AUTOR: Lorena A. Falcón
TÍTULO: La Elección de Kendria
EDITORIAL: Arte & Parte (Primera edición)
AÑO: 2008
PÁGINAS: 241
RANK: 6/10




Por Alejandro Jiménez

Después de leer Hojas de Cuentos (2009) –la antología de relatos de Lorena A. Falcón- tenía muchas expectativas frente a lo que pudiera encontrarme en su novela La Elección de Kendria (2008), y esto porque terminé la lectura de sus cuentos con la sensación de haberme removido dentro de una mente desbordada, llena de magia e imaginación. Hoy, cuando puedo establecer una especie de contraste entre ambas obras, debo admitir que sigo prefiriendo sus relatos, básicamente porque los logros de la novela parecen dispersos y su fuerza creativa un tanto desequilibrada.

Existen varias razones para argumentar esta preferencia: en primer lugar, La Elección de Kendria está organizada bajo una estructura demasiado lineal; carece casi por completo de analepsis o rupturas temporales, lo que se traduce para el lector en un trabajo de baja exigencia. En segundo término, su lenguaje se muestra sobrio, poco descriptivo –a pesar de la extensión de la novela-, y muy abstracto en lo que se refiere al tratamiento de personajes y escenarios. Finalmente, la autora sobreabunda en sus aclaraciones, especialmente en los diálogos, aspecto que, a mi modo de ver, limita el ritmo narrativo.

Obviamente, analizar el trabajo de Falcón en su novela partiendo de lo que ha hecho en sus relatos puede convertirse en una estrategia peligrosa; cada género tiene sus propias proyecciones, y exige posicionarse de una manera diferente. Sin embargo, así sea a guisa de comparación, vale la pena destacar, como se dijo en su momento, que los cuentos de Falcón, en especial los no fantásticos, están escritos a partir de esquemas bien abiertos y flexibles; en ellos hay saltos, regresiones, toda clase de relieves temporales que enriquecen la narración y obligan al lector a asumir el texto como un proceso más activo.

Si esto funciona para relatos de dos páginas, los cuales sí podrían recurrir a estructuras lineales en tanto que su extensión no los haría tediosos, debería funcionar mucho más para una novela de doscientas cuarenta páginas: así, una organización más rica en quiebres narrativos contribuiría considerablemente a sacudir la historia, a romper de alguna manera su horizontalidad e interpelar más audazmente al lector. Ahora bien, cabe destacar que, de la misma forma que sucede con las aclaraciones en los diálogos –esos “dijo”, “pensó”, etcétera-, la cuestión de las rupturas narrativas es algo que, en últimas, corresponde al gusto de quien lee y no puede verse como un requerimiento directo a Falcón.

A nivel temático, La Elección de Kendria genera una nueva controversia; su argumento retoma un tema clásico de la fantasía: el equilibrio entre las fuerzas de la naturaleza. Empero, y esto a pesar de que se apropia de aspectos ya manidos dentro de la literatura de su clase –como los aprendices de magia, o los castillos medievales-, la novela tiene su principal asidero, no en el encuentro material de aquellas fuerzas, en una lucha de poderes sobrenaturales o algo por el estilo, sino, más bien, en una confrontación de tipo moral o, si se prefiere, en el develamiento de los fundamentos axiológicos de esa lucha que podría gestarse en cualquier momento.

Me parece un logro importante de la novela, no sólo el centrase en esta dimensión –subsumida tantas veces por la espectacularización de la fantasía-, sino también el procedimiento que sigue Falcón para irla perfilando como lo sustancial de su novela. Se trata de algo que parecemos descubrir paulatinamente, tanto los personajes como los lectores, ya que, convencidos en un primer momento de que la historia se abocará a una batalla material, la autora nos invita a una serie de acontecimientos que apelan al papel moral de la protagonista, esto es, la posibilidad de convertirse en la heroína de los suyos.

