AUTOR: Ángel Gabilondo Pujol
TÍTULO: Dilthey: Vida, Expresión e Historia
EDITORIAL: Cincel, S.A. (Segunda edición)
AÑO: 1998
PÁGINAS: 218
PRÓLOGO: Juan Manuel Navarro
RANK: 5/10



Por Alejandro Jiménez

Exactamente hace un siglo, el 1 de octubre de 1911, murió en Tirol el filósofo alemán Wilhelm Dilthey. Su muerte se lamentó en aquel momento, señalando que su trabajo había resultado decisivo para la evolución del pensamiento filosófico, especialmente en lo que se refiere a la fundamentación de las ciencias del espíritu. Sin embargo, hoy por hoy es poco lo que se comenta a propósito suyo; a lo sumo, es posible encontrar lectores aplicados en Gadamer y Vattimo, si bien en ellos mismos existe una mirada escindida, volcada casi por completo en sus ideas sobre la hermenéutica. De tal suerte, la mayoría de las rutas propuestas por Dilthey se hallan completamente descuidadas y su figura –la del pensador sobrio y disperso- relegada a los manuales bibliográficos.

Ni siquiera su centenario parece despertar el interés. Se lee todavía con gusto a Descartes, a Kant, incluso, a Hegel, mientras el lugar de Dilthey permanece indeciso dentro de la tradición. Tal vez este hecho se deba a la dificultad que presupone acercarse a sus textos en términos de sistematicidad ya que casi todos fueron ensayos esbozados, de gran extensión pero inconclusos. Por lo demás, no cabe afirmar que sus preocupaciones hayan perdido vigencia: su afán por desvincular la filosofía del idealismo, sigue constituyendo una lucha contemporánea; su teoría sobre la poética y la necesidad de un lenguaje que narre la existencia, es una idea central de los actuales estudios culturales; y hasta sus aportes sobre la reciprocidad entre historia e individuo continúa siendo un tema de vanguardia.

De manera que sus objetos siguen estando allí, frente a nosotros, pero hemos optado por caminar en otra dirección, una que prescinde del regreso a Dilthey. Ahora bien, esa vuelta a lo que podríamos llamar su filosofía requiere de muchísimo cuidado puesto que, como se indicó, aunque se puede identificar una línea de pensamiento que se va enriqueciendo a lo largo de su propia vida, una de las características del trabajo de Dilthey es la diseminación. Establecer las relaciones entre obras como Teoría de las Concepciones del Mundo, La Gran Música de Bach o Contribuciones al Estudio de la Individualidad requiere rigurosidad y tiempo. Por tal razón, este libro de Gabilondo Pujol Dilthey: Vida, Expresión e Historia representa la oportunidad de palpar por un momento ese horizonte descomunal que son los escritos de Wilhelm Dilthey, teniendo en cuenta sus principales componentes.

El enfoque que persigue el libro es acertado, es decir, se reconoce en él un encadenamiento que enlaza muchos de los elementos que forman parte de la filosofía diltheyana. Sin embargo, su lenguaje es demasiado denso, quizá más que el del mismo Dilthey, aspecto que da a sus capítulos el cariz de una jornada extenuante. Y es que, aunque el texto sigue un ordenamiento desde el cual se logra rastrear el desarrollo de las ideas, Gabilondo Pujol recae con facilidad en las repeticiones, en el uso innecesario de tecnicismos y, sobretodo, en la carencia de ejemplos para dinamizar conceptos y nociones. En resumen, que el libro es producto de un juicioso trabajo de planeación, abundante en referencias de distintos autores, pero con una escritura desafortunada, poco acogedora.

En todo caso, se trata de un volumen introductorio, y como tal debe leerse. Gabilondo Pujol ha organizado en nueve capítulos el itinerario filosófico de Dilthey. Aquí no seguiremos esa ruta, puesto que sería tanto como resumirlos; por el contrario, intentaremos proponer una vía diferente, justamente utilizando esos conceptos que se dejan ver en el título del libro: vida, expresión e historia.

El enigma de la vida

El origen de la filosofía se remonta a las preguntas por el hombre y la vida. La obra de Dilthey se basa también en estas preguntas que son analizadas desde un positivismo de corte histórico. En términos generales, su propósito es reflexionar en torno a cómo puede realizarse la síntesis entre la historia y la ontología o, lo que es lo mismo, entre el pensamiento histórico (como estructura sistemática) y la conciencia individual. Dilthey piensa que planteando respuestas a este interrogante se avanzará en el camino de resolver el enigma de la vida. En consecuencia, la tarea de la filosofía es erigirse como la herramienta que le permita al hombre comprender la vida, espacio en donde ocurre ese encuentro entre lo histórico y lo individual.

