AUTOR: José Donoso
TÍTULO: El Lugar sin Límites
EDITORIAL: Ayacucho, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1970
PÁGINAS: 78 (400)
PRÓLOGO: Hugo Achugar
RANK: 8/10




Por Alejandro Jiménez
Pensaba que con el Comala de Rulfo y el Ortiz de Otero Silva la literatura latinoamericana había agotado, por así decirlo, la cuestión de los pueblos olvidados. Sin embargo, ahora que he leído esta pequeña novela de José Donoso, El Lugar sin Límites (1967), descubro otra historia memorable sobre el tema, y empiezo a dibujar un mapa mucho más completo de aquello que podríamos llamar una cartografía inédita. Y es que teniendo trazadas ya algunas líneas sobre México y Venezuela, la referencia de este pueblo chileno, Estación El Olivo, permite ampliar más hacia el Sur nuestra mirada y, a partir de allí, determinar equivalencias, contrastes, rupturas, etcétera.

La historia de nuestros países testifica una tradición de desapariciones; cientos de pueblos que, en algún momento, pudieron estar a la vanguardia de sus regiones han terminado, por motivos de distinta naturaleza, bien como zonas periféricas de las ciudades, bien apartados del resto de la estructura social. En uno y otro caso, el problema cultural más importante que enfrentan estos pueblos es el de su identidad; cuando hacen parte de la periferia, sus rasgos idiosincrásicos son permeados continuamente y, en el caso contrario, cuando son olvidados, su identidad se convierte en una existencia postergada, toda vez que no hay otros marcos sociales que la reconozcan.

Esos tres ejemplos que antes mencioné –el de Comala, el de Ortiz y el de Estación El Olivo- comparten una condición fundamental, y es la de ser pueblos no absorbidos por la fuerza de las capitales, sino, lugares que han sucumbido en una suerte de anonimato. Lo que sorprende a Juan Preciado cuando llega a Comala en Pedro Páramo es, justamente, aquel aspecto fantasmal que se percibe en sus calles, todas ellas solitarias y con la maleza crecida. Asimismo, lo que causa esa sensación de incertidumbre en Casas Muertas se simboliza en los niños que crecen entre las calaveras del cementerio, viendo cómo pasan raudos los automóviles por la carretera sin detenerse nunca un segundo.

Estación El Olivo también es un pueblo derruido, condenado irremediablemente por el discurso del progreso. Sus habitantes son víctimas de un letargo colectivo, viven aferrados a una tierra que los avergüenza, pero los retiene, pues ha aniquilado progresivamente en ellos la esperanza. Algunos escaparon hacia Talca antes de anquilosarse –tal y como de Ortiz emigraron muchos buscando los pueblos que se fundaron cerca de las petroleras-, pero, los que se quedaron, se transformaron poco a poco en espectros, seres anclados en un pasado que ya no existe y que les impide ver cómo se derrumba cada día algo de ellos mismos.

Sin embargo, El Lugar sin Límites no es una novela que redunde simplemente en algo de lo que ya habían trabajado Rulfo y Otero Silva. Su historia posee unos rasgos bastante particulares que, a mi modo de ver, se concentran en dos elementos: la originalidad de sus personajes, y el contexto narrativo. Los hombres y mujeres que uno encuentra en Pedro Páramo son, ante todo, existencias, es decir, la novela soporta de lejos un análisis ontológico (¿quiénes son esos personajes? ¿están vivos o están muertos? ¿y cuál es la diferencia entre estos universos?), de alguna forma, se trata de una novela filosófica. Por su parte, lo que el lector palpa en Casas Muertas son hombres examinados a la luz de su sociedad, esto es, considerados en conjunto, como grupo, y por ello hay en su historia una proyección de tipo histórico.

José Donoso prefiere no entregarse de modo definitivo a ninguna de estas perspectivas: plantea unos personajes que encarnan ciertas identidades (sobre las cuales cabe también la posibilidad de discusiones ontológicas), pero, por el juego mismo de las relaciones entre ellos, hay un continuo discurrir en la novela de lo individual a lo colectivo y viceversa. Está allí el caso de La Manuela, el travesti que protagoniza la historia, que no intenta mostrar un drama existencial, pero tampoco representar un rol social; sencillamente servir como ejemplo de la forma compleja en que la identidad se construye a través de ese ir y venir de lo concreto a lo contextual.

