AUTORES: Isabel Goyes M., Sonia Díaz del Castillo, et al
TÍTULO: Elementos Teóricos de un Currículo Universitario para la Modernidad
EDITORIAL: Universidad de Nariño (Primera edición)
AÑO: 1996
PÁGINAS: 124
RANK: 7/10



Por Alexander Peña Sáenz
La educación atraviesa un momento crítico en el sentido de que cada vez se ve más supeditada a las lógicas de mercado que la reducen a la producción de mano de obra calificada. La Universidad, como institución educativa, también se ve afectada por esta problemática, teniendo que enfrentar, por un lado, la marcha del mundo moderno (con sus políticas de exigencia en cuanto a saberes y metodologías) y, por otro, la distancia que muchas veces asume frente a las cuestiones sociales. Elementos Teóricos de un Currículo Universitario para la Modernidad, examina esa situación de desfase entre la sociedad y la Universidad, es decir, la distancia entre el lebenswelt (mundo de la vida) y el saber (conocimientos declarativos).

De modo general, la propuesta que presenta el libro consiste en revaluar las nociones inmediatistas de productividad, eficacia y calidad, con el ánimo de apuntar hacia un trabajo más centrado en el ser humano. Por tal razón, lo moderno es entendido aquí como el centro de la acción universitaria, de la emancipación social; una esencia filosófica que se sustenta en la racionalidad, la autonomía, la libertad, la justicia y la democracia. Pueden percibirse algunas preguntas centrales de los autores: ¿cuáles son los elementos teóricos de un currículo universitario que forme desde y para la sociedad? y, ¿cómo articular los sentidos filosófico, social, ético y político de la Modernidad en un currículo de educación superior?

Para responder estas cuestiones se deben situar tres aspectos, a saber: modernidad, currículo y universidad. Así, la línea reflexiva del libro que quisiéramos resaltar en este documento recorre una serie de estaciones: 1) la definición de los ideales de la Modernidad, 2) el tipo de currículo que ha de plantear la Universidad para cumplir con los ideales modernos, 3) el carácter que se exige de la Universidad para el diseño de dicho currículo, 4) los elementos teóricos que contribuyen a la consolidación de una Universidad capaz de alcanzar la emancipación moderna.

Caracterización de la Modernidad: sus ideales

La Modernidad es el discurso que emerge como contraposición a las antiguas tradiciones del Medioevo. Como época histórica, se puede afirmar que la Modernidad surgió en el Renacimiento, consolidándose durante la Revolución Francesa, en la que se plasmaron los ideales de la Ilustración (siglos XVIII y XIX). En el ámbito filosófico, a lo largo de los siglos XVII y XVIII ganaron fuerza las corrientes de pensamiento que privilegian sobre los otros niveles de la experiencia humana, la razón, capaz de comprender la realidad presente y, en su momento, socavar la ideología eclesiástica y feudal. Según Habermas:
“El término ‘moderno’ expresa una y otra vez la conciencia de una época que se pone en relación con el pasado de la Antigüedad para verse a sí mismo como el resultado de una transición de lo viejo a lo nuevo” (Habermas, Jürgen. Modernidad Versus Postmodernidad. Pág. 32)

Uno de los movimientos cumbre de la Modernidad fue el de la Ilustración. Los ilustrados fueron portavoces de las revoluciones burguesas, siendo Francia el país que contó con ellos en más número: Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Diderot, entre otros. En Alemania, Kant lanzó la insignia de la Ilustración: “ten el valor de servirte de tu propio entendimiento”, máxima que llevaba al hombre a situarse frente a su libertad y autonomía. De esta forma, la subjetividad se consideró la única fuente de los principios normativos, y la razón la fuente de saber absoluto, pues todo saber era inmanente de la conciencia misma.

Posteriormente, puede ubicarse un nuevo periodo de la época moderna con el advenimiento del marxismo, toda vez que éste asumió la tarea de construir una praxis mediadora de la razón y su concreción histórica. Esta praxis está determinada por el desarrollo de las fuerzas productivas (capital, trabajo, técnicas) a favor o en contra de las relaciones sociales de producción. Marx creía que las fuerzas productivas provocarían el cambio de las relaciones sociales de dominación por las de emancipación. Para él, el principio básico de la Modernidad no es la autoconciencia sino el trabajo o “filosofía de la praxis”, esto es, una concepción instrumental de la racionalidad.

