AUTOR: Mark Twain
TÍTUTLO: Príncipe y Mendigo
EDITORIAL: Diana, S.A. (Tercera edición)
AÑO: 1958
PÁGINAS: 302
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez

Como sucede con buena parte de sus obras, esta historia de Mark Twain ha trascendido la escritura, al punto de conocerse sobre ella muchas versiones animadas, orales y cinematográficas. De alguna manera, es una novela que lo facilita puesto que posee los rasgos que generalmente dan fuerza a estos medios: aventura, humor, tensión entre el bien y el mal, etcétera. Lo interesante, sin embargo, es encontrar que Príncipe y Mendigo no es únicamente la historia de dos muchachos que se ven inmersos en una confusión, sino también una crítica a ciertos valores de la sociedad inglesa, los cuales, aunque parecen propios del pasado, perviven en las acciones y el pensamiento de muchas personas (también en Norteamérica).

No se trata de algo exclusivo de esta novela. Por el contrario, al revisar la narrativa de Mark Twain salta a la vista que la crítica fue siempre una de sus prioridades: unas veces para denunciar la pobreza de sus compatriotas, otras para mostrar la contracara del progreso industrializado, y unas más para satirizar la esclavitud y sus defensores. Así, al deseo de romper con los moldes académicos, invariablemente suma el autor una literatura que permite a sus lectores reconocerse socialmente. Una síntesis que supo elaborar tan bien como para llevar a otro grande de su país, el escritor Ernest Hemingway, a afirmar: “toda la moderna literatura americana arranca (con) Mark Twain” [1].

Príncipe y Mendigo no es una obra que se destaque por su estructura narrativa, antes bien, tiene todas las cualidades del esquematismo: linealidad, pocos quiebres de tiempo, un único narrador y la división clásica por capítulos. Mas, si en lo que corresponde a la organización de las ideas, la novela se muestra sobria, en su lenguaje se revela toda la claridad y sencillez de los buenos escritores. Twain –como Stevenson, como Dickens- traza sus líneas con un ritmo tan firme y envolvente que no hay forma de evitar irse sumergiendo en ellas; esta es una de esas novelas que se van leyendo solas, que parecen dejar el papel de lado y alzarse a nuestros oídos para contarse más directamente.

Hay una pequeña nota al inicio de Príncipe y Mendigo que da cuenta de esta dimensión que podríamos llamar oral de la novela: “Voy a contaros un cuento –afirma el narrador-, tal como me lo refirió cierta persona, que lo sabía por su padre; el cual lo conocía por el padre suyo; quien igualmente lo había aprendido de su padre…”. Es una estrategia que busca generar intimidad entre el autor y el lector, sugiriendo escuchar más que leer. Y esta idea no la pierde de vista en ningún momento Twain; al contrario, vuelve reiterativamente a subrayarla: esta es una historia que puede o no creerse, como todo lo que se cuenta a viva voz, pero vale mucho la pena escucharla así sea a modo de leyenda.

A continuación se hará un pequeño resumen de la obra, luego de lo cual habrán dos apartados para: 1. mostrar cómo el esquematismo estructural de Príncipe y Mendigo también se refleja en sus personajes y, 2. señalar los puntos sobre los que se hace más notoria su crítica social.

Eduardo Tudor y Tom Canty

A mediados del siglo XVI nacieron en Londres Eduardo Tudor y Tom Canty. El primero, futuro rey de Inglaterra, lo hizo en medio de la alegría de su pueblo, quien venía deseándolo por mucho tiempo; el segundo, lo hizo lejos de las multitudes, viniendo a traer más desazón que felicidad a su familia, pobre por naturaleza. Como corresponde a las circunstancias, la infancia de ambos transcurrió en medios diferentes; mientras Eduardo recibía una educación integral y era atendido por numerosos sirvientes, Tom pasaba los días por las calles mendigando con sus padres y hermanas; el uno dormía en cama de seda y comía manjares, el otro reposaba sobre el suelo y se alimentaba con las migajas provistas por su madre.