En mi opinión este hecho es el que hace de El Lugar sin Límites una novela diferente de las otras; se la puede leer extrapolando individualidades, o como historia social, pero también –y es ahí en donde podrá dar su mayor aporte- como reflexión sobre la constitución y cruce de identidades en los pueblos que viven en la marginalidad. Que podamos encontrar en las páginas de la novela a un travesti y prostitutas, amén de los usuales personajes de esta clase de libros –terratenientes, campesinos-, ensancha el punto al que había llegado hasta los sesentas la discusión sobre el tema de los pueblos olvidados, matizándolo con nuevos aportes. A ellos quisiera dedicar algunas páginas, luego de hacer una síntesis de la novela.

La historia de El Lugar sin Límites

El Lugar sin Límites no es más que el acercamiento a un día en la vida de Estación El Olivo, un pequeño pueblo cercano a Talca, en Chile. Estamos en una época imprecisa, que bien podría corresponder a mediados del siglo XX. La novela abre con La Manuela despertándose al lado de su hija –la Japonesita-, agotada todavía por el ajetreo de la noche anterior, y con el temor de que los rumores de que Pancho Vega anda por el pueblo sean ciertos. No tiene buenos recuerdos de él; la última vez que estuvo en su casa, intentó sobrepasarse con su hija, y a ella misma la golpeó y le hizo trizas el vestido de española que usa para bailar desde su juventud, por allá cuando, de pueblo en pueblo, iniciara su carrera como prostituta.

Ya está vieja La Manuela, pero aunque quisiera cambiar, marcharse lejos de aquella casa que parece hundirse entre la tierra, la detiene su hija, esa muchacha que con una rigidez poco común, administra el burdel que funciona en casa, consignando religiosamente cada lunes las ganancias. “Algo rápido para desayunar y a misa” –piensa La Manuela-, porque es domingo, y ni el miedo podrá impedir que cumpla con sus deberes espirituales. Y de camino a la iglesia pasar por donde Ludovinia, a ver si tiene algo de hilo rosa para componer su vestido: no sabe bien por qué razón, pero hoy se ha levantado con el deseo de bailar como en los viejos tiempos.

En la calle se encuentra con don Alejo, el dueño de todos los viñedos que pueden alcanzarse con la vista, el que fue diputado hace unos años, cuando el pueblo prosperaba, cuando se habló de electrificarlo y de las muchas carreteras que desembocarían por ahí. Pero de eso nada, don Alejo que vendía entonces la tierra a los campesinos con la promesa de que el dinero lo recuperarían pronto, acabó sin lograr ninguna cosa y, ahora –quién sabe con qué intención-, quiere comprarles las tierras y casas que antes les vendió a los pocos que quedan en el pueblo. Incluso a ella, a La Manuela, la casa que ganó en esa apuesta que hizo la Japonesa Grande –la mamá de la Japonesita- con don Alejo; el entonces diputado no creía que la Japonesa, también meretriz, pudiera despertar el “hombre” que había dentro de La Manuela.

“Ni modos de acercarse a don Alejo” –se dice La Manuela-, no hay cómo hacerlo cuando va escoltado de sus perros; será cruzar con él algunas palabras desde lejos, las suficientes para enterarse de que es verdad que Pancho anda por el pueblo, pero que estará escondido porque parece que no piensa pagar a don Alejo la plata que éste le prestó para comprar el camión con el que tanto alardea. Y La Manuela no puede evitar sentir miedo, así que don Alejo la tranquiliza, le promete protegerla como hasta ahora; además el viejo piensa pasar por su casa más tarde para comunicarle algo a la Japonesita. Y entonces La Manuela piensa en lo bueno que es don Alejo, si hasta parece dios –piensa-, siempre haciéndose su palabra, aunque cómo no, si hasta el pueblo tiene el nombre de su hacienda.

