AUTOR: Poul Anderson, Theodore Sturgeon, Fritz Leiber, Isaac Asimov, et al
TÍTULO: Revista Minotauro No. 7: The Magazine of Fantasy and Science Fiction
EDITORIAL: Minotauro (Primera edición)
AÑO: 1965
PÁGINAS: 128
TRADUCCIÓN: José Valdivieso, M. Figueroa, et al
RANK: 7/10


Por Alejandro Jiménez

En una época en la que los relatos de fantasía empiezan a perder la fuerza imaginativa que requieren, condenándose a reproducir los mismos temas y personajes, volver a publicaciones como la que ahora presentamos resulta una experiencia enriquecedora, pues es tanto como visitar un espacio que se fundamenta en la certeza de que la ciencia ficción explora desde planos inteligentes y penetrantes la condición del hombre y su relación con las cosas y los otros seres. Es decir, nos permite hacer un paréntesis dentro de ese negocio editorial en el que ha recaído buena parte de la literatura del género, y reencontrarnos con un periodo en el que fue importante escribir historias con sentido.

The Magazine of Fantasy and Science Fiction se ha caracterizado durante más de seis décadas de vida por ofrecer al lector relatos que superan esta exigencia de sentido. En él han escrito autores de la talla de Ray Bradbury, Alfred Bester, Úrsula K. LeGuin o Philip Dick. De alguna manera, se trata de una publicación que organiza buena parte de la obra escrita en lengua inglesa, principalmente en lo que se refiere a cuentos, novelas cortas, artículos científicos y fragmentos, todos ellos concebidos a partir de un mismo principio: la ciencia ficción “no es sólo una literatura de extremada sofisticación, sino también una literatura que exige más genio que talento, y cualidades de escritura realmente excepcionales”.

La Editorial Minotauro publicó una revista que tradujo al español algunos tomos de The Magazine of Fantasy and Science Fiction. La iniciativa permitió que se editaran diez números durante la primera época –de 1964 a 1968-, y otros once, durante la segunda –de 1983 a 1986-. Actualmente, encontrar uno de estos volúmenes es una tarea casi inútil, especialmente si se vive fuera de la Argentina. Sin embargo, de hallarlo, no debería cuestionarse su calidad, pues, por un lado, las traducciones son muy buenas –las hicieron los mismos traductores de la obra de Theodore Sturgeon-, y su contenido, obviamente, de primer orden.

Este número 7 de Minotauro, correspondiente a septiembre-octubre de 1965, es una muestra de la creatividad, hondura y manejo de lenguaje que caracterizó la ciencia ficción de la segunda mitad del siglo XX. Se incluyen aquí: una novela de Poul Anderson, No Habrá Tregua para los Reyes; relatos de Mack Reynolds, Theodore Sturgeon, Fritz Leiber, Bill Brown, Arthur C. Clarke y Robert J. Tilley; además de un interesante artículo de Asimov sobre los cometas y los planetoides, titulado Escalones a las Estrellas. Indudablemente, cada autor tiene sus propias particularidades estilísticas y temáticas, pero en todos es posible advertir esa reflexión seria y crítica sobre lo humano –de la que se habló un poco más arriba-; como si no existiese un deseo de apartarse de lo real a través de la fantasía, sino de convertirla en el escenario para redescubrirnos.

A continuación, se intentará hacer un acercamiento a los distintos relatos, partiendo de tres marcos de referencia: 1. el papel de lo insólito o extraño; 2. la relación del hombre con lo otro (cosas y seres) y; 3. los rasgos humanos que son puestos en crisis bajo la mirada de la fantasía.

Sobre lo insólito y lo extraño

Jacques Sternberg afirmó en alguna parte que los relatos de la mitología moderna, esto es, de la ciencia ficción, podrían iniciarse escribiendo: “habrá una vez…”; porque esta aclaración –que abre las puertas a lo posible- implícitamente le otorga a la fantasía la facultad de creación. De otro modo, mientras que los demás géneros literarios se aproximan en mayor o menor medida a lo real, la ciencia ficción recorre un camino diferente que es el de encontrar en la imaginación todo lo que aún no tiene existencia, y que, por tanto, puede ser como nosotros lo deseemos.

