AUTOR: Jean-Paul Sartre
TÍTULO: Reflexiones sobre la Cuestión Judía
EDITORIAL: Sudamericana, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1988
PÁGINAS: 140
TRADUCCIÓN: José Bianco
RANK: 9/10



Por Alejandro Jiménez

Aunque ya son varias décadas las que nos separan de la Segunda Guerra Mundial, y la propaganda antisemita ha decrecido considerablemente, estamos todavía lejos de superar el prejuicio contra los judíos: países que carecen de políticas de asimilación, falta de conciencia socio-cultural, y la supervivencia de discursos intolerantes, son algunos de los factores que mantienen al pueblo semita enfrentado al problema de su identidad. En otras palabras, a pesar de que no ha existido desde Hitler un movimiento global de aniquilación en contra de los judíos, el mundo ha asistido a la diversificación de su problemática en perspectivas tales como la demográfica, la jurídica, la moral, etcétera.

En este momento
, trazar un inventario de los libros escritos a propósito del tema supondría un largo empeño, pero hay una cosa clara, y es que Reflexiones sobre la Cuestión Judía –texto escrito por Jean-Paul Sartre en 1946-, ocupa allí un lugar preponderante, no sólo por mantenerse vigente dentro de ese panorama cada vez más amplio de autores, títulos y obras, sino, ante todo, porque el enfoque que propone es original por donde se lo mire: en él mezcló Sartre el existencialismo de sus ensayos fenomenológicos con el marxismo propio de su teoría política; una interpretación que tiene tres referencias básicas, a saber: el antisemitismo, la condición judía, y las políticas de superación.

Sartre, quien durante su estadía de 1933 en Berlín, conociera la manera en que tomaban forma las prácticas antisemitas del Partido Nazi, escribió este documento buscando dos objetivos: en primer lugar, definir el antisemitismo como fenómeno que implica la negación de una especificidad étnica, es decir, la legitimación de un discurso imperialista y, en segundo término, fomentar la politización de los judíos, en el sentido de que puedan revelarse a ellos mismos las condiciones históricas bajo las que debe operar su lucha de liberación. “El antisemitismo no es un problema judío –dice el filósofo francés-: es nuestro problema, puesto que somos culpables y nosotros también corremos el peligro de ser las víctimas”.

Así, Reflexiones sobre la Cuestión Judía es un libro que se aparta radicalmente de la descripción que caracteriza muchas obras de su clase; por el contrario, lo que predomina aquí es un análisis de la situación, esto es, el examen de la estructura que ha creado y mantiene la discriminación y violencia del antisemita contra el judío. Lo innovador de la mirada sartriana deviene de su tesis principal: “contrariamente a una opinión difundida, el carácter judío no provoca el antisemitismo sino que, a la inversa, es el antisemita quien crea al judío. El fenómeno primero es el antisemitismo, estructura social regresiva y concepción del mundo prelógica”.

El texto se encuentra dividido en cuatro partes: en la primera se realiza un estudio sobre la condición del antisemita (en qué se basa su posición, qué representaciones tiene sobre el judío, y cuáles consecuencias se desprenden de las acciones que efectúa); en la segunda y cuarta partes, Sartre observa las fórmulas para la superación del antisemitismo, considerando desafortunadas todas aquellas que desean rescatar el hombre del judío, y no a la inversa, como sucede con la doctrina del liberalismo. Finalmente, en la tercera parte, se examinan algunos de los rasgos que históricamente se atribuyen al judío (la raza, la religión, su carácter, el dinero, y demás), la mayoría de ellos producto de la superstería antisemita.

A través de un lenguaje que nunca abandona la complejidad de lo que trata, el autor nos revela en cada página un aspecto nuevo; esa “inteligencia inquisidora” que caracteriza a sus obras, alcanza aquí una lucidez sin antecedentes: franco, irónico y crítico, Jean-Paul Sartre va y viene de la situación a la totalidad, del individuo al grupo, del problema a la consecuencia, y cada palabra suya puede considerarse una auténtica sentencia de la sociedad. A continuación, se reorganiza el contenido del texto a través de las tres dimensiones que se mencionaron antes: el antisemita, el judío, y las vías de superación.

