AUTOR: Salvador García Jiménez
TÍTULO: El Hombre que Se Volvió Loco Leyendo “El Quijote”
EDITORIAL: Ariel, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1996
PÁGINAS: 190
RANK: 6/10




Por Alejandro Jiménez

Desde hace algunas décadas se han vuelto comunes los libros que promueven la lectura. Profesionales de distintas disciplinas como la psicología o la lingüística, amén de los mismos escritores de literatura han buscado contribuir al acercamiento, principalmente de los jóvenes, a esa actividad que atraviesa hoy por hoy una de sus crisis más profundas. Pero, aunque esta tarea haya empezado a involucrar a ciertos sectores que por tradición no habían tenido una relación muy estrecha con la promoción de la lectura, actualmente esa responsabilidad sigue recayendo, casi por completo, sobre los maestros y, de modo más específico, sobre quienes enseñan lenguaje y literatura. Por lo mismo, cuando se descubre lo poco que se leen libros hoy y lo mal que se hace, a quienes se dirigen las primeras críticas es a ellos.

Bruno Bettelheim y Karen Zelan escribían ya en 1981 que las motivaciones que usualmente escogen los maestros para enseñar y fortalecer la lectura carecen de una orientación apropiada; a un joven no lo atrae, por ejemplo, “las recompensas que pertenecen a un futuro lejano y no se siente firmemente convencido por esta razón” [1]. De forma similar, Daniel Pennac observa cómo, para algunos maestros, la lectura se reduce a que los alumnos “‘comenten’ juiciosamente, o ‘resuman’ inteligentemente lo que el tribunal les ponga bajo las narices” [2]. Como se ve, aquello que debería entenderse como una problemática cultural, es decir, como una labor que involucre también a la familia, a las entidades estatales, a la totalidad de las Ciencias Humanas, aún sigue restringiéndose a la escuela.

Es obvio que las cátedras de Lenguaje y Literatura tienen su razón de ser en la apropiación y uso del idioma, procesos en los que la lectura desempeña una función preponderante. En consecuencia, cabe exigir de ellas un trabajo coherente y creativo que transforme el desaliento, incluso, la abierta repulsión que muchos jóvenes sienten hacia la lectura. Los avances que se muestran en este camino son contradictorios porque revelan la co-existencia de diversos discursos: desde los maestros obstinados en leer todavía las mismas obras de hace cincuenta años, hasta quienes han renunciado por completo a los libros para leer directamente ese mundo tecnológico y vivencial de los estudiantes. Recorrer las escuelas de cualquier país latinoamericano es evidenciar el más complejo repertorio de métodos, fines y límites de la lectura.

Así, mientras muchos siguen señalando a los maestros como los culpables de los bajos índices de lectura, mientras ellos mismos se sienten extraviados al interior de un nudo de teorías y discursos, se pierde el verdadero núcleo del problema. La sociedad humana ha evolucionado vertiginosamente el último siglo, y su cultura ha edificado nuevos asideros, como el tecnológico y el mediático. Las nuevas generaciones no nacen ya en ese entorno en donde el entretenimiento y el saber se hallaban en los libros y el teatro; la información circula ahora de otra manera en la televisión, en la internet, en las consolas, medios que requieren una alfabetización, a veces, distinta a la del lenguaje tradicional. Esta es, digamos, nuestra realidad objetiva, y sólo no perdiéndola de vista puede ubicarse adecuadamente la cuestión de la lectura.

De entrada, hay que precisar dos aspectos: primero, que estamos desde hace un tiempo en el momento histórico en el que la lectura ha dejado de ser un privilegio para convertirse, más o menos, en una necesidad; comparando nuestra situación con la de hace un par de siglos, cuando leer era una prerrogativa de los aristócratas y religiosos, es indiscutible un progreso, al menos en lo que respecta al número de personas que acceden ahora al conocimiento del lenguaje. Por otra parte, no es muy cierto aquello de que no se lea ni escriba en la actualidad; en efecto, ciertos espacios y redes tecnológicas han permitido que masivamente nos comuniquemos y participemos en la elaboración de saberes que hasta la fecha eran producidos exclusivamente por especialistas; lo que sucede aquí es que los modos de escribir y leer usados en dichos espacios tienen una naturaleza un poco diferente a la convencional.

Este libro que deseo presentar de Salvador García Jiménez, El Hombre que Se Volvió Loco Leyendo ‘El Quijote’, se inscribe dentro de esa amplia bibliografía que viene acumulándose para promover la lectura y, a mi modo de ver, es un texto que, con relación a lo dicho más arriba, posee dos cualidades: 1) Pertenecer a las reflexiones que sobre el tema han construido los mismos maestros; García Jiménez trabajó en escuelas primarias y secundarias por más de treinta años, y su experiencia en la enseñanza de la literatura es, de alguna manera, lo que se pone de manifiesto en el libro; y 2) Prescindir de un análisis que involucre esas características de nuestra sociedad actual, es decir, mantener un tono muy idealista, demasiado volcado en lo ‘malo’ y lo ‘bueno’, en las historias que puedan resultar cautivantes a los ojos de alguien poco entusiasmado con la idea de leer.

El subtítulo del libro reza: “Para Acabar con la Enseñanza de la Literatura”, lo cual es sumamente sugestivo, pero que a fin de cuentas no debería pasar de un: “Para Re-ubicar la Enseñanza de la Literatura”, toda vez que no hay en sus páginas un interés secular, si cabe llamarlo así, sino, ante todo, el deseo de contribuir a hacer de la lectura y la literatura, no prácticas aburridas y enfermizas, sino espacios para el encuentro y el placer. El trabajo de García Jiménez, aunque escrito de manera ejemplar y lleno de referencias de primer orden, se observa demasiado insistente en algunos aspectos (la culpabilidad del maestro, sus manías y fantasmas), especialmente si se contrasta con otros que parecen escritos a mano alzada (por ejemplo, el de la hermenéutica de la literatura: labor que puede resultar extensa, agobiante y difícil pero que, por todo lo demás, es imprescindible).

El Hombre que Se Volvió Loco Leyendo ‘El Quijote’ es una mezcla curiosa de ensayo y artículo. Son varias decenas de pequeños escritos sobre temas específicos –La Clase Muerta, Suspensos por Faltas de Ortografía, Defensores de la Lectura, El Quijote de las Novelas Rusas, etcétera-, los cuales, uniéndose, van perfilando las ideas transversales de su autor. En el libro pueden distinguirse dos grandes marcos de referencia, el de la escuela (que tiene que ver con la labor del maestro y todas las dificultades y logros que pueden generarse en ella a la hora de la enseñanza de las letras) y, el de la literatura (que recoge un amplio prontuario de comentarios y anécdotas de escritores y personajes quijotescos con relación justamente al lenguaje). Quisiera, pues, señalar a continuación los puntos que me han parecido más significativos de estos dos marcos.

Sobre cómo se trabaja la lectura y la literatura en la escuela

La escuela como institución social ha venido transformándose, no sólo a nivel espacio-material, sino también en lo que respecta al modo de concebir los actores y dinámicas que se gestan en su interior. Justamente, uno de los artículos del libro da cuenta, tal vez no de esa evolución, pero sí de lo extraño que resultan hoy, a nuestros ojos, ciertas condiciones. El escrito se titula Viaje por las Escuelas de España (1926-1929), y de él quisiera extraer lo siguiente: Salvador García Jiménez hace una división de los locales en donde se prestaba en esa época el servicio educativo, habla de la escuela-cárcel (dominadas por el silencio y la rigidez), la escuela de nado (la insólita historia de una escuela instalada en un barco a falta de un sitio mejor), la escuela-jaula (pequeñas casas pobladas, además de los alumnos, por todo género de pájaros) y la escuela como imperio de los sentidos (que va desde el olor a orín característico de los baños, hasta un salón de clases en Soria cuya habitación contigua era un depósito de cadáveres).

A los ojos de un contemporáneo estos tipos de escuela pueden parecer descabellados: a quién se le ocurre, pensando en su salud mental y física, permitir que un grupo de niños reciba clase al lado de un depósito de cadáveres y, todavía más, que puedan ver las autopsias o los servicios fúnebres desde la escalera. Sin embargo, así sucedía a principios del siglo XX, y no se trata de algo que haya sido superado totalmente. Es cierto que cada vez es más raro encontrarse con una de estas situaciones pero, por ejemplo, en muchos de nuestros países, perviven casos igual de problemáticos: jóvenes que estudian a la intemperie, salones que sirven para dos y hasta tres clases distintas a un mismo tiempo, colegios que son tomados arbitrariamente como albergue para militares o, en el mejor de los casos, para familias desplazadas.

Es palpable la paulatina concientización dentro del medio educativo de que las condiciones de aprendizaje determinan sustancialmente los niveles que pueden exigirse de los alumnos. Por ello, el espacio-material es importante, pero también las prácticas que median entre estudiantes y maestros; a este punto es al que dedica especial atención García Jiménez, tomando como hilo conductor la enseñanza de las letras. El libro inicia dedicando unas páginas a reflexionar en torno a esa frase que hizo mella en la mentalidad de los maestros hasta hace unas décadas: “la letra con sangre entra”. Valiéndose de citas de Pérez Galdós, Miguel de Unamuno y Camilo José Cela, el autor muestra cómo de la eficacia de dicha frase se desprende que “históricamente, España (sea) un país de analfabetos”. Al respecto afirma:

“Quien aprendió las letras a cañazo limpio huirá de los libros como si estuviesen encuadernados con la piel del diablo. Aquellos chiquillos martirizados en los centros escolares son hoy los profesores que siguen penalizando las faltas de ortografía, la acentuación incorrecta…; censurando, en definitiva, con un lápiz rojo el ‘placer desinteresado’ por la lectura. Inconscientemente podrían estar vengándose de todos los absurdos exámenes y oposiciones que tuvieron que soportar para convertirse en funcionarios de la literatura” (Pág. 13)

Lo que sorprende, como se deduce de la cita anterior, no es toda la violencia que hay implícita en aquel dicho que repetían los viejos maestros, sino el modo como aquellos que conocieron su rigor y luego se volvieron maestros, lo reprodujeron sin miramientos. Lo que olvida un poco García Jiménez es que esa violencia no es un producto propio de la escuela, más bien, un correlato de las cualidades de la época: las continuas crisis sociales y políticas, la rudeza de las relaciones entre padres e hijos y, por último, aquella concepción que entendía a los niños como ‘animales’ salvajes que debían ser domesticados a toda costa. Como quiera que sea, las consecuencias psicológicas y físicas de esos tiempos para los cuales “la letra con sangre entra” era su principio educativo todavía se siguen sufriendo y para comprobarlo basta echarle un vistazo a alguna de las fuentes que quedan allí en el libro como referencias.

Fue una época dura que hoy se recuerda anecdóticamente, pero que nadie quisiera revivir, y porque esto es así, debe tenerse muy en cuenta esa tesis que va adivinándose en los artículos de García Jiménez: si bien ya no es socialmente aceptado que un maestro golpee a su estudiante por ningún motivo, la violencia corporal de aquel entonces se ha transfigurado en otra, más simbólica, más solapada, pero igual de perjudicial que su predecesora. Esta es la violencia de la imposición, de la corrección arbitraria, del aniquilamiento de la elección. Para el caso concreto de la enseñanza de la lectura y la literatura, estamos hablando de cuestiones tan simples como las planas para mejorar la caligrafía, el obsesivo cuidado que ponen algunos maestros en el uso de la ortografía, las interpretaciones incuestionables de los textos literarios, entre otros.

En ocasiones los maestros acometen contra sus estudiantes porque suelen apropiarse de información; un ensayo se convierte para ellos en una copia indiscriminada de lo que otros han dicho. Pero, ¿no hicieron lo mismo –se pregunta García Jiménez- muchos de los escritores que admiran esos maestros? Sartre confiesa en Las Palabras que solía copiar las ideas de sus primeros escritos de los relatos ilustrados que leía; García Márquez ha reconocido en más de una ocasión que sus primeras novelas son un intento de poner por escrito la oralidad por medio de la cual conoció sus historias. Y, en fin, lo que de lejos es más diciente que cualquier otra cosa: ¿en lo que dicen los maestros en sus clases no es posible también sentir un sabor a plagio, el calco de algún teórico o escritor?

Lastimosamente, la mirada que García Jiménez proyecta sobre este y otros aspectos es demasiado maniqueista. Para él no hay puntos intermedios, y toda complejidad de la labor docente se reduce a enseñar ‘bien’ o ‘mal’ literatura. Por ejemplo, critica categóricamente a los maestros que dedican sus clases a hacer una objetivación de la literatura, a convertirla en un espacio para el análisis riguroso de sus temas o estilo. Asegura sin recelo que “un curso de literatura no debería ser mucho más que una buena guía de lecturas”, porque “cualquier otra pretensión no sirve para nada más que para asustar a los niños”, y complementa dicha idea apoyándose en una cita en la que García Márquez advierte que:

“Si los profesores tienen hoy por principio abordar una obra como si se tratara de un problema de investigación para el que sirve cualquier respuesta, con tal que no sea evidente, mucho me temo que los estudiantes no descubran jamás el placer de leer una novela…” (Pág. 45)

Ahora bien, aunque es evidente que, por principio, las personas siempre asumen de mejor manera aquello que les gusta, que les provee algún tipo de placer, la lectura no puede reducirse a esta único papel, y eso es, prácticamente, lo que pretende García Jiménez y, como él, muchos de los precursores de la promoción lectora. Se cae de su peso que una obra no pueda ser asumida también como objeto de investigación, porque entonces cuál es el papel de la hermenéutica: ¿ser un discurso accesorio del placer? Por demás, la cita que pone allí el autor para fundamentarse adolece de perspectiva, porque aquello que no es evidente en un texto, es justamente lo que debe buscarse, porque refleja lo implícito, lo asociado, lo interpretado, es decir, niveles que requieren ser trabajados mucho más en nuestra educación como lectores.

Toda dificultad en la enseñanza de la literatura y, por ende, de la lectura, se reduce para García Jiménez a que, en rigor, esta no puede enseñarse, esto es, a que sólo “vale escribiéndola o leyéndola o recordándola”. Acumular información acerca de periodos o movimientos literarios es algo inútil si no se acompaña de la vitalización de sus escritos, de esto no cabe duda; luego los maestros que plantean sus clases para agotar concienzudamente esos periodos y movimientos, sin esforzarse por acercarlos a la realidad de sus estudiantes, merecen nuestra desaprobación; ellos son los portavoces de un saber vacío. En las escuelas se requieren maestros dinámicos, creativos, atentos a esa máxima que dice que “es desde la capacidad de entusiasmo del profesor desde la que ha de conquistarse la atención del alumno”.

Ese imagen de maestro se aleja de forma radical de la tradicional, de su ortodoxia y esquematismo; sin embargo, no debe equipararse de buenas a primeras con los modelos que él resalta: por ejemplo, el de aquel maestro de Murcia que dictaba clases con los pies descalzos sobre la mesa, mientras llenaba un crucigrama. El autor lo encuentra atractivo porque desatendía las exigencias del Programa Oficial, y hablaba sin cuidarse de evitar las groserías, cosa que cautivaba a los estudiantes; el tipo de maestro que no hubiera dudado en echar los textos escolares a la hoguera o al sanitario. Esa ‘rebeldía’ es constructiva cuando se sabe enfocarla: puede convertirse en un motor que estimule la libertad de los estudiantes; pero no cabe duda que también esconde un estereotipo bajo el cual se camuflan muchas falencias profesionales, cientos de anti-valores y el deseo franco de trabajar en cualquier cosa con tal de recibir un dinero por ello.

Concluyamos, pues, este primer apartado observando que, en la actualidad, es una necesidad de todo maestro de lectura y literatura despojarse de sus prácticas de violencia, por soterradas que se encuentren dentro de su discurso. Asimismo, que ha de buscar siempre expandir y acercar el concepto de lectura –la visita a los asilos para estimular la narración, o el acceso libre a las lecturas, son ideas que pueden rescatarse de García Jiménez-. Pero, afirmemos también, en controversia con el autor, que la literatura sí es un deber, pero un deber connatural a nuestra existencia: si García Jiménez apela por el placer de la lectura, también es necesario apelar por el deber al que la misma nos convoca en términos de interpretar nuestro mundo, compromiso que por respeto propio nadie puede desatender. Esa es, a nuestro modo de ver, la vitalidad que cabe esperar de la lectura.

La literatura como prontuario de lo anecdótico

Además de esta parte centrada en el trabajo de la escuela, El Hombre que Se Volvió Loco Leyendo ‘El Quijote’ recupera una serie de historias que pueden ser vistas, primero, como casos curiosos relacionados con la literatura y, segundo, como herramientas para generar conciencia de la magia que encierra el acto de leer. Son historias que cruzan un amplio territorio: la visión positiva expuesta en Defensores de la Lectura, artículo en el que García Jiménez muestra cómo los espacios de lectura no deben girar alrededor de la exigencia, sino, ante todo, del placer compartido; aquella perspectiva para la cual la lectura contribuye en la tarea de recuperar nuestra naturaleza mágica y a generar un encuentro directo con los saberes; pero, también, posiciones más heréticas como puede ser la de Arthur Schopenhauer:

“…leer mucho resta al espíritu mucha elasticidad, a manera del peso que gravita constantemente sobre un resorte, y el medio más seguro de no tener ninguna idea propia es tomar un libro en la mano en cuanto se dispone de un minuto. He aquí la razón (del) por qué el saber hace a la mayoría de los hombres todavía más estúpidos de lo que son (…) Los letrados son los que han leído en los libros; pero los pensadores, los genios, las lumbreras de la humanidad y los trabajadores de la raza humana, son los que han leído directamente en el libro del universo” (Pág. 109)

Sobre la mesa de la literatura puede servirse cualquier plato; tanto es así que los puntos de acuerdo a los que logre llegarse siempre recordarán ese gran corpus de ideas encontradas, desechadas, dejadas a su suerte. Sartre recriminaba frecuentemente al Castor su hábito de leer acostada en la cama, para él, la lectura requería de una mesa, una silla y buena iluminación. Pero he aquí que García Jiménez nos presenta una historia romántica que se cuece bajo las sábanas, al calor de los libros. Es la fábula de Lucas Villalba y su amante, quienes solían pasar las jornadas posteriores al trabajo, leyendo Lolita de Nabokov, el Decamerón, La Bestia Rosa y, en general, las novelas que, según su estado de ánimo, contribuyeran a encender el fuego de su romance. Testimonio fresco y curioso de cómo una pareja no veía en la lectura algo distinto a un espejo de la seducción, su dimensión más erótica y, tal vez, estimulante.

Pero, hay todavía dos historias más irreverentes. La primera la titula García Jiménez El Quijote de los Números; trata de un noble matemático español, don Antonio Fernández Férez, que, como bien se apunta en el libro, es uno de esos hombres que “han nacido para fracasar”, pero que hacen de ese fracaso algo “más hermoso y resonante que el triunfo”. Desde pequeño inmerso en la mística de los números, don Antonio fue siempre un rebelde y, como tal, estuvo rechazado de los círculos científicos españoles; convencido, sin embargo, de su supremacía, escribió y publicó varios volúmenes en donde propuso una teoría sobre los campos electromagnéticos que se ha venido validando en los últimos tiempos. Su lectura aplicada o, más bien, obsesiva de los textos necesarios en su formación es un ejemplo de todo lo ‘loco’ que se necesita estar para ser un hombre de ciencia.

El siguiente caso es menos subversivo, pero no por ello incontrovertible. Es la historia de Pablo Sanz Guitián, un estudiante de Derecho Político que aburrido de los textos de su carrera “se puso a leer Las Tinieblas de Leónidas Andreiev, y quedó tan atrapado que desde entonces a acá se ha tirado a los ojos 2.200 volúmenes de literatura rusa”. Lo que intriga de este ‘Quijote’ de las novelas rusas, como da en llamarlo Salvador García Jiménez, es el haber limitado su lectura únicamente a la narrativa rusa, y el emprender paciente, aunque obstinadamente, la aventura de cada unos de los más de dos mil libros que posee, una labor que bien parece sacada de las páginas de Cervantes.

Estos tres casos, el de Lucas Villalba, el de don Fernández Férez y el Sanz Guitián son símbolos de la libertad que debe primar en la lectura. Quien lee por obligación nunca podrá encontrar en ello nada que tenga un provecho práctico (como el erotismo de Villalba), tampoco algo que pueda instruirlo en el conocimiento (como sucedió a don Antonio Fernández Férez en las matemáticas), y mucho menos un placer (como a Sanz Guitián el satisfacer esa extraña predilección por los autores rusos). En cambio, cuando existe esa entrada libre y sincera a los libros, cualquiera que sea su contenido, puede tenerse la certeza de que a medida que vaya creciendo nuestra experiencia lectora, se hará más evidente también, por un lado, lo mágico que subyace a ella, y todo lo controversial que puede llegar a ser su práctica. Así pueden entenderse más cabalmente las palabras de Walter Musch a propósito de la poesía:

“La poesía no es aprendida ya como algo vivo, inmediato, que nos obliga a todos sin excepción. Esto deja entrever que nosotros hemos hecho de la poesía algo histórico; ahora aprendemos y enseñamos Historia de la Literatura. Éste fue el cambio que sufrió la poesía en las aulas. Con ello hemos abierto las puertas a la mera erudición, a la fría acumulación de datos. Es un auténtico pecado cardinal contra el espíritu de la poesía. El estudio de la Literatura se convierte con excesiva frecuencia en carga insoportable, en una más de las que, como material didáctico, oprimen el espíritu de los jóvenes” (Pág. 82)

