AUTOR: Gustave Flaubert
TÍTULO: Madame Bovary
EDITORIAL: Porrúa, S.A. (¿Primera edición?)
AÑO: 1992
PÁGINAS: 195
RANK: 10/10




Por Alejandro Jiménez

La insatisfacción conyugal de Emma Bovary supone un nuevo estadio de lo que podríamos llamar la historia del matrimonio, y esto porque, por primera vez en la literatura, hay una exaltación del yo femenino, en el sentido de una pasión que rompe con las antiguas fórmulas de representación de la mujer, hasta ese momento atrapada en medio de la “servidumbre” y el deseo socavado [1]. Es decir, la fatalidad de Bovary es, antes que cualquier otra cosa, el grito de una libertad que está naciendo, pero que como toda libertad, choca contra su prematura inconciencia, convirtiéndose en una suerte incontrolable, en un delirio que se desborda a causa de su propia fuerza.

Es así que, bajo cierta lectura, puede encontrarse en Madame Bovary (1857) la reflexión sobre los excesos del romanticismo: ese sentimiento apasionado que llega a convertirse en el centro de nuestra existencia, parece decirnos Gustave Flaubert (1821-1880), inevitablemente entra en conflicto, no sólo con las razones personales, sino también con las normas sociales y axiológicas. La situación de Bovary, el bovarismo, se define precisamente como el estado de frustración que enfrenta una persona al verse imposibilitada para conciliar su ánimo pasional con la realidad, hecho que la convierte en un destino trágico.

Tema clave en la Fisiología del Matrimonio, de Balzac, en La Novela del Matrimonio de Tolstoi e, incluso, en los textos de Flaubert Pasión y Virtud, o La Educación Sentimental, el problema de la infelicidad y el fracaso amoroso, encuentra en Madame Bovary un análisis nunca antes visto; muchas líneas la atraviesan en diferentes sentidos (la abnegación, la pasividad, el impulso, el rencor, o el tormento), proveyéndola de una calidad particular que se nutre, a un mismo tiempo, de lo psicológico y lo objetivo. Tal era la máxima de Flaubert: ser un escritor “en ninguna parte visible, pero en todas partes presente”, capaz de definir el tipo a partir del individuo:

“El amor ha sido el gran motivo de reflexión de toda mi vida –cuenta Flaubert-, y el corazón que yo estudiaba era el mío. Cuántas veces sentí en mis mejores momentos el frío del escalpelo que entraba en la carne… Bovary será bajo esa perspectiva la suma de mi ciencia psicológica y no tendrá un valor original sino en ese aspecto. La novela que escribo es una obra de anatomía. El lector no se dará cuenta, espero, de todo el trabajo psicológico escondido bajo la forma… pero experimentará el efecto” (Pág. XV)
Y más de tres mil seiscientas páginas de borradores le costó al autor ese acto de audacia narrativa que da forma a la novela. Confeccionar palabra por palabra cada sentimiento, cada espacio, todos los detalles del cuerpo de Emma Bovary. Por esta razón, aun cuando tradicionalmente se acepta que “el esquema narrativo y el marco general” de la novela lo halló Flaubert en el caso Delamare [2], toda impronta descriptiva y dramática debe atribuírsele exclusivamente a él, porque ninguna palabra fue escrita al azar, sino sólo después de un riguroso trabajo de pensamiento.

Voluptuosidad, mentira, fatalismo; leer Madame Bovary es envolverse en un lirismo nostálgico y herético, es asistir al evento de una libertad cubierta de drama, disfrutar de las prerrogativas del engaño, pero, también, sentir en carne viva el precio cobrado por el placer que nos procura. No podría ser de otro modo cuando estamos hablando de una de las obras que ha abordado con mayor profundidad algunos problemas seculares: 1. el adulterio, entendido, primero, como tormento individual y, luego, como enclave de nuevas experiencias frustrantes; 2. el progreso, lenguaje propio de la época y; 3. el materialismo burgués. Sobre estos tres elementos intentaré a continuación esbozar una reflexión.

