AUTOR: Alexandr Chakovski
TÍTULO: La Luz de la Lejana Estrella
EDITORIAL: Progreso (Primera edición)
AÑO: S/F
PÁGINAS: 298
TRADUCCIÓN: A. Kantoróvskaia
RANK: 7/10



Por Alejandro Jiménez

Vamos a hablar sobre una novela que quizá muy pocos de ustedes lleguen a leer, primero, porque su autor, Alexandr Chakovski (1913-1994) es prácticamente desconocido en nuestros países y, segundo, porque la única edición que existe de este libro –hasta donde sabemos- fue publicada hace más de treinta años por la extinta editorial soviética Progreso. Hay mucha responsabilidad en lo que vendrá en las páginas siguientes, básicamente debido a que cuando resulta tan difícil consultar la fuente directa, pueden coserse cualquier tipo de opiniones y, en últimas, terminar proveyendo una imagen desajustada de aquello que se habla. La labor del crítico se las tiene que ver, constantemente, no sólo con las cuestiones que atañen a la escritura, sino también con las que de un modo más profundo lo obligan a justificar y argumentar sus comentarios.

Si se observa las fechas de nacimiento y muerte de Chakovski se comprende que se trata de un hombre que vivió casi en su totalidad los conflictos y transformaciones propios del siglo XX que, para el caso concreto de Rusia, pueden resumirse en tres aspectos: su papel activo durante las dos guerras mundiales, el advenimiento y declive del modelo comunista y, finalmente, todo ese proceso de desarrollo industrial y económico que colocó al país como uno de los grandes ejes sobre los que giró –y gira todavía- el destino del mundo entero. Chakovski fue uno de esos millones de rusos que se unieron bajo el discurso de la revolución, con Lenin inicialmente, y luego con Stalin, pero también de aquellos que, pasada la mitad del siglo, se persuadieron de las fisuras y problemas que afrontaba el sostenimiento del régimen.

Esta novela, La Luz de la Lejana Estrella, proyecta varios de esos aspectos ya que su historia transcurre en los años posteriores a la Segunda Guerra, los cuales coinciden con el descubrimiento de todas las arbitrariedades y represiones que se escondían tras el mandato de Stalin. Sin embargo, no podríamos decir, de buenas a primeras, que la novela se concibe como una crítica al régimen, sino, más bien, a la paulatina caída de los rusos en los discursos que tanto habían censurado sobre el egoísmo, la hipocresía y la falta de fe en el futuro. Una declaración del mismo Alexandr Chakovski, datada en 1957, así nos lo atestigua: “los escritores soviéticos –dice- son ‘absolutamente libres’ para expresar sus pensamientos e ideas, siempre y cuando estos estén en consonancia con los objetivos de su sociedad y los ideales que inspiran a su gente”.

Chakovski escribió cuatro volúmenes de novela histórica condensando sus impresiones de la guerra y, por otra parte, trabajó como periodista y director de publicaciones literarias. Lo que se encuentra en La Luz de la Lejana Estrella se desprende de esas dimensiones de su labor y, a nuestro parecer, consiste en una interpretación de la dificultad que afrontó el pueblo ruso en la Posguerra para comprender que el enfrentamiento mundial le había robado para siempre la vida de miles de compatriotas y, asimismo, buena parte de la confianza y valor que había mostrado hasta entonces. Esa obstinación en volver atrás, a la Rusia que transitaba rauda el camino de una sociedad sin clases, lleva al protagonista de la historia –Vladimir Zaviálov- a darse cuenta de que no es Stalin quien los ha puesto en crisis, sino más bien, el germen del individualismo y la imposición que han dejado nacer muchos aquí y allá en sus cabezas.

Para dar una idea más completa del horizonte de la novela vamos a realizar a continuación una pequeña síntesis, luego de lo cual emprenderemos su comentario centrándonos en dos planos: 1) el panorama social que se vivió en la Unión Soviética durante la Posguerra y, 2) los valores que se enfrentaron en la reorientación del Estado en dicha época.

