AUTOR: Virginia Woolf
TÍTULO: Las Olas
EDITORIAL: Lumen, S.A. (Primera edición)
AÑO: 2004
PÁGINAS: 302
TRADUCCIÓN: Andrés Bosch
RANK: 10/10



Por Alejandro Jiménez

He intentado organizar de la mejor manera los comentarios que me propongo dejar aquí a propósito de la novela de Virginia Woolf, Las Olas. Fácilmente puede uno extraviarse cuando el texto al que desea referirse es tan complejo y elevado como éste. Y es que, aunque no son muchas las cosas que tengo por decir, en cambio sí creo haber adquirido frente a la novela una especie de deuda intelectual que me obliga a abordarla prudentemente, del modo como uno se acerca a los objetos delicados, cuidándose de no desgastarlos innecesariamente. Tal vez se haya insistido mucho en que Virginia Woolf es una autora imprescindible del siglo XX, pero cuánto hace falta leerla para comprender por fin las razones que sostienen esa idea.

De modo personal, me acerqué hace ya algunos años a La Señora Dalloway, pero reconozco que salí mal librado de su lectura, entendiendo poco y con muchos espacios negros en la cabeza. Leer un libro de esta categoría toma su tiempo y exige disciplina, y esos son dos requerimientos que cada vez menos lectores están dispuestos a asumir. Sin embargo, pensé que con el pasar de los años alguna ventaja podría haber alcanzado sobre aquella época, y que quizá ya iba siendo hora de dejarme caer de nuevo en las aguas de la conciencia interna. En cualquier caso, para evitar fiascos me decidí por esta otra obra de Virginia Woolf que, a la larga, no me ha dado tregua en ningún sentido y que puede considerarse, incluso, más elaborada que la propia Señora Dalloway.

Al final de la novela he encontrado una pequeña inquietud formulada en un momento en el que la autora ha hecho que la confianza que tiene uno de sus personajes en él mismo y en su lenguaje sufra una tremenda escisión. “¿Cómo describir el mundo visto –se pregunta Virginia Woolf, por boca de su personaje- sin el propio yo?”, pero además ¿cómo es posible que las palabras elegidas contengan un significado y un valor suficientes para que la ceguera ya no vuelva sobre el camino? Se trata de dos preguntas que facilitan entender la profundidad vital y estética que posee Las Olas y, en general, los textos escritos por Woolf como monólogos interiores. Hay en todos ellos una continua inquietud sobre el peso que el yo le atribuye a su relato de la vida, y también una expectativa que se forma en torno al lenguaje con que se narra.

Se trata de cuestiones ineludibles porque es obvio que no puede escribirse un monólogo sin la activa intervención de un yo, y sobre ese yo recae la elección de un lenguaje y una forma. En el fondo, esa primera pregunta es, más bien, una afirmación: el mundo se describe a partir del yo, y no existe –como tampoco existirá- ni dentro ni fuera de la literatura un relato que pueda considerarse objetivo; cada cosa dicha, incluso sobre los hechos más probados, tendrá siempre nuestra impronta personal. Por tal razón, lo que se debate realmente en los monólogos de Virginia Woolf es la cuestión de cómo la palabra utilizada por el yo para narrar su experiencia logra convertirse en verosímil, es decir, cómo esa visión que es individual (y a veces intraducible) puede ser entendida por el otro y, y si es el caso, compartida.

Es un ejercicio que puede convertirnos en un lío: en Las Olas seis personajes discurren a través de monólogos sobre su vida; todos se conocen entre sí desde la niñez, pero la historia se teje merced al discurso de sus conciencias, no de sus diálogos o de una voz narrativa que la organice. Así pues, el problema es que hay seis versiones entrecruzándose, cada una producto de su respectivo yo (que ha seleccionado, a su manera, un lenguaje) y, frente a ellas, la verosimilitud es un asunto bien complejo porque si bien hay una conciencia relatando su experiencia, esta experiencia sólo existe en la medida en que entra en juego con la de las otras conciencias que la vienen interpretado distintamente; de tal suerte, las conciencias se totalizan situando lo verosímil no ya en una versión individual sino en el cruce de todas las versiones, en las que quizá también sea pertinente incluir la del lector.