Y las horas del domingo pasan, también para la Cloty y Lucy que siguen durmiendo; como La Manuela, son viejas y están gordas, pero todavía se ganan sus buenos clientes algunas noches. No como antes, claro, cuando los tiempos en que don Alejo fue diputado. Cómo se recuerda en el pueblo la noche en que lo nombraron en el cargo, la comida que se organizó en casa de la Japonesa Grande –la misma que ahora administra su hija-: fue tal el número de invitados que hubo que llamar mujeres de Talca. Ese fue también el día en que llegó La Manuela a Estación El Olivo, sin pensar que terminaría allí, metida para siempre, con una hija y lejos de su éxito prostibulario.

Con la noche don Alejo trae las malas nuevas, definitivamente no habrá electricidad en el pueblo, al menos por dos años. Entonces a la Japonesita se le vienen al piso sus deseos de renovar el prostíbulo, de comprar su Wurlitzer y, en fin, de cumplir el sueño de la Japonesa Grande: tener un burdel frecuentado noche y día. Pero ni modo, ya antes renunció a la idea de prostituirse; por lo enjuta y simple no llama la atención. Ah, pero nada de vender la casa a don Alejo, seguirá allí mientras haya al menos un cliente para sus mujeres. “Por otra parte –piensa la Japonesita-, ojalá que venga esta noche Pancho”, tiene unas ganas inusuales de ser tocada, de sentir esas cosas que su papá, es decir, La Manuela, a veces le cuenta: las manos palpándolo todo, el aliento fuerte de un hombre ahogando sus suspiros.

Pero Pancho está por otros lados, en casa de don Alejo, porque persuadido por su cuñado Octavio, ya no quiere saber de ligaduras con nadie de este pueblo. Le pagará las cuotas atrasadas del camión, y se olvidará que algún día creció en casa de aquel viejo, y que sirvió a su esposa –misia Blanca-, y que jugó con su hija Moniquita, que murió de tifus. Le pagará hasta el último centavo para que don Alejo no tenga nada que andar diciendo, para probarle que al menos alguien de Estación El Olivo pudo hacer lo que quería, no lo que él dictaminara. Y cuando le pague irá a celebrar a casa de La Manuela, quien lo acalora, cosa que no puede contarle a nadie, y tal vez la lastime de nuevo, no se sabe, y no quisiera, pero al cuñado si que lo envenenan los “maricones”.

La noche ha avanzado, y en el local de La Manuela se ve sólo a don Céspedes, un viejo trabajador de don Alejo; está sorprendido porque los perros de su patrón van sueltos entre los viñedos. De pronto el camión de Pancho Vega tronando por la calle, estacionándose al frente y, unos minutos después, él y su cuñado entrando por la puerta, mientras la Japonesita se apresura a recibirlos. Podrá desvivirse por conquistarlos, pero a ninguno de ellos le interesa meterse con una chiquilla como ella; desean algo que los anime, ver el baile de La Manuela, por ejemplo. Así que La Manuela, dejando atrás su miedo de todo el día, y con su traje de española puesto, sale al centro de las mesas y empieza el movimiento de sus caderas: puede ser el día en que ya no se la castigue, se la bote al río –como antes-, sino el día en que se consuma como mujer en una cama junto a Pancho.

Una imagen de la realidad

Voy a intentar establecer a partir de la síntesis anterior una reflexión que tiene dos sentidos. El primero consiste en revisar el contexto que determina las formas de vida de los personajes en El Lugar sin Límites; y el segundo tiene que ver con mostrar algunos de los elementos que permiten entender el proceso de constitución de identidades dentro de la novela.

Como se dijo al principio del documento, Estación El Olivo hace parte de los lugares que habrían de aparecer en el mapa de los pueblos olvidados. Es un lugar que tiene muchas correspondencias, no ya sólo a nivel de Chile, sino a lo largo de toda Latinoamérica. Ahora bien, pertenecer a una cartografía de este tipo equivale a reconocer en Estación El Olivo una serie de características: olvido estatal (porque no hay en las páginas de la novela referencias que puedan dar cuenta de acciones del gobierno en su nombre), pequeña extensión (por el bajo número de sus habitantes), desesperanza (ya que no es factible para los personajes un futuro promisorio), y desequilibrio social (puesto que hay un gran propietario y mucha gente pobre).

