AUTOR: Andrés Amorós
TÍTULO: Introducción a la literatura
EDITORIAL: Editorial Castalia
AÑO: 2001
PÁGINAS: 239
RANK: 8/10




Por Alexander Peña Sáenz

La literatura ha mantenido un vínculo estrecho con la enseñanza de la lectura. Lastimosamente, esta relación tiene un carácter molesto, puesto que se ve reducida, casi siempre, a la imagen de estudiantes que leen para responder cuestionarios superfluos y memorísticos. En este sentido, la literatura permanece todavía desligada de la vida, del amor por la vida, o como dice Amorós, de “los momentos más felices, las sensaciones más sugestivas, (y) los sentimientos más conmovedores” que pueden encontrarse en los libros “gracias al talento expresivo de los grandes creadores”.

Y esta debería ser la imagen de la literatura en nuestra mente: la de creación, fantasía; una visión que se aleje de la imposición y que, aunque mágica, facilite la consolidación de un espíritu crítico, capaz de problematizar la vida, de ponerla en duda, de confrontarla, de convertirla en espacio filosófico. Precisamente esta es la imagen que Andrés Amorós, el reconocido crítico literario y teatral, propone en su Introducción a la Literatura (1979), un ensayo en el que, alejado de los tecnicismos teóricos, se acerca al fenómeno literario desde una mirada propia y creativa.

Amorós, quien ha sido catedrático de Literatura Española en la Universidad Complutense, es el autor, entre otros, de Sociología de una Novela Rosa (1968), Introducción a la Novela Hispanoamericana Actual (1973) e, Introducción a la Novela Contemporánea (1989). Aquí, en Introducción a la Literatura, su trabajo se orienta a partir de algunas preguntas sobre el fin de la literatura, su relación con el mundo y el arte, y el papel que cumplen las generaciones, los estilos, la crítica, etcétera. A continuación haremos un recuento de estas preguntas:

¿Qué es la literatura? ¿Para qué puede servir?

La base de la literatura radica en la relación que se establece entre autor y escritor. En opinión de Amorós, la condición de este vínculo debe ser el placer, ese placer que alcanza quien lee cuando no se contenta con la voz del escritor, sino que la trasciende con una intención crítica que, obviamente, reconoce las funciones, los medios y las posibilidades que posee el texto literario. De este modo, la literatura comienza a existir en el momento en que se concibe como problema y, dado que esto ocurre desde hace mucho tiempo, no hay razón para dejar de estudiarla ateniéndonos a esa naturaleza.

En términos generales, la literatura designa todas las manifestaciones artísticas de la palabra y, en tanto que dichas manifestaciones tienen una forma expresiva, la literatura se puede considerar una de las bellas artes. Por otra parte, el arte es uno de los elementos de la realidad que tiene pretensiones de totalidad, de autosuficiencia, de no-justificaciones. La obra literaria se puede definir, así, como el resultado artístico que desde cierta actitud revela el contenido de una estructura. La conciencia se refleja a través de la literatura. No en vano se le atribuía al escritor, en el pensamiento clásico, la cualidad de vidente, es decir, de ver más claro que los otros hombres, no por ser inteligente, sino por tener plenitud de expresión.

El lenguaje literario puede “redimir” los temas más desagradables y convertirlos en dignos de mención. De algún modo, este es otro de los motivos por los cuales la literatura parece tan lejos de la ciencia. Algunos autores admiten que el lenguaje literario es profundamente connotativo, mientras que el de la ciencia es un discurso elemental; en este sentido, lo que caracteriza la literatura es su intensificación, el hecho de basarse en ese instrumento cotidiano que es la palabra, pero explorarla de una forma distinta con la intención de crear una significación ampliamente enriquecida.

La literatura es una obra humana que parte de nuestra experiencia vital; en consecuencia, se entiende, primero, como un fenómeno histórico, en el que cabe hallar, no sólo la expresión de un autor, sino de toda una época; asimismo, la obra literaria implica una pluralidad de interpretaciones determinadas, por un lado, por los niveles de significación de la lengua (ambigüedad y plurivalencia) y, por otro, por las cambiantes sensibilidades de sus lectores. A este respecto, no hay que olvidar que la expresión literaria –y la artística en general- va unida a la catarsis, y que siendo individual en su concepción, es colectiva en sus planos hermenéutico e identitario.

Los autores escriben teniendo en mente un lector ideal y, este hecho, de cierta manera, condiciona al mismo lector que se convierte, desde la creación, en parte de la estructura de la obra. Aunque la comunicación es más fácil cuando hay puntos en común, el problema es que muchas veces la expresión y comunicación se oponen a las exigencias de cada cual, de ahí la importancia de mantener siempre una posición crítica.

Amorós también considera el problema del saber en la literatura. Está claro que ella es un modo conocimiento, y en ello coinciden lingüistas y estetistas; sin embargo, este tipo de conocimiento se aparta de la noción clásica de verdad, centrándose, más bien, en la multiplicación de las experiencias, esto es, la obra literaria no busca decir la verdad sobre el mundo, simplemente ampliar el horizonte vital de cada hombre, creando un diálogo a voces que reconstruye una y otra vez la realidad.

Quizá por ello, la literatura haga las veces de consuelo frente a las penalidades y limitaciones de la vida: funge a modo de terapia reconciliadora. Y es que la vida y la literatura se funden la una en la otra, entrecruzando sus naturalezas; no se trata únicamente de que la literatura refleje ambientes y costumbres de la gente: el ser humano también es una invención de ella, amplía su condición con cada palabra escrita sobre él. La literatura está hecha de vida, y la vida está hecha de literatura.

Esta asombrosa síntesis hace pensar a Amorós en el realismo, en esa expresión subjetiva de lo real que, sin embargo, puede compartirse. La búsqueda de la originalidad es romántica
dice-, la época contemporánea –con su velocidad comunicativa- exige del arte una exploración a la realidad objetiva, a ese exterior compartido, pero esa indagación no busca, ni descripciones ecuánimes, ni sellos de propiedad, solamente puentes a través de los cuales puedan fluir los universos internos y externos.

¿Cómo se relaciona la literatura con la visión del mundo, con los mitos, con el arte?

Las obras literarias sirven de vehículo para la difusión del pensamiento; un escritor inconforme, por ejemplo, puede escribir en sus libros ideas orientadas a la superación de conflictos. En su tiempo, Dickens denunció a la sociedad inglesa con relación a la explotación de los niños, y sus palabras repercutieron en la firma de leyes condenatorias. Sin embargo, en la vida de un escritor, el pensamiento parece cambiar su aspecto cada tanto, esto se debe a dos razones: la necesidad de buscar nuevos estilos narrativos, y el continuo cambio de los símbolos y marcos de referencia. De este modo, la creación literaria se acerca íntimamente a la filosofía, en el sentido de que, aunque variante, siempre se asiste con ella a la totalización del mundo.

Con relación al mito, Amorós considera que no se trata de un texto arbitrario ni premeditado, al contrario, el mito nace de forma instantánea, y se justifica por su intento de encausar la cosmovisión de una sociedad. Dicha idea coincide con la de Marcelino C. Peñuelas, quien señala como vínculos entre la literatura y el mito los siguientes elementos: los fenómenos espontáneos e inseparables de la naturaleza humana, los fenómenos colectivos de la cultura, las realidades vividas, los productos y agentes culturales y, por último, la interacción entre lenguaje, religión y metafísica.

Su propia cuota tiene la relación entre literatura y el arte en general. Amorós define la pintura como poesía muda, y la poesía como pintura parlante. Si bien es cierto que cada arte tiene por objetivo expresar aquello para lo cual está dotada mejor, los lazos entre literatura y pintura o escultura se cruzan frecuentemente, hasta perder sus límites en la sustantividad estética: la poesía se inspira con frecuencia en cuadros, culturas y música, pero ella misma es todo esto y más.

¿Hasta qué punto la literatura expresa una sociedad y de qué modo puede influir sobre ella?

Un romántico español, Larra, afirma que “la literatura es una expresión, el termómetro verdadero de la civilización de un pueblo (…) la expresión del progreso de un pueblo”. Entendiendo, pues, que la literatura refleja costumbres, ambientes y problemas colectivos, se reconoce que lleva implícita la experiencia de una sociedad. Y es que ambas, literatura y sociedad, se condicionan mutuamente, cada una actúa sobre la otra transformándola. Tanto es así que casi todas las escuelas de sociología de la literatura observan cómo, incluso, entre las condiciones económicas y la obra cultural existe una larga serie de mediciones que matizan su existencia.

A lo largo de la historia, la literatura ha cumplido diversas funciones sociales: conservar valores o sustituirlos, manipular o abrir los ojos, emerger como vitalidad o sucumbir en el olvido. Aunque la calidad estética influye en la determinación de estas funciones, son las ideologías políticas y religiosas sus principales marcos reguladores; ya sea por imposición externa o por fundamentalismo propio, la literatura se ha visto reducida, durante ciertas épocas, a ser un simple vehículo de ideas, situación que la desacredita y menoscaba.

¿Cuáles son los límites de la literatura?

Como escritura, la literatura es un modo de expresar asuntos de determinada índole; sin una forma de expresión, o sin referentes, su arte estaría flotando en el vacío. La literatura requiere palabras, ideas y problemas; sólo así alcanza ese carácter que le atribuye Francisco Ayala de “intérprete de nuestra realidad”.

Las muchas posibilidades que se encuentran en el acto creativo nos incitan a ver la literatura como un fenómeno atrayente. Sin embargo, en su interior pueden evidenciarse también muchas limitaciones: la normatividad lingüística, la reducción de lo literario a lo cultural, la manipulación del continuo histórico, etcétera. En opinión de Amorós, la literatura contemporánea se reduce al documento, a la ficción (novelas, reportajes) y a la literatura autobiográfica. Pese a ello, estos factores no son inmutables, sino históricos y variables y, a fin de cuentas, la visión del mundo es lo que interesa en una obra literaria.

Ni siquiera para en el caso español, para el que el autor examina límites de índole geográfico, lingüístico e histórico, la literatura deja de abrirse un camino, puesto que lo decisivo en ella es la lengua. España, se ha venido enriqueciendo con los escritos en latín, árabe y hebreo; con la literatura catalana, vasca y gallega; y hasta con la literatura hispanoamericana. Cualquier limitación, aunque importante, es, ante todo, un factor de vitalización y enriquecimiento.

¿Qué significan los períodos, los estilos, las generaciones, los géneros literarios?

La periodización es la manera de otorgar un sentido a la historia literaria; de tal suerte, las obras literarias son analizadas por la crítica con relación a su contexto próximo. Es obvio que toda obra escapa de su tiempo y se propaga permanente, es decir, se vuelve una estructura actuante que, aunque percibida fuera de su época, nos permite re-entendernos en el presente. Como se ve, la obra es un referente atemporal, pero este hecho parece dificultar su enseñanza; en buena medida, el establecimiento de periodos y corrientes es un asunto nominal y poco práctico, ya que, las corrientes literarias no se definen sólo por sus rasgos históricos o formales, sino por su tipo de interpretación del hombre.

Sobre los estilos, Amorós distingue dos clases: el histórico y el cultural; pero aquí sucede algo similar a lo que ocurre con la periodización, y es que los estilos se entrecruzan de modo natural, más allá de las épocas o las sociedades. El problema radica en que los estilos no dependen exclusivamente de las generaciones, sino de orientaciones muy dispares; algo así como si hubiese una disposición a la coexistencia. De cualquier forma, el periodo de vigencia de un estilo puede ser muy variado, pues responde a la necesidad de renovación, generalmente de tipo reaccionario contra fórmulas precedentes.

Ortega y Gasset define las generaciones como “zonas de fechas”. Dichas zonas mantienen una estabilidad dentro del desarrollo histórico, y cambian de acuerdo al sistema de creencias y pretensiones de su sociedad, motivo por el cual aplican para todo el corpus social. Con todo, la aplicación de este concepto a la literatura –trabajo que hizo Julius Petersen- sólo representa un esfuerzo para comprender su evolución histórica y, en la enseñanza, tales conceptos deben ser manejados con prudencia para evitar confusiones.

Congruente con este horizonte, Amorós no clasifica la literatura basado en épocas o lugares, sino ateniéndose a tipos de organización específicamente literarios. En consecuencia, el crítico español encuentra que los géneros se relacionan estrechamente con los estilos, que varían de un país a otro, que asisten a periodos de transición, y que se funden o combinan con el interés de sintetizarse o particularizarse. Visto así, el género se cancela como esencia, porque aunque posea sistemas y reglas específicas, depende de cientos de aspectos no-formales.

¿Cómo funciona nuestra sociedad literaria: el mundo de la edición, de la crítica, y de la sub-literatura?

A la sociedad literaria pertenecen todas las personas que intervienen en la literatura como agentes, es decir, escritores, editores, críticos, profesores, y hasta jurados. Mas, habría que resaltar que dentro de la literatura es factible hallar una serie de sub-literaturas, que también construyen su noción de sociedad, y que se organizan a través de sus propios agentes. Dentro de este tipo de obras encontramos las fotonovelas, los pulps, las series rosa y los tebeos. Un ejemplo de sub-literatura en España, según Amorós, son los escritos de Corín Tellado.

Al interior del oficio literario hay un sitio bastante especial para la edición de libros. Tal vez se trate de una cuestión problemática, toda vez que la relación de los escritores con las editoriales no es unívoca. Ni siquiera en un aspecto tan básico como el pago a los autores hay una sola perspectiva: unos reciben por adelantado –delegando los derechos a la editorial sobre lo escrito-, otros sólo reciben un porcentaje sobre las ventas liquidadas semestral o anualmente.

La tirada de libros también es importante a este respecto; por un lado, una tirada baja implica precios altos, por otro, una tirada alta implica precios más bajos. En muchos casos, el escritor debe dejar de escribir lo que quiere para tener así una tirada más amplia y, por pago, un mejor porcentaje; es por ello que lo que más se ve en las librerías de las ciudades son los best-sellers, y la sub-literatura; los clásicos, tipo La Biblia y Don Quijote; los libros sobre “cómo hacer” y “cómo cuidar”; los textos educativos; y las enciclopedias

Finalmente, los premios literarios también juegan un papel relevante en la literatura; a veces para promover el talento, otras solamente para publicitar el negocio editorial. Casi siempre este tipo de premios otorgan altas sumas de dinero con el fin de crear en el consumidor una reflexión de “si se ha dado un premio de tantos millones, debe ser un libro excepcional”. Para Amorós es una desgracia que los críticos, profesores y periodistas sean grupos tan distantes, dado que su trabajo conjunto podría repercutir para que la sociedad vuelva los ojos de una forma distinta a la literatura.
______________________

Con esta Introducción a la Literatura logramos ampliar la noción sobre el tema, falseada una y otra vez en los medios y la escuela. Este es un texto de suma importancia para comprender todos los matices de la literatura, para alejarnos de una interpretación basada únicamente en el sentido común.

These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.