AUTOR: José Saramago
TÍTULO: De Este Mundo y del Otro
EDITORIAL: Alfaguara, S.A. (Primera edición)
AÑO: 2003
PÁGINAS: 190
TRADUCCIÓN: Basilio Losada
RANK: 9/10



Por Alejandro Jiménez

Desde hace algún tiempo el discurso de la sensatez humana viene cayendo en desuso: pedir algo de cordura se parece mucho a gritar en el vacío, porque cada vez son menos los interesados en tomarse un momento para pensar por ellos mismos. Con tanta locura rondando las ciudades, el oficio de pensar resulta, hoy por hoy, una extravagancia. Crecen el smog, las drogas, el fanatismo, la ultraviolencia, convirtiéndose en los símbolos de una civilización que se enorgullece de su progreso, aunque su norte sea incierto, aunque los más de nosotros marchen como autómatas reproduciendo los slogans, las modas de los artistas, o las opiniones de la prensa.

El egoísmo es nuestra mayor vergüenza, y tal vez se trate de un mal insuperable: nadie quiere conocer la situación del otro, nadie desea ser juzgado por ningún motivo y, en fin, cada quien prefiere mantenerse al margen de las discusiones, y limitarse a la búsqueda de su bienestar individual. Entre el marullo de cosas que se sortean en la vida cotidiana –el trabajo, las congestiones, el afán- lo que prefiere el hombre es el aislamiento, porque tiene fe en que nada lo asemeja a las personas con las que se cruza en la calle. Sin embargo, ignora que de su aislamiento nace el egoísmo y, en consecuencia, la crisis de su facultad para interpretar su condición, la del otro y la de la vida.

No necesitamos racionalistas, la historia comprueba las limitaciones que pululan en su lógica; pero tampoco podemos vivir en medio de una contemplación alucinada. La vida ofrece por igual emociones y problemas, de modo que la sensatez es un equilibrio y, sobretodo, una virtud. Ser sensato equivale a apartarse tanto de los métodos irrefutables, como de la poetización del mundo; significa actuar sin negar el valor de cada cosa: del caos y las estructuras, de lo mío y lo ajeno, de lo tangible y lo espiritual, etcétera.

Por otra parte, la sensatez no tiene nada que ver con el optimismo; un hombre puede ser escéptico y sensato sin caer en contradicciones. Ahí está el caso de Saramago, un apasionado por la vida y sus congéneres, pero, además, un juicioso lector de sus problemas: la guerra, la pobreza, el engaño. Para él parece escrito ese verso de Vallejo: “hoy me gusta la vida mucho menos, pero siempre me gusta vivir”. Y es que recorrer cualquier página escrita por José Saramago (1922-2010) implica verse envuelto por la inteligencia; su obra está forjada, por un lado, desde la pasión, la efervescencia que produce la certidumbre de vivir, pero, por otro, desde alguna desconfianza que lo inclina hacia el recelo.

Este libro que ahora presentamos, publicado en 1971 con el título Deste Mundo e do Otrou, refleja ese sesgo particular de Saramago, mezcla de vitalidad y duda, de ánimo y difidencia. Usualmente, la gente confunde incredulidad con pesimismo, los cree términos intercambiables, y encuentra en ellos cierta naturaleza compartida. Sin embargo, la realidad cuestiona dicha asociación: es verdad que quien no cree en algo no sabe sentirse optimista frente a él, pero el considerar que por ese simple hecho de no creer devenga el pesimismo es una exageración, incluso, una confusión de sentido: no creer significa no tener algo por cierto, en cambio, ser pesimista es otorgar de entrada un destino desfavorable.

A nuestro modo de ver, Saramago es un ejemplo de literatura escéptica, y lo es atravesando el camino más espinoso: el de la sensatez. No se trata de un escritor pesimista como tan corrientemente se lo hace ver, sino de una refinada muestra del escepticismo que brota una vez la inteligencia a puesto todas las cosas en su sitio: lo bello en lo bello, lo memorable en lo memorable, lo vergonzoso en lo vergonzoso. Quien, como Saramago, después de ver rigurosamente el orden vital, decide manifestarse sólo a favor de lo bueno, apelaría a una falacia, pues lo correcto, es decir, lo justo es reconocer que una cuota amplia de este mundo se la llevan nuestros males, y que por la existencia de ellos, estamos todavía llamados a la desconfianza.

