AUTOR: Carlos Fuentes
TÍTULO: La Muerte de Artemio Cruz
EDITORIAL: F.C.E. (Octava Edición)
AÑO: 1976
PÁGINAS: 316
RANK: 8/10




Por Alejandro Jiménez
Un propósito complejo subyace en esta novela de 1962, La Muerte de Artemio Cruz. Quiso en ella Carlos Fuentes alcanzar tres objetivos de distinta naturaleza: en primer lugar, remarcar esa fuerza revolucionaria que caracteriza su pensamiento; luego, vincular el tratamiento histórico a un plano que podríamos llamar existencial y; finalmente, explorar nuevas rutas narrativas o, lo que es lo mismo, sintetizar en una técnica polivalente los muchos caminos que se pueden seguir al intentar acercarse a la realidad. Es obvio que la suerte que alcanzan cada uno de estos objetivos varía considerablemente pero, en la medida en que todos hacen parte del gran corpus que es la novela, es posible afirmar que la obra mantiene su unidad, y que de lejos merece la difusión que ha tenido a lo largo de los últimos cincuenta años.

En 1958, Fuentes inició su carrera novelística con La Región Más Transparente, aportando al naciente boom latinoamericano una historia que, por el ambiente urbano en el que se desarrolla, se apartaba del trabajo realizado por sus contemporáneos. Un año después, publicó Las Buenas Conciencias, obra de sesgo más rural, aunque tan política e histórica como la primera. Esos dos contextos, el del campo y el de la ciudad, amén de los puntos de referencia socio-históricos desde los que siempre se ha proyectado el autor, se conjugan en La Muerte de Artemio Cruz en un sentido bien particular: México visto no sólo a guisa de horizonte narrativo, sino también como foco hermenéutico, es decir, como un espacio en el que mientras se reconstruyen identidades, hechos y circunstancias, se va perfilando una gran imagen cultural.

El General Lázaro Cárdenas escribió a propósito de la novela que había encontrado en ella “una profunda interpretación de los sentimientos y de la actitud ante la vida de los seres que se desenvuelven en los distintos medios” descritos por Carlos Fuentes. Y bajo esas palabras que pueden sonar un tanto abstractas y demasiado generales, hay una consideración que, a mi parecer, engloba mucho de lo que el lector llega a descubrir en las páginas de esta historia: los personajes de Fuentes están dotados de una vitalidad que los desborda, sus sentimientos y actitudes se mantienen en relieve; el mismo Artemio Cruz, agonizante, sometido por el dolor y la vejez, no ve en la inminencia de la muerte algo distinto a una potencia que lo levanta por encima de su situación y lo supervive en el orgullo y la evocación.

Justamente, porque la novela se muestra tan intensa en la condición de sus personajes y, asimismo, en los enclaves y situaciones que afrontan, comporta todavía hoy gran interés. De modo retrospectivo, adquiere una formalidad histórica: la de las guerras civiles y las revoluciones que tuvieron lugar a principios del siglo XX en México. Y de otra parte, poniéndola a tono con los discursos actuales, permite elaborar contrastes y atestiguar cierta evolución en el proceso identitario de América Latina. Eso por lo que corresponde a su plano temático, ya que en lo que concierne a la forma y técnicas de escritura, La Muerte de Artemio Cruz conserva cierto carácter vanguardista: no es una novela que se lea de tirón como ocurre con toda la literatura light, sino que, por el contrario, exige del lector innumerables inferencias, enlaces y proyecciones.

A continuación haré un pequeño resumen de la obra, para analizar después los tres aspectos que mencioné al principio: 1) la reconstrucción histórica que se hace en la novela, 2) su contraparte existencial y, 3) las rutas narrativas que utiliza Carlos Fuentes para contar la historia.