De lo anterior se desprende una consecuencia: como el contexto de la fantasía casi siempre es distinto al de la realidad, en ella lo insólito y lo extraño serán potencias vivas. En los relatos de ciencia ficción, lo insólito –que para el lector representa algo nuevo, tal vez, extravagante-, es, ante todo, el resultado de una creación, por un lado, necesaria y, por otro, distinta de lo convencional. Así, pues, leer ciencia ficción significa una sorpresa natural frente a los eventos que podamos descubrir, pero también una aceptación tácita de su verosimilitud.

La aclaración no sobra ya que, aunque toda la literatura surge de un acto creativo, únicamente los géneros fantásticos operan con plena libertad para manipular los fenómenos de la cultura, la sociedad o la tecnología. En fin, que como afirmó el mismo Sternberg: “al margen de la cuestión del talento, los autores de ciencia ficción intentan una aventura que merece nuestra atención: partir en busca de lo insondable, buscar ‘otra cosa’ en un mundo donde el escritor se contenta muy a menudo con relatar su vida o la de su vecino, que es lo mismo a fin de cuentas”.

En los relatos que hacen parte de Minotauro No. 7 se pueden percibir algunos rasgos de ese mundo insólito que presenta la ciencia ficción. En No Habrá Tregua para los Reyes, por ejemplo –la novela de Poul Anderson-, el paisaje futurista que, tradicionalmente se intuye matizado por la tecnología, los robots, etcétera, nos muestra un aspecto bastante diferente: una especie de retorno a la Edad Media, producto de la devastación producida por las “bombas infernales”; un lugar en el que cierta tecnología –aviones, transmisores- se mezcla extrañamente con el regreso a las grandes marchas de los ejércitos antiguos, a las lanzas, o las ciudades amuralladas.

La novela se centra en la lucha por el poder de los Estados Pacíficos de América que durante algún tiempo han vivido en régimen federado. Un grupo de rebeldes, liderado por Fallon, ha derrocado a Brodsky –gobernante hasta ese momento del país- e inicia la unificación de los pueblos. Sin embargo, y a pesar de contar con la ayuda de los éspers –una comunidad de adeptos que ostenta una curiosa tecnología láser-, el ejército de Mackenzie, fiel a Brodsky, logra detener la insubordinación en San Francisco y, con ello, también revelar que en medio de la lucha se encuentran algunos extraterrestres que, olvidados por sus camaradas en la Tierra, desean purgar su hastío dañando a los hombres.

Lo extraño, pues, aparece aquí en esa relación entre pasado y futuro, pocas veces prevista en las ideas del hombre sobre el devenir. En efecto, cuando se piensa en lo que viviremos dentro de algunos siglos se tiene en mente un alejamiento gradual de lo que hemos sido, no su retorno, que es considerado apenas un escalón evolutivo. Las formas de lucha cuerpo a cuerpo, las estrategias de guerra y la movilización de ejércitos a través de los campos parecen situaciones insólitas cuando se piensa que los conflictos del futuro se materializarán en virus, desastres nucleares, armas masivas y demás.

Insólita también parece la historia de Fritz Leiber El Hombre que Era Amigo de los Electrones. El relato nos habla de Leverett, un anciano que alquila una casa en las montañas de California, atraído por el ruido que produce el transformador eléctrico ubicado en el patio. Leverett descubre en el sonido del aparato voces, historias, un lenguaje que lo envuelve; se convertirá en un intérprete del mismo y un experto en la magia eléctrica hasta el día en el que los cables le revelen un secreto.

Igual de extraño parece el argumento de Los Patos de las Estrellas, el cuento de Bill Brown, puesto que, en él, una pareja de campesinos asume con la más absurda naturalidad a unos extraterrestres que vienen para llevarse a su planeta huevos de gallina. El periodista del Times, Rafferty, visitará el lugar y conocerá la nave y aspecto de los alienígenas, incluso, aquellos le responderán preguntas telepáticamente, pero no hallará, luego de su ida, ninguna pista para probar su existencia. Lo insólito se observa en el hecho de que los encuentros entre campesinos y extraterrestres ya se hayan hecho con anterioridad, y hayan establecido, sin sorpresas, un intercambio de huevos de pato procedentes de ambos planetas.

