AUTOR: Eduardo Caballero Calderón
TÍTULO: El Cristo de Espaldas
EDITORIAL: Panamericana (Primera edición)
AÑO: 2009
PÁGINAS: 260
RANK: 9/10




Por Alexander Peña Sáenz

En medio de la celebración del bicentenario, los cien años del nacimiento de Eduardo Caballero Calderón (1910–1993) pasaron desapercibidos, lo cual es lamentable porque él, novelista, ensayista y periodista –autor de obras tan importantes como Siervo sin Tierra (1954) o Manuel Pacho (1962)-, es un referente importante para la reflexión sobre la violencia oficial desatada en Colombia a mediados del siglo XX. Justamente, El Cristo de Espaldas (1952) podría clasificarse dentro de la novela de violencia, toda vez que sus personajes encarnan diferentes puntos de vista frente a esta problemática, y su historia examina las consecuencias sociales del bipartidismo.

En términos generales, El Cristo de Espaldas narra la experiencia de un joven cura que viaja a un pueblo incrustado en el páramo colombiano. Allí, vive en carne propia el drama desatado por los enfrentamientos entre liberales y conservadores: crimen, intolerancia, persecución. Es una época en la que los días son amargos, y todo por las diferencias entre ideologías; "rojos" y "azules" se matan mutuamente, cegados por su fanatismo, por su ansia de dominar el país, de apropiarse de las tierras del campesinado que, engañado por los partidos políticos, no se percata de su destino nefasto.

En este panorama sombrío, parecen haberse invertido los valores; Cristo le ha dado la espalda a este pueblo, y a toda Colombia, que ya no es una sociedad bondadosa y equilibrada, sino un territorio de imposiciones y miedo. La novela, temporalmente, inicia una noche de jueves –cuando el sacerdote llega al pueblo a reemplazar al antiguo párroco-, se extiende todo el fin de semana –con la muerte de un gamonal, su entierro, el revuelo que causa dicho crimen, y la decisión de los notables para ajusticiar al sospechoso del asesinato- y, finalmente, concluye el día lunes, fecha en la que, en medio del alboroto, el cura es obligado a abandonar el pueblo.

El cura llega al pueblo del páramo

En una lluviosa noche de jueves, un cura recién salido del Seminario, se dirige a uno de los tantos pueblos empotrados en las montañas de nuestra geografía; lo acompaña el sacristán del lugar –quien se apoda “Caricortao”, debido a la cicatriz de un machetazo que recibió cerca de su boca-. Va a reemplazar al viejo párroco, a sumergirse en el purgatorio de un curato pobre, a convertirse en el rústico guardián de unos pobres diablos. El pueblo se pierde entre las nieblas de la cordillera, está rodeado de páramos y precipicios; lo habita gente que cuida animales y cosecha cebada. Al llegar a la parroquia, en medio del fuerte aguacero, el cura entra a su nueva habitación: un camastro impregnado con el olor a sudor del viejo sacerdote. La prueba de sus convicciones está cerca.

Inicia la discordia: muerte de don Roque Piragua

El día viernes inicia con la primera misa del sacerdote, con su “Parábola del Buen Pastor”; a esto sigue el recibimiento de las beatas y, a su vuelta al despacho, el encuentro con Anacleto, un joven que busca protección –andan buscándolo para matarlo-. El cura escucha la historia con atención: resulta que don Roque Piragua, el gamonal más importante de la aldea, ha sido asesinado esa mañana, y Anacleto es sospechoso del crimen.

Don Roque Piragua era un ferviente líder del Partido Conservador; años atrás, se había casado con la hermana del liberal Pío Quinto Flechas, otro acaudalado de la aldea. Lo había hecho con la intención de sonsacar parte de la herencia de los Flechas, y expulsar a los “rojos bandidos”. Poco a poco y, a base de artimañas, se fue haciendo más rico, dominando a los campesinos a su merced. Así, pues, el matrimonio Piragua-Flechas no era más que una fachada, y todos conocían las correrías del gamonal con muchas campesinas.

De una de estas infidelidades nació Anacarsis, a quien rápidamente apreció don Roque; lo quería, incluso, más que a su hijo legítimo, Anacleto. Por tal razón, al morir la madre de este último, el gamonal hizo todo lo posible para apoderarse de las tierras de Agua Bonita –que correspondían por herencia a Anacleto-, y entregárselas a Anacarsis. Como era menor de edad y poco podía hacer frente a la influencia de su padre, Anacleto perdió las tierras y marchó lejos, no sin antes jurar que regresaría para vengarse. Anduvo por el mundo como chofer; todo esto, tres años antes del crimen.