Mas, he aquí que Tom tuvo la suerte de conocer al padre Andrés, un hombre bondadoso que lo instruyó, enseñándole a leer y escribir. Gustoso de lo que encontraba en los libros, especialmente en aquellos sobre príncipes y caballeros, el muchacho comenzó a olvidarse de su vida de mendigo (que francamente lo avergonzaba); dedicaba las horas a imaginarse como príncipe, e inventaba para el caso cortes y palacios con sus amigos. Tanto leyó e imaginó sobre el asunto que pronto supo muchísimo, y esto aun cuando su precio era el disgusto y castigos de su padre que lo miraba como alguien que se había desquiciado.

Cierto día en el que Tom se alejó más allá de los muros de Londres se encontró de frente con el Palacio Real. Su inquietud, acrecentada durante años por los libros, lo hizo acercarse a sus puertas, de las que fue despedido brutalmente con un golpe del guardia. Eduardo, quien, a la sazón jugaba en el prado, se percató de lo sucedido, y no sólo reprendió el comportamiento de su sirviente, sino que además invitó al joven a conocer el Palacio. Puede pensarse cuál fue la sorpresa de Tom al verse caminando por semejante sitio y, sobretodo, en compañía de un príncipe de verdad. Eduardo lo convidó a su habitación y después de conversar sobre sus vidas –que no alcanzaban a comprenderse cabalmente- decidieron intercambiar sus vestidos.

Minutos después, todavía ofendido por la violencia con que el guardia había tratado a alguien tan amable como su amigo, Eduardo bajó con la intención de regañarlo más severamente. No obstante, olvidó que todavía tenía puestos los andrajos de Tom –con el cual tenían un extraño parecido-, y ni sus palabras ni su fuerza fueron suficientes para evitar que el guardia lo atrapara, golpeara y expulsara del palacio. Hecho con el que se inició la gran confusión del siglo: tener al príncipe Eduardo fuera del palacio, como si se tratara de un mendigo, mientras en su lugar se hallaba un joven humilde que por azar había terminado sustituyéndolo.

Las cosas fueron mostrando su verdadero alcance paulatinamente. Tom, educado con los libros sobre muchas cosas de la realeza, no podía convencer a nadie de que era mendigo de Offal Court; todos pensaron que era víctima de una locura pasajera, y que debía procurársele atención y ayuda para recuperarse. Por su parte, Eduardo no encontraba a una sola persona que diera fe a sus palabras; a la vista de todos también estaba loco, era un joven que desvariaba peligrosamente. Así pues, ambos muchachos tuvieron que empezar a enfrentar su situación con valentía: Tom, aprender lo mejor y más rápido posible lo que no sabía sobre etiqueta, comportamiento, órdenes y demás; y Eduardo cómo desenvolverse evitando los azotes del viejo Canty –padre de Tom- y la burla del pueblo en general.

Dos aspectos dificultaron más la situación: el primero tiene que ver con la muerte del rey, que significaba para Tom su inminente coronación, aun cuando no fuese el heredero real. Pronto tuvo Tom que dirigir reuniones y decidir sobre temas particulares, apelando a la ayuda de Hertford y St. John (que aprovechaban la “locura” del ahora rey para granjearse posiciones). El segundo aspecto involucra a Eduardo; se trata de la muerte del padre Andrés a manos del viejo Canty, y su huida fuera de Londres, obligando al muchacho a seguirle. Precisamente, todo lo que vino para Eduardo después de su salida del Palacio tuvo que ver con estar huyendo de aquel salvaje y su horda de amigos, que buscaban ubicarlo en los “trabajos” más deshonrosos: robando, mendigando o sirviendo de coartada.

Sin embargo, para auxilio de Eduardo, llegó a su vida Miles Hendon, un soldado valeroso que volvía hacia Hendon Hall, la tierra de su padre, amplia y productiva. Aquel hombre se topó con el muchacho cuando éste era obligado a escapar hacia Southwark; molesto por la forma en la que el viejo trataba al niño decidió ayudarlo. Pero, pronto descubrió Miles que el chico andaba mal de la cabeza, insistía en ser el sucesor del rey, y en que una vez restituido su lugar tomaría decisiones respecto de todas las personas que había conocido. El soldado pensó que lo mejor era no contradecirlo, y por eso congeniaron tan bien: en ningún instante y sin importar las adversidades, Eduardo dejó de sentirse príncipe, y ni sus palabras ni sus acciones lo desmentían.

