AUTOR: Jack Kerouac
TÍTULO: Los Subterráneos
EDITORIAL: Anagrama, S.A. (Octava edición)
AÑO: 2002
PÁGINAS: 157
TRADUCCIÓN: J. Rodolfo Wilcock
RANK: 8/10



Por Alejandro Jiménez

Esta es la historia de Leo Percepied, un “inútil egomaníaco” que vivió en San Francisco hace sesenta años, y cuya vida se sostuvo de débiles amarres: el jazz, la droga y los sueños. Como cualquier hipster de la época, Percepied tuvo una apariencia sombría, desilusionada; leyó con avidez, y ganó unos cuantos dólares escribiendo novelas que no llegaron a satisfacerle. Pero, ante todo, esta es la historia de su romance con Mardou, la “negra” que conoció una noche de verano y que, como él, era subterránea, morfinómana, y estaba atrapada en un complejo pasado de traumas y convulsiones.

Tal vez no estemos frente a la obra más importante de Jack Kerouac (1922-1969), no ante una tan clásica como En el Camino, ni tan sagrada como Los Vagabundos del Dharma, pero esta pequeña novela Los Subterráneos (1958) tiene la virtud de condensar, ejemplarmente, las características que convirtieron al autor en una figura central de la literatura estadounidense. Tanto a nivel temático (el suceso cotidiano, urbano), como estilístico (espontaneidad, música), la historia se revela a modo de una autobiografía inconfundible, no sólo de Kerouac, sino de toda la beat generation de la que fuera portavoz.

Como lo hace notar Fernanda Pivano en la introducción que acompaña a esta edición, la importancia de Kerouac no se reduce a la mera acuñación del término beat, sino a la capacidad que tuvo el escritor para sincretizar ese conjunto de lenguajes y modos de vida que empezaron a palparse en los suburbios de su país después de la Segunda Guerra Mundial. Y hacerlo, apartándose del horizonte con que venían trabajando los europeos –mucho más intelectuales e ideológicos-, esto es, prefiriendo un tipo de narración más directa y espontánea, “una adhesión entusiasta a los hechos más menudos de la vida”:

“Es el creador de la definición beat generation y es él quien distinguió las nuevas costumbres en cuanto aparecieron en América, recién acabada la guerra; en realidad es él quien las inventó en el acto mismo de distinguirlas y de describirlas más tarde en sus libros, ofreciendo un modelo de vida a la generación siguiente. Su función en la historia de la cultura americana presenta bastantes similitudes con la de Fitzgerald, quien también distinguió y recreó unas costumbres, y se convirtió en guía de la generación de la primera posguerra, la célebre lost generation. Durante un decenio los jóvenes se comportaron, pensaron y vivieron como Fitzgerald y los héroes de sus libros; y a su alrededor se formó pronto un séquito de imitadores que hizo las funciones de ‘grupo’. La generación de esta posguerra se llamó beat, y sus guías y héroes fueron Jack Kerouac y Allen Ginsberg” (Pág. 10)
De veras que hay un sello de autenticidad tanto en las obras de Kerouac, como en las de Ginsberg o las de Fante, en comparación con la literatura europea de mediados de siglo. Mientras al otro lado del Atlántico, Sartre, Camus, Böll se sumergían en todo tipo de dilemas existenciales, estrechando las relaciones entre filosofía y ficción, en los Estados Unidos los escritores de vanguardia preferían un estilo visceral, adherido a la realidad física, más allá de los sistemas racionales, una narración vibrante y musical cuya “calidad no se halla en el pensamiento sino en la intensidad emotiva”.

Es bien sabido que esa espontaneidad desde la que Kerouac y compañía concibieron sus obras no es producto de una libertad arbitraria, más bien, de la puesta en marcha, en el nivel de la escritura, de las improvisaciones del jazz, especialmente del bop, de las que tanto gustaban. Así, pues, ni siquiera en este rasgo los beat pueden equipararse, por ejemplo, a los surrealistas y su escritura automática, pues ambos responden a búsquedas y orígenes distintos. Sobre esto desearía hablar un poco más, así como de dos elementos que me parecen centrales en Los Subterráneos: 1. el mundo vital de Leo Percepied y, 2. los aspectos característicos de la cultura hipster.