Por último, puede identificarse una síntesis idealista de la Modernidad en el pensamiento del filósofo alemán Jürgen Habermas, para quien la razón debe sumar a su carácter crítico una dimensión emancipadora, capaz de realizar concretamente la libertad humana. En el mundo moderno del siglo XX, la razón se entendió de al menos dos maneras: por un lado, como la acción deliberada propia de los “mundos sociales”, o sea, las formas instrumentales del capitalismo, donde yacen todas las patologías modernas y, por otro, como la acción comunicativa propia del mundo vital (consensual, crítica y dinámica). En esta última dirección se orienta el trabajo de Habermas.

La acción comunicativa es una propuesta para resolver problemas de comunicación social mediante el poder persuasivo del discurso, asumiendo que sólo así prospera la idea del entendimiento mutuo. La comunicación se convierte así en mediación, el elemento constitutivo central de la organización social. Para Habermas es posible construir la Modernidad desde la comunicación, enfrentando sus patologías y desencantos. La acción comunicativa es “la capacidad de descentrar y luego relacionar lo diferenciado”. Las dimensiones de su propuesta son el mundo objetivo (los fines e instrumentos de la razón, la cognición y la ciencia, todo ello organizado en un ámbito teleológico) y el mundo social, correspondiente a las relaciones humanas en las que se desenvuelve la moral práctica.

¿El currículo apunta a los ideales modernos?
Teniendo claridad sobre la noción de Modernidad, se hace pertinente la pregunta sobre si el currículo de la Universidad actual considera o no los ideales modernos de racionalidad, comunicación, historia, etcétera, o si, por el contrario se encuentra orientado hacia otro tipo de horizontes. A propósito los autores afirman:

“En la experiencia los currículos resultan también teóricos y de tipo instrumental, de modo que en la práctica docente y pedagógica siguen siendo ajenos a la realidad cotidiana, y por lo tanto, en su acción no tienen mayores efectos en la emancipación social, todo lo contrario, desempeñan un papel reproductor en la ideología dominante” (Pág. 23)

Los factores que deben considerarse al abordar esta cuestión son numerosos: la falta de preparación sobre teoría de los elaboradores y los ejecutantes del currículo, el no explicitar y debatir los problemas que surgen en su desarrollo, la indiferencia frente a la necesidad de actualización, la rigidez de los planes de estudio y las estructuras curriculares, y la influencia dispersa de variadas tendencias ideológicas, filosóficas, sociológicas, pedagógicas y culturales. Por una u otra razón, los currículos son aceptados sin inconvenientes ni cuestionamientos por quienes deben ponerlos en marcha; asimismo, poca importancia se le atribuye a la desconexión entre teoría y práctica, a los contenidos caducos y descontextualizados:

“La consideración de que el currículo es simplemente lo que debe ser enseñado y aprendido como relación de causalidad, ha propiciado unas prácticas rutinarias y tradicionales que en nada consultan ni resuelven las exigencias de un mundo de acelerados avances científicos y tecnológicos de una sociedad que afronta diversos escenarios de Modernidad y Modernización, situación que distorsiona la misión de la Universidad y diluye el cumplimiento de sus funciones de investigación, docencia y extensión en espacios que no resultan apremiantes en el ámbito de las necesidades actuales y que no buscan la construcción del conocimiento como objetivo prioritario sino que se mantienen aún en su transmisión” (Pág. 23)

Teoría curricular, hacía un currículo crítico
A finales del siglo XIX, en pleno auge de la industrialización, se detecta un fenómeno de masificación en la educación, supeditada a los objetivos nacionales particulares. Hoy día puede advertirse que la educación también se ha puesto a servicio del totalitarismo, y de los ámbitos liberales y neoliberales. Por ejemplo Ralph Tyler (1949) diseña un currículo para profesores técnicos desde las ciencias de la economía, las cuales plantean teorías técnicas del currículo: escolarización para el trabajo.

