AUTOR: Johann Wolfgang von Goethe
TÍTULO: Los Sufrimientos del Joven Werther
EDITORIAL: Inst. Colombiano de Cultura (Primera edición)
AÑO: 1973
PÁGINAS: 214
RANK: 9/10




Por Alejandro Jiménez

Después de terminar sus estudios en la Universidad de Leipzig en 1772, Goethe se trasladó a Wetzlar para trabajar en la Cámara Imperial; allí, asistiría –en junio de ese mismo año- a la reunión social en la que conoció a Charlotte Buff y Johann Christian Kestner, la joven pareja de prometidos que inspiró los Lotte y Alberto de Die Leiden des Jungen Werthers (1774). Tal como sucede en la novela, la primera de las grandes obras de Johann Wolfgang von Goethe (1749-1832), el autor se encontró presa de sus sentimientos por Charlotte, de todo punto irrealizables, razón por la cual marchó de la ciudad unos meses después.

Hablar, así, de Los Sufrimientos del Joven Werther es referirse, ante todo, a un libro de corte autobiográfico, un retrato de esos años de juventud en los que Goethe vivió en carne propia el contraste entre las pasiones y las reglas sociales, tensión especialmente compleja durante su época, y que convierte a Werther en el alter ego de su creador, no sólo por las referencias explícitas que puedan existir (como el cumpleaños de ambos el 28 de agosto, o el rechazo de sus pretensiones amorosas), sino, además y, principalmente, por el profundo revuelo emocional que para ambos representa la experiencia del amor.

Escrita cuando Goethe tenía apenas veinticuatro años, la historia de Werther se convirtió al poco tiempo en una obra emblemática del romanticismo. Se la leyó con entusiasmo en los círculos intelectuales europeos, y durante mucho tiempo dejó en sombra a las otras producciones poéticas y dramáticas del escritor. Y es que, aun cuando el mismo Goethe dejara ver en su vejez el disgusto que sentía por el libro, concretamente en lo que respecta a haber puesto en conocimiento público sus afectos hacia Charlotte Buff, no por ello dejó de celebrarse su impacto en los apasionados del amor, para quienes se convirtió en la página reveladora de su universo.

Hoy por hoy, volver al Werther puede resultar para muchos una forma de exotismo: su lenguaje, rebosante de lirismo; el papel preponderante que le otorga a la naturaleza; su grito de guerra contra la racionalidad del arte y; por supuesto, el carácter trágico de su amor; son elementos que hacen ver a Werther, un poco lejos de nuestras proporciones. Pero lo cierto es que a más de dos siglos de distancia, el libro continúa enfrentando a sus lectores a problemas que no han perdido vigencia como la locura, la madurez emocional, o la muerte y, aún más, por su misma distancia histórica, nos permite ampliar la perspectiva de lo humano hasta todas esas potencias y virtualidades que la obra explora.

Quisiera contribuir, pues, al análisis de algunas de estas cuestiones, teniendo como base tres elementos: la noción de arte que se desprende de la novela; la discusión sobre la niñez en tanto núcleo del romanticismo y; finalmente, la relación pasión-locura como contraparte de los paradigmas sociales y axiológicos del siglo XVIII.

Werther nos cuenta sus sufrimientos

Werther es un joven artista que viaja cerca de Wahlheim por dos motivos diferentes. En primer lugar, debe ponerse al tanto de algunos asuntos que tienen que ver con una herencia de su madre y, segundo, desea olvidar un episodio triste de su vida: ha visto morir a Leonora, la muchacha que estaba perdidamente enamorada de él, pero cuyo amor no fue correspondido. Ubicado allí, empieza a enviar a su amigo Guillermo [1] un conjunto de cartas a través de las cuales le hace confidencia de su diario vivir, desde el 4 de mayo de 1771 hasta el 6 de diciembre de 1772, fecha en la que, sometido por su tormento, ya no podrá ni siquiera poner dos palabras por escrito.

Los primeros días de su viaje traen para Werther la calma necesaria para su espíritu, apasionado por naturaleza: ocupa su tiempo caminando por el campo, dibujando toda suerte de paisajes, hablando con sus vecinos, y disertando sobre temas artísticos y filosóficos. Sin embargo, toda esta tranquilidad empezará a mudar de aspecto, por allá a mediados de junio, cuando Werther conozca a la hija del intendente S..., la hermosa Lotte, quien con su gracia y belleza, convertirá al joven en su más turbulento enamorado.