La historia de Vladimir Zaviálov

La novela abre con un epígrafe de Ozga-Mijalski que dice lo siguiente: “los poetas no mueren; se apagan como lo soles. Sus rayos fluyen por siglos y lejanías. Y a la medianoche llega a nosotros la luz que derramaron en sus días…”. Esta metáfora que se pone allí permite, en efecto, expresar simbólicamente el contenido de La Luz de la Lejana Estrella: la historia de un aviador, que es Vladimir Zaviálov, quien descubre gracias a la foto de una revista que Olga Mirónova, el primer y gran amor de su vida, no murió durante la guerra como le habían hecho creer algunos organismos del Estado; por el contrario, vive y se encuentra en algún lugar de la Unión Soviética. La novela se centrará, precisamente, en recorrer junto a Zaviálov las pistas que puedan conducirlo al paradero de Olga Mirónova: esa estrella que no ha muerto para él –como en el poema de Ozga-Mijalski-, y que lo ha acompañado durante los últimos quince años.

Todo inició en 1941 cuando la crudeza de la Segunda Guerra Mundial empezaba a inquietar el interior de las ciudades rusas. En Moscú, miles de personas se amontonaban en los embarcaderos, concientes de que los alemanes los alcanzarían en cualquier momento. Olga y Zaviálov se conocen en esta situación crítica: dos jóvenes sin familia que ahora deben escapar de la ciudad en que nacieron. Un par de días bastarán para convencerse de su amor; bien se dice por ahí que “el deseo de hacerse responsable del destino de otro ser es el indicio número uno del amor verdadero”. Sin embargo, esto que podría haberse convertido en un destello de felicidad en medio del caos inminente, se ve entorpecido por el hecho de que, llegado el primer barco para llevar a la población hacia el norte, Zaviálov se vea arrastrado por la multitud, perdiendo el rastro de la muchacha.

Sin posibilidades de reencontrarla inmediatamente, Vladimir Zaviálov tendrá que continuar con su vida; estudiará, se convertirá en un aviador profesional y, dada la imperancia del momento, será enlistado en las filas combatientes. La imagen de aquella chica, su amor por ella, y un poco también la culpa de no estar los dos a lo largo de estos difíciles años, harán de Zaviálov un hombre circunspecto, refugiado por entero en su trabajo. Lastimosamente, será este mismo trabajo el que en 1943 –“cuando (sea) ya teniente y piloto de caza”- le arrebate, por segunda ocasión, su oportunidad de estar con Olga. En plena guerra, Zaviálov ha dado en alguna región al norte de Rusia, en donde existe un regimiento y un “aeródromo improvisado”; en aquel lugar debe recibir un nuevo avión, ya que el anterior ha quedado reducido a cenizas. Para sorpresa del piloto, Olga Mirónova trabaja allí como mecánica: se abrazarán, se besarán, pasarán juntos la velada bajo las estrellas, se harán promesas de reunión, pero se separarán con la aurora, cada uno obligado a cumplir con sus tareas.

Desde esa noche y durante algunos meses Zaviálov mantiene contacto con Olga a través de cartas; sin embargo, esa correspondencia se interrumpe después, informándosele a Zaviálov que la muchacha ha muerto en combate. Pasada la guerra –cuando se tejieron tantas historias de reencuentros- no cambia la suerte para él, y sometido por la fuerza de los años que se suceden sin cesar, empieza a aceptar la idea de que Olga está muerta. Pero he aquí que un día cualquiera de 1956, mientras disfruta de su periodo de descanso con Lena –una bella chica conocida una semana atrás-, ojea la revista Luch y ve la fotografía de un grupo de personas sobre la nieve, frente a un largo edificio de madera. Olga ya supera los treinta, pero él podría reconocerla como fuera: las versiones del Estado deben estar erradas, de alguna forma el destino lo insta a que emprenda la búsqueda de su pasado.

