AUTOR: Jonathan Swift
TÍTULO: Viajes de Gulliver
EDITORIAL: Salvat, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1970
PÁGINAS: 188
TRADUCCIÓN: Juan G. de Luaces
RANK: 10/10




Por Alejandro Jiménez

Un hecho curioso ha enmarcado el destino de los Viajes de Gulliver –publicados anónimamente en 1726 bajo el título: Travels into Several Remote Nations of the World- y es el haberse convertido en un clásico de la literatura infantil, aun cuando este no hubiese sido el objetivo de su autor al escribirlos. En efecto, el nombre de Jonathan Swift (1667-1745), aparece generalmente codeándose con autores de la talla de Verne, Stevenson o Scott, no en calidad de correlato, sino de todo un predecesor en muchas de las ideas y formas narrativas que hicieron populares luego a aquellos escritores.

A través de la historia hemos asistido a una especie de disección de la novela, que separa en ella la fantasía del sustrato político que la sustenta. Es decir, le hemos atribuido una mayor importancia al aspecto imaginativo que a la función satírica, carácter que Swift deseaba fuera el fundamento de su obra. Se trata de una consecuencia previsible, ya que los lugares, personajes y acciones que toman parte en ella resultan sorprendentes por donde se los mire, y su impacto limita la mayoría de veces una interpretación más profunda del contenido.

Esta observación no supone un mal análisis de la novela, simplemente aclara que esa mirada constante sobre lo narrativo ha actuado en desmedro de sus otras dimensiones. Sin embargo, el ojo del buen lector ha sabido restituírsela: André Breton, por ejemplo, llamó a Swift “el verdadero iniciador del humor negro”, merced a la continua ironía social a la que somete el autor su narración; Entwistle y Gillet dijeron del libro que “los niños ingleses de doce años siguen las aventuras de Gulliver como una novela, y sólo de vez en cuando se dan cuenta con placer de que hay en lo que leen una relación incongruente con su propio mundo: es la iniciación del niño en la crítica social”.

Y es que, además, no podría ser de otra forma, cuando se tiene presente que el autor de los Viajes de Gulliver fue, en rigor, un protagonista en la política de su época. Por muchos años trabajó Swift bajo el servicio de sir William Temple; publicó alternativamente en Irlanda e Inglaterra panfletos a favor de los tories; y tuvo a cargo la dirección de distintas iglesias en Dublín. Todas estas ocupaciones le confieren a Jonathan Swift un conocimiento amplio de las cortes, los ministerios, la vida pública y jurídica inglesa, material que luego influirá en su novela.

A este respecto es importante destacar que, aun cuando el escritor actuó al lado del gobierno tory –partido conservador de entonces-, y se desempeñó como capellán, hay, en su pensamiento, un matiz bastante pesimista. En los Viajes de Gulliver, concretamente, es posible sentir ese dejo desesperanzador e, incluso, misantrópico que le ha valido la connotación de promotor del anarquismo. Las páginas de la novela están escritas con un desencanto notorio, y son una sentencia a la hipocresía, el sometimiento social, la falta de virtud de los gobernantes, y la defensa de la guerra y el despotismo.

Narrada con ese tono confidencial que caracterizó los libros de viajes de la época; mezcla sutil de descripciones, crítica y acción; en los Viajes de Gulliver hay un diálogo constante entre el autor y los lectores, tanto en el plano nominativo, como en el de ese llamado a vernos, más allá de cualquier metáfora, dentro del marullo de virtualidades que se desean resaltar. Se intentará, a continuación, hacer una reflexión sobre estas virtualidades, a partir de las cuatro partes que componen el libro, cada una de las cuales se refiere a un viaje particular del protagonista hacia un lugar recóndito, pero significativo a la hora de examinar los comportamientos, vicios y problemas de la humanidad.

Los cuatro viajes de Gulliver

Lemuel Gulliver es un médico navegante que ha tenido la (in)fortuna de conocer los más sorprendentes lugares del mundo. Llegado a la madurez, decide relatarnos las aventuras que vivió en cuatro de estos sitios, en un período que comprende desde el 4 de mayo de 1699 hasta el 5 de diciembre de 1715. En las cuatro partes del libro se realiza la narración específica de un lugar, mezclando aspectos anecdóticos con concienzudos exámenes de la estructura política y social.