El antisemita

“Si un hombre atribuye total o parcialmente las desgracias de su país y sus propias desgracias a la presencia de elementos judíos en la comunidad en que vive, si se propone remediar ese estado de cosas privando a los judíos de algunos de sus derechos o apartándolos de algunas funciones económicas y sociales o expulsándolos del territorio o exterminándolos a todos, se dice que tiene opiniones antisemitas” (Pág. 9)
El antisemitismo, así definido, revela su característica más particular que, según Sartre, es la imputación de un conjunto de problemas sociales y culturales a la existencia de los judíos. Para argumentar esta opinión –que supone de principio la cosificación de los judíos-, el antisemita apela a argumentos que poco tienen que ver con la razón, y que más bien revelan una concepción prelógica y mítica del universo. En efecto, cuando se pide a un antisemita que sustente su ideología, éste recurre a dos caminos principales: la historia o el dato social, pero en ambos casos, sobre el hecho concreto que pudiese servir de respaldo a su pensamiento, prevalece una representación pasional del judío.

Por ejemplo, una mujer dice: “he tenido disputas insoportables con los peleteros; me han robado; han quemado la piel que les confié; pues bien: todos eran judíos”. Esta antisemita considera que el juicio que emite es un argumento para su odio, pero, ¿qué la ha llevado a decidir odiar a los judíos y no a los peleteros? ¿A los judíos como grupo, y no a ese judío en particular que pudo engañarla? La respuesta es la siguiente: hay una predisposición tradicional para juzgar a los judíos. Bajo esta dinámica, todos los argumentos histórico-sociales que puedan aportar los antisemitas, recaen en una interpretación no objetiva del judío, hablan desde ese prejuicio que en cada época ha determinado el desprecio por la “judería” y que en ellos se actualiza constantemente.

Esta cualidad del antisemitismo lleva a Sartre a afirmar que el fenómeno se aparta sustancialmente de ser un pensamiento, para corresponderse mejor con una pasión: parece tener fundamentos racionales, pero lo que en realidad esconde es una proyección del espíritu. Es más, hasta tal punto se trata de una cuestión de orden pasional, que lleva al antisemita a adelantarse a los hechos mismos que podrían hacerle desistir de su posición, para alimentarse de ellos interpretándolos a su manera: “ha escogido vivir en el tono apasionado”. El judío, para el antisemita, no tiene una existencia distinta a la que él le atribuye, es su creación, su chivo expiatorio.

Pero para que esta interpretación de los judíos pueda funcionar se necesita unificar dos elementos: por un lado, la idea de una organización mítica del mundo y, por otro, la justificación para su odio por medio de una visión maniqueista. Según el antisemita –y ésta fue una de las líneas centrales del ideario nazi-, hay una relación especial que lo vincula a su cultura, la cual es erigirse como heredero de su conocimiento, su fuerza y, en general, de sus valores; sobre él actúa un orgullo que proviene del ser hijo de franceses, o alemanes, de haber adquirido una “propiedad” que no podría comprar ningún judío. Mientras éste último no dejará nunca de ser un foráneo, el antisemita goza de los beneficios que le provee su “raza”, su nacionalidad.

En consecuencia, se establece un esquema que distingue perfectamente a los antisemitas de los judíos con base en sus cualidades axiológicas. Todo lo que pertenezca a la herencia cultural del país, será considerado como positivo, y todo lo que provenga de los judíos, impregnado mágicamente de su “naturaleza”, será lo contrario. Imposibilitado de dar explicaciones racionales para su odio, el antisemita recurre a la creencia de que hubo un estado inicial (mítico) de pureza y benevolencia, que fue interrumpido merced a la llegada de agentes externos. En consecuencia, se propone restituir ese orden primordial, excluyendo o exterminando el acceso que tienen los judíos a su cultura.

No hay para el antisemita fórmulas de reconciliación: el judío no puede renunciar a su condición, a la condición que él mismo le ha impuesto: todo lo que hace o dice tiene su impronta, y en tanto que esto se distancia del interés homogenizador y restituyente, debe evitarse. Por tal motivo, el antisemita es un experto de la impermeabilidad: agazapado en su pasión, en la convicción de verse como héroe, incluso, de sentirse víctima de los judíos, no se inmuta ante la violencia que pueda desatar; todo acto de discriminación, ya sea que de él resulte la muerte o el exilio, está justificado, puesto que el judío es un intruso que atenta contra su seguridad: “cuanto más (se) entrega a combatir el mal, menos tentado (está) de poner el bien en tela de juicio”.