Emma Bovary: una libertina elegante

Emma Rouault, es una joven campesina que vive con su padre en los Berteaux. Como su madre ha muerto algún tiempo atrás, ha tenido que encargarse del hogar y acompañar al viejo Rouault en las labores del campo, y aunque desea conocer París y la vida de ciudad, esto no deja de ser una ilusión trivial para una muchacha de su condición. Sin embargo, he aquí que un día su padre sufre un accidente y es llamado para atenderlo a un médico de Tostes, Carlos Bovary. Se trata de un hombre recatado que estudió medicina, más por insistencia de sus padres que por deseo propio, y que se ha casado meses antes con la señora Eloísa Dubuc.

Bovary se encarga de curar muy pronto a Rouault, pero prendado de la belleza de Emma, sigue yendo a los Berteaux excusándose en su trabajo. La mujer del médico, que sospecha de las salidas de su marido, lo insta a evitarlas, pero, después de un fuerte disgusto con los padres de Carlos –que esperaban que ella tuviese más dinero del que posee-, muere de una crisis nerviosa. Ante este acontecimiento, y dado que no amaba a su mujer, las salidas de Carlos a los Berteaux se hacen más frecuentes, hasta que pide la mano de Emma a su padre, quien encuentra en él, tal vez no el hombre más indicado para su hija, pero sí una persona de confianza y con un futuro promisorio.

Casados, Emma y Carlos viajan a Tostes, en donde se instalan y pasan los primeros meses de su matrimonio. Él la encuentra siempre encantadora: su delgado cuerpo, su cabellera negra, y hasta sus excesos de vanidad, son para él motivos de admiración. Ella, por su parte, que se había visto atraída por Carlos en un primer momento, ahora, después de casarse, lo ve como un hombre tedioso y cobarde. La situación causa el aburrimiento de la joven, que desde entonces empezará a tener episodios difíciles de ánimo. Su marido, persuadido de que lo que falta a Emma es cambiar de aire, decide que se mudarán a Yonville-l’Abbaye.

Pero para malestar de la muchacha todo sigue igual allí: es cierto que ya ha nacido su primera hija –Berta-, que tiene a su disposición una criada, y todo el dinero necesario para sus gastos, pero aún así, siente que su vida carece por completo de pasión. Antes de salir de Tostes había estado con su esposo en la mansión del marqués de Andervilliers, y “al rozar tantas riquezas, se le había pegado algo que no habría de borrarse”, un gusto por los excesos y la voluptuosidad. Allí, en Yonville, conoce a León, el pasante del notario, un hombre encantador, que comprende perfectamente el estado de sus sentimientos, y con quien sostiene una secreta intimidad que, sin embargo, no llega a convertirse en adulterio.

Yonville es para Emma un espacio tedioso: Homais, el farmacéutico; Bournisien, el clérigo; todos, se le antojan personajes sin gracia. Sólo León incita su deseo, mas, el joven, temiendo que su relación con una mujer casada pueda ocasionarle inconvenientes, decide partir hacia París. Por tal motivo, la señora Bovary cae por completo en la soledad, la cual trata de sobrellevar prodigándose toda clase de vanidades en casa de Lheureux, el comerciante, a quien empieza a deber grandes cantidades de dinero.

Ahora bien, aunque León tuvo miedo de entregarse a devaneos con una mujer casada, no sucede lo mismo con Rodolfo, hombre al que Emma conoce cuando va a pedir los servicios de su esposo. Él, un sujeto de temperamento violento y de amplia experiencia, muy pronto empieza a tener una relación secreta con la mujer, que trastoca por completo la vida de ambos: ella se apasionará, se volverá loca por él, saldrá todas las madrugadas hacia la Huchette, propiedad de Rodolfo, para pasar largas horas en su compañía, se endeudará comprándole regalos, y se olvidará completamente de su esposo.

Pero esta misma obstinación de Emma en el placer, se convierte para Rodolfo en un inconveniente. Es cierto que le gusta e, incluso, que la quiere, pero cuando ella le pide que marchen juntos lejos de Yonville, se asusta, y dejándole apenas una carta, marcha lejos del lugar. Ante la partida de su amante, la mujer cae en un estado grave de salud, del que sólo podrá recuperarse unos meses después. Su hija y su esposo seguirán sin significar nada para ella, y dedicará su tiempo únicamente a comprar cosas lujosas a Lheureux, que a la sazón empezará a cobrar todo lo que antes había vendido sin preocuparse por el dinero.