Sobre este tema me gustaría escribir todavía algunas palabras, pero lo haré en el apartado en el que describa la estructura de la novela. Por otra parte, como cada relato del yo es una síntesis de su individuo, se hace necesario trazar un cuadro comparativo de los seis personajes, para destacar de ellos sus aspectos más característicos; este trabajo también lo abordaré luego de hacer un pequeño resumen de Las Olas.

Un relato caleidoscópico

Aunque es posible rastrear en la novela ciertos eventos importantes, tal vez no pueda hablarse con precisión de una trama narrativa. La idea de que los sucesos exteriores estén por encima del discurrir de la conciencia, desvirtuaría mucho las pretensiones de la autora. En este sentido, debe entenderse que lo que usualmente se denomina suceso, en Las Olas equivale a un discurso relatado por el yo de los personajes, siendo así más una construcción suya que una cosa que les ocurre. En este sentido, hablamos de una narración caleidoscópica, o sea, un relato elaborado a voces en el que los acontecimientos son, primero, enclaves de experiencia y, luego, tejidos conjuntos.

La primera gran imagen de los personajes la tenemos en Elvedon, ambientada en un lindo jardín veraniego. Todos son niños entonces y, como tales, se divierten corriendo por el prado. Ya están allí Susan, a quien el contacto con la naturaleza la sublima; Rhoda, un tanto alejada y a la espera; Bernard, observando el juego de los otros; Neville, sentado mientras reposa un poco su cuerpo enfermo; y Louis y Jinny caminando de la mano entre los árboles. Cada uno de ellos tomará de este espacio algo para el futuro y sus monólogos circulan en esa dirección: la del amor para Jinny, la de la naturaleza para Susan, la del alejamiento para Rhoda, etcétera.

Luego vendrá la imagen de la adolescencia, con el grupo separado en géneros y asistiendo a escuelas diferentes. Las personalidades empiezan a definirse más; por ejemplo, Neville revela toda su delicadeza y entrega en el estudio; Bernard encuentra en el contacto con la gente la mejor base de conocimiento; Louis y Rhoda seguirán sintiéndose rezagados; y Jinny se dará cuenta que su belleza es capaz de abrirle cualquier puerta. Sus mentes dibujan los perfiles de los otros y, a medida que el recuerdo les llega o coinciden todos en algún espacio, van midiéndose comparativamente.

Así llegarán a la juventud en donde, a la sazón, cada quien se encaminará por senderos diferentes: el uno entregado a la vida intelectual, el otro al trabajo de oficina, aquella a las faenas y quehaceres del campo, la última al romanticismo y la ilusión. Pero, aun cuando ahora ese punto de la niñez en el que todos coincidieron parece bifurcarse, continuará el acecho mutuo, y la persuasión –a veces inconciente- de tener la verdad en los asuntos comunes. Lo que se comprende es que tras cada minuto que pasa se van comprometiendo más con lo que son y, en consecuencia, a pesar de que para su fuero interno se provean de una identidad distinta, todos los demás ya han hecho acopio de sus cualidades, siendo esa una carga difícilmente trastocable.

Durante la madurez las imágenes se multiplicarán abruptamente; los compromisos se harán todavía más fuertes porque se tendrá esposas e hijos, porque habrá profesiones de las que no es posible escapar, porque las distancias para hacer borrón y cuenta nueva ya están demasiado invadidas por los fantasmas y los recuerdos. Jinny, aquella mujer que hizo de la belleza una justificación, se verá en aprietos al observar sus atributos desmoronarse; Louis llevará hasta el colmo del orgullo un trabajo que no le satisface; Bernard entenderá que su miedo a la contingencia no se soluciona atándose a la familia; Rhoda se acercará peligrosamente al resentimiento y la desolación; y Neville no podrá superar la muerte de Percival, el viejo amigo de la juventud (del que quizá se encuentra enamorado).