Si Saramago fuese pesimista el mundo habría de contrariarlo, sugerirle un lindo paisaje, seducirlo con algún amor. Pero ese paisaje y el amor ya están en sus historias, él mismo se ha puesto a la tarea de narrarlas, robusteciéndolas. Sólo que, junto a ellos, también están la miseria, el miedo, las maquinaciones cotidianas y el rencor. ¿Es menos agradable el paisaje por revelarnos esto? Tal vez lo sea, pero, en todo caso, es más cierto. Así, pues, Saramago recorre una doble vía escéptica, porque contando lo bueno y lo malo en sus historias, no da por seguro ni la victoria ni la derrota; se mantiene en la tensión de cruces, paréntesis e intervalos que hacen parte de lo humano.

Ahora, dejando de lado la discusión sobre el atributo que le vendría mejor a Saramago, lo que vale la pena resaltar es lo siguiente: el conjunto de las crónicas que hacen parte de De Este Mundo y del Otro –escritas para el diario A Capital-, persiguen un objetivo claro, y es el de recuperar nuestra atención. Dispersos en la mismidad, en la excesiva suspicacia, en el placer, o en la manía de trabajar y consumir, el destino se va yendo a borbotones: ¿qué nos queda de este mundo? –parece decirnos Saramago-, ¿qué podemos recuperar y qué debemos destruir? Y, ante todo, ¿qué papel vamos jugando en todo esto? y, ¿cómo hacemos para resolver ese problema de ser, a un mismo tiempo, arquitectos, albañiles y materia?

De este mundo (y del otro)

Son un poco más de sesenta textos los que hacen parte de este libro de José Saramago, todos ellos escritos en el mismo tono irónico y crítico. Por momentos, la insistencia del autor en calificar lo que escribe como crónica entra en conflicto con el producto escrito. Por supuesto, los textos nunca dejan de ser crónicas en el sentido de que describen acontecimientos acaecidos en espacios concretos; pero, hay una mixtura de lenguajes, de contenidos y de aproximaciones a la situación narrada, que el lector asiste –pudiéramos decir- a una conjunción de cuento, ensayo y crónica.

Entendámonos: en La Niña y el Columpio, por ejemplo, Saramago cuenta la historia de una chica que se balancea en un columpio gigantesco, desde el cual pueden verse los cielos y la tierra. Aquí, el contexto y la acción son fantásticos, más cercanos al cuento que a la crónica, aunque sirven de metáfora para cuestionar una condición de la realidad: el aislamiento en el que viven algunas personas merced a su imaginación. No en vano, una vez las flores que adornan los lazos del columpio se deshacen, la niña extiende sus manos para que alguien la traiga de vuelta de su sueño.

Lo propio ocurre en textos como Las Palabras, Discurso Contra el Lirismo o Esta Palabra Esperanza, en donde Saramago no cuenta historias como tal, sino que argumenta ciertas ideas acerca del uso del lenguaje, la objetividad o los problemas de la comunicación. En estos casos, son evidentes algunas características del ensayo, aunque, tal y como sucede con los textos en que utiliza recursos del cuento, lo que prime para el autor sea el observar fenómenos vitales de la realidad.

Quizá la exigencia del diario en donde se publicaron haya determinado la extensión de los textos, ya que la mayoría no superan las 3 páginas. De forma complementaria, la presencia de un yo narrativo, así como de las reflexiones con las que generalmente inician los escritos, son rasgos que contribuyen a dar unidad al libro. En cambio, a nivel temático el horizonte de las crónicas es ilimitado: Portugal, recuerdos de la niñez, lecturas realizadas, observaciones, especulaciones en torno al comportamiento de los individuos; todo parece caber en el interior de estas páginas y, por ende, el lector debe prepararse para apuntar hacia cientos de direcciones alternativas.

De todos esos puntos de mira quisiéramos destacar a continuación dos: primero, los que hacen parte de la re-construcción del mundo y, segundo, los que permiten sustentar la tesis con la que se inició este documento sobre el escepticismo de Saramago.