Con veintiún años cumplidos, Anacleto volvió para reclamar lo suyo; se dirigió a donde el notario para que avisaran a don Roque que debía preparar las escrituras de traspaso de la herencia. Todo ocurrió con relativa calma ya que, una vez en la casa del notario, don Roque firmó las escrituras sin objeciones, aunque sí agregando algunas cláusulas. A la mañana siguiente, Anacleto despertó con su ropa llena de sangre; algo goteaba desde el techo de arriba, en donde descansaba su padre. Durante la noche había sucedido algo escabroso: don Roque Piragua yacía fuera de su cama, trozado a puñaladas y muerto.

El crimen es descubierto

Esta historia atrae la atención del cura, al tiempo que lo llena de inquietud. Si no lo deja huir, lo condena a muerte, y si lo ayuda a escapar, en caso de comprobarse su delito, será cómplice. De cualquier forma, Anacleto es detenido, y la noticia de la muerte de su padre corre por todo el pueblo. El cura, junto al notario, el secretario y Anacarsis van al lugar del crimen. Allí, el difunto recibe la absolución y sus ojos son cerrados, no por piedad, sino por el horror de verlos fríamente inexpresivos. Entonces vienen los lamentos de Anacarsis por la muerte de don Roque, los guardias que golpean a Anacleto, y los alientos que el sacerdote intenta infundirle al sospechoso.

Horas después, Anacarsis llega al lugar en que mantienen apresado a Anacleto, con un puñal en la mano y la ropa ensangrentada de su medio hermano. En teoría –y a pesar de estas pruebas-, don Roque no pudo haber muerto a manos de Anacleto, pues ya habían arreglado los papeles de la herencia. Anacarsis sugiere que, quizá, Pío Quinto Flechas envió algún asesino para liquidar la oposición conservadora. De este modo, el directorio del Partido no pierde tiempo, y la invitación a las honras fúnebres de don Roque Piragua, son acompañadas de arengas en contra de los liberales.

El cura, al ver la euforia de la gente, se siente impotente, nadie lo escucha; su soledad se le antoja similar a la de Cristo en el Monte de los Olivos, cuando éste fuera despreciado hasta por sus discípulos. Todo es adverso para el sacerdote: “…la hipocresía de las beatas, la rapacidad de los ricos, la impertinencia de los pobres, la fosquedad del páramo: todo eso sumía al cura en una melancólica depresión”. Los campesinos, atentos a estas reflexiones del cura, comienzan a especular sobre su actitud, y juzgan inadecuado su carácter, pues no sólo defiende a Anacleto de los cargos que se le imputan, sino que ha decidido dar asilo en la iglesia a María Encarnación, una mujer de mala fama –antiguamente perteneciente a una familia próspera y liberal-.

El cadáver de don Roque es llevado a la iglesia, adornado con cuatro velas y cobijado por un velo negro y una gran cinta azul. El pueblo pernocta ese viernes en la iglesia, acompañado por el cura, quien es presa de un repentino ataque de escalofríos:

“No había tenido ocasión de observar que a veces se condensa sobre las muchedumbres o se exhala de ellas como la pestilencia enervante de mil sudores vertidos a un mismo tiempo, un alma misteriosa y colectiva. Esa alma, pensaba, es el sudor de las muchedumbres; contra ello no hay forma de luchar; es inconsciente, versátil, sorda, ciega, maloliente; viscosa, y se repliega sobre sí misma en contorsiones de molusco” (Pág. 108)
El entierro

Don Roque es enterrado en el cementerio del pueblo, su cuerpo se podrirá en tierra blanda y esponjosa. En su fosa habrá una cruz con su nombre y, por orden del Concejo, también un monumento en su honor. Hay explosiones de cohetes, dos minutos de silencio, el discurso del notario y, luego, por iniciativa de Anacarsis, las arengas conservadoras: ¡Abajo los rojos! ¡Qué viva don Roque! Precaviéndose, el cura telegrafía al gobernador del departamento para que ayude a calmar los ánimos del pueblo; de tal suerte, son enviados diez agentes a cargo de un sargento. Todos quieren muerto a Anacleto, y los gritos se escuchan mientras varios feligreses vomitan en la iglesia: un hedor que suma sus vómitos, el sudor, y la sangre, invade el ambiente del pueblo, produciendo náuseas. El licor dulce y repelente transforma los hombres en seres distintos:

“Dejan la humildad y la sumisión, como si se quitaran la ruana, y descubren su salvajismo y su insolencia como si quedaran en cueros, con el cuchillo a la cintura. Los mansos se vuelven fieras, los tristes jocundos, los taciturnos exaltados, las ovejas lobos. Un sino implacable arrastra al hombre por sus pasos contados, primero a la impertinencia, más tarde a la violencia y finalmente al asesinato. Un velo turbio y rojizo le oscurece las pupilas, un demonio interior le sopla al oído palabras procaces y desentierra del corazón una camada de pasiones mezquinas que se desenroscan y alzan la cabeza viscosa…” (Pág. 121)
El cura siente que su cabeza va a estallar, decide cerrar los ojos: ya no está en ese pueblo miserable, está en la Jerusalén de hace dos mil años, escuchando el clamor de la muchedumbre que pide la cabeza de Cristo. Entretanto, Anacleto es vapuleado por la gente, quieren verlo fusilado. El alcalde, ebrio, hace lo que quiere, de modo que termina disparándole al acusado, quien por suerte no recibe la bala. El cura, vuelto de su ensimismamiento, se interpone, y hace cruz con sus manos; lánguido, solo frente a una multitud enardecida, enfocando su mirada en el agujero del revolver, cae de rodillas, diciendo: “¡Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu!”, palabras que, súbitamente, aplacan los ánimos del pueblo.

El exilio hacia el pueblo de abajo

El cura, María Encarnación y sus criaturas, deciden abandonar el pueblo; caminan cuesta abajo hacia la aldea vecina. Anacleto, amarrado a un rejo y los tres capturados de Agua Bonita, acompañan la comitiva con sus mujeres. El párroco, más tranquilo ahora, se percata de nuevas sensaciones en su alma:

“A veces a la vista de un paisaje o de una persona, el corazón se sobresalta como si recordara una impresión pasada o un sentimiento que la memoria no recuerda; y otras veces el espíritu revive claramente, con una nitidez fotográfica, una imagen o una escena remota, y el corazón permanece sin embargo quieto, estólido como si jamás hubiera sido impresionado por ellas. El corazón y el espíritu no tienen memorias paralelas” (Pág. 115)
Al llegar a su destino, los exiliados descubren que allí vive el sacerdote que vino a reemplazar el joven cura. La gente de esta provincia es ruda y montaraz; “no se trata de un rebaño de ovejas, sino una corraleja”, dice Cornelia, la hermana del viejo sacerdote, quien, por su parte, despotrica, frente a su sucesor, de Pío Quinto Flechas y Anacleto, los antiguos mandamás del páramo, que afortunadamente para él, decayeron hace tiempo:

“Y creía honradamente el buen hombre que los liberales son ateos, los ateos masones, los masones tienen el deseo de asesinar al Papa, el cual, finalmente es el padre de todos los conservadores del mundo y alienta una especial predilección por los conservadores del pueblo” (Pág. 137)
El regreso hacia el páramo, el final

Belencita es una muchacha joven e ingenua, hija de Ursulita y el notario. Sus padres la habían enviado al convento para adelantar sus estudios, pero la chica es algo pícara. El cura se consterna al verla: “…desde muy niño le inspiró un secreto horror la mujer joven, porque la vieja deja de serlo y acaba convirtiéndose en un ser asexual. Sin el menor atractivo para los hombres en funciones”. Sin embargo, no hay tiempo para inquietarse demasiado, puesto que corre la voz de que varios hombres al mando del sargento Landinez se disponen a subir para hacer una batida. Ya es domingo por la tarde. Junto a Belén, el “Caricortao” y dos guardias del pueblo de arriba, el cura sube hacía el páramo.

Para este momento, Pío Quinto ya está enterado del viaje de Anacleto hacía el pueblo de abajo, y decide preparar un ataque con sus aliados liberales. El páramo es un paisaje esquelético, un calvario; el escenario perfecto para el inicio de la batalla entre los oficiales del sargento Landinez y los bandoleros liberales de Pío Quinto. La tarde se ensombrece con el color de la sangre; esta jornada dejará como saldo a “Caricortao” herido de otro machetazo, cuatro bandoleros dados de baja y un oficial lesionado. Mas, lejos de la sordidez de este hecho, pulula algo peor: en su agonía de muerte, el sacristán –“Caricortao”- confiesa la verdad de todo lo sucedido: él es el asesino de Piragua, lo mató porque deseaba su dinero.

Al día siguiente, lunes, Doña Ursulita acude a la parroquia; dos cuadros adornan el recinto: el primero es “La Muerte del Justo”, con el retrato de doña Úrsula y el notario, quienes lo donaron años atrás a la iglesia; el otro es “La Muerte del Pecador”, acompañado de una imagen de Don Roque achicharrándose en el infierno, donada por Pío Quinto Flechas. Refiriéndose a este segundo cuadro, Úrsula le cuenta al padre que su hija Belén fue abusada por don Roque, quedando embarazada, por lo cual la imagen no le disgustaba. Tratando de evitar un escándalo la niña había sido enviada al convento del otro pueblo.

Horas más tarde, llega a la parroquia una carta del obispado; en ella le refieren al cura las quejas de los fieles por su intromisión y conducta. Es imposible penetrar en los corazones de estas personas; y aun cuando conoce la verdad de lo sucedido por boca del propio criminal, debe guardar el secreto de su confesión; por demás, la indignación que le causa la intolerancia de sus feligreses, no lo anima a cosa diferente. Apenas habrá tiempo para arreglar un par de cosas, y partirá de vuelta al Seminario, en donde dictará clases de gramática.

La dura realidad en la época de violencia

El bipartidismo, además de disputarse el poder político de Colombia, aprovechó para desangrar a nuestros compatriotas y despojarlos de sus propiedades. Caballero Calderón describe esta situación de forma cruda, pero no podría ser de otra forma tratándose de una realidad que afrontaron miles de campesinos:

“Los campesinos eran los siervos, los desposeídos, los miserables. Su tierra quedaba siempre expuesta al capricho de los caciques, que los echaban de ella cuando les venía la gana. Sus mujeres seguían cayendo derrengadas por la paliza dominical y el duro trabajo cotidiano. Sus hijos nacían hipotecados al patrón, como los bueyes y los marranos. Sus hijas seguían sirviendo de criadas y meretrices a los amos. Pero, por una fuerza de inercia que en el fondo no era miseria e ignorancia, los campesinos eran liberales si habían nacido en la finca de don Pío Quinto Flechas, en el páramo, y conservadores si alguna vez recibieron cepo y latigazos en la hacienda de los Piraguas…” (Pág. 57)
Por otra parte, la falta de compromiso ético y social de los medios de comunicación, acrecentó bastante la problemática, en el sentido de que una sociedad no informada, o mal informada, resulta mucho más manipulable y heterónoma. Caballero Calderón escribe:

“Los diarios suelen mentir de tres maneras distintas: por omisión, cuando deliberadamente ocultan la verdad que los perjudica; por exageración, cuando la desfiguran hasta el punto de que no la reconocería ni su propio padre; y finalmente, por tergiversación, cuando le retuercen el cuello a la verdad para que lo negro aparezca blanco y lo blanco negro. Además todos pecan contra el buen gusto” (Pág. 166)
El aspecto religioso

El Cristo de Espaldas refleja las creencias religiosas de su autor; el libro sugiere, algunas veces implícita y otras explícitamente, actuar conforme a los valores del cristianismo. Cristo, al simbolizar todos lo valores históricos y bíblicos –bondad, humildad, ayuda- es el paradigma moral de la cultura de Occidente; lo que intenta Eduardo Caballero Calderón es hacer notar cómo el cristianismo contribuye a la consolidación de una sociedad armónica, y cómo la ruptura de sus preceptos, desata un reino de caos y violencia. Sin un marco de regulación como el cristiano, parece decirnos el autor, los hombres seríamos lobos para nosotros mismos; inevitablemente, nos veríamos abocados, como el pueblo de la novela, a fanatismos de los que sólo cabe esperar consecuencias lamentables.
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En síntesis, El Cristo de Espaldas, nos muestra al ser humano, sumido y encerrado en ámbitos superiores de los que nunca podrá escapar: la religión y la política. En medio de estas abstracciones ideológicas, su existencia y su proceder jamás estarán claramente definidos:

“Y es que el más raro de todos los animales de este mundo es el hombre, pensaba el cura. El hombre que acepta y perdona con facilidad la insolencia de los poderosos, la vanidad de los ricos, la crueldad de quienes temporalmente lo mandan; pero no entiende la mansedumbre, la quietud del corazón y, sobretodo, la caridad. Lo exasperan, o simplemente lo aburren” (Pág. 114)

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