AUTOR: John Fante
TÍTULO: Un Año Pésimo
EDITORIAL: Anagrama, S.A. (Primera edición)
AÑO: 2005
PÁGINAS: 139
TRADUCCIÓN: Antonio-Prometeo Moya
RANK: 10/10



Por Alejandro Jiménez

Lo que distingue esta pequeña novela del resto de la obra narrativa de John Fante viene a radicar en el hecho de que su protagonista no sea un escritor. En efecto, Un Año Pésimo (1985) se centra en la vida de Dominic Molise, un joven de diecisiete años que sueña con convertirse en beisbolista profesional. Sin embargo, aun cuando la historia se aleje del prototipo de Bandini, esto es, de esa figura por medio de la cual pudo describir Fante los sueños y frustraciones de un hombre que vive para la literatura, esta obra también posee muchos elementos autobiográficos, especialmente en lo que concierne a las precarias condiciones en las que vive el protagonista y su familia, la religiosidad que caracteriza a algunos de sus personajes, y la difícil relación que mantiene Dominic con su padre, todos ellos aspectos que pueden rastrearse en los documentos sobre la vida del escritor.

Quizá alguna vez cruzó por la cabeza de Fante la idea de montar sobre la base de la familia Molise una serie de novelas, tal y como pudo hacerlo en la tetralogía de Arturo Bandini. Ahora bien, lo más posible es que este proyecto no se realizara debido al poco éxito literario que tuvo durante su vida, y la necesidad de dedicar casi todo su tiempo a la creación de guiones para el cine –trabajo que, en el fondo, siempre despreció-. Por esta razón, no sorprende que Un Año Pésimo se haya publicado después de la muerte de Fante, y tampoco que existan algunas correspondencias –si no en los nombres, al menos sí en ciertas situaciones de la trama- con la novela de 1977 La Hermandad de la Uva, en donde el protagonista de la historia, Henry Molise, tiene un padre constructor como el de Dominic, y también un hermano que sueña con ser beisbolista.

Lo curioso de todo esto es que, aun cuando Un Año Pésimo fue publicada algunos años después de La Hermandad de la Uva, fuera escrita casi una década antes de ésta, de manera que debe considerarse el boceto principal sobre el que trabajó Fante la historia de la familia Molise. Por otra parte, hay un valor agregado en estas dos novelas y es que, mientras en la tetralogía de Bandini la narración siempre fue una prerrogativa de su protagonista, las historias de la familia Molise son contadas por narradores diferentes, la una por Henry y la otra por Dominic, hecho que matiza de forma especial los aspectos comunes que hay entre las novelas. Por todo lo demás, Un Año Pésimo está escrita con la prosa inconfundible de Fante; como todas sus historias, esta novela también resulta “breve, exacta e inolvidable”.

Cada cierto tiempo es necesario pensar en la injusticia, y es injusto saber que Fante tuvo por suerte morir en la pobreza y, más aún, en el anonimato. Cuando se mira por sobre los nombres y se encuentra tanto reconocimiento inútil e inmerecido, es imposible no dejar de sentir algo de culpa y, sobretodo, vergüenza, porque John Fante es el escritor más grande que ha tenido Estados Unidos y, todavía hoy, lo conocen muy pocos. En sus libros no hay “héroes” memorables, tampoco una filosofía narrativa o la transmutación del mundo en simbologías de difícil entendimiento; lo que hay en ellos es simplemente vida, con todo su color sublime y miserable, con la fuerza que le da al hombre la angustia y el resentimiento, con ese misterioso anhelo de continuar siempre a pesar de todo.

Y, por ello, las páginas de Un Año Pésimo nos van tocando cada una a su manera, cerciorándose de qué tan vivos andamos, de qué carne estamos hechos (y aquí unas serán más irónicas o sensibles que las otras, pero ninguna permanecerá inmune). A continuación haremos una síntesis de la novela, para intentar establecer una reflexión sobre dos aspectos que son centrales en ella: 1) la tensión metafísica de Dominic Molise y, 2) el tipo de familia y sociedad que presenta la obra.

