AUTOR: Jordi Sierra i Fabra
TÍTULO: Manicomio
EDITORIAL: Círculo de Lectores, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1980
PÁGINAS: 277
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez

No hay manera de trazar una historia de la locura sin que ésta nos remita, por un lado, a las estructuras sociales que la posibilitan y, por otro, a los mecanismos de poder con los que se intenta controlarla. Tal es así que el mismo Michel Foucault reiteró –en varios de los textos que escribió sobre el tema- que la locura no puede entenderse cabalmente cuando su examen prescinde de una dialéctica entre la razón dominante y las conductas que devienen del no seguimiento de los valores, normas y criterios que esa razón establece.

En otras palabras, la locura –entendida como el estado del hombre que desconoce o vulnera la normatividad que instauran las instituciones sociales (familia, gobierno, iglesia) en un determinado momento de la historia con el objetivo de imponer una imagen de hombre que se adecue a su interpretación de lo moral, sexual, etcétera-, esa locura, existe en la medida en que se crea un perfil de lo normal, es decir, en tanto es artificial, porque más allá de los casos en los que se advierten desequilibrios hereditarios o psicopatologías, la locura es otro producto de la sociedad.

Por esta razón, preguntas como ¿qué significa estar loco?, o ¿quién determina la locura y bajo qué criterios?, a pesar de su trivialidad, mantienen todavía hoy un juicio perentorio de nosotros mismos; porque la locura nos conduce, casi irremediablemente, a cuestionarnos sobre las prácticas de vigilancia y castigo que a diario enfrentamos, al miedo que nos produce transgredir cualquier norma, o al vértigo de sabernos frágiles frente a una máquina social que puede desplegar sobre nosotros cualquier clase de correctivo, desde una celda de aislamiento, hasta el escarnio público o la muerte.

Casi podría afirmarse que somos normales, no por certidumbre o credulidad, sino ante todo, por terror, por el excesivo control que desde niños se hace a lo que hacemos, por continua propaganda, por el extirparmiento de nuestros deseos y nuestra libertad. Pero, aun cuando la locura no tenga esas características que tradicionalmente se le atribuyen –peligrosidad, delirio, inconciencia-, hace parte de la realidad objetiva, hecho que nos obliga a asumirla, al menos de una forma que permita su crítica y, principalmente, la recuperación en ella de lo humano.

Manicomio (1978), es un libro escrito en esta dirección, heterodoxa, puesto que desde su introducción sitúa su papel lejos del sensacionalismo de las revistas, o del interés de censura propio de la hegemonía. Lo suyo, más bien, es correr las cortinas de la España de posguerra, para revelarnos la forma en que tantos años de conflicto, represión y miedo dieron más “locos a España que veinte siglos de vida”. Hay un vínculo muy profundo, en cada uno de los doce relatos que contiene este volumen, entre la realidad social –moralista, prejuiciosa, demagógica- y las situaciones de inestabilidad mental que enfrentan los médicos en los sanatorios.

Jordi Sierra i Fabra tomó las historia de Manicomio de distintos expedientes psiquiátricos que le sorprendieron por ser fascinantes y brutales a un mismo tiempo: “fascinantes por el misterio que encierra la mente de cada ‘loco’, y brutal por lo cruda que es en la mayoría de los casos esa realidad a la cual somos, por lo general, ajenos”. El autor se encargó de reescribir esos dossieres literariamente, conservando las líneas fundamentales de los casos, y el resultado es un libro en el que prima la sorpresa de la historia, el desconcierto que producen algunos hechos, antes que la habilidad narrativa.

Al interior del manicomio –como escenario para el tratamiento de la locura- y de sus actores –los médicos y pacientes-, hay un mundo que, aunque es resultado de la sociedad a la que pertenecemos, escapa de nuestra comprensión. Se nos antoja extraño y descomunal, ya que pone en crisis la normalidad a la que tratamos de aferrarnos para no sufrir exclusiones. Así, aunque Sierra i Fabra no haga gala de una escritura original, sabe que la temática de los relatos atrae por sí misma, y esto hace sobresalir el contenido que, a mi modo de ver, puede organizarse en tres puntos claves: 1. la influencia social en la locura, 2. el papel de la psiquiatría, y 3. la relación entre locura y crimen.

