AUTOR: Émile Zola
TÍTULO: Nana
EDITORIAL: Oveja Negra, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1982
PÁGINAS: 442
TRADUCCIÓN: Carlo de Arce
RANK: 8/10




Por Alejandro Jiménez
Cuando un autor decide escribir su obra fundamentándose en la realidad concreta, esto es, en el ámbito socio-histórico que le es más próximo, atraviesa una situación que podría considerarse conflictiva. Es cierto que su realidad constituye aquello de lo que el escritor puede hablar con mayor criterio, y es casi una exigencia para él que su obra permita a los otros el acercamiento a los aspectos centrales de su época. No obstante, para lo que concierne al devenir de la historia literaria, el hecho de encontrar un Shakespeare muy renacentista, o un Balzac decimonónico, llega a crear una especie de muro que separa a las obras de futuros lectores. Ya sea por dificultades en el uso del lenguaje, o por la falta de interés que muchos sienten hacia el pasado, no en pocas ocasiones los nombres de los grandes escritores se reducen a palabras desgastadas.

De esta forma se explica que, aunque los manuales literarios y, en general, los comentarios de los lectores, sigan insistiendo en la importancia de Shakespeare o Balzac, cada vez se los lea con menos frecuencia. Quizá estemos abocados a un futuro en el que el leer a estos autores resulte un exotismo, una muestra de extravagancia intelectual; todo conduce a ello: el negocio editorial, la falsa asociación de la literatura con los best-sellers, el deterioro de nuestra conciencia histórica, etcétera. Pero, mientras tanto, quienes vemos en ello una prueba más de la futilidad humana, estaremos dando la batalla en el único lugar en donde es válido hacerlo, en la página de Shakespeare o Balzac, porque allí no es necesaria ninguna mediación del vicio moderno, con todo su repertorio de maquinaciones y ligerezas.


Esta es un poco mi forma de justificar, no frente a la sociedad, sino frente a mí mismo, el tomar, por ejemplo, la Nana de Zola, y entregarme a ella con un interés sincero y motivado. No desconozco que pueda haber en la actualidad un par de libros destacables pero, de alguna manera, lo contemporáneo está tan lejos de mí, como lo está el siglo XIX, de modo que, aun cuando pueda verlo cada día, hay en esa mirada un extrañamiento, la perturbación del que se sabe arrojado en un espacio que no comprende, y que debe rastrear cuidadosamente. Y hay fruición en esta huída, porque mientras en la actualidad nadie desea renunciar a lo que piensa, en el pasado todo puede interpretarse como concesión: la pureza de algo que es simple totalidad. Hubo, sin duda, una tradición para la que fue importante escribir y, sobretodo, hacerlo con honestidad y entereza, pero los hilos que conectan esa tradición con el mundo moderno están rotos.

No quiero decir con esto que Nana sea una obra universal; en estas afirmaciones siempre se cuela un espíritu religioso, enfermizo. Es una totalidad, y esto significa básicamente que ha sincretizado un mundo que puede tener o no equivalencias con la infinidad de mundos que conforman la existencia. Es decir, sería un error asegurar, por citar un caso, que la obra refleja el arquetipo del hombre en donde el vicio triunfa sobre la moral –como ocurre con el conde Muffat-, y lo sería porque en un principio de semejante categoría caben las extrapolaciones a cualquier sociedad o época. Sería más sensato observar que Muffat totaliza, para la Francia del XIX, ciertas conductas particularmente palpables en las clases altas. Totalizar no significa universalizar, y aunque un lector, hoy por hoy, pueda encontrar en una obra de dos siglos atrás equivalencias de algún tipo, no se debe a una naturaleza compartida –y en este coincido con Sartre-, sino a la simple contingencia del sincretismo.

Dicho esto, voy a hacer una pequeña síntesis de la novela, para a partir de ella examinar dos aspectos que considero relevantes: 1) el perfil existencial de Nana y, 2) el tipo de moralidad que puede desprenderse de los personajes alrededor de la prostitución.

Una gorda rameruela, Nana

Nana debuta en París, y “La Venus Desnuda”, de Bordenave, promete convertirse en todo un acontecimiento teatral. No hace falta un gran argumento para la obra: la sola presencia de Nana, desnuda, emergiendo sobre el escenario, será suficiente para sorprender el deseo de los hombres, quienes, aun conscientes del poco talento de la actriz, serán los encargados de cultivar su camino hacia la cumbre. Hay algo en Nana –en la blancura de su piel, en los bucles dorados que caen por su espalda, en la voluptuosidad de su mirada- que socava la fuerza de cualquier hombre, y lo domeña, y lo convierte en su esclavo, en un ser sin conciencia ni voluntad. Las mujeres hablarán de ella, juzgando su impudicia, aunque en su fuero interno anhelen para sí algo de su soltura; y los hombres, desde el más pobre hasta el más rico, afrontarán la dura lucha de controlar sus ímpetus, toda su virilidad.