Finalmente, lo insólito se descubre también en el relato de Mack Reynolds Interés Compuesto: un tal Mr. Smith deposita, en el año 1300, diez monedas desconocidas en una sociedad de negocios italiana, aclarando que sus descendientes vendrán por los intereses dentro de cien años. Así ocurre, ciertamente, pero en vez de retirar el dinero obtenido, se reanuda el contrato por un siglo más, y, de esta forma, sucederá hasta el año 1900, cuando se descubra que el hombre que ha reanudado el contrato por tanto tiempo es el mismo. Al final se mostrará cómo el depósito de las diez monedas respondía al deseo de un científico que necesitaba que produjeran la mayor cantidad de interés posible para construir una máquina del tiempo: la misma que ha utilizado para hacer la primera consignación en el año 1300.

La relación del hombre con lo(s) otro(s)

La cuestión de lo extraño y lo insólito no se agota, por supuesto, en el argumento de los relatos. Diríamos que eso es, simplemente, su aspecto material, ya que lo importante se halla en las formas en las que lo raro condiciona las relaciones entre el hombre y lo que lo rodea. Tanto es así que lo que llega a sorprender muchas veces a un lector no es la extravagancia de una situación, sino las respuestas o la forma que adopta el hombre para desenvolverse en ella. Ahí está el caso de los campesinos en Los Patos de las Estrellas, quienes no entienden cuánto hay de inusual en un encuentro como el que ellos han vivido, y actúan de un modo desconcertante.

Pero, hay otro relato que permite situar varios aspectos sobre este tema: Algo Más de Robert J. Tilley. La historia nos habla del Dr. Williams, un amante del jazz –que para entonces es prehistoria-, quien se gana la vida dando conferencias y escribiendo sobre música. Invitado a ver unos hallazgos, su nave ha sufrido un accidente que lo obliga a vivir una temporada en un planeta desconocido. De su tragedia sólo podrá salvar un clarinete y un reproductor de cintas en donde escucha algunas de sus canciones favoritas. Pero he aquí que pronto se hallará muy bien en aquel lugar gracias a la aparición de una especie de elefante con cara de pulpo que, a pesar de no tener lenguaje, repite con todos sus cambios y modulaciones las melodías que escucha.

Él, un apasionado del jazz, encontrará en ese extraño ser, una compañía para imitar canciones y hacer variaciones increíbles; se sentirá como un dios creador, alguien capaz de volar sobre las composiciones que conoce para reconstruirlas a su manera. Entonces se concluye lo siguiente: la relación del Dr. Williams con ese ser insólito que se le presenta, después de ser de miedo y cansancio, se transforma en una experiencia catártica, de comunión. Es decir, bajo ciertas circunstancias, el hombre puede reaccionar frente a lo insólito de una manera todavía más increíble:

“Sentado todavía bajo el árbol se puso a tocar unas frases, en registro bajo, una armazón armónica que sostenía la búsqueda burbujeante, guiando las invenciones de la criatura hacia la cohesión última que llegaría inevitablemente; y de pronto, como un grito de éxtasis, las dos melodías se unieron en un solo tejido sonoro que se abrió en el claro disolviendo los alrededores y hasta el suelo debajo de ellos, un sonido fuera del tiempo, fuera del espacio que parecía extenderse en ilimitadas radiaciones. Cerrando los ojos, el doctor dejó que los dedos le corrieran espontáneamente por las llaves, y los dedos no titubearon, como predestinados a encontrar siempre la nota exacta. El doctor flotó y se hundió en un vasto océano de sonido del que él mismo era parte, sintiendo que había alcanzado una consumación última que nunca había conocido ni soñado. No había tiempo, el espacio era una escena ilimitada: el triunfo de una unión. Sollozando y sin resistirse, el doctor Williams renació en sí mismo” (Pág. 125)
Esa imagen surrealista de un hombre tocando el clarinete en medio de la selva, acompañado por un ser mitad elefante, mitad pulpo, y revelando entre ellos una comunión atemporal, sin duda evidencia una relación distinta a la usual del hombre con su entorno, incluso, cuando se trata de una situación tan al límite. Sin embargo, no es la única: en En el Cometa, texto de Arthur C. Clarke, otra situación extraña lleva al hombre a elaborar un plan todavía más absurdo. Se cuenta aquí la historia de una tripulación que ha fracasado en su intento de alcanzar el núcleo del cometa Randall y que, debido a la concentración de interferencias y energía, ha quedado a la deriva en el espacio: su computadora no hace cálculos y los equipos de comunicación están averiados.