El primer viaje de Gulliver lo lleva a Liliput, un país habitado por hombres diminutos del tamaño de un dedo. Llegó allí después de que naufragara el Antílope, embarcación en la que trabajaba como médico. Una vez descubierto Gulliver por los nativos del país es hecho prisionero, a pesar de lo curioso que resulta la situación, puesto que el protagonista podría fácilmente acabar con todos ellos, gracias a su tamaño, corpulencia, y el poco efecto que tienen sobre él las armas de los liliputienses.

Después de hacer un inventario de sus pertenencias y de llevarlo ante el soberano del país, Gulliver es liberado bajo algunas condiciones, las cuales cumple a cabalidad, convirtiéndose muy pronto en una atracción para la corte y la población. Gulliver admira la belleza de aquellos seres y la manera como todas las cosas de la naturaleza guardan proporción con su tamaño. Sin embargo, después de ayudarlos, por petición del rey, en su victoria contra el vecino reino de Blefuscu –que según ellos desea invadirlos-, se inician los problemas para nuestro héroe, puesto que se niega a la decisión de servir al soberano de Liliput como herramienta para oprimir otros pueblos y expandir sus dominios.

Acusado así de conspirar contra Liliput, y de ser amigo de los reyes de Blefuscu, Gulliver es avisado por un camarada de que la corte ha decidido asesinarle; sin perder tiempo huye hacia Blefuscu, en donde después de una temporada, se le procuran todos los materiales necesarios para la construcción de la nave que lo llevará de vuelta a su país, luego de tres años de ausencia.

Un par de meses después de su regreso a Inglaterra, Gulliver se ve de nuevo en el mar, esta vez a bordo del buque Aventura. Su suerte lo llevará a ser abandonado en Brobdingnag, una isla poblada por gigantes, a la cual se había acercado con sus compañeros para proveerse de agua. Atrapado por un labrador del lugar, es llevado a la casa de éste, y educado por su hija –Glumdalclitch- para que aprenda el idioma del lugar. Muy pronto el rumor de que se ha encontrado un pequeño animal con uso de razón corre por todas partes y, persuadido por un amigo, el labrador decide recorrer distintas ciudades exhibiendo a Grildig –como se le conocerá desde entonces a Gulliver-.

Los rumores llegan hasta los oídos de la reina de Brobdingnag, quien decide comprarle el “animal” al labrador. Ya en la corte, Gulliver se convertirá en una suerte de consejero de los reyes, quienes quedan sorprendidos por la forma en la que, a pesar de su debilidad física, hace alarde de inteligencia y fantasía. Ellos mismos le procurarán todas las condiciones para su estadía, y aceptarán a Glumdalclitch como la encargada de su instrucción. Su estadía pasa, así, una vez domina el idioma de la isla, en largas charlas con el rey, en las que se establecen comparaciones entre el gobierno de Brobdingnag y Europa.

Gulliver se siente un poco mal porque para los habitantes de aquel pueblo, la fuerza prevalece sobre todo, y no creen en las capacidades de un ser tan diminuto. Sin embargo, tendrá la suerte de ser llevado a la costa del país, en donde un águila raptará la caja en la que vive y lo dejará caer sobre el mar, luego de lo cual será rescatado por una embarcación que lo lleva de regreso a Inglaterra.

Pero las aventuras de Gulliver van, entonces, apenas por mitad, pues en 1706 parte hacia las Indias Orientales a bordo del buque Buena Esperanza, desconociendo el azar que lo llevará hacia un lugar todavía más sorprendente. Su nave, asaltada por piratas, toma un rumbo diferente al presupuestado, y Gulliver es lanzado fuera en una pequeña canoa que termina dejándolo en Lupata [1], un extraño territorio cuya capital es una isla flotante que funciona a través de un gigantesco imán que atrae o se distancia de los minerales del suelo según se desee.

Al contrario de Liliput y Brobdingnag, Lupata está habitada por seres de tamaño normal, aunque estos suelen tener la cabeza inclinada hacia algún lado, mientras sus ojos miran, uno hacia adentro y otro hacia fuera. Sus habitantes se dedican exclusivamente a elucubraciones sobre música y matemáticas, razón por la cual viven siempre ensimismados. Tienen, para efecto de retrotraerlos a la realidad, unos sirvientes que se encargan de atinarles cada tanto un golpecillo; sin embargo, la isla, ya que muy pocos se encargan de las cuestiones formales y concretas, se muestra degenerada en todos sus niveles.

Gulliver conocerá todos los centros de investigación que hay en los banibarbas, es decir, en los pueblos que se hallan bajo el poder de la isla voladora de Lupata. Allí se realizan los más desconcertantes proyectos científicos (como recuperar los alimentos después de defecados, mejorar el lenguaje eliminando las palabras, o construir las casas de arriba abajo). Pronto, nuestro protagonista comprueba el grado de abstracción de la vida en ese país, y parte desanimado hacia la isla vecina de Glubbdubdrib, sitio poblado únicamente por hechiceros, y en donde Gulliver puede, ante la presencia de su soberano, hablar por un momento con los muertos: Aristóteles, César, Descartes.

En semejantes condiciones, Gulliver hace un recuento sobre todas las mentiras que han servido de base para la escritura de la historia, y conoce de primera mano los discursos de quienes la han hecho. Tiempo después, y decidido a regresar a Inglaterra, parte hacia Luggnagg, de donde saldrá pronto una embarcación hacia el Japón. Allí conoce una extraña raza de hombres –los struldbrugs-: seres inmortales que cada tanto nacen en el lugar, y que a pesar de no morir nunca, degeneran casi hasta la indigencia a la edad de los ochenta años; cosa que se le antoja a Gulliver una especie de castigo a la inclinación de ciertos hombres por la inmortalidad.

Por último, el destino del viajero lo lleva a embarcarse en 1710 como capitán de un buque dedicado al comercio marítimo. Gulliver comete el error de contratar a antiguos piratas como parte de su tripulación, y éstos no pierden la oportunidad de hacerse con el barco y dejar a su capitán en el país de los Houyhnhnms, caballos dotados de inteligencia, modelos de virtud, control y organización, y que tienen una raza de hombres salvajes (los yahoos) como parte de los animales adiestrados para los trabajos más pesados.

En este lugar, Gulliver paulatinamente deja ver su odio hacia los yahoos, con quienes los Houyhnhnms lo confunden al principio, guiados por su apariencia. Aquellos seres representan todos los defectos, vicios y ferocidad de la que quepa sentirse avergonzado. Alternativamente, se acrecienta en el aventurero la admiración por aquellos caballos que no tienen en su lenguaje y acciones espacio para la mentira, la hipocresía, o la guerra. Vivirá a su lado por más de tres años, aprendiendo de ellos toda clase de virtudes, y sintiéndose pertenecer por naturaleza a la más horrorosa de las especies: la del hombre.

Tanto llega a admirar Gulliver a los Houyhnhnms que cuando estos deciden que, a pesar de manejar ciertos criterios de razón, él no deja de ser un yahoo como los otros, prefiere entregarse a la muerte. Pero su destino le tiene reservado el regreso a Europa, y es así como, un buque portugués lo rescata de su exililio entre los mares y lo pone a salvo en Inglaterra, en donde a la fecha de escritura de su relato, todavía no deja de sentirse incómodo entre los otros hombres, incluso, entre su propia familia.

La sociedad de Liliput

Se había dicho más arriba que el objetivo de Jonathan Swift al escribir su libro, no era simplemente el de narrar una historia que atrajera por su contenido y fantasía, sino sobretodo presentar a través de esas metáforas que son Liliput y compañía, una reflexión muy seria sobre la sociedad que él mismo había conocido, y frente a la cual se sentía, francamente, decepcionado. De este modo, cada uno de los cuatro países que hacen parte de la novela, son espacios de debate sobre los vicios, infortunios, y excesos de los europeos.

Liliput y Brobdingnag son, en el conjunto de los Viajes de Gulliver, las sociedades menos desarrolladas; de economía feudal, y administradas por soberanos omnipotentes, carecen de los desarrollos científicos con los que cuenta, por ejemplo, Lupata. Sin embargo, he aquí que, en contraste con la Europa del siglo XVIII, que privilegia ciertos discursos racionales de la ciencia y la filosofía-, aquellos países cuentan con logros no alcanzados por Occidente todavía en esa fecha, referentes a la organización social y política.

Citemos un caso: en Liliput la justicia no funciona únicamente bajo la perspectiva del castigo; de modo complementario, se valora el cumplimiento de las leyes a través de la recompensa. Alguien que acredite que ha cumplido a cabalidad las normas del país, se hace merecedor de un título específico y cierta cantidad de dinero que proviene del erario público. Esta sola idea comprende ya una crítica al sistema jurídico occidental que, desde siempre, y en las distintas regiones, ha sido entendido de modo exclusivo bajo la noción de condena o sanción.

Asimismo, los liliputienses no comprenden la manera en la que es posible que las capacidades intelectuales exigidas para determinado cargo político, no se vean supeditadas a las virtudes morales. En vano trata de explicar Gulliver al rey del país que, en muchas ocasiones, quienes acceden a los puestos públicos son nombrados por vías distintas de la conveniencia ética y moral:

“A tal punto entienden que la falta de virtudes morales está muy lejos de ser substituida por superiores capacidades de la mente, que los cargos no son nunca puestos en tan peligrosas manos como las de personas así calificadas, opinando por ende que los errores cometidos por ignorancia y con buena intención nunca pueden ser tan perniciosos para el bien público como lo ejecutado por un hombre de inclinaciones corrompidas y cuyas grandes facultades le permitan multiplicar y defender sus cohechos” (Págs. 40-41)
Otro tanto puede decirse con respecto a la educación en Liliput, que no se entiende, como suele hacerse en nuestros estados, en términos de una responsabilidad propia de la familia o la escuela. Los padres, por el contrario, son vistos por los liliputienses como los seres menos idóneos para las tareas de instrucción, quedando esta labor destinada a unos centros públicos, a los que por regla establecida se debe enviar a los niños, y en donde –sin distinción de sexo- son educados para el desarrollo de los trabajos que, de acuerdo a su rango social, les sean destinados.

Pero, por otra parte, Swift, de manos de Gulliver, hace notar algunos defectos en la estructura social de Liliput: critica, en primer lugar, el modo en el que, bajo ciertas circunstancias, la corte, buscando su propio entretenimiento, permite que grandes empleos caigan en las manos de los personajes que logran hacer las mejores piruetas sobre una cuerda dispuesta frente a Su Majestad. Se trata de una referencia casi explícita a los endulzamientos de oído, las prebendas, y todo el tratamiento por debajo de mesa que precede, en tantos casos, la llegada de alguien a un cargo de poder.

En segundo lugar, se realiza un análisis en esta parte del libro sobre dos conflictos sociales: la guerra civil, y el ánimo expansionista. Le fue contado a Gulliver que Liliput, a su llegada, atravesaba por una profunda incisión; todo se debía a que, aun cuando la forma tradicional de romper los huevos fuera pegándoles por su extremo más ancho, después de que el abuelo del emperador se cortara un dedo haciéndolo de este modo, se había ordenado a todos los habitantes que empezaran a golpear el huevo por el lado más angosto, cosa que disgustó notoriamente a muchas personas, puesto que consideraban el edicto un capricho del rey, y no estaban dispuestos a obedecer una arbitrariedad.

Así, pues, Liliput, durante la estadía de Gulliver, está dividida entre quienes rompen los huevos por la parte más angosta y que, en consecuencia, apoyan las disposiciones de Su Majestad, y aquellos que los rompen por la parte más ancha, considerados como rebeldes. Tal vez muchos se quedan aquí en lo picaresco de la situación, pero, para otros, la anécdota es una fórmula de Jonathan Swift para pasar revista a lo insustanciales que resultan muchas veces las guerras civiles y, sobretodo, lo poco implicado que está en su origen el grueso de la población.

El otro gran conflicto social de Liliput tiene que ver con las constantes disputas que sostienen con Blefuscu, el país vecino. A todas luces, lo que pretende mostrar Swift, en este punto, es el modo en el que los reyes y emperadores disponen todo para satisfacer sus caprichos personales y acrecentar su prepotencia. De esta forma puede interpretarse el hecho de que, una vez Gulliver ha ayudado al rey de Liliput apresando una flotilla de embarcaciones de Blefuscu que pretendía atacar la isla, se niegue a seguir a su servicio en los deseos que tiene el soberano de invadir con su colaboración dicho país.

“No podrá contarse conmigo en la empresa de invadir un país libre y soberano, por una simple inclinación de orgullo”, declara Gulliver, y de su firme determinación vendrá la sentencia de Liliput que lo hace ver como un enemigo de su pueblo, aun cuando tanto los haya ayudado. Por tal motivo, la moraleja que más exactamente se desprende de esta primera parte de su aventura es: “De muy poco peso son los servicios hechos a los príncipes cuando los contrabalancea una negativa a lisonjear sus pasiones”.

La sociedad de Brobdingnag

Si, en Liliput, Gulliver es una especie de todopoderoso, debido a su fuerza y tamaño, en Brobdingnag, ocurrirá todo lo contrario: en esa tierra de gigantes se verá vulnerable no sólo a las acciones de los hombres, sino también a la de los animales que, guardando proporción con todo lo demás, son criaturas monstruosas para al viajero. Y, además de esto, considerado por los habitantes como un animal que apenas se distingue de los otros por ciertos rasgos de razón, tendrá que vivir su experiencia como alguien desvalido y siempre criticado.

Quizá pueda encontrarse aquí una primera visión panorámica de los Viajes de Gulliver que tendría que ver con el hecho de revelar la contingencia de la vida, esto es, la posibilidad de ser superiores o inferiores según nos veamos inmersos en determinadas circunstancias. Pero más allá de esto, Swift establece un conjunto de reflexiones que es necesario resaltar para comprender esa paradoja de Gulliver, que consiste en pasar de un sitio en donde todos le tienen miedo, a personificar él mismo el miedo a los otros.

Como se dijo antes, de modo general Brobdingnag es una sociedad económicamente muy parecida a Liliput: ambos países subsisten con base en la agricultura, y están centralizados en el poder de un rey. Empero, hay una particularidad en el caso de Brobdingnag y es su estrechez de pensamiento, ya que sabiéndose fuertes e inteligentes, no creen que pueda existir otra especie que se les asemeje en lo más mínimo. Pasará mucho tiempo Gulliver intentando en vano convencer al rey de aquel pueblo de muchas cosas en las que Europa los adelanta a pesar del tamaño de sus pobladores.

Sin libros que hablen sobre la ciencia del gobierno, sin complicados tratados constitucionales, Brobdingnag funciona merced a reglas que “no pueden exceder el número de letras de su alfabeto (22)”, un sentido básico de justicia, y la intuición suficiente para abrirse siempre el camino más adecuado. El intentar mostrar a Su Majestad que en Europa hay grandes compendios jurídicos, personas a quienes se les paga por resolver litigios y demás, se convierte para Gulliver en un problema, y cuando por fin logra al menos ser comprendido, la respuesta obtenida hará justicia a su relato.

En efecto, lo que descubrirá el rey de Brobdingnag es que de la extrema división europea de leyes e instituciones sólo deviene un número mayor de potenciales corrupciones. En aquel país –dirá el monarca a Gulliver refiriéndose a Europa-, parece que ningún hombre se ve ennoblecido por la virtud, por su integridad o por su amor a la patria, y apenas si se reconoce un rastro de las instituciones ideales para las cuales deberían trabajar.

Pero, si bien Occidente sale bastante mal librado de este contraste social, se descubrirá que también en esta región, aislada de todas las demás del mundo, han brotado los gérmenes de la maldad humana. Por ejemplo, en cierta ocasión en que Gulliver está hablando con Su Majestad sobre las distintas armas que se utilizan en las guerras entre países, el soberano reconoce que, aunque no con el mismo nivel de destrucción que aquellas que él relata, la guerra también ha sido una realidad vivida en su sociedad. Sorprendido al saber que un país distante de los otros, también pueda conocer la hostilidad de una guerra, generalmente producto de enfrentamientos por diferencias, se atreve a preguntarle por su origen:

“Juzgué curioso saber cómo aquel príncipe, cuyos dominios no tienen acceso a ningún otro país, llegó a pensar en ejércitos y enseñó a su pueblo la disciplina militar. Pero pronto fui informado, tanto en platicas personales como en las historias, de que aquella nación había sido turbada, durante muchas eras, por el mismo mal a que está sujeto todo el género humano: la nobleza contendiendo por el poder, el pueblo por la libertad y el rey por el dominio. Todo lo cual, aunque afortunadamente atemperado por las leyes del reino, había dado, no obstante, motivo a diversas violaciones de la ley por cada una de las tres partes, ocasionando más de una vez guerras civiles, la última de las cuales había concluido felizmente el abuelo del príncipe reinante mediante un acuerdo. Y la milicia que entonces se creó por asenso común, había sido en lo sucesivo mantenida dentro de su estricto deber” (Pág. 89)
Resumiendo, hay una doble relación entre Occidente y Brobdingnag: de una parte, una distancia insuperable, en el plano de las divisiones públicas y el desarrollo del debate político, que aunque con mayor tradición en nuestros países, funciona mejor en Brobdingnag. De otra parte, una cercanía que se establece a partir del conocimiento de la guerra en ambos lugares. Pero la terquedad no permite a los habitantes de aquella isla comprender esta relación, situación que lleva a Gulliver a declararnos la enseñanza de su segunda aventura: “Vano es el intento de que un hombre se esfuerce en querer ensalzarse ante quienes se hallan fuera de todo grado de igualdad o comparación con él”.

La sociedad de Lupata

Lupata se distancia totalmente de Liliput y Brobdingnag, en el sentido de que es una sociedad de vanguardia. Es cierto que pervive en este país la agricultura como fuente económica, pero su carácter distintivo se haya en el alto desarrollo de la ciencia, específicamente, la matemática y la música. Sus habitantes, de tamaño y apariencia semejantes a los nuestros, son seres consagrados a las más diversas elucubraciones, motivo que los ha llevado a construir su hábitat, su espacio de realización, en lo abstracto.

En otras palabras, mientras que en los primeros países que conoce Gulliver, la naturaleza, la realidad concreta, condiciona de sobremanera las actitudes y organización de los ciudadanos, en Lupata, estos aspectos son, justamente, los más descuidados, mientras que el cultivo de la mente ha alcanzado su máximo desarrollo. Tanto es así, que existen algunos habitantes de menor rango –los climenoles-, dedicados exclusivamente a golpear de vez en cuando a sus amos para que regresen de sus especulaciones, y puedan sostener una conversación normal con su familia o un visitante, no se caigan por un barranco, o se estrellen mutuamente en la calle.

Jonathan Swift hace, como se ve, una sátira de la concentración de la ciencia en el plano de la especulación, que tiene como consecuencia el descuido de los problemas más directos y situados. Es una crítica llena de metáforas, puesto que no sólo se hace palpable en los habitantes de Lupata, que andan siempre “por los aires”, sino en la generalidad del país, ya que su nombre significa, justamente, “isla voladora”, o sea, un lugar que anda por encima de las cuestiones terrenales.

Pero todavía más: el gran problema que enfrenta Lupata a los ojos de Gulliver es que se trata de una sociedad que, aun cuando alimenta progresivamente sus ideas, planteando hipótesis, generando esquemas y demás, carece enteramente de la posibilidad de realizarlas. Por un lado, muchas de ellas rayan en lo irracional: planean concentrar la luz a través del uso de pepinos, recuperar los alimentos después de defecados, reconocer las pinturas por medio de olores y texturas, construir las casas desde arriba y sin bases, etcétera. Y por otro lado, casi por regla general, cuando intentan llevarse a cabo, entorpecen las cosas que funcionan bien. Así los describe Gulliver:

“Sus casas están muy mal construidas, con muros achaflanados, sin un solo ángulo recto en ningún aposento. Este defecto nace del desprecio con que miran la geometría práctica, que desprecian como mecánica y vulgar. Y siendo las instrucciones que dan demasiado refinadas para los intelectos de sus trabajadores, éstos cometen equivocaciones continuas. Y si bien los nativos son muy diestros sobre una hoja de papel, manejando lápiz, regla y escuadra, en las acciones comunes de la vida y comportamiento habitual no he visto pueblo más torpe y menos mañoso, ni tan lento y dubitativo en todas sus concepciones, salvo las músicas y las matemáticas. Son muy malos razonadores y vehementemente inclinados a la contradicción, a menos que sostengan la causa acertada, lo que rara vez sucede. La invención, la imaginación, la fantasía, son cosas totalmente extrañas a ellos y no tienen en su vocabulario palabras que las designen: todo el círculo de sus pensamientos y ánimos está encerrado entre las dos ciencias citadas” (Pág. 104)
Hay una cosa segura y es que Swift no quería dejar escapar la oportunidad de dar su opinión sobre los progresos de la ciencia y la filosofía de su época, que pretendían alcanzar todos los espacios de la sociedad, y erigirse como los paradigmas de Occidente. En buen grado lo lograron, y el precio fue el socavamiento de muchos de los problemas concretos de los hombres, y las tantas posibilidades de éstos por fuera de esas dos vías del conocimiento. Es tanto como si el autor afirmara: hemos llegado a un nivel tal de abstracción que nos hemos desviado de los problemas reales que pretendíamos resolver, con lo cual se ha creado un espacio nuevo de especulaciones, que de poco o nada nos sirve.

La isla, esto es, el paradigma de la ciencia abstracta, va y viene por todos los territorios banibarbas, aniquilando cualquier posibilidad de rebelión, o resistencia: metáfora de un discurso que se asume desde una perspectiva de verticalidad que somete los discursos divergentes, unificando todo el país bajo un mismo lenguaje, y haciendo ver todo lo demás (los campesinos que siembran sus campos y cuidan su indumentaria, la construcción de caminos y casas) como pérdida de tiempo, residuos de lo verdaderamente importante.

En ese mismo tercer viaje en que Gulliver conoce Lupata, Swift estableció otras dos grandes reflexiones. La primera viene de lo vivido por el personaje en Glubbdubdrib, el país de los hechiceros, cuyo monarca está en la capacidad de traer a la vida, momentáneamente y para dialogar con ellos, a los muertos. Gulliver no dejará pasar la oportunidad de cruzar unas palabras con Pompeyo, con César o con Aristóteles, y de debatir con ellos, la manera en la que la historia siempre ha estado escrita de una manera conveniente y parcial:

“Me disgustó sobre todo la historia moderna. Porque, habiendo examinado estrechamente las personas de más grandes nombres en las cortes de los príncipes durante los cien años últimos, encontré cuánto había sido desfigurado el mundo por los escritores mercenarios, que adscribieron a cobardes las grandes hazañas bélicas, a necios los consejos prudentes, a aduladores la sinceridad, la virtud romana a los traidores a su nación, la piedad a los ateos y la veracidad a los delatores. Vi también cuántas excelsas e inocentes personas habían sido condenadas a muerte o destierro a causa del influjo de los grandes ministros sobre la corrupción de los jueces y la malicia de las facciones; cuántos villanos habían sido exaltados a los más altos puestos de confianza, poder, dignidad y provecho; cuánta parte en los actos de la corte, consejos y senados podrían achacarse a parásitos y bufones. ¡Qué opinión tan baja formé de la integridad y la sabiduría del género humano cuando fui verídicamente informado de los fundamentos y motivos de las grandes empresas y revoluciones del mundo y de los minúsculos incidentes a que debían su éxito!” (Pág. 125)
Por último, y cuando Gulliver viaja a Luggnagg se hace una disertación sobre la cuestión de la inmortalidad. Tema sobre el cual se han escrito tantas páginas, y deseo de tantos necios en las cortes y palacios europeos, lo que intenta hacer Swift es una crítica a esta vanidad de querer trascender nuestra naturaleza. Para ello crea la figura de los struldbrugs, hombres inmortales que nacen en aquella isla, que habrían de convertirse en la envidia de los europeos, de no mostrar el autor la manera en la que la inmortalidad supone para ellos el hastío continuo de la vida, el conocimiento de toda enfermedad y martirio, la pérdida de la lucidez. Por ello, la frase que mejor define el contenido de esta parte puede ser: “Nada hay tan extravagante e irracional que no encuentre algunos filósofos dispuestos a preconizarlo como verdadero”.

La sociedad de los Houyhnhnms

En Los Viajes de Gulliver se hace un recorrido por distintas posibilidades de sociedad. Dentro de ellas, el país de los Houyhnhnms representa el orden más elevado, y no ya porque tengan la ciencia más desarrollada, sino porque desconocen cualquier defecto que provenga de los vicios, siendo en todos sus aspectos un dechado de virtud. De cierta manera, se trata –aunque los Houyhnhnms sean caballos,- de la utopía axiológica y moral de Jonathan Swift.

Pero, además de una utopía, el país de los Houyhnhnms es la sátira más mordaz que pudo escribir el autor, toda vez que en él tiene lugar una inversión de los órdenes tradicionales de la naturaleza: los animales inferiores –en este caso los caballos-, pasan a ser la clase dominante, mientras que el hombre –llamado despectivamente yahoo-, es reducido a un clan salvaje y sucio, con mínimas señales de entendimiento.

Es así que, como no ocurre en ningún otro sitio de los países que visita, Gulliver quedará prendado, poco a poco, de los Houyhnhnms, hasta llegar a ese punto definitivo, al cierre de su relato, en el que declara abiertamente la ignominia que siente al llamase a sí mismo humano. Su vida junto a estos sofisticados caballos le revela todos sus deseos para la humanidad: respeto, justicia, prudencia, destreza; no hay en su vida lugar para los más corrientes vicios que conoció en Europa: la corrupción, la hipocresía, la mentira, o la traición.