Los meses pasaron para Eduardo enfrascado en semejante lío, unas veces a salvo al lado de Miles, y otras tantas raptado de nuevo por la horda de mendigos-ladrones, quienes lo llamaban rey Fu-Fu I, e iban de pueblo en pueblo, por el campo, haciendo de las suyas. Conforme a este ir y venir, pudo el príncipe conocer familias campesinas, salvarse de la muerte a manos de un ermitaño, atestiguar la dureza de las leyes instauradas por su padre y, por último, visitar la tierra de Miles Hendon, en donde cayó preso, junto a él, por orden de su propio hermano, un tirano a quien no le vino nada bien la llegada del soldado. Pero, después de aquellas semanas en la cárcel, supo perfectamente Eduardo que debía regresar a Londres, y a esta tarea dedicó sus energías.

Entretanto, aunque la vida para Tom no había sido fácil, las oportunidades la habían hecho más llevadera y, en consecuencia, cada día iba encontrándose más cómodo. Los recuerdos de su familia volvían y eran perturbadores, pero irreconciliables con su realidad. Tanto fue el gusto que encontró Tom en todo aquello que pronto los rumores de su locura desaparecieron, y todos los londinenses –ricos y pobres- dedicaban sus palabras más cuidadas para referirse a él. De este modo, se explica que el día de su coronación las calles estuvieran atestadas, llenas de alegría y veneración. Ese día coincide con la vuelta de Eduardo a la ciudad; pero si ya muchas veces se rieron en su cara al tratar de explicar su verdadera condición, ¿qué podría suceder ahora diferente para evitar que se corone al rey equivocado?

El esquematismo de la novela

Como se hizo notar antes, Príncipe y Mendigo es una novela con una estructura narrativa fuertemente lineal. Esta es una de las características más notorias de la literatura clásica de aventuras, la encontramos en los libros de Stevenson, en los de Verne e, incluso, en los de Dickens. Sin embargo, para el caso particular de esta novela, se encuentra que la linealidad no se reduce estrictamente a lo estructural, sino que también tiene un correlato en el nivel de los valores y comportamientos de los personajes, los cuales podrían catalogarse, arguyendo muchos ejemplos, como esquemáticos.

Cuando se dice aquí que la novela de Twain es lineal en su estructura se está pensando en varios elementos: 1) En que, como sucede con los cuentos tradicionales, su organización se basa en inicio-nudo-descenlace; 2) en que estas partes están narradas justamente en ese orden y que, al hacerlo, no hay rupturas temporales –analepsis o prolepsis-; 3) en que la voz narrativa es una sola, omnipresente, lo que equivale a tener un solo punto de referencia sobre lo narrado; 4) en que todos los capítulos poseen una extensión similar y; 5) en que su forma equilibra en un juego de importancia semejante los diálogos y la narración como tal.

Estos elementos, como es obvio, hacen que la novela no tenga mayores alcances en lo que se refiere a la organización, que sea simple. De allí la importancia de que su lenguaje sea dinámico y envolvente, y de que su historia sea entretenida: si Mark Twain no puede convencer a nivel estructural, al menos lo hace con su lenguaje –como se dijo al principio-, y con parte de su historia que, aunque de momentos es predecible, tiene muchos matices irónicos y humorísticos que resultan memorables. Ahora bien, hay otro aspecto que se destaca en Príncipe y Mendigo que acentúa la sensación de esquematismo, y es que los personajes de la novela se mantienen demasiado encerrados en un único perfil, y ese perfil es eminentemente dicotómico, o se es bueno o se es malo.