Sucede que, pese a las indicaciones que aquí y allá se le hacen para evitar que se ilusione, Werther olvida que Lotte está comprometida y que su futuro esposo estará de vuelta en Wahlheim demasiado pronto. Atrapado por su sentimiento, vive junto a la muchacha y sus hermanos –de quienes ha quedado al pendiente- la temporada más feliz de su existencia: yendo con ella a reuniones, saliendo de paseo, tocando el clave y, en fin, compartiendo sus opiniones sobre el mundo. Sin atreverse a confesarlo, pero presagiando un amor compartido en los gestos y miradas de Lotte, Werther no pondrá a tiempo un límite para lo que siente, con lo que hollará él mismo el camino de su tragedia.

De vuelta Alberto en Wahlheim, la intimidad y el apego de Werther y Lotte empieza a menguar. Lo terrible para nuestro personaje será el encontrarse con que el prometido de Lotte es un dechado de virtudes, un hombre que la ama y respeta sobre cualquier otra cosa, y físicamente agraciado. Tanto es así, que el propio Werther no podrá evitar trabar amistad con Alberto, y compartir con él el encanto deslumbrador de Lotte, en las salidas a las que concurren todos. Así, viendo que su amor se ha convertido en un sentimiento incontrolable, y que la pareja de prometidos llegará a casarse indefectiblemente, Werther decide partir en septiembre, aceptando la posibilidad de trabajar junto al Embajador.

Sin embargo, el estar lejos de Lotte y ocupando su cabeza en cosas de otro tipo, no tiene para el joven los resultados pretendidos. Muy pronto el trabajo lo cansa debido al mal carácter de su jefe y, por otro parte, siente que no encaja en los rígidos moldes de la nobleza, que filtra severamente a los individuos. Ni siquiera la ilusión que le procura la señorita B…, es suficiente para retenerlo allí, de modo que después de presentar su dimisión a la corte, regresa a su casa cerca de Wahlheim y reinicia su amistad con Lotte y Alberto.

Verla, después de casi un año, es simplemente confirmarse a sí mismo la única certeza de su vida: ama a Lotte. Ningún intento de disuasión, aun cuando provenga de la misma Lotte, ningún tiempo será suficiente para desprenderlo de ese sentimiento; es entonces cuando nuestro personaje empieza a persuadirse de su destino trágico: no dejará nunca de amar a Lotte, pero su amor es irrealizable, y como no se siente con fuerzas para matar a Alberto y, mucho menos, a la muchacha, un ánimo oscuro empieza a invadirlo.

Empero, antes de cualquier decisión definitiva, Werther tiene un último encuentro con ella. Éste coincide, justamente, con una ausencia de Alberto, así que, en medio de los más terribles accesos de tristeza, por fin ambos, Lotte y Werther, hallan el espacio definitivo para expresar lo que sienten: él declara su pasión, acepta la locura que lo embarga y, ella, escucha sus palabras, pero, aun cuando pueda sentir por él algo más que un afecto de amistad, no puede permitirse brindarle una ilusión. Entonces Werther le leerá algunas páginas de su traducción de Ossian que, a la sazón parecen un indicio de su propia suerte y se despedirá por última vez de ella, teniendo ya en mente lo que hará esa madrugada.

La noción de arte en Werther

De modo sistemático el romanticismo criticó la tesis del racionalismo por la cual el arte resulta ser la medida de la naturaleza. Muy por el contrario, el romántico sintió siempre que no había posibilidad de trasladar la experiencia directa e íntima al papel o la pintura; en otras palabras, que el hombre está abocado a asumir como destino individual, intransferible, cada hecho de su vida, contentándose apenas con una aproximación somera a ella a través del arte.

En Los Sufrimientos del Joven Werther, Goethe ahonda en esta reflexión de primer orden en aquella época, y lo hace proveyendo a su personaje, precisamente, de la condición de artista. En efecto, Werther es un joven pintor que, a lo largo de la novela, estará refiriéndonos una y otra vez la dificultad que encuentra para llevar al lienzo la marca reveladora que invade cada cosa. Bien al inicio de la historia ya estará confesándole a su amigo Guillermo: “Si pudieras infundirle al papel lo que tan plena y tan ardientemente vive en ti, de suerte que fuere espejo de tu alma, así como tu alma es el espejo del Dios infinito”.