Mas, aunque en la madurez todos se hayan consumido en su propia existencia y se encierren en su coraza para expiar sus culpas, también han alcanzado la lucidez en lo que cabe esperarla, encontrando su valor en ser todo lo más posible ellos mismos. Por eso, en la última imagen que tenemos del grupo, que corresponde a la vejez, todos convergen en un mismo punto: la certeza de que jamás puede uno escapar de lo que es. No habrá ya un afán de aceptación ni de imposición, sino la pasiva contemplación del mundo, una especie de reconciliación con él. Así, las miradas de Bernard a Rhoda, de Louis a Neville, o de Jinny a Susan ya no tienen un señalamiento, puesto que lo censurable no es visto en los otros sino también en sí mismo. Es el tiempo para reconocer que se ha compartido una experiencia que pudo haber sido distinta de haberse atrevido a cambiar nuestras palabras.

La estructura de la novela

Organizar una novela de más de trescientas páginas a manera de monólogos interiores, y que además de eso se extienda a lo largo de la vida de los personajes, no es una tarea sencilla. Para un escritor poco creativo esta labor superaría sus fuerzas, o terminaría entregándonos un libro inaguantable. El genio de Virginia Woolf radica en presentarnos una obra que no defrauda en ninguno de sus niveles (estético, formal y de contenido), en tener esa contundencia que caracteriza las piezas capitales, frente a las cuales las mentes parecen retroceder visiblemente perturbadas. Con relación a la estructura de Las Olas me gustaría considerar únicamente dos aspectos; el primero de ellos tiene que ver con los “entreactos” que hay en la novela y toda la poesía que en ellos se condensa; por su parte, el segundo aspecto se refiere a la manera como se entrelazan los monólogos.

Virginia Woolf ha decidido que llenar todo su libro con la corriente de pensamiento de sus personajes sería algo demasiado denso. Debido a esto, ha intercalado entre los grandes monólogos de los que antes hablamos (niñez, adolescencia, juventud, madurez y vejez) una serie de escritos muy poéticos que poseen entre ellos una progresión, y desarrollan la metáfora de un día en la playa desde que el sol empieza a alzarse hasta que finalmente declina en el ocaso, todo ello mientras se escucha el batir de las olas que simboliza tal vez el trasegar de nuestras vidas. Es obvio que no se trata de una fórmula para rellenar espacios libres, ni siquiera para complementar el contenido de los monólogos; antes bien, son escritos que se enlazan vitalmente con la historia en la medida en que sugieren representaciones poéticas para las experiencias que van teniendo los personajes.

Son en total nueve escritos que dejan ver ese perfil sutil y poético de Virginia Woolf y, en sí mismos, tienen un alto valor estético pero, como se dijo, en tanto hacen parte de la obra no debe perderse su conexión y sobretodo la profundidad simbólica de la que la dotan. Ahora bien, si por un instante se sacaran aparte y se tomara de ellos únicamente la primera frase, se encontraría con facilidad su encadenamiento más evidente, la progresión. Los cuatro primeros comienzan: “El sol aún no se había alzado… / El sol se alzo más… / El Sol ascendió… / El Sol alzado ya no se recostaba en un verde colchón”. Cada una de estas frases inicia el relato que antecede los monólogos de una época, en este caso, la niñez, la adolescencia, y las dos partes que pueden considerarse la juventud.