A partir de aquí la vida de Zaviálov se transforma casi en la de un investigador: ir al sitio en donde publican la revista para enterarse por boca de Korostyliova (su editora) que la foto es un envío particular, no fue tomada por ninguno de sus periodistas. Dirigirse después a la Oficina de Búsquedas del Estado, para que Prójorova (la representante) le informe sobre la dificultad que supone seguir el rastro de una persona con la que no se tienen vínculos legales. Voces negativas que se van sumando, pero que no lo desaniman como ni siquiera puede conseguirlo la abierta burla de su compañero Simoniuk, que encuentra en la actitud de Zaviálov, no un rasgo de amor, sino el deseo de sentirse útil ahora que hace parte de la Reserva. Así, pues, será solamente la voz de Víctor, su primo, la que le brinde alientos en este proyecto tan complejo.

En vano transcurren los días esperando información que pueda provenir de la revista. Entretanto, algo de esperanza le provee Prójorova, quien ha dado con la dirección en Leningrado de la residencia de Olga en 1950, cuando fue condecorada por el heroísmo mostrado en la guerra. Por la fecha, se comprueba que la mujer no murió en combate; así que, Zaviálov –más feliz que nunca- se dirige allí, pero las casas de aquel entonces han sido demolidas para dar paso a nuevos apartamentos, en ninguno de los cuales se conoce a Olga Mirónova. Llevado por la necesidad al mismo Centro de Reclutamiento de la ciudad, logra enterarse del sitio en donde trabajó para esa época Olga, un Instituto dedicado a la investigación de los combustibles que se utilizarían en los aviones de reacción; Sokolov –compañero de entonces de la mujer- lo pone al tanto de los valores ejemplares de la misma, pero no puede ayudarlo a aclarar su paradero.

Y tampoco puede hacerlo Osokin, el director de ese Instituto, oficial ya retirado además, que no sabe de Olga desde hace varios años. En todas aquellas personas Olga Mirónova ha dejado un recuerdo, una historia, y Zaviálov va recuperando todos esos años lejos de ella, reconstruyendo con las palabras de los otros la imagen de esa mujer de la que se enamoró desde su juventud. De vuelta en Moscú, desanimado por la suerte que ha tenido en su largo trayecto, recibe la visita de Filónov, uno de los reporteros de la revista Luch, quien ha recibido una comunicación de la persona que tomó la foto en que aparece Olga; de modo que de inmediato parte Zaviálov hacia Taiguinsk, pero nuevamente el destino pone a prueba su paciencia: el fotógrafo ha partido hacia el Cáucaso con su familia.

Sin embargo, como Taiguinsk es un pueblo tan pequeño, Zaviálov empieza a caminar por sus calles con la certeza de que en alguna esquina se estrellará con Olga, cosa que evidentemente no sucede. Hará, pues, una visita, después de mucho pensarlo, a la oficina del Partido y de ella obtendrá la promesa por parte de Lukashov (el encargado) de contribuir en su búsqueda. Pero como Zaviálov no puede estarse quieto un segundo, parte hacia la Oficina de Domicilios, y minutos más tarde está frente a la puerta de una casa en donde es mal recibido, pero que le sirve para comprobar que Olga vivió allí hace un par de años. Zaviálov deduce que debió mudarse a los apartamentos que se construyen para sus trabajadores cerca de los institutos secretos –como en el que trabaja Olga-.

Una llamada de Lukashov para que se dirija a las afueras de Taiguinsk lo pondrá frente a frente con el lugar en donde se tomó la fotografía. Un apasionante diálogo con Gládishev, un viejo científico que trabaja justamente en el edificio de madera de la foto, será la última parte del recorrido de Zaviálov. Olga es conocida en el lugar; es más, tiene un vínculo muy estrecho con Gládishev: le ha salvado la vida. La mujer debe estar ahora en la montaña, trabajando en el Instituto, o descansando en los apartamentos, como bien había colegido Zaviálov. De modo que nuestro personaje sonríe y se siente inmensamente feliz porque su fe lo ha traído hasta este punto decisivo en donde es posible recuperar su pasado, y forjar un futuro al lado de la mujer a la que ama. ¿Puede todavía algo entorpecer el encuentro de la pareja?