Tiempo después, Carlos lleva a Emma a Ruán, pensando que algo de ambiente citadino distraerá a su esposa, y le devolverá algo del aliento perdido. Su visita coincide con la estadía de León en la ciudad, y el encuentro resulta de todo punto grato para Emma, quien ve renacer sus antiguos sentimientos por el joven, que ahora se muestra más maduro e intrépido. Es así que, en las mismas narices de Carlos, inician la relación amorosa a la que antes no se atreviera él. Tomando por excusa que desea tomar clases de piano, Emma Bovary irá cada jueves de Yonville a Ruán, y pasará el día entregada a los placeres con León.

Pero tal como sucedió con Rodolfo, el ímpetu y apasionamiento de Emma sobrepasan cualquier límite: empezará a pasearse por la calle con León sin recatamiento, amueblará su cuarto de hotel con costosos implementos, se quedará en Ruán días enteros sin avisar en casa. Todo tan excesivo y pleno, que al poco tiempo sentirán que han alcanzado el punto máximo de su relación, convirtiéndose también ella en algo tedioso y corriente. Para él será difícil empezar a aceptarlo, y para ella todavía más porque, a pesar de todo, el adulterio le prodiga la única vitalidad que conoce. Emma se encontrará endeudada de repente, llena de problemas legales, y pendiente de un embargo. Todo el mundo se vendrá encima suyo, Lhereux especialmente, y el sentir que su marido por primera vez podrá estar encima suyo para reclamarle el sentido de sus acciones, la vuelve irascible y loca.

Recurrirá a todos sus conocidos en Ruán y Yonville para pedir dinero prestado, se humillará frente a su antiguo amante Rodolfo, y también ante León, ninguno de los cuales podrá probarle su amor, como ella quiere, socorriéndole la cantidad necesaria para salir de su situación. Envuelta así, en una atmósfera de angustia y rencor, tomará una decisión radical. Irá a la casa del farmacéutico, convencerá a Justino –el criado que secretamente está enamorado de ella- y tomará un poco de arsénico para envenenarse. Entonces se iniciará la carrera de Carlos por mantenerla viva, y el propio drama del esposo que, hasta entonces, se había mantenido por debajo de la profundidad del de su esposa.

¡Todo es culpa de la fatalidad!

En las últimas páginas de la novela, Carlos Bovary, encuentra las cartas que escribieran León y Rodolfo a su esposa, y que ella guardaba devotamente. Por ellas se entera de la infidelidad de Emma, pero antes que sorprenderse ante semejante revelación, entenderá lo sucedido como producto de una fuerza superior. Una tarde cualquiera, después de esto, se encontrará cara a cara con Rodolfo y, mientras comparten una cerveza, le dirá: “a pesar de todo, no le guardo rencor… porque todo ha sido culpa de la fatalidad”.

Hay algo que escapa de nuestra posibilidad de entendimiento, una realidad cuyo argumento es solamente su propia existencia, y frente a lo cual, el hombre debe apelar a la simple resignación. No existe una palabra de Carlos que reproche lo que su esposa hizo: su destino era verse atrapada en esa búsqueda constante de pasiones, de ser cortejada por toda suerte de placeres y peligros; el suyo, por el contrario, simplemente permanecer al margen de esa trama, ocupando su sitio en un orden de cosas que no dependen francamente de nadie, y cuyo orden escapa, tantas veces, de la razón.

Podrían examinarse los aspectos formales de lo que vive Emma Bovary, pero en la tarea de comprender la fuerza de sus emociones siempre nos quedaremos cortos. Por ejemplo, es posible citar un conjunto de motivos que llevan a la mujer al adulterio: el aburrimiento y rutina de su vida matrimonial, el conocer personas con las que halla empatía de personalidad, el deseo –en ella irrefrenable- de procurarse siempre nuevas y distintas voluptuosidades; pero, en modo alguno, es factible una racionalización de las emociones de Bovary cuando las experimenta, esto es, no hay fórmula para acercarse a la plenitud del sentimiento, que es tal vez uno de los grandes méritos de la obra, porque demuestra que, como previno Flaubert, el lector siente no un trasegar psicológico, sino las bases y consecuencias de éste.