La explicación de este aspecto podría hacerse fácilmente sugiriendo un cuadro comparativo entre los personajes buenos y malos de la historia, entendiendo por bueno lo incorruptible, valeroso o virtuoso y, por malo, lo violento, lo soez o lo injusto. En la novela, no es posible que un mismo personaje tenga valores en uno y otro sentido, deben decidirse enteramente en una sola vía, factor que de alguna manera revela su rigidez. Por ejemplo, no hay nada bueno en el viejo Canty, es un hombre despreciable por donde se lo mire: agresivo, grosero e inculto, de la primera a la última página de la novela, no logrará escapar de este rótulo. Y algo semejante se diría de un personaje como el padre Andrés, a quien ni siquiera hurgando en lo profundo se le hallaría rasgo malo: es sabio, paciente y noble.

Y no son esquemáticos solamente los personajes secundarios, sino también los principales, los cuales no son buenos o malos según las circunstancias, sino que van midiendo su carácter –que es siempre el mismo- en situaciones adversas o positivas. Eduardo Tudor no deja de ser nunca un muchacho templado y valeroso; sabe que si se ha visto en un incidente como el suyo, no por ello debe actuar de forma distinta a la virtud; lleva al límite su condición que ni por un minuto piensa en vengarse de Tom al percatarse de que éste no elabora planes para buscarlo, y aun cuando para su fuero interno piense que, al volver al poder, hará esto o aquello con quienes en su travesía conoce, no es conducido por un ánimo de revancha, sino por el afán de restituir la justicia en un lugar en que se ha perdido.

Así podría enumerarse la lista. Entre los buenos: Miles Hendon, hombre sensato y valiente, que además posee un ánimo sobrecogedor; la madre de Tom, honrada y entregada a su familia a pesar de la pobreza; y otros personajes de menor relevancia. Y entre los malos: el tío Hertford, de apariencia honesta, pero en el fondo hipócrita; sir Hugo Hendon, el hermano déspota de Miles, culpable de la muerte y desdicha de su familia; y gran parte de la comunidad de mendigos-ladrones que conoció Eduardo.

Que la novela funcione de este modo hace muy difícil las transiciones de personalidad. Hay obras que han trabajado mucho en esta perspectiva, en examinar que nadie es totalmente bueno ni enteramente malo, y que cada ser humano –así se trate de su expresión literaria- rehúye las limitaciones maniqueistas. Sobretodo en la novela contemporánea, pero ya desde hace varios siglos, es posible encontrarse con esos villanos que dejan ver algo que atrae y hasta causa admiración o, por el contrario, héroes de tono aburrido y falsificado. Esas acciones malas que también tienen un perfil virtuoso, o la bondad que esconde podredumbre son inquietudes que están más bien lejanas de esta novela.

Tal vez sólo haya una transición en la historia y es la que corresponde a Tom Canty. Se trata también de un hombre justo, tanto, que su primer deseo y la constante de su vida en Palacio es reconocer que él no es el príncipe, sino un simple mendigo; son las circunstancias, el hecho fatal de no poder escapar y olvidarse de todo, lo que lo va encerrando en el tejido de la rutina principesca. El ir encontrando el gusto del mandato, el olvidar su familia y orígenes es algo que empieza a suceder, pero nunca se realiza completamente; es decir, cuando la transición empieza a completarse, cuando Tom está por asumir una vida que no le pertenece, viene el arrepentimiento y la vergüenza; lo cual comprueba con más fuerza su esquematismo.

La crítica social

Las interpretaciones de Príncipe y Mendigo han estado orientadas tradicionalmente a reconocer en la novela un llamado de atención a muchas leyes de la monarquía. Esta forma de ver la obra es acertada y sobre ese aspecto podrían citarse muchos referentes. Sin embargo, asistir sin más a ella limitaría la crítica a un solo núcleo de la sociedad, cuando en la novela es posible hallar más componentes que no quedan exentos de denuncia como la burocracia, los excesos de los ricos, la criminalidad, etcétera. Por tal razón, resulta más acertado seguir la distinción que hace el título de la novela, y tratar de rastrear a partir de ella cuáles son aquellos aspectos sobre los que Mark Twain dirigió su mirada.

En primer lugar, hay una crítica a ciertas prácticas de la realeza y, en general, de las clases adineradas. Con relación a la burocracia porque vamos conociendo mientras vemos la vida de Tom en el Palacio el complicado esqueleto gubernativo de la sociedad inglesa; el mismo muchacho escucha con no poca consternación, la larga lista de estamentos que dan orden al gobierno, pero también todos los cargos, prerrogativas y deberes que poseen las personas que hacen parte de ellos. No por otra cosa será tarea tan demorada y difícil para el muchacho aprender la jerarquía y mutua implicación de todo aquello; siendo así que se aburrirá tenazmente cuando no encuentre el lugar de lo humano en lo institucional.

Los excesos de la realeza son otra crítica de la novela. La palabra intimidad parece ser algo que no existe en la vida de Palacio: un príncipe asistido por decenas de sirvientes que lo visten, lo peinan y están pendientes de sus necesidades, sin poder servirse por sí mismo –a costa de ser mal visto- para cosas tan simples como abrir la puerta. Comidas descomunales que contrastan con la pobreza de la mayoría, vestimentas que cuestan una fortuna utilizadas una sola ocasión, y preparativos para galas con las más enmarañadas rutinas y tiempos; todo hace parte de esa vida ostentosa, pero incomoda, que con frecuencia tantos desean. Los excesos alcanzan, incluso, puntos insospechados: el oficio de un niño de los azotes (alguien a quien pagan por recibir los golpes que merece el amo por no aprenderse la lección), o el de un catador real (para que corra primero él el riesgo de los envenenamientos).

Está también la crítica de lo que podríamos llamar las figuras nominativas. Se trata de algo que descubrirá el propio Tom cuando sea llamado a presidir los concejos, pero a obedecer casi sin la oportunidad de contrariar las decisiones de los otros. “El no era más que un rey de nombre –dice la historia- pues aquellos graves ancianos y encumbrados nobles eran sus amos”. Aunque su potestad se lo permita, las normas establecidas y el buen orden, no dejarán que, por ejemplo, aquel muchacho llame a casa a su verdadera madre y le dé todo con lo cual vivir dignamente y sin preocupaciones.

Finalmente, está la crítica a las leyes injustas. Escribe Mark Twain, en la última página del libro, que para la época de su historia existían en Inglaterra 223 delitos que eran castigados con la muerte. Es cierto que para algunos de ellos podría parecer una alternativa, por lo menos, equilibrada, pero para otros, no cabe duda que eran exagerados. Un envenenador corría el riesgo de morir hervido; ladrones simples, de ser quemados lentamente; un mendigo descubierto sufriría cortes en sus dedos y, de reiterar, moriría en la horca. Curiosamente, en la novela quien más tiene contacto con estas situaciones es Eduardo, ya que en su trasegar fuera de Londres va acercándose a realidades difíciles, que no caben en su cabeza como leyes instauradas por su padre y, en todo caso, aplicadas severamente. El caso de dos mujeres quemadas resulta a sus ojos especialmente triste:

“Las mujeres tenían la cabeza inclinada y con las manos se cubrían el rostro. Las amarillas llamas comenzaron a trepar por entre la crepitante leña, y unas guirnaldas de humo azul subieron a disiparse en el viento. En el momento en que el clérigo alzaba las manos y empezaba una oración, dos niñas llegaron corriendo por la verja, y lanzando penetrantes gritos se abalanzaron sobre las mujeres de los postes. Al instante las arrancaron de allí los carceleros, y a una de ellas la sujetaron con fuerza; pero la otra logró desasirse diciendo que quería morir con su madre, y antes que pudieran detenerla volvió a echar los brazos al cuello de una de las mujeres. Al instante la arrancaron otra vez de allí con los vestidos en llamas. Dos o tres hombres la sostuvieron, y la parte de sus ropas que ardía fue rasgada y arrojada a un lado, mientras la niña pugnaba por libertarse, sin cesar de exclamar que quedaría sola en el mundo y de rogar que le permitieran morir con su madre. Ambas niñas gritaban sin cesar y luchaban por libertarse, pero de pronto este tumulto fue ahogado por una serie de desgarradores gritos de mortal agonía. El rey miró a las frenéticas niñas y a los postes, y luego apartó la vista y ocultó el rostro lívido contra la pared, para no volver a mirar más” (Pág. 245-246)