El argumento de La Muerte de Artemio Cruz

Tal vez deba creérsele a Montaigne que la premeditación de la muerte es la premeditación de la libertad, o al menos reconocer que en la agonía, en la certidumbre de la muerte, es inevitable que la conciencia se desplace con soltura, reconstruyendo el itinerario vital que nos cupo recorrer. Artemio Cruz, en su lecho de muerte, experimenta dos mundos que parecen excluirse mutuamente: el primero, relativo a su presente, tiene que ver con esa habitación en donde transcurren sus últimas horas, mientras escucha las voces de su esposa Catalina, de su hija Teresa, las de su administrador Padilla y su nieta Gloria; el segundo, más complejo, corresponde al pasado que empieza a agolparse en su cabeza, trayendo desde el vacío nombres, fechas y todos los recuerdos que dan fe de una vida turbulenta.

De tal suerte, la novela consiste en un ir y venir, del pasado de Artemio atisbado en sus recuerdos al tormento de su agonía. Y como la espera del fallecimiento se prolonga tanto, hay tiempo para retroceder hasta su misma infancia, por allá a finales del siglo XIX cuando Anastasio Menchaca fuera amo y señor de la costa, y se dedicara a tomar por fuerza a todas las mujeres del lugar, entre ellas a su madre, Isabel Cruz, quien no pudo resistir la descomunal fuerza del hombre. Apenas nacido Artemio, Isabel fue expulsada de la región, y como nadie pareciera preocuparse por el destino del bebé, lo tomó para sí el mulato Lunero, con quien creció hasta los doce años. Es obvio que Lunero no lo proveyó de las mayores comodidades, pero con él creció y fue su única familia.

Por aquel tiempo, las tierras mexicanas se repartían constantemente. Cada revolución traía nuevos dueños, nuevas distribuciones y, aunque para el pobre la situación no cambiara sustancialmente –ya que para este u otro amo seguía siendo el explotado-, la migración de trabajadores era un hecho usual. Así, hay un acontecimiento definitivo en la historia: Lunero es llamado por don Pedrito –hermano de Anastasio- para trabajar lejos de la costa; no puede negarse porque es un negro esclavo, pero tampoco se siente bien dejando otra vez a su suerte a Artemio. Mientras permanece indeciso, sucederá el primer gran descubrimiento del niño: “la vida tiene enemigos y ya no es ese fluir ininterrumpido del río al trabajo”; tomará camino hacia la Casa Grande, en donde viven don Pedrito y Ludivinia –la abuela que se ha mantenido alejada de él durante todos estos años-, descolgará una escopeta y les teñirá de sangre el rostro.

Y luego huir. Hacia la sierra y las montañas, lejos de ese sitio en donde ha quedado un recuerdo puro, el de Lunero, pero también el fantasma del primer asesinato. ¡Qué retorcijones en el vientre los que siente Artemio, en su cama, mientras vienen a su mente estos episodios! Por el cuarto transitan los pasos del cura, su voz que se entrecruza con las de Teresa y Catalina que preguntan a Padilla si Artemio ha dejado un testamento. “Avaras”, piensa el viejo, al tiempo que un nuevo retorcijón lo hace vomitar. Qué lejos están de Regina estas mujeres: con qué exacta sensibilidad asumía aquélla cada cosa; su cuerpo era sólo un reflejo del amor que descubrió con ella. Aún en esta hora agónica, parece Artemio sentir la fragancia que lo acompañó hace muchos años, palpar el color de las palabras revividas; de tenerla allí, junto a la ventana que muestra una tarde opaca, ningún dolor podría retenerlo, saltaría de la cama con el ímpetu de entonces para tomarla de la cintura y aferrarse a ella: la mujer que amó y perdió, en las jornadas vivificantes de su juventud.