Sin embargo, esto no significa que uno no puede debatir sobre la noción de adulterio que presenta la novela, tomando de ella unos puntos de referencia. En primer lugar, podría hablarse de su origen que, como se dijo antes, debe entenderse como el resultado de una mezcla de elementos, entre los que cabe mencionar el aburrimiento y la personalidad pasional de Emma. Esto es palpable desde las primeras páginas de la novela:

“Las cosas cercanas que la rodeaban, la campiña aburrida, pequeños burgueses imbéciles, mediocridad de la existencia, se le antojaban una excepción en el mundo, un acontecimiento especial en el que se encontraba atrapada mientras que más allá se extendía, en lontananza, el inmenso país de la felicidad y las pasiones. En su deseo, confundía las sensualidades del lujo, con los goces del corazón, la elegancia de las costumbres y las delicadezas del sentimiento” (Pág. 33)
Por otra parte, es posible referirse al adulterio en términos de su sentido, o sea, su significado para la protagonista. No cabe duda de que para Emma Bovary, el verse en medio de una relación con un hombre distinto a su esposo, representa una vía de escape de su miseria matrimonial, pero también un espacio de realización para sus deseos. En otras palabras, las infidelidades de Bovary no sólo buscan alejarla de su esposo, sino también y, especialmente, servir de escenario para ser lo que anhela, para convertirse en su propia pasión. Eso es justamente lo que piensa León, cuando cierto día se ve a sí mismo intimidado por la fuerza de la mujer:

“Por la diversidad de su talante, alternativamente mística o alegre, parlanchina, taciturna, violenta, indolente… iba recordando en él mil deseos, evocando instintos o reminiscencias. Era la enamorada que hay en todas las novelas, la heroína de todos los dramas, la ella imprecisa de todos los libros de versos. En sus hombros encontraba el matiz ambarino de La Odalisca en el Baño; tenía el largo corpiño de las castellanas feudales; se parecía también a la Mujer Pálida de Barcelona, pero ante todo ¡era un Ángel! (Pág. 147)
Una mujer, Emma, que no es una mera personificación de heroínas o enamoradas, sino la heroína y la enamorada de la que siempre se ha hablado, es decir, la realización de un ideal que, sin embargo, no prescinde de su carácter totalizador: algo así como una pasión viva. El sentido de su adulterio es trascender esa personalidad externa –que la hace ver como la esposa ideal, como la mujer abnegada que espera a su esposo en el hogar y cuida a su hija mientras juega-, desea alcanzar la experiencia de su pasión y eso, para ella, implica necesariamente transfigurarse.

Pero hay una cosa importante y es que el adulterio en Madame Bovary tiene una connotación todavía más profunda. Como sucede en el matrimonio, la infidelidad termina por convertirse en otra forma de aburrimiento, en otro estado de la cotidianeidad. Si el Tolstoi de La Novela del Matrimonio nos dice que la mejor fórmula para destruir el amor es casarse, el Flaubert que hace hablar a Bovary, nos sentencia todavía más lamentablemente: “también la pasión del adulterio está condenada a extinguirse”. Por dos veces sucede en la novela que esos personajes que unas páginas antes pasaban la noche entera besándose y jurando catárticos amarse por la eternidad, se descubren después, presas de la rutina del beso o la caricia:

“Se conocían demasiado para experimentar esa sorpresa de la posesión que multiplican por cien los goces que proporcionan. Ella estaba tan asqueada de él –de León- como él cansado de ella. Emma encontraba en el adulterio todas las miserias del matrimonio” (Pág. 161)
Una sentencia parece despuntar de todo esto, y es que la realización de los deseos implica su propia destrucción; cada vez que una pasión se hace más realidad, se está acercando a su desnaturalización, que debe ser precisamente una idealización. Se goza algo mientras se desea, mientras nos muestra sus profundidades, pero llegado el momento en que conocemos de él todo lo que tiene para decirnos, estará condenándose a desaparecer, a convertirse en una de esas tantas cosas cotidianas que tanto detestamos.

El progreso como leit motiv de la época

Mientras estos pequeños descubrimientos van revelándose en la vida de Emma Bovary, hay otro discurso que se puede examinar en el sentido de un lenguaje de la época. La novela hace una reflexión sobre el progreso, la ciencia, y demás paradigmas decimonónicos, tomando un personaje central, como lo es Homais, el farmacéutico de Yonville y, obviamente, el propio Carlos Bovary. Lo que hará Flaubert es servirse de ellos para observar el modo en el que los discursos desde donde estos personajes hablan entran en tensión con los apasionamientos de otros, concretamente, con los de Emma.