Jack Kerouac: jazzman

Ser hipster en la década de los cincuentas significaba pertenecer, de alguna manera, a la contracultura que encabezaron los movimientos afroamericanos, principalmente, los centrados en el jazz. Ahora bien, existe una ampliación en el sentido de este término que viene de la mano de Ginsberg y del propio Kerouac, quienes asociaron el hipster con el prototipo de hombre beat, es decir, un individuo al que le gusta viajar constantemente, manteniéndose al margen de las modas, y desarrollando una espiritualidad que se basa, en gran medida, en aspectos oníricos y subconscientes.

Kerouac era un hipster en ambos sentidos de la palabra: por ser amante del jazz, y por vivir al modo beat. Y por ello, su tipo de narrativa es el resultado, según nos parece, de la conjunción de estos dos aspectos, o sea, de haber volcado en sus historias todo lo vivido como paradigma de la generación beat a través de un estilo que había interiorizado en sus tantas jornadas jazzistas. Hay un momento en que lo hipster y lo beat se convierten en una sola cosa y es, justamente, cuando la obra –llámese poema o novela- ha podido al fin materializarse. Al respecto aclara Pivano:

“No hay que olvidar que, durante cierto periodo, [Kerouac] participó en la existencia de un grupo de jazzmen alternando la lectura de sus poemas con eventuales exhibiciones: acaso fuera entonces cuando distinguió en la estructura de la improvisación jazzística, con sus desviaciones y sus retornos con respecto a un tema central, el planteamiento general de esa prosa suya que él llamó ‘espontánea’, creando una conspicua confusión entre los críticos, que rápidamente se lanzaron a esbozar comparaciones entre esta espontaneidad y la espontaneidad querida por los surrealistas” (Pág. 18)
Vibraciones, intensidad, distanciamiento de un tema (melodía), retornos, etcétera, se convierten en las principales herramientas de escritura con las que cuenta Kerouac, las mismas con las que el músico opera en su arte. Y de tal modo ha comprendido este estilo el autor que, leer, por ejemplo, Los Subterráneos equivale a adentrarse en una extensa composición de la que se destacan compases y destiempos, y donde su ritmo sincopado se transforma en marca de garantía.

Pero, el jazz no es solamente la fuente en donde bebió su estilo Jack Kerouac, sino también un motivo de narración. En esta misma novela, los lugares que frecuentan los personajes, algunas de sus discusiones, sus vías de expiación tienen que ver ampliamente con el jazz. La figura de Mardou Fox, sobretodo, su forma de "arrastrar las vocales hasta deformarlas", de ser todo lo directa que puede ser una melodía, reflejan la intención de hacer del jazz, no sólo un método, sino también un objetivo literario; no en vano, las escenas más memorables de la relación de Percepied con Mardou –con esa negra que canta como ninguna el bop, con ese ángel negro de los subterráneos- estarán inmersas en la música.

La historia de Los Subterráneos

Todo empieza cuando Leo Percepied se reúne con sus compañeros de juerga, Julien Alexander y Larry O’Hara, una noche como cualquiera. Esta vez, sin embargo, encuentra junto a ellos a una joven negra con la que de inmediato desea “tener un asunto”. Percepied busca el momento adecuado para acercársele, cosa que parece difícil por la natural indiferencia de la muchacha. Así, pues, la primera noche transcurre en medio del impacto que ha generado Mardou en el protagonista, y la imposibilidad de éste para seducirla.

Ahora bien, la atracción que siente Percepied no es carnal, su deseo no se reduce a lo físico. La chica es bella, tiene unas largas piernas y bonita sonrisa, pero es en su modo de moldear las palabras –de volverlas bop-, en el color de su piel, tan hipster, en la fuerza de sus antepasados, en donde realmente Leo la descubre cautivante. Aunque es sólo él, porque sus amigos –Adam, Jack, Ross- apenas distinguen en ella a una negra con problemas en la cabeza, una distracción que podría estar en la cama de cualquiera.

