de sus problemas sociales. Pero aún hubo una alternativa más en la antigüedad, la de los platónicos. Para éstos, la verdadera solución a las crisis no estaba en el desprecio ni en una resistencia regresiva, sino, al contrario, en la marcha activa hacia el frente, hacia el conocimiento de la realidad. En otras palabras, los platónicos hicieron del conocimiento su forma de “salvación”, pues estaban persuadidos de que conociendo el mundo podrían superar sus crisis.

Ahora bien, el inconveniente de la escuela platónica consistió en que su conocimiento se tornó rápidamente ideal; sólo en la idea encontró la estabilidad que, pensaba, debería alcanzar el mundo real. Si ese universo perfecto que había hallado Platón en sus ideas y, sobretodo, esa estabilidad que le era intrínseca, pudiesen expandirse a lo real, las crisis de la vida terminarían para siempre. Pero como la realidad iba cambiando irremediablemente, muy pronto la salida de los platónicos se volvió utópica y, por ende, tan evasiva como la de los cínicos o los estoicos. De allí que Ferrater Mora considere para ellos cuatro puntos ineludibles: “1) azorarse ante la magnitud de los problemas terrenales, 2) buscar la salvación en el mundo de las ideas, 3) liberar el alma de las ligaduras terrestres y, 4) consagrarse a la contemplación de lo inteligible, con entero menosprecio y radical negación de lo sensible”.

Pero si es verdad que los griegos no llegaron nunca a centrar su vida en una sola de estas salidas, no es menos cierto que para el pueblo judío y cristiano las cosas fueron también difíciles. El primero, anduvo desde su origen en medio de la inestabilidad, lejos de la certeza, por lo menos, de poseer un territorio. Los judíos, como se sabe, han sido una comunidad marcada por varias crisis históricas: la exclusión, la diáspora, la esperanza que debe probarse frente a toda clase de adversidades, sus encuentros y rupturas con el mundo cristiano, etcétera. Ferrater Mora observa que la consecución de alternativas para sus distintas crisis cuesta también para el pueblo semita su división, no la unión en una sola vía.

Y es que, si bien los judíos coinciden, por ejemplo, en su visión de la naturaleza como espacio de peregrinación, o en el considerar la oración el medio que los une a su pasado y su futuro, en su interior pueden percibirse diferentes maneras de comprender sus problemas y, en consecuencia, distintos modos de solucionarlos. Ferrater Mora, presenta en su libro una selección de estas vertientes del pensamiento semita en el apartado Los Futuristas, centrándose, obviamente, en escuelas que existieron en la antigüedad, anteriores y contemporáneas al nacimiento del cristianismo.

En primer lugar están los saduceos, quizá el grupo más abierto de los judíos, quienes estaban convencidos de que su pueblo debía diseñar estrategias que posibilitaran ampliar los márgenes de libertad. Los saduceos no querían encerrarse como comunidad, sino estar siempre dispuestos al diálogo cultural que pudiera facilitarles superar sus crisis, razón por la cual no eran tan fanáticos como otras facciones judías. Casi en las antípodas de ellos, se encontraban los fariseos, más rígidos y dogmáticos, tal vez inmersos en el diálogo, pero víctimas de su propio recelo y prevención. El fariseo –dice Ferrater Mora- es principalmente un formulista, y resuelve todo con máximas que pueden no estar acordes con las demandas de su realidad.

Más allá de los saduceos y los fariseos, pueden hallarse grupos más radicales: los extremistas, una facción judía de corte apocalíptico, encerrados en una vida “anacoreta”, y nada dispuestos a entender los problemas de su pueblo por fuera de los parámetros de la propia religión; también los esenios, comunidades cerradas que defendían al límite de la milicia los principios y dogmas más estrictos del judaísmo y; finalmente, los zelotes, más rígidos y violentos que cualquiera de los grupos precedentes. Así pues, como se ve, los semitas tuvieron por suerte enfrentar su crisis en la antigüedad apelando apenas a su impulso propio, sin permitir ponerse en comunicación con otros pueblos y, por ende, sin llegar a comprender que muchos de sus problemas fueron producto de su negación hacia lo exterior.

El análisis de Ferrater Mora sobre las crisis antiguas concluye con el caso del cristianismo, el cual trajo para la humanidad su propio inventario de conflictos; cómo enfrentar la vida individual para seguir el legado de Jesús, cómo diseñar un centro de regulación religioso (la iglesia), o cómo vincular a los otros individuos en mi búsqueda de salvación, fueron algunas de las inquietudes en aquel entonces. Quizá pueda deducirse que, en el caso del cristianismo, las respuestas a las crisis partían de un único punto: Jesucristo, y esto es cierto, pero debe aclararse que esta figura generó inmediatamente una amplia variedad de interpretaciones y que, por tanto, cristianismo no es una palabra que se pueda asumir sin precisiones.