Dilthey renuncia de entrada a las fundamentaciones a priori de la vida, afirmando que no hay ninguna razón por fuera de ella que pueda explicarla cabalmente. Aquí, pues, se halla un primer elemento revelador: a pesar de su educación teológica, Dilthey prescinde de la zona de seguridades que siempre ha ofrecido la metafísica religiosa. Y ya que no existe ese fundamento inmediato, religioso, como tampoco uno que provenga del idealismo kantiano, se hace necesario retrotraer la reflexión a ámbitos mucho más concretos. Es así como plantea que sólo la vivencia personal, la erlebnis, da pistas sobre el sentido de la vida; siendo esta erlebnis el entretejido de todo lo vital, el plano en donde se cruza el condicionamiento socio-histórico con el mundo psíquico, sólo ella puede dar cuenta, primero, de lo que cabe llamar la naturaleza del hombre y, segundo, del carácter de su telos.

Las respuestas a lo que es la vida están en la vida misma, no a su margen, toda vez que únicamente a través de la vivencia nos es dado comprenderla. Sin embargo, este planteamiento no implica relativismo: si bien es cierto que toda erlebnis es necesariamente experiencia individual, la tesis de Dilthey es que encontrar una respuesta a la vida implica también una conciencia histórica, esto es, un posicionamiento frente al otro que vive y frente a la vida que se ha objetivado como historia. Por tal razón, comprender es pensar históricamente, tener en cuenta la complejidad de relaciones que tienen lugar mientras vivo, reconocer los fines que pueden perseguirse y el tránsito que se sigue para alcanzarlos:

“Frente al afán de atender a los hechos históricos como algo ya dado, exterior y desvinculado de cuanto constituye al hombre, Dilthey acentúa su dimensión social, en un sentido netamente filosófico. Y lo hace reivindicando un lugar para los sujetos como individuos que han quedado reducidos a algo abstracto e incierto, en su opinión de modo particular a partir de Hegel (…) El positivismo de Dilthey es aquel que le conduce a subrayar las interacciones de las voluntades de los individuos psicofísicos, ‘las unidades de vida’, en la sociedad y la historia, los modos que se nos ofrecen como sistemas” (Pág. 69)
De esta certidumbre se origina la diferenciación que establece Dilthey entre las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu. Si el objetivo de las primeras se centra en la explicación de los fenómenos “externos”, las segundas encontrarán su cuerpo en la realidad histórico-social, en la síntesis de sus componentes teóricos, prácticos e históricos. La filosofía como discurso privilegiado dentro de las ciencias del espíritu, no debe equipararse al empirismo, pues este se limita a las descripciones de las ciencias de la naturaleza, y tampoco al positivismo clásico cuya trascendencia supera el plano de la vida. Es verdad que la filosofía necesita dar a la vida predicados de validez universal, pero estos deben ser el resultado trascendido de las vivencias en la vida misma, de ahí que comprender sea para Dilthey ir todavía más sobre lo vivido, ahondar lo más que se pueda en el individuo.

La expresión de la conciencia histórica

Hay un rasgo común a toda la humanidad y es el que tiene que ver con la relación de reciprocidad hombre-historia. Por un lado, es evidente que el entorno social, así como la tradición histórica me condicionan en tanto individuo que vive en una época determinada, mas, en contraposición, cada hombre al actuar en el espacio que le ha correspondido transforma su medio y contribuye a la escritura de su historia. He aquí un argumento más para evitar fundamentar la vida con principios que no provengan de la propia vida: ¿cómo puede pensarse en una verdad universal, extrapolable, para experiencias tan disímiles? Cada erlebnis comporta un equilibrio particular de la relación hombre-historia, y basta para probarlo analizar de modo comparativo dos sociedades con modelos políticos distintos.

Todos vivimos de forma diferente. Ni siquiera teniendo referencias compartidas la experiencia deja de tener un carácter personal. Dilthey es un entusiasta de los postulados de Schleiermacher sobre la religión: “el sentimiento religioso arraiga en las honduras de la insobornable individualidad (…) Una religión universal o de la razón es algo irreal y abstracto”. Es decir, no es factible ver, incluso en el caso de la religión, la reproducción de una misma vivencia; cada quien la experimenta partiendo de su propia intuición y, por ello, tal vez este sea su mejor perfil, el de una erlebnis de lo mítico a través de una vía no directa. Así pues, si el enigma de la vida se devela sólo merced a la conciencia individual, se requiere de un discurso que pueda trascenderla para alcanzar la síntesis del yo con el otro y el mundo.