Ahora bien, mientras llega algo de ese triunfo que el destino le tiene preparado, Nana debe afrontar su realidad: las deudas, el hijo enfermo que no quiere devolverle su nodriza, el trance de la subsistencia diaria. Porque, si bien es cierto que todo París habla de ella –Fauchery (el periodista), Steiner (el banquero), y hasta el mismo conde Muffat de Beuville- es difícil para una mujer sobrellevar los gastos sola. Ahí está Zoé, su criada, intentando ahuyentar a los cobradores que se arremolinan en el apartamento, pero también a los muchos admiradores que congestionan el paso con sus ramos de flores y que esperan tener la chance de conocer a Nana personalmente. Algunos sabrán que la actriz sale con Daguenet, más joven que ella, otros intuirán que, como pasa con la mayoría de mujeres del teatro, se prostituye ocasionalmente, pero ninguno de ellos comprenderá que a Nana le gustaría ser mirada como mujer respetable y de principios.

En las reuniones de la alta sociedad se empieza a considerar a la actriz la personificación del mal; en casa de la condesa Sabine, por ejemplo –esposa de Muffat-, las ancianas se lamentan de la pérdida del decoro y la dignidad: una mujer cuyo único mérito sea su desnudez, su erotismo, jamás podrá ser bien vista. Entretanto, hipócritamente los hombres despotrican de Nana, mientras planean veladas en su compañía; reuniones que, de forma paulatina, ganarán fama en París por su libertinaje e irreverencia. Pero es como si Nana se convirtiera en el chivo expiatorio de una ciudad corrompida: en el teatro, las actrices reciben todo género de invitaciones y aceptan aquellas de quienes ofrecen más; la Sra. Tricon va y viene por las calles arreglando encuentros clandestinos; y hasta los mismos esposos, como sucede con Auguste Mignon, conceden una noche de su mujer a cualquier extraño, cegados por el deseo de obtener algún beneficio particular.

De modo que, con el pasar de los días, todo se desarrolla a manera de un vicio incontrolable: Nana se acuesta con Daguenet, pero recibe los favores de Steiner, quien le compra una hacienda a las afueras de París, y allí, en su primera visita, tiene una aventura con Georges Hugon –un joven admirador suyo- e, incluso, accede a tener un pequeño encuentro con Muffat, aquel conde cuya religiosidad lo había refrenado hasta entonces, pero que sucumbió finalmente, como todos, ante la sensualidad de Nana. Mas, aunque parezca curioso, Nana es culpable simplemente de asumir sin resquemores cada uno de sus actos, nunca de ser la única: París parece una gran cama en donde todos se acostarán por turno, unos con otros: la condesa Sabine con Fauchery, Rose Mignon con Steiner y con el mismo periodista, Satin –la joven prostituta- con todo aquel que pague bien, hasta con la misma Nana, y en fin, todos, los viejos y los jóvenes, los comprometidos y los que no: toda París encerrada en una sola habitación.

Hay una suerte de contraste entre lo material, lo moral y sexual. Lo que lleva a Nana a ser reconocida no es su talento, más bien, su forma especial de pavonearse con todos los regalos que le proveen los hombres (un carruaje, las joyas, los vestidos), y esa ostentación sólo induce a desearla más, a querer sobrepasar los favores del anterior amante, a colocarle un precio más alto a su cuerpo. Y, sin embargo, a pesar de ese celo que lleva a algunos a arrojarlo todo a los pies de Nana, como lo hace Steiner, o como lo hace Muffat, sin importarles sus familias, su reputación, su moralidad, la actriz no deja de ser una prostituta como cualquier otra y, así, puede estar muy bien siendo atendida por sus criados, burlándose del oro de la Tierra, como puede estarlo en una calle sucia de París, obsequiando su cuerpo por una moneda, sólo porque de a momentos a ella misma le ganan los devaneos.