Y esto último es cierto: Mardou ha pasado años en el círculo de los subterráneos, ha asistido a sus reuniones, ha escuchado sus palabras y se ha acostado con uno y con otro. En su interior germinó desde hace tiempo la idea de marchar lejos, y llevar una vida diferente, pero la rutina de todos estos beat que conoce –adictos a la morfina y al alcohol, a toda clase de peleas y ataques intempestivos- la ha mantenido maniatada, tal vez de una forma semejante a como se siente con respecto a su pasado, a la niñez miserable que vivió con su padre, al caos que ambientó todas sus relaciones amorosas.

Con el pasar de los días, Mardou y Percepied coinciden en nuevas reuniones, en el Mask, o en el De Dante y empiezan a conocerse. Ella, se mantendrá prudente las primeras salidas, quizá intuyendo que se trata de un amante como los demás; y él, se sorprenderá con las revelaciones sobre el pasado de la chica, se extasiará en sus veladas bop, siempre cercanas a la esencia de todo lo que él pudiera desear y, sin embargo, tocado por el recelo, e incómodo por la posibilidad de renunciar a sus costumbres –beber, escribir, vagar- para dedicarle mayor tiempo al amor.

La relación de Leo y la muchacha siempre se mantendrá en estos términos: la tensión entre el deseo de Mardou por escapar del mundo subterráneo de San Francisco y la inseguridad, las dudas que perviven en Percepied acerca de irse a vivir lejos, dejar de frecuentar sus amistades y envolverse de lleno con una mujer que deja ver una personalidad suave y tormentosa a un mismo tiempo. El psicoanalista de Mardou, las teorías de Reich sobre el sexo, la presunta bisexualidad de Percepied, los desplantes y discusiones, todo perfilará un curioso vínculo entre los protagonistas cada vez más conflictivo.

Por un lado, el Percepied que primero desea-duda y, luego, ama enérgicamente cuando su contraparte se desilusiona y; por el otro, la Mardou cuyo amor va creciendo de manera silenciosa entre el dolor; la historia de estos dos personajes es un himno al fracaso, a dos hipsters demasiado sumergidos en su rutina y aturdimiento –en su negrura, en el alcohol, en su asfixiante vitalidad- como para asumirse mutuamente. Habrá un día en el que el apartamento de Mardou en Heavenly Lane ya no alumbre, y ese será el día del final definitivo.

El mundo vital de Leo Percepied

Leo Percepied se define como un “inútil egomaníaco y bufón de nacimiento”, “un hombre que no se tiene demasiada fe”. Él, novelista de profesión, reparte su tiempo entre el jazz, la escritura y el alcohol. Con sus amigos, la mayoría de ellos también escritores, acude al Mask y a los demás bares hipster de San Francisco, y se enfrasca en todo género de discusiones sobre arte, literatura y música. Sueña con escribir una obra que sea digna de crédito, y, a pesar de la envidia que surge al interior de un grupo de tantos escritores, sabe admirar el talento de los otros.

La figura de Percepied, alter ego de Jack Kerouac (quien llegó a San Francisco en 1953) reviste un carácter complejo, una especie de espiritualidad que lo lleva a actuar de forma extática en el mundo. Abocado a una dura realidad –la de la calle, la necesidad- no se ha convertido, por ello, en un materialista, un ser raso y común, sino que ha creado un conjunto de prácticas liberadoras, todas ellas de carácter espiritual: el sexo, la droga, el arte. Se trata siempre de salidas momentáneas, porque la objetividad de su condición le muestra un paisaje poco emotivo:

“Ese breve llanto repentino en la explanada de la estación, por un motivo que en realidad yo no comprendía ni podía comprender; mientras me decía en el fondo: ‘Ves una visión de la cara de la mujer que es tu madre, que te quiere tanto, que te ha mantenido y protegido durante años, a ti que eres un vagabundo, un borracho; y nunca se ha quejado una sola vez, porque sabe que en tu estado presente no puedes lanzarte solo por el mundo y ganarte la vida y defenderte, ni siquiera encontrar y conservar el amor de otra mujer que te proteja; y todo porque eres el pobre y estúpido Leíto; en lo más hondo del pozo oscuro de la noche, bajo las estrellas del mundo, estás perdido, pobre, a nadie le importa, y ahora renuncias al amor de una mujercita, porque querías beber una copa más con un amigo juerguista que viene del otro lado de tu demencia’” (Pág. 150)
Porque su vida es así, porque es un borracho y un vagabundo, un hombre incapaz de protegerse a sí mismo, de retener a su lado a una mujer y, sobretodo, porque no tiene las herramientas para corregir estos aspectos, Leo Percepied apela a lo que Pivano llama unos “instrumentos de superación”, o a lo que mejor podría denominarse, simplemente, espiritualidad. Lo que suscita la realidad y su crudeza en Percepied es un escape espiritual evidenciable –como aclara también Pivano- en búsquedas fisiológicas (orgasmo), místicas (sueños), pasionales (jazz) o artificiales (droga).

1) Fisiológicas: Percepied es un lector riguroso de las teorías de Wilhelm Reich, especialmente, de las que tienen que ver con la función del orgasmo. La relación del cuerpo con ciertos grados de excitación, la expresividad e intensidad durante el acto sexual, etcétera, son constantes en la historia del protagonista, guían sus veladas con Mardou –a quien le molesta la conceptualización de algo tan directo y esencial como el placer- y, en últimas, moldean su exaltación en la caricia, el beso o el sonido.

2) Místicas: Los Subterráneos podría examinarse ampliamente a la luz de los presupuestos del psicoanálisis. Todo el pasado implícito en los miedos de Mardou
en su inconciente-, su ambivalencia de carácter, sugieren vías hermenéuticas. Sin embargo, por lo que concierne a Percepied, se observa en el sueño una de sus cualidades espirituales, básicamente, por la equiparación que el personaje hace de sueño y realidad. Para él, las visiones de sus sueños –la infidelidad de Mardou, las consecuencias de una borrachera- son premoniciones de lo que ocurrirá en la realidad y, por tal motivo, en la vida diaria de Leo se está retrotrayendo constantemente lo soñado.

3) Pasionales: El jazz es la pasión de Percepied; más fuerte, incluso, que la misma literatura, y lo es porque, al modo de los estados de contemplación espiritual, el protagonista vislumbra a través de él la esencia de lo perfecto. Las entonaciones, el estilo, la fuerza de las melodías lo subliman, y tanto es el poder del jazz en Percepied, que una de sus razones para perseguir a Mardou será encontrar en esa mujer, negra, una portavoz de la potencia que viene de la música, un rastro de ese sonido que lo engrandece.

4) Artificiales: La droga y el alcohol es la otra fuente de espiritualidad de Leo Percepied. Tal vez la que de cuya adicción quepa esperar los peores perjuicios, pero en todo caso igual de constante y profunda a cualquiera de las otras. En muchas ocasiones la misma Mardou, con todo y lo que representa, se verá desplazada por una copa en el Mask, o una botella que aguarda en casa de alguno de los amigos de Leo. Hay una espiritualidad aquí porque el licor y la droga enardecen el ánimo del protagonista, es decir, no lo enceguecen –aunque también pudieran hacerlo-, sino que lo disponen para asumir ciertos matices de las cosas que vive.

La cultura hipster

La cultura hipster vista a partir de Los Subterráneos se equipara sustancialmente con los rasgos más comunes de la generación beat. Los denominados aquí como subterráneos son hombres y mujeres amantes del jazz, seres espirituales y desencantados frente a la vida y el progreso. Como se hizo notar al principio del escrito, lo hipster representa, en buena medida, la posición de la juventud después de la Segunda Guerra, época de agitaciones políticas y de muchas transformaciones en la cultura estadounidense. Algunos rasgos fundamentales los expresa el mismo Leo Percepied:

“…el asombro y la inocencia estilo Pierre de Melville ante esa callejuela, los vestiditos oscuros de algodón de los beat, las historias que corrían de grandes saxofonistas que se inyectaban morfina junto a las ventanas rotas y se ponían a tocar, o de grandes poetas jóvenes con barba que yacían allá arriba sumidos en sus santas oscuridades estilo Rouault; Heavenly Lane, la famosa Heavenly Lane donde todos los subterráneos, tarde o temprano, terminaban por irse a vivir, como Alfred y su enfermiza mujercita, parecía algo salido directamente de los arrabales del San Petersburgo de Dostoievski, pero en realidad eran los verdaderos idealistas barbudos norteamericanos” (Pág. 45)
Ese grupo de personajes reunidos alrededor de algunos elementos comunes como la música, la literatura o el alcohol, son descritos en la novela desde una visión de conjunto y situación. Las variaciones de Kerouac no se permiten, de ninguna forma, disertaciones morales o grandes exámenes psicológicos; sencillamente se remiten al contexto que él mismo conoció y que posee unas historias, unos individuos y unas conductas que deben ser mostradas de manera directa. Podríamos destacar de la narración como referentes de la cultura hipster los siguientes:

1) El jazz: Obviamente, no existiría el concepto de hipster sin la emergencia del jazz como vehículo de pensamiento de la época, particularmente, de un pensamiento contracultural. Producto de una comunidad abocada por tradición a la resistencia, el jazz se asume en Estados Unidos también por los “blancos” en el momento en el que los proyectos en los que se fundamenta el país empiezan a generar también para ellos vacíos y marginalidad. Alrededor de él se reunirá entonces, no sólo la comunidad afrodescendiente, sino también la blanca y la amerindia.

2) El alcohol y las drogas: A mediados de siglo el mundo atravesó una rápida masificación del uso de sustancias psicoáctivas. Concretamente, en los suburbios de las grandes capitales, ya no sólo de América, sino también de Europa, numerosos grupos sociales se organizaron para traficar y consumir droga. En consecuencia, el alcohol halló un aliado poderoso para "servir" a esa sociedad que reclamaba paliativos para su miseria y cotidianidad. Los hipster fueron usuales consumidores tanto de droga como de alcohol y, sobre ambas, especialmente sobre esta última, se recrea en Los Subterráneos una mirada decriptiva, no enjuiciadora.

3) La literatura: Los hipster no fueron intelectuales en la acepción más común del término. Eran amantes de los libros, sí, y algunas de sus voces más representativas vinieron de parte de poetas y novelistas, pero, como Percepied, como el mismísimo Kerouac, los hipster prefirieron mantenerse por fuera de los debates más publicitados. Hablaron en los cafés de entonces, en los bares jazzistas, en las casas de algún camarada, y fueron tertulias ricas en crítica a los cánones y fórmulas tradicionales de hacer literatura.

4) Interculturalidad: Hay un aspecto interesante en Los Subterráneos que tiene que ver con la forma como Jack Kerouac maneja las relaciones culturales. Como se sabe, Mardou era una mujer "negra", y Percepied, un canadiense "blanco" (como Kerouac). Estamos en una etapa de la historia de Norteamérica en la que el discurso de los derechos de las comunidades marginadas empieza a escucharse. Así, en medio de ese contexto socio-político –ausente en la novela- se traza esta relación peculiar entre los protagonistas que simboliza el estrechamiento que hubo en la cultura hipster de las distintas comunidades raciales de Estados Unidos.

Sea por las razones que fuera –la música, la droga, la libertad- toda la generación beat –Kerouac, Ginsberg, Burroughs- mantuvieron una relación muy nutrida con las comunidades hispanas, negras y amerindias: la búsqueda de una vía cultural divergente de la oficial. Esa tensión que existe en la novela entre Mardou y Percepied, el miedo de éste a ser juzgado por estar con una "negra", su atracción por todos los significados de su piel y su pasado, la energía que lo asalta cuando las palabras de la mujer lo llevan hasta cien años atrás en la historia, todos estos puntos, son pistas para entender ese enclave cultural que significó el movimiento hipster en América.
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Intensa y espontánea como una narración a viva voz, Los Subterráneos es una novela iniciática y emblemática a un mismo tiempo. Sobre ella supo verter Kerouac la sustancia especial de su lenguaje, y condensar el espíritu de la generación que lideró.

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