A mitad de la novela, Homais empieza a mostrarse como un hombre astuto e inteligente. A pesar de tener un simple título de farmacéutico, cree firmemente en la ciencia, tiene su propio laboratorio, y es un entusiasta de las revistas de medicina, para una de las cuales escribe ocasionalmente. Intencional o coincidencialmente, Flaubert lo convierte desde su aparición en un hombre bien lejano de Emma Bovary: no comparten un lenguaje que pueda llegar a servirles de enlace entre sus intereses. Las palabras que cruzarán podrán contarse con los dedos, y permanecerán siempre en las antípodas.

En una palabra, que Flaubert hace ver cómo los discursos hegemónicos del XIX van en contravía de los residuos de otros tiempos: si Emma Bovary es una especie de romántica extraviada en su época, un personaje que pudo haber salido de las páginas de Goethe o Richardson, en donde seguramente se hubiese visto inmersa en una pasión, de principio, irrealizable, aquí, aunque su pasión alcanza el clímax de la realización, también enfrenta el problema de su muerte, esto es, la no conciliación con la realidad. Como si, a pesar de que se ganara un territorio fértil para la existencia del placer y del deseo –que antes era derruido apenas en su gestación-, la condición del apasionamiento siguiera manifestándose como una trampa o un exceso frente a las sanas costumbres de la época.

El dictamen de un lector que aprecia Madame Bovary bajo esta óptica puede encerrarse en las siguientes palabras: “he ahí a donde puede llevarnos el fervor y la exaltación de nuestros sentimientos: a romper cualquier medida de la realidad, a actuar sin miramientos ni valores, a construir nuestra propia desgracia”. Pero más allá de esto, que resulta cierto, podría estar también la declaración de un triunfo paradigmático, si se leyera como colofón: “por eso es mejor actuar siempre basados en el sentido común y la razón”, ya que muchos de nosotros sabemos, de hace tiempo, las trampas de este otro lenguaje.

Pero como sea, lo cierto es que Gustave Flaubert crea un personaje como Homais, muy presente en la novela, aunque siempre lejos de Bovary, y escudado en él habla del desarrollo, del progreso, de cómo no deben permitirse ya las condiciones de otra época, por ejemplo, en lo que respecta a la vagancia pública, la excesiva religiosidad o, incluso, el dolor. Por eso, cuando Carlos Bovary, lleno de dolor por la muerte inminente de su esposa empieza a llorar desconsoladamente, decide no intentar entender ese sufrimiento, es decir, esa emoción, sino que le grita, como sentencia de su siglo: “¡Un poco de dignidad, que diablos! ¡Filosofía!”.

Continuas discusiones con el sacerdote Bournisien sobre toda clase de temas filosóficos, la insistencia en traer a Yonville los progresos de la cirugía, sus propios experimentos, y el deseo que superpone sobre todas las demás cosas, convierten a Homais en el prototipo del hombre envalentonado del siglo XIX. Opuesto a una Bovary, ensimismada, presa de sus fervores, que no puede creer que haya un sentido diferente de la vida que no sea la realización de los caprichos, la exaltación del espíritu por medio del placer. Finalmente, no debe olvidarse que Bovary toma el arsénico de la casa del farmacéutico, hecho que podría verse como una metáfora de la muerte que provee la época a los instintos y emociones.

Sobre el materialismo burgués

Emma Bovary murió sin conocer París, pero aun cuando esto haya sido así, no dejó de ser vanidosa y de procurarse todos los excesos posibles. Y es que, junto a la indolencia que siempre la caracterizó, y que deviene de su propia pasión individual, Bovary fue una enamorada de lo material, rasgo que la convierte en un prototipo de su época. Como los burgueses del XIX, Emma quiso estar en contacto con las telas más costosas, los mejores carruajes, los más sensuales atavíos y, en fin, con las cosas más innecesarias pero presuntuosas que pudieran encontrarse.