Así pues, creo que estamos frente a una obra prudente en su nivel de escritura, y algo más arriesgada en el plano temático. No cabe duda de que, siendo la primera novela de Lorena A. Falcón, los resultados son alentadores: la linealidad también representa coherencia, y el esquematismo o el exceso de aclaraciones, son aspectos que pueden reevaluarse, de ser el caso, en próximas oportunidades. Por mi parte, quisiera contribuir con una pequeña reflexión acerca de dos elementos que son cruciales en la novela: 1. el universo concreto en el que se desarrollan los acontecimientos y, 2. la moral como dimensión definitoria de los personajes.

Una síntesis de la historia

Kendria vive en un mundo basado en el equilibrio de sus fuerzas; desde niña ha escuchado hablar sobre la forma en la que cada cosa tiene su contraparte, y sabe que la función de la Cofradía –el lugar en donde vive y aprende magia- es, precisamente, unir las Órdenes que controlan los distintos elementos, evitando que alguno de ellos desborde su poder. Pero hay algo que inquieta a Kendria, y es el sentir que en su vida hace falta algo; aun cuando ahora es una adepta del segundo rango, no una simple aprendiz, no puede evitar la sensación de un “deber inconcluso”, ese fantasma que la persigue y la obliga a retraerse y vivir un poco al margen de sus amigos.

Pronto, sin embargo, los mismos acontecimientos la orientarán en la búsqueda de una respuesta: la Cofradía afronta el duro embate del fuego, un desequilibrio en el orden que pone en riesgo la seguridad de todos sus habitantes. En vano los adeptos más experimentados, como Aidan o Brenton, han tratado de detenerlo en los pasillos subterráneos, el fuego amenaza con empezar a consumir todo el castillo. Lo más preocupante es que, como se ha hecho ver a Kiros –el regente de la Cofradía-, no parece tratarse de un hecho natural, sino del inicio de un gran fenómeno para el que tal vez ninguno de ellos se encuentre preparado.

Los documentos oficiales hacen referencia a un desequilibrio semejante durante la Última Batalla, es decir, cuando los dioses del bien y el mal midieron sus fuerzas; pero en ellos se insiste en que el orden se restituyó merced al destierro de los dioses malévolos. Kendria, animada por su amiga Briana –que ha descubierto cosas bastante raras en la Orden del Fuego-, decide emprender un viaje hacia la Orden del Agua para revisar otros documentos de menor credibilidad en los que también se narran los incidentes de la Última Batalla. Kiros ha auspiciado el viaje, puesto que tiene plena confianza en que ella, Kendria, es la única capaz de hacer frente a la situación, máxime cuando ha demostrado su dominio del elemento agua, deteniendo momentáneamente el ataque del fuego.

Así pues, las dos muchachas y Bevan –un aprendiz-, marchan fuera de la Cofradía e inician un viaje lleno de descubrimientos: Kendria se dará cuenta de que puede controlar más de lo que cree su propia magia (abrirá senderos en medio de los ríos, descubrirá escaleras subterráneas, etcétera), y se pondrá en contacto con una realidad que la implica directamente: los libros no oficiales, repartidos entre la Orden del Agua y la Orden de la Tierra, tienen una versión distinta de lo acontecido durante la Última Batalla. En ellos se aclara que el equilibrio en el que han vivido los últimos años no es el resultado de una victoria sobre las fuerzas del mal, sino un estado transitorio antes de una nueva batalla.

Para Kendria la situación implica varias cosas: primero –que como parecía intuirlo Kiros y se lo confirmara la Superiora de la Orden del Agua-, ella es la elegida para hacer frente a los dioses del mal, quienes ya han iniciado a través del fuego la desestabilización del mundo. Y, por otro lado –lo cual también es producto de los descubrimientos de su viaje-, Kendria debe empezar a pensar que el hecho de ser la elegida podría implicar su muerte durante el combate; en los libros se habla de que los elegidos siempre actúan conforme a un sacrificio por los demás.

