AUTOR: Julio Verne
TÍTULO: 20.000 Leguas de Viaje Submarino
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Tercera edición)
AÑO: 1973
PÁGINAS: 557
TRADUCCIÓN: Julio C. Acerete
RANK: 8/10




Por Alejandro Jiménez

El término clásico es utilizado contemporáneamente como una fórmula cliché. Es verdad que ciertos autores, a pesar de estar lejanos en el tiempo, gozan todavía de reconocimiento, ya sea porque sus nombres han trascendido el contexto literario, o porque los viejos lectores insisten en su importancia. Pero si somos sinceros, se trata de una vigencia banalizada, puesto que cada vez se los lee menos y sólo se reproduce con relación a ellos viejas fórmulas de cortesía. Los jóvenes, por ejemplo, antiguos entusiastas de esta clase de literatura, se encuentran hoy embebidos en nuevos derroteros, la fantasía light les ha socavado una posible visión en perspectiva y, de alguna forma, para ellos, la imaginación clásica, tiene todas las cualidades del desuso.

En este sentido, es casi imposible acercarse a una obra como 20.000 Leguas de Viaje Submarino –máxime si es su versión íntegra, y no una de esas tantas mutilaciones que se le han hecho para “acercarla” a nuevos públicos- sin sentir un poco de nostalgia. El lector curioso y, más aún, el lector inconforme con su época, siempre camina varios siglos atrás en la historia; es decir, nunca leerá a sus contemporáneos, básicamente porque de ninguno de ellos podrá colegir, tan bien como de sus predecesores, los fundamentos de su condición actual. Y este hecho genera nostalgia, una predilección emotiva por el lenguaje, el enfoque y la cosmovisión del escritor clásico, quien, para el que lo sabe apreciar, no es un simple talentoso del pasado, sino un verdadero camarada.

La lectura es, quizá, una de las acciones más libres del ser humano; en su elección, modo y repercusiones no hay última palabra; en ella todo se mantiene como una posibilidad abierta. Sin embargo, he aquí que no debe confundirse la fuerza creativa con el negocio editorial, porque esto genera una equiparación abusiva de las obras. Tener en el mismo estante de un librería una novela épica como 20.000 Leguas de Viaje Submarino, y otra obra, arrojada al medio por el boom publicitario, como Crepúsculo, es una señal de confusión, y es así porque, aunque ambas historias puedan ser leídas por el mismo público, los fines de sus autores varían radicalmente: mientras en el primero hay una intención de refinar nuestra imaginación, en la segunda, se propone un entretenimiento vacuo, función que bien podría seguir cumpliendo la televisión.

A lo que quiero llegar es a lo siguiente: por un lado, nadie puede obligar a leer a los autores clásicos, porque a ellos debemos acercarnos por un deseo personal, por el amor que nos convoca a la buena literatura, esto es, a la escrita para hacernos pensar, para cuestionarnos. Y, por otra parte, las obras, aunque puedan ser de un mismo género, no son equiparables y, sobretodo, no ajenas a cuestiones como el talento o la edición; por demás, se necesita carecer de todo sentido común para no reconocer que todos los tomos de Crepúsculo no valen una sola página de Verne. El que afirme lo contrario actúa temiendo convencerse de que las obras que considera perfectas están hechas –al modo del cine hollywoodense- no de ideas, sino de imágenes, y las imágenes se deshacen con el tiempo.

Julio Verne es el escritor francés más importante de la literatura de aventura. Como los grandes, comprendió muy pronto que la fantasía no es la invención de poderes extraños, tampoco historias de personajes que se extienden hasta el hastío; más bien, que es la simple exploración de nuestro mundo a través de una mirada renovada. Así, en Viaje al Centro de la Tierra, sondeó las profundidades de nuestro planeta, descubriendo toda clase de misterios; en La Vuelta al Mundo en Ochenta Días, se aventuró a través del aire para permitirnos una mirada vertical y; aquí, en 20.000 Leguas de Viaje Submarino, se sumergió en los mares para hacer un recuento de las más increíbles maravillas: animales, plantas, continentes desaparecidos, cementerios, embarcaciones.