La novela de un beisbolista

Dominic Molise no es apuesto y tampoco adinerado, por tal razón le cuesta un poco encontrar el sitio que le corresponde en una ciudad como Roper. Su padre desea que termine pronto la secundaria para retomar con él su vieja empresa de construcción y ser visto de nuevo con respeto por sus colegas; su madre no se hace muchas expectativas, parece totalmente sumergida en la religión y en el sufrimiento que le produce la posibilidad de perder a su marido; y por lo que concierne a la abuela, sólo ve en él los mismos defectos que en cualquier otro joven. Sin embargo, Dominic cree fervientemente en algo, en su brazo izquierdo: esa llave que le abrirá las puertas del éxito, el poder que le permitirá ser admirado por todos, incluso, por Dorothy Parrish, la hermana de su amigo Kenny.

Día tras día, Dominic se pierde en el culto secreto a su brazo: lo frota con ungüento para mantenerlo a temperatura, entabla con él diálogos sobre el futuro, y lo cuida con la delicadeza de una pieza finísima. Ha hecho de él un dios, persuadiéndose de que llegará una época en su vida en la que el brazo le restituirá todos sus cuidados, del modo como se recompensan los actos de fe. Pero todo este culto resalta dentro de la pobreza de su hogar hasta convertirlo en una extravagancia; su padre gana en las cartas el poco dinero con el que subsisten pero, como la suerte no va todos los días por igual, casi siempre hace falta el dinero que antes recibía de su trabajo como constructor. A veces deben sobrevivir todos ellos con unos cuantos dólares: la abuela Bettina, los padres y los cuatro hermanos.

“Esta fue la casa en la que vivió Dominic Molise”, “esta es la calle por la que caminaba el zurdo más grande del mundo”, se repite mentalmente Dominic, proyectando el triunfo para el que se prepara. De tal forma, a esa especie de trance en el que vive el muchacho no alcanzan a llegar las demandas de la realidad, es decir, el poder comprender a una abuela que desea embarcarse de nuevo hacia Italia para morir en paz; el entender la excesiva nobleza de su madre, viviendo cada instante para servir a la familia a través de un fervor casi religioso; el asumir a cabalidad la frustración de su padre, las veladas que pasa junto a las prostitutas del Elks Club, su manera severa y simple de juzgar el mundo; o la curiosa costumbre de su hermano de coleccionar las fotos de Carole Lombard e inventar sus dedicatorias.

Lo cierto es que Dominic está a punto de terminar sus estudios y debe tomar una decisión definitiva: olvidarse de sus sueños y aceptar la realidad tal y como es, lo que implicaría empezar a trabajar con su padre y entregar su vida a la construcción o, por el contrario, abandonar la familia, probar suerte fuera de Colorado y regresar luego para mostrar hasta dónde puede llegar un hombre cuando cree. Y, a pesar de las dificultades económicas, o quizá por eso mismo, se decidirá por lo segundo. Junto a Ken, planean viajar a Catalina para presentarse en los Cubs; su amigo también es beisbolista aficionado pero, aunque comparten el gusto por el deporte y discuten sin cesar sobre el tema, es el polo opuesto de Dominic, en el sentido de que su familia es adinerada.

Y es justamente el dinero el punto que se vuelve más problemático para Dominic: necesita reunir unos cuantos dólares para el viaje, y no sabe cómo conseguirlos. Decide hablar con su padre, quien trata de convencerlo de lo insulso de su proyecto, pero ya sea por amor o por simple deuda con sus sueños, decide ayudarlo. Empero, no es suficiente; hace falta mucho. Así que Dominic toma una decisión alarmante: robar la hormigonera de su padre. ¿Qué más puede hacer? Es lo único que tiene algo de valor en su casa, y en la reunión de ese dinero no puede ayudarlo Ken, sobretodo ahora que las puertas de su hogar están cerradas (Dorothy lo ha visto robando sus panties y ambos se han enfrascado en una pelea acalorada).