Así las cosas, piensa Sartre, resulta divertido ser antisemita. El judío, aunque francés o alemán, sigue siendo ciudadano de segundo orden y, por ende, fácil víctima de sus acciones. El fundamentalismo que subyace a su pasión lo ciega a las razones que podrían enseñarle que el judío también trabaja por su país, y en todos los aspectos resulta ser como los otros. No es porque sus razones sean fuertes por lo que el antisemita permanece imperturbable, es porque cree que es el único con el derecho a juzgar. Haciéndose pasar por blanco de los ataques judíos, justifica su orgullo y su lucha, señalando una distancia insalvable, dado que, sin importar el poder económico que puedan llegar a tener los judíos, hay valores que son prerrogativa suya, y que debe defender.

Sin embargo –y esta fue otra de las tantas mentiras del nazismo-, el antisemitismo no implica una lucha política; Sartre lo define como una corriente de pasiones que arrastra a los más incautos y que, obviamente, no quiere transformar el estado de las cosas, sino restituir un orden anterior. Además, en ninguna parte del antisemitismo, puede encontrarse una referencia a la lucha de clases, noción necesaria a toda transformación, y ello porque el antisemita encuentra una unidad, primero, de él con su país y, luego, del judío con sus actos, espacios que encasillan a cada cual en posibilidades perfectamente predecibles.

De este modo, dotando de principios metafísicos a parte y parte, el antisemita deduce que el judío tiene una inclinación natural a la maldad (a la codicia, a la envidia, a la introspección) y sobre éste descarga su fuerza que, en ocasiones, llega a los límites del sadismo, verbigracia esas conductas sexuales que le permiten comunicarle al judío su superioridad, su facilidad para intimidar, su dominio y complacencia. El retrato, pues, que resulta del antisemita –y que incluye a aquel que lo es por inacción, o por silencio- queda expresado, en palabras de Sartre, así:

“Es un hombre que tiene miedo. No de los judíos, por cierto: de sí mismo, de su conciencia, de su libertad, de sus instintos, de sus responsabilidades, de la soledad, del cambio, de la sociedad y del mundo; de todo, menos de los judíos. Es un cobarde que no quiere confesarse su cobardía; un asesino que reprime y censura su tendencia al homicidio sin poder refrenarla y que, sin embargo, no se atreve a matar sino en efigie o en el anonimato de una multitud; un descontento que no se atreve a rebelarse por temor a las consecuencias de su rebelión. Adhiriéndose al antisemitismo, no adopta sencillamente una opinión: se elige a sí mismo como persona. Elige la permanencia y la impenetrabilidad de la piedra, la irresponsabilidad total del guerrero que obedece a sus jefes –y no tiene jefe-. Elige no adquirir nada, no merecer nada, pero que todo le sea dado de nacimiento –y no es noble-. Elige, por último, que el Bien sea un hecho consumado, fuera de cuestión, fuera de alcance, y no se atreve a contemplarlo por miedo de ser llevado a discutirlo y a tener que buscar otro. El judío es para él un pretexto: en otros países, utilizarán el negro; en otros, el amarillo. La existencia del judío permite sencillamente ahogar en embrión sus angustias, persuadiéndose de que su puesto estuvo siempre señalado en el mundo, que ese puesto lo esperaba y que él tiene, por tradición, el derecho de ocuparlo” (Pág. 49)
El judío

Las formas comunes de definir al judío están permeadas del discurso antisemita. Si se busca precisarlo a partir de la raza, se corre el riesgo de deducir de rasgos físicos, un carácter esencial; si se prefiere la descripción a partir de su religión, entonces habrá que tener en cuenta que apenas se trata de un medio simbólico, ya que sus creencias no han podido combatir el “ataque conjugado del racionalismo y el espíritu cristiano”. Total, que, contrariamente a lo que opinan los antisemitas, los judíos no conforman ni una unidad racial, ni una comunidad religiosa. Si hay algo que puede verse como común a los judíos es, más bien, su situación, el vivir en medio de una comunidad que los juzga judíos.

Esta mirada de Sartre le permite sostener su idea de que el judío es, ante todo, una invención del antisemita. “No es exagerado decir –escribe- que son los cristianos quienes han creado al judío al provocar una detención brusca de su asimilación y al proveerlo, a pesar de sí, de una función en la cual ha descollado más tarde”. Explicado de otra manera, de haberse permitido una integración plena de los judíos en la vida nacional de los países, de no habérseles relegado en ciertas funciones sociales, de las que hoy por hoy siguen siendo los especialistas, entonces el judío no sería visto como problema, sino como parte importante de la sociedad [1].