Como Stevenson, a Verne le ha bastado siempre una sola palabra para abocar a sus lectores hacia los más variopintos destinos. A bordo de un globo, de alguna máquina científica, o de un submarino, quien lo lee se convierte en co-protagonista de la historia, se introduce inevitablemente en su mundo, y no logra salir de él hasta el momento en el que se escriba la última palabra. Verne es un hombre que confía en el lenguaje para matizar lo que vivimos, para expresar más acertadamente su coloratura y, además, es un sabio de la ciencia, no propone una situación sin argumentarla, hecho que le confiere a su obra un carácter verosímil. Para el caso particular de 20.000 Leguas de Viaje Submarino, quisiera analizar dos aspectos: el de la tensión misantropía-filantropía, y la construcción del héroe como noción problemática.

20.000 leguas a bordo del Nautilus

Un hecho consterna al mundo en el año 1866: la existencia de un monstruo que causa estragos en los distintos mares del planeta. La desaparición de embarcaciones, los continuos accidentes y algunos avistamientos que han testificado marineros, llevan al gobierno de los Estados Unidos a preparar la fragata Abraham Lincoln con el ánimo de capturar a lo que parece ser un gigantesco narval. Pierre Aronnax –especialista en historia natural- es invitado a ser parte de la expedición, y así, él, junto a su fiel sirviente Conseil y Ned Land –el arponero más reputado de entonces- se embarca en la fragata que parte de Nueva York dirigida por el capitán Farragut.

Durante varios meses la Abraham Lincoln recorre sin suerte los océanos, hecho que causa enojo en la tripulación; parece ser como si el cetáceo hubiese decidido esconderse previendo su destino. Sin embargo, la última noche antes de emprender la vuelta a Nueva York, Ned Land logra ver una gran mancha sobre las aguas del Pacífico Norte. Persuadiéndose de que se trata de la ballena, la embarcación la persigue durante un día y, finalmente, se decide a arponearla, con tan mala suerte que este hecho provoca el choque del barco y el consecuente naufragio de los marineros.

Aronnax, Conseil y Ned Land logran sobrevivir aferrándose a la superficie de un extraño artefacto metálico, al interior del cual serán llevados después. Pronto la situación se aclara: el narval del que tanto se habla en el mundo es, en realidad, el Nautilus, un submarino construido al margen del conocimiento de los principales gobiernos. El capitán Nemo, dueño y comandante de la nave, les explica a los hombres que ha roto toda relación con la sociedad, y que desde hace unos años pasa su vida explorando el fondo de los océanos, en compañía de sus ayudantes con quienes se comunica en una lengua desconocida.

A pesar de su condición de “prisioneros” –Nemo explica a los hombres que no podrá dejarlos en libertad porque su secreto no debe revelarse-, Aronnax y compañía encuentran muy rápido el gusto de la aventura: visitan asiduamente la biblioteca de Nemo, sus amplias colecciones marinas que, de lejos, superan a cualquier museo de la Tierra; se entretienen observando los paisajes poblados de peces y plantas, y haciendo excursiones en distintos mares. El Capitán Nemo pasará largas horas explicando a Pierre Aronnax el funcionamiento del submarino, la forma de proveerse electricidad y agua, el modo como fue construida la nave, la necesidad de subir a la superficie continuamente para almacenar aire, etcétera.

La primera parte del viaje lleva al Nautilus desde las costas japonesas –lugar en donde naufragó la Abraham Lincoln- hacia el Sur hasta las islas del Pacífico Tropical, y de allí por Nueva Guinea hacia el Océano Índico. Esta es tierra de corales que satisfacen el deseo de belleza de los tripulantes, especialmente de Aronnax que nunca había visto las plantas y los animales en todo su fulgor natural. Asimismo, durante el trayecto Nemo invita a sus “prisioneros” a ir en busca de las perlas gigantescas de Ceilán. Temerariamente se dirigirán hacia el Mediterráneo a través del estrecho Mar Rojo, franqueando el Canal de Suez utilizando un túnel que impide experimentar el desnivel entre mares.

