AUTOR: Juan Pablo Roa Delgado
TÍTULO: Canción para la Espera
EDITORIAL: Independiente (Primera edición)
AÑO: 1993
PÁGINAS: 41
PRÓLOGO: Jorge Eliécer Ruiz
RANK: 5/10



Por Alejandro Jiménez

La espera es concebida, en este segundo poemario de Juan Pablo Roa Delgado (1967-), conforme a una doble perspectiva: estética y vital. En efecto, es posible rastrear una referencia de la espera como acción cotidiana de los hombres, el espacio que facilita su introspección y despliegue onírico; pero, además, la espera se revela también como motivo poético, fuente para la creación a través de la palabra. En este sentido, Canción para la Espera (1993) puede ser interpretado como un libro de re-creación de lo vital en tanto que otorga, sin intentar remplazarlo, una categoría estética al fenómeno compartido de la espera.

Y es que hasta el pesimista más excéntrico ha esperado algo en algún momento, lo que prueba que en esa sola vivencia –la expectativa creada por el mundo o la mente- todos los hombres se parecen: como si cada uno de nosotros cruzara frente a un mismo espejo gigantesco que tuviera la facultad de intercambiar nuestros reflejos hasta unificar todos los matices en una única experiencia: la vigilia que nos lleva a postrarnos en un sitio a esperar –algunas veces con mayor expectación que otras, solos o acompañados, por producto del azar o la convicción- la llegada de lo que se anhela.

Roa Delgado, quien editó su primera antología poética, Ícaro, en 1990, reúne en el presente volumen un total de quince poemas, escritos a partir de una certidumbre: “el arte y, en particular, la poesía, constituye la única tabla de salvación en un mundo donde la naturaleza ya no habla”. La confianza en este privilegio de la poesía, permite al autor conferirle una misión fundamental y es ocupar el lugar de las cosas desdibujadas del universo, es decir, aquellas que por sí mismas ya no pueden comunicar, entre ellas, especialmente, la espera. Tal como lo hace notar Jorge Eliécer Ruiz se trata de una especie de geografía imaginaria en donde la poesía se transforma en la brújula que no permite el olvido de las acciones capitales de la vida.

Apelando, así, a las herramientas propias del lenguaje, y aun cuando el paisaje de la poesía moderna parezca, a fuerza de fracasos, una “tierra baldía”, Roa Delgado, se aferra al poder fundante de la palabra. “Para habitar el mundo hay que fundarlo”, dice el epígrafe de Eliade con que se abre el poemario y que tan bien describe el espíritu del mismo, toda vez que el sentimiento de sus páginas es, justamente, el de la necesidad de instaurar un imaginario que pueda rescatar de su imperturbable silencio la experiencia de aquellas cosas que, repitiéndose una y otra vez, han terminado por gastar el lenguaje que antes las expresara.

Persuadido de que la poesía no entiende de fronteras, el autor incluye en Canción para la Espera, tanto poemas en verso como en prosa, y trabaja desde ambas formas una seria –aunque tímida- invitación a sentirnos en medio de un trayecto, un itinerario que exige de nosotros la conciencia de esperar, a veces cosas nimias y otras trascendentales. Lo que nos revela Roa Delgado es que alrededor de la espera, orbitan dos eventos insuperables: la soledad y la muerte; realidades vinculadas particularmente, generan una suerte de escenario que, no sólo profundiza la reflexión sobre la espera, sino que justifica su elección como centro de un gran problema existencial.

El hombre que espera debe enfrentar su experiencia de manera personal, esto es, asume una necesaria individualización que lo lleva a remontarse siempre a sus recuerdos, sueños y frustraciones; pero, por otra parte, no hay forma de escapar al principio universal de toda espera: nadie lo hace eternamente, puesto que existe un límite infranqueable que deviene del ser mortales, del estar llamados a la muerte, ahora o luego, sin posibilidad de dimitir. De ahí que las palabras de uno de los poemas de Roa Delgado relacione tan profundamente ambas realidades:

“Acaso la muerte sea no más que el encuentro
del hombre en su soledad, y que pese a los afectos
y las alianzas, el final de la jornada termina con
un profundo e individual suspiro” (Pág. 37)
Partiendo de esta interpretación que ubica la espera como centro de un gran relieve que va trazándose a pincelazos de soledad y muerte, el lector puede encontrar en Canción para la Espera un libro, tal vez demasiado corto para sus pretensiones, un poco sobrio en su lenguaje, pero acertado en muchas de sus figuras y, sobretodo, compacto a nivel temático. Un análisis más en detalle de esos elementos dará cuenta de la cosecha que puede obtenerse del poemario y, en consecuencia, de la virtud que puede atribuírsele a su autor.

La espera, como núcleo estético-vital

Si la naturaleza es la materia fundamental del universo, sobre el hombre recae la responsabilidad de atribuirle un orden; pero en un mundo en donde las cosas ya no pueden hablar por sí mismas, sea porque su lenguaje se ha vuelto incomprensible o ha agotado sus posibilidades, esa naturaleza debe reinventarse a partir de un nuevo lenguaje: la expresión poética. Para la espera, como parte de esa naturaleza que, a pesar de no extinguirse, ha dejado de comunicar, debe entonces crearse una nueva palabra que sea capaz de dar cuenta de su profunda significación. Esta confianza en el poder del lenguaje como fórmula para fundar el mundo o, al menos, para resemantizarlo, es palpable en el poema que da título al libro:

“Una bandada de palabras
vuela y se dispersa
en este día que es de hojas

El gemido errático de un dios vagabundo
dispersa estos pasos que son de hombre
que no tienen más designio
que abatir la carga leve que es la vida

Sueña corazón con este mundo:
el sol es la palabra y el hombre la estrella
en este largo día que es de hojas

La bestia herida
sabe que la muerte está fresca
y que el cansancio se hace sombra
en este día que es de espera

Cae el yelmo sobre la hierba seca
y este es el leve día que es de sombras” (Pág. 23)
Sin embargo, situar la palabra o, en un sentido más exacto, la poesía, como protagonista de este “largo día que es de espera”, y teniendo presente que no se trata de una decisión formal o una metodología, sino de una intensa convicción creadora, revela al final una ruptura. Roa Delgado llegará a escribir, con el ánimo de resaltar ese sentimiento trágico: “frente a la muerte, todo es literatura, vano texto apócrifo”. En otras palabras, aunque el lenguaje logra re-crear el mundo y otorgarle un sentido que de otra manera podría parecer confuso, al final de la jornada, de la espera, siempre se verá convertido en una pasión inútil: la fuerza de lo natural, de la muerte, recuperará el espacio que le fue usurpado por la poesía.

De allí el preciso título de esta antología, Canción para la Espera, es decir, la palabra para el entretanto, para el complejo paréntesis que es la vida y que requiere de una expresión que la interprete y signifique, aun cuando sepa que su propio principio sea convertirse en futilidad. Cantar para esperar, para hacer de la espera una acción menos tediosa, y para entender que la palabra –como alguna vez escribió Juarroz- logra palpar el mundo que de otra forma no existiría, o estaría restringido a la característica de la materia. Ni optimista, ni pesimista, la espera para Roa Delgado es simplemente una experiencia vital devenida en estética.

La espera, como universo individual

Como quedó escrito más arriba, en el libro la espera es concebida como una realidad alrededor de la cual giran dos fuerzas importantes: la soledad y la muerte. La soledad, ya que constituye el punto de partida para la experiencia de la espera, esto es, el lugar en el que es, se forma y revela y; por otra parte, la muerte, puesto que es la frontera que no puede superarse, el límite que encuentra toda espera para su propio fin.

En Preludio –el poema con el que se abre el libro-, ya es posible sentir la certeza de que la soledad es el escenario de vida de la espera. En la vigilia –nos dice Roa Delgado- escuchamos el llamado para “enfrentar (ese) monstruo”, “la soledad abatida nos espera en los pasillos de nuestro universo privado”, y mientras esperamos volvemos, una y otra vez, a esos hombres antiguos que habitan en nosotros. Así, el primer lema en Canción para la Espera, es que quien espera lo hace siempre solo y, en tanto que esto es así, debe ocuparse de todas las implicaciones de ese universo privado.

Pero, la conciencia de la soledad como epicentro de la espera requiere de un planteamiento anterior que tiene que ver con el arrojamiento. Sólo aquel que se siente arrostrado a caer, de puertas al abismo que supone la pérdida de los asideros existenciales –el mundo, los hombres, la naturaleza-, comprende las implicaciones reales de la soledad. En Poema Ínfimo, por ejemplo, la sensación de caída es el presupuesto del aislamiento y, en consecuencia, de la espera: “cae mi rostro / en esta calle empedrada / y yo te espero / con la espalda apoyada en este muro”. Más allá de que todos podamos esperar lo mismo, siempre la espera se traduce en una experiencia solitaria e intransferible.

Sin embargo, lo que desea subrayar Roa Delgado no es únicamente esta idea de que soledad y espera son experiencias simultáneas, sino también las consecuencias que tienen en el plano existencial. En este orden, muchos de los poemas de Canción para la Espera recurren a temas como el recuerdo, el miedo, las frustraciones, las emociones, etcétera, todos ellos vinculados de forma directa con la soledad. Con esta clave puede interpretarse un poema como El Hombre en el Patio, en el que una compleja retrospección lleva al autor a examinar los motivos de su espera y, concretamente, la esencia de la misma:

“En el légamo estancado del tiempo, el hombre en el patio se divierte en el martirio de recrear las imágenes vetustas del olvido congelado. El tiempo en el patio es el recuerdo sagrado de luchas colosales devenidas ráfagas silenciosas de lo inservible; el arsenal oxidado de los regimientos de juguetería, el balcón enmohecido por la lluvia y el baúl con la llave perdida no son ya lo que son: desterrados por el fluir imperceptible de la vejez, huella inminente del silencio, se han trocado en fragmentos innecesarios de la lucha interminada llamada soledad. El tiempo en el patio es el martirio sagrado de recrear luchas colosales, ráfagas silenciosas de lo inservible y sin terminar.

El hombre en el patio es el pez arcilla atascado en el légamo, con la esperanza incierta de ver la muerte en su delirio escabroso; el hombre en el patio se va depositando en el solar tenaz del olvido y del tiempo pertinaz.

El hombre en el patio es el pez arcilla que en su soledad se remueve tercamente en el légamo estancado; es el hombre del balcón enmohecido que se divierte en el martirio de recrear las imágenes sagradas de luchas colosales, ráfagas silenciosas de los inservible y sin terminar” (Pág. 31)
Finalmente, la relación espera-soledad encuentra un mayor grado de complejidad cuando se ve atravesada o, más bien, enfrentada a la muerte. En La Última Consigna, el poeta declara abiertamente: “todo es soledad y silencio” y, un poco después, “solo frente a ella (la muerte) el hombre individual tendrá la última palabra, su última conjetura”. Es decir, asistimos al punto de encuentro entre los tres grandes componentes del libro, y que es, justamente, la certeza de que la espera que cada hombre vive en soledad determina su propia experiencia de la muerte.

La muerte: el encuentro del hombre en su soledad

Muy cercano al trabajo de Jankélévitch sobre la muerte, Roa Delgado está convencido también de que más allá de todo discurso escrito con motivo de ella, lejos de toda fórmula de consolación o promesa metafísica, la muerte es, una experiencia individual, una realidad que escapa de cualquier posibilidad de entendimiento, ya que cumple con dos rasgos que lo impiden: 1. ser vivida por una sola vez y, 2. no poder referir la experiencia a los otros, en el sentido de ser un hecho personal. Así pues, si la soledad es el escenario de la espera durante la vida, la muerte es el espacio para un revertimiento del hombre hacia su interior todavía más profundo y complejo y, sobretodo, para el final de la espera.

Canción para la Espera vuelve una y otra vez sobre esta misma idea: en Sin Título, cuando afirma: “el oscuro dios de la muerte / no teme al sol en su embriaguez”; en Tiresias, al decir: “el cadalso es el trono / y la vida se nos pierde con el sueño” o; en Poema para la Emperatriz con Guadaña, poema en el que Roa Delgado confiesa: “aguardo en mi pecho / tu estrella rutilante / tu imperio y tu guadaña”. En su conjunto, todas estas insistencias convierten el poemario en un llamado a sentirnos mortales, a vernos por el reverso de la vida, y entender que la espera nos unifica en tanto hombres, pero nos distancia en nombre de la experiencia individual e intraducible:

“El día de tu entierro no hubo aguacero y densos ramos de flores te acompañaron en tu descenso, en tu único adiós. Meses después el aguacero se descolgó frente a mi ventana a las cuatro de la tarde, y en mi silencio tuve la certeza de que frente a la muerte todo es literatura, vano texto apócrifo:

Todo es soledad y silencio.

Podrán decirme las almas más piadosas que en tu mundo no hay dolor ni sufrimiento y que las cosechas del amor son tu pan de cada día; que en los campos de tu vida celeste jamás desiste el día, y que con la muerte tuya el sufrimiento amainó: todo es vana literatura frente al silencio de la muerte. Pero es problema tuyo porque en mis jornadas de silencio tú no estás. Hondos goterones de rocío me dicen que tú no estás, que tú nunca más estarás y que mis vanas luchas sólo intentan revivirte en mi memoria que no es más que la amnesia de tu existencia. Frente a la muerte todo lo que se diga o escriba es letra muerta, vana mentira. Solo frente a ella, el hombre individual tendrá la última palabra, su última conjetura:

El mito se funda en los pocos resquicios
de silencio y soledad, y tú eres
mi tercer rito iniciático
sobre el telón de la muerte.

Estas son mis tablas de la vida” (Pág. 39)
Toda espera es individual, pero nunca eterna, es la conclusión a la que nos aboca el poemario de Juan Pablo Roa Delgado. Y, sin importar que la potencia de la muerte convierta a la palabra en vana pretensión, en letra muerta, la poesía habrá cumplido su cometido cuando haya logrado nombrar una naturaleza que de otra forma estaría atrapada en el silencio... cuando haya dejado testimonio de la vida, de la experiencia de la soledad, de la espera e, inclusive, de la misma muerte.
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Canción para la Espera es poesía para el intersticio, prolongado o no, de la existencia. Puede asumirse como una fuerza reveladora si se entiende que “en la poesía, no en las filosofías, suele encontrarse el auténtico mensaje de la vida”.

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