Hacia la re-construcción del mundo

Si se lo piensa con detenimiento, el título del libro –De Este Mundo y del Otro- resulta pretencioso. Es una tarea ardua sentarse a escribir después de titular de semejante forma, pero he aquí que Saramago no defrauda, y hasta tal punto no lo hace que uno termina preguntándose qué otra cosa pudo no haberse dicho allí que lo mereciera. Como se dijo antes, en sus crónicas hay espacio para pequeñas historias, como las de El Zapatero Prodigioso, El Afilador o El Ciego del Armonio, la mayoría de ellas vividas en la niñez por el autor; también para historias de más envergadura, tipo El Derecho y las Campanas o La Vida es una Larga Violencia, en las que alrededor de un suceso se relacionan varias personas y; finalmente, para crónicas de carácter mucho más histórico, como Viajes por mi Tierra, Nosotros, Portugueses o El Planeta de los Horrores.

Sin embargo, y a pesar de esta variedad de matices, todas las crónicas comparten una condición: la de orientarse a partir de un plano concreto, esto es, el no estar escritas de una manera abstracta o ideal, sino recurriendo a elementos directos: un personaje, un lugar, una acción. Ni siquiera en aquellos textos en donde el Saramago ensayista parece robarle un poco de espacio al cronista, deja de sentirse lo inmediato de lo narrado, lo mucho que tiene que ver con nuestras propias vidas.

De este modo, podríamos arriesgar un inventario de algunos personajes que son recurrentes en las crónicas: por un lado, la gente humilde que conoció Saramago en el campo, como zapateros, músicos, o sus propios abuelos, que son volcados en las páginas con una carga nostálgica muy fuerte, describiendo cómo los vio el autor en sus faenas, repitiendo alguna frase memorable, o explicando cuán decisivos fueron en la constitución de su personalidad (debe recordarse que el discurso de Saramago al recibir el Premio Nobel estuvo centrado en los recuerdos de su abuelo).

Por otra parte, se encuentran las figuras históricas o literarias de las que se sirve el escritor para establecer algunos juicios. Destacamos las de Almeida Garret y Fray Joaquin de Santa Rosa, Manuel María, y Gil Vicente. Estos nombres van y vienen en la mente de Saramago y, utilizándolos, observa cómo Portugal los ha olvidado, cómo unos y otros actuaron conforme a ciertas circunstancias, de qué manera abonaron el terreno en el que germinaron, después, muchas generaciones, etcétera.

Por último, es posible distinguir un personaje general. Se trata de la humanidad que es portavoz de males comunes: la mentira, la desigualdad. Las crónicas en donde aparece esta humanidad generalizada son, en comparación con las otras, las más escépticas. En, Pensando en el Terremoto, Saramago critica la falta de solidaridad fuera de los desastres extraordinarios; en Los Animales Locos de Cólera, sugiere un futuro en el que, por primera vez, los hombres morirán a mano de seres distintos a ellos mismos; y en Esta Palabra Esperanza, riñe a quienes se encierran en la fe, sacrificando su propia voluntad. Este extracto de Cada Vez más Solos es contundente:

“Desde este mi modesto agujero (perdone el lector, pero todo son agujeros, pozos, cráteres), creo que todos nosotros debemos repensar lo que estamos haciendo. Bien está que nos divirtamos, que vayamos a la playa, a la fiesta, al fútbol, que esta vida son dos días, y quien venga detrás que cierre la puerta. Pero si no nos decidimos a mirar al mundo gravemente, con ojos severos y evaluadores, lo más seguro es que nos quede un día solo por vivir, lo más cierto es que dejaremos la puerta abierta a un vacío infinito de muerte, oscuridad y fracaso. Aceptemos que estamos solos. Aceptémoslo sin desesperación. A este lado de la galaxia, en un insignificante sistema solar, esta es nuestra patria. La pueblan tres mil millones de personas, otros satélites vivos que tal vez no puedan subsistir fuera de ella. Aceptemos entonces que estamos solos y, a partir de ahí, hagamos el nuevo descubrimiento de que estamos acompañados unos por los otros. Cuando pongamos los ojos en el cielo estrellado, con un furioso anhelo de llegar allí, aunque sea para encontrar lo que no es para nosotros, aunque tengamos que resignarnos a la humilde certeza de que, en muchos casos, una vida no bastará para hacer ese viaje –cuando pongamos los ojos en el cielo, repito, no olvidemos que los pies se asientan en la tierra y que sobre la tierra el destino del hombre (ese nudo misterioso que queremos desatar) tiene que cumplirse. Por una simple cuestión de humanidad” (Pág. 175)
Los espacios también desempeñan un papel importante en De Este Mundo y del Otro. Debido a que el autor prefiere siempre la imagen directa un personaje equivale a una clase de escenario. Los personajes humildes los dibuja Saramago en las viejas casas en donde creció, o en las calles en donde asentaban aquellos sus negocios. De modo semejante, los personajes que provienen de la historia o la literatura emergen con sus propios espacios, fantásticos o reales, según el caso. Y para la humanidad, vista en conjunto, el escritor prefiere trabajar con espacios en donde se relacionan lo real y lo imaginado, o mítico.