Ya en el Mediterráneo, son testigos de las erupciones volcánicas que caracterizan la región, incluso, bajo el nivel del mar. El paso es muy rápido por esta región debido a la sospecha del Capitán Nemo de que la ocasión pudiese ser utilizada por los hombres para escapar, principalmente, por Ned Land, quien, a pesar de la belleza que le procura la vida submarina y las jornadas de caza que de vez en cuando le permite Nemo, desea a toda costa regresar a la vida civilizada. Después de salir al Atlántico por Gibraltar, el Nautilus se dirige hacia el sur; este es el tiempo para que los ojos de Aronnax y los demás se pierdan entre las ruinas de la Atlántida –el viejo continente mencionado por Platón-, para caminar por sus escaleras y conocer el diseño de sus fuertes.

Más hacia el sur se hunden hasta profundidades nunca conocidas por el hombre, aunque momentáneamente respirables en las cavernas de hulla. Siempre con la mira puesta en la Antártida, el Capitán Nemo realiza otro de sus actos temerarios, atravesar los icebergs de esta región para alcanzar el 90°, es decir, el mismísimo Polo Sur, hazaña que alcanza el 21 de marzo de 1868. De vuelta hacia el Atlántico el Nautilus debe sortear el derrumbe de los icebergs, pero gracias al trabajo conjunto de la tripulación regresa sin problemas y muy pronto alcanza el Cabo de Hornos, punto que marca el inicio de su ruta a lo largo de la costa de Suramérica hacia el Norte.

Para este momento los ánimos dentro de la tripulación han variado notoriamente; es cierto que Aronnax disfruta como nadie de todas las cosas que logra ver bajo las aguas, pero Ned Land ha entrado en un periodo de depresión por el encierro. Secretamente planean aprovechar cualquier oportunidad para escaparse, y su conspiración coincide con un cambio extremo en el carácter de Nemo, quien cae irremediablemente en el ensimismamiento. Enrutados hacia el norte, a toda máquina el submarino atraviesa las aguas de las Antillas y las Bermudas hasta perfilarse directamente hacia los mares boreales, en donde por fin hallan Aronnax y los otros el chance de huir, y donde el maelström parece hundir para siempre las paredes del Nautilus.

La tensión misantropía-filantropía

En medio de las largas jornadas que dedican Aronnax, Land y Nemo a la exploración del mar, para establecer esa extensa taxonomía que queda registrada en las páginas del libro, y en donde peces, moluscos, algas y demás son examinados con el rigor que sólo puede proceder de hombres cultos, así como entre los restos de embarcaciones hundidas en el océano, o el misterio de los corales y ciudades submarinas, hay dos aspectos que se van tejiendo de manera implícita y que, a mi modo de ver, constituyen herramientas para construir un sentido más profundo la novela.

El primero de esos aspectos es el cruce continuo de rasgos misantrópicos y filantrópicos en el carácter de Nemo. El capitán es un hombre tosco y circunspecto, envuelto en una férrea disciplina científica y poco inclinado a las intimaciones (1). Sin embargo, es posible rastrear situaciones que permiten romper este esquematismo y mostrar algo totalmente diferente, es decir, un Capitán mucho más extrovertido, más dispuesto a las confidencias, etcétera. El hecho que condiciona ese ir y venir, ese paso que va, incluso, de la agresividad a la condescendencia, tiene que ver con la razón que lo ha llevado a aventurarse en el mar.

Nemo confiesa a Aronnax que desde hace dos años ha dejado de frecuentar la vida en sociedad, concentrándose en la exploración de los mares; el motivo es algo confuso, pero no así su afirmación que resulta categórica cada vez que la repite, tildando a Europa como una comunidad hostil, insulsa y desigual. Para Aronnax y Conseil, este odio contrasta con la sabiduría, la delicadeza e ingenio que ha puesto en marcha Nemo para convertir el mar en un reino dispuesto para el conocimiento. Al intentar descifrar el enigma, Pierre piensa en estos términos:

“Por mi parte, no me conformaba con las hipótesis que bastaban para satisfacer a Conseil, que persistía en no ver en el comandante del Nautilus más que a uno de esos sabios desconocidos, que devuelven a la humanidad el desprecio a cambio de la indiferencia. Hasta le consideraba como un genio incomprendido que, harto de las decepciones de los habitantes de la tierra, había decidido buscar refugio en el inaccesible medio de las aguas, donde sus instintos podían desenvolverse libremente. (…) ¡El Capitán Nemo no se limitaba a huir de los hombres! Su formidable navío podía servir para sus deseos de libertad, pero también, quizá, para llevar a cabo quién sabe qué tipo de terribles represalias con las que poder saciar su odio” (Págs. 269-270)
En efecto, mientras los otros personajes de la historia se muestran bastante planos en su carácter (Aronnax está irremediablemente encasillado en la virtud, Conseil en la entrega y Land en la fuerza), el Capitán Nemo es un ser conflictivo, complejo; su conducta debe evaluarse desde varias ópticas si no se quiere reducirla arbitrariamente. Bajo una mirada, él es un hombre ruin, porque retiene como “prisioneros” a Aronnax y los demás, porque ataca y hace sumergir embarcaciones, porque se empecina en la idea de que la sociedad es la asesina del libre albedrío, y no el espacio para su realización.

Pero, del mismo modo, Nemo es un hombre ejemplar: es paciente en sus explicaciones a Aronnax sobre el Nautilus y los secretos del mar, colabora con la lucha emancipadora de los griegos –hecho que, además, prueba que no ha roto completamente con la sociedad-, y se entrega con pasión a sus labores. Una noche tiene el deseo ferviente de caminar con Aronnax por las ruinas de la Atlántida, o de mostrarle un cementerio en medio de un coral, pero a la siguiente estará amargado por algún capítulo de su pasado, por la vista de los navíos británicos que le recuerdan el sufrimiento de sus compatriotas a mano de colonizadores.

Nemo ha convertido el mar en un lugar en el que puede, primero, pulir su inteligencia a través de la ciencia y, segundo, olvidarse de todos los vicios que corrompen la sociedad. Ahora bien, del seguimiento de estos aspectos puede colegirse que las interpretaciones que hace Nemo de la realidad son enteramente abstractas: cuando habla de sus descubrimientos, de todo lo que ha visto él antes que cualquier otro ser humano, lo hace pensando en su valor universal, por ejemplo, en su belleza, en su necesidad; asimismo, cuando, mostrándose misántropo, condena los problemas de su época, se refiere a ellos utilizando palabras como esclavitud o desigualdad, no citando casos puntuales.

“–¡Sí! ¡Esta y no otra es la verdadera existencia! Por mi parte, me atrevería a concebir la fundación de auténticas ciudades náuticas, de agrupaciones compuestas de casas submarinas que, como el Nautilus, salieran todas las mañanas a la superficie para respirar… Serían ciudades libres, ciudades independientes… ¡aunque nunca estarían a salvo del algún déspota!” (Pág. 188)
La configuración del héroe

En 20.000 Leguas de Viaje Submarino la noción de héroe se construye de una manera mucho más problemática que en otros libros de Verne. Quisiera resaltar al respecto sólo 2 cuestiones: 1) la dificultad que supone encontrar en el libro un héroe reconocido por los otros, característica que la mayoría de veces acompaña a este tipo de seres y; 2) el contraste que se evidencia en la historia con esa típica visión de héroe que lo perfila como alguien “bueno”.

De entrada debería hacerse notar que cuando se habla aquí de héroe no pensamos ni en Ned Land ni en Pierre Aronnax, sino estrictamente en el Capitán Nemo. Podría pensarse que hay una condición heroica en los dos primeros porque han zarpado –al inicio de la historia- en una fragata que busca capturar una bestia que azota los mares, esto es, actúan basados en un principio de bien general, y más aún, se puede afirmar que son héroes en la medida en que después de pasar un tiempo como “prisioneros” en el Nautilus, logran escapar antes de que éste sea atrapado por el maelström.