¿Cómo calcular, así, las coordenadas de un sitio en donde la nave pueda ser rescatada? Sólo la computadora logra tener en cuenta tantas variantes: la influencia del cometa, la de los otros planetas, la del sol. La situación, de por sí, es inaudita, pero la reacción de George, el periodista de abordo, lo es más: decide construir un abalorio y practicar durante días distintas operaciones matemáticas. Su plan es sencillo y curioso: aunque demoren días enteros, harán todos los cálculos de la computadora a través de ábacos, por ello deben ejercitar sus dedos y mente hasta que puedan actuar a una velocidad mecanizada. El resultado: logran salir de la zona de interferencias.

Llaman la atención estos relatos porque se alejan un poco de la manera como suelen reaccionar los hombre frente a lo extraño del otro o de la situación, en la fantasía. Generalmente, cuando ocurre ese encuentro, hay guerra, deseos de mostrar la supremacía de lo humano o, simplemente, todo se reduce a un exotismo insustancial. En cambio, en estos relatos, se circula por rutas alternativas, que sorprenden por donde se las mire y que merecen nuestro reconocimiento.

Incluso, el artículo de Isaac Asimov Escalones a las Estrellas está escrito bajo una mirada de este tipo. El texto es una reflexión sobre el origen de los cometas, esos cuerpos que son considerados tan frecuentemente como mensajeros de desastres. Asimov reconstruye la historia de los mismos, señalando cómo la errada interpretación de Aristóteles los hizo ver a manera de elementos que no pertenecían al cielo; cómo, posteriormente, Tycho Brahe les atribuyó su condición de cuerpos estelares; cómo los aportes de Copérnico, Kepler y Newton sobre la movilidad de los astros acrecentó el interés por ellos y; finalmente, cómo Halley, pudo demostrar la manera en la que los cometas se rigen por las mismas reglas astronómicas que los planetas o satélites.

El problema es simple: las estrellas son los cuerpos más lejanos de la tierra, más que cualquier otro planeta, pero su belleza y cualidades han despertado una atención especial en nosotros. ¿Cómo llegar a ellas? Aquí está la respuesta de Asimov: haciendo escalas en cometas y planetoides cometarios que permitan a las naves proveerse de la energía necesaria para tan larguísimo viaje (Alpha Centauri, la constelación de estrellas más cercana a la Tierra está a 40.000.000.000.000 de kilómetros). Una alternativa sencilla, curiosa y algo extravagante, porque implicaría generaciones enteras viajando por el espacio.

Lo humano y la humanidad

Pero hay otra cosa que no se ha analizado hasta el momento: en ese panorama de cosas insólitas, de expediciones a las estrellas, de criaturas que reproducen canciones de jazz, o extraterrestres que incuban en su planeta huevos de pato, deben ubicarse, no sólo las reacciones del hombre, sino también lo que está implícito en ellas, esto es, lo que podríamos encerrar bajo la noción de lo humano, de lo que nos hace compartir con el resto de los hombres el carácter de humanidad, y que nos distingue de los demás seres de la naturaleza.

Estos relatos de Minotauro No. 7 serían suficientes para un análisis muy juicioso sobre este respecto, pero aquí sólo basta con hacer algunas precisiones. El cuento de Theodore Sturgeon Cosas de Niños narra una historia, además de bien escrita, muy profunda: los hombres han decidido elegir un sucesor para su civilización; por razones de uno u otro tenor han descartado al mono y al delfín, inclinándose, al final, por la nutria de mar. Pero, el legado de una civilización implica preparar ciertos rituales, uno de ellos, importantísimo, la transmisión de los conocimientos alcanzados. Así, se ha grabado en material de última tecnología las fórmulas de Einstein y otros físicos, y la más importante de todas, la de De Wald, que resume en una simple enunciación las anteriores.

Dentro de millones de años, cuando no se encuentre rastro del hombre sobre la Tierra, y las nutrias hayan alcanzado el nivel de inteligencia adecuado, descubrirán bajo la superficie esas tablas del conocimiento, y sabrán agradecer a sus antecesores el saber revelado. Pero, Sturgeon tiene preparada una ironía en su historia, porque cuando al fin adviene ese momento, las nutrias se acercan a las tablas y, viendo la primera –que dice e=mc²-, dicen: “bueno, a veces”, y, viendo la segunda –que es la fórmula de De Wald, la más emblemática de la civilización humana- dicen: “qué disparate”.