Bajo esta estructura funciona toda la novela: inicio / monólogos de la niñez / entreacto / monólogos de la adolescencia / entreacto / primeros monólogos de la juventud / entreacto / segundos monólogos de la juventud / entreacto / aquí vienen cuatro monólogos de la madurez divididos con sus respectivos entreactos / monólogo de la vejez (hecho por Bernard) / cierre. Estas denominaciones de niñez, adolescencia, etcétera, no están establecidas como tales en la novela, pero se pueden catalogar así en la medida en que lo que se debate en ellas son cuestiones propias de estas épocas y las metáforas de los entreactos las simbolizan perfectamente. Voy a dejar aquí un pequeño fragmento del entreacto seis para que se note la belleza de estos escritos:

“El sol ya no estaba en mitad del cielo. Su luz esquinada caía oblicua. Aquí, daba en el borde de una nube y lo quemaba, convirtiéndolo en una franja de luz, en una llameante isla sobre la que no había pie que pudiera asentar la planta. Después la luz incidió en otra nube, y en otra y en otra, de modo que las olas, debajo, quedaron traspasadas por flechas, por ígneos dardos con plumas que cruzaban sin rumbo fijo el tembloroso azul (…) Las olas se alzaban, curvaban el lomo y rompían. Al aire saltaban piedras y arena. Rodeaban las rocas, y la espuma pulverizada saltaba hacia lo alto, salpicando los muros de la cueva que habían estado secos hasta el momento, y dejaban en tierra firme charcos en los que algún pez retorcía la cola, atrapado mientras la ola se retiraba” (Págs. 166-168)

¡Qué sugestiva es la metáfora que propone Virginia Woolf en los entreactos de la novela! Un día entero que simboliza toda una vida; un día con su mañana calurosa en la que todo parece posible, un día que va transcurriendo lento mientras el sol se alza hasta ganar luminosidad en todo lo que antes parecía misterio, un día cuyo destino es llegar a cierta cumbre de la que ya sólo cabe esperar el inicio de un declive. Todo mientras en el fondo que ruge, en el mar, se balancean desordenadamente las cosas (los miedos, los resentimientos, el deseo), toda la experiencia acumulada vertida en las olas, unas olas tan altas que su choque con tierra firme es estruendoso y visible. Un día más bien corto con las olas rompiendo siempre en la playa.

Por otra parte, la novela se enfrenta con la dificultad de unir los monólogos de sus personajes. Indudablemente no puede pasarse de uno a otro sin encontrar algo que sirva para enlazarlos y darles unidad. A este respecto lo que prefiere Virginia Woolf es ceñirse a un ritmo que se hace evidente en un lenguaje unificado y en cambios de óptica que van de mayor a menor. Me explico: en primer lugar, es evidente que aunque las corrientes de pensamiento pertenecen a distintos personajes, comparten un lenguaje parecido, dotado de palabras altamente elaboradas y figurativas; en esto, por ejemplo, no se distingue Neville (que es un hombre de letras), con Rhoda (una mujer alejada del estudio). De este modo, como hay un lenguaje común, el ritmo de la narración se puede sobrellevar más cómodamente, y aunque esta manera de abordar el libro tenga sus riesgos, para mayor virtud de su autora, en ningún momento se presenta inverosímil.

Pero, además de un lenguaje unificado, también Virginia Woolf apela a que los cambios de óptica, es decir, los pasos de un monólogo a otro vayan reduciéndose paulatinamente; así, aunque durante la niñez y juventud todos los personajes discurren casi con la misma regularidad, a mediados de la novela el peso de unos pocos se va haciendo más fuerte hasta que, al final, la voz de Bernard termina totalizando la de sus compañeros. En otras palabras, la velocidad narrativa es vertiginosa al inicio de la novela, porque las conciencias están interactuando más constantemente (a veces se encuentran hasta tres monólogos en una misma página), mientras que al final, el único discurrir es el de Bernard. Me atrevo a ver en esto también un aspecto simbólico porque, tal como sucede con el ritmo de la novela, la vida va de una época agitada en la juventud, a una de intercambios, y desemboca en una última más sosegada y contemplativa.