Al contrario, alejada de esta concepción economicista, Joseph Schwab (1969) propone un currículo de enfoque práctico; en él, los aspectos de la teoría abstracta dan lugar a un espacio práctico, hechos reales en donde participan actores reales: profesores y estudiantes. Su currículo parte de la acción y sobretodo de la participación activa del profesorado. Stenhouse llevaría la batuta de esta nueva concepción curricular, pues para él “en la orientación práctica del currículo se trata de concebir su desarrollo como un proceso de deliberación constante, donde hay que formular alternativas de acción a comprobar en situaciones reales”.

Desde esta perspectiva, el papel activo del estudiante es de suma importancia. El profesor debe propiciar alternativas para que los estudiantes puedan pensar por ellos mismos y no repetir las acciones del docente de forma mecánica. Por otra parte, el profesor ha de actuar a la vez como investigador, capaz de cuestionar sus formas de enseñanza para mejorar el aprendizaje. En esta vía, Stenhouse identifica el currículo como “puente” teórico–práctico a ser reflexionado, pues la función curricular es la de “comunicar los principios y rasgos esenciales de un propósito educativo de forma tal que permanezca abierto a discusión crítica y pueda ser trasladado a la práctica”.

Ahora, profundizando más en el papel activo del profesor como investigador, surge la teoría crítica del currículo, planteada por Kemmis en su texto de 1986, Educación y Sociedad. Kemmis dice que:

“La escolarización sirve a los intereses del Estado. El currículo no debe quedarse en el simple campo de la reproducción cultural y social de la dimensión económica de la sociedad, sino que puede y debe trascender ese nivel, generando prácticas escolares que contribuyan al proceso transformador de la sociedad” (Pág. 84)

Es evidente que los mecanismos de reproducción social operan en las escuelas y universidades con el fin de mantener la continuidad de la sociedad. Sin embargo, la teoría crítica del currículo implica una forma de razonamiento dialéctico, una meta-teoría orientada al interés emancipador habermasiano; y una forma metodológica: la crítica ideológica a los procesos sociales y educativos. Esencialmente, la teoría crítica del currículo tiene un fuerte interés liberador, buscando la construcción de saberes a partir de la interpretación de las circunstancias históricas y sociales.

Esta teoría sobre el currículo se acerca mucho a la forma de conocimiento que plantea Habermas, para quien los saberes se fundan en distintas naturalezas: de interés técnico (ciencia), de interés práctico (cultura) y de interés de emancipación (ciencia crítica, evolución social). En este sentido, son innegables los aportes de Kemmis a la teoría curricular y educativa; es a partir él que los educadores han buscado elaborar críticas a la educación y sumarse a la lucha histórica, social y política para transformarla. Este es el enfoque que más se acerca a los ideales de la Modernidad.

Ideales y misión de la Universidad

La Universidad se caracteriza por poner en juego saberes, ciencia y conocimiento. Se constituye como el espacio para el “ejercicio de la reflexión conjunta, la polémica calificada y el predominio de la razón". Entre sus rasgos se encuentra la autonomía interna (de organización), la autonomía externa (la de no interferencia de otras instituciones sociales), su carácter democrático (toma de decisiones sobre su destino), su carácter científico (ser y estar en el mundo), y su universalidad (la inexistencia de fronteras o límites para el conocimiento). En otras palabras, la Universidad existe:

“...como un lugar en donde se empujan las fronteras del conocimiento en todos los órdenes, como realización de la vocación humana hacia la búsqueda de la verdad sin restricciones como comunidad espiritual de maestros y discípulos movidos por un mismo espíritu: el de la formación del intelecto a través de la ciencia y mediante la docencia calificada” (Orozco, Luis Enrique. Universidad y cultura.)

En lo concerniente a los docentes, éstos deben promulgar a cabalidad todos los ideales universitarios.

“La docencia universitaria no puede limitarse a entregar un saber codificado sino que debe desarrollar la capacidad de aprender. El maestro por lo tanto, debe convertirse en un canalizador, incitador, facilitador de los procesos intelectuales de los estudiantes, orientados hacia la construcción del conocimiento, a la búsqueda de soluciones a la problemática social para su transformación” (Pág. 89)

La Universidad actual debe empezar por formar, antes que nada, seres humanos, e involucrar la investigación y el cuestionamiento del entorno; también evaluar sus niveles de competencia científica, supervisar la calidad en la práctica curricular, y determinar su misión, rumbo, jerarquías, relaciones de componentes y roles frente a la sociedad. En síntesis la Universidad ha de “ser fiel a sí misma” a través de la discusión racional, la tradición escrita y la reorientación y reorganización de la acción. De esa forma permitirá que los estudiantes sean individuos emancipados merced a su capacidad de cuestionar.