Si el judío es un hombre a quien los demás designan como tal, sosteniéndose en una estructura social que así lo posibilita, debemos desistir de la idea de buscar su naturaleza, y abocarnos a la consideración de los elementos que contextualizan su situación: este es el método de Sartre. Al respecto habría que señalar un primer rasgo, y es el que tiene que ver con la clase social a la que pertenecen los judíos ya que, como los antisemitas, también se encuentran mayoritariamente en la pequeña y mediana burguesía, no en la clase obrera –integrada por los sectores más pobres del país-, ni en la exclusiva capa social que forman los dueños de los medios de producción.

Aún más, el judío no es un simple burgués promedio, sino un hombre cuyo trabajo depende ampliamente de la reputación, la cual, paradójicamente tiene una doble dimensión: la propia de su labor, y la que deviene de su condición judía. Podrá ser bueno o malo en lo que haga, un excelente abogado, por ejemplo, pero la sociedad estará siempre allí para recordarle su condición: un error, alguna falta, y hasta las mismas virtudes, serán judías, y contribuirán a la reafirmación de los prejuicios que sobre él tejen sus conciudadanos. De esta forma, sobre él se operan implícita o explícitamente, procesos de cosificación; sea para admirarlo o juzgarlo, siempre se verá objeto del juicio de los otros, hecho que contribuye a crear ese personaje que aunque cercano, nunca termina por pertenecerle del todo: él mismo en tanto judío.

De lo anterior se deduce que los judíos tienen una forma particular de participar en la sociedad: por un lado, gozan plenamente de los beneficios económicos que puedan obtenerse de ella, mas, por otro, están rigurosamente aislados de los valores socio-culturales e idiosincrásicos del país en el que viven. Esta realidad los ubica en una situación, incluso, menos ventajosa que la del obrero, quien por ser alemán o francés, al menos puede ser considerado heredero de aquellos valores; pero ellos, los judíos, habitantes de una tierra de la que continuamente se les reitera son extranjeros, por la que intentan en vano ser asimilados, siempre habrán de sentirse excluidos.

Ahora bien, Jean-Paul Sartre establece en este punto una división: de una parte ubica a los judíos inauténticos, todos ellos carentes de la conciencia de su condición y, por lo tanto, seres evasivos; y de otra parte, los judíos auténticos, o sea, aquellos que viven hasta el fin su condición de judíos. Grosso modo, los primeros desean ser aceptados como hombres dentro de su sociedad, mostrando los elementos que los hacen comunes a los otros; avergonzándose así de lo que son como judíos, buscan desesperadamente la racionalidad que los una a todos aquellos que puedan rechazarlos. Por su parte, los judíos auténticos examinan la estructura que los determina e impulsan un proceso identitario del que, necesariamente, se desprenderá la rebelión.

Sartre estudia una serie de rasgos característicos del judío inauténtico que, en aras de evitar confusiones, debe comprenderse como el producto del antisemita:

1. El judío es introspectivo: es una consecuencia lógica de los señalamientos antisemitas; el judío tiene temor a que sus actos se conformen a la representación que de ellos tiene la sociedad. Opera aquí una superdeterminación desde el interior mismo del judío que sólo reafirma su identidad. Es decir, el afán de probar al exterior y a él mismo que no es como se lo representa lo obliga a vivir ensimismado frecuentemente, examinándose, marcando y combatiendo sus defectos, y no ya sólo en él, sino en todos los judíos de su ghetto, del cual no logra separarse por ser su realidad inmediata. No es circunspecto porque viva planeando perversidades: lo es porque se lo ha instigado a serlo.

2. El judío es razonador: pero no hay aquí tampoco ningún vicio de codicia; el judío no vive urdiendo planes contra los otros: es razonador, puesto que ha encontrado en lo abstracto un espacio de universalidad en donde es igual a los otros hombres; allí es posible su descarnamiento, el apartarse de su ser judío para acercarse a una naturaleza humana que cree compartir con los demás, inclusive, con el propio antisemita. Se trata, pues, de otra vía de evasión del judío frente al sojuzgamiento de su vida cotidiana.

3. El judío es poco creativo: esta atribución se cae de su peso; si el judío no es creador, entonces en dónde dejamos los aportes de Kafka, de Proust, o de Einstein; lo que sucede, sencillamente, es que la creatividad del judío se concentra en el plano de la racionalidad no del trabajo concreto, hecho que se percibe como defecto por parte de los antisemitas.