El perfil de los personajes

Como se mencionó anteriormente, todos los personajes desempeñan en Las Olas un papel importante porque hay entre ellos un continuo contraste. No obstante, si se tuviese que arriesgar un protagonista de la historia, este tendría que ser Bernard, toda vez que es su monólogo el que ordena casi toda la segunda mitad de la novela. Por otro lado, no sé hasta qué punto sea adecuado afirmar que la existencia de seis personajes tan diferentes responda a la representación en ellos de determinados aspectos de Virginia Woolf. En Susan, por ejemplo, podría hallarse su gusto por la naturaleza y el placer de las cosas simples; en Rhoda, la parte insegura de su personalidad (ella misma, como la autora, terminará suicidándose) y; tal vez en Bernard toda esa parte de constante cuestionamiento sobre la vida. No intentaré yo esbozar esas correspondencias, sino simplemente considerar algunas cualidades que, a mi modo de ver, definen el perfil de los personajes.

En primer lugar, tenemos a Susan, una mujer sensible y virtuosa que encuentra en el campo la transfiguración de todo bien. La naturaleza, para ella, no es un simple espacio sobre el que puede transcurrir la vida, sino el único en el que puede hacerlo a plenitud. Y este es un convencimiento que atraviesa toda su existencia desde que emerge concientemente en la juventud: “sólo aceptaré la felicidad natural –se dice- (porque) con ella quedaré satisfecha”. Ni los beneficios de la ciudad, ni la refinada expresión de Jinny –que a su modo la consterna- lograrán hacerla desprender de esa certidumbre básica: lo único por lo que ciertamente vale la pena luchar es aquello que se ha desligado de las fuerzas artificiales, para concentrarse en la vitalidad que le otorga la naturaleza.

Por eso es feliz en el campo viendo los amaneceres, cuidando los animales y preparando la comida. Más aún, su instinto se acrecentará con la experiencia de la maternidad, ya que ser madre equivale en Susan a ampliar su experiencia individual hasta ese otro ser al que se encuentra vinculada naturalmente. Lo que sorprende de este personaje es la forma básica en la que resuelve el mundo, porque para todos los demás las cosas se presentan con un cariz confuso y difícil. Cuando puedan encontrarse con ella en alguna cena, todos la sabrán poseedora de una sabiduría práctica, suficiente para desenvolverse en el mundo que ha elegido, pero inútil cuando se ha andado en dirección contraria. La conciencia de Susan es un discurrir suave que busca alcanzar el espíritu más sencillo de las cosas.

En un lugar radicalmente opuesto se ubica Jinny quien pueda ser que, como Susan, tenga un punto de orientación natural, como lo es la belleza, pero que diverge de aquella porque todo el refinamiento que alcanza con una mirada o movimiento no es para ella un fin en sí mismo, sino que hace parte de las herramientas con las que accede a placeres de otra índole, como la comodidad, la posición, el orgullo. Por este motivo, a lo largo de sus monólogos se sentirá inmersa en un marullo de dilemas que tienen que ver con la pasión, con el amor o el despecho. La justificación de su vida la encuentra, precisamente, en ir cada vez más obstinadamente en ese rumbo, del que más tarde estará dependiendo por completo.

Los otros personajes ven en Jinny innegablemente a una mujer bella a la que, por suerte, le ha correspondido vivir en constante renovación. Es cierto que la admiran pero, quizá por esto mismo, no podrá nunca asentarse en un solo sitio, en una única relación, su vanidad saltará por sobre los asideros y la lista de sus amantes se hará cada día más larga, sin poder encontrar en ninguno de ellos estabilidad. La conciencia de Jinny es la prueba de que no siempre el más bello es el más feliz y, sobretodo, de que nada puede hacer el sincero deseo de un hombre, cuando el interior de la otra persona está poblado de un culto mordaz a sí mismo.