Entretanto, las cosas en la Cofradía siguen empeorando: la lista de los muertos crece y, aun cuando se han aunado todas las fuerzas posibles, el fuego parece incontrolable; sólo el rápido regreso de Kendria podría salvarlos. Sin embargo, las revelaciones que ha escuchado Kendria de la Superiora y, más tarde, de Logan en la Orden de la Tierra, han cuestionado su valentía, su poder e, incluso, sus propios deseos de asumir esta tarea de la que puede resultar su muerte. En este sentido, también su ánimo empieza a desestabilizarse, y a creer que no será capaz de asumir el destino.

Un hecho más contribuye a incrementar la confusión de Kendria: la aparición de Keir, ese misterioso hombre que Briana había conocido en la Orden del Fuego y que reaparece ante las muchachas, Bevan y Galen –quien se había unido al grupo antes de su llegada a la Orden de la Tierra-. Desconociendo que él es, justamente, el dios malvado del fuego, Kendria se verá seducida por sus insinuaciones acerca de una posibilidad de continuar con vida. Como sea, la situación sólo llegará a su clímax una vez Kendria y los demás estén de vuelta en la Cofradía y se percaten por ellos mismos del cariz que ha alcanzado las cosas: destrucción, muerte, desesperación.

Impelida por el tiempo y el destino, Kendria debe hacer una elección: aceptar el llamado de Keir que, lógicamente, es tanto como olvidarse de la suerte de sus compañeros, y ello para permanecer con vida, o, por otro lado, asumir su destino y luchar abiertamente contra él, sin importar que en ésto pierda su vida. Una revelación final, casi en el punto mismo de la batalla, le servirá para decidirse finalmente ante la mirada expectante de los miembros de la Cofradía y el mismo Keir.

El universo de Kendria

Kendria vive en un tiempo y espacio indeterminados; el devenir se corresponde allí con estados de desequilibrio o restauración, de tal suerte que las referencias siempre estén dirigidas, por ejemplo, a la Última Batalla. Además, dominado por la magia, el mundo de Kendria es también un espacio en donde lo humano se unifica con lo sobrenatural hasta el punto de constituir una sola realidad. La magia hace parte de la cosmovisión de los personajes, se asume como destino y proyección de sus vidas, no sólo porque la estudian o trabajan, sino porque a partir de ella organizan su forma de ser en el mundo.

Pero, aun cuando la magia hace parte de la vida cotidiana, su control está repartido entre las personas de forma diferente. Hay una jerarquía, tanto en la vida de la Cofradía como en la de cada una de las Órdenes, que se basa en el nivel de manejo que ha alcanzado una persona sobre su elemento base: se habla constantemente de aprendices, adeptos de segundo o quinto rango, etcétera, y esta división crea también unas obligaciones y exigencias diferentes en lo que corresponde a las acciones que éstos pueden hacer dentro de la comunidad.

Hay algo significativo a este respecto, y es que –tal como sucede con las jerarquías tradicionales-, La Elección de Kendria examina la manera en la que las divisiones entre rangos suponen una excusa para la discriminación. En la novela, las situaciones en las que personajes que ostentan un mayor poder juzgan las posibilidades de actuación de otros son bastante constantes. Sobre la misma Kendria se ciernen los señalamientos que le hacen varios miembros del Consejo de la Cofradía, quienes no pueden creer que la vida de ellos dependa de una adepta del segundo rango y, mucho menos, que pueda tratarse de la elegida por los dioses para hacer frente a la maldad.

Muy cercano al panorama que se desprende de esta incisión social producto de las jerarquías, se encuentra otro hecho fundamental: la tensión entre lo oficial y lo no oficial. Esta cuestión es particularmente palpable respecto de los documentos que sirven para descubrir el destino de Kendria. En la Cofradía, los testimonios de los libros sagrados son incuestionables, constituyen las aproximaciones más veraces a los acontecimientos que ocurrieron en el pasado y que justifican el estado actual. Frente a ellos, cualquier acto de incredulidad o juicio, son señalados –como ocurre en los escenarios religiosos- a modo de blasfemia o imprecación.