4. El judío posee una fisonomía característica: ¿pero acaso que comunidad no la posee? Lo que sucede es que el ario ha acaparado el valor del cuerpo, erigiéndose como paradigma. Una nariz abultada no determina en modo alguno una cualidad moral; empero el antisemita la transforma en una herramienta para envenenar las sensaciones íntimas del judío que, presa de los juicios que a diario recibe, experimenta conductas de vergüenza de sí mismo.

5. El judío carece de tacto: otra consecuencia estimable de su racionalismo, ya que si el judío inauténtico es un ser esencialista, poco puede comprender el impacto que tienen sobre las relaciones de los hombres las pasiones, los instintos o los rituales; nunca podrá encontrar el sentido profundo que tienen estas cosas a la hora de comunicarnos.

6. El judío aprecia el dinero sobre todo: pero sucede lo mismo que con lo demás; si el judío encuentra en el dinero una atracción especial, sólo se debe a que éste es un elemento abstracto, esto es, algo que comparte con cualquier otro hombre, sin importar que sea judío o no, una especie de vínculo universal; si lo tiene –a modo de propiedad mítica- nada puede separarlo ya de la sociedad que lo utiliza cotidianamente para regular sus funciones.

7. El judío es inquieto: cosa que no puede ser de otra manera y que comparte con los negros, los gitanos, o cualquier otra comunidad excluida; la inseguridad sobre su permanencia, la contingencia, lo obliga a reconocer los poderes que en el momento menos esperado lo desterrarían finalmente de su país. Al contrario de lo que podría inferirse, no es una inquietud metafísica la que experimenta, no es religiosa, es una preocupación que deviene de su condición social.

Vías de superación del antisemitismo

Estos siete rasgos [2], debe reiterarse, caracterizan al judío inauténtico, o, de otra forma, es la imagen que el antisemita ha construido del judío, y que tradicionalmente lo determina como sujeto. Todos ellos son invenciones ideológicas del antisemitismo; ninguna podría servir para definir, a no ser por vía de negación, la verdadera condición de los judíos. Sin embargo, se trata también de aquello que da cuenta de su realidad objetiva, toda vez que, más allá de que eso no se equipare con lo otro que puedan ser, son las condiciones que los fijan en el plano de la existencia, y solamente de su aceptación, de vivir a fondo esa situación, puede encontrarse una alternativa para superarla.

Así, nos hallamos frente a una crucial definición de la problemática. Sartre quiere destacar varias cosas: primero, que lo que históricamente se ha hecho llamar la cuestión judía, es, sobretodo, una cuestión antisemita: si este último es el creador del judío, entonces el problema de la violencia racista es algo que debe solucionar el antisemita, ya que el judío es un simple receptor. Pero como está claro que el antisemita por cuenta propia no emprendería una solución, debe buscarse una alternativa diferente, punto en el que empiezan a advertirse los inconvenientes. En términos generales los caminos de superación del antisemitismo, pueden provenir de:

1. El liberalismo democrático: pero éste es un defensor inútil, considera Sartre. Ubicado en una posición universalista –similar a la que asume el judío inauténtico-, el demócrata se satisface con apelar a la liberación del judío como hombre; “quiere destruirlo como judío para no conservar en él sino el hombre, sujeto abstracto y universal de los derechos del hombre y el ciudadano”. Si lo defiende, no es porque crea en el judío, es porque quiere mostrar que hay un hombre debajo de esa “coraza”. Tiene derecho como todos –dirá el demócrata en el clímax de su defensa-, no porque sea judío, sino porque es un hombre.

2. El judío auténtico: pueda ser que la solución más rápida al problema judío venga, justamente, del seno de los judíos; pero aquí hay que enfrentarse a una disyuntiva: o se busca la consolidación de un estado nacional centrado en Israel, cosa que implicaría una nueva movilización masiva por todo el mundo, o sino, se apela a la afirmación de la condición judía en los distintos países en donde pueda habitar un judío, decisión que llevaría a organizar múltiples movimientos de resistencia y permanentes campañas de politización, así como el inevitable encuentro, en cada lugar, con las ideologías conservadoras de ultraderecha [3].

