AUTOR: Charles Baudelaire
TÍTULO: El Spleen de París (Pequeños Poemas en Prosa)
EDITORIAL: Susaeta, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1994
PÁGINAS: 190
RANK: 9/10




Por Alejandro Jiménez

En 1857 se publicó en Francia la primera versión de Les Fleurs du Mal, el clásico poemario de Charles Baudelaire (1821-1867), dentro del cual se incluyeron dos partes –Spleen et Idéal y Tableaux Parisiens- que pueden considerarse, por su carácter y temática, como un antecedente para este Spleen de Paris de 1862. En efecto, ya es posible rastrear en aquellos poemas la inquietud que servirá de base para la escritura de los que hacen parte de la antología que ahora presentamos: ese tedio vital, entendido como la experiencia que le permite al hombre reconocer su temporalidad y trascendencia.

Hay una manera peculiar y muy compleja por medio de la cual el poeta se acerca a la noción de spleen, esto es, la angustia que se origina al extinguirse la novedad de lo real, el hastío producto de la rutina cotidiana, o la sensación de “incomunicación con el entorno”. Lo que hace Baudelaire –tal como nos lo declara él mismo en el epílogo del libro- es subir hasta el lugar desde el cual puede contemplarse en su amplitud la ciudad, lecho de toda languidez existencial, y enterarse de la manera en que en la calle, el burdel, o las casonas, se produce el encuentro del hombre con su vida.

Unas veces pesimista y, otras, adorador de la potencia que pervive incluso en las cosas más manidas, El Spleen de París es un libro que constantemente interpela a su lector, buscando en él un tono conciliatorio con la realidad. Así, la individualidad creativa de Baudelaire –que por igual se consterna e ilusiona-, se reproduce en la intimidad de quien lo lee, puesto que cada línea escrita desemboca en un análisis de los argumentos bajo los cuales defendemos nuestra interpretación del mundo. Sin importar que estemos a siglo y medio de distancia, el loco, el mendigo, la anciana o el artista que protagonizan estos poemas siguen siendo nuestros interlocutores.

Son en total cincuenta y uno poemas, todos –a excepción del último- escritos en prosa, muchos de ellos cercanos al relato, que van tejiendo la figura de un París universal, a cuya sombra viven unos ciudadanos grises y repetidos, cansados de sus trabajos y problemas, pero con muy poco tiempo para pensar en alguna alternativa. Hasta detrás de los cortinajes más finos, de los rostros que revelan una superior credulidad, el poeta encuentra la fisura, el vacío que rompe con esa imagen de ciudad perfecta que, muy por el contrario de lo que parece, se desmorona lentamente en la mismidad de sus habitantes.

Pero, además, El Spleen de París es una experiencia estética: un muestrario de la conducta humana en donde se ha seleccionado con sutileza cada palabra; en donde la metáfora y la ironía no son simples figuras literarias, sino dispositivos que permiten la inserción en ese espacio complejo que es el tedio y; obviamente, en donde el rechazo a una ciudad pesada se transmuta paulatinamente en una curiosa atracción. Visto de cerca, se trata de un corpus valiosísimo porque ninguno de sus componentes –argumento y palabra- va en desmedro del otro, sino que se fusionan en la fuerza herética que es la poesía de Charles Baudelaire.

A continuación, quisiera examinar un par de elementos que son relevantes en el poemario, reiterando que, no sólo por fecha, sino por su naturaleza, el concepto de spleen que se encuentra aquí es muy cercano al de Las Flores del Mal.

Concepto y origen del spleen

El spleen puede significar muchísimas cosas: tedio, angustia, cansancio, o temor. Sin embargo, en rigor puede definirse como la sensación que acompaña la vivencia individual de lo exterior, la mayoría de veces, por su cariz, inconclusa y poco inquietante. El transeúnte que decide dar una vuelta por su ciudad, experimenta el spleen cuando llega el momento en el que aquello con lo que se cruza ya no tiene para él un efecto distinto del aburrimiento; atrapado en medio de un sin fin de cosas rutinarias y sin sentido, se abatirá interiormente hasta ser él mismo parte de su hastío.