Lo que sucede es que en ese tiempo hubo tantas cosas: la urgencia de sumarse a la revolución –necesidad de comprender que la libertad no es un valor, sino conquista-, que a veces es justo armarse hasta los dientes, que también es razonable odiar a quien nos odia, y que no es fácil ver morir fusilados a nuestros camaradas, su sangre embadurnando la pared. Esa época difícil de la guerra que hace recordar a Artemio cómo conoció a Catalina. Allí estuvo un día frente a la hacienda de Gamaliel Bernal, el padre de Gonzalo –un militar ejecutado a quien Artemio prometió visitar a su familia-, explicando cómo su hijo murió heroicamente, cómo habló hasta el último momento de su padre y hermana. Ah, pero esa sensación de vómito en la boca, esa dificultad para echar en sus pulmones algo de vida, tal vez le acuerden a Artemio que Catalina también fue su coartada para contar los préstamos de Gamaliel, porque para ese momento ya Artemio tenía muy en entredicho la igualdad, ya se había persuadido de que cada quien debía pensar sólo en lo suyo.

Un matrimonio oportuno, en la edad correcta, en la adultez, y Artemio se lanza a comprar territorios, a monopolizar empresas. Su rostro ha cambiado de facciones: el joven feliz de Regina, el humanista de la revolución, ha dado paso a un hombre oportunista, orgulloso. Como no ama a Catalina, sólo se acompañan en el tedio mutuo; la misma Teresa, ha heredado de ellos su carácter soberbio. Y lo peor de todo, que Lorenzo ha muerto; Lorenzo, su hijo, en el que pudo Artemio encontrar la supervivencia: ese muchacho al que le enseñó con férrea disciplina sobre el mundo, el que mereció todo su afecto, pero que se lo robó la guerra, o quizá más bien, el mismo vigor del que quiso dotarlo, aquel que lo llevó un día a cruzar el Atlántico y ponerse del lado de la resistencia.

A ningún lado del océano se respiraban buenos tiempos, por eso se aprovechó con brusquedad toda chance: la de Lilia, la chica que pudo ofrecerle un poco de diversión entre rutinas, la misma que no tuvo problema en dejarlo cualquier día, por alguien más joven –porque Artemio, a la sazón, se ha vuelto viejo-; o la de Laura, la bella mujer de sus días en París, la amiga de su esposa. Nombres que se suman a una vasta lista de excentricidades: casas, joyas, muebles. El éxito de un Artemio soberbio que contrasta con su vacío existencial, y con la vejez que se va apoderando de su vida lentamente. De qué manera la crispación de las manos, el frío de su pecho, hacen suceder todas las imágenes de su pasado, todo el encadenamiento que viene alcanzando su final aquí, en una cama rodeada por una familia nominal. Artemio ha invertido todas sus fuerzas en la vida, por eso tal vez no le quede ya ninguna para soportar la muerte.

La reconstrucción histórica

La cuestión histórica ha sido una constante en la narrativa de Carlos Fuentes. Desde sus primeras obras se perfiló como un escritor preocupado por los problemas de su país y, en general, de América Latina. Esto sumado a su vocación como ensayista, terminó por conferir a su escritura una gran carga revolucionaria. En La Muerte de Artemio Cruz hay una importante elaboración a este respecto que puede evidenciarse en dos planos: el primero asume la historia como estructura, el segundo como situación. Lo anterior equivale a afirmar que Fuentes establece una reflexión sobre la historia vista como generalidad y, en este sentido, traza un panorama que alcanza hasta la llegada misma de los españoles a América; pero, además, también ofrece un análisis de ciertos aspectos concretos de la historia mexicana, como puede ser los fracasos de ciertas revoluciones, o el modo como la población corriente participó en ellas.

El hecho de que Artemio esté involucrado de forma activa en la política durante la mayor parte de su vida, hace que la historia no sea vista como un simple marco de referencia, sino como un espacio-tiempo que se está construyendo activamente por mano de los personajes. Las mismas palabras del protagonista lo sentencian: “te vencerán porque te obligarán a darte cuenta de la vida en vez de vivirla”. Y si vivir significa para Artemio Cruz, no atestiguar, sino accionar en el mundo, asumir todos los roles posibles para, así, comprender mejor, pues puede asegurarse que cumple con su cometido, ya que a lo largo de las páginas es posible ver al Artemio inocente, al escéptico, al revolucionario, al desencantado, al oportunista, etcétera, todos ellos puntos distintos desde los que es posible vivir y actuar.