Cuando Dilthey habla de expresión, efectivamente se refiere a la posibilidad de trascenderse que ha de asumir el hombre para alcanzar filosóficamente su vida. La vivencia en sí misma es acción, pero la acción requiere un relato que la narre, una autognosis que puntualice al hombre como unidad de vida y a la vivencia como hecho vivo. La biografía, en últimas, es la realización de esa trascendencia, porque consiste, uno, en ir a la experiencia para comprenderla y, dos, en contrastarse con el otro:

“La conciencia de mi propia individualidad no se aporta con la mera experiencia interna, sino que la experiencia de lo individual en mí exige comparación con otros. Dado que la existencia ajena se nos da en hechos sensibles, ademanes, sonidos y acciones, la interioridad ha de ser completada mediante una reproducción (nachbildung) o re-vivencia. Esto compromete nuestra propia vida, pues ese completar lo tenemos que transferir (hineinversetzen) a partir de ella” (Pág. 89)
El lenguaje desempeña aquí un papel preponderante porque para Dilthey la autognosis no se reduce a una descripción de lo vivido, sino a una interpretación; en otras palabras, la comprensión de la vivencia tiene el carácter de hermenéutica. El yo, como unidad de vida, y el hecho vivo no pueden narrarse desde fuera; toda comprensión que un hombre hace sobre el mundo tiene su impronta propia. En consecuencia, hablar de objetivación, de realidad objetivada, es dar cuenta de un proceso que parte de la individualidad, que nunca llegará a ser en su totalidad objetivo –en la acepción tradicional de la palabra-. El hombre que reflexiona sobre sí, que expresa un juicio sobre sus actos y vivencias es, a un tiempo, objeto y sujeto, y esta es una condición irrevocable, toda vez que su disolución sería la muerte de la vida misma.

“Para Dilthey, el único apoyo firme se halla en la experiencia interna, en los hechos de la conciencia. Los hechos psíquicos y psicofísicos constituyen la base de toda teoría o proposición sobre los individuos, los sistemas culturales o la organización de la sociedad. Si toda ciencia es ciencia de experiencia y ésta ha de ser plena, su validez se sustentará en las condiciones de nuestra conciencia en la que se presenta, más allá de las cuales no cabe remontarse. Ahora se comprende mejor porque la ‘escuela histórica’ procedía de modo limitado: estudiaba y utilizaba los fenómenos históricos sin conexionarlos con el análisis de los hechos de la conciencia. Adolecía precisamente de fundamentación, al no centrarse en el único saber en última instancia seguro” (Pág. 109)
Aparece en este punto de la disertación otro concepto clave dentro de la filosofía de Dilthey, el de conexión. Es verdad que la vida psíquica es el referente directo de nuestra relación con el mundo, al que cabría atribuirle mayor facticidad. Pero la vida psíquica no es nada si no trasciende al nivel de la conciencia histórica, o sea, si no pone en un espacio común las vivencias del yo con las del otro y, asimismo, su configuración dentro de un continuo histórico. Estas conexiones se hacen a través de la hermenéutica, de la que vale insistir, no se centra directamente en la vida, sino en la vivencia que es lo único que nos cabe revivir. Al final se descubrirá cómo lo que podemos llamar biografía y, más aún, lo que podemos llamar vida, el sentido de la vida, no es otra cosa que el enramado de conexiones que hacemos entre lo que vivo y la historia.

La historia como narración

Aquello que llamamos historia, visto desde esta óptica, no sería otra cosa que una realidad objetivada gracias al trabajo de conexiones que el hombre establece a través de la reflexión filosófica sobre su vida. Lo ‘exterior’ –las guerras, los personajes importantes, cada fenómeno cultural- me es dado en tanto lo vivo en mi experiencia, no puedo asirlo al modo de una entidad enteramente externa a mí, pues es justamente mi vivencia la que lo dota de sentido y vitalidad. De allí que, primero, comprender la vida y la historia sea ahondar más en la vivencia, en el individuo, pues en él está la clave de dicha comprensión y, segundo, las ciencias del espíritu –el arte, el derecho, la política- deban edificar sus discursos desde ese mismo punto de partida: de la vivencia concreta a la consolidación de un devenir histórico.