Lo hace bien: este mundo lo componen todos los personajes y espacios con quienes tenemos una relación sensible, pero también hace parte de nuestra condición el otro mundo, es decir, la imaginación, la espiritualidad o el misterio. Saramago dedica un buen número de sus crónicas a describir la forma en la que los hombres nos vinculamos a esas otras realidades que nos convocan: así en Un Azul para Marte, en donde un presunto diálogo con sus habitantes le permite al autor redirigir su mirada hacia nuestro comportamiento; o en Venden los Dioses lo que Dan, aquel texto que reflexiona sobre los estados de sublimidad.

Sobre el escepticismo

Dijimos antes que si Saramago es escéptico ante un futuro mejor, también lo es, en alguna medida, ante uno peor; y por esta razón tampoco cabe para él una acusación de pesimista. Simplemente el escritor muestra las cosas de las que habla en su estado, y si el balance no es bueno, pues entonces el que está mal no es Saramago, sino el mundo en su totalidad. Ahora, por lo que compete al autor, podrían organizarse las características de su escepticismo a través de una simple clasificación de sus textos que parta de la naturaleza del elemento al que se refiere.

El primero de esos elementos es, irónicamente, el lenguaje. Saramago se siente escéptico frente al lenguaje mismo; se ha percatado de que las palabras han venido –como decía Juarroz- gastando sus moldes y es preciso cambiarlas o, por lo pronto, al menos, resemantizarlas. Si esta tarea puede o no cumplirse es cosa de la que no está persuadido Saramago; simplemente sabe que su herramienta de trabajo, por ser la única, necesita de un rápido rejuvenecimiento. Tal motivo lo lleva a afirmar en La Aparición: “Partimos de la base de que no hay otro medio de entendernos y explicarnos, y acabamos descubriendo que nos quedamos en medio de la explicación, y tan lejos de entender que mejor sería haber dejado a los ojos y el gesto su peso de silencio”.

Hay otro rasgo determinante del escepticismo de Saramago frente al lenguaje; se trata de la relación lirismo-objetividad. En su C’est la Rose… ironiza el uso excesivo del lirismo, hallando que el lenguaje poético comporta, muchas veces, un alto grado de ingenuidad, y oculta realidades que deberían nombrarse directamente. Asimismo, en el Discurso Contra el Lirismo, se ubica en la posición contraria, mostrando cómo un mundo sin poesía perdería todas sus posibilidades de sorprendernos. Como se ve aquí, el advenimiento de un lenguaje sensato, ajeno tanto a las alucinaciones de la poesía como a la lógica formal, es una ocupación incierta; hecho que lleva al autor a sentirse incrédulo.

El segundo motivo de escepticismo en Saramago es más complejo todavía. Se trata de la confianza en el hombre; confianza que debe desglosarse en lo que cabe esperar de él, su valor para enfrentar las eventualidades, para solidarizarse con el prójimo, y para asumirse él mismo en tanto que humano. Saramago piensa que estamos demasiado mecanizados; una rutina interiorizada a fuerza de necesidad nos ha convencido de que vivimos para buscar cada cual su beneficio. Y aunque, de principio, todos debamos enterarnos de que el problema fundamental es nuestro propio ser, esto puede conducir al egoísmo o, peor aún, a la hipocresía y la falsa comprensión.