El impacto de escenas como ésta será decisivo en la formación de Eduardo quien, se dijo, nunca deja de sentirse príncipe y, por ende, responsable, en alguna medida, de todo aquello. Una tarde de su cautiverio en Hendon Hall se confesará cabizbajo: “El mundo está mal constituido… los reyes tienen que ir a la escuela de sus propias leyes para aprender un poco de caridad”. Es verdad que también conocerá jueces más humanos y comprensibles, pero, casi por regla, su encuentro con la realidad tendrá este matiz: mujeres azotadas por baptistas, oficiales que sacan provecho de las situaciones, numerosas muertes y exilios inmerecidos.

Pero si hasta este punto hay una crítica a la vida de los reyes y sus dictámenes, no es menos cierto que también en Príncipe y Mendigo se esboza un llamado de atención sobre crímenes y vicios que se esconden en las capas más pobres de la sociedad. Esta denuncia es personalmente palpable por los muchachos; en primer lugar, por Tom, obligado por su padre desde niño a mendigar –aunque tal actividad se considerase un delito-, y castigado brutalmente por lo mal que solía irle. En otras palabras, Twain quiere hacer notar que no, por naturaleza, el hombre pobre es un ser humilde, todo lo contrario, puede degenerar también en la crueldad espiritual y humana, al punto de ser explotador y enemigo de alguien tan miserable como él.

Se sabe que la pobreza es producto de los desequilibrios sociales, pero ella no implica un impedimento para la virtud y la honradez. En este sentido, la novela refleja una crítica a los factores sociales que permiten el surgimiento de la mendicidad, del robo, del crimen, mostrándolos como vías de sobrevivencia para muchos, pero de ninguna forma, las justifica, sino que busca mostrar cómo casi siempre camuflan un pensamiento tan egoísta y malformado como el de los dirigentes que las permiten. Así parece comprenderse cuando Eduardo, en medio de un tumulto de mendigos escucha las sabias palabras de Yokel, que es distinto porque no roba y porque suena de sobremanera inteligente:

“…Fui en otro tiempo un labrador bastante próspero, con una esposa amante y chiquillos; y ahora soy algo muy distinto por mi estado y profesión. Mi mujer y mis hijos murieron. Tal vez estén en el cielo, o tal vez… en otro sitio… Pero, ¡Dios sea loado!, ya no están en Inglaterra. Mi buena madre, que era de conducta irreprochable, trató de ganarse el pan asistiendo a enfermos, pero uno de ellos murió sin que el médico supiera de qué, y quemaron a mi madre por bruja, mientras mis niños contemplaban gimiendo el suplicio (…) Yo mendigué de casa en casa con mi mujer, llevando a los hambrientos niños; pero como es un delito tener hambre en Inglaterra, nos desnudaron y nos llevaron por tres pueblos dándonos azotes. ¡Bebamos otra vez por las piadosas leyes inglesas, porque su látigo se bebió la sangre de mi María, y así vino muy pronto su bendita libertad! Ahora duerme en la bendita tierra, a salvo de todo daño; y los niños… Los niños, mientras la ley me iba azotando de pueblo en pueblo, se murieron de hambre” (Págs. 158-159)

En conclusión, la novela hace una crítica social en dos vías: a los más ricos, concretamente a la realeza por sus excesos y el establecimiento de leyes duras que solamente los menos favorecidos conocen; y a los más pobres o, más bien, a aquellos que dentro de los más pobres son tan frívolos como para no verse mutuamente como pares en su condición de miseria y necesidad.
_________________________

Príncipe y Mendigo es una obra de escritura y formas sencillas, con un mensaje concreto e importante. Es verdad que su época va quedando cada vez más en el pasado, pero para miles de nosotros todavía sus palabras deben escucharse.

NOTAS:

[1]
La cita corresponde a una declaración pública hecha por el Nobel de Literatura, quien se refería más concretamente al libro de Mark Twain Huckleberry Finn.

These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.