Entre otras, estas son las cualidades determinantes de Estación el Olivo; un lugar que no tiene ni siquiera cementerio, algo que puede definirse como “un desorden de casas ruinosas sitiado por la geometría de las viñas que parece que va a tragárselo”. Así lo observa La Manuela cuando camina hacia casa de Ludovinia y, por un instante, parece llegar a ella la objetividad necesaria para describir su pueblo:

“Quedaban pocas (casas) habitadas porque hacía mucho tiempo que todos los toneleros trasladaron sus negocios a Talca: ahora, con los caminos buenos, se llegaba en un abrir y cerrar de ojos desde los fundos. No es que del otro lado del pueblo, del lado de la capilla y del correo, fueran mejores las casas ni más abundantes los pobladores, pero en fin, era el centro. Claro que en épocas mejores el centro fue esto, la estación. Ahora no era más que un potrero cruzado por la línea, un semáforo inválido, un andén de concreto resquebrajado, y tumbada entre los hinojos debajo del par de eucaliptos estrafalarios, una máquina trilladora antediluviana entre cuyos fierros anaranjados por el orín jugaban los niños como con un saurio domesticado. Más allá, detrás del galpón de madera encanecida, más zarzas y un canal separaban el pueblo de las viñas de don Alejandro” (Pág. 9)
El ambiente físico de Estación El Olivo así retratado es un eco de Comala y de Ortiz; poblaciones que han quedado rezagadas frente al desarrollo, ancladas en una tierra cuya fertilidad ya no es la clave del progreso, sino una masa que aguarda pacientemente para engullirlo todo: hombres, casas, ilusiones. Empero, dentro de la demarcación que puede percibirse en estos pueblos, hay casi siempre una línea que separa las grandes propiedades de las pequeñas. Juan Preciado se entera al llegar a Comala de que montañas y montañas son propiedad de Pedro Páramo, y semejante extensión contrasta con la miseria de un pueblo minúsculo. Y lo propio sucede en Estación El Olivo que parece estar rodeado por todos los viñedos propiedad de don Alejo.

Ahora bien, cualquier pueblo olvidado experimenta un proceso de desaparición. En primer lugar, ya lo está para el grueso de una población que desconoce su ubicación, problemas, carácter, etcétera; pero, además, paulatinamente se va hundiendo en su propia desgracia; la naturaleza se encarga con parsimonia de comerse sus casas, de hundirlas, de tumbarlas. Por tal razón, la personalidad de sus habitantes, como sucede en El Lugar sin Límites, desarrolla una curiosa condición que, por una parte, los atrapa, incluso, hasta el grado de enorgullecerlos, dado que, después de todo, es su pueblo y su tierra, pero, por otra, los espanta, porque cualquier hombre quiere escapar de un fin que parece inevitable.

El saberse habitante de un pueblo de este tipo produce también dos cosas más: primero, el vivir en un continuo campo de contrastes, es decir, sometido a la comparación con otros pueblos, con el futuro de estos, con sus triunfos; así, los toneleros que marchan a Talca, el prostíbulo de Pecho de Palo –allí mismo-, las historias que cuenta Pancho Vega sobre cómo florece la vida en otros lugares, se convierten para los habitantes de Estación El Olivo en marcos de referencia, obviamente, lacerantes en su condición. Si antes creían que era a su pueblo y no a Talca a dónde llegarían las rutas de los camioneros, deben ahora aceptar su equivocación.

El otro aspecto al que quiero referirme es todavía más profundo: la esperanza. Dice la Japonesita al final de la novela: “las cosas que terminan dan paz y las cosas que no cambian comienzan a concluirse, están siempre concluyéndose. Lo terrible es la esperanza”. Es casi un planteamiento filosófico, es una sentencia de la vida. Estación El Olivo no se acaba, sigue allí sobreviviéndose, regresando una y otra vez sobre su pasado, obstinándose en la creencia que ponen algunos en su fuerza para reemprender la marcha; y porque esto es así, nadie puede vivir en paz: si algún espoleo final terminara de desangrar al pueblo, entonces definitivamente habría que huir a otra parte, pero sigue convaleciente, resucitando de a momentos, atrapando a todos en una falsa credulidad.