El panorama soviético durante la Posguerra

Vamos a plantear una tesis que permite ordenar y justificar la interpretación que proponemos de la novela. A nuestro modo de ver La Luz de la Lejana Estrella desea mostrar la dificultad que vivió el pueblo soviético para reconstruir su país luego de la Segunda Guerra Mundial, dificultad que se desprende, por un lado, de su insistencia en regresar al pasado, al periodo anterior al conflicto y, por otro, a la progresiva interiorización, especialmente en los jóvenes, de conductas contrarias al comunismo: el individualismo, los valores relativos y el culto a la personalidad. En este primer apartado, quisiéramos centrarnos en el aspecto número uno, esto es, en ese abierto deseo de reordenar la Unión Soviética, no a través del análisis de sus circunstancias objetivas, sino por medio del regreso a las condiciones que la guerra había interrumpido.

Entendemos que Olga Mirónova tiene un papel bastante claro dentro de la configuración narrativa de la novela. Si bien no es el personaje que nos lleva por los caminos de la historia, sí es mucho lo que se teje sobre su vida, su carácter y acciones a lo largo de la misma. Ella juega un papel preponderante, en el sentido de que se perfila como el fin de Zaviálov, y la escritura, tanto a nivel concreto como general, insiste en este aspecto. Ahora bien, Olga Mirónova también desempeña una función importante en el plano simbólico de la obra: si se entiende que ella es uno de esos elementos puros que se ven arrancados de su naturaleza por la guerra y, sobretodo, que hacia ella se dirige de forma sistemática Zaviálov, pues entonces se encuentra que Olga es símbolo del pasado, de todo lo que constituyó la Unión Soviética antes de la guerra.

Hay un viejo poema que dice algo como: “ahora creo en el pasado como punto de llegada”, y eso es algo que representa la situación de la novela. Lo que la guerra quitó a Zaviálov no fue, únicamente, la oportunidad de estar con la mujer a la que amaba, sino todo lo que ella simboliza: un país tranquilo, con problemas sí, pero que progresa unido bajo un objetivo común, con un pasado reciente que promete toda clase de cosechas. Y así se lo dice el mismo Zaviálov, seguro de que es necesario esa vuelta hacia atrás para “recordar lo pasado, tanto lo bueno y lo malo, encontrar a los familiares y amigos, retornar a los tiempos en que éramos mejores o peores…”. Más obstinadamente aún se muestra en una de sus conversaciones con Lena, cuando ésta le recrimina el no emprender con ella un nuevo camino:

“Eso no puede ser –dice Zaviálov-. No es una moda ni son vanos los esfuerzos. Hay que enmendarlo todo, hacer volver a los que aún volver pueden y conservar el recuerdo de aquellos cuyo regreso es ya imposible. Olga, viva o muerta, me llama. No se encuentra a mis espaldas, sino allí, adelante…” (Págs. 132-133)

El pasado no está a las espaldas de Zaviálov, sino adelante suyo, es su punto de llegada; habrá que reconstruirlo de alguna forma, porque sólo él puede dar las claves para continuar en el camino. Y es así que la vitalidad no la encuentra el personaje en su presente –en su trabajo como asesor y reservista-, sino en el seguimiento de todas esas pesquisas que puedan ponerlo nuevamente frente a Olga Mirónova. Viendo películas ambientadas en la época, Zaviálov se siente vivo: esos pilotos que ve en la pantalla se los representa como él mismo en los instantes en que Olga estaba más cerca que nunca. No logra comprender cómo reiniciar su camino sin esa fuerza, sin la certeza de que la guerra vino sí, pero no alcanzó a destruir lo que era él; sin estos dos elementos la vida de Zaviálov se revela gris y bastante escéptica.