Ahora bien, he aquí que el spleen no es una condición que tenga consecuencias uniformes sobre los hombres: para algunos será el fastidio, pero, a la inversa, para otros implicará el descubrimiento de caminos para el goce o la ociosidad. Una dosis de aburrimiento es necesaria en la vida, por ejemplo, para que los individuos resignifiquemos las cosas cotidianas, las utilicemos de otra forma, y exploremos en ellas aspectos divergentes. Como lo expresa Reinaldo Spitaletta en uno de los ensayos que complementan esta edición:

“El spleen, de cierto modo, es un mecanismo de defensa. Mediante él puede uno exteriorizar disgustos y desacuerdos y, aunque parezca imposible, realizar apologías. Es normal e imprescindible que haya algo de tedio en el amor, en las relaciones sentimentales. Así se obliga cada uno a buscar alternativas, otras posibilidades, lenguajes distintos. Cuando se entra en estado de aburrimiento es porque se torna imperioso el hallazgo (la construcción) de otros caminos. El spleen nos llama al sacudimiento, nos induce a pensar en distintas maneras de salir de él” (Págs. 10-11 de los Ensayos)
Estas dos dimensiones del spleen, que dependen sustancialmente del carácter de quien lo vive, no son excluyentes, aunque por lo general no sean palpables en un mismo hombre. Baudelaire hace notar cómo se requiere de una personalidad particular para trascender el spleen como aburrimiento, y usarlo a guisa de potencia creativa. Quizá sólo los poetas y filósofos –piensa el autor-, dada su inclinación a cuestionar todos los asuntos, a observar y vivir a profundidad, podrían hallar un gozo en el hastío, transformándolo.

Y es que este proceso, según puede inferirse del libro, necesita, primero, una visión que desenmascare la aparente tranquilidad de los rostros, liberando la miseria, el abandono, o la frustración, enemigos por naturaleza de cualquier goce y, segundo, una capacidad de convertir el pesimismo en novedad de tipo positivo.

Hacia una realidad sin máscaras

Baudelaire camina en medio de un barullo de personas que, bajo un sol sofocante, festejan en el parque. Atento como siempre a lo que pueda desprenderse de un espectáculo como éste, descubre, más allá, retorciéndose, a “un ser afligido”. Entonces y, de inmediato, la perfección del día se viene al suelo, se derrumba lateralmente hasta dejar solo, a los pies de una estatua, al loco apesadumbrado que el autor contempla. Hoy ha sido este desdichado, pero ayer se trató de la vieja que provoca miedo en los niños y, mañana será un saltimbanqui olvidado en alguna feria de las risas. Siempre habrá alguien que, detallado bien, revele la fisura de una imagen objetiva.

Un número importante de los poemas de El Spleen de París están escritos en este sentido: mostrar la realidad sin máscaras. En La Desesperación de la Vieja, El Loco y la Venus, El Viejo Saltimbanqui, El Pastel o Los Ojos de los Pobres, Baudelaire insiste en la idea de que hay una especie de manta que cubre muchas formas, dándonos una imagen a medias, tergiversada de lo exterior. Atareados con nuestro trabajo, demasiado ensimismados o, más precisamente, demasiado aburridos de ver lo mismo cada día, nos encontramos imposibilitados para extender una mirada más profunda hacia esos pequeños elementos que destruirían la monotonía.

En pleno estado de fulgor e, inclusive, en condiciones menos halagüeñas, aparece un personaje derrotado que cuestiona directamente la situación mirada y, sobretodo, la naturalidad con la que se mira. Se queja el hombre –parece decirnos Baudelaire- de no encontrar nada digno de ser visto, cuando ante sí tiene todo un prontuario de imágenes fatales. Sucede de esta forma en El Viejo Saltimbanqui:

“Al final, en último extremo de la fila de barracas, como si, vergonzoso, se hubiese exiliado de todos aquellos esplendores, vi a un pobre saltimbanqui encorvado, caduco, decrépito, una ruina de hombre, apoyado a un poste de su vivienda; una vivienda más miserable que la del salvaje más embrujado, y en la que dos cabos de vela, llorosos y humeantes, iluminaban demasiado bien su desamparo (…) Por todas partes, la alegría, el lucro, el desenfreno; por todas partes la certidumbre del pan para el mañana; por todas partes la explosión frenética de la vitalidad. Aquí, la miseria absoluta, la miseria vestida para colmo de horror, con harapos cómicos, cuyo contraste se debía más a la necesidad que al arte. ¡Aquel miserable no se reía! No lloraba, no bailaba, no gesticulaba, no gritaba, no cantaba ninguna canción, ni alegre, ni triste, no imploraba. Estaba mudo e inmóvil. Había renunciado, había abdicado. Su destino estaba cumplido” (Pág. 46)
En cada poema Baudelaire encuentra alguien que escapa, para él, de su paisaje de aburrimiento: un pobre que lo mira desde afuera por la ventana de un restaurante, un par de mendigos que se pelean por un trozo de pan hasta desmigajarlo, un gracioso que ríe mientras desea feliz año a un buey, o un incomprendido que habla sin éxito a sus compañeros. Estos seres, que para cualquier otro hombre no serían algo más que sujetos rutinarios, se convierten para el autor en figuras imprescindibles, cotidianas sí, pero reveladoras bajo la mirada del experto que sabe ver en ellas un mensaje oculto.