La última mujer es Rhoda, cuya vida puede equipararse a una carrera individual contra la inseguridad. Herida y rechazada por los otros desde los primeros años, Rhoda es una mujer que está siempre rezagada, esperando que decidan antes la situación para luego acomodarse lo mejor que pueda. Sin embargo, su caso es más grave porque no se trata sólo de verse al margen de los otros, sino también de sentirse culpable por ello, algo que progresivamente irá generando en ella una ansiedad de autodestrucción. De a momentos parece despertarse y exigir algo de ese orgullo del que hacen gala todos, pero inmediatamente vuelve a sumergirse en su rincón, al que únicamente deja entrar a Louis, testigo como ella, de la vacilación. Sus palabras la describen mejor que nada:

“Resulta que hay un mundo inmune al cambio. Pero yo carezco del aplomo suficiente, ahí, de puntillas en los límites del fuego, aún chamuscada por el ardiente aliento, con miedo a que se abra la puerta, a que el tigre salte, incluso para formar una frase. Perpetuamente contradice cuanto digo. Todas las veces que se abre la puerta, me interrumpen. Aún no he cumplido los veintiuno. He nacido para que me hagan añicos. He nacido para que se burlen de mí toda la vida. He nacido para ir arriba y abajo, entre estos hombres y estas mujeres de rostros convulsivos y lenguas mendaces, como un corcho en un mar alborotado. Como la cinta de un alga, soy proyectada muy lejos cada vez que la puerta se abre. Soy la espuma que llena de blancura las más alejadas oquedades de la roca. Y también soy una muchacha, aquí, en esta sala” (Pág. 108)

Va a llegar un momento en la vida de Rhoda en la que se dé cuenta de todo lo absurdo que resulta sentirse culpable de algo que ha sido producto de los otros y las situaciones. Será ya tarde para intentar corregirse, por lo que su culpabilidad se transformará en resentimiento; el cansancio de toda su vida la llenará de rencor y la pondrá sobre una cuerda muy fina de la que no tardará en caerse. “Estoy harta de lo bonito –se confiesa-… navego en aguas revueltas y me hundiré sin que nadie intente salvarme”. Su vida es una tragedia, y sólo puede terminar como tal, en una habitación frente a todos aquellos que han hecho de su vida “sucias píldoras”. La conciencia de Rhoda es la del temor a la vida, y la de la vida corrompida y trastocada enfermizamente.

Sin embargo, Rhoda tiene un correlato masculino en Louis. Como ella, este hombre sintió desde joven que no encajaba dentro de muchas de las exigencias; hijo de un banquero australiano, su inglés era tema de corrillos y un asunto que lo marcó definitivamente. Más pobre que los otros, comprendió pronto que su destino sería terminar sentado tras un escritorio llenando formularios, como sucedió efectivamente; sólo que mientras Rhoda se debatía en la culpa de su situación, Louis decidió enfrentarla en su propio campo, convirtiendo aquello que debería ser su vergüenza en orgullo. Midiéndose constantemente frente a los otros, Louis es el testigo más lúcido de sus cambios, y trabaja fuerte para evitar frustrarse como ellos en cualquiera de las dimensiones de la vida.

Es natural que Louis desee tener algo de los otros, quizá la soltura de Bernard, toda la entrega incondicional de Susan, pero prefiere enfocarse siempre en sí mismo, y esa obstinación es el rasgo que más distinguirá de él el grupo. Ajeno a las “sencillas aficiones”, vivirá –como dice Bernard- enigmático y solitario, aunque nunca alejado lo suficiente como para dejar de mostrar que también puede llegarse a la lucidez desde la diferencia. La conciencia de Louis es también la conciencia del resentimiento, sólo que vitalizada con la fuerza que les da a los individuos un poco de confianza en ellos mismos.