3. La asimilación: Sartre propone esta tercera posibilidad para ir abriendo una solución al problema, dejando muy claro que entiende por asimilación, no la integración del judío en tanto hombre, sino, precisamente, como judío. Ninguna sociedad puede considerar que el precio a pagar por la asimilación de los judíos sea el aniquilamiento de su identidad, mejor dicho, su vinculación al paradigma antisemita. Según Sartre, el judío, como construcción histórica, desaparecerá, al modo de las clases sociales, sólo a través del advenimiento de la utopía socialista. En ese estado, cuando ya no quepa lugar a enemigos que pretendan aniquilar las virtualidades humanas, el judío habrá encontrado un espacio para su realización definitiva. De ahí, las palabras del autor:

“En las sociedades en que la mujer vota no se pide a las electoras que cambien de sexo cuando se aproximan a la urna: la voz de la mujer vale exactamente como la del hombre, pero vota como mujer, con sus pasiones y preocupaciones de mujer, con su carácter de mujer. Cuando se trata de los derechos legales del judío y de derechos aún más oscuros, pero también indispensables, que no están escritos en ningún código, no es en tanto que haya en el judío un posible cristiano que tales derechos deben reconocérsele, sino en tanto que es judío francés: debemos aceptarlo con su carácter, sus costumbres, sus gustos, su religión, si religión tiene, su nombre, sus rasgos físicos. Y esta aceptación, si es total y sincera, facilitará primeramente al judío la elección de su autenticidad y después, poco a poco, hará posible sin violencia, por el curso mismo de la historia, esta asimilación a la cual quieren obligarles” (Pág. 134)
Como caminos concretos hacia este objetivo Sartre propone una educación que no esté basada en los conceptos tradicionales de descrédito hacía el judío; la prohibición de leyes que vayan en contravía de la fortificación de su calidad de ciudadano y; por último, la modificación de las circunstancias bajo las que, generalmente, se elige ser antisemita, porque, si bien no podemos prohibir la libertad de elegir serlo –manifiesta Sartre-, sopena de ir en contravía de ese fundamento del hombre que es, justamente, el elegir, al menos si podemos hacer un poco en el plano de las circunstancias bajo las cuales se realiza la elección: la política, las estructuras sociales, etcétera, jugarán en este sentido un papel decisivo.

Sea como sea, una cosa no debe perderse de vista: el problema judío no es del judío, no es, tampoco, exclusivo del antisemita, es una cuestión cuyas responsabilidades deben compartirse. Si ya en el pasado muchos de nosotros pudimos convertirnos en verdugos de los judíos gracias a nuestro silencio e indolencia, la historia nos ha revertido de nuevo un compromiso que no podemos rehuir: en ellos se define nuestra propia condición, puesto que mientras uno de los hombres, llámese negro, judío o lo que sea, se mantenga bajo el yugo de las políticas discriminatorias, no podrá declararse la liberación humana; de suerte, que todavía haya tanto por hacer.
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Herramienta básica para el debate, Reflexiones sobre la Cuestión Judía, es una aplicación del pensamiento sartriano a un problema insuperado todavía, y frente al cual la sensatez humana habrá de pronunciar muy pronto su veredicto.

NOTAS:

[1] Sartre explica a propósito de la prevalencia de los judíos en cargos comerciales y económicos lo siguiente: “la iglesia de la Edad Media ha tolerado a los judíos, en tanto que hubiese podido asimilarlos por la fuerza o degollarlos, porque llenaban una función económica de primera necesidad: malditos, ejercían un oficio maldito pero indispensable; no pudiendo poseer tierras ni servir en el ejército (ya que no eran ciudadanos del país), practicaban el comercio del dinero, que un cristiano no podía abordar sin mancharse. Por eso la maldición cristiana se redobló bien pronto de una maldición económica y es sobre todo esta última la que ha persistido. Hoy reprochamos a los judíos el ejercer oficios improductivos sin advertir que su aparente autonomía en el seno de la nación proviene de que al principio se los acantonó en tales oficios, vedándoles todos los otros”. Ver págs. 63 y ss.

[2] Se trata de rasgos inferidos de mi lectura, no se encuentran enumerados literalmente por Sartre en su ensayo.

[3] Hoy mismo los gitanos rumanos son víctimas de las políticas de discriminación en Francia. Ellos, compartieron con los judíos la crudeza del holocausto nazi, y también como ellos han permanecido enfrentados al problema de su condición identitaria: sojuzgamiento, discriminación, vulnerabilidad. Nada asegura, pues, que la concientización del ser judío –o gitano- pueda significar mucho cuando se trata de minorías que deben enfrentar a complejas maquinarias de poder e intimidación. Sarkozy es, uno de los tantos portavoces de la intolerancia racial y cultural.

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