El currículo universitario en el horizonte de la Modernidad
A la luz de la teoría de la acción comunicativa, el cambio social es posible y deseable. El medio para alcanzar este propósito es la educación, la cual posee una secuencia dialéctica que responde a los cambios de cada época.

“La educación es un proceso que se mueve con la historia y al mismo tiempo la impulsa, ya que su origen, su naturaleza y su finalidad son sociales. No en vano, ella ha sido el motor básico para superar el orden existente, tiene por tanto la capacidad y responsabilidad de incidir en la permanencia o cambio de realidades sociales” (Págs. 94-96)

La educación es comunicación, es decir, está guiada por una racionalidad comunicativa. Por esta razón, la educación es el modelo ideal de acción comunicativa necesaria para la filosofía. El lenguaje es concebido bajo los parámetros de una racionalidad comunicativa, único poder no violento del hombre para persuadir o convencer a sus congéneres. Esta racionalidad significa el fin de una época de especialización mecánica, para buscar un campo de producción pluralista e inter-textual. Educar comunicativamente es educar para la libertad. Esto se identifica con los ideales promulgados en la Ilustración, con la salida de la minoría de edad, para servirse del propio entendimiento.

Es sumamente urgente formar desde los campos del mundo de la vida: el técnico-científico (tendencia hacia el progreso), el moral-práctico (valores, identidad, ser social), y el estético-expresivo (mundo subjetivo, ser simbólico). Según Kant, la educación para la libertad debe entenderse asociada a su límite: el reconocimiento de la libertad del otro. La educación universitaria no puede desconocer la importancia de los estudios filosóficos y humanísticos, pues a través de ellos puede llegarse a la toma de posiciones críticas, de cuestionamientos de la validez social y política de las ciencias vigentes. Se debe rescatar y fortalecer el enfoque humanístico de los currículos universitarios para desarrollar una verdadera misión de transformación social que permita tomar conciencia de nuestra historicidad.

Es bien sabido que en la Universidad actual se reproduce el modelo neoliberalista, tan en boga en el discurso económico. Tal concepción pretende adecuar la universidad a la dinámica del mercado y la competitividad. Para superar esta lógica hegemónica un currículo para la Modernidad exige una pedagogía de la creatividad que se traduzca en libertad intelectual, en desarrollo de la criticidad, la imaginación, la lúdica, la fantasía y las utopías. Urge repensar la pedagogía, que parte de la reflexión y la sistematización del saber pedagógico, a fin de lograr la concientización del docente sobre su quehacer, transformándolo en una praxis. Se exige pues un cambio de actitud del docente hacía el reconocimiento de su papel como educador, constructor del currículo y como investigador permanente de sus propias prácticas.

Elementos teóricos de un currículo universitario para la Modernidad

En opinión de los autores, para que el proyecto de construir y adecuar un currículo universitario desde los ideales de la Modernidad, los siguientes elementos a continuación numerados podrían hacer posible esta tarea:

1. Complementariedad y contextualización de los saberes: el currículo universitario debe partir del reconocimiento de los diversos tipos de saber y de la necesidad de un diálogo permanente entre los saberes y de ellos con el mundo de la vida. Ya que es propio del proyecto Moderno la integración de la ciencia, la moral y el arte.

2. La racionalidad comunicativa: la acción comunicativa y la apropiación de códigos con los cuales se trasmite y circula la información para posicionar la discusión racional, y disputar discursivamente a través del poder argumentativo del lenguaje.

3. Ética discursiva: los valores civiles como máximas de acción. Basarse en la unión de intelecto y de moral.

4. Libertad y justicia en el contexto comunicativo: lograr la mayoría de edad, autonomía, libertad, emancipación y justicia social.

5. Democracia participativa: el proyecto político de la Modernidad es la democracia, ciudadanía y soberanía popular. Tolerancia por la otredad, respeto a la diferencia, libre confrontación de ideas, renuncia a la violencia, y reivindicación de los derechos humanos.