La influencia social en la locura

Como se dijo más arriba, el contexto histórico de los relatos que hacen parte de Manicomio es la España de la Guerra Civil, el advenimiento del franquismo y la posguerra. Estos tres fenómenos organizan un escenario en el que es posible rastrear ciertas instituciones que a través de sus discursos y prácticas limitan las conductas de los ciudadanos. Tenemos así, de un lado, las instituciones de orden moral como la iglesia o la familia, cuya influencia es palpable esencialmente en los valores, los prejuicios y la fe y, por otra parte, las instituciones de orden legal como el gobierno, la cárcel e, incluso, el manicomio.

De este modo, los personajes de las historias deben enfrentar tanto un discurso implícito, que es el moral, y cuyo control se hace por medio de mecanismos religiosos o culturales, como un discurso explícito, que es el legal, y que obliga a través de la coerción y el castigo a quienes transgreden lo permitido. Sierra i Fabra reconoce estos dos vehículos de sometimiento, de ahí que afirme:

“La España de Manicomio es otra España que vive ahí al lado. Es una España en la que, hace tan sólo quince años, aún se castigaba a los enfermos con cadenas y grilletes, desnudos en invierno, confinados en celdas de ‘amansamiento’. Una España en la que no hace ni siete años, todavía en algunos centros se dormía sobre paja y se vivía sobre paja, entre la humedad de cada orinada y el hedor de los desecamientos que arrastraban la paja hacia la cloaca para dejar sitio a la paja nueva, a modo de ciclo. La España de Manicomio, hoy, es como una bofetada y una respuesta a un sinfín de represiones y condicionantes en los que se movió nuestra sociedad a lo largo de cuatro décadas” (Pág. 10)
Fijemos algunos casos: en El Autista se narra la vida de Manolo, un joven campesino, criado bajo una férrea disciplina familiar –su padre había luchado durante la guerra al lado de los nacionalistas- y religiosa –pues el cura del lugar atiza el miedo y llena de prejuicios a sus creyentes-. Manolo ha desarrollado una frustración sexual, ya que desea a su hermana María del Carmen, pero por razones sociales no puede poseerla; así, llevado por unos amigos a la ciudad para iniciarse con una prostituta, se bloqueará mentalmente en el preciso momento de acostarse con la mujer, entrando en un estado de inmunidad del que no saldrá jamás: una tensión infligida por tanto sermón y criminalización de la sexualidad.

Algo similar ocurre en El Castigo, donde conocemos la historia de Esteban, un muchacho que es internado en un sanatorio debido a que su padre, hombre rígido y religioso, considera que muchos de sus comportamientos no son normales: fuma marihuana, frecuenta círculos comunistas, escucha una música estrambótica. El estar recluido en un manicomio por culpa de los prejuicios de su padre, quien espera que se “recupere” pronto, y descubrir allí todo género de maltratos, manipulaciones y actos degenerativos, lo llenará de ese odio que explotará cuando asesine al oficial del sanatorio que el día anterior lo abusara sexualmente.

En estos dos relatos se percibe un mismo principio: la locura no es producto de una predisposición individual, de un daño mental concreto, sino de la influencia social que personificada en prejuicios, castigos, órdenes, manías y demás, ha coartado la personalidad de los individuos, provocando consecuencias poco previsibles. Los padres de Manolo y Esteban no hubiesen pensado nunca que sus continuos llamados de atención desembocarían, el uno en un hijo autista, y el otro en un asesino. Pero es que ni siquiera se trata de un discurso propio de los padres, sino de un lenguaje mucho más amplio y social, que los obliga a ellos mismos a asumir y defender principios como la moral, la sanidad o la apariencia.

Cada persona tiene en la sociedad, en un determinado momento, la “obligación” de exigir en nombre de lo que se considera correcto y normal, su cumplimiento y sanción. Y este hecho genera en nosotros culpabilidades, frustraciones, rencores, es decir, materiales potencialmente causantes de estados de locura. Se ha hablado tanto en el psicoanálisis de la manera como influyen los eventos de la niñez en el desarrollo de la personalidad que, en muchísimos de los casos, la locura no es una situación contingente, sino el resultado de una sobresaturación de discursos, una anulación de la voluntad propia. Léase de este modo algo como lo que sigue:

“Cada cuerpo ha de ser un templo, un santuario. El hombre debe cortar sus manos para evitar la tentación, y la mujer sentirse culpable por llevar sobre su piel el pecado. Pero igual que dios nos hizo así para probarnos y castigarnos al mismo tiempo, nos dio también la posibilidad de redimirnos, de luchar por la fe, de combatir el mal, de buscar la pureza y la santidad para evitar el fuego del averno, nos dio la inteligencia, la oración y su eterno mensaje de paz y bondad, porque sólo en ÉL lo hallaremos siempre TODO, y así sabremos que en la tierra el hombre ha venido a sufrir para gloria SUYA…” (Pág. 55)
Si un discurso religioso como éste se repite una y otra vez a un niño, incluso, a un adulto, es obvio que inconcientemente lo asumirá como verdadero y, luego, juzgará todos sus actos con relación a él, sintiéndose culpable por todo lo que vaya en contravía. Poco a poco, pero tal vez de modo irreversible, experimentará la manera cómo su ser y libertad nunca juegan de su parte, sino que son instrumentos para supervivir el discurso que los otros le han impuesto como indiscutible. En este sentido, la locura por influencia social sería una conducta de tensión entre lo pedido y lo que se quiere, pero quizá, también, una las pocas fórmulas de autenticidad humana, puesto que el menos loco siempre será el más alieneado.

Obviamente hay estados de inutilización mental mucho más explícitos. Por ejemplo en La Espía que no Volvió, se cuenta la historia de Elena, una espía española, casada con un alemán, descubierta en Inglaterra, y que fue condenada a anulación cerebral por no cooperar con los organismos del Estado. Ella, que después de los electro-shocks, vivió vegetativamente en un manicomio por veinticinco años, es una muestra de cómo la locura depende de prácticas políticas y sociales mucho más oscuras.

El papel de la psiquiatría

Históricamente, se dice que el manicomio ha desempeñado un rol de organización social; a él se ha atribuido la labor de cuidar y, en la medida de lo posible, regresar a la normalidad a sus pacientes. Una mirada más profunda, sin embargo –como la que intenta hacer Sierra i Fabra-, deja ver que, el sanatorio es otro de los centros de control y castigo con los que se cuenta para dominar al hombre; o sea, no organiza socialmente, sino que somete lo anormal, aislándolo. El manicomio es otro espacio para practicar la exclusión, y esto, aun cuando las interpretaciones tradicionales intenten mostrar lo contrario:

“Vivimos en tiempos de auténtica perversión. El mundo se debate en un caos de los sentidos absolutamente vergonzoso. Los jóvenes han perdido el respeto por sus mayores y por la pureza de sus cuerpos. Llevan el cabello largo, visten como salvajes, hacen música de locos, y especialmente se han olvidado de dios. El mundo les convierte en enfermos. Después, nos los traen aquí, justamente aquí. ¿Por qué? ¿Para qué? Yo se lo diré. Los traen para que les rehabilitemos y les convirtamos nuevamente en hombres y mujeres útiles, para que les reintegremos a la sociedad” (Págs. 173-174)
Pero un manicomio no puede fijarse un objetivo casi apostólico como el de la cita anterior por una razón, y es que actúa en nombre de la aniquilación de lo que no se considera normal, a pesar de que lo normal se haya establecido por personas distintas a nosotros mismos. Es decir, actúa como otra fuerza pública, que ya no castiga el comportamiento visible, sino el mental. En El Inocente o en El Castigo, se palpa precisamente el manicomio como un lugar perverso, lleno de intrigas y degeneraciones, no de los pacientes, sino de los médicos u oficiales que, protegidos por el aislamiento de estas instituciones y su difícil control, se creen invulnerables.

Ahora bien, esto no significa que la psiquiatría tenga un papel de sometimiento. El manicomio como institución sí lo tiene casi siempre, pero el psiquiatra puede ser un profesional conciente de la manera como la locura se relaciona con lo social, de la particularidad de cada paciente y, de esta manera, propender por el derrumbamiento del límite entre lo normal y lo anormal. En Algo Voló sobre el Miedo, un hombre común y corriente acude al psiquiatra para consultar su problema con las mujeres; mas, la misma situación lo lleva a una especie de shock, puesto que mentalmente se tensiona entre considerarse enfermo y no querer ser loco. El doctor comenta:

“Los españoles no están concienciados ni preparados para afrontar que muchos problemas, de todo tipo, sólo pueden ser curados con el tratamiento mental realizado por un experto, por un psiquiatra. Nuestra figura, para muchas personas, se asocia con la imagen del manicomio, y eso es falso. La sociedad actual tiene demasiadas presiones, tensiones, fuerzas y condicionantes, como para pensar alegremente que nuestras mentes no acusen el trabajo que se ven precisadas a soportar. Pero la sensación de impotencia es algo que aún no quiere ser aceptado por nadie. Todos creen poder vencer, y no es así. De esta forma, la sensación de impotencia crece y acaba por anular la voluntad… y es entonces cuando la mente se altera totalmente, porque la locura, en esencia, es simplemente eso: una anulación de la voluntad. Y es la misma sociedad que crea los traumas, la que se vuelca sobre esas personas que no aceptan la necesidad de un tratamiento (Págs. 227-228)
En una sociedad llena de problemas, como lo fue la española de la época, pero como lo es cualquiera de las contemporáneas, lo menos indicado debe ser considerar la psiquiatría como un apostolado, como la que se encarga de devolvernos la tranquilidad que cada tanto nos quita un loco a costa de sus actos. Por esto, en Manicomio hay una doble visión de la psiquiatría, una suerte de choque entre la tradicional forma de entenderla, y una emergente que sabe muy bien que trabaja dentro de la sociedad, pero que no olvida –tal vez por esa misma razón- que la principal culpa de un estado de locura no la tiene el paciente, sino la sociedad en su conjunto.

Dos ejemplos: mientras en El Inocente, el nuevo director de un manicomio se preocupa por instaurar el “orden” aniquilando cualquier acto sexual de los pacientes, aun cuando se trate de fugas o necesidades dentro de su propio tratamiento, en La Espía que no Volvió o Algo Voló sobre el Miedo, el psiquiatra desempeña un papel mediador, de intérprete de los problemas que ha causado cierta norma o prejuicio en la mente de una persona. En últimas: o bien, se contribuye a infligir al otro, incluso, como en El Castigo, a crear una enfermedad inexistente, o bien, se asume con una amplitud mayor el problema –no la enfermedad- de la locura.

De cualquier manera, hay una cosa clara, y es que el psiquiatra se las ve con un juego peligroso: estar cerca de algo siempre es estar más propenso a él. El Error, justamente, nos habla de Rafael, un médico que empieza a trabajar en un manicomio y, en su primer caso, comete una equivocación en la forma de abordar a su paciente, hecho que la llevará al suicidio. Otro tanto, sucede en Diario, donde sin darse cuenta, un joven sanitario, Eulogio, extendiendo tanto su mente para entender la complejidad de cada uno de sus pacientes, termina por perder la noción de lo real, creyendo todo posible y con sentido y, por lo mismo, víctima de un estado de delirio. La sentencia es clave:

“Un manicomio es un lugar lleno de gente y que sin embargo esta vacío. En él no pasa el tiempo, no hay tensión por nada, la vida se detiene, la gente tampoco espera nada. Todo está hecho cada día. La noción de la realidad desaparece, hay una paz inconcreta que de vez en cuando se rompe por el ataque de algún enfermo, pero eso es todo (…) Una persona loca puede llegar a curarse, mientras que una sana acaba loca sin remisión. La primera se transforma. La segunda se da cuenta de lo que le rodea, que es justamente lo que no siente la primera. Y es porque no se puede jugar con la mente humana. Nadie puede jugar sin perder” (Pág. 154)
La relación locura-crimen

Varios de los relatos que reconstruye Sierra i Fabra esbozan una relación entre locura y crimen. Es básico entender que no siempre locura significa crimen, ni viceversa, aunque historicamente se hayan querido ver como fenómenos imbricados. Pero, además, y esto es un punto central, debe aclararse que existen determinados niveles de desequilibrio mental, que pueden ir desde la conciencia hasta la inconciencia absoluta, motivo por el cual juzgar a una persona “loca” como criminal dependerá siempre de su grado de perturbación.

Primero, en El Asesino, un hombre, impulsado por el deseo carnal, asesina a su compañera de trabajo, tiene relaciones necrofílicas con ella y, finalmente, la descuartiza. Es claro que estamos frente a un acto criminal, para el cual existe un determinado castigo. Pero he aquí que el análisis de la conducta y la mente de Ignacio, que así se llama el hombre, deja ver que él no comprende que sus deseos deben respetar ciertos límites, esto es, obedece exclusivamente los impulsos de su pasión, sin percatarse de los estragos que estos pueden causar en la realidad.

Segundo, en Un Caso de Antipsiquiatría, un grupo de chicas, estudiantes de medicina, deciden investigar qué tipo de reacciones tendrían unos pacientes recluidos por trastornos sexuales si ellas se presentaran desnudas y dispuestas a tener relaciones con ellos. En efecto, lo hacen, pero todas resultan violadas, golpeadas y en estado de shock. Obviamente, también podrían juzgarse en esta situación hechos criminales, pero la investigación revela que los pacientes tienen conductas instintivas y peligrosas en el orden sexual, y de ser condenados, no tendrían la menor idea de lo que sucede a su alrededor.

Tercero, en La Libertad, una mujer, que ha vivido toda su vida con comodidad, viajando y disfrutando sin restricciones del placer y el sexo, decide casarse porque se siente enamorada; al poco tiempo nacen sus dos hijos, y es feliz por una temporada hasta que descubre que su amor ha decrecido y de que es necesario recuperar la vitalidad de su juventud. Sin embargo, ahora se siente atrapada entre un amor y un odio alternativo por sus hijos, ya que sin duda los ama, pero también son un obstáculo para recuperar el placer de antaño. Presa de una extraña perturbación psicológica, decidirá envenenar a sus hijos y escapar de España.

Los tres casos anteriores muestran cómo locura y crimen pueden verse vinculados, pero también lo difícil que resulta el juicio sobre ellos. Podría, por un lado, pensarse que todos los “locos” de estos casos son criminales sin importar su grado de desequilibrio mental y que, por lo mismo, han de juzgarse como se hace normalmente, aunque no entiendan un pito de lo que se les dice, o, por el otro, que todo crimen implica una deficiencia mental que debe ser estudiada, y de cuyo veredicto se establece la mejor fórmula para reprender el acto cometido.

Existen dos agravantes: la inconciencia del “loco” frente a su acto, como sucede en El Asesino, o la justificación que puede atribuírsele a lo hecho, que para él es legítimo, aunque no así para el resto de la sociedad, como ocurre en La Libertad. Por esto, nociones como culpa, condena o castigo, en los casos en donde se prueba el desequilibrio del individuo son relativas, deben manejarse con rigurosidad y cuidado, para evitar juzgar a alguien que no entiende, o dejar sin juzgar a alguien que pasa por loco para escabullirse de su responsabilidad.

Quizá, lo más acertado sea reconocer, como lo hace el fundamento de la antipsiquiatría, que todos nosotros somos locos en alguna medida y bajo ciertas circunstancias. Podemos ser concientes de ello o no, pero estar demasiado dentro de lo correcto, lo normal, es imposible, y sólo produciría una frustración y una locura mucho mayores que las que se encuentran en las evasiones a las que podemos apelar en sano juicio:

“La antipsiquiatría parte de un hecho concreto y específico: que todos estamos locos, y que por tanto, cada cual ha de obrar en consecuencia y según su instinto. No hay cuerdos ni dementes, sino una escala oscilatoria que va de extremo a extremo, pero no en sentido lineal, sino en sentido rotativo, es decir, que los extremos no se pierden en el infinito, sino que se encuentran al final. La antipsiquiatría como tesis defendida por bastantes médicos y psiquiatras, pretende la igualdad en un mismo plano de cada hombre, el enfrentamiento de éste con sus reacciones y con su responsabilidad, es decir: dejar que cada cual sea libre, sin reprimirse y sin que nadie actúe como ente represivo para forzarle a modificar su conducta sea del tipo que sea” (Pág. 73)
La lógica que, según plantean las instituciones sociales, debe seguirse, es una arbitrariedad para ese terreno inexplorado y fértil que es la mente humana. De no castigarse, la locura en muchos casos, antes que peligro, desentrañaría vitalidad e imaginación, sería un vehículo de escape, un matizador de lo real, se convertiría en el símbolo inequívoco de la libertad humana, porque destruiría barreras sociales y culturales, fortaleciendo un espacio en el que cada hombre es igual al otro. Bajo la condición de la locura –que ya no sería señalada como tal- todos podríamos revelar lo que somos.
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Manicomio es un libro que contribuye a desmitificar la cualidad del "loco" y, por extensión, la aprensión hacia sus conductas. Sierra i Fabra, nos deja doce historias capaces de remover nuestra comodidad y llamarnos a mirar por encima de nosotros mismos la verdadera locura que es tratar de mantenernos cuerdos.

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