Caso contrario a Louis es el de Neville, un hombre que, a causa de su mala salud, tuvo que alejarse desde pequeño del contacto con las personas y, en consecuencia, de muchas de las discusiones prácticas sobre la vida. Inmerso en su biblioteca, el mundo de Neville es el estudio y los libros, las verdades abstractas, las grandes virtudes y la perfección que tal vez sólo puede alcanzarse en la ficción. Esa es indiscutiblemente la palabra que da orden y sentido a su vida: la perfección. El "mal" a veces hace cabida en su pecho y desearía ensuciarse las manos mientras come, y dejar de ir siempre correctamente vestido, pero estas son tentaciones que deben evadirse, porque se es perfecto sólo cuando no se ensucian las hojas del Don Juan, cuando se trata de vivir conforme a los consejos de los libros.

¿Quién no ve en él un sujeto admirable? Tendrá sus excesos, es verdad, pero, ¿acaso existe algo mejor que entregar sus pocas energías a convertir las cosas que integran la vida en pequeñas perfecciones? A veces cansado de su rutina, y otras veces empecinado en ella, Neville se persuadirá en las reuniones con los otros, que desde su juventud es ya tarde para intentar un cambio: la imagen que tienen todos de él es una personalidad que debe asumirse enteramente. Por cierto que es él el personaje que más tempranamente comprende la fatalidad de la muerte, y en esa medida se explica un poco su aferramiento a cosas que, desde otros ojos, podrían parecer superficiales. La conciencia de Neville, por tanto, corresponde a la de la corrección y la virtud, buscadas a través de la privación y el recato.

Finalmente, tenemos a Bernard que es de lejos el personaje más existencialista de la novela y, como se explicó, sobre el que Virginia Woolf hace recaer el mayor peso de la historia. La primera cualidad de este hombre tiene que ver mucho con esas preguntas sobre el yo y el lenguaje de las que se habló al principio. Su vida particular es asumida como relato, el personaje posee una agenda en la que va anotando las frases con las que intenta encerrar la esencia de los momentos. Algún día habrá en que la frase del instante permita definirlo todo, y entonces encontrará que esas palabras son las verdaderas, las únicas realmente útiles. De este modo, la realidad de Bernard se va tejiendo con el lenguaje, en ese gusto inusual por las palabras que llevarán, incluso, a Neville a afirmar: “todos somos frases en la historia de Bernard”.

Pero el lenguaje hay que buscarlo, porque a Bernard no le interesa nombrarlo, sino descubrirlo; por tal razón, siempre está dispuesto a escuchar, y no pierde la oportunidad de hacerlo así se trate de desconocidos: en las palabras de cualquiera puede hallarse la verdad. Asimismo, Bernard se da cuenta de que sólo el lenguaje es capaz de crear y, en consecuencia, el vértigo será una de las características de su vida. Una escena en especial que viene a su cabeza –y que recuerda mucho el fragmento del castaño en La Náusea-, hace evidente ese aturdimiento que produce el hecho de tener en sus manos las herramientas para darle forma a lo que no existe:

“Pero, he aquí que regresa. Uno no puede extinguir este persistente olor. Se cuela por las grietas de la estructura. Es la propia identidad. No forma parte de la calle. La observo, y no, veo que no. En consecuencia, uno se aparta, se separa. Por ejemplo, en esta calle lateral hay una muchacha esperando. ¿A quién espera? Ya tenemos una historia romántica. En la pared, encima de esta tienda, hay una polea, y yo pregunto: ¿Con qué finalidad ha sido puesta aquí? Me invento a una señora amoratada, hinchada, esférica, a la que su marido, sudoroso caballero de sesenta y tantos años, saca de un coche descubierto, izándola. Ya tenemos una historia grotesca. Nací con el don de formar palabras, de lanzar burbujas sobre esto y lo otro. Y mientras alumbro espontáneamente estas observaciones, me construyo, me diferencio y, cuando escucho esa voz que me dice, al pasar: ‘¡Mira! ¡Anota esto!’, imagino que he nacido destinado a encontrar cualquier noche de invierno el significado de todas mis observaciones, un hilo que va de una a otra, un resumen que todo lo completa y redondea” (Pág. 116)

