AUTOR: Fiódor M. Dostoievski
TÍTULO: Memorias del Subsuelo
EDITORIAL: Cátedra, S.A. (Quinta edición)
AÑO: 2009
PÁGINAS: 198
TRADUCCIÓN Y NOTAS: Bela Martinova
RANK: 10/10


Por Alejandro Jiménez

Cuando un lector se encuentra con un libro como este comprende las razones por las cuales resulta tan difícil precisar los límites de los géneros literarios. De un lado, porque la innovación que se viene alcanzando en términos de lenguaje ha contribuido a franquear las barreras de lo que en otro tiempo pudo encerrarse bajo nociones como novela o poesía; pero, además, porque la literatura, en conjunto, se ha movilizado hacia saberes cuya naturaleza no es esencialmente ficcional, como la filosofía o la política, estableciendo con ellos un espacio de mutua implicación. Es decir, hay obras que no sólo ponen en crisis el canon literario al combinar las cualidades de varios géneros, sino también al trascender el concepto mismo de literatura poniéndolo en diálogo con discursos de origen diferente.

Frente a este tipo de ejercicios pueden rastrearse muchas opiniones: hay un grupo de lectores –muy puristas- que los rechazan categóricamente, argumentando que detrás de ellos se evidencia, ante todo, la incapacidad del autor para valerse de forma estricta de los recursos propios de un género; otro grupo, les da su visto bueno, aunque los celebra con poco entusiasmo, observando que no se trata de una exigencia que deba generalizarse y; por último, ciertos lectores manifiestan abiertamente su preferencia hacia esta clase de obras, señalando que son justamente ellas las que permiten que la literatura se vitalice y evolucione, desligándose de los moldes que la tradición suele atribuirle. Sólo una verdad irrebatible está más allá de estas diferencias, y es que obras así no se hallan fácilmente, puesto que su condición primaria es la de la excepcionalidad.

La certeza de estar frente a un libro de esta categoría, capaz de hacer tambalear las zonas de seguridad de la literatura, es lo que lleva a Bela Martinova a afirmar: “Memorias del Subsuelo es una obra de Dostoievski de considerable importancia máxime cuando en sus relativamente pocas páginas se concentra más contenido filosófico que en ninguna otra obra del autor”. Esta no es una novela concebida desde los habituales esquemas del género (héroe, trama, narración), sino a partir de una síntesis con la filosofía, rasgo que la lleva a recorrer un camino en donde predomina la libertad creativa y, sobretodo, “la búsqueda de reflexión y análisis crítico”. Nabokov consideró el libro un desacierto, mientras que Bajtín lo ha convertido en un lugar recurrente de sus ensayos; dos posiciones que revelan todo lo polémico que puede llegar a ser su lectura.

Además de esto, Memorias del Subsuelo es una obra transgresora por otros motivos. En primer lugar, porque anticipa la reflexión sobre la figura del funcionario, esa que luego encontrará en Kafka su punto más crítico; aquí estamos frente a un hombre inmerso en el juego de cargos y rangos sociales, contradictorio y sometido como, por ejemplo, Gregorio Samsa. Por otra parte, es una novela que, por su tono, debe contarse como una de las referencias existencialistas más importantes del siglo XIX; hay mucho en sus páginas de esa introspección que tiempo después sería la condición irrevocable de la narrativa de Jean-Paul Sartre o Virginia Woolf. Finalmente, es una obra que lleva al límite las consecuencias que tiene para el hombre la confianza excesiva en la ciencia y la razón, esto es, la reducción de la vida a un plano formal y descriptivo que prescinde de la espontaneidad, del espíritu comunitario y la divergencia.

La novela está dividida en dos partes harto diferentes: la primera, es la más directamente filosófica; en ella, el protagonista establece una especie de diálogo con el lector a través del cual, remitiéndose a su experiencia como funcionario durante cuarenta años, organiza su disertación sobre cuestiones tales como la culpabilidad, el resentimiento, la ambigüedad en la que lo sumió su trabajo, la pobreza y soledad que lo caracterizan, etcétera. La segunda parte, titulada A Propósito del Aguanieve, posee un carácter más narrativo, siendo así que en sus páginas el hombre del subsuelo se dedica a contarnos algunos hechos que han sido definitivos en su vida: el curioso deseo de venganza hacia un oficial al que persiguió por más de dos años; la dificultad para mostrar su superioridad a los ex-compañeros de colegio; y su contradictoria relación con Liza, la prostituta ante la que desea erigirse como voz moral, aun a sabiendas de su propio vacío.

En lo que sigue, se hará una semblanza del hombre del subsuelo, a partir de la cual podrá perfilarse un análisis de la novela en dos niveles: 1) el de la duplicidad en la personalidad de su protagonista y, 2) el de la crítica que se hace en ella a ciertos discursos concretos como los de la ciencia y la razón.

Sobre el hombre del subsuelo

Una primera condición salta a la vista para quien lee Memorias del Subsuelo, y tiene que ver con el hecho de que el protagonista de la novela sea un hombre anónimo, un individuo al que no le interesa decirnos su nombre, considerando más importante presentarse a sí mismo como funcionario. Esta situación no es fortuita; por el contrario, tal y como sucede en otras obras de Dostoievski –como El Cocodrilo-, el autor busca proponer de entrada una crítica a la deshumanización de su época, especialmente merced a la división del trabajo y la “tabla de rangos”. Hay un momento dentro del proceso de industrialización rusa y las políticas del zarismo en el que sus discursos dejan ver de un modo más crudo su carácter forzoso e inevitable.

Así pues, el protagonista de la obra es un funcionario que, curiosamente, aunque se haya retirado hace un tiempo de su trabajo, no deja de sentirse como tal, y de esta manera lo expresa, señalando que después de que una persona ha entrado en el juego de valores y discursos propios de la labor del funcionario, ya no podrá escapar de ellos, puesto que estos destruyen el estado natural del ser humano que es el de la espontaneidad y el espíritu comunitario. Durante cuarenta años el funcionario trabajó, retirándose luego gracias a una pequeña herencia recibida, y a lo largo de todo ese tiempo experimentó una tensión particularmente compleja que lo llevó por un lado, a rechazar las conductas que se exigían en su carrera, pero, por otro, a verse implicado irremediablemente en ellas para poder sobrevivir.

En toda la primera parte del libro el funcionario se dedica a exponer los aspectos filosóficos que estuvieron implícitos en su trabajo, pero estos aspectos no pueden entenderse cabalmente si se desatienden otras dos características de su vida. La primera nos remite a la dimensión social del funcionario, quien es un individuo solitario, enfermo y pobre, que observa todo a través de una óptica divergente: la zona más oscura y degradante de la sociedad, la cual ha conocido él de primera mano. El nombre de la novela justamente responde a la característica primordial de la mirada que esboza el protagonista: escribir las memorias de esa parte de la sociedad que usualmente se esconde debajo de lo que se muestra, la parte habitada por la pobreza y la marginación, pero sobretodo, por las contradicciones de la racionalidad y los valores que sustentan el modelo social.

El otro factor importante que debe tenerse en cuenta es la personalidad contradictoria del funcionario: un hombre que a veces se siente culpable de su situación y otras veces se empecina en considerarse víctima de un juego truculento; alguien que ha buscado ser abiertamente malo para acomodarse mejor en la existencia, pero cuya conciencia se lo ha impedido casi siempre; finalmente, un individuo que, por momentos, se sabe superior a cualquiera de su especie, aun cuando los más de sus días reconozca todo lo inútil y perverso que resulta su propia figura reflejada en lo que hace. Contradicciones que revelan un doble carácter en el funcionario, una ambigüedad que es precisamente lo que lo lleva a replegarse en su sola presencia y a juzgar las cosas a partir de un sesgo peculiar.

Como se dijo antes, A Propósito del Aguanieve es la parte de la novela en la que se logra identificar más fácilmente, no la línea de vida del protagonista, pero al menos sí algunas situaciones que son significativas para ella. La primera situación se remonta a una anécdota de su juventud con un oficial de mayor rango: en una ocasión, mientras el funcionario caminaba por la calle se dio cuenta de cómo lanzaban a un sujeto por la ventana de un bar luego de involucrarse en una pelea; sumido en la cotidianidad, él mismo deseaba protagonizar algo como aquello puesto que intuía que resultaría vitalizante; pensando en ello, se acercó al lugar y, mientras estaba detenido allí, cerca al billar, observando, obstaculizó el camino de un oficial, quien lo tomó “por los aires”, cambiándolo de lugar.

Pero aquello que podría resultar un simple empujón se convirtió en todo un suceso para el funcionario. Durante dos años persiguió al oficial por la avenida Nevski, en donde solía caminar aquel, dispuesto a suscitar alguna circunstancia que le permitiera batirse con él en duelo. Con obsesión siguió cada movimiento del oficial, todas las facciones de su cuerpo, los detalles de su vestimenta, pero al final, y ya con una carta escrita en donde lo invitaba a batirse, se detractó de su idea, sumiéndose en una especie de fascinación por lo extravagante que resultaba todo aquello. Esta situación es el inicio, según cuenta el funcionario, de su arrebato por los placeres difíciles e individuales, por aquellas escenas que podrían caber dentro de una categoría de lo literario.

Sin embargo, la anécdota del oficial no queda en una extravagancia si se intenta a partir de ella establecer una analogía con el aspecto más general de la vida del funcionario. Si entendemos que lo que lo molesta es el hecho de que el oficial lo haya movido del sitio que él había preferido para ver la escena de la pelea, es posible hallar una metáfora de la existencia misma del protagonista, puesto que su trabajo como funcionario lo había arrancado del sitio que él hubiese preferido, esto es, el permanecer al margen de las cuestiones de rangos sociales. Así mismo, a pesar de la obstinación que tiene el funcionario de batirse con el oficial, termina creyendo que esa idea es imposible, incluso ineficaz, ya que lo que le da sentido a sus acciones en ese momento no es el duelo en sí mismo, sino la búsqueda de la ocasión; tanto como lo que ocurre en su trabajo, en donde si bien se lamenta de su condición, la necesita y sólo ella justifica su existencia y su deseo de escapar.

La segunda situación fundamental de la vida del funcionario tiene que ver con la confusa relación con sus ex-compañeros de colegio. Cierto día se entera de que tres de ellos preparan una cena para despedir a Zverkov –uno de los jóvenes más emblemáticos del Instituto en donde estudió-. El protagonista los desprecia a todos y sabe que es superior a ellos en todo sentido; empero, se extraña de que no lo hayan invitado a la reunión, y se le mete en la cabeza que debe asistir a toda costa, haciendo los sacrificios para dar su parte de dinero, y aguantarse las burlas y abierta animadversión que siempre ha causado en los otros; lo único que desea es arruinar la velada mostrando cómo su comprensión de la realidad lo pone por encima de ellos, aun cuando socialmente no lo parezca.

Y la velada es, efectivamente, un fracaso, pero no porque el funcionario cumpla su propósito, sino porque no podrá responder de manera acertada a todas las preguntas, burlas y comentarios de sus compañeros; es humillado de nuevo, como en los años de escuela, por su soledad, por su pobreza, por la confusión de su pensamiento que no fluye tan hábil y práctico con el de aquellos hombres; frente a ellos no representa el papel de alguien inteligente, sino el de una persona ridícula y sin nada que ofrecer. Pero he aquí que, aun cuando otro en su lugar marcharía de inmediato o arremetería con violencia, el funcionario se obstina en permanecer en su lugar, silencioso pero a la vista de los hombres, escuchando cómo se lo ofende y planeando una revancha que no llega.

Como se ve, se trata de una escena triste, pero no exenta de lo que podríamos llamar necesidad inexorable, porque si bien el funcionario desprecia totalmente a sus compañeros, incluso, desde cuando era adolescente, no puede prescindir de ellos, en la medida en que son los que le permiten interpretar mejor su condición, calcular su perfil y trazar las diferencias. En otras palabras, aunque los odie, no puede ignorarlos, requiere de su presencia y hasta de su propia repulsión para darse motivos, para tener en qué pensar, para contar con algo que pueda llenar su vacío y rutina. Examinándolo en un plano existencial, la figura del funcionario es trágica por este cruce de valores del que ya no puede señalarse después con verdad qué es lo positivo y qué es lo negativo.

Finalmente, encontramos la situación del funcionario con la joven prostituta Liza. Una vez terminada la velada de despedida de Zverkov, sus ex-compañeros huyen hacia un burdel, y él, todavía empecinado en decirles unas cuantas palabras, corre detrás de ellos. Ya en el lugar no puede encontrarlos, pero al cruzarse con aquella muchacha –Liza- repentinamente siente el deseo de estar con ella, dejando a un lado el tema de sus compañeros. Lo que lo cautiva de la chica es, en primer lugar, su juventud (no puede pensarse que alguien tan joven haya parado en un lugar de esa categoría) y, luego, la practicidad con que asume su condición y vida, como si fuesen ambas elementos inevitables y de una comprensión deducida lógicamente.

Tal y como había sucedido unas horas antes, cuando el funcionario estaba enfrascado en la idea de persuadir a sus compañeros de su inteligencia; ahora piensa que es necesario erigirse como la voz moral de la muchacha. De un momento a otro, inicia un elevado discurso sobre los valores, la manera como la sociedad y la familia ha arruinado la vida de Liza hasta sumirla en lo deplorable, y el futuro enfermizo y pobre que le espera. Pueda ser el ímpetu de sus palabras, o la verdad que se encuentra en ellas, pero lo que dice el funcionario hace llorar a la prostituta y, hasta cierto punto, la convence. Sólo que una vez ha triunfado y tiene la posibilidad de una “primera discípula”, de alguien que le dé la razón, el que cae en el miedo es el mismo funcionario: sabe que su vida no es un ejemplo de moral y, por ende, no puede servir de ejemplo para nadie y, sobretodo, no desea que Liza pueda llegar a conocer su pobreza, porque esto rebajaría el estado de sublimidad que han alcanzado sus palabras.

La duplicidad en el carácter del funcionario

Dostoievski nos propone un personaje para el que no existen los términos medios. Así, la complejidad del funcionario no se desprende de que no puedan identificarse en él caracteres definidos, positivos o negativos, sino del ir y venir de estos valores en una sucesión impredecible y contradictoria. Él mismo es conciente de esa condición cuando expresa: “bien era héroe, bien era fango, pero para mí no había término medio”. En este sentido, el funcionario encuentra lo “bello y lo sublime” también en el libertinaje (y ahí está el ejemplo que acaba de mencionarse sobre su discurso a Liza) y, obviamente, también lo sucio y malicioso inmerso en las conductas que se estiman generalmente buenas.

Intentar hacer aquí un inventario pormenorizado de las contradicciones que muestran la duplicidad del protagonista de Memorias del Subsuelo supera los límites de nuestro interés. Sin embargo, vamos a señalar algunas de las que consideramos que representan más importancia para el libro. La primera de ellas la podríamos categorizar como funcionario-víctima y funcionario verdugo, y responde a esa doble personalidad que en la dinámica de su trabajo tuvo que afrontar el protagonista a lo largo de su vida; es cierto que muchas veces se sintió víctima de unas reglas que le imponían a priori comportarse de una manera despiadada (ser individualista, buscar siempre el su beneficio, utilizar cada cosa como medio, dejar a un lado los sentimientos), pero aun siendo conciente de esto, su propia rutina le reveló que era necesario ser el verdugo, incluso, a veces de sí mismo, para poder sobrevivir.

Justamente, es esta polaridad con la que inicia sus memorias el funcionario, haciendo notar cómo su consecuencia principal fue la culpabilidad. “Tener exceso de conciencia es una enfermedad”, dice apenas en el segundo capítulo, tratando de subrayar la manera como la misma razón que lo lleva a identificar lo perverso de su trabajo (que se parece mucho a una lucha por ascender en los rangos sociales y acceder a sus prerrogativas), es la misma razón que lo impulsa a justificarse cuando necesita argumentos para sus perversidades. De alguna manera, el funcionario ha llegado a entender tan perfectamente lo que le sucede, su condición, que sabe que es una realidad insuperable y, por ello, procede a veces en esos arrebatos que lo convierten en alguien tan malo como cualquiera; sólo que para él, el saber esto no lo exime de sentirse culpable.

Otra dimensión de la duplicidad del funcionario puede abarcarse en la noción de funcionario-humillado y funcionario-orgulloso. A pesar del estado de humillación general en el que un orden social, como el imperante en la Rusia del XIX, puede traer para un hombre, por reducirlo a su condición de intermediario, de ejecutor de…, el mismo sistema lleva implícito, debido a su división por rangos, la posibilidad de sentirse superior a otro que comparte el mismo estado de humillación. Esto es algo que sucede al funcionario: aun cuando sabe que es una víctima y que está siendo humillado como hombre, porque sólo se está considerando de él su fuerza de trabajo, quienes vienen a requerirlo son menos que él en tanto lo necesitan, y la certidumbre de este hecho es lo que lo llevó por muchos años a actuar con prepotencia y orgullo frente a aquellos que lo necesitaban, encontrando en ello, incluso, una especie de placer:

“El placer procedía aquí exactamente del exceso de conciencia de mi propia humillación; de sentir que había llegado hasta el último extremo; que aunque resultara repugnante, no podía ser de otro modo; que no tenía salida y que nunca podría convertirme en otro hombre; que incluso, quedando tiempo y fe suficientes para convertirme en alguna otra cosa, ni yo mismo, probablemente, deseara ya cambiar; y si lo hubiera deseado, tampoco con eso conseguiría nada, pues puede que en realidad, ya no pudiera convertirme en ninguna otra cosa. Pero lo más importante, al fin y al cabo, está en que todo eso procede conforme a las leyes más básicas y normales de la conciencia más aguda, así como de su correspondiente inercia que fluye directamente de esas leyes, de lo que se deduce que aquí ya no sólo no puede uno cambiarse por otro, sino que tampoco conseguiría nada intentándolo. Puede darse el caso, por ejemplo, que a consecuencia de excesiva conciencia, un canalla hasta se refirme en su postura, como si se tranquilizara con ello, puesto que ya tiene la sensación de ser un canalla” (Págs. 73-74)

El protagonista de Memorias del Subsuelo es un hombre que, no puede escapar del círculo social, sino que va personificando según la situación tanto sus valores positivos como negativos, siendo tal vez el rasgo más cruel de este juego el hecho de que, como se dice en la cita anterior, pueda explicarse cada reacción, cada acto, cada duda, de manera razonable por cualquier conciencia que entienda sus reglas. Llevando al límite este punto se hace evidente que, además de la humillación que sufre un hombre cuando un estado social lo reduce a su dimensión operativa, es todavía más humillante que el hombre pueda entender su lógica y, sin embargo, no pueda hacer absolutamente nada para atacarla, porque de antemano considera su lucha poco fructífera. Es por ello que el resentimiento va a ser una de las cualidades más notorias de la personalidad del funcionario, pues, no pudiendo transformar, al menos actuando con grosería en su trabajo puede expresar algo de inconformismo.

La tercera duplicidad del funcionario es voluntad y razón. Dostoievski entiende que estos dos elementos responden a naturalezas diferentes y hasta encontradas. La voluntad tiene que ver, principalmente, con el carácter espontáneo del ser humano. En la primera parte de la novela, el funcionario habla sobre su admiración a los hombres de campo que tienen la facultad de analizar cualquier aspecto de su trabajo o su vida ateniéndose a una practicidad simple y efectiva; no necesitan llenarse la cabeza de las teorías científicas o políticas para resolver los problemas que enfrentan, y esa forma espontánea construye vínculos más profundos entre ellos y el mundo, debido a que todo es más directo y personal.

En contraste, los hombres de ciudad y, específicamente, los funcionarios deben aprender toda clase de discursos científicos para ejecutar de la mejor manera su trabajo, deben renunciar a una relación espontánea, para aprender sobre la organización, sobre los rangos, sobre la maquinaria que organiza la estructura social. Lo importante aquí no es la renuncia, sino la incompatibilidad de las dos miradas, puesto que una vez un ser humano se ha llenado la cabeza con la complejidad de la ciencia y la política, con todo el embrollo de la burocracia, ya no hay manera de hacer borrón y cuenta nueva, no hay forma de mirar el mundo directamente. Se deduce esto cuando el funcionario afirma:

“La razón es indudablemente algo excelente, pero la razón es únicamente razón, y sólo satisface las cualidades racionales del hombre, mientras que la voluntad viene a ser manifestación de la vida entera, es decir, de la vida completa del hombre, incluyendo en ésta, tanto la razón como todo tipo de especulación. Y aunque nuestra vida en esta manifestación se nos presente a menudo como una porquería, es, a pesar de todo, vida, y no mera extracción de la raíz cuadrada. Porque yo, por ejemplo, deseo vivir indudablemente para satisfacer todas mis cualidades vitales, y no sólo para satisfacer mi capacidad racional, es decir, para satisfacer únicamente una milésima parte de todas mis cualidades vitales. Pues ¿qué es lo que sabe la razón? La razón sólo sabe aquello que le dio tiempo a aprender (probablemente, no llegará a saber ninguna cosa más; y aunque ello en absoluto me tranquiliza, ¿por qué habría de callármelo?); mientras la naturaleza humana actúa como un todo, al unísono con todo cuanto posee en sí, conciente e inconcientemente, y aunque a veces pueda engañar, a pesar de todo, vive” (Págs. 92-93)

En definitiva, la duplicidad en la personalidad del funcionario responde a muchos elementos, todos los cuales se materializan, como bien lo afirma él mismo, en diferentes momentos de su vida: en aquellos días en los que llega enfermo del trabajo, hastiado hasta el límite; o en esas rachas de placer y libertinaje en las que se sume otros días. Lo interesante es comprender que ese cambio de máscaras a la hora de reflexionarlo sólo genera repugnancia en el protagonista; considera que su vida es “deshonesta y falsa” y, además de todo, trágica, no sólo porque lo que le permite saberlo es la misma racionalidad que le repugna, sino porque sabiéndolo no puede hacer nada más que continuar, es decir, ser cada día más lo que desprecia.

La crítica a la ciencia y la razón

Se ha observado en esta última parte cómo Memorias del Subsuelo establece una crítica a la razón como portavoz de una única verdad y, ante todo, como una herramienta de la que se vale la sociedad para organizar y justificar su extrema humillación (tema que también abordó Fiódor Dostoievski en Humillados y Ofendidos). Dicha crítica parte de una posición muy clara del autor que distingue entre la espontaneidad –o voluntad- y la razón científica. Hay que recordar que Dostoievski fue uno de los enemigos más fervientes de los discursos del progreso que tuvo la Rusia de su época. Él encontraba en ellos una forma abrupta de reducir el mundo, encasillándolo todo en un sitio determinado, y estableciendo descripciones únicas y generalizables para toda la complejidad de la naturaleza.

Contrario a la teoría unificadora de la ciencia y el progreso –de la que, sin embargo, nunca dejó de señalar sus aciertos-, Dostoievski propone la noción de espontaneidad y espíritu comunitario –obshina-. Ya se ha explicado un poco lo que entendía el autor por espontaneidad, ese privilegio de la voluntad ante el mundo, de observarlo todo directamente y actuar frente a ello de un modo situado y diferente de acuerdo a las circunstancias, no enmarañándose la cabeza con verdades únicas. Por su lado, el espíritu comunitario tiene que ver con ese deseo de compartir y vivir juntos que emana de la tierra en que se ha nacido, que liga a sus habitantes en términos de una comunidad vinculada –más allá de toda racionalidad estructural- por la vitalidad, por la fuerza de lo espiritual y lo histórico.

Dostoievski toma como portavoz de su crítica al funcionario que debe irrevocablemente renunciar a estas dos condiciones del ser humano para acceder al modelo social en donde ahora vive. No hay manera de existir espontánea y comunitariamente en una sociedad que se ha montado sobre la base de la “tabla de rangos”, de las funciones sociales, de la división perversa del trabajo. Prácticamente, es la renuncia a estos dos elementos lo que permite acceder a la sociedad rusa, concretamente a la de San Petersburgo (en donde se vivieron las disposiciones reformistas de Pedro I con todo su vigor). Es obvio que, bajo cierta mirada del progreso, no quepa esperar de lo espontáneo un proceso que lleve a la sociedad en su conjunto a avanzar hacia un mismo punto, pero tampoco puede esperarse –y aquí es donde Dostoievski ya no es condescendiente- que marchemos como autómatas detrás de un proyecto erigido por unos pocos que nos hacen repetir su lógica hasta interiorizarla.

Obsérvese que el funcionario de Memorias del Subsuelo es un hombre contradictorio precisamente por esa ruptura que personifica entre lo espontáneo y lo establecido, y entre lo comunitario y lo individual, dos posiciones irreconciliables, de las que sólo cabe esperar ese complejo universo existencial que lo caracteriza. Quien determina lo que es justo o no, ya no es el hombre, como tampoco es él quien decide lo que debe hacer con su vida o en lo que debe desempeñarse; simplemente debe escoger dentro de un conjunto de opciones que se le ponen al frente sin importar que sean de su agrado; a fin de cuentas él es un ser intercambiable y simple como todos. Como dijimos, sólo queda el recurso del resentimiento, el cual lo deja ver en muchos de sus juicios sobre la ciencia:

“A mí, por ejemplo, no me extrañaría nada, que de pronto, en medio de esa futura circunspección general, surgiera un caballero que, con una fisionomía vulgar, o mejor dicho, con aspecto retrógrado y burlón, se pusiera brazos en jarras y nos dijera a todos: ‘Bueno señores ¿y por qué no echamos de una vez abajo esa cordura, para que todos esos logaritmos se vayan al demonio y finalmente podamos vivir conforme a nuestra absurda voluntad?’ Y tampoco eso importaría mucho, pues lo verdaderamente lamentable sería que enseguida encontraría adeptos para seguirle; así es el hombre. Y todo eso ocurre por un motivo tan fútil que no merece la pena ni recordarlo. Es decir, que el hombre siempre y en todo lugar, siendo él quien fuere, ha gustado de actuar a su modo, y no tal y como le indican la cordura y la ventaja; es más, incluso es posible desear algo que vaya en contra del propio interés de uno, y a veces, hasta debería ser positivo actuar así… Porque el deseo propio, voluntario y libre de uno, el capricho, aunque sea el más salvaje de todos, la fantasía exasperada y llevada hasta la locura, forma parte de aquella ventaja que se omitió y que resulta ser la más ventajosa de todas, porque no se atiene a ninguna clasificación, y porque a causa de ella se van continuamente al garete todos los sistemas y teorías imperantes. ¿De dónde sacan todos esos sabios, que el hombre necesita una voluntad normal, una voluntad virtuosa? ¿De dónde sacan que el hombre precisa indispensablemente de una voluntad que le sea provechosa? El hombre únicamente necesita de una voluntad autónoma, le cueste ésta lo que le cueste, y le traiga las consecuencias que le traiga” (Pág. 90)

Si relacionamos estas palabras del funcionario con todos los discursos que intentan decirle al hombre cuál es el camino más provechoso para él –aniquilando con ello su libre voluntad para decidirlo-, se descubre prontamente que la crítica de Dostoievski es muy amplia. Es un señalamiento al engaño de la ciencia que postula que sus descripciones son la forma verdadera de interpretar el mundo, sin darse cuenta que ellas se limitan a la parte que puede racionalizarse de la naturaleza; también es un señalamiento a las instituciones del gobierno que burocratizan y establecen estructuras de relación social donde sólo debería privilegiarse la inmediatez y espontaneidad; es también una crítica a la organización social que da privilegios a unas clases y personas sobre otras y; finalmente, a la religión, que es tal vez el mecanismo represor más fuerte de la voluntad y la autonomía –y esto aún cuando Dostoievski era católico-.