En ocasiones no se trata de personajes concretos, sino de escenas o espacios que se asumen como totalidad. Una ventana cerrada, por ejemplo, deja de ser parte de una escenografía habitual, para transformarse en pregunta, ¿qué habitará detrás de sus postigos?: “no hay nada más profundo, más misterioso, más fecundo, más tenebroso, más deslumbrador que una ventana iluminada por una vela”, afirma Baudelaire. Podrá también ser una habitación llena de perfumes, no vista como simple lugar para el reposo, sino como un confiteor del que el artista puede tomar los más variados ensueños.

En todo caso, lo que está detrás de las palabras de Baudelaire es un principio funcional: el spleen es una realidad ineludible, esto es, fáctica en el mundo de la experiencia humana y, sin embargo, comporta la posibilidad de su trascendencia, puesto que aunque el hombre pueda actuar frente a ella con indiferencia, también lo puede hacer apelando al poder creativo, descifrando lo nuevo o lo que se oculta en el aburrimiento.

Sólo parece encontrarse un gran inconveniente y es el papel que juega el tiempo en la configuración de ese spleen positivo. En El Reloj, A la Una de la Madrugada, o Los Dones de las Hadas, el tiempo se manifiesta como una “terrible ley”, como la verdadera “tiranía de la raza humana”. Acostumbrados al esquema tradicional del tiempo –pasado/presente/futuro-, la vida de un hombre atrapado en su cotidianeidad no logra derrocar la barrera que en apariencia divide estos segmentos y develar su valor profundo en tanto unidad.

Podría interpretarse la posición de Baudelaire al respecto partiendo de la siguiente máxima: vivimos en medio de la eternidad, pero lo único que realmente nos pertenece es el instante. A bocas llenas podríamos alimentar ese instante, transformando el tedio en gozo; pero, no así, la eternidad, aun cuando tuviésemos el empeño más arduo. Destruir los relojes que nos unen a un pasado ya muerto, o que nos predisponen a un futuro que no existe, y concretarnos en el instante del que debemos abatir todo hastío.

La consecución de un spleen positivo

Se dijo antes que el spleen tiene un doble cariz: uno negativo que llevaría necesariamente al pesimismo, a la nostalgia de la vida, que se hace repetitiva e insuperable; pero también, otro positivo, que permite asumir el aburrimiento o la pesadez, como los puntos de partida para la creación, el deseo y el placer. Que una persona experimente “uno u otro” spleen parece depender, según se lee en Baudelaire, de una cierta personalidad que influya en sus acciones: si usted es un ciudadano del común, vetado por inclinación propia a la vivencia extraordinaria, sólo hallará en el spleen un estado lamentable. Si, por el contrario, tiene algo de rebelde, de iniciador, entonces podrá trascenderse a sí mismo al tiempo que revitaliza su spleen.

Debe aclararse, sin embargo, que cuando Baudelaire habla de la trascendencia del spleen, se refiere a una posibilidad momentánea, a una especie de catarsis que, desconectando al hombre de su rutina, le deja ver una nueva faceta de las cosas. No se trata, de ninguna manera, de eliminar el spleen, sino, de usarlo como un instrumento que lo sublima por un instante, cuando logra ver en lo ya visto, algo diferente. De tal suerte, cada tanto ocurre un choque con la realidad que le recuerda su estado habitual de hastío, y lo obliga a reanudar su proceso de positivación. Así pasa en La Habitación Doble, cuando después de un estado catártico en que el personaje ha visto sílfides e ídolos, las cosas reaparecen en su cuarto con su aspecto normal:

“¡Horror! ¡Ya recuerdo! ¡Ya recuerdo! Este cuchitril, esta morada del eterno hastío es la mía. ¡Aquí están los muebles necios, polvorientos, desmochados; la chimenea sin llama y sin ascua, sucia de escupitajos; las tristes ventanas donde la lluvia ha trazado surcos en el polvo; los manuscritos, tachados o incompletos; el almanaque donde el lápiz ha marcado las fechas siniestras! (…) Y este perfume de otro mundo del que me embriagaba con una sensibilidad perfeccionada, ¡ay!, está reemplazado por un fétido olor a tabaco mezclado con yo no sé qué nauseabundo moho. Aquí se respira ahora lo rancio de la desolación” (Pág. 20)
Un cierto estado espiritual logra transformar lo cotidiano, sublimándolo, transmutando sus condiciones materiales, volviéndolas más bellas, profundas o sutiles; y aunque la premura del instante revierta la materialidad, y todo vuelva a su realidad objetiva, ese segundo en que se vive “lo infinito del goce”, bien vale la pena por todo lo que logra revelarnos.

Así, pues, el problema de un spleen positivo no radica en su fugacidad, sino, ante todo, en la exigencia de un carácter especial de la persona. Baudelaire dirá, en El Mal Vidriero, que “esa especie de energía que nace del hastío y del ensueño” sólo puede ser vivida por “los más indolentes y los más soñadores de los seres”, es decir, por quienes miran sin pudor los colores y las formas. Más poéticamente, afirmará en Las Muchedumbres: “el único que puede darse un atracón de vitalidad a costa del género humano es aquel a quien un hada insufló en su cuna el gusto del disfraz y de la máscara, el odio del domicilio y la pasión del viaje”.

De lo anterior se deduce que aquel que no tiene dos dedos de frente, que está condenado a juzgar la primera apariencia, no podrá nunca explorar las posibilidades que devienen del aburrimiento, será incapaz de convertir el hastío en placer, o el cansancio en un goce. Más aún, encontrará siempre en su vida los rastros de una existencia miserable, repetitiva y apesadumbrada, cuyas sorpresas no serán nunca producto de su acción.

Hay, finalmente, otra exigencia para la consecución de un spleen positivo, y es la vivencia individual. En La Soledad, La Invitación al Viaje o El Perro y el Frasco, Baudelaire nos muestra la manera como la soledad es el espacio adecuado para experimentar la trasmutación del spleen. Quien no ha tenido la oportunidad de encontrarse a sí mismo, al interior del silencio de un cuarto, no puede semantizar su mundo, básicamente porque desconoce las herramientas con las que puede hacerlo: “quien no sabe poblar su soledad no sabe tampoco estar solo en medio de una muchedumbre atareada”.

Y esos seres solitarios y privilegiados, los poetas y filósofos, se convertirán para Baudelaire en los principales abanderados de las glorias que se obtienen en esa aventura que presupone rehabitar el tedio. El autor hace ver, por un lado, que aquellos hombres, por su psiquis y lenguaje, están alejados de los otros seres de la naturaleza y, por otro, que son amantes de los paisajes más desoladores, más críticos, pero al mismo tiempo, más fértiles a la hora de buscar virtualidades:

“Al poeta y al filósofo les gusta dirigir sus ávidas conjeturas hacia estos lugares sobre todo. Allí hay pasto seguro. Porque si hay un lugar que desdeñen visitar, como he insinuado hace un momento, es principalmente la alegría de los ricos. Esta turbulencia en el vacío no tiene nada que les atraiga. Al contrario, se sienten arrastrados irresistiblemente hacia todo lo que es débil, ruinosos, contristado, huérfano” (Pág. 39)
Visto de esta forma, vivir el tedio, el spleen, es también una forma de ayudarse a existir: de no utilizar el aburrimiento como una vía de escape nos abocaríamos sin remedio hacia la rutina infranqueable. Por tal razón, en Las Ventanas, Baudelaire declara abiertamente: “¿Qué importa lo que pueda ser la realidad colocada fuera de mí, si me ayudo a vivir, a sentir quién soy y lo que soy”. Ese es el papel del tedio en la vida humana: construir, o más exactamente, permitirle al hombre construir un espacio en donde él puede ser algo distinto de lo que le han obligado, y esto porque, aunque parezca contradictorio, en el spleen hay una lucha directa entre lo que es y lo que podría ser.
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La invitación que hace El Spleen de París es a matar el monstruo del hastío propio, y el de todos aquellos que pululan en la calle –“¿no es, acaso, la ocupación más vulgar y legítima de cada uno?”-, sabiendo de antemano que por más miserable y abyecta que sea nuestra ciudad, sólo ella nos ofrece los placeres más sublimes, aquellos “que no comprenderán nunca las gentes más profanas”.

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