Considerado por los Houyhnhnms como un yahoo, apenas diferenciable por su manejo de lenguaje y algunos matices de razón, Gulliver enfrenta una situación trágica: conocer de primera mano los más exaltados valores a los que podría aspirar cualquier hombre, pero estar condenado, por su propia naturaleza, a no poder alcanzarlos. Le costará mucho comprender la simplicidad del comportamiento de los Houyhnhnms, que por su misma perfección rebasa cualquier entendimiento: entre ellos no hay palabra para designar mentira, o injusticia, tampoco experiencias de guerra o castigo; todos actúan bajo normas sencillas de sentido común que jamás se han cuestionado.

El discurso de Gulliver frente a su protector en el país de los Houyhnhnms, le muestra a este último conductas insospechadas, difíciles de comprender, después de las cuales sentenciará: “tal vez la razón a la que puedan apelar los hombres sirve únicamente para acrecentar más sus vicios y brutalidad”. Swift quiere mostrarnos cómo, en contraste con el reino de los Houyhnhnms, para quienes la razón funciona a guisa de virtud, en nuestro mundo, sólo sirve para proveernos de más y peores dificultades. Así, nos lo cuenta Gulliver:

“…nos consideraba como una especie de animales a quienes, por algún accidente que no conseguía conjeturar, había sido concedida una minúscula parte de razón, inútil para nosotros, salvo en el sentido de agravar con su ayuda nuestras corrupciones y adquirir otras nuevas que la naturaleza no nos había dado; que nos privábamos nosotros mismos de las pocas capacidades que poseíamos, habiendo sido muy diestros en multiplicar nuestras naturales faltas y pareciendo pasar todas nuestras vidas en vanos esfuerzos por substituirlas por las inventadas por nosotros” (Págs. 165-166)
Como puede seguirse de lo anterior, el debate principal en este viaje de Gulliver, se centra en la razón, y en su contraste con esa animalidad que parece ser su otra cara. Ver a sus congéneres, o sea, a los yahoos esclavizados en el país de los Houyhnhnms, pero saber su condición como un destino merecido, será tanto como sentirse él mismo presa de su naturaleza, en la que razón y salvajismo luchan fuertemente sin conseguir superarse o, en el mejor de los casos, logrando un sincretismo vergonzoso.

La crítica puntual es la siguiente: la razón no debe convertirse en un punto problemático, ni en una experiencia relativa; como sucede con los Houyhnhnms, debe tratarse de una cuestión “que impresiona por su convicción inmediata”, por la fuerza de su argumento. No cabe aquí espacio para la opinión, para las interpretaciones encontradas, o las divergencias; la razón es una universalidad totalizadora, una lucidez que termina con cualquier zona oscura o controversial, y de la que sólo puede devenir un comportamiento virtuoso.

De este modo, ninguna biblioteca europea, ningún tratado exhaustivo sobre la filosofía, ninguna retórica, será capaz nunca de alcanzar la contundencia de la razón, al modo en que la percibe Gulliver en los Houyhnhnms: su organización social, clara y perfectamente adaptada; su justicia, que responde a elementales criterios de igualdad y co-responsabilidad; su división por jerarquías que nada tienen que ver con derechos divinos, sino con una base elemental de aptitudes; su sencillez a la hora del trato entre sí, que no permite faltas de nobleza o envidias. Cada aspecto converge para la declaración final de Gulliver: “La naturaleza se satisface con poco, y la necesidad es la madre de la invención”.
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Los Viajes de Gulliver es una de las sátiras más pesimistas jamás escrita en literatura. Swift la proveyó de los dos elementos que convierten una novela en obra maestra: una historia memorable, y la capacidad de criticar sin miramientos los problemas de la época.

NOTAS:

[1] Esta edición utiliza el nombre Lupata para referirse a la tercera isla que conoce Gulliver, aunque en el original inglés se use Laputa, y Swift lo haya elegido con sentido despectivo para referirse al poder inglés (una isla) sobre Irlanda. Algunos traductores, precaviendo el disgusto que la palabra tendría para lectores hispanohablantes, han cambiado la palabra por Lupata, Laput o Lapuda.

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