Recorrer una calle mexicana, un pueblo, es tanto como descubrir un horizonte complejo, prácticamente indeterminado. La historia de Latinoamérica, como estructura, justamente tiene las características de una indeterminación, no porque no acabe de definirse –ninguna identidad está para siempre definida-, sino porque sus mismos fundamentos no están claros, suman demasiados elementos divergentes. Se han volcado tantas cosas sobre nuestra historia, su osamenta ha sufrido tal cantidad de transformaciones, que resulta casi imposible no experimentar frente a ella una sensación de aturdimiento. Por eso son tan profundas estas palabras:

“Avanzarás hacia la portada del primer barroco, castellano todavía, pero rico ya en las columnas de vides profusas y claves aquilinas: la portada de la Conquista, severa y jocunda, con un pie en el mundo viejo, muerto, y otro en el mundo nuevo que no empezaba aquí, sino del otro lado del mar también: el nuevo mundo llegó con ellos, con un frente de murallas austeras para proteger el corazón sensual, alegre, codicioso. Avanzarás y penetrarás en la nave del bajel, donde el exterior castellano habrá sido vencido por la plenitud, macabra y sonriente, de este cielo indio de santos, ángeles y dioses indios. Una sola nave, enorme, correrá hacia el altar de hojarasca dorada, sombría opulencia de rostros enmascarados , lúgubre y festivo rezo, siempre apremiado, de esta libertad, la única concedida, de decorar un templo y llenarlo de sobresalto tranquilo, de la resignación esculpida, del horror al vacío, a los tiempos muertos, de quienes prolongaban la morosidad deliberada del trabajo libre, los instantes excepcionales de autonomía en el color y la forma, lejos de ese mundo exterior de látigos y herrojos y viruelas” (Págs. 35-36)
Esta ha sido la forma en que ha venido construyéndose la historia de nuestros pueblos, siempre como una tensión indeterminada: si ganó su lugar algún barroco, lo fue sólo mientras todo lo demás nos recordaba su irreverencia. Todas las fuerzas luchando por prevalecer, al menos por subsistir, en un espacio que no termina por sincretizarlas, sino que las deja convivir volitivamente. Pero la cuestión es más profunda todavía: los elementos que se han visto las caras en nuestra historia, tampoco terminan por determinarse en sí mismos, esto es, es poco factible reconocer en ellos su naturaleza: qué cabe entender por español en Latinoamérica, o por indígena, o por negro. Esas fuerzas están en continuo cambio, dentro de ellas también se evidencian pequeñas modificaciones, cambios de carácter. Por tal razón, Carlos Fuentes sabe que la historia no sólo se remite a los fenómenos generales, sino también a los sucesos situados.

Sobre este punto es de especial interés La Muerte de Artemio Cruz. En su segunda novela, Las Buenas Conciencias, Fuentes subrayó el modo como dentro de las revoluciones de los más pobres, no sólo actúan ellos, los desfavorecidos, sino que también cabe encontrar a veces el apoyo de personas de clases altas, conscientes del desfase social que lleva a los otros a manifestarse. Esa es un poco la tragedia del protagonista: compartir el discurso de los otros, aunque este atente contra su propia realidad. Aquella novela, mostraba de esa forma, los lazos que pueden vincular a sectores que, históricamente, han estado divididos; revelaba su indeterminación. Ahora bien, en la novela que nos ocupa, el análisis se desplaza al interior mismo del movimiento revolucionario, para destacar de él sus fracturas, choques y fisuras que lo debilitan irremediablemente.