A lo que se refiere la Japonesita es a que la esperanza puede convertirse en el peor enemigo de los pueblos olvidados, porque es su trabazón, la sombra que no les permite mirar en busca de nuevos horizontes. Nada cambia en Estación El Olivo, su fin sigue concluyéndose día a día, pero esto se debe no a una sentencia de la naturaleza, sino a la voz de sus habitantes que, esperanzados, mantienen su fe activa. Se pensaría que estas palabras de la Japonesita la llevarían a aniquilar su propia esperanza, para terminar su vida en el pueblo y marchar a Talca u otro lado a ver qué pasa; pero lo cierto es que justamente es ella quien, al final de la novela, y aún estando convencida de lo que dice, se quedará allí, en un acto de suprema ironía, no para probar una contra-teoría, sino para vivir su vida sin esperanza.

El juego de las identidades

El lector que esté interesado y pueda conseguir esta edición de Ayacucho, hallará en el prólogo de la misma un pequeño estudio realizado por Hugo Achugar sobre El Lugar sin Límites y El Obsceno Pájaro de la Noche, dentro del cual hay una parte dedicada a lo que él titula: “Identidad, sueño y despertar”. En esas páginas, Achugar aborda el problema de la identidad basándose en la fluctuación de roles. A mi parecer, hay muy buenos aportes allí, pero quiero retomar de él apenas una idea central para intentar recorrer un camino diferente. La apreciación de Achugar es la siguiente:

El Lugar sin Límites dice, en un nivel, que la identidad no es única. Idea bastante divulgada en el ámbito letrado occidental para cuando Donoso escribe la novela en 1963, pero sostiene además que la identidad es un significante que no necesariamente tiene un único significado. O, dicho de otro modo, que se trata de un significante fluctuante construido según la ocasión o la interacción que el individuo mantiene con otro. En este sentido, la identidad es resultado a la vez del deseo o la pulsión personal pero también del deseo del Otro u Otros” (Pág. XIX)
La identidad es una categoría que se construye, no una etiqueta, como tampoco un simple atributo. Es el producto de un intercambio que diariamente se establece en los límites entre lo individual y lo colectivo. Más arriba afirmaba que lo interesante de esta obra de José Donoso es no tener nada que ver con dramas existenciales, y tampoco con la historia de un grupo social; su cuota de originalidad viene del análisis juicioso que hace el autor sobre ese punto complejo, difícil de situar, en el que los hombres construyen su identidad, de acuerdo a una relación que tienen con ellos mismos, pero también con la sociedad en la que viven, eso que en antropología cultural se define como mismidad y otredad.

Achugar habla sobre anverso y reverso, pero a mi manera de ver, estos son conceptos que pueden hacer pensar que la identidad es una cuestión de definiciones, cuando lo más acertado es concebirla como un juego o, al menos, como una indeterminación: nadie termina de ser definitivamente lo que es, sino que se irá constituyendo, afirmando y, obviamente, también, negando. Entendido esto, se puede hacer notar que no es posible encontrar en El Lugar sin Límites personajes definidos; las cosas en las que ellos creen y aquellas que se les atribuyen constantemente los están redibujando, revelando formas particulares de ser y pensar.

Vamos a tomar como ejemplo el caso de La Manuela. En primer lugar, hablamos de que tiene una relación identitaria con ella misma, esto es, que ha venido construyendo a lo largo de su vida una percepción de sí, en la que se hallan valores, creencias, opiniones e, incluso, una propia estética –porque la identidad también se refiere a vínculos que se tejen en el plano de lo corporal-. Hay momentos, a lo largo de la novela, en donde es preciso afirmar esa percepción que se tiene de sí, y entonces La Manuela se muestra insatisfecha al escuchar las palabras de la Japonesita que la llama “papá”, sin darse cuenta de que ella es “toda una mujer” y de que, en consecuencia, debe llamarla como tal “mamá”.