Es por esto que existen diferentes momentos en el itinerario de la historia: el de la Nana que se encapricha con el pequeño Georges; el de las primeras relaciones con Muffat, del que nacerá la obsesión del conde por la mujer, así como el gusto de Nana por el despilfarro y la ostentación que son su sello personal; el de la temporada de romance entre la actriz y Fontan –un joven compañero del teatro-, tiempo del que sólo queda pobreza, golpes y necesidad; el de la relación de trabajo-amor con Satin, muchacha que termina aburriéndose de los desenfrenos de Nana; el de su rencuentro con Muffat, la época de más extravagancias de Nana, cuando viva como reina, atendida y envidiada, pero insatisfecha y; finalmente, el de su huída hacia Rusia, luego de su fracaso en el teatro. Tal vez puede volver de allá y entonces logre definirse todo: si fue ella quien arrastró a París en ese nudo de depravaciones, o si fue una parte más de la confusión, sin una culpa especial que imputársele.

El perfil existencial de Nana

Cabe la pregunta sobre las razones que llevaron a Émile Zola a concebir este personaje, no ya en su plano estético, sino simbólico. De entrada puede palparse una crítica a los elementos que servían de base para juzgar a las personas en la Francia del siglo XIX: Nana no es una mujer especialmente talentosa, o inteligente; es su belleza, la sensualidad que despierta su cuerpo, lo que le granjea un espacio privilegiado en París. A mi modo de ver, el erotismo de una persona comporta también sus propias virtudes (el equilibrio, la fuerza, etcétera), de modo que considero que Zola no quería juzgar, o al menos no principalmente, la figura de Nana en tanto una mujer carente de virtudes que, sin embargo, triunfa; al contrario, son la obsesión, la carnalidad, y la impudicia lo que el autor considera cuestionable, toda vez que son estos comportamientos de los hombres los que precipitan el poder de Nana, y en estos, por su condición, sí es posible encontrar un quiebre con la virtud y la moral.

Durante la novela, Fauchery –un periodista que, por demás, no puede juzgar a nadie apelando a la moral, pues todos sus artículos siempre se negocian antes de publicarse en las sábanas de alguna actriz- redacta una pequeña semblanza sobre Nana. Sus líneas son leídas con avidez por todos, y reflejan la forma como solía verse a la actriz:

“Muffat leía lentamente. La crónica de Fauchery, titulada La Mosca de Oro, era la historia de una muchacha nacida de cuatro o cinco generaciones de borrachos, la sangre viciada por una larga herencia de miseria y embriaguez, que en ella se transformaba en una degradación nerviosa de su sexo. Había crecido en un arrabal, en el arroyo parisiense, y alta, hermosa, de carne soberbia como planta de estercolero, vengaba a los indigentes y a los abandonados, a los cuales pertenecía. Con ella, la podredumbre que se dejaba fermentar en el pueblo ascendía y pudría a la aristocracia. Ella se convertía en una fuerza de la naturaleza, en un fermento de destrucción, sin quererlo ella misma, corrompiendo y desorganizando. París entre sus muslos de nieve. Y al final del artículo aparecía la comparación de la mosca, una mosca de color de sol y envuelta en basura, una mosca que tomaba la muerte de las carroñas toleradas a lo largo de los caminos y que, zumbando, bailando, lanzando brillos de joya, envenenaba a los hombre con sólo ponerse sobre ellos, en los palacios que invadía entrando por las ventanas” (Pág. 200)
Como se nota, lo que piensa Fauchery y, como él, gran parte de las mujeres y hombres que aparecen en la historia, es que Nana se ha cernido sobre las buenas costumbres e, intempestivamente, ha arrojado sobre ellas y la sociedad que las practica una mancha de libertinaje y corrupción. En este sentido, la culpa del deterioro de París apunta en una sola dirección que es la de Nana, siendo todo lo demás, la aristocracia, las mujeres decentes, o el buen gusto, sus víctimas. Ella ha “corrompido” y “desorganizado”, es “un fermento de la destrucción”, tiene su “sangre viciada por una larga herencia de miseria y embriaguez”. Este discurso no permite que nadie puede percatarse de que es, precisamente, a Nana a quien ha llegado todo el vicio de su época, que ella no busca nada en particular, ni siquiera una de esas venganzas abstractas de las que habla Fauchery; es la necesidad de los otros, su hipocresía moral, la que se ha arrastrado sobre ella, hasta convertirla en ídolo.

El perfil de Nana representa, así, la ironía de Zola: lo que permite en una sociedad el nacimiento del vicio y, más tarde, su consolidación, no es al modo de la concepción cristiana, una manzana podrida, o un ídolo falso, es, sencillamente, el quiebre de su sensatez, de su respeto y valor hacía sí misma. Piénsese que más allá de la voluptuosidad de Nana, de su atractivo –que, además, constituye algo por lo cual no puede juzgársele-, es el poco control sobre ellos, sobre su moral, lo que lleva a los hombres a rendirle culto. Si se tratara de ponerlo en esos términos: no importa que el “mal” exista, mientras mi conciencia me permita encontrar el camino de la rectitud; por tal razón, lo que hace de Nana una mujer deseada, no es algo en sí misma, sino el propio deseo del hombre, quien sabiendo que puede poseerla, deja de lado los dilemas axiológicos.