Esa crítica a la vanidad humana en el relato de Sturgeon se observa a través de la descripción de cómo se preocupa el hombre para que todo esté listo en su momento, y sean adorados por las nutrias, admirados como unos dioses ejemplo de conducta y sabiduría, la raza más noble que jamás haya existido. Nosotros ya no podríamos convencernos de semejante falacia, pero quizá sí una nutria dentro de unos millones de años, cuando no tenga un ejemplar de hombre para contrastar sus descubrimientos con la realidad:

“Lo más importante, sin embargo, lo verdadero, era ese sentido de misión y de dignidad que habíamos conservado a pesar del terror y de la muerte: una misión más importante y una dignidad más verdadera (aunque sólo en un grado o dos) que todas las que pudo haber conocido la raza. Teníamos orgullo, claro está, aunque orgullo es una palabrita inadecuada para expresar ese sentimiento. Humildemente, nos queríamos a nosotros mismos, y era esto lo que tratábamos de conservar con vida, sobre todas las cosas. Las nutrias hubiesen llegado a ser civilizadas, con o sin nosotros, probablemente, pero esta dignidad suprema era algo que sólo nosotros podíamos comunicarles. Sólo un hombre podía alcanzar esas alturas. La muerte nos dio este noble conocimiento. La vida –la vida de los Nuevos- nos dio esta misión” (Págs. 71-72)
Lo que se confiesa en la mayoría de los relatos de Minotauro No. 7 es una situación tensa de lo humano: ni demasiado optimista, porque eso sería desconocer todas las guerras, los desastres y los vicios, pero tampoco demasiado pesimista, porque en la invención, en las respuestas que por momentos da el hombre a situaciones insólitas y extremas, se encuentra un rastro de amor por sí mismo, de pertenencia y vitalidad. Si uno lee con detenimiento los relatos asiste, así, a testimonios de nuestra desgracia pero, por otra parte, a victorias de lo humano.

En la novela de Anderson, por ejemplo, hay una crítica feroz al futuro bélico que afronta la raza humana. El hecho de situar su historia en un retroceso espacial, es tanto como afirmar que lo que llamamos progreso, lo que es símbolo de nuestra civilización, es capaz de despertar y conducir nuestros instintos más salvajes y deshumanizados. Pero también, hay en No Habrá Tregua para los Reyes, una crítica a los conflictos por el poder, a la forma de impulsar demagógicamente al otro en contra de su semejante, olvidándose de los lazos personales y de especie que nos unen biológica y culturalmente.

Asimismo, en El Hombre que Era Amigo de los Electrones y Algo Más se hallan metáforas de la crudeza con que actuamos: en el primer relato, cuando el casero de Leverett, intuyendo la locura del anciano, prohíbe a su hijo visitarlo, y siente por él una lástima que le impide comprenderlo; y en Algo Más, cuando antes de hacer cualquier pregunta, los “rescatistas” del Dr. Williams disparan a la criatura con la que éste se ha sentido mejor relacionado que con cualquier otro humano, pensando que, a su lado, peligra la vida del doctor.

En contraparte, En el Cometa, la estrategia de George –la construcción de ábacos para calcular un sitio a salvo-, implica la restitución de las capacidades del hombre: su inteligencia, confianza y colaboración; en aquel relato no es una cosa distinta a la fineza humana la que permite superar la crisis en la que se ven inmersos. También en Los Patos de las Estrellas, la conducta de los campesinos ejemplifica el modo en el que los prejuicios frente al otro –así sea un extraterrestre- condiciona nuestra forma de verlo y de actuar; la cordialidad natural, en este caso, es lo que permite un intercambio que, aunque insólito, resulta fértil para ambas partes.

En conclusión, lo humano, se está definiendo continuamente en todos los relatos. Lo acertado y lo equivocado de las acciones concretan nuestra condición, pues el hombre –y sobre esto no tiene mayor injerencia la ciencia ficción- no puede escapar a su carácter existencial: un ser que elige continuamente.
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Minotauro No. 7 es una oportunidad para acercarse a ese inventario de lugares, historias y reflexiones que viene trazando desde 1949 The Magazine of Fantasy and Science Fiction. De ver alguno de estos tomos en una estantería no habrá que dudar un segundo en digerirlo.

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