“Qué desventurado país –piensa Artemio- que a cada generación tiene que destruir a los antiguos poseedores y sustituirlos por nuevos amos, tan rapaces y ambiciosos como los anteriores”. Como si una condena poseyera el espíritu del hombre para enfermarlo de raíz y trocar sus nobles propósitos, una vez alcanzados, en ruinas. Acaso el mayor peligro de las revoluciones no sea el enemigo que combaten, sino su propia degradación. En este sentido pueden interpretarse las palabras que dice Bernal a Artemio, una vez enterado de su ejecución:

“Una revolución empieza a hacerse desde los campos de batalla, pero una vez que se corrompe, aunque siga ganando batallas militares ya está perdida. Todos hemos sido responsables. Nos hemos dejado dividir y dirigir por los concupiscentes, los ambiciosos, los mediocres. Los que quieres una revolución de verdad, radical, intransigente, son por desgracia hombres ignorantes y sangrientos. Y los letrados sólo quieren una revolución a medias, compatible con lo único que les interesa: medrar, vivir bien, sustituir a la élite de don Porfirio. Ahí está el drama de México. Míreme a mí. Toda la vida leyendo a Kropotkin, a Bakunin, al viejo Plejanov, con mis libros desde chamaco, discute y discute. Y a la hora de la hora, tengo que afiliarme con Carranza porque es el que parece gente decente, el que no me asusta. ¿Ves que mariconería? Les tengo miedo a los pelados, a Villa y a Zapata… ‘Continuaré siendo una persona imposible mientras que las personas que hoy son posibles sigan siendo posibles’” (Págs. 194-195)
La historia puede entenderse como una relación de dos dimensiones: ella nos determina en tanto realidad, y por eso es necesario su reconocimiento como estructura devenida; pero, al mismo tiempo, nuestras acciones, por minúsculas que sean, aportan a su transformación o mantenimiento, y ese es el plano situacional. La Muerte de Artemio Cruz analiza ambas perspectivas, dejando en claro sólo una cosa: el hombre es el responsable de su historia, “nos hemos dejado dividir y dirigir” –afirma Bernal- y, por ello, sólo de él cabe esperar la redención, una vez la conciencia triunfe sobre el gusano que la corrompe.

El perfil existencial de Artemio Cruz

Hay un componente bien importante de la novela que la aparta de las tradicionales historias de corte social. Un poco tal vez por influencia de la novela que unos años atrás se había empezado a publicar en Europa, producto del sinsabor de la Segunda Guerra Mundial, Carlos Fuentes asume como parte de su orientación narrativa un sesgo existencial. Obviamente, dicho componente recae sobre la figura de Artemio Cruz: así, hay en él, un carácter, llamémoslo exterior o histórico, pero también otro, existencial, ontológico. A lo largo de la obra, son recurrentes los monólogos en los que se busca una justificación para la vida, la necesidad de ese fin que los filósofos refieren como telos.

Artemio Cruz encuentra su telos en la acción. Su mayor logro, no lo es la riqueza, aunque de ella también quepa jactarse, sino, más bien, lo es la acción que lo vitaliza: todo lo que hace sólo puede atribuírsele a él mismo; desde el momento en que decide asesinar a su tío y abuela, no para de elegir y actuar con libertad, y hace de su acción no sólo un medio, sino también un fin. Y mientras más actúa más vida tiene. Sólo de esta forma puede comprenderse que hasta el último momento de su existencia, se aferre a vivir, así sea simplemente recordar. De este telos se desprende la principal cualidad de la personalidad de Artemio, el orgullo. Si los otros han permanecido aquietados por el miedo o la rutina, nuestro protagonista puede afirmar que no ha dejado de ser nunca aquello que ha querido ser, dejando en ello toda su existencia:

“Imagínense sin mi orgullo, fariseas, imagínense perdidas en esa multitud de pies hinchados, esperando eternamente un camión en todas las esquinas de la ciudad, imagínense perdidas en esa multitud de pies hinchados, imagínense empleadas en un comercio, en una oficina, tecleando máquinas, envolviendo paquetes, imagínense ahorrando para comprar un coche en abonos, prendiendo veladoras a la Virgen para no perder la ilusión, pagando mensualidades de un terreno, suspirando por un refrigerador, imagínense sentadas en un cine de barrio todos los sábados, comiendo cacahuates, tratando de encontrar un taxi a la salida, merendando fuera una vez al mes, imagínense con todas las justificaciones que yo les evité, imagínense teniendo que gritar como México no hay dos para sentirse vivas, imagínense teniendo que sentirse orgullosas de los sarapes y Cantinflas y la música de mariachi y el mole poblano para sentirse vivas, ah-jay, imagínense teniendo que confiar realmente en la manda, la peregrinación a los santuarios, la eficacia de la oración para mantenerse vivas” (Pág. 86)
Estas palabras que dice Artemio a Catalina y Teresa, para agrandar más su orgullo –porque su acción no sólo lo ha liberado a él de la miseria, sino que también ha arrastrado a su esposa e hija-, estas palabras, decimos, describen la vida de cualquier persona, con sus pequeñas ilusiones y sus relieves predecibles. Artemio Cruz no encuentra qué podría justificar una vida como esta; cuando ha llegado a la madurez de su pensamiento, descubre que ni siquiera quienes se agrupan dentro de los movimientos revolucionarios pueden hallar esa justificación, porque el telos ha de ser un orgullo personal, la biografía de cada uno: nadie puede vivir la vida por mí, tampoco nadie puede determinar el telos de lo que hago. Y asumir la vida, justificarla, significa tanto como meterse en ella totalmente; no es posible existir a medias, por eso, el orgullo de Artemio –como se dijo- radica precisamente en ser totalmente lo que es:

“Imagínense en un mundo sin mi orgullo y mi decisión, imagínense en un mundo en el que yo fuera virtuoso, en el que yo fuera humilde: hasta abajo, de donde salí, o hasta arriba, donde estoy: sólo allí, se los digo, hay dignidad, no en el medio, no en la envidia, la monotonía, las colas: todo o nada: ¿conocen mi albur? ¿lo entienden?: todo o nada, todo al negro o todo al rojo, con güevos, ¿eh?, con güevos, jugándosela, rompiéndose la madre, exponiéndose a ser fusilado por los de arriba o por los de abajo; eso es ser hombre, como yo lo he sido, no como ustedes hubieran querido, hombre a medias, hombre de berrinchitos, hombre de gritos destemplados, hombre de burdeles y cantinas, macho de tarjeta postal, ¡ah, no, yo, no! yo no tuve que gritarles a ustedes, yo no tuve que emborracharme para asustarlas, yo no tuve que golpearlas para imponerme, yo no tuve que humillarme para rogarles su cariño…” (Págs. 120-121)
Como se ve, lo hecho por Artemio Cruz se confunde con su orgullo hasta convertirse en una sola cosa: su existencia. Ser Artemio, es actuar y enorgullecerse, es decir, tener conciencia de actuación, y de las implicaciones que esto tiene para constituirlo como hombre. Acaso una lectura pueda hacer notar en este aspecto una prueba de la prepotencia humana, de su falta de humildad; pero a nuestro parecer, lo que quiso Carlos Fuentes fue mostrar cómo una vida de esta categoría vale mucho más que todas las inconscientes que se han sucedido a lo largo del tiempo. Y aquí no aplica nada despectivo, sino la simple certeza de que lo mejor que puede hacer un hombre, ante la vida, es vivirla, y no hay vida en quien no comprende, porque comprender es actuar y actuar es ser libre, no aceptar un fundamento a priori sin recurrir al concurso de nuestra propia libertad.

En los países latinoamericanos asumir esa libertad de acción suele confundirse con perversidad. Tan intoxicados estamos por la religión y las costumbres que todo acto de trasgresión se sentencia inmediatamente. Hace mucho llegó la hora de convencernos con Artemio Cruz que “cada acto de la vida, cada acto que nos afirma como seres vivos, exige que se violen los mandamientos de dios”; por respeto a nosotros mismos lo que sí resulta verdaderamente perverso es vivir de fe, porque eso es tanto como vivir maniatados a la espera, mientras la oportunidad de experimentar ese vértigo fabuloso de la existencia se desmorona hasta convertirse en la costra que tienen todas las frentes de los conformistas.