Además de esa identidad maternal-paternal que siempre está discutiéndose y que involucra especialmente a ella y la Japonesita, La Manuela también tiene una percepción sobre su condición de artista; es verdad que se reconoce como prostituta, pero ya sea por el éxito que tuvo en su juventud cuando se la celebraba en todos los pueblos a los que iba, o porque encuentra en el baile una oportunidad para una especia de performance espiritual, no se piensa del mismo nivel que las otras prostitutas. De allí la confusión que le genera el hecho de no ser entendida como ella se ve por los demás, por don Alejo que la primera vez que la vio bailar la echó al río, o por Pancho, quien siempre termina golpeándola.

En estos dos casos, de los muchos que pueden citarse, se revela la cualidad fundamental de la identidad: el no estar establecida. Aunque La Manuela crea algo sobre ella, tenga cierta percepción de lo que es, no basta, porque esto corresponde, digamos, a una versión incompleta de ella misma, una parte que requiere del reconocimiento y los atributos que el otro está en la posibilidad de dar. Tampoco son ciertas del todo las versiones que tienen sobre La Manuela su hija, don Alejo o Pancho, porque esas percepciones también carecen de su contraparte. Así, la identidad nunca está de un lado ni del otro, sino justamente en el lugar en donde se cruzan las versiones.

Hay un bello poema de Roberto Juarroz que dice: “una soledad adentro / y otra soledad afuera”, pero “la mayor soledad está en la puerta”. Y esto es un poco lo que ocurre con la cuestión identitaria. Aquello que soy no es una labor que me competa exclusivamente a mí determinar, pero tampoco debe aceptarse la idea de ser solamente aquello que el otro me atribuye; lo que soy, más bien, es lo que resulta de poner en juego mi percepción con las percepciones que tienen de mí los otros, como parte de la sociedad en la que vivo.

No hay drama existencial acá; no veremos a La Manuela llorando desconsolada porque nadie más ve en ella lo que ella sí. Estará, en cambio, prendida en la lucha por mostrarse, por bailar aunque esté vieja y achacada, por pavonearse lo más mujer posible frente a su hija, jugándose en cada situación una tajada de su vida. Y en esta tarea no se verá únicamente a ella, sino también a Pancho, que para sus adentros sabe que tiene conductas homosexuales, que lo atrae fervientemente La Manuela; a la Japonesita, a quien todos llaman a soltarse más, a apartarse un poco de la rigidez que la caracteriza; y al mismo don Alejo, que aunque se sepa dueño y señor de Estación el Olivo, le salen en el camino esas piedras en el zapato que hacen tambalear su zona de seguridades.

Quisiera concluir señalando algo todavía mucho más curioso. Una lectura apresurada bien podría reducir el problema de la identidad a mostrar cómo Donoso puso a un hombre travestido a hacer las veces de mamá, o a un varón ejemplar experimentar deseos homosexuales; sin embargo, hay algo que se escaparía entonces, y es el enjuiciamiento. Hay un caso concreto y es el de Pancho Vega: cuando este personaje ataca a La Manuela, acomete contra su identidad en tanto hombre (tal vez le parezca degradante comportarse como una mujer cuando su naturaleza lo contraria), pero no lo hace contra la identidad de La Manuela en tanto mujer, puesto que esa dimensión de ella, lo atrae, lo seduce. Es una situación problemática para Pancho porque el mismo personaje encarna dos identidades opuestas, frente a las cuales tiene reacciones distintas.

En su intimidad, seguramente, le consterna la idea de compartir una identidad homosexual con La Manuela, a esto huye decididamente; pero dicha sensación se esfuma una vez que el hombre en La Manuela desaparece, abriendo un lugar a la mujer, entonces Pancho totaliza la identidad de ella y su deseo toma fuerza, aunque objetivamente, y para todos siga siendo esto un deseo homosexual. Estamos en un sitio de indeterminaciones, en un juego enmarañado entre el yo y el otro, y más aún, entre los muchos yo y los tantos otros con los que comparto un sitio en la sociedad. El campo está abierto para la discusión.
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José Donoso en El Lugar sin Límites amplió, por un lado, el espacio de debate sobre los pueblos olvidados de América Latina y, por otro, ahondó en un tema de mucha vigencia en la discusión antropológica, el tema de la constitución de identidades.

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