Dilthey, formado dentro del arte a lo largo de toda su vida, ejemplifica esta doble dimensión del hombre con la poesía. En su opinión, como no sucede en ningún otro discurso de las ciencias del espíritu, ni siquiera en el de la religión o la moral, puede encontrarse una manera tan personal y compleja de asumir la erlebnis como en la poesía –género íntimo por antonomasia-. Pero la poesía no se limita a una experiencia individual de creación, sino que para quien la comprende se convierte en el enlace de su vida con las fuerzas actuantes de la historia. Los poemas de Goethe o de Shakespeare, tantas veces leídos por Dilthey, permitirían interpretar la totalidad de sus épocas, tal vez con mayor precisión que los volúmenes de historia, y ello porque las conexiones que establecen entre lo psíquico del poeta y su entorno social son las más fuertes:

“Existe un núcleo en el cual el significado de la vida tal como lo quisiera representar el poeta, es el mismo para todos los tiempos. Por eso todos los grandes poetas tienen algo eterno. Pero el hombre es, al mismo tiempo, un ser histórico. Cuando el orden de la sociedad y el significado de la vida han cambiado, ya los poetas del tiempo pasado no nos conmueven como a sus contemporáneos. Así pasa ahora. Esperamos el poeta que nos diga cómo padecemos, cómo gozamos y cómo luchamos con la vida” (Pág. 128)
Sin embargo, la poesía no es la única concepción del mundo de la que quepa hablar. Dilthey postula al menos tres concepciones desde las que es posible interpretar el mundo. Por un lado está el arte –principalmente la poesía- que se basa en el carácter afectivo del ser humano. Como se sabe, el arte no tiene las pretensiones de un conocimiento científico, sino más bien, de dar un sentido a lo vivido, por ello es más libre y vital. Por otra parte, está la concepción basada en la religión, que para Dilthey instala todos sus juicios y acercamientos al individuo fundada en la fuerza de lo invisible. Finalmente, habla de una concepción metafísica, aquella que tiene lugar “cuando se capta y fundamenta una visión del mundo conceptualmente y se eleva así a validez universal”.

La crítica que puede hacerse a Dilthey con relación al planteamiento de sus concepciones del mundo, es decir, de esas grandes imágenes con las que puede realizarse de forma particular una conexión que parta de lo psíquico, tiene que ver con cierto sesgo idealista. No se dirá que Dilthey sea un representante de esta corriente del pensamiento, y ya hemos dado algunas pistas del por qué, pero si se reflexiona un momento sobre las concepciones que pone sobre la mesa –arte, religión y metafísica (entendida luego como filosofía, en el sentido en que esta busca efectivamente a partir de una visión de mundo elevarse al nivel de verdad universal-, estas concepciones, se ve, tienen una gran carga abstracta. Los textos de Marx publicados casi que contemporáneamente a Dilthey no lo inquietan en lo más mínimo, de suerte que esa otra gran concepción del mundo que es la del materialismo histórico, termine sin ser considerada.

Lo lamentable no es que hayamos dejado de tener un Dilthey de ideología marxista, sino que el materialismo histórico inaugura para la filosofía precisamente una forma muy situada de concebir al hombre: el hombre cuya erlebnis es la explotación y que conexiona esta experiencia con un marco histórico que se viene desarrollando, la historia de la lucha de clases. Marx y Dilthey fueron lectores de Hegel, y a su modo cada cual heredó algo de aquel, el primero algunas de las bases de la estructura histórica, y el segundo la necesidad de ciertos asideros idealistas. Como sea, lo cierto es que Dilthey no considera el aporte del materialismo histórico, y prefiere centrarse en esas tres concepciones que antes mencionamos, llevándolas a la complejidad.

Como discurso dogmático, la religión ha mostrado ya sus fauces; lo que Dilthey llama “la fuerza de lo invisible” es tanto como la fe, y entrados en este campo, el debate inaugura un terreno bastante azaroso. Quedemos con Dilthey en que la religión –en su noción menos enfermiza- equivale a una forma especial de vivir y unir la vivencia a la historia a través de lo espiritual. En cuanto al arte, tal vez sea muy inocente por parte de Wilhelm Dilthey atribuirle una cualidad ‘más neutral’ que las otras concepciones, porque así olvida que el discurso de la vivencia siempre está en juego con el discurso de las otras, y dentro de ese juego siempre hay jerarquías y relaciones de poder que terminan determinando al hombre ampliamente. Finalmente, la metafísica hecha filosofía puede contribuir grandemente al desciframiento del enigma de la vida, o más bien, a la construcción de sus respuestas; mientras mantenga presente que la trascendencia de la vivencia es a lo único que puede aplicársele el apelativo de universal:

“Consoladoramente, podemos venerar en cada una de estas concepciones del mundo una parte de la verdad. Y cuando el curso de la vida nos acerque sólo algunos aspectos de la conexión insondable, si la verdad de la concepción del mundo que expresa este aspecto hace presa en nosotros de una manera viva, entonces podemos entregarnos tranquilamente a ella: la verdad se halla presente en todas” (Pág. 209)
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La vigencia del pensamiento diltheyano se revela en la raíz misma de su obra: si la tarea de la filosofía es comprender la vida, y la vida está en continuo cambio, su labor siempre estará activa y será necesaria. Todo está aún por hacerse y vivirse.

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