Si ampliáramos aquí el término poesía a toda la literatura y a su posibilidad de vivirla a través de la lectura podríamos situar dos puntos. Por un lado, que todas esas anécdotas que antes vimos funcionan como tales en la medida en que su interior está poblado de vitalidad; ninguno de los protagonistas de esas historias dudó que lo dicho en lo que leía se relacionase con él de alguna forma y de que, frente a eso, debía manifestarse libremente. Por otra parte, aunque puede hablarse de un deber moral frente al mundo en el sentido de conocerlo y proyectarlo, y sabemos que la literatura nos brinda bases significativas para eso, nadie puede atribuirse la función de someter al otro para obligarlo a hacerlo, porque de esto lo que resulta siempre es la aversión, la distancia.

Para cerrar, el nombre del libro El Hombre que Se Volvió Loco Leyendo ‘El Quijote’ se debe al título que encierra sus últimos artículos. García Jiménez reproduce allí ciertos aspectos de la vida de don Pedro el de la Caballa, un personaje con todos los rasgos cervantinos que por allá en el siglo XIX, terminó creyéndose Don Quijote, ya no el de la Mancha, pero sí el de Lorca, de donde era natal. Escribió Roa Bastos que “la lectura siempre produce un efecto de transformación en la cosmovisión del lector: nadie es el mismo cuando finaliza un buen libro”, y estas palabras parecen escritas pensando en Don Pedro, quien leyó una y otra vez sus viejos tomos de Don Quijote, hasta transformarse él mismo en su personaje; cosa que ya tiene bastante de curioso, porque, como se sabe, el libro tiene lo suyo al respecto; con que tenemos a un hombre que se volvió loco leyendo la historia de otro hombre que se volvió loco leyendo historias de caballería.

Don Pedro nació en el seno de una familia pobre, pero esto no le impidió llegar a ser reconocido en su tiempo, al menos en Lorca. Fue poeta de versos más bien desafortunados, y trabajó en distintos oficios, incluso, enseñando las letras al final de su vida. Como don Alonso Quijano, fue un loco e irreverente: se cuenta que durante buena parte de su vida creyó a su mujer muerta, después de separados, y que alcanzó, por breves segundos claro está, la hazaña de volar, siguiendo tal vez los planos que para tal propósito había confeccionado su maestro Leonardo Da Vinci. Pero, una de las situaciones más jocosas de don Pedro el de la Caballa la ha narrado su biógrafo Francisco Cáceres Pla:

“Siendo oficial del ejército, llegó su regimiento a un pueblecillo, y D. Pedro se dirigió a una posada para hospedarse en ella, jinete en su Caballa. Aunque la puerta del mesón era alta, sin apearse o sin inclinar el cuerpo y la cabeza le era imposible entrar; le indicaron que así lo hiciese al verlo que se detenía ante tal obstáculo; pero respondió altanero que Montiel no descendía de su Caballa, ni doblaba la cerviz sino ante Dios, su rey o su dama, e inmediatamente ordenó que unos albañiles rompieran el marco de la puerta. Y montado en la Caballa, erguido y magnífico en su altivez, penetró en la posada entre el asombro y risa de los circunstantes. Eso sí, D. Pedro abonó cuantos gastos se habían originado por su hermosa extravagancia” (Pág. 175)

A cada cual hay que dar lo que le corresponde, pero don Pedro el de la Caballa pone en aprietos a cualquiera: ya no se sabe si es de admirar la excelencia de su lectura o, por el contrario, de temerla. Como sea, su historia, matizada por la irreverencia y la locura, es la parte más emocionante del libro de García Jiménez; lástima, como él mismo afirma, que no haya quedado testimonio de la forma en la que enseñó las letras don Pedro a sus alumnos porque de seguro representaría un reto para nuestra comprensión.
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El Hombre que Se Volvió Loco Leyendo ‘El Quijote’ es un libro que se lee muy rápidamente, que puede resultar controversial, aunque poco profundo. Una buena introducción para el debate sobre la lectura.

[1] Bettelheim, Bruno & Zelan, Karen. Aprender a Leer. Editorial Crítica. Barcelona, 2001, p. 55.
[2] Pennac, Daniel. Como una Novela. Editorial Anagrama. Barcelona, 1995, p. 73.

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