La diferencia de Bernard frente a los otros personajes, como se nota, es que mientras los monólogos de aquellos discurren sobre sus vidas, el de Bernard lo hace también sobre sí mismo, como si se tratara de un metalenguaje, y esto le otorga cierta ventaja, puesto que él comprende que su conciencia es sólo una versión de la realidad y, más aún, una versión que padece debilidades, que exige de él para constituirse. El hecho de que la corriente de pensamiento de Bernard sea menos lineal que las otras, demuestra que es un personaje de transiciones, alguien que va descubriendo cosas sobre él, sí, pero además, sobre el lenguaje que va utilizando en esos descubrimientos.

Un día cualquiera Bernard se queda pensando: la vida de Neville siempre está en su sitio, él es una identidad establecida; en cambio, la vida de Louis refleja la inseguridad identitaria, él siempre necesitará de otro para definirse por contraste. Pero más allá de ellos está Bernard que representa las transiciones: ser en un momento dado esto y, luego, lo otro y, más tarde aún, una cosa diferente, va convirtiendo su vida en una experiencia vertiginosa. Ya en su juventud se convencerá de ello repitiéndose: “somos diferentes siempre, siempre”, y no hay forma de escapar porque las mismas cosas lo instan a ser interpretadas y re-creadas con un lenguaje distinto según la circunstancia, la edad, las intenciones.

Y como Bernard transita por todos lados ha conocido indistintamente lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo; algo que nunca podrá dejar de criticar de Neville: ¿quién puede llegar a la perfección, si antes no se ha permitido conocer el vicio y la miseria? Y, por ello, tampoco puede Bernard, como su amigo, vivir en soledad, porque la soledad aniquila los espacios de la experiencia; es en el contacto con el otro, en el reconocimiento de su experiencia, en el relatarse mutuo, en donde halla el material más valioso para entenderse a sí mismo. Erróneamente pensará, en algún momento, que su vida necesita atarse para escapar de este afán, y se casará, pero bien pronto descubrirá que la familia es un lazo que entorpece una posible visión en perspectiva.

Etapa tras etapa el hombre se encamina hacia el aprendizaje, no hay nada estable en el mundo; pero mientras todos los demás siguen tercos en la idea de encontrar un asidero que los provea de alguna seguridad, Bernard, al contrario, paso a paso va desligándose de todo, porque aunque no sepa con certeza cuál es el punto al que se dirige, sólo el movimiento le recuerda que está viviendo, y no es como Rhoda un corcho sobre las olas. La conciencia de Bernard es la conciencia de todo lo que con verdad se fue en el pasado, y el vértigo de caminar sin destino cierto hacia el frente:

“Sentado en el banco, esperando el tren, pensé en la facilidad con que nos rendimos, con que nos sometemos a la estupidez de la naturaleza. Y gracias a una chispa de perfume o a un sonido en un nervio, regresó la vieja imagen: los jardineros barriendo, la señora escribiendo. Vi las figuras, bajo las hayas, en Elvedon. Los jardineros barrían; ante la mesa, la señora escribía. Pero ahora aporté la contribución de la madurez a la intuición infantil: saciedad y predestinación, conciencia de cuanto inevitable hay en nuestro destino, muerte, conocimiento de los límites y conciencia de que la vida es más inexorable de lo que imaginábamos. Entonces, en mi infancia, apareció claramente la presencia del enemigo, la necesidad de que alguien se opusiera a mí. Di un salto y grité: ‘¡Exploremos!’. Y el horror de la situación terminó” (Pág. 273)

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Las
Olas es una novela profunda y vital, cuánto hace falta leer obras de este tipo para recordar que estamos vivos.

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