AUTOR: Michael S. Gazzaniga
TÍTULO: El Pasado de la Mente
EDITORIAL: Andrés Bello (Primera edición)
AÑO: 1999
PÁGINAS: 249
TRADUCCIÓN: Pierre Jacomet
RANK: 7/10



Por Alejandro Jiménez

Vivimos en medio de una engañosa interpretación: no estamos dispuestos a ceder un paso en la consolidación de la conciencia como ama de nuestro mundo. Así, sobre el lugar en el que se perfila el instinto cae de inmediato una racionalidad que lo aprisiona; y cuando el azar gana territorio en las determinaciones, una lógica inquebrantable la tira fuera, semejante a como sacamos una prenda incómoda, o una persona que interrumpe nuestro silencio. Porque a todo pretendemos atribuirle un orden, nos hallamos a nosotros mismos como directores de toda esta orquestación, de este desfile de experiencias para cada una de las cuales tenemos un nombre.

Lo cierto, sin embargo, es que terminamos ensalzándonos más de lo debido, sobretodo, porque muchas de las cosas que consideramos producto de nuestra decisión, resultan ser todo lo contrario, trabajos independientes e instintivos que no requieren de una conciencia que los determine, sino, sencillamente, de un cerebro biológicamente desarrollado. La mente vendría a ser, entonces, la simple interiorización de procesos que realizamos inconcientemente, pero que queremos atribuirnos basados en el miedo que siente nuestra especie a parecerse a los otros animales en donde predomina el automatismo.

Sartre escribió hace más de sesenta años un ensayo en el que, desde una perspectiva fenomenológica, ya advertía este desajuste, esta trampa en la que cada día nos enredamos más. En aquel momento, Sartre habló de la manera como aquello que solemos llamar yo no es otra cosa que una creación forjada a partir de la conciencia en el presente de lo que fue espontáneo en el pasado, esto es, que no existe una entidad llamada yo que determine los actos de conciencia, pues ella, la conciencia, es en sí misma constitutiva y autosuficiente, tan automática como el cerebro y, en definitiva, independiente casi en su totalidad del manejo que le adjudica el hombre.

El Pasado de la Mente (1998) es un libro que también aborda esta cuestión, pero no lo hace basándose ya en marcos ontológicos, sino partiendo de teorías evolucionistas, biológicas y neurológicas. Gazzaniga –profesor de la Universidad de California, experto en neurobiología-, pretende “describir cómo la mente y el cerebro realizan la asombrosa proeza de construir nuestro pasado y cómo, haciéndolo, generan aquella ilusión de un yo que nos incita a ir más allá del cerebro automático”. En su opinión existe un dispositivo cerebral –el intérprete- que permite, por un lado, responder a exigencias privativas de nuestra especie y, por otro, organizar los procesos mentales tal y como si fueran producto de nuestro trabajo consciente.

En términos generales, el libro es una fusión de rigor y claridad, puesto que no renuncia a la facticidad de la ciencia, aun cuando su escritura resulta clara hasta para los lectores más profanos. En este sentido, puede afirmarse que Gazzaniga transciende lo que para muchos científicos es una barrera infranqueable: su desconocimiento de un lenguaje común que les permita vincular al grueso de la sociedad con los puntos centrales de sus teorías. Por sus ejemplos y explicaciones, por la estructura del texto, por su tono narrativo, El Pasado de la Mente constituye un documento de valor para todos los interesados en conocer el funcionamiento del cerebro.

Hay en estas páginas esa especie de consternación que uno siente cuando se derrumban las cosas en las que se cree, especialmente, las que nos proveen mayor seguridad. Y es que vernos a nosotros mismos como una especie evolucionada no equivale aquí a observar los aspectos que nos separan de los otros animales, sino, por el contrario, reconocer frente a ellos aspectos compartidos. Aun cuando nuestra mente nos haya procurado tantos logros –la espiritualidad, la imaginación, la creación-, Gazzaniga nos invita a no olvidar que somos seres biológicos y, en consecuencia, operamos bajo las mismas conductas automatizadas e instintivas de cualquier especie de la naturaleza.

El contenido del libro es amplio y complejo, pero intentaremos dar cuenta de sus siete capítulos utilizando tres enclaves: 1. El yo ficticio, 2. El automatismo cerebral y, 3. Algunas de las ilusiones mentales más frecuentes.

El yo ficticio

Los estudios más recientes de neurobiología han logrado demostrar que un porcentaje asombroso de las actividades cerebrales son automáticas. Estamos hablando de que un 98% de las funciones que realiza el cerebro humano no dependen de nuestro trabajo consciente, sino de la simple red neuronal que lo compone. Esta tesis encuentra numerosos argumentos en las teorías evolucionistas y biológicas; para éstas, el cerebro del hombre se diferencia del de cualquier otro animal sólo a causa de su “configuración y tipo de circuito específico”, es decir, del hecho de haber evolucionado en un sentido en el que predominan las competencias informacionales.

Asumir esta condición nos obliga a reconocer dos aspectos más: por un lado, que “todo recién nacido viene al mundo dotado de circuitos para computar la información que le permite desenvolverse en el universo físico”, o sea, que todas las potencialidades de su cerebro le son innatas y transmitidas filogenéticamente. Asimismo, y dado el alto nivel de automatismo del cerebro, la existencia de un yo capaz de controlar todo lo que el cerebro hace resulta sumamente cuestionable: una cosa es saber cómo piensa nuestra mente y otra, muy distinta, saber cómo funciona el cerebro automático.

Es evidente que todo rasgo desarrollado por vía evolutiva implica para cualquier especie la transmisión genética de las estructuras de ese rasgo. En el caso particular del hombre, este hecho se prueba, por ejemplo, en su capacidad innata para “manipular símbolos de un código temporal que transforma sonidos en significados”. En efecto, la facultad del lenguaje es innata en el hombre toda vez que desde su nacimiento posee sus dos componentes básicos: órganos especializados y una mente con posibilidad de entendimiento; lo que varía aquí son los sonidos y las grafías, o sea, la lengua.

La idea de una red neuronal innata hace que Gazzaniga se aparte de las teorías psicológicas que postulan que los circuitos cerebrales se forman de acuerdo a las estimulaciones y exigencias del ambiente. Para él, el estado actual del cerebro es el resultado de cientos de adaptaciones al medio y, sin duda, posee muchos sistemas especializados creados evolutivamente –incluso por azar-, pero de ninguna manera, para el caso del hombre individual, el cerebro crea funciones de acuerdo a necesidades específicas, simplemente utiliza los dispositivos que ya tiene instalados. En palabras de Gazzaniga: “los dispositivos humanos para enfrentar nuevos desafíos poseen al parecer una infinidad de soluciones. Pero son innatos, vienen incorporados y el organismo apela a ellos para solucionar problemas nuevos”.

Si esto es cierto, es decir, si nuestro cerebro está dotado de una red neuronal capacitada para responder a las millones de exigencias del medio y, más aún, de hacerlo automáticamente, entonces de dónde viene la ilusión de un yo como base de nuestra existencia y acciones en el mundo. El Pasado de la Mente plantea la presencia en el cerebro de un dispositivo encargado de reorganizar todos los procesos que se realizan allí espontáneamente; a través de esta organización de los eventos automáticos se crea un orden aparente en nuestra vida, y la también ilusoria idea de que controlamos aquello que fue automático:

“El reordenamiento de sucesos empieza en la percepción y culmina en el raciocinio. La mente es la última en saber las cosas. El ilusorio ‘nosotros’ (la mente) sólo advierte hechos que el cerebro ya ha computado. El cerebro, sobretodo el hemisferio izquierdo, está diseñado para interpretar las informaciones que procesa. En efecto, en aquella zona hay un dispositivo especial –que denomino intérprete- cuya actividad es posterior a la culminación de billones de procesos cerebrales automáticos. El intérprete, último eslabón en la cadena informativa del cerebro, reconstruye los hechos cerebrales, y lo hace incurriendo en gruesos errores de percepción, de memoria y de juicio. La clave de cómo estamos hechos no es sólo, entonces, esa maravillosa capacidad para ejecutar cometidos superiores, sino también las adulteraciones que se perpetran al reconstruir los sucesos” (Pág. 20)
En primer lugar, el intérprete nos convence de mantener el control sobre nuestros actos, por ejemplo, de haber elegido esta u otra reacción que, en realidad, fueron efectos inconcientes. Por otro lado, busca establecer una “precisión evocativa”, o lo que es equivalente, ordenar en un continuo histórico las acciones realizadas, proveyendo de coherencia nuestra historia personal. Sin embargo, en ambos casos, su función es posterior al hecho mismo que les dio lugar, motivo por el cual la conciencia –el yo consciente- se revela como la interiorización de un proceso que ya ocurrió, no como su predeterminación.

El automatismo cerebral

Esta interpretación del funcionamiento cerebral cuestiona toda hermenéutica basada en la racionalidad. Pero, aunque la innumerable cantidad de funciones automáticas controlen buena parte de nuestra vida, la mente –moralmente- controla muchas de esas reacciones, especialmente, las que generarían problemas sociales. De no ser así, seríamos seres instintivos semejantes a cualquier especie animal. Con todo, y a pesar de esto, el peso del automatismo cerebral es muy grande, tanto, que el mismo Gazzaniga se ve obligado a prescindir de las teorías tradicionales sobre el aprendizaje y modelaje del cerebro.

En opinión del autor, existen dos corrientes de la psicología que chocan en su interpretación del cerebro. La primera, tradicional, atribuye “un papel preponderante al aprendizaje asociativo”; de este modo, plantea que las redes neurales se van formando al tiempo que cada asociación simple se enlaza con sus predecesoras. Para esta corriente, no existe una organización cerebral establecida, sino que se moldea de acuerdo al tipo de educación recibida, las exigencias del ambiente, etcétera.

En contraste, la psicología evolucionista plantea que todas las especies, incluida la humana, “nacen con una complejidad que fue establecida por los mecanismos de selección natural”; esto es, atribuye al desarrollo evolutivo y a la transmisión genética la organización neural del cerebro, pues sólo estos dos aspectos se alejan de las “propensiones políticas y sociales, personales o formales” y se centran en la cuestión básica: la observación científica del desarrollo. Para el psicólogo evolucionista, “el cerebro no es primordialmente un dispositivo para acumular experiencias que transforman sin pausa su configuración”, más bien, “un dispositivo computacional dinámico, gobernado por reglas establecidas”.

Gazzaniga centra su crítica a la psicología tradicional en una visión biológica del cerebro; considera que muchos de sus teóricos suelen olvidar una verdad fundamental, y es que el cerebro es parte del sistema biológico y, en tanto que esto es así, responde a las mismas leyes de desarrollo y adaptación que las de los otros órganos. Tal hecho lo lleva a considerar, contrario a ellos, que las experiencias del hombre no alteran o especializan las funciones de su cerebro, sino que simplemente activan acciones que computan una determinada información con el objetivo de superar su entorno; en palabras suyas: “el sistema nervioso puede modificar su respuesta, pero la alteración no implica una metamorfosis estructural”.

Puesta en otras palabras, la tesis de Gazzaniga deja ver sus verdaderos alcances: la experiencia a nivel cerebral no es la codificación del mundo externo, sino la activación de determinadas funciones para las que el cerebro se ha viso adaptado genéticamente. En resumidas cuentas, esto es lo que podríamos denominar estrictamente cerebro automático: un sistema que no varía de acuerdo a situaciones artificiales, sino que computa información ya existente en su corteza para hacer frente a lo que se le exige. Dice el autor al respecto:

“Al explorar el desarrollo cerebral humano, es importante no perder de vista la falacia fundamental de quienes alegan plasticidad basándose en experimentos que perturban el desarrollo normal. Después de todo, la evolución ocurre en un medio. Las especies se transforman en lo que son, porque se adaptan a un determinado nicho ambiental. Cambia el nicho y la especie se adapta o muere. Lo mismo vale para el cerebro. Se desarrolla en el medio fisioquímico del cráneo y está habituado a que los jóvenes nervios que hilvana sean estimulados de cierta manera. Los mecanismos genéticos que guían el crecimiento y la organización neural funcionan en este medio y es verosímil que dirijan la mayoría de los detalles del desarrollo. Ahora bien, si el medio es alterado por la intervención de neurocientistas astutos que estimulan neuronas de modos anormales y extravagantes, el cerebro responde al nicho nuevo haciendo diferentes cosas. Pero no las hace de manera dirigida. Sólo reacciona diversamente, y de ahí que las redes resultantes sean distintas. Esta reacción no sugiere que el cerebro sea plástico, esto es, que haya reorganizado sus conexiones” (Págs. 76-77)
En conclusión, sólo habría modificaciones en la corteza cerebral a causa de traumas severos (como las amputaciones); en los casos de desarrollo normal el cerebro no efectúa modificaciones estructurales importantes. Así pues, tanto porque el cerebro no se moldea, al contrario de lo que se piensa comúnmente, como porque los actos de conciencia son posteriores a la mayoría de funciones cerebrales, la neurobiología moderna nos induce a creer que nuestro cerebro es automático.

Esto no quiere decir que dependamos de su “animalidad”, pero sí que siempre es necesario reconocer el límite entre mente y cerebro, y saber las funciones que cumple cada uno. Ni siquiera en el caso del aprendizaje deja de sorprendernos lo intrincado de ese límite: muchas veces elegimos qué aprender, pero en últimas no controlamos el proceso, sólo lo vemos hacer y lo interiorizamos atribuyendo un orden. El simple hecho de mover una mano para tomar un lápiz exige reconocer que “desde el instante en que la incitación alcanza la corteza hasta el momento en que tomamos conciencia del estímulo, puede pasar hasta medio segundo”. Siempre el cerebro va un paso adelante, siempre ha cumplido su tarea mucho antes de que reparáramos en ello.

Algunas ilusiones frecuentes

No vemos lo que creemos y, sobretodo, no elegimos qué ver. “El cerebro –afirma Gazzaniga- no precisa introyectar una réplica del mundo externo: sólo necesita pistas para funcionar adecuadamente”. La visión, en este sentido, es una de las ilusiones más comunes para el ser humano; en la medida en la que para el cerebro no es necesario copiar el mundo, sino aprehender de él algunas pistas que maximicen sus funciones, de aquello que tenemos conciencia de ver a lo real dista un abismo.

Se trata de una cuestión a examinarse en doble perspectiva. En primer lugar, debe hacerse notar su plano temporal: cuando la realidad es vista por nuestros ojos se da inicio a un complejo proceso neuronal que termina en la conciencia de la cosa vista; pero este proceso puede llegar a tardar más de medio segundo, lo cual indica que, no sólo el cerebro ha determinado por nosotros qué aspectos ver de la realidad vista, sino que esa misma realidad pudo haber mudado su aspecto para el instante en el que por fin tenemos conciencia de ella. De este modo, hay un desequilibrio de tiempo, y nunca estaremos precediendo o, al menos, acompañando directamente el fenómeno que observamos.

Por otra parte, debe hacerse notar que, ya que la visión precede a su acto de conciencia, el cerebro determina por nosotros qué elementos de la realidad desea ver. El cerebro organiza la visión a partir de mapas –colores, movimientos, dimensiones-, pero privilegia en lo visto ciertos aspectos de acuerdo a la función activada en su corteza. Por tal motivo es común tener la sensación de fijarnos en un punto o detalle de lo externo en detrimento de todo lo demás, algo así como una visión delimitada y elegida mucho antes de desearlo concientemente.

Un argumento significativo para probar este desajuste de lo real lo encuentra Gazzaniga en la curiosa síntesis que hace nuestro cerebro de la percepción recibida por nuestros ojos. En términos lógicos habríamos de tener una doble visión, pues cada ojo observa un espacio diferente de lo exterior y, aun más, lo comunica a zonas distintas del cerebro; sin embargo, el mismo cerebro se encarga de sintetizar las dos imágenes del mundo en una sola, aunque su costo sea grande: suprimir información, y mezclar colores y matices que pudieran ser diferentes. Es como si nuestro cerebro prefiriera, visualmente, la esencia antes que los detalles.

La otra gran ilusión de nuestra mente es el pasado. Gazzaniga piensa que todas las historias falaces que tejemos acerca de lo que hemos sido se deben a la forma como nuestro cerebro está organizado para la memoria. El autor explica que: “toda experiencia ocurre en el tiempo, en el espacio y en un determinado estado afectivo. Todo ello forma parte de la remembranza, y ésta resulta distorsionada si se evoca incorrectamente uno de sus elementos”. El hecho de empezar a reconstruir nuestro pasado combinando lo olvidado con lo recordado, lo sentido con lo que creímos sentir, nos lleva irremediablemente a construir una versión única de nuestras experiencias.

El intérprete juega un papel importante en esta distorsión de nuestro pasado: dado que su función es hacernos creer que mantenemos el control sobre todos los procesos cerebrales, llena los espacios vacíos de nuestra memoria con datos inexactos, con aproximaciones a lo vivido. Es como si otorgara un sentido a todo lo que sucede, una razón, y para ello acude a los más variados recursos: lo reprimido, lo deseado, lo soñado, etcétera. Así como sucede con la visión, el cerebro está diseñado para recordar la esencia de las cosas, no sus detalles; sin embargo, el intérprete construye toda clase de fabulaciones alrededor de nuestro pasado con el ánimo de no dejarnos caer en la sensación de una vida montada sobre el vacío.

El desajuste es tal que incluso nuestro pasado puede empezar a configurarse mal desde el primario proceso de codificación. Muchos experimentos muestran la manera cómo solemos sugerir aspectos de un recuerdo basados únicamente en una relación de sentido. Por ejemplo, podemos afirmar haber escuchado la palabra “dormir” sólo porque antes alguien ha hablado de “almohada”, “cansancio”, “descanso”, o “cama”; la evocación, así, revela que codificamos esa experiencia de forma asociativa, pero no porque realmente la hayamos vivido. Todo se debe a la insuperable necesidad de sentirnos dueños de nosotros mismos:

“No importa lo que los especialistas descubran acerca de la mente y el cerebro: no hay modo de eliminar esta sensación, común a todos nosotros. Por cierto, la vida es una ficción, pero es nuestra ficción y es agradable sentir que la tenemos bajo control. Protestamos cuando oímos hablar del cerebro automático. No nos creemos zombies. Gobernamos, somos entidades concientes, y punto. Este es el acertijo que los científicos de la mente pretender resolver. Los moderados se intimidan en este punto y dejan los hechos en el tapete. Pero yo tengo una idea acerca del abismo entre nuestro entendimiento del cerebro y la sensación de nuestra vida consciente. Existe la creencia profunda en que no sólo podemos alcanzar una neurociencia de la conciencia, sino una neurociencia de la conciencia humana. Todo sucede como si algo terrible y complejo ocurriera a medida que el cerebro se agranda hasta alcanzar su volumen humano. Sea lo que sea, estimula nuestra capacidad de introspección, de aburrimiento, de vacilación” (Págs. 216-217)
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El Pasado de la Mente es un libro herético en medio de la teoría tradicional sobre el cerebro. Sumado a los trabajos de Pinker, Zeki, Llinás y muchos otros grandes neurocientistas modernos, debe ser leído como una fuente básica para continuar con la construcción de una visión verdaderamente científica del cerebro.

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