Hay una especie de confinamiento, de espacio infranqueable, que no permite que los fenómenos de la naturaleza y, ni siquiera, los sentimientos y emociones personales, puedan llegar a comunicarse. “Tan imposible es que dos hombres se entiendan”, se lamenta Werther, teniendo presente que nunca acierta con la palabra adecuada en sus poemas, o con el color exacto en sus lienzos, para transmitir al otro el punto que desea.

En la obra, la experiencia supera siempre sus posibilidades formales: la tranquilidad, primero, la felicidad, en su momento e, incluso, al final, la tragedia, son estados que pueden experimentarse, pero que no hallarán nunca una racionalidad artística que sea capaz de reorganizarlos en un plano comunicativo. Se viven y punto, parece decirnos Goethe: nadie acertará a decir una palabra sobre ellos, porque su esencia es la vitalidad pura, la realización per se.

Pero, además –he aquí un rasgo contundente de su crítica-, el arte tropieza en su pretensión de racionalizar el universo porque intenta adaptarlo a unas reglas que existen a priori a la misma creación. Es decir, lo que hace todavía más difícil la traducción de la experiencia vital al arte, es el interés que existe en él de que aquella experiencia se adecúe a los moldes artísticos que ya existen: “seguir las reglas del arte, es el mejor camino para proveer al arte de su fundamento”, afirmaban los racionalistas del XVIII, ignorando que la adecuación de la vida a esas normas era, justamente, su propia destrucción:

“Ella sola (la naturaleza) es infinitamente rica, y sólo ella forma a los grandes artistas. Mucho puede decirse en pro de las reglas, casi tanto como en elogio de la sociedad burguesa. ¡Quien según ellas se forme, no producirá nunca nada de mal gusto ni malo, de igual modo que quien se moldee según las leyes y los dictados del decoro, no será nunca un vecino molesto ni un malvado de nota; pero, en cambio, las reglas, por más que digan en su abono, no tienen más remedio que alterar el verdadero sentimiento de la Naturaleza y la verdadera expresión del mismo! (…) ¡Oh, amigo mío! ¿Por qué tan rara vez rompe la corriente del genio y tan pocas llega a hervir en encrespadas olas sacudiendo vuestras asombradas almas? (Págs. 21-23)
Los compromisos con el canon echan al traste el fervor del arte, lo salpican de sus formalidades y limitaciones. El artista, nos hace ver Goethe, debe romper con cualquier norma que pueda maniatarlo y, sobretodo, reconocer que su papel es el de un intérprete para el que el más caro objetivo siempre tiene que ver, primero con la experiencia, y luego con la re-creación. De allí, por ejemplo, que Werther no haya logrado terminar nunca su pintura de Lotte, ya que, si bien conocía perfectamente cada rasgo de su fisionomía, tropezó con unas herramientas corrientes y viejas que impedían el advenimiento de lo nuevo.

La niñez en Werther

Si la declaración de un arte "no racional" puede citarse como rasgo característico del romanticismo, lo propio puede afirmarse de la niñez. Ambos aspectos funcionan a guisa de obstáculo para los intereses racionalistas y nominativos que, tomados de la ciencia y la filosofía, intentaban trasladarse al plano artístico-vital de los hombres. En Werther, estos dos elementos -arte y niñez- juegan un papel importante en el sentido de que organizan espacios desde los que es posible ubicarse para mostrar las rupturas y vacíos de los paradigmas tradicionalmente aceptados como válidos.

Goethe observa cómo a través de la historia se ha interpretado la niñez como una etapa sustancialmente irracional, llena de errores y fluctuaciones que poco o nada tienen que ver con la madurez y cordura del hombre adulto; sin embargo, le hace decir a Werther: “esos son los seres dichosos”, esos son los únicos que no se preocupan hasta la amargura por comportarse rectos, por guardar las apariencias de algo que, de otra forma, revelaría un vacío espantoso, los únicos que no están dispuestos a renunciar a su goce o locura por las conveniencias:

“Que los niños no saben lo que quieren, cosa es sobre la que están de acuerdo todos los ilustres maestros de escuela y preceptores; pero que también los adultos andan, igual que los niños, dando tumbos por esta tierra, sin saber más que aquellos de dónde vienen y adónde van, ni perseguir más verdaderos fines, gobernándoselos lo mismo que los otros con bizcochos y tortas y bayas de abedul, cosa es que nadie a creer se aviene, siendo así que a mí me parece que puede palparse con las manos” (Pág. 18)
Lo que hace notar el Goethe romántico es que la forma natural de ser de los niños no se extingue con la edad, sino que permanece como una virtualidad latente en cada uno de nosotros. Ellos, los niños, aceptan su condición sin miramientos, actúan conforme a su “irracionalidad”, tomando para sí lo bueno y lo malo como mejor les parece, y viviendo a plenitud la experiencia de cada cosa nueva. El adulto, sin embargo, toma distancia de esta forma de ser, cree que existe entre él y el niño una distancia abisal, al punto de convertirse en un hipócrita o, al menos, en un necio cuya propia mentira le cubre el verdadero cariz de las cosas.

¿Acaso un amor, una pasión cualquiera, no puede convertir nuestra racionalidad, nuestra madurez en un discurso de matiz manido?, se pregunta Werther viéndose él mismo atrapado en una emoción que no sabe de razones ni argumentos, que se apodera de todo, como la obstinación de un niño por un dulce, o por un nuevo juguete. Werther siempre anda rodeado de niños: en sus primeros días en Wahlheim juega con ellos como otro más de la pandilla, después, en casa de Lotte, se vuelve un amigo fiel de sus hermanos y, como ellos, siempre es emotivo y vivaz.

Pero si Werther encuentra en los niños el germen de toda virtud, borrando entre ellos y el adulto cualquier distancia proveniente de la voluntad o el carácter, y mostrando cada cosa que los hace a uno y otro intercambiables, hay también un aspecto que define su posición y es la necesidad de combatir de algún modo la lejanía que vive la niñez de todos los esquemas sociales importantes. No se trata de pequeñas bestias, como se creyó en su momento, sino de potencias de lo humano y, principalmente, de una forma de concebir el mundo y sus reglas.

Sobre la relación pasión-locura

No hay nadie más apasionado y loco que un niño: no mide las consecuencias de sus actos, se enfrenta apenas escudado por su inquietud a la naturaleza y, las más de las veces, sale victorioso. Pero, luego, cuando se descubre que un hombre sigue actuando con la misma prisa y pasión que un niño, se piensa que algo anda mal y que es necesario tomar algún correctivo para ello. La locura es castigada siempre y su impulso se castra en todos los órdenes de lo que existe: en el arte, en el pensamiento, en la educación, en cada lugar en donde pueda desestabilizar el funcionamiento de las cosas.

Por ese es que Werther se convierte en una especie de héroe para todos aquellos que no han temido enfrentar el mundo desaforadamente. Werther vive la naturaleza, y lo hace con locura, quiere contemplarla toda e imbuirse en ella sin recelos; Werther ama y es feliz sin pensar en otra cosa que no sea el valor de esa emoción, ama, dejando en ello su vida, su fuerza, entregándolo todo, sin importar que sea bueno o malo, escapando del egoísmo de quien lo hace mientras confunde el amor con comodidad y; finalmente, Werther sufre, trágica, desesperada, y fatalmente la pena de su sentimiento, sufre como debe hacerse para sondear ese otro espacio de su ser, esto es, engulléndose hasta lo profundo, muriéndose en el recuerdo y la soledad.

Aquí no caben los llamados de Guillermo, ni los de su madre, ni los de la propia Lotte, porque Werther no es un hombre "racional", es un loco o, si se prefiere, está por encima de cualquier palabra, ya que ha alcanzado la plena experiencia de las cosas. Por este motivo no tiene problema en confesar: “más de una vez me emborraché y rayaron en locura mis pasiones”; ha vivido Werther del otro lado de las conveniencias, preocupado solamente por exprimirle a cada circunstancia toda la vitalidad que pueda darle; esté bien o no, sea adecuado o inoportuno, procure satisfacción o enojo, él ha conseguido vivir con efusión.

Así, pues, Werther exige que se le reconozca en el único ámbito en donde puede vérsele a cabalidad: en su sentimiento. Cuando Lotte estima su inteligencia, secretamente se halla ofendido, porque sabe que lo que él conoce lo puede conocer cualquiera, pero no así con lo que siente, que es su orgullo y le procura su verdadera individualidad. Werther no tiene confianza en las razones, piensa que con ellas se puede maquinar cualquier verdad, que poseen una relatividad que no conocen los sentimientos, vehículos de todo: de la energía de la naturaleza, de la complejidad de los hombres, etcétera.