Las Crisis Humanas plantea la cuestión cristiana de la siguiente forma: la vida de Jesús constituyó, por primera vez en la historia, la experiencia de un dios hecho hombre y, para el mundo que vino después, la certidumbre de que era posible vivir en concordancia con lo divino aun siendo humano. La idea sobre la que se fundó la iglesia fue, justamente, que los desequilibrios que enfrentaba el hombre eran situaciones en las que se debía probar con mayor energía la fe en el legado de Jesús. Así, lo que quiso el cristiano –y aún quiere (si no interpreto mal su doctrina)- es enfrentar a base de esperanza y convicción sus tres principales crisis: el desequilibrio entre este mundo y el otro, entre el hombre y la sociedad y entre la acción y el pensamiento.

Las crisis de la época moderna

Con la crisis del cristianismo logra darse cuenta, al menos ilustrativamente, del mundo medieval, el cual vendrá a arrojarnos en una nueva época que, aunque prescindirá en muchos aspectos de lo religioso, no por ello superará del todo las tensiones y conflictos. La definición de qué hace particular la crisis moderna con respecto de las antiguas y medievales es un asunto harto complejo. Ferrater Mora señala que, incluso, la sola precisión de los períodos históricos ya representa un inconveniente. Sin embargo, el autor afirma que hay algunas características que son particulares de las crisis modernas: primero, que son críticas, luego, sumamente inestables y, por último, tienen una amplitud global.

Lo que intenta hacer notar Ferrater Mora es que con la modernidad se inicia un proceso histórico en el que las crisis humanas empiezan a ser entendidas como movimientos totales que implican un caos absoluto, o una liberación definitiva. Progresivamente, se irá encontrando que las crisis abarcan a mayor número de personas, hasta el punto de que hoy por hoy hablemos de crisis mundial, de un fenómeno que nos abarca a todos, tomemos o no parte conciente en el asunto. Para la comprensión de esto, el libro presenta una división diseñada a partir del número de individuos que se vinculan en los conflictos, así, se habla de la crisis de los pocos, la de los muchos y la de los todos.

La crisis de los pocos abarca aproximadamente del siglo XIV al XVII. Se desarrolla mientras el mundo experimenta un amplio crecimiento comercial (en buena medida potenciado por la conquista de América), transformaciones en el pensamiento de los hombres (merced a las reformas religiosas) y el nacimiento de la burguesía. Empero, es la consolidación de la razón como herramienta para la organización de la naturaleza lo que será más distintivo en esta época; no habría sido posible la paulatina separación de la fe, si en su lugar no se hubiese puesto en marcha el discurso de la razón: “hallar las raíces de acuerdo a las cuales se creía que se podía vivir”. En palabras de Ferrater Mora:

“En vez de mantenerse sin variar un punto, en la vieja tradición; o en vez de buscar la viva fuente de la fe en el alma interior; o en lugar de contentarse con un modus vivendi cualquiera, basado en la burla sarcástica o en la escéptica benignidad, se trató de encontrar verdades firmes e indubitables, que no dependiesen del albedrío individual, que pudiesen ser aceptadas, ‘creídas’ por todos. Para ello bastaba en principio el ‘sentido común’” (Pág. 107)

Se trata de una crisis de pocos porque, si bien el discurso de la razón prevalece en la época, es una voz que alzan apenas unos cuantos filósofos y científicos. La educación, la libertad, las condiciones materiales permiten que algunas pocas personas puedan dedicarse a la tarea de plantearse problemas de este tenor: ¿quién debe mandar últimamente la sociedad?, ¿qué cosas pueden y deben ser creídas?, ¿qué razones sólidas pueden argüirse para creer en ellas?, etcétera. Y las respuestas de estas personas fueron siempre en la vía de las ideas y la razón; un tiempo en el que nuevamente se pensó –como había pasado en Grecia- en que la misma naturaleza se encargaba de ofrecer las soluciones para las crisis.

Del siglo XVII al XVIII la humanidad asiste a un nuevo clima social que exige el compromiso de un número mayor de personas. Los cambios en la organización política, las transformaciones técnicas, y los avances del conocimiento científico, contribuyeron a que las cuestiones de urgente debate fueran aumentando su margen hasta abarcar una capa más amplia de la sociedad. Era necesario adaptarse a esos cambios, pero resultaba imposible hacerlo aceptando la idea de que la conciencia de pensar el mundo era un asunto de pocos. En este sentido parece entender Ferrater Mora el trabajo de los ilustrados y de los abanderados de la Revolución Francesa.

Lo interesante de esta época es descubrir que, aunque ese espíritu de sentirse parte del mundo, involucrado en él, precisaba para el hombre todavía más crisis que las experimentadas hasta entonces, no se desconfió en el poder de la razón, del entendimiento. Podría ser palpable la permanencia en la realidad de la desigualdad, la miseria, las privaciones, pero el hombre moderno quiso con todas sus fuerzas acercarse a examinarla y buscar el mejor medio de solución. De esta manera, si se busca señalar cuál fue la respuesta que dio el hombre de estos siglos a sus crisis habría de aventurarse esta tesis: el conocimiento desde la razón. Y en este camino trabajaron todos, porque la razón no debía considerarse un privilegio de los pocos, sino una herramienta de lucha para muchos.

Es así que durante los siglos XIX y XX las crisis del hombre van a desembocar en una última etapa, caracterizada por su alcance global. Son muchos los aspectos socio-históricos que pueden señalarse como contextuales: la expansión geográfica del mundo moderno hacia continentes y regiones distintas a Europa, todo ello de la mano del colonialismo cultural; la fortificación de las ideas de la evolución de nuestra especie; las tesis sobre el progreso económico; la exigencia, cada vez más fuerte, de que la ciencia no debía limitarse a describir los fenómenos de la naturaleza, sino contribuir a la resolución del problema social, entre otros.

No es muy amplio el análisis que desarrolla Ferrater Mora al respecto de cómo sortea el hombre la crisis que supone sintetizar todos estos elementos. De cualquier forma, la idea de que todas estas cuestiones ya no involucran a unos pocos o, ni siquiera, a muchos individuos dentro de la sociedad, sino a todos los seres humanos, permite formular las soluciones de un modo general: primero, el hombre moderno intentó en esta época proponer discursos políticos basados en nociones amplias (clase, libertad), de manera que ninguno pudiese escapar a sus principios; la ciencia elaboró sendas teorías para llenar los vacíos que la religión históricamente había mantenido; y la economía se nutrió con vigor de las teorías del progreso para demostrar que era posible la riqueza de los pueblos.

Unas líneas sobre la crisis contemporánea

Mas, todos estas direcciones en que respondió el hombre moderno a las crisis pronto dejaron ver sus falencias: los discursos políticos degeneraron en nacionalismos y dictaduras; las teorías científicas terminaron erigiéndose a modo de fundamentalismos, o a ser utilizadas para la autodestrucción; y la idea de un progreso ininterrumpido mostró que necesitaba para sostenerse aceptar la cosificación del hombre o su sometimiento ante la técnica.

De algún modo, frente a las crisis de la antigüedad el hombre contemporáneo sólo parece haber ganado en un aspecto: involucrarse en ellas –así sea nominativamente-. Estamos en una época en la que es posible pensar la crisis, sin importar nuestra condición social o ideológica; quizá Ferrater Mora no marque con la suficiente insistencia este punto, pero estamos persuadidos de que también lo advirtió de manera profunda. Después de un viaje de más de dos mil años el hombre se mira ante el espejo y descubre que lo que lo separa de su antepasado griego es apenas un bagaje histórico, y el hecho de haber levantado una estructura social capaz de englobar completamente a los seres humanos.

Son tres los elementos que se enumeran en Las Crisis Humanas como constitutivos del problema de nuestra época: la técnica, la organización y la fe. Sobre cada uno de estos aspectos Ferrater Mora escribe sus consideraciones. En su opinión, el principal inconveniente con relación a la técnica es que ésta ha eliminado muchas de las posibilidades de relación directa entre los hombres (y eso que el filósofo español no conoció la ampliación que viene alcanzando en los últimos años la internet y los medios de comunicación). Formulada la pregunta con el ánimo de encontrar una alternativa, sería: ¿cómo evitar no ya tanto el mal uso de la técnica (de las máquinas), sino sobre todo la manipulación técnica de los hombres?

La segunda crisis que enfrenta la sociedad contemporánea tiene que ver con su propia organización. Nunca, como hoy, fue palpable la reinvención de los límites entre países y culturas; el comercio, la tecnología, la colonización cultural, etcétera, constantemente ponen sobre la cuerda floja las seguridades que hasta hace unos siglos parecían tenerse en torno a nuestra identidad. El hombre parece estar frente a un dilema peligroso: aceptar la novedad continua, lo que significa aceptar una identidad no determinada, o establecerse en un fundamentalismo intolerante ante al contacto. El problema que debe solucionarse respecto de la organización es, por ello: ¿cómo equilibrar la progresiva unificación del mundo, con la defensa y respeto de las diferencias sociales y culturales?

Finalmente, el otro aspecto que resalta Ferrater Mora sobre nuestra situación actual tiene que ver con la fe. En especial a partir de las guerras mundiales que marcaron la historia del siglo anterior, y las terribles consecuencias que estas develaron, al hombre le cuesta encontrar algo para sosegarse, se siente arrojado y vulnerable, al modo de los personajes existencialistas. En este sentido, son pertinentes, y tal vez más que nunca, preguntas como: ¿necesita el hombre la fe?, y si es afirmativa la respuesta, ¿en qué debe tenerla? La fe nos ha mostrado sus caras amables en la historia, pero también toda la muerte a la que puede conducirnos. Es tiempo de que tomemos posición al respecto:

“Tan pronto como escarbamos al hombre medio contemporáneo descubrimos que así como lo que llama ‘desesperación’ es en buena parte la busca de una creencia firme, lo que califica de ‘fe’ es con frecuencia una mera reacción frente a la incertidumbre en que se siente sumergido. El solo fanatismo con que a veces defiende su fe nos muestra que alguna falla debe de haber en ésta” (Pág. 166)
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Las Crisis
Humanas es un libro que no ofrece respuestas, sino amplía la gran pregunta por el hombre. Sugestivo y bien fundamentado, es una obra que debe leerse con cuidado y pasión.

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