Pero he aquí que, un tanto irónicamente, el verdadero sentido de lo que debe vivir Kendria está contenido en los documentos no oficiales, en esos textos a medias y a veces confusos que fueron repartidos entre las Órdenes de los Elementos una vez terminada la Última Batalla. En un primer momento desechados por no apegarse a lo que la comunidad de la Cofradía había asumido siempre como lo cierto, Kiros, Galen, Briana y hasta la misma Kendria, tendrán que luchar contra sus propios prejuicios y lograr darle credibilidad a esas palabras que, sin importar el horizonte trágico que manifiesten, son las únicas que pueden orientarlos para tomar una decisión frente a su futuro.

Es así que, a mi modo de ver, en La Elección de Kendria se dibuja una doble vía tendiente a cuestionar las verdades internalizadas y, por extensión, a desequilibrar el estado de certeza de los personajes, que es su principal dificultad a la hora de afrontar el problema que se les presenta. No sólo se trata de entender que cada persona, sea un aprendiz o un adepto, puede contribuir desde sus posibilidades a restituir el orden, sino que también debe asumirse una lucha individual que derroque las certidumbres que a veces obstruyen el pensamiento, impidiendo nuevas formas de entenderse.

El horizonte moral de Kendria

Como dije más arriba, la novela de Lorena A. Falcón, más allá de que transite por lugares habituales dentro de la literatura de fantasía, tiene su principal anclaje en una cuestión de tipo moral. Es un elemento que puede examinarse a partir del itinerario que la protagonista construye, y que tiene unas características especiales en cada momento. Aunque La Elección de Kendria se muestre, en su inicio, como una obra que terminará con una gran batalla, llena de efectos y poderes extraordinarios, lo cierto es que, poco a poco, se perfila en un sentido diferente, mucho más cercano al debate en torno a los valores de la protagonista, y el contraste con sus deseos e intereses.

Un primer estadio en eso que podríamos llamar el horizonte moral de Kendria viene de la mano de sus dudas iniciales; ella es una joven de apenas diecisiete años, que ha experimentado siempre una sensación de falta, de que algo no ha terminado por acomodarse en su vida. Con el pasar de las páginas se irá descubriendo que ese sentimiento no es más que la conciencia tácita de su deber frente a la comunidad en la que vive. Pero, por el momento, y teniendo en cuenta que este estado le afecta su vida sustancialmente, puede considerarse que Kendria vive un estado de incertidumbre moral:

“Todo el día, como hacía semanas, había tenido una sensación de ahogo. Podía sentirse luchar contra la marea de gente que había en el castillo. Buscaba un poco de serenidad, una isla de paz donde pudiera concentrarse en ese fantasma que la perseguía: la sensación de que tenía algo que hacer, un deber inconcluso. Siempre había tenido este sentimiento, pero lo había interpretado como su llamado para ir al castillo y ser parte de la Cofradía, y por un tiempo lo sintió así” (Pág. 27)
Se trata, pues, de una incertidumbre, puesto que la protagonista no encuentra la respuesta a su condición, a lo que siente. Una vez puesta en contacto con la realidad de la Cofradía y, más aún, después de demostrar su poder deteniendo el fuego en uno de sus pasillos, Kendria pasará de la incertidumbre a la confusión moral. No se tratará ya de que la muchacha ignore lo que sucede con ella misma, sino de que un conjunto de situaciones empiezan a mezclarse en su mente hasta enmarañarla. Ser, por ejemplo, la única dentro de la Cofradía capaz de detener el ataque del fuego, máxime cuando aún no conoce los alcances de su poder, evidentemente, se traduce para ella en desconcierto.

De este modo, el viaje que Kendria emprende junto a Briana y Bevan puede entenderse, ante todo, como una búsqueda de respuestas. Y así se revela, justamente, cuando en las Órdenes del Agua y la Tierra, se le hace ver que su confusión es producto de las dimensiones de su naturaleza. Ella no es una simple adepta de la Cofradía, es la elegida para luchar contra las fuerzas del mal que, después de un tiempo de equilibrio, han vuelto para desestabilizar el universo. En ese momento, la confusión, ante la evidencia que muestran los documentos que tienen en aquellas Órdenes, le darán un poco de claridad sobre su destino, aunque no terminