AUTOR: Vasco Pratolini
TÍTULO: Crónicas de Pobres Amantes
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1982
PÁGINAS: 404
TRADUCCIÓN: Carlos Manzano
RANK: 8/10



Por Alejandro Jiménez

Tomamos un libro técnico sobre el fascismo, y encontramos en él un conjunto de fechas, nombres y descripciones de pretendida objetividad. La historia parece, así, escribirse dentro de una zona de seguridades; un método que garantiza conocer ciertos espacios comunes, y concretar lo que, de otra manera, resultaría una masa informe de relaciones y lenguajes. Sin embargo, toda organización –particularmente la que viene de la mano de la historia- implica alguna pérdida, y por ello se descubre que el precio que pagamos por tener una historia organizada no es menos que el olvido de esa otra historia que se vive al modo de pequeñas crónicas cotidianas.

En otras palabras, la vida diaria de los hombres, con sus conflictos y miserias, se encuentra socavada por el discurso histórico que únicamente reconoce los lugares desde los cuales establece sus generalizaciones. Por esta razón, un libro de historia nos podrá informar sobre las causas e incidencias de una guerra, o los intereses de una clase durante cierta época, pero sólo en muy contadas ocasiones nos hará sentir la vitalidad de esos fenómenos, palpar el miedo o la frustración de sus protagonistas. Ella, como el ciego que confía demasiado en su bastón, no se aparta nunca de los límites que le provee su certeza, dejando de lado las emociones y sentimientos que no podría explicar sin destruir su sentido tradicional.

En cambio, la literatura –que no entiende nada de estas deudas metodológicas, y para la cual el hecho cotidiano es tan importante como el fenómeno histórico, incluso, más significativo, en la medida en que se entiende que todo fenómeno es el producto de pequeños movimientos que coinciden en un espacio-tiempo-, la literatura, digo, asume esa tarea de revisión que consiste en adentrarse en los contextos sociales de los que habla la historia, con el ánimo de presentarnos a esos hombres y mujeres que expresan su condición a través del relato riquísimo que constituyen sus propias vidas.

Esta novela, Crónicas de Pobres Amantes Cronache di Poveri Amanti- (1947), parte de esa convicción de que la historia no se reduce a un inventario cronológico, sino que requiere del ejercicio vitalizante de sus personajes. Se trata de una obra que renuncia casi por completo a la fechación porque confía en que el cruce de sus historias, de cada una de sus crónicas, teje de una manera más profunda el sentido de la época. Digamos que hay arriba un gran marco que dice: “Florencia, 1925”, pero que abajo, en Via del Corno, en lo que pasa a Maciste o Milena, en los desencuentros de Mario o Ugo, en el pasado gris de La Señora, es donde uno puede realmente apasionarse.

De alguna manera, esta novela de Vasco Pratolini (1913-1991) –ícono del realismo italiano-, es una de las voces que a lo largo del siglo XX encontró la narrativa de su país para enfrentar la excesiva sofisticación de los discursos políticos e históricos: en una sociedad en donde fascismo y comunismo se convirtieron en nociones difíciles, abstractas, tuvieron que aparecer los Silone, los Moravia, los Pratolini, y mostrar la manera como esos sistemas no sólo eran naturalezas intrincadas, sino determinantes concretos de los italianos.

Aquí, en Crónicas de Pobres Amantes, no se pronuncia una sola vez el nombre de Mussolini, ni tampoco se hacen complejas disertaciones filosóficas, pero se habla sobre el fascismo de principio a fin. Se trata, simplemente, de seguir las historias de personajes humildes –un barrendero, un tipógrafo, una ex-meretriz, un carbonero-, y observar la manera como sobreviven dentro de una Italia politizada y escindida por toda clase de conflictos sociales e ideológicos.

Pratolini –que conoció de pequeño las más extremas privaciones-, nos hace una doble exposición, fáctica y psicológica, de las condiciones en las que viven los vecinos de una deteriorada calle de Florencia. Por ello, su obra puede interpretarse como la versión urbana de Vino y Pan de Silone, novela en la que se aborda el problema del fascismo en tanto realidad que afrontaron los campesinos italianos del pasado siglo. El lenguaje de las dos obras es muy cercano, amén de que son escritas por socialistas, y también en ambas se percibe un espíritu de crueldad y pesimismo.

A continuación se realiza un acercamiento a la novela partiendo de dos puntos de referencia: 1. La relación entre la vida cotidiana y el hecho histórico y, 2. La reflexión que hace el autor en torno a los relatos políticos de la época.

Via del Corno, los pobres amantes

Via del Corno es una de las calles miserables de Florencia. Sus habitantes, venidos del campo, obreros en su mayoría, o ambulantes, sobreviven como pueden y, a fuerza de costumbre, han interiorizado la fatalidad de su destino. Entre ellos se observan ferroviarios, herreros, tipógrafos: un amplio repertorio de gente humilde que comparte la misma situación social y los conflictos políticos de Italia, particularmente, el nacimiento del fascismo y la resistencia.

A lo que desea invitarnos Pratolini es a permanecer un tiempo en esta calle, y acompañar a sus habitantes en lo que hacen cotidianamente. Sucede que, aun cuando todos viven dentro de un mismo espacio, cada cual tiene sus propios vicios, costumbres y pretensiones y, así, mientras unos se ven arrastrados por el descubrimiento del amor, otros se inscriben obligados en el Fascio; mientras estos mezclan piedras en el carbón para ganar más dinero, los del otro lado espían desde la ventana los movimientos de sus vecinos.

Dicha cartografía exige una narración que recorra alternativamente todas las crónicas que van escribiéndose en Via del Corno. De este modo, no estamos frente a una novela que parta de un estado general, sino que, por el contrario, se va constituyendo de forma inductiva, recreando cada parte de ese gran conglomerado de historias. Por demás, el único esquema que sigue Pratolini es la mezcla de relatos: una noche, por ejemplo, implica hacer un recorrido por buena parte de los personajes, pues sólo así, del retrato particular de cada circunstancia, logra alcanzarse una visión ampliada de lo que acontece.

Sin embargo, y a pesar de ese plano de igualdad desde el que parece concebirse las historias de los personajes, hay algunos nombres de mayor relevancia en la novela. Tenemos el caso de Maciste –el herrero-, quien fue antes Ardito del Popolo, y ahora es uno de los miembros más lúcidos del Partido Comunista. También está Nesi –el carbonero-, un tipo oportunista que se mueve de acuerdo a las transformaciones políticas, sacando de cada momento un beneficio. Además está Carlino, agente del Fascio, el contable que luce orgulloso su camisa negra, y golpea a la gente que se niega a colaborarle.

Igualmente, están “Los Ángeles Custodios” –Bianca, Aurora, Milena y Clara-, las muchachas más hermosas de Via del Corno, todas ellas enfrentadas a sus problemas, diferencias y, sobretodo, a la necesidad de escapar de la miseria a través de la pasión. La Señora, esa mujer extraña que, aun postrada en su cama, dirige numerosos destinos, gracias a sus engaños y dinero. Y en fin, Ristori, el dueño del hotel en donde paran las prostitutas de la calle; Nanni, el espía de la Policia y; algunos otros, como Mario o Ugo, que serán decisivos al momento de estallar ciertos conflictos.

Pero así como no es posible hablar de pocos protagonistas, tampoco es fácil situar una sola trama narrativa. Crónicas de Pobres Amantes es, como su nombre indica, muchas historias cruzadas en una página, y su unión no crea una trama nueva, sino que es eso, simplemente, la unión de muchas tramas. Organizar toda la novela resulta un absurdo, porque, aunque es cierto que existen algunas crónicas privilegiadas por su fuerza, al mismo tiempo que estas ocurren, muchas otras historias también se están definiendo.

Por ejemplo, mientras Maciste muere abaleado en una de las jornadas de “estabilización” del Fascio –eso que queda en la memoria de Via del Corno como “El Día del Apocalipsis”-, Ugo sobrevive al mismo atentado, y termina en la casa de La Señora, quien lo hospeda allí con la intención de que se enamore de Gesuina –su sirviente- y puedan huir juntos, puesto que ella ya ha encontrado un reemplazo para la chica en Liliana, la misma que, después de que su novio fuera capturado por robo, ha pensado varias veces en prostituirse frente a Ristori.

Como se ve, todo se entrelaza, cada crónica está unida con la otra, y hablar de una sola, general, equivaldría a destejer de nuevo cada una. Referirse a Aurora es contar la historia de la muchacha obligada por Nesi a ser su amante, sin saber que su propio hijo, Otello, también se acuesta con ella y que, una vez muerto, pasará a ser su mujer hasta el día en que prefiera a Liliana, la chica hasta entonces ayudada por La Señora, secretamente enamorada de ella y culpable de la ruina y posterior muerte del viejo Nesi.

Tal es la dificultad para ubicar una trama general, que lo más sensato es intentar establecer una relación entre la vida de los personajes y los acontecimientos históricos, pues estos podrían, de alguna manera, sincretizarlos.

La historia contada por Via del Corno

Vía del Corno es una calle de cincuenta metros de largo, con suelo de piedra y sin andenes. Sus ventanas, demasiado cerca las unas de las otras, propician el chisme y la censura. No hay nada que alguien pueda hacer allí sin que, de inmediato, esté enterada la mayoría de sus vecinos. En un lugar como éste, en donde hasta la privacidad –que es una de nuestras exigencias más comunes- parece sólo un deseo, los habitantes deben asumir, necesariamente, algunos rituales: la hipocresía, el desenfado, la huída, etcétera.

“Tal vez sólo las paredes duerman, por la noche, en Vía del Corno. Las personas, no. O sólo las que no tienen preocupaciones. Pero, ¿quién no tiene preocupaciones en Vía del Corno? O las que no tienen enfermedades. ¿Y quién no está enfermo? No todas las enfermedades requieren gargarismos y bicarbonato como las de La Señora y de Beppino. Corazones y cerebros enfermos de obsesiones, de sensualidad, de codicia, de buenos propósitos, de temor de Dios, de amor. Quien sufre de eso da vueltas entre las sábanas, hace compañía en silencio a los vigilantes especiales que esperan la ronda. En Via del Corno todos están en libertad vigilada sin saberlo y pendientes de las ‘buenas noches’ del sargento” (Pág. 19)
Estamos en una Florencia dividida por doctrinas políticas y, más precisamente, en una calle en donde esa división existe, pero se encuentra matizada por muchas otras condiciones: las envidias por los bienes de un vecino, las fiestas que cada tanto se celebran, la necesidad de subsistir, la búsqueda de amor o compañía. Es decir, en Vía del Corno no hay una separación radical, definitiva, entre los partidarios del Fascismo y quienes lo resisten; más bien, se trata de una división que indica otra cualidad de la persona, pero no la totaliza.

Prueba de lo anterior son, por un lado, las constantes transformaciones en el pensamiento de los personajes, eso que uno podría calificar como su crónica política; por ejemplo, la de Osvaldo, un hombre contrariado, de momentos cercano a las ideas de la izquierda, pero que, forzado por las amenazas, terminará convirtiéndose en un fascista peligroso. También está el caso de Otello, el hijo de Nesi, quien durante buena parte de su vida se mantuvo al margen de las cuestiones políticas, pero que, subsumido en la influencia de su padre y su propio interés lucrativo, decide inscribirse en el Fascio.

Por otra parte, nadie –tal vez a excepción de Carlino y Maciste- es totalmente fascista o comunista. Es imposible escapar de las fluctuaciones, de los desequilibrios ideológicos y, sobre todo, de la necesidad de relacionarse con personas de todo tipo de pensamiento. En Via del Corno, el saludo nunca se le niega a Carlino, aun cuando se conoce su violencia contra ellos; tampoco se deja de ir a la herrería de Maciste, por ser un comunista, toda vez que se trata de un gran trabajador; y así, lo mismo, con el dueño del hotel, la carbonería o lo que sea.

Es como si existieran unas necesidades de base, o unas relaciones primarias que se respetan más allá de las diferencias. De algún modo se descubre que la mayoría de vecinos de Via del Corno apoya las ideas comunistas; mas, en una sociedad dominada por el fascismo, atenazada por las leyes de la desaparición y la violencia, nadie logra pronunciarse abiertamente. Y es que, además, resulta difícil hacerlo, esto es, luchar por sus convicciones, cuando todos han crecido juntos y, más allá de no compartir cierta orientación política, son más las cosas que se tienen en común: las privaciones, el miedo, la desesperanza.

Si volviésemos un poco al ejemplo con el que abrimos este texto, diríamos lo siguiente: un libro técnico generaliza las divisiones ideológicas, totalizándolas y, atribuyendo a determinadas capas de la sociedad un tipo de pensamiento y acciones. Al contrario, Crónicas de Pobres Amantes, prueba que, aunque esas escisiones existen, no están totalizadas como se piensa: en una misma familia italiana de 1925, pudo haber un fascista, un comunista y un apolítico, y no por esta razón se denunciaron o atacaron entre ellos. Había más condiciones objetivas compartidas que deseos de atentar contra el otro, a pesar de su pensamiento.

Lo que no entiende la historia tradicional es que, no sólo las fechas y los nombres importantes no dan el sentido de los fenómenos, sino que tampoco lo hacen las divisiones esquemáticas, puesto que, si bien éstas ocurren en el plano del pensamiento, son matizadas siempre por otras cosas: la familia, los deseos, el amor e, incluso, el miedo. Por este motivo, la novela de Pratolini apela a la noción de crónicas, o sea, a la variedad de historias, al cruce de todos los acontecimientos de la realidad, donde derecha e izquierda no existen como entidades independientes, sino como situaciones, como acciones asociadas a muchas otras cualidades.

Los relatos políticos de la época

De cualquier forma, es obvio que siempre hay unos grandes discursos circulando en la sociedad, los cuales son tomados por los individuos para orientar y enmarcar sus acciones. Estos discursos son tomados de la política e ideología, pero también de la experiencia personal, y sería una falacia afirmar que, a razón de que existen muchas otras condiciones humanas, además de la política, no opera –sobre todo en momentos de crisis social- una división entre los individuos que piensan y apoyan una idea, y los que no.

Si un fascista nunca atacó a su padre comunista, porque sobre él pesaron más los lazos familiares, no debe creerse que fue por motivos de tolerancia ideológica. Quizá, ese fascista pueda decir: “respeto a mi padre, en tanto otros discursos, como el de la moral o la religión, me obligan a hacerlo; pero, en lo que respecta a actuar de la misma forma con otros comunistas, no podría; por eso sobre ellos dirijo una violencia sin vacilaciones”. En resumidas cuentas, los discursos políticos no son tan radicales como los muestra la historia, pero tampoco tan relativos como podría pensarse a partir del debate sobre las muchas cualidades y circunstancias que atraviesa un individuo en su vida.

Esta aclaración permite entender que, aunque la obra de Vasco Pratolini prescinde de referentes históricos que dividan sin más a sus personajes, tampoco ellos viven dentro de una realidad no conflictiva. Al contrario, el panorama de Crónicas de Pobres Amantes es, justamente, de choque, de continuas rivalidades, a veces calladas o censuradas, pero a fin de cuentas rivalidades. Y, porque estos enfrentamientos existen, se reconstruyen desde lo concreto diferentes fenómenos históricos, como la persecución, las brigadas de “limpieza” y demás:

“Los disparos y los gritos han resonado en las paredes, en los enlosados como en los tam-tam primitivos, campanas fantásticas han tocado a rebato. Como los pitidos de los trenes que el silencio de la noche transmite a distancias opuestas, los disparos, las canciones escuadristas han resonado en todas las calles y han provocado terror. Es la antigua facción dominante que repite sus matanzas, con el favor de la luna. Y de la autoridad. Esta noche la policía está acuartelada: la ronda de los amonestados ha señalado, al volver de la inspección ‘sin novedad’ en su informe. Entretanto las Bandas Negras realizan la matanza” (Pág. 225)
No es una ficción: las Bandas Negras haciendo fusilamientos bajo el visto bueno del Gobierno fue –es- una realidad objetiva. Mejor sería que los italianos no se olvidaran de las jornadas de 1921, cuando desaparecieron tantos de sus compatriotas, y en Florencia, por citar un caso, retumbaron las detonaciones y los gritos. Porque es esa memoria, ante todo, el relato político que conoce Via del Corno: lo demás, digamos, Marx o Mussolini, las teorías económicas o de organización de partidos, son cosas más difusas, menos tangibles e inmediatas.

El discurso político que se expresa en la novela posee este rasgo particular: para la mayoría de los personajes no procede de grandes intelectuales, ni siquiera de los libros o miembros activos de un Partido, sino de su experiencia directa, de lo que han visto en las últimas décadas, cuando pudieron percatarse del grupo al que pertenecían quienes golpearon a Alfredo, los que persiguieron a Maciste o hirieron a Ugo. En la mente de cada ciudadano se fue constituyendo un relato sobre la justicia, sobre el poder, los medios y los bienes, y de acuerdo a esa síntesis personal que cada uno ha hecho se ha inclinado hacia algún lado.

Crónicas de Pobres Amantes es, en este sentido, también la confluencia de muchísimas experiencias de lo político. No hay un relato que organice todas las apreciaciones que se tienen sobre algo, aun cuando sean muy cercanas; cada una de ellas es muy particular, producto de unas vivencias concretas e irrepetibles que, sin embargo, comparten algunos rasgos determinados. Y porque esto es así, el relato político, en la novela, tampoco debe rastrearse como una disertación general, sino como una pasión del individuo, como su propia construcción:

“Un comunista es un hombre como los demás, con excesos y depresiones, ocurrencias y titubeos, tantos litros de sangre en las venas, cinco sentidos e inteligencia más o menos desarrollada. Repite Gramsci, con razón, que ‘el Partido es la vanguardia conciente del proletariado’, por lo que el deber del militante es mostrarse particularmente lúcido en cualquier circunstancia. Ahora bien, mientras de lo que se trata es de intercambiar y armonizar ideas, todo va a la perfección, pero cuando estás solo, cara a cara con tus impulsos y conciencia, todavía informe y animada sólo por tus odios y amores, resulta fácil salirse de la línea del Partido. El Partido en Italia tiene apenas cuatro años de vida: no se puede pedir a sus hombres más de lo que pueden dar. Y si se exceden en el entusiasmo, no los llaméis extremistas; no todos tienen la posibilidad de refrenar sus sentimientos y guiarse por la razón. Y si en la cauta presencia de una mujer consuelan su desasosiego, es porque están hechos de carne y hueso y han tenido miedo” (Pág. 243)
Hay, pues, una especie de contraste entre las nociones más sofisticadas de la política, con sus complejas disertaciones sobre el deber y la moral, las estructuras de organización y el manejo del poder, es decir, los discursos políticos elaborados en abstracto, y la noción particular de la política, asumida como una construcción personal, refinada a través de la observación y la experiencia diaria. Son, tal vez, realidades complementarias, pero en la obra de Pratolini, se hace prevalecer esta última: en el Maciste que desde su herrería se convierte en un agente orientador; en el Mario que terminará organizando las Juventudes Comunistas; en el Nanni que sabrá, después de venderse como espía por tanto tiempo, regresar a los intereses de su calle.

Quizá, para una sociedad pobre como la de Via del Corno no exista otra forma de política que esta misma. Hay demasiadas necesidades y requerimientos como para perderse en complicadas teorías ideológicas, pero, en cambio, sí muchísima inteligencia para mirar y encontrarle un orden a las cosas. Los pobres amantes también tienen su aporte al discurso histórico, que es, sin duda, el más importante: el haber sido ellos sus protagonistas.
________________

Amplia y diversa como debe ser la obra que busca vitalizar el universo, Crónicas de Pobres Amantes es un retrato audaz de la Italia fascista. Pratolini es un narrador justo en su lenguaje, no da ni quita en exceso y, por ello, su novela tiene el sentido pleno de las cosas.

These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.