Empero, quisiera resaltar que ambos argumentos no dan cuenta de un verdadero héroe. En primer término, Aronnax es invitado a acompañar la fragata, y en su decisión de embarcarse tiene más peso la curiosidad científica que el espíritu de aventura; lo propio sucede con Ned Land, quien a pesar de sí tener el lance temerario del que carece Aronnax, se muestra incrédulo frente a la existencia de la bestia, y está claro que un héroe no puede dudar del mal que afecta a los suyos. Por otro lado, durante su viaje en el Nautilus, ambos personajes actúan más en calidad de tripulación que de prisioneros, hecho que resta importancia a su huída que, por demás, llega en un momento en donde la tensión concentrada en Nemo es el auténtico empuje al escape.

Así pues, sabiendo que sólo puede hablarse de héroe con relación al Capitán Nemo hace falta ver cómo se desarrolla en él la heroicidad. Decía antes que una de sus principales cualidades es la de tratarse de una figura poco conocida; generalmente, por sus hazañas, el héroe se transforma en un personaje público, celebrado por la sociedad para la que actúa; pero no sucede esto con Nemo que, inmerso en los mares, es apenas perceptible para los pueblos que ayuda: para los griegos que intentan emanciparse de los turcos (a quienes colabora con el dinero necesario para provisiones), para sus compatriotas de la India, por años sometidos bajo el poder inglés (sus ataques a los barcos británicos son constantes y salvajes) y, en general, para toda la gente que hace parte de la “raza de los oprimidos” que es a la que él pertenece y pertenecerá siempre.

Mas, aunque su figura sea un tanto secreta, no es por ella menos efectiva: por igual podrá regalarle una perla gigante a un buzo indio, que darle un cargamento de oro a un camarada griego o encargarse de hacer naufragar un buque de guerra inglés. En este sentido, Aronnax se perfila como un héroe misterioso, del tipo de los que aparecen y se van constantemente, pero que cuentan con el afecto de todos los que reciben su ayuda.

Finalmente, la heroicidad de Nemo tiene otro rasgo característico y es el de tratarse de una condición que fluctúa entre lo bueno y lo malo. Más arriba se dijo que en unas cosas el Capitán se muestra parco y malhumorado, mientras que en otras deja ver todo su amor y sensibilidad. Pues bien, son justamente así sus acciones heroicas, tienen un fundamento justo, como lo puede ser la libertad o la igualdad, pero también consecuencias poco deseables; por ejemplo, nunca para a reparar el Capitán Nemo en que dentro de las embarcaciones que hace naufragar van cientos de hombres igual de pobres que sus compatriotas, subidos a bordo por el único deseo de conseguir algo de dinero para sus familias.

Acaso sea éste el dilema de los héroes: saber que actúan basados en un principio universal, pero intentar reducir el acceso que puedan tener sus enemigos a él. Con todo, y a pesar de esto, es cien veces más plausible la energía transformadora de Nemo –mezcla de misantropía y amor, de odio y compasión por los hombres- que la virtud sosegada de un Aronnax, que transita por la novela llenándose de dudas fatuas y sacando siempre su virtud ilesa, o del mismo Ned Land, que intenta socavar las flaquezas de su espíritu con la fuerza de su cuerpo.

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20.000 Leguas de Viaje Submarino puede leerse de muchas maneras: como relato fantástico, en cuyo caso sería valioso material para alentar nuestra imaginación; como tratado de la vida marina, de calidad semejante a cualquier documento escrito por un biólogo; o como metáfora de los hombres que al no ser escuchados por la sociedad, deben refugiarse en la soledad de su sabiduría para, desde allí, apuntar hacia una transformación lenta y confusa.

(1) En La Isla Misteriosa (1874), Julio Verne da cuenta de la verdadera identidad del Capitán Nemo, aclarando que no es otro que el Príncipe Dakkar de la India. Este hecho permite entender, por un lado, el origen del dinero necesario para la construcción del Nautilus y, por otro, la aversión constante que siente Nemo por las embarcaciones de origen británico. Asimismo, La Isla Misteriosa contravierte la supuesta muerte del Capitán en el maelström con la que cierra 20.000 Leguas de Viaje Submarino.

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