En el fondo, lo que pretende el autor es darnos un recorrido por el subsuelo en el que se esconde toda la hipocresía y ambivalencia de la sociedad, la culpabilidad en que sume su lógica a los individuos, la práctica de la despersonalización y la humillación generalizada. Alguien –parece decirnos Dostoievski- ha pensado que tenemos miedo de vivir por nuestra cuenta y desea a toda costa plantearnos un camino que nos asegura ciertas cosas, pero nos arranca las entrañas. “Hemos perdido la costumbre de vivir”, confesará el funcionario, y de a poco nos vamos pudriendo en los rincones del subsuelo mientras la vida se nos va en el resentimiento y la culpa, y ¡qué poco interesante es todo entonces!, ¡qué lejos estamos de lo que puede significar la vida y el ser humano! Así deben entenderse sus palabras:

“En una novela tiene que haber un héroe, y aquí, se reúnen a propósito, todos los rasgos de un antihéroe, y lo que es más importante aún, es que todo eso produce una sensación de lo más desagradable, dado que hemos perdido la costumbre de vivir, y el que más o el que menos, cojeamos todos. Hasta tal punto estamos desligados de la vida, que hasta sentimos aversión hacia la auténtica ‘vida viva’ y no soportamos que nadie nos la recuerde. Hemos llegado al extremo de tomarla por un trabajo, como si de un servicio se tratara, y en nuestro fuero interno nos persuadimos de que es mucho mejor vivir conforme a los libros. ¿Y qué andamos escarbando frecuentemente por ahí, de qué nos encaprichamos, y qué es lo que pedimos? No lo sabemos ni nosotros mismos. Y todavía sería peor para nosotros si se cumplieran todos nuestros deseos y caprichos más remotos. ¡Inténtelo!, ofrézcanos más autonomía, desaten las manos a cualquiera de nosotros, amplíen el campo de nuestras actividades, debiliten la influencia de la tutela, y… les aseguro, que al instante pediríamos ser protegidos nuevamente por la tutela. Sé que ustedes probablemente se enfaden conmigo y griten dando patadas al suelo: ‘¡Hable usted de sí mismo y de sus miserias del subsuelo, pero no ose decir todos nosotros!’ Permítanme señores pero no me estoy disculpando con esta generalización. Respecto de mí, he de decir, que he llevado hasta el último extremo lo que ustedes no se han atrevido a llevar ni a mitad del camino, y por si fuera poco, toman por cordura su propia cobardía y se tranquilizan engañándose a sí mismos. ¡Hasta posiblemente resulte que esté yo más ‘vivo’ que todos ustedes! ¡Vayan con más cuidado! ¡Ni siquiera sabemos en qué consisten las cosas vivas, ni qué es lo vivo, ni qué nombre tiene! ¡Déjenos solos y sin libros, y al momento nos extraviaremos, nos perderemos, no sabremos qué hacer, ni dónde dirigirnos; qué amar y qué odiar, qué respetar y qué despreciar! Nos pesa ser hombres, hombres auténticos de carne y hueso. Nos avergonzamos de ello, lo tomamos por algo deshonroso y nos esforzamos en convertirnos en una nueva especie de seres omnihumanos. Hemos nacido muertos y hace tiempo que ya no procedemos de padres vivos, cosa que nos agrada cada vez más. Le estamos cogiendo gusto. Pronto inventaremos la manera de nacer de las ideas…” (Págs. 194-195)
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Memorias del Subsuelo nos pone de frente a todas nuestras contradicciones, nos cuestiona sobre nuestra manera de vivir y entendernos; tal vez después de siglo y medio sigamos demasiado cegados para entender sus palabras, a fin de cuentas siempre encontramos excusas para rehusar lo verdaderamente importante.

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