Es obvio, que la guerra fue interpretada de muy variadas formas por el pueblo ruso. Las miradas coinciden en que se trató de un periodo difícil, indeseado, pero lo que vino después hace divergir esas opiniones: durante la Posguerra hubo tantas historias contadas a modo de milagros: “los soldados se levantaban de sus tumbas para buscar a sus padres, y éstos, despreciando los relatos de los testigos de su propia muerte, salían de los hoyos abiertos por las bombas y tapados ya por las aguas de los pantanos, de las ciénagas, de debajo de los escombros de los edificios, de la tierra asolada por el fuego y arada por la metralla de los proyectiles, así como del humo de la pólvora que iba asentándose. Venían de la nada para abrazar a sus envejecidos hijos y tomar en brazos a sus desconocidos nietos”.

Es decir, hubo historias disímiles, de encuentro y felicidad para algunos, de amargura para otros. El caso que nos propone la novela de Alexandr Chakovski corresponde al de la obstinación, al de no asumir la contundencia de la guerra, quedándose atrapado en un pasado que ya no puede regresar porque ha sufrido una fisura irreparable. La guerra, se plantea Zaviálov, hizo perder el vigor de la vida pacífica, haciendo mudar significativamente el cariz de todo: de la gente, de los valores, de las creencias, y es este cambio –característico de la Posguerra- frente al cual Zaviálov no logra hallar una posición conciliatoria. El pueblo soviético tiene su futuro en el pasado, debe orientarse en la búsqueda de lo que se perdió allí, dejando a un lado el contexto inmediato. Es justamente esta posición la que encuentra desafortunada su crítico, Simoniuk:

“Tú, con tus ilusiones, me exasperas. Si quieres saberlo, te diré que comprendo perfectamente tu leyenda. Lo comprendo quizá mejor que tú. Lo que quieres es resucitar tu anterior vida. Sí, resucitarla sin más ni más. Ajustar el pasado al día de hoy. Pero ten presente que lo ido, ido es. Tú no necesitas a Olga; lo que quieres, es volver al ejército, tocar la palanca del motor; ésa es la cuestión. Pero el camino hacia allá está velado. Y tú asunto personal se conserva en el archivo más lejano. Y hay en él una inscripción hecha al través con lápiz rojo…” (Pág. 69)

Hay, por otra parte, una cuestión que hace todavía más compleja la situación de Vladimir Zaviálov. En cada lugar al que va en busca de Olga, escucha de quienes la conocieron las más increíbles historias de valor y principios: Sokolov le relata cómo la verdad incorruptible de la muchacha, lo salvó de una acusación que se le dirigía; Osokin no había conocido antes de ella a una mujer más comprometida con su trabajo; Valia, una joven que conoció a Olga en Taiguinsk, la hace ver como el ejemplo más vital de fe en sí mismo y; Gládishev, resalta su amor por el prójimo, a él lo salvó de la muerte después de ser abandonado durante un huracán por un joven sin escrúpulos. Esto, sumado a los destinos humanos que el propio Zaviálov atestigua en su recorrido –el de Prójorova y su hija Liza, el de Pávlik, etcétera- lo llevan a entender toda la carga humana que se cierne alrededor de Olga, o sea, de su pasado.

Cómo no buscar a toda costa su regreso cuando están allí los valores por los que se debe luchar en la Posguerra: Olga es la justicia, el compromiso, la fe y la ayuda. Todo el núcleo del problema puede condensarse en este punto de la historia: Vladimir Zaviálov y, como él, muchos soviéticos más, que no tuvieron la suerte de reencontrarse con sus familiares y conocidos después de la guerra, a quienes algo de vida y valor les arrancó irremediablemente, se verán enfrascados durante muchos años en una situación trágica, desear de modo ferviente contribuir al desarrollo de su país, pero estar cegados completamente a las rutas que partan del reconocimiento del pasado como un fenómeno muerto, digno de memoria, pero superado.

Los valores de la nueva juventud soviética

De forma complementaria a lo que simboliza la historia personal de Zaviálov, La Luz de la Lejana Estrella desarrolla una especie de contraste entre las dos líneas de valores que son palpables en la juventud soviética durante la Posguerra. Por un lado, están los casos de Víctor y Zviáguintsev, portavoces del relativismo moral, del culto desaforado de la libertad y; por el otro, Filónov y Pávlik, jóvenes también como aquellos, pero muy cercanos a los principios del comunismo. El hecho que sirve de base a esta discusión, la división de un pensamiento que antes de la guerra estaba un poco más unificado, viene a encontrarse en la figura de Stalin y el descubrimiento que va haciendo la sociedad soviética de todas las contradicciones a las que aquel hombre llevaba al Régimen.