Pero al final no sucede nada. Dominic no podría cargar con el peso de robar a su propio padre, especialmente si se trata de la hormigonera que es un símbolo de su trabajo y pasado; cruzar esa línea de egoísmo es algo demasiado fuerte. Ante la mirada reprensora de la abuela vuelve a meterla en la cochera después de pasearla por la ciudad, mas no lo suficientemente rápido como para que su padre no se dé cuenta de lo ocurrido. El viejo Molise escucha las razones de su hijo y aunque no las alcanza a comprender muy bien, mirando aquella casa sucia y triste, tal vez las considera justas. Aquella noche, de modo inusual, el viejo se presentará a cenar con la familia, y pondrá en las manos de Dominic un puñado arrugado de billetes. Al día siguiente el chico debe marcharse, pero hay un asunto con Ken que él no se espera, y algo todavía más triste que puede consternarlo.

La tensión metafísica de Dominic Molise

Las novelas de John Fante se caracterizan por analizar desde diferentes ópticas la tensión religiosa de los inmigrantes italianos. Las obras que protagoniza Arturo Bandini reflejan en parte esto, por ejemplo, refiriéndose a las crisis de valores o a las tensiones religiosas que encarnan personajes cercanos (como la familia). Lo interesante de Un Año Pésimo es que los puntos de mira sobre el fenómeno religioso se multiplican muchísimo, en especial si se tiene en cuenta la pequeña extensión de la novela. Por un lado, podríamos tomar la figura de la señora Molise para estudiar desde ella el prototipo de la mujer católica, los excesos a los que puede conducirla su virtud, y la dificultad que presupone para ella entender ciertas verdades de la realidad.

Por otra parte, también podría intentar establecerse un paralelo entre la forma de asumir lo religioso en una región como la de los Abruzos (de donde es originaria la familia Molise) o de Potenza, y las ciudades modernas de Estados Unidos. A este propósito contribuirían, y no poco, los constantes disgustos de la abuela Bettina en los que siempre saca a relucir las diferencias de valores, costumbres y formas de vida en ambos lados del Atlántico. Finalmente, no sería inoficioso rastrear el tipo de espacios y dinámicas en los que la religión (a pesar de estar muy arraigada en los italianos) empieza a ceder su lugar e, incluso, a convertirse en un discurso arbitrario y retrogrado para ciertos personajes como el padre de Dominic Molise.

Sin embargo, no vamos a acercarnos ahora a ninguna de estas tres perspectivas, sino que describiremos los aspectos que hacen parte de la tensión religiosa que vive el propio Dominic. Básicamente, partimos de dos presupuestos: el primero de ellos tiene que ver con el hecho de que es la incredulidad el foco por medio del cual el protagonista experimenta lo religioso; no es la fe ciega, ni siquiera la plegaria o el rezo las formas en las que Dominic se acerca a dios, a lo metafísico, todo lo contrario, es el miedo y el escepticismo lo que siempre se pone de relieve en sus palabras. Y el segundo presupuesto es la certeza de que hay un proceso de deificación del brazo, una personificación a la que Dominic le atribuye los favores y facultades característicos de los ídolos religiosos.

En la primera parte de la novela esa tensión religiosa se muestra particularmente fuerte. Conocemos allí a un Dominic Molise que se cuestiona una y otra vez sobre la existencia de dios y su influjo en el estado de las cosas. Es obvio que el joven ha visto desde su niñez a una abuela que es religiosa a su manera y, por supuesto, a una madre que a él mismo lo sorprende por su actitud de mártir, por el sometimiento de su voluntad a una disciplina férrea y a unos valores irrefutables. La cuestión de Dominic es que no se imagina mucho, como ella, arrodillado y pidiendo el favor de dios para que pueda convertirse en beisbolista; esto es algo que, a sus ojos, parece poco práctico. Así lo revelan sus palabras:

“Tenía que creer. ¿De dónde habían salido mis medias vaselinas y mis lanzamientos sinuosos, y de dónde había sacado yo aquel poderío? Si dejaba de creer podía venirme abajo, perder el ritmo, regalar bases a los bateadores. Joder, sí, tenía dudas, pero las reprimía. Ya era bastante dura la vida de un pitcher para que encima tuviera que perder la fe en Dios. Un asomo de duda podía entorpecer el uso de El Brazo, de modo que ¿por qué enturbiar las aguas? Deja las cosas en paz. El Brazo procedía del cielo. Cree en eso. No pienses en la predestinación, no preguntes por qué hay tanta maldad si Dios es infinitamente bueno, ni por qué envía al infierno a tantas criaturas suyas si ya lo sabe todo. Ya pensaría en eso más adelante. Juega en la liga menor, alcanza el estrellato, participa en los Mundiales, entre en el Templo de los Famosos. Entonces podrás sentarte a hacer preguntas, podrás preguntar qué aspecto tiene Dios y por qué nacen niños deformes, y quién ha inventado el hambre y la muerte” (Págs. 11-12)

Como se observa en el párrafo el pensamiento de Dominic a propósito de lo metafísico tiene dos líneas. En la primera, se resalta el paulatino proceso de deificación de su brazo; piensa que no creer en él como algo divino traería como consecuencia el venirse abajo; y esto es algo importante porque a medida que avanza la historia todos los demás matices de su tensión desaparecerán para darle sitio a esta única certidumbre que es la de que su brazo izquierdo es una potencia divina. Pero si se lee bien, también se encuentra que hay una preocupación de otra naturaleza con relación a lo que parece injusto o contradictorio en un mundo de bien como el de dios, y son estos elementos frente a los cuales siempre se notará el escepticismo de Dominic Molise: las preguntas por la maldad, por el hambre o la muerte, no se resuelven con la fe, son dudas que asaltan su mente constantemente.

Es interesante observar que, dentro de Un Año Pésimo, la forma de asumir lo religioso es eminentemente individual, es decir, aun cuando puede afirmarse que la familia Molise es católica, y esto porque se hace evidente en algunas de sus costumbres, cada integrante de ella es distinto en su modo de entender y relacionarse con la religión y, más exactamente, con dios. Para la abuela Bettina, dios es un discurso que está en crisis dentro de sus actuales condiciones; era una verdad indiscutible cuando vivía en los campos italianos, pero lo moderno, la cultura estadounidense son cosas que en su opinión van en contravía de lo que antes ella creía. En cambio, para la madre, dios es una fortaleza; su fe la lleva a aceptar cada pequeña tragedia como una prueba y a ver su vida a manera de un calvario que sólo se suaviza con su amor.

Para cada personaje es algo diferente, algo que corresponde a su vida personal y, en consecuencia, algo que se vive en soledad. Es justamente este hecho el que facilita una relación más directa entre Dominic y su brazo. Lo que es seguro para él es que su brazo izquierdo posee un don divino, y así como los creyentes acostumbran a hablar con dios en su intimidad, Dominic Molise iniciará un largo itinerario de conversaciones con su brazo en las que lo metafísico se hará cada vez más grande. Poco a poco se convencerá de que ni su padre ni su madre pueden ayudarle en su búsqueda de gloria, debe confiar en esa otra cosa más poderosa que vive en su brazo; y aunque esos diálogos no tengan la forma de un rezo, sí cuentan con su tono: “Háblame de mi futuro… somos inseparables y nos ocuparemos de todo”, se dice en aquella época Dominic Molise.

Ahora, la prueba más explícita de que Dominic es incrédulo ante el dios católico, pero un fervoroso seguidor de su deificación, o sea, de su propio brazo-dios, la hallamos en la reflexión que tiene cierto día después de discutir con su madre. Las orejas del chico son extremadamente feas, y la madre quiere que pruebe a rezar para obtener el favor de dios de corregirlas; es obvio que la petición raya en lo absurdo, pero lo importante es que permite hacerle comprender a Dominic que tampoco para la mayoría de cosas cotidianas tiene alguna utilidad práctica rezar. Observa a su madre postrada cada día en medio de un montón de figuras y cuadros religiosos, pidiendo a dios que mantenga unido a su hogar, mientras la realidad recrea un desmoronamiento irremediable:

“Estaba arrepentido de haberle gritado y me odiaba a mí mismo, pero la idea de rezar a la madre de Dios para que me acercara al cráneo unas orejas que su propio hijo había alejado previamente, me parecía el colmo de los despropósitos. ¡Rezar! ¿Para qué servía? ¿De qué le había servido a mi madre? Mi padre en la cama con ella todas las noches, oyendo el tintineo del rosario, encontrándosela de rodillas, tiritando de frío, ¿qué cojones haces ahí?, ven a la cama, por el amor de Dios, que te vas a congelar, y cada plegaria era para él como un latigazo en el trasero, porque le hacía pensar en su propia insignificancia, una mujer que era como un niño que escribe a los Reyes Magos, que salta de la vida para caer en los brazos de Dios, de Santa Teresa, de la Virgen María. Ah, mi madre era una buena mujer, una mujer noble, nunca engañaba ni mentía ni decía una palabra indecorosa. Fregaba el suelo, tendía toneladas de ropa, planchaba a todas horas, cocinaba, cosía, barría y sonreía con ánimo en los momentos difíciles, víctima de Dios, víctima de mi padre, víctima de sus hijos, iba por la vida con los estigmas de Cristo en las manos y los pies y una corona de espinas en la cabeza. Era tan insoportable verla sufrir que me habría gustado que dijera mierda, jódete o vete a tomar por culo. Suspiraba por el día de la sublevación en que por fin estrellara una jarra de vino en la cabeza de mi padre, le cruzara la cara a Bettina y moliera a palos a sus hijos. Lejos de ello, nos castigaba con padrenuestros y avemarías y nos estrangulaba con rosarios” (Págs. 25-26)

Pueda ser que en la madre de Dominic muchos lectores encuentren una figura ideal, estimando en ella una mujer incorruptible, amable y entregada. Pero la intención de Fante no es proponerla como ejemplo, básicamente porque la encuentra desprovista de todas las cualidades que se necesitan para vivir. Siempre en su literatura los personajes viven, y esto significa, desesperadamente, incluso, violentamente; no hay en ellos tantos espacios muertos como en la madre de Dominic; para ella lo vital, todo lo que puede ofrecerle la vida en su familia, en su ciudad, en su imaginación, se reduce a purgarlo de un modo religioso. Más adelante, su propio hijo la encontrará culpable de la condición de su familia: nunca supo reprender a su marido borracho y mujeriego, por eso hay pobreza en su casa; nunca habló con sus hijos a través de palabras que no fueran sacadas de la Biblia, y por eso ellos la consideran una encarnación ininteligible.

Esto no significa, obviamente, que Dominic Molise sea enteramente un hombre práctico; antes bien, la deificación de su brazo lo irá atrapando, tanto como a su madre la fe en dios. En el fondo, Dominic es un místico; si no, cómo se explica que lleve al grado de ídolo una parte de su cuerpo y que sus decisiones más importantes siempre dependan de algo que llega a él. Por ejemplo, tenemos la escena en la que se convence de que es una mala idea robar la hormigonera de su padre. Va conduciendo la camioneta hacia el lugar en donde la venderá, pero debe atravesar antes el cementerio; de pronto, como una intuición, como una especie de premonición se acerca hasta un pedestal que hay en el camino, y lee: “Giovanni Molise 1853-1926”. Es el nombre de su abuelo, el mismo que le hace sentir un corrientazo en su cuerpo, como un llamado interior a la cordura. “Esta no es la forma de hacer las cosas, Dom”, y esa tarde termina persuadido de que su destino es cavar zanjas y poner ladrillos como su padre.

La primera vez que Dominic tiene una solución práctica para su vida, lejos, por un lado, de las inquietudes religiosas y, por otro, de su fe en el brazo, descubre que las acciones tienen implicaciones morales. Necesita dinero, y bien, ¿qué cosa más sencilla que tomar de la cochera una hormigonera vieja, venderla, reunir lo del viaje y, luego de que haya triunfado, restituírsela a su padre por una nueva? Pero hay ese algo místico en la tumba del abuelo que lo sienta sobre su vida, dejándolo como a su madre, relegado en los sueños. Más allá de todo lo miserable que a sus ojos pueda parecerle su familia es la que en suerte le ha correspondido, y un hilo sutil e indefinible lo liga con ella por encima de cualquier cosa.

Familia y sociedad

El tipo de familia y sociedad que presenta Un Año Pésimo no varía en absoluto del de las otras obras de John Fante, y este no es una invención literaria, sino un retrato de la manera como vivieron la mayoría de inmigrantes italianos en Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX. Ya habíamos escrito unas palabras con relación al tema cuando reseñamos La Hermandad de la Uva, así que sólo haremos notar algunos elementos importantes.

Primero, hay que destacar que, de modo general, las familias italianas de la época eran numerosas. Es algo que sobresale en La Hermandad de la Uva, pero que allá no alcanza a revelar tanta intimidad como en esta novela. La familia Molise, por citar el caso, está formada por la abuela Bettina, los padres y cuatro hijos; todos acomodándose como mejor pueden en una pequeña casa de los suburbios. Dominic tiene que dormir con su hermano en la misma cama, mientras los dos hijos más pequeños duermen en la sala, Bettina en un cuarto aparte y sus padres en el último. Siempre hay peleas por cualquier cosa: alguien olvidó apagar la luz, alguien no colabora con el orden de la casa, etcétera.

Sobre la base de esta familia prototípica se organizan una serie de espacios que pueden o no ser totalmente compartidos por sus miembros. Está, por ejemplo, la comida; no en vano se habla de tantos platos italianos, y si hay una cosa práctica que sepa hacer la madre de Dominic es cocinar: mezclar vinos y salsas, aplicar esto a aquello para convertirlo en algo diferente, sorprender cierto día con un plato de Potenza. Y esto no es insustancial en la novela; el paladar es algo que define al inmigrante porque, al interior del hogar, y a través de la comida, trata de mantener viva su cultura y raíces. Ahora bien, nos referimos a la comida en sí misma, no al acto de compartirla en familia, puesto que los Molise están divididos en pequeños fragmentos: el de los hijos más jóvenes, el de Dominic, el del padre borracho, el de la madre abnegada; siempre es muy difícil que todos coincidan en la mesa. Por tal razón, se entienden los quejidos de Bettina:

“Yo conocía el sufrimiento de su alma y me compadecía de ella. Estaba sola, con las raíces colgando en una tierra extraña. No quería venir a América, pero mi abuelo no le había dado otra opción. También en los Abruzos había pobreza, pero era una pobreza más dulce que todo el mundo compartía, como el pan que se pasa en la mesa. También se compartía la muerte, y el dolor, y los buenos momentos, y la aldea de Torricella Peligna era como un único ser humano. Mi abuela era un dedo arrancado a aquel organismo y nada podía aliviar su desolación en la nueva vida que llevaba. Era como todos los que habían llegado de su rincón de Italia. Unos iban tirando, otros eran ricos, pero de su vida había desaparecido la alegría y el nuevo país era un lugar solitario donde ‘O sole mio’ y ‘Vuelve a Sorrento’ eran canciones tristes” (Págs. 19-20)

Observando más detalladamente, Un Año Pésimo ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el modo como la inmigración se convierte en un proceso que se asume generacionalmente de formas diversas. Para quienes han llegado al nuevo país en su madurez o, incluso, ya siendo viejos, una nueva cultura, con su propio lenguaje y costumbres, se convierte en un reto para la comprensión. No hay forma de que lo puedan asumir tan fácil y cotidianamente como sí lo hacen los muchachos que empiezan a nacer allí, y para quienes el problema de la inmigración se traduce en una tensión entre los valores que ahora conocen en su escuela o la radio, y el llamado que hacen los viejos hacia las raíces de su cultura.

En otras palabras, las consecuencias de la inmigración tienen rasgos particulares según la generación de la que se hable. Para los más viejos (allí está el caso de Bettina) será la amargura; no encontrar una forma de equilibrar ambos universos, sobretodo, no poder hallar algo que la vincule a su entorno, la hará sucumbir progresivamente en la irritación. Para el padre de Dominic la cuestión también tiene que ver con irritación, pero en este caso, con el hecho de sentir que sobre el inmigrante italiano pesa una carga que lo obliga a pertenecer, sin importar los esfuerzos para evitarlo, a las capas más pobres de la sociedad; la obstinación del viejo Molise de verse a sí mismo como albañil y de querer que su hijo también lo sea, tiene una raíz cultural, que está basada en el haber visto durante muchos años a todos sus compatriotas ejerciendo el mismo trabajo, y viviendo pobremente como ellos.

En cambio, Dominic Molise puede ver en la sociedad estadounidense aquello que su padre y abuela no: la oportunidad. Convencido de que tiene un don especial, sólo necesitará un poco de suerte para triunfar; está en el país de las chances, en una sociedad que es ferviente seguidora del beisbol, y él es el dueño del brazo izquierdo que lo convertirá en un jugador legendario. Su cultura, esto es, su realidad objetiva, ya no es algo por lo que haya que amargarse, y tampoco algo que lo ate irremediablemente a la pobreza. Es cierto que Dominic todavía tiene accesos de duda; piensa a veces que su padre dice la verdad y para él no existe otro camino que convertirse en constructor, pero él también tiene la fuerza del sueño, y esa es la característica más notable de los hijos de inmigrantes.

En todo caso lo que más notoriamente se ve en la historia de Fante es la pobreza. Él mismo la conoció desde su infancia y fue su realidad a lo largo de la vida; siempre teniendo que trabajar en cosas que le desagradaban, teniendo que sacrificar su vocación. Ese es el fondo también de las novelas protagonizadas por Bandini, soñando desde la miseria de Bunker Hill que llegará a ser escritor y, entretanto, cargando pescado en un embarcadero, durmiendo a la intemperie en cualquier parque, caminando con sus zapatos rotos sin un centavo en el bolsillo. Y, por supuesto, en Un Año Pésimo, la pobreza también es lo que define la familia de Dominic y, por extensión, la sociedad en la que vive. Así lo piensa el mismo Dom mientras observa a su padre:

“No le había sido fácil reconocer la bancarrota. Era un hombre orgulloso, con fe en sí mismo y en los buenos tiempos, y guardaba para sí sus problemas con toda la firmeza que podría permitirse un pobre. Nunca había pedido ayuda hasta entonces. Lo miré y vi a un hombre solitario, con una casa llena de críos y sin la menor salida. Nunca tendría más que lo que llevaba puesto, el saco de las herramientas, la hormigonera y su taco preferido. Seguiría trabajando año tras año hasta que se le acabaran las fuerzas, hasta que ya no pudiera doblarse sobre una hilada de ladrillos y la paleta se le cayese de la mano. ¿Había salido de los Abruzos y recorrido tantos kilómetros para acabar así? La abuela Bettina tenía razón. Habría tenido que quedarse en su tierra. Si se hubiera quedado, también habría cambiado mi vida. ¿A qué jugaban en Torricella Peligna? ¿Al fútbol? ¿A la petanca?” (Pág. 33)

Cada quien purga la pobreza a su manera: Dominic soñando una y otra vez con un futuro promisorio, sintiéndose predestinado para el beisbol, imaginando las frases con que celebrarán su carrera los periódicos. Mientras tanto, su hermano se olvida de la miseria dejándose llevar por el deseo, inventando que Carole Lombard le escribe mensajes sugestivos debajo de fotografías. La madre de Dom, se sumerge en la religión, y asume la pobreza como un viacrucis propio. Y el viejo Molise reta su suerte en las cartas o el billar, reuniéndose en el Elks Club con todos los inmigrantes como él, hastiados de su mundo.

Finalmente, hay un elemento que contribuye a hacer más notoria la condición del inmigrante frente al estadounidense, y es el hecho de que el amigo de Dominic, Ken, sea adinerado. En la novela tienen lugar un par de discusiones entre ambos acerca de la injusticia que hay en la sociedad, y todas las barreras que deben superar los italianos en contraste con otras personas para quienes las cosas van más fácilmente. El hecho de que Dominic nunca se decida a pedir prestado el dinero que requiere a su amigo, refleja que su identidad está muy bien trazada, tanto que lo único que desea es probarse a él mismo y a todos los demás cuán lejos puede llegar siendo un inmigrante.
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Un Año Pésimo respira una vitalidad excepcional; tal vez no tenga una historia sorprendente, pero es más sincera y exacta que cualquier celebrado relato de ficción.

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