Es que Nana interpreta en la ciudad “los papeles de una encantadora sin esfuerzos”; en todos sus actos y palabras se descubre alguien a quien las cosas llueven a sus pies sin exigencias previas; está allí para probar cómo los hombres creen que lo material puede comprar cualquier pasión, y luego salvaguardar su imagen llamándose a sí mismos víctimas del juego. Todo se torna un círculo vicioso: los hombres comprando su placer con dinero, y digo su placer porque Nana no lo comparte la mayoría de las veces, y ella misma atrapada en una práctica que maneja bastante bien: el derroche, la exuberancia. Sólo que Nana tiene un punto a su favor y es que tiene claro el verdadero orden de las cosas:

“–Santo Dios, esto no es justo. La sociedad está mal hecha. Se acusa a las mujeres, cuando los hombres son quienes exigen las cosas… Mira, y ahora puedo decírtelo: cuando estaba con ellos, ¿comprendes?, no me hacían gracia, ni placer me daban. Eso me fastidiaba, palabra de honor… Entonces, yo pregunto si tengo algo que ver con todo eso. Y me han aplastado. Sin ellos, querido, sin lo que ellos han hecho de mí, estaría en un convento rezando a Dios, porque siempre he sido religiosa… ¡Y basta! Después de todo, si han dejado su dinero y su piel, es culpa suya. Yo no tengo nada que ver” (Pág. 424)
Una sociedad alrededor de la prostitución

Siempre he tenido predilección por las obras que trabajan, de una u otra forma, el tema de la prostitución, y esto porque considero que se trata de un fenómeno que pone en crisis los discursos que se tienen sobre Cursivatodo: sobre la moral, sobre la familia, sobre el amor propio, etcétera. El caso de Zola en Nana ocupa un lugar importante a este respecto, ya que su manera de tratar el tema es bastante sutil, muy cuidadosa, llena de la fineza que caracterizó a los escritores franceses del siglo XIX. Pero además de esto, Émile Zola establece en la novela una reflexión complejísima, tanto por amplia como por profunda, de suerte que lo que sobre ella pueda escribirse aquí es apenas una pretensión.

En primer lugar, quisiera hacer notar que en Nana se resalta la prostitución como un hecho que involucra una condición social. Esto quiere decir que hace parte activa de la sociedad parisiense, y que alrededor de ella se establecen roles, imaginarios, relaciones y conflictos. Está, por ejemplo, la forma como describe Zola el trabajo de las proxenetas, representadas por la Sra. Tricon –y, luego, por Zoé, quien la sucederá-; la vieja es la encargada de concretar los encuentros entre las actrices del teatro y los diplomáticos u hombres de alcurnia que las desean; en cualquier hotel clandestino, o en su propia casa, la Sra. Tricon organiza como cualquier transacción de negocios, las veladas por las cuales recibe dineros exorbitantes.

Esta también el caso del teatro, un lugar que tiene bien especificados sus usos, pero en donde también se acuerdan, al cierre de las funciones, citas que dejan al desnudo la doble profesión de las actrices, y las tramas secretas que elaboran. El arte conviviendo con la sensualidad; al parecer en París los burgueses no asisten a las funciones únicamente con el ánimo de alimentar su conocimiento artístico, sino también de acechar tras bambalinas la carne que se embellece con los corsés y los ligueros. Los camerinos del teatro, los mismos que recorre el conde Muffat buscando a Nana, enceguecido por su atracción, tienen el color, el aroma a polvos y perfumes, la luz cómplice y suave, y ese ritmo languidecente que tiene cualquier burdel citadino.

Es fácil descubrir en Nana una certeza, la de que la prostitución abarca todo un espectro social, esto es, de que no se reduce a un problema residual o periférico, sino a una realidad extendida por todos los rincones de la ciudad. Y porque esto es así, la prostitución adquiere una coloratura particular en la novela, un contraste que puede tornarse hasta divertido, como cuando el conde Muffat visita el camerino de Nana en el teatro:

“El conde Muffat y el marqués de Chouard le imitaron. Allí no se bromeaba; era como en la corte. Aquel mundo de teatro prolongaba el mundo real, en una farsa seria, bajo el vaho ardiente del gas. Nana, olvidada de que estaba en pantalón y con un cabo de la camisa fuera, representaba a la gran señora, la reina Venus, abriendo sus saloncitos a los personajes del Estado. A cada frase soltaba las palabras Alteza Real, hacía convencidas reverencias y trataba a los disfrazados Bosc y Prulliére como soberano cuyos ministros le acompañan. Y nadie se reía de aquella extraña mezcla, de aquel verdadero príncipe, heredero del trono, que se bebía el champaña de un comiquillo, muy a gusto en aquel carnaval de dioses, en aquella mascarada de realeza, en medio de un mundo de camareras y prostitutas, de farsantes de teatro y de exhibidores de mujeres” (Pág. 133)
Desde este punto que podríamos llamar el más alto, respondiendo al grupo social al que pertenece Muffat, se desprende hacia abajo todo un inventario de espacios para la prostitución: el de Auguste Mignon que prostituye a su esposa Rose aquí y allá, para ganar el papel principal en una obra, o cierta propiedad, o cualquier favor. También el de Nana, que recibe según sus necesidades a burgueses en busca de aventura, y por lo cual su apartamento de soltera, su hacienda, o la casa que le pone a su nombre Muffat son siempre puntos de encuentro en donde se vende una noche, una tarde, o lo que sea. Y al final, en la parte más baja, la prostitución que se establece en las calles, y que en los instantes de crisis la personifica la misma Nana junto a Satin, donde las reglas cambian aunque el fondo permanezca:

“Pavoneándose, la risa fuerte, con miradas hacia atrás a los hombres que volvían la cabeza, estaban allí como en su casa. Sus rostros blancos, pintados de rojo los labios y de negro los párpados, adquirían en la sombra el encanto turbador de un Oriente de pacotilla abandonado en medio de la calle. Hasta las once, entre los empujones de la muchedumbre, permanecían alegres, soltando de vez en cuando un ‘valiente cochino’ a las espaldas de los necios cuyos talones les arrancaban un volante; cambiaban pequeños saludos familiares con los camareros, se paraban a charlar delante de una mesa, aceptaban consumiciones, que bebían lentamente, como personas felices de sentarse para esperar la salida de los teatros. Pero a medida que avanzaba la noche, si no habían hecho uno o dos viajes a la calle de La Rochefoucauld, se volvían malas zorras y la cacería se hacía más áspera. Al pie de los árboles, a lo largo de los bulevares sombríos que se vaciaban, tenían lugar los regateos feroces, las palabrotas y los golpes, mientras las familias honestas, el padre, la madre y las hijas, habituadas a tales encuentros, pasaban tranquilamente y sin apresurar el paso. Luego, después de haber ido diez veces de la Opera al Gimnasio, cuando decididamente los hombres se desasían y marchaban más rápidos en la oscuridad creciente, Nana y Satin permanecían en las aceras del arrabal Montmartre. Allí, hasta las dos de la madrugada, los restaurantes, las cervecerías y las salchicherías resplandecían, mientras un hormigueo de mujeres se obstinaba frente a las puertas de los cafés, último rincón iluminado y viviente del París nocturno, último mercado abierto a los acuerdos de una noche, donde los tratos se hacían entre los grupos, crudamente, de un extremo al otro de la calle, como en el pasillo abierto de una casa pública. Y las noches en que regresaban de vacío, las dos amigas disputaban. La calle de Notre-Dame de Lorette se extendía oscura y desierta, y las sombras de las mujeres se arrastraban arriba y abajo; era el regreso retrasado del barrio, las pobres prostitutas exasperadas por una noche de paro forzoso, obstinándose, discutiendo todavía con voz enronquecida con algún borracho perdido, que retenían en la esquina de la calle Breda o de la calle Fontaine” (Pág. 248-249)
Obviamente, estos distintos niveles desde los que se examina la prostitución contienen un ámbito axiológico. Pero aquí, como sucede en general con los otros aspectos de la novela, lo que pretende Émile Zola no es erigir un juicio sumario sobre la conducta de las prostitutas, sino observar la forma como el placer enceguece a los hombres y los hace dejar a un lado todos los discursos sobre la moralidad. Tanto el marqués de Chouard como el borracho que a la madrugada zigzaguea por alguna calle de París comparten esa condición problemática: no son víctimas de un vicio que se expanda por la ciudad, ni siquiera han caído en las redes de la prostitución; más bien, son sus depositarios, hombres que han aceptado tácitamente su existencia y que, aunque son sus usuarios habituales, tienen miedo a declararlo públicamente.
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Nana es una novela compleja y totalizadora. Zola extrajo de su tiempo una tajada suficiente para comprenderlo de manera extensiva. El talento y la madurez de la literatura francesa están volcados en esta obra.

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