Las rutas narrativas de Fuentes

Del primer conjunto de novelas escritas por Carlos Fuentes, quizá sea La Muerte de Artemio Cruz de la que se deba elogiar más sus alcances a nivel de técnicas de escritura. Casi se convierte en un reto pasar por sus trescientas páginas sin parar un momento para atar los cabos sueltos, para enlazar el esquema de la historia, para comprender cabalmente una línea. Este hecho prueba el talante del autor: no estamos frente a un narrador más de la novela mexicana, sino ante un artista de la palabra, alguien capaz de sintetizar muchas de las formas que se pueden utilizar para relatar una historia.

En primer lugar, es necesario resaltar el juego de tiempos en la novela. Aunque se trata de una obra de tipo analéptica, es decir, centrada en las regresiones hacia el pasado, la dinámica de escritura no se reduce a que desde un presente agónico se narre retrospectivamente una vida. Fuentes ha decidido prescindir de los capítulos tradicionales, y organizar por épocas la narración, sólo que estas épocas, aunque coinciden en el hecho de pertenecer al pasado del personaje, no tienen un carácter consecutivo: “1941, junio 6”, “1919, mayo 20”, “1924, junio 3”, y así sucesivamente. Esto significa que el lector debe estar en la capacidad de re-construir en su mente una historia que le contarán en su totalidad, pero desordenadamente y, asimismo, no perder de vista la trama que se está desarrollando en el presente con el personaje.

A primera vista, tal vez parezca que no hay mucho de original aquí; está claro que muchos autores han estructurado sus obras de este modo, trastocando el orden narrativo, para exigir un poco la atención de sus lectores. Lo interesante de Fuentes es que además de este plano temporal, decide que puede incluir en su novela distintas voces narrativas. Sucede entonces que la historia no la cuenta sólo Artemio Cruz, en primera persona, sino que también hay una voz en segunda persona e, incluso, durante muchos pasajes un narrador en tercera. Los narradores se suceden en su función de relatores, creando una unidad hecha a voces: lo que insinúa uno, lo complementa el otro, y todos van apareciendo en este año o en el siguiente, enriqueciéndose y terminando por persuadir al lector de que no se trata solamente de la historia de Artemio, sino de que un mundo de hombres está irrevocablemente cernido sobre él.

Pero además de esto, hay todavía un tercer elemento que tiene que ver con la forma concreta de la narración. Quien lee La Muerte de Artemio Cruz se enfrenta a un libro que propone, por un lado, la habitual narración de hechos, descriptiva, incluso, realista; pero también, diálogos que pueden durar varias páginas y que tienen la peculiaridad de no seguir una línea temática sino de entrecruzarse, lo que obliga al lector a tener varias conversaciones en su mente a un mismo tiempo; y para concluir, todavía, algo en lo que tiene mucha habilidad Fuentes, los extensos monólogos, casi que podría decirse herederos de la corriente de la conciencia interna que tanto gustó a Virginia Woolf, y que el autor pone en funcionamiento especialmente en los fragmentos en donde Artemio deja notar su perfil más existencial.

Finalmente, como si con semejante despliegue no fuese suficiente, Carlos Fuentes nos ofrece una última chispa creativa. Se va sobre los hechos que va a narrar y, sin importar, que todos pertenezcan al pasado, hace que sus narradores empiecen a hablar en presente o futuro. Así, algo que sucedió hace mucho, por su lenguaje hasta ahora está sucediendo o, aún más, sucederá en cualquier momento. Y este aspecto es definitivo porque permite que la novela, sin importar su expresa analepsis, se mantenga siempre abierta, no como una realidad que ya ha muerto y se rememora, sino como una vida que se está experimentando o germinará dentro de poco.
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Un libro que debe estar en la biblioteca de todo lector latinoamericano, La Muerte de Artemio Cruz es una obra fecunda, vanguardista y pletórica de reflexiones socio-históricas.

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