Sus mismos sufrimientos, aunque profundos y fatales, no son examinados nunca con arrepentimiento; no hay una página del Werther en donde su protagonista plantee la posibilidad de no haber sido, de no haberse enamorado; por el contrario, siempre ese destino, esa suerte, se convierte en el material de su arraigo emocional:

“La naturaleza humana tiene límites; puede soportar la alegría, el pesar, los dolores hasta cierto grado; pero sucumbe en cuanto este se excede. No se trata aquí de ser fuerte ni débil, sino de si el individuo puede soportar la medida de su sufrimiento, ya sea moral o físico. Y a mí me suena tan raro eso de llamar cobarde al hombre que se quita la vida, como estimaría impertinente tildar de cobarde al que muere de fiebre maligna (…) Considera al hombre en su limitación individual, mira cómo obran en él las impresiones, cómo arraigan en él las ideas, hasta que, finalmente, una creciente pasión le priva de todo juicio sereno y da al traste con él. Vano es que el hombre tranquilo, razonable, pase por alto el estado del infeliz, y trate de persuadirlo. ¡Viene a ser igual que si un hombre en perfecto estado de salud se sienta en la cabecera de un enfermo; no podrá transmitirle ni un adarme de sus energías” (Págs. 79-80)
En el trance continuo de sus sentimientos, Werther se aparta de las razones, de los intentos de explicación de lo que vive, y esto porque sabe que lo emocional es una contraparte de lo razonable. No es cuestión de decidir ser un sentimental, es, simplemente el resultado de la propia situación, del apasionamiento que nos puede causar una mujer, un fenómeno, o un arte. Cuando Werther ve por primera vez a Lotte, partiendo el pan y entregando un trozo a cada uno de sus hermanos, no tiene en mente una explicación de lo que sucede, lo que experimenta es una impresión casi divina, total, como la de la última cena. Y sucede lo mismo cuando habla con ella de sus sentimientos:

“¿Y qué significa eso de que Alberto sea tu esposo? Eso está bien para este mundo…, y para este mundo será un pecado el que yo te ame y desee arrancarte de sus brazos, estrechándote en los míos. ¿Pecado? Bien; pues por ello me impongo el castigo; en toda su delicia celestial saboreé yo ese pecado, sorbí en mi corazón, bálsamo de vida y fuerza” (Pág. 201)
Los motivos están bien para quienes creen en ellos, así como las normas -sean morales o sociales- tienen esa cualidad únicamente para el que las acepta. Werther se enamora de Lotte sin importar que esté comprometida; permanece junto a ella, sabiendo que su cercanía le hace daño; y toma esa decisión del final, desconociendo toda conducta razonable. Lo hace así, simple y llanamente, porque no conoce otra forma de enfrentarlo, porque en él cobra mayor fuerza el deseo, las emociones y el amor, que cualquier tabla de normas y llamados a la cordura.

“Tienen derecho los sentimientos”, dice Werther; nadie podrá afirmar que lo hecho por amor sea una locura mientras la pasión envuelva toda decisión. El sentir de Werther enmaraña y sacude las razones hasta convertirlas en códigos supérfluos, en guías inútiles o, más bien, restringidas para quienes no desean conocer a plenitud los sentimientos, sondear sin miedo las abismales profundidades del ser humano. Hay una voz que crepita en las páginas de su historia: ¿en qué lugar dejamos esto que sentimos, si no puede ocupar un sitio en nosotros mismos, por temor a ser juzgados de dementes?
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Los Sufrimientos del Joven Werther constituye un momento secular de la literatura; un acto de resistencia frente al llamado a su racionalización. Representa el aporte de Goethe hacia la configuración de un concepto de lo humano en donde haya cabida para el sentimiento y la locura.

NOTAS:

[1] Parece encontrarse en el nombre del confidente de Werther una nueva pista biográfica con relación a Goethe. En efecto, el principal amigo durante la estadía del autor en Wetzlar fue Karl Wilhelm (Guillermo) Jerusalem; con él, precisamente, estuvo el día en el que conoció a Charlotte y su prometido. Pero además, varios críticos han hecho notar cómo Wilhelm Jerusalem pudo haber inspirado el trágico final de Werther, toda vez que aquel se suicidó, como ocurre en la novela, por un amor no correspondido e, igual que Werther, con un arma que no era de su propiedad.

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