Existe un rencor sutil hacia sus orígenes de campesina, como una mancha que la persigue constantemente, y de la que trata de olvidarse comprando, una tras de otra, las cosas que más tarde se convertirán en sus verdugos. La norma es clara para Bovary: se debe comprar siempre lo más fino y lo más caro, sin importar que nos convirtamos en empréstitos, lo material habrá de cubrir ese vacío insondable que advertimos en lo rutinario. Un recuento de este inventario parece descubrirse cuando el padre Bournisien visita a Bovary en su lecho de muerte:

“Entonces el cura recitó el Misereatur y el Indulgentiam, mojó su pulgar derecho en el óleo bendito y comenzó la unción. Primeramente en los ojos, que tanto habían codiciado las suntuosidades terrenales; después sobre los poros de la nariz, aficionados a brisas tibias y perfumes amables; a continuación sobre la boca, que se había abierto para mentir, que había gemido de orgullo y gritado en la lujuria; sobre las manos que se deleitaron en contactos suaves y, finalmente, en la planta de los pies, tan rápidos otrora cuando corría para satisfacer sus deseos, y que ya no volverían a caminar” (Pág. 179)
Un reclinatorio gótico, encajes para los muebles de su casa, perfume para sus cabellos o sus uñas: nada fue excesivo para Bovary, nada tan necesario ni menos apetecible. Y contribuye a que haya ocurrido de esta forma, la existencia de Lhereux, aquel comerciante sin escrúpulos que, poco a poco, fue encerrando a Emma Bovary dentro de una deuda que no podría pagar nunca. Pequeñas cantidades firmadas para pagar en fechas que parecían muy lejanas, una hipocresía engañosa que incitaba al consumo de la mujer y, por último, una justicia radical a la hora de cobrársele, fueron las principales características de Bovary en ese mundo comercial que significó su ruina.

En efecto, si se revisan las razones que, al cierre de la novela resultan decisivas para su desenlace, el lector se encuentra con que, más que el mismo desencanto de sus amantes, primero de Rodolfo y luego de León, más allá de esa imagen insoportable y siempre incómoda de su marido, también hay otro rasgo difinitorio de la fatalidad de Bovary: su codicia material. Lo que precipita su agonía, lo que la lleva a aventurarse por las vías del suicidio, también tiene que ver con no poder enfrentar la idea de un embargo y, en consecuencia, una vida de pobreza y privaciones.

Acostumbrada a las suntuosidades, Emma Bovary no tendrá fuerzas para afrontar una crisis de este tipo. Y, por eso, después de que agota todas las posibilidades habidas y por haber, es decir, cuando sólo queda aquella de acostarse con el notario para evitar el proceso de embargo, cosa que ella, orgullosa, no puede permitirse, tendrá que aceptar su tragedia: un derrumbe en todos los sentidos: económico y sentimental. Emma Bovary es una de las primeras víctimas de la fatal prueba material de la burguesía.
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Madame Bovary no es una novela de inventario; se trata del examen más profundo escrito sobre el adulterio en la literatura: escrita bajo el pulso de un autor excepcional, su vigencia no se perderá nunca entre los vericuetos de la moda que tanto han traicionado a las letras.

NOTAS:

[1] En la introducción a esta edición, escrita por José Arenas, se citan tres grandes estadios de representación de la mujer en la historia: el primero corresponde a los siglos anteriores al XVIII y se caracteriza por tratarse de “una mujer para el hombre”, que hace suyos los preceptos de “la castidad, la pasividad, la obediencia, las satisfacciones de la maternidad y la mísera compensación –para las más bellas- del narcisismo”. El segundo periodo aparecería en el siglo XVIII y, aunque no aporta cambios drásticos con relación al estadio precedente, se diferencia de aquel por la búsqueda del amor-pasión, es decir, porque por primera vez se habla del sufrimiento de la mujer ante situaciones de imposibilidad sentimental. Finalmente, durante el siglo XIX asistimos a un momento de exaltación del yo, en donde todas las mujeres, especialmente las más jóvenes, ya no podrán controlar los ímpetus de sus emociones, como hasta entonces lo había hecho, y se verán abocadas a rendirle culto a todas las categorías de su sensibilidad.

[2] Se cuenta que Louis Bouilhet, amigo de Flaubert –a quien este último dedicó precisamente la novela-, contó al autor la historia de Delphine Couturier, una joven que contrajo matrimonio con el médico Eugène Delamare, antes casado con Louise Mutel, cinco años mayor que él. Según Bouilhet, la joven de apenas diecisiete años se había visto envuelta en distintas relaciones extramatrimoniales, y había llevado a la ruina económica a su marido a través de los regalos que daba a sus amantes y sus propios excesos; situación que la había llevado a tomar la decisión de envenenarse. La historia, también contada por Maxime Du Camp, inspiró además el desenlace de Carlos Bovary y muchas de los lugares y hechos de la obra.

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