Frente a lo que se muestra incrédulo Saramago es a encontrar un hombre convencido de su particularidad y, sin embargo, desconocedor del egoísmo y las vanas relaciones. Estimaría ver a quien reconoce su fuerza interna, su cordura en el juicio y, principalmente, a quien aprovechando ese conocimiento de sí se une al otro en la construcción desde abajo de un destino común. En este sentido, pueden entenderse las palabras que escribe en El Grupo:

“Pero en la naturaleza profunda del hombre (y en su responsabilidad) está en que la confrontación de sí mismo con la vida tenga que pasar por una batalla personal con los miedos que la niegan. Y de nada sirve para la resolución del segundo problema (ser, siendo entero) esa embriaguez en común, ese paraíso artificial que es el grupo. El miedo a la soledad sólo puede ser vencido después de un cuerpo a cuerpo con la total desnudez del alma (si me explico bien) o de la abstracción a la que damos ese nombre. Y esa victoria no fue alcanzada, ni siquiera ha sido quizá iniciado el combate, si se va a buscar en el grupo el mítico remedio, la panacea universal. Eso es aceptar la derrota antes de la primera escaramuza” (Pág. 108)
De manera secular, Saramago prefiere la palabra voluntad a esperanza. La fe nos ha mantenido con las manos amarradas, con la confianza puesta en otros nombres –dios, destino, héroe-; en cambio, la voluntad, el atrevernos a erigir por nosotros mismos un tiempo y un lugar, hablaría de dignidad y amor propios. Sólo que cuando la voluntad ha ganado un sitio en nuestro espíritu, inversamente, lo ha degenerado. Ese es el tercer elemento de incredulidad de Saramago, definido con sus mismas palabras: “la vida es una larga violencia”.

De qué vale la pena amar la claridad del día –como él-, o el apretón de manos de un amigo, o una palabra confortadora; en todo el mundo se construyen armas para exterminar la vida, pasan raudos los misiles en el cielo, las bacterias crecen en los laboratorios, la desconfianza pudiera hacer que, hoy o mañana, alguien suelte la primera bomba. Saramago va un día sonriendo por la calle porque ha encontrado una sentencia que reúne en seis palabras la vida suya y la de todos los hombres: “la vida es una larga violencia”. Y cuando alguien lo alerta sobre un hombre que ya había dicho esto antes, solamente comprueba la verdad de su juicio. ¿Cómo, pues, cambiar semejante destino?

Finalmente, desearíamos hacer notar una cualidad curiosa en las crónicas de Saramago, y es que el autor se halla abocado muchas veces hacía aquello que no depende de él. Es obvio que, frente a ésto no puede uno mostrarse escéptico, pues sólo se cree o no en algo que empieza dependiendo de uno mismo. Pero, un desastre natural, un terremoto, algún revolcón en el mar, y todo se acaba: una visión fatalista, pero, por qué no, sensata, en la medida en que apela a nuestra finitud y mortalidad. Diríamos que esa incertidumbre de no saber si amanece mañana, si en el entretanto no se nos viene el techo encima, es un poco la atmósfera de nuestra vida, y algo que debe tener también una oportunidad para pensarse:

“Y, de pronto, veinte o treinta segundos de convulsiones (¿y qué son treinta segundos?) nos muestran cuán poco significamos. Unos millones de animales asustados, de alma tan trémula como el mundo que se desliza bajo nuestros pies. Pero vuelve la tierra a la serenidad, se finge sólida y segura, mocita sensata y bien portada, como debe ser, y, entonces, este irresistible deseo de seguir vivos nos aferra a las ruinas (a la nuestra y a las de las cosas) y las reajusta, y les da sentido y permanencia. Ganamos la partida: no hemos vencido al temblor de tierra, pero vencimos al miedo, no hemos permitido que él hincara raíces en el alma que sintió terror –y que volverá a sentirlo” (Pág. 68)
___________________

De Este Mundo y del Otro es un paisaje que va dibujándose a pequeños trozos y cuyo resultado final es la vitalidad. Podrá quejarse el hombre –como dice Saramago- de todo lo que quiera, excepto de que el mundo carece de emociones. Este libro es una invitación a redescubrirlas.

These icons link to social bookmarking sites where readers can share and discover new web pages.