A medida que el pueblo ruso y, especialmente, la juventud, va develando el engañoso rostro de Stalin, se va adivinando en ellos una doble orientación. Cuando, años atrás, se señalaba a Stalin como autor de detenciones arbitrarias, desapariciones, etcétera, había una voz generalizada de incredulidad; nadie podía convencerse de que esto fuese cierto, se decía de forma unánime: “esto es una creación de los enemigos del comunismo”. Pero una vez que son evidentes, no sólo estos hechos, sino todos aquellos que hacen parte de lo que luego se conoció como el culto a la personalidad, la juventud rusa se divide en dos grandes grupos: el primero, encierra a todos los que equiparan al comunismo con la figura de Stalin y, por ende, concluyen que el Régimen está viciado en su totalidad; y el segundo grupo corresponde a quienes desaprueban las acciones de Stalin, lo consideran un líder inadecuado, pero reconocen todavía la pertinencia del modelo comunista.

Estas dos perspectivas son palpables en la novela. Víctor, el primo de Zaviálov, y Zviáguintsev –un joven científico que robará para beneficio propio los trabajos de Gládishev- hacen parte de ese primer grupo al que antes nos referimos. Ellos han camuflado bajo unas ideas que pueden parecer irrebatibles, muchos rasgos del pensamiento anti-comunista: ambos exaltan por sobre todo la libertad individual, la consideran un privilegio que no puede negociarse; ambos dicen trabajar en beneficio de su país, pero sus propios discursos y acciones reflejan el deseo individual; ambos, en últimas, como afirma categóricamente Zaviálov, “al tiempo de pronunciar frases pomposas y falsas acerca de la dignidad (mezclan) con el lodo a los seres humanos”.

Observemos el caso de Víctor. Como es su única familia, Zaviálov le ha procurado los recursos para que adelante todos sus estudios, y así el joven lo ha hecho, al punto de estar preparado para iniciar su vida laboral. Zaviálov lo considera alguien ejemplar, aunque a veces le preocupen sus palabras: la paz de él, le ha confesado, consiste en “hacer lo que (se le dé) la gana”. Es cierto que desea trabajar, pero no quiere saber nada de órdenes, necesidades, sacrificios. Y, de otro lado, es un crítico de la moral de su época: “después de haber llovido sobre nuestras cabezas tantas fórmulas, datos, citas, cifras y analogías, no está uno en condiciones de comprender lo que está bien ni lo que está mal ni tampoco cómo proceder: si así o a la inversa. En tal estado uno comete infamias”.

Como se ve, hay dos elementos en la conducta de Víctor: una libertad sin fundamentos, y una moral azarosa. Estas son, justamente, las cualidades de la juventud que ya no cree en el discurso de “prestar juramento de lealtad al pueblo”. Lo contradictorio es que Víctor ha conocido a Liza, la hija de Prójorova, ha salido con ella y la chica ha terminado embarazada. Él, desatendiendo su obligación como padre, se ha escabullido; con que Liza ha tenido su hijo por su cuenta, sólo que después de un mes ha muerto. Al increparlo Zaviálov sobre la situación, Víctor arguye que las normas no pueden obligar a nadie a hacer lo que no desea: ¿por qué vivir junto a alguien cuando ya no hay en el medio un sentimiento que los una? Responder por las consecuencias de sus actos, es algo que no cabe en la cabeza del muchacho.

Otro tanto ocurre en la historia de Zviáguintsev: ha viajado a Taiguinsk para completar su tesis de doctorado y, como desea durar lo menos posible viviendo entre gente tan insípida, hipócritamente convence a Gládishev de que escriba su documento. El viejo lo hace sin problemas, su trabajo lo ha hecho pensando en un beneficio común, luego no importará quien lo publique, pero en el fondo lo que se está experimentando es el robo de más de treinta años de investigaciones por parte de un joven que se atribuye la libertad de usar al anciano como medio, sin encontrar en ello ningún dilema ético. Stalin ha hecho lo que quiso con la Unión Soviética, por qué ellos no pueden hacer lo propio: no hay deberes que les exijan respecto del otro y de la moral; todo se resume a vivir aprovechando de la mejor manera las circunstancias.

Los casos contrarios son los de Pávlik y Filónov. El primero es un joven que sueña fervientemente con ser aviador, como Zaviálov. Precisamente, le insiste una y otra vez a aquel para que lo recomiende y así empiece su carrera. A Zaviálov, lo incomodarán al principio las continuas exhortaciones del muchacho, pero ante la visión de esos otros dos jóvenes que sólo piensan en ellos mismos, se convencerá de que esa fuerza e insistencia en los sueños es lo que debe prevalecer en el pensamiento de la juventud soviética. Contrario a los otros, en el panorama de la guerra y los vicios de Stalin, Pávlik no ha visto una excusa para argumentar los defectos y vicios propios, sino la instancia para medir frente a una gran prueba histórica su fortaleza y valores. Es un buen discípulo de Zaviálov si nos atenemos a sus palabras:

“Tendremos que aprender de nuevo muchas cosas. Aprender a convencer. Raras veces discutíamos los conceptos del bien y del mal, de la conciencia, la verdad, la honradez, la cobardía y el valor… Todo nos parecía predeterminado, colocado de antemano en su respectivo lugar. Y ahora esos conceptos vuelan y clavan el aguijón, como avispas, en muchachos de la edad de Víctor… Y nosotros callamos… ¡No es nada fácil explicarlo! Yo mismo no puedo comprender muchas cosas. Durante decenas de años nos basábamos en citas y pomposos epítetos. ¡Los mascábamos y rumiábamos!... ‘El cuarto capítulo del Compendio de la Historia del Partido’, ‘como nos enseña el compañero Stalin’, ‘en el genial trabajo del compañero Stalin’” (Pág. 110)

Finalmente, tenemos el caso de Filónov, el periodista de la revista Luch, un joven que supo cambiar el escepticismo de Zaviálov por una oportunidad. Cuando estuvo el piloto en la revista pidiendo ayuda dirigió una mirada de recelo al muchacho: ¿qué podría hacer alguien como él en un asunto tan importante? Y he aquí que, en vez de declararse inútil como tal vez lo intuía para su fuero interno Zaviálov, hizo sus averiguaciones y fue él mismo quien encontró la referencia de Olga en Taiguinsk. “Tenemos por delante una vida –confiesa el joven a Zaviálov-, y la libertad es la certidumbre de poder hacerlo todo”, pero no al modo como lo entienden Víctor o Zviáguintsev, sino como conciencia de trabajo, de que es necesario edificar una sociedad partiendo de lo que ha dejado la guerra, con el valor agregado de un deseo conjunto y persistente.

Si al principio hacíamos notar que el libro de Alexandr Chakovski no es una crítica al régimen de Stalin, sino sobre todo al germen del pesimismo y la individualidad que había calado en el pueblo ruso después de la guerra, estábamos pensando en esto. Aunque para el soviético era necesario volver hacia el pasado para interpretar más adecuadamente su situación en la Posguerra, no podía hacer de ella una obsesión. Asimismo, si bien Stalin reveló las dimensiones anti-humanas y violentas que podía asumir el proyecto comunista, Rusia debía comprender que no era el comunismo en sí mismo lo que habría de aniquilarse, sino la enfermedad que iba creciendo en la mente de muchos, como Víctor y Zviáguintsev, que eran la viva muestra de todo lo que por respeto propio nunca tendría que permitirse.
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La Luz de la Lejana Estrella es la señal de una ruta que se pierde, y que los soviéticos fueron encontrando a trancazos desde mediados del siglo XX. La obra de Alexandr Chakovski puede entenderse como un símbolo de esta difícil transición.

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