6. Secularización y despositivización de la cultura: requiere de un análisis de los hitos en que se hace un uso acrítico de la simbología y de los supuestos de la cultura religiosa y de la ciencia positiva y una comprensión del cómo se mantienen ciertas formas de poder, jerarquía e intermediación enajenadoras de la conciencia e impiden el ejercicio de la autonomía y autogestión.

7. Autonomía y pluralidad cultural: no dejar de lado la multiculturalidad y la pluriculturalidad del pueblo latinoamericano. Esto es un elemento básico en cualquier programa de desarrollo e integración.

8. Conocimiento emancipador: la universidad debe mirar la ciencia de manera especulativa y analizar críticamente sus principios. Formar con criterios que atienden a las exigencias del bien común y del bienestar general.

9. Expresión estético–simbólica: cultivar la sensibilidad y el goze artístico. También velar por la protección de todas las regiones simbólicas del mundo social. Es un criterio para reivindicar y hacer florecer la lúdica y el goce de lo bello.

10. Equilibrio ambiental: compromete al currículo hacia la sensibilización del ser humano para percibirse como parte vital del planeta. Es un aprender a estar en el mundo para convivir sanamente y protegerlo.

Sugerencias metodológicas para la concreción curricular
En síntesis pensemos para el contexto académico y universitario lo siguiente:

“El currículo (debe actuar) como un proyecto educativo emancipador que se determina con la activa y democrática participación de todos los agentes en él involucrados; cuyo desarrollo debe entenderse como un proceso en continua construcción, abierto a la crítica y contextualizado en su respectivo entorno; que se experimenta en la práctica cotidiana y se valida en su reflexión y confrontación pública” (Pág. 117)

A partir de un enfoque socio-crítico, surgen alternativas curriculares como producto de una renovada idea acerca de la naturaleza y el papel de la teoría del conocimiento y de la ciencia, donde el ser humano, en todas sus dimensiones y potencialidades, es el centro de la acción educativa. El currículo debe fundamentarse en los principios filosóficos, epistemológicos, éticos, psicológicos y pedagógicos de la Teoría de la Acción Comunicativa y del proyecto cultural y educativo de la Modernidad. La acción comunicativa actúa como el eje dinamizador de toda la actividad curricular de la universidad ya que permite el análisis, la crítica, la socialización y el debate de las diferentes perspectivas teóricas, ideológicas y metodológicas que organizan y orientan los procesos académicos de la educación superior.

“La configuración del proyecto curricular debe entenderse como proyecto social educativo y personal que mediante procesos argumentativos permita la presencia de los diversos actores sociales a los cuales el currículo busca transformar, tales como profesores, estudiantes, gremios, sector productivo, autoridades, administradores, comunidades académicas, científicas y disciplinarias, profesionales, líderes intelectuales… Esta forma de acción comunicativa garantiza que el currículo corresponda a las necesidades y expectativas sociales, comprometiendo igualmente a todos sus inspiradores en su observancia y ejecución” (Pág. 122)

Es vital retomar las ideas de Kemmis sobre el currículo integrador: la intervención de la teoría y la práctica, en donde la actividad pedagógica es el momento crucial de todo proceso curricular. De igual manera, en este ámbito integrar y enriquecer una eticidad educativa (foros permanentes, círculos de estudio y la acción auto gestora de aprendizaje), una historicidad (tradición de escritura, ensayos, monografías, reseñas), y una creatividad (auto-evaluación, valoración de logros progresivos y co-evaluación).

“Toda innovación curricular tiene que partir del reconocimiento de que el docente es la unidad básica que discute, modela y lleva a cabo el currículo, y por lo tanto él se convierte en el principal protagonista del cambio que deseamos se realice en el ámbito universitario en orden a lograr la emancipación humana en el contexto de la Modernidad” (Pág. 128)
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La universidad debe propiciar y adelantar el debate permanente abierto y público de todas las tendencias, es decir, buscar la verdad sin restricciones hacía una plena autonomía. Lo anterior está claramente contrapuesto al concepto de currículo técnico concebido en el neoliberalismo, el cual sólo debe servirnos como base para la emancipación.

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