AUTOR: Jaime Bayly
TÍTULO: La Noche es Virgen
EDITORIAL: Anagrama, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1997
PÁGINAS: 189
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez

Ubicar el lugar que corresponde a un autor como Jaime Bayly (1965-) dentro de la panorámica literaria latinoamericana es una tarea que debe realizarse con una objetividad que parece difícil. Sucede esto con buena parte de los escritores que, además de la literatura, han hecho carrera en la televisión, convirtiéndose en figuras controversiales; porque así, es decir, conociendo de ellos toda clase de polémicas, incrédulos ante la posibilidad de que tengan una condición distinta a la de “estrellas” mediáticas, pocas veces sus lectores logramos desprendernos de los prejuicios para asumir su trabajo literario en sí mismo.

Yo –que cada que puedo veo su programa y reconozco que, a pesar de no compartir sus ideas políticas, me divierto con él-, encuentro que la cuestión de la objetividad crítica es todavía más difícil en el caso de Bayly por una razón muy simple, y es que el lenguaje suspicaz e irreverente del que hace gala en sus entrevistas televisivas, su ironía y sexualidad, son elementos constituyentes también de su narrativa. En otras palabras, que el Bayly escritor no consigue escapar del presentador y, en este sentido, el juicio que sobre su obra literaria pueda emitirse se parece mucho a lo que Sartre denominó totalidad sincrética.

Obviamente, escribir y presentar son cosas diferentes, y a la larga cada una se forja su propio horizonte, procurando a su hacedor, a veces, incluso, frutos encontrados; pero también es cierto que detrás de esos roles habita una única presencia que es la de Jaime Bayly, quien imprime a cada cual su fuerza y carácter. Así, no pudiendo ser la escritura una realidad independiente de su autor, se concluye que exigir, de parte del lector, objetividad, resulta una cuestión compleja y pocas veces exitosa. Los menos dispuestos a intentarlo, han descalificado de entrada la novelística de Bayly y, los otros, tal vez con un entusiasmo exagerado, la han encumbrado de forma apresurada.

Mi opinión es la siguiente: Bayly no es un escritor de “inflación literaria”, esto es, de aquellos que se dedican a redundar en los mismos elementos artísticos que han hecho triunfar a otros, o que son particularmente atrayentes para el público; pero, por otro parte, tampoco es un escritor original, porque si uno se fija en su forma narrativa –frases cortas, puntuación arbitraria, visceralidad, etcétera- se sabría citar una buena cantidad de referentes. Su aporte vendría a situarse, más bien, en la conjunción de dos elementos principales: 1. un conocimiento amplio de las jergas y modismos del habla coloquial peruana y, 2. el tratamiento abierto de ciertos temas que todavía son tabúes en sociedades de Latinoamérica como el homosexualismo o la drogadicción.

En La Noche es Virgen (1997), concretamente, estos dos elementos organizan toda la estructura narrativa: se trata de la historia de un presentador peruano, bisexual, desencantado de su trabajo y su ciudad, que intenta sobrellevar la vida a través de la droga, el sexo y el consumismo. Sin ningún compromiso lingüístico distinto a la fidelidad de lo real, Gabriel Barrios nos cuenta su historia de ese modo hablado, espontáneo, que tanto recuerda algunos libros de Cela y, por supuesto, dado su carácter herético y “vulgar”, al maestro Charles Bukowski.

En ocasiones puede parecer que la novela anda en sobremarcha, que exagera algunos tópicos como, por ejemplo, las conductas homosexuales del protagonista, hecho que resta naturalidad al relato. Asimismo, podría sugerirse cierta superficialidad en la narración que desemboca en un final de poco impacto. Sin embargo, a mi modo de ver, la novela no defrauda ni por la aparente simpleza de su argumento, ni por los excesos de algún fragmento: se logra mantener irónica, cáustica y plena de humor hasta la última página, de modo que bien vale la pena darle la oportunidad.

A continuación, quisiera intentar un pequeño análisis sobre la forma como es vista la sexualidad en la novela, especialmente en lo que se refiere al homosexualismo y, por otro lado, reconstruir el retrato de esa Lima fría y cotidiana que sirve de escenario para la novela.

La historia de La Noche es Virgen

Gabriel Barrios es una estrella de la televisión, famoso gracias a su programa de entrevistas. Sin embargo, no es un hombre feliz por varias razones: primero, porque no ha reconocido públicamente su homosexualidad, y esto a pesar de que muchísimas personas ya intuyen que dentro de él habita una “loca brava”; segundo, porque Lima con tanto brownie, moda de imitación y gente que lo señala, le fastidia y; tercero, porque no tiene a su lado una pareja estable, sino simples relaciones ocasionales.

Así pues, la vida de Gabriel transcurre en medio del inconformismo y la búsqueda de placer. Sólo un par de cosas despiertan su ánimo: el sexo y las drogas. En efecto, Gabriel fuma marihuana desde hace mucho tiempo y también consume coca, aunque no con la misma frecuencia; es su fórmula para olvidarse de la rutina del trabajo, y profundizar el goce de sus relaciones con hombres o mujeres –ya que, si bien es homosexual, no desaprovecha la oportunidad, cada que la tiene, para disfrutar de un buen momento al lado de una chica “potoncita” y caliente-.

Un jueves cualquiera, después del programa, Gabriel va junto a su amigo Jimmy al Cielo, el bar en donde se dan cita los pitucos de Lima, y a donde él suele ir también cada que tiene tiempo. Esa noche toca la banda de Mariano, un joven roquero que lo atrae por su aspecto de “flaco/fumón/farandulero” y, como le suele suceder en estos casos, máxime cuando hay correspondencia, Gabriel empieza a imaginarse en la cama con Mariano, experimentando toda clase de fugas carnales y lascivas.

Nuestro personaje quedará prendado de Mariano: irá a su casa al día siguiente y conocerá a su madre y hermana, quienes se mostrarán sorprendidas de que alguien tan famoso las visite; pero mientras Nathalie –la hermana- intima rápidamente con Gabriel, puesto que es una “chiquilla chupapinga y fumonaza”, la madre de Mariano revela su inconformismo percatándose de que el presentador es igual de coquero que su hijo.

De este modo, los encuentros de la pareja serán siempre fortuitos; unas veces en la calle o en un bar, otras en el departamento que recién ha comprado Gabriel con los dolaruchos del programa. El sexo se convierte en su principal vínculo, su punto de contacto. Sostendrán una relación complicada porque Mariano es un adicto tremendo a la cocaína y vive muy metido en los asuntos de su banda, mientras que Gabriel desea encontrar algo de estabilidad para olvidarse del hastío que le produce la gente y la vida en su ciudad.

Habrá tiempo para todo: para hablar de la rigidez en el hogar de Gabrielito; de tronchos, líneas blancas y ojos inflamados; de sueños eróticos con jóvenes musculosos; del bar Haití o la calle de las pizzas, en donde todo transcurre con su cotidiano hastío y; en fin, de lo que significa fingir frente a una cámara de televisión que se es normal, cuando lo único que en realidad uno desea es salir corriendo para encontrarse con alguien con quien pasar la noche, en una cama bien calientita, y pujar, suspirar y demorarse.

Mientras espera una nueva cita con Mariano, Gabriel nos va llevando por una Lima drogadicta, aburrida y sexual. Se detendrá un momento para manifestar su odio a los negros y los cholos, a la gente que compra su ropa en las “putiques” de Larco y no en Miami, como él; para criticar a todos esos que murmuran a su paso: “¡ahí va ese putazo de mierda”, sin poder darles la razón, aun cuando él mismo se siente una “superjulieta”, “un gay bien rosquete”.

En fin, esperando a que Gabriel se reencuentre con Mariano se nos pasa la novela, pero no las sorpresas, porque saldremos a comprar un poco de polvazo en el viejo volvo familiar; pagaremos al novio de Nathalie para que se la “coma” delante nuestro; tomaremos más coca-colita y seguiremos deseando viajar pronto a Miami. Pero cuando, después de todo, reaparezca Mariano, no lo hará solo, sino con su novia, y entonces veremos a Gabriel destrozado, porque la chica “le va quitar al hombre que da sentido a su vida”. Un taxi al malecón, mientras se piensa “no puedo seguir siendo gay y coquero en Lima, me estoy matando”... y, en últimas, esperar a ver qué pasa.

Una visión de la homosexualidad

El homosexualismo ha sido el fundamento de buena parte de la narrativa de Jaime Bayly. El tema aparece, entre otras, en No Se lo Digas a Nadie (1994), o La Mujer de mi Hermano (2002) bajo una forma que permite ser interpretada como la reflexión que hace el autor sobre su propia condición homosexual. Sin embargo, frente a esas dos novelas citadas –cada una de las cuales tiene su versión cinematográfica-, La Noche es Virgen parece quedarse un poco rezagada en su profundidad, es decir, en la rigurosidad con que plantea el problema.

Algunas críticas han hecho notar cómo el argumento de la novela resulta superficial: el presentador que conoce a un músico con el que mantiene una relación nada estable, hecho que, finalmente, los aboca a la separación. A estas críticas que apuntan al hecho concreto del argumento habría de restárseles importancia, toda vez que una trama complicada o extenuante no es siempre garantía de una buena historia; antes bien, podrían encontrarse ejemplos de grandes novelas cuyo argumento sólo cumple la función de base para sus planteamientos.

Quiero decir que La Noche es Virgen está un paso atrás de aquellas otras dos novelas, no por la aparente superficialidad del argumento, sino sobretodo por el tratamiento que hace aquí Bayly del homosexualismo. Mientras que en una historia como la de La Mujer de mi Hermano, el autor se preocupa por establecer un conjunto de discusiones acerca del valor del matrimonio, de las frustraciones de los homosexuales, de las agresiones que acompañan los desencuentros pasionales, etcétera, en La Noche es Virgen lo que más puede rastrearse es una exageración muchas veces vacía de la conducta homosexual.

Es como si Jaime Bayly hubiese buscando escandalizar, y, obviamente, no se da cuenta de que el excesivo decorado que hace del homosexual termina por desdibujarlo e, incluso, en algunos fragmentos, por ridiculizarlo. Su lenguaje, por ejemplo, algunas expresiones que tienen que ver con la feminidad del homosexual parecen surgir de un interés sensacionalista, muy cercano al cliché que se tiene del comportamiento de un travesti o un gay extrovertido. Y esto, a mi parecer, es el tono general de la novela: a veces sale bien, eso es cierto, pero, en otras ocasiones, se convierte en una especie de juego que supedita el ser a la forma del homosexual.

Por citar un caso, el siguiente fragmento está escrito con un lenguaje irreverente pero, al mismo tiempo, se mantiene dentro de un tono que no apela a la exageración:

“y empujo mi bicla y me saco mis armani para no pasar por pituquín y toco el timbre de mariano, a quien recién he conocido y ya me muero de ganas de conocer más a fondo, ustedes me entienden, amables lectores, ustedes que, al igual que yo, saben lo que es tocar una pinga bien al palo y hacerle caramelo con la boquita. (y no es que le quiera hacer propaganda a la mariconada, pero es una verdad que ya sabían los antiguos griegos cuando se metían todos calatos al jacuzzi: que es rico hacer mañoserías con una hembrita joven y deseosa de carnosidades, pero es mucho más rico entregarse al cuerpo joven, durito, musculoso, de un chiquillo atlético y de espíritu liviano, ay qué rico, se me hace agüita la boca, cómo te envidio, sócrates, desgraciado, bien hecho que te hayas chupado todita la cicuta, mamón)” (Pág. 45)
Por el contrario, estos dos fragmentos –y como estos muchos otros en la novela- tienden a acercarse demasiado a la imagen “popular” del homosexual, es decir, a la que se ha construido con base en un interés peyorativo y excluyente:

“chequeo por la ventana y veo a mi mariano mirando para arriba así todo nerviosón y desesperado y pienso mariano de mis amores, mi romeo, ahorita me siento julieta aquí en el piso doce y tú mirándome desde el malecón infecto lleno de ratas, ay qué emoción, no cualquier día la hacen sentirse a una como Julieta” (Pág. 125)

“al ratito regresa el mozo con mi pionono deli y yo sufriendo porque odio estar así sola, sentadita y famosa mientras de las otras mesas me miran y cuchichean a mis espaldas y yo sé que están rajando de mí, diplomáticos desgraciados, locas de closet, yo sé que están diciendo este chico qué barbaridad para haberse rebajado a hacer un programa tan chabacano cuando se ve que ha tenido buena educación. rajen no más, mamones, no me importa. algún día les voy a demostrar que, a diferencia de ustedes, soy un gay con los cojones bien puestos, algún día voy a asumir sin complejos mi homosexualidad y me van a mirar con respeto. señores miembros de la academia diplomática que tanto saben de geopolítica y tan poco de cómo levantarse a un churro que te haga feliz en la noche cuando tu cama está fría y nadie te consuela, corazón” (Págs. 151-152)
Como puede notarse, Bayly privilegia la imagen exterior, palpable, tangible del homosexual, dejando de lado los problemas que pudiéramos llamar existenciales de su condición, y la consecuencia es básica: su tratamiento del homosexualismo es, ante todo, emocional. Si un lector cree que puede hallar en La Noche es Virgen material riguroso para el análisis del tema se equivoca, puesto que encontrará el retrato de unas situaciones que vive Gabriel Barrios, y frente a las cuales deja ver sólo su lenguaje, su teatricidad.

De a momentos se revelan algunas cuestiones importantes como el no poder reconocer la homosexualidad, o el bisexualismo como expresión de un placer irrestricto, pero estos elementos se van muy de prisa, y quien lee queda con la sensación de que poco o nada se dijo al respecto. En cambio, las reacciones frente a una llamada de Mariano, un chico guapo que pasa por la calle, o el barman del Cielo, esto es, todas las figuras inmediatas, más próximas al protagonista sí tienen un efecto del que se habla en la historia, sólo que con el interés de mostrarlo a nivel temático y de lenguaje, como algo emocional.

“Lima es una ciudad muerta”

Ese coro de una de las canciones emblemáticas del punk peruano resume bastante bien la opinión que puede extraerse de la novela sobre Lima. En La Noche es Virgen el espacio social desempeña un papel de importancia para el desarrollo de los acontecimientos: está claro que no estamos frente a una ciudad avanzada, una sociedad cultural que haya superado los prejuicios; al contrario, se trata de “una ciudad perdida y sin futuro” pero que, a pesar de esto, la mayoría de sus ciudadanos quieren decididamente por la simple razón de que ella es su hogar.

Ahora bien, a lo largo de la historia opera una tensión en Gabriel que lo obliga a considerar las posibilidades de los espacios en que habita. Él ha vivido, merced a su posición acomodada, en un continuo ir y venir entre Lima y Miami: aquí, en la capital peruana, ha crecido, tiene su familia y trabajo, allí, en Florida, halla todos los gustos que no podría encontrar en su país, como ropa de buena calidad, sitios en donde puede convertirse en otro transeunte, o gente de fisonomía distinta a la que tanto le choca.

Cada traspié que experimenta en Lima, los fracasos que pueda vivir, o la misma rutina de su trabajo, son vistos por Gabriel como un llamado a viajar definitivamente a Miami, y tal vez asentarse allí para dedicar su vida a lo que en verdad le gusta que es escribir. Por uno u otro motivo, sólo hasta el final de su relación con Mariano podrá encontrar la fuerza para marchar, pero en el ínterin, habrá de indisponerse constantemente contra su ciudad, sus costumbres y sus habitantes.

Y es que el espacio en La Noche es Virgen mantiene siempre una relación muy estrecha con la gente que lo habita, de manera que en muchas ocasiones es posible percatarse de la indisposición del protagonista frente a Lima no por referencias directas al lugar, sino a sus ciudadanos. Este juego, inclusive, tiene páginas francamente intolerantes; en ellas deja ver Barrios –y tal vez el mismo Bayly que se ha burlado muy frecuentemente de los serranos y los cholos de su país- un sentimiento de irrespeto:

“chequeo a los dos patitas que están con el loco mariano. uno es un huanaco jodido, un indiazo con cara de plátano machacado que debe de ser la reencarnación del inca pachacutec carijo, qué tal cara de indio puneño pezuñento: qué chucha haces tú allí sentado con mi carnal mariano, oye, indígena, nativo, bello exponente del folklore nacional (y para qué, perdonen la interrupción, qué feos somos los peruanos, carajo, qué pueblo para feo es el pueblo peruano de mis amores). así que mi primera impresión es de perplejidad y asombro y ganas de buitrear, porque yo no salgo a la calle con feos, pues, corazón; los más feos de la tribu sólo entran a mi casa en las páginas del nacional geographic” (Págs. 117-118)
Pero, aun sobre la idea de que es una opinión del personaje se puede plantear la pregunta por la opinión real de Jaime Bayly. Es que sucede que yo lo he visto tantas veces en sus entrevistas actuando de forma sarcástica con sus compatriotas, riéndose de ellos y sintiéndose más por alguna confusa razón que –me olvido nuevamente de la objetividad- ésto escapa ya de la obra en sí misma. Y, además, no es un página, sino varias a lo largo del libro: quiénes compran en cierta calle, quiénes utilizan las nike imitación, quién debe esperar siempre las promociones, quién es el que escribe tanto absurdo en la teleguía: todo será un motivo para los señalamientos.

Así, un análisis rápido de este fragmento sugeriría al menos unas preguntas centrales: ¿el peruano es feo respecto a quién? ¿quién legitima que la belleza es privilegio de tal o cual grupo social? ¿por qué el artilugio de hablar en el plural de la primera persona para luego tomar distancia de mi coterráneo? En fin, sea Gabriel o no un alter ego de Jaime Bayly, La Noche es Virgen muestra un lenguaje desafiante y una actitud de hastío frente a algunos rasgos idiosincrásicos del Perú; rasgos que no sólo se refieren a tipos de personas, sino a lugares, siempre vistos con un lente que los oscurece empobreciéndolos, y también a los hábitos, que comparados con un otro fantasmal, siempre se ven eclipsados.

En conclusión: sobre el homosexualismo se extiende en la novela una mirada que recorre ciertos lugares comunes sobre el tema, y esto a pesar de que la obra la escribe un intelectual, que además es homosexual, y por lo mismo podría dotarla de una reflexión mucho más profunda. Y, de otra parte, la imagen de la sociedad limeña se muestra bastante pesimista y, según se ve, muy cargada de recelo, de desencanto por no parecerse a las grandes maquinarias sociales de Occidente.
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La Noche es Virgen es una novela de destreza narrativa, tocada de algunos excesos en la imagen que construye del homosexual y la sociedad, pero que por su agilidad y naturaleza constituye un espacio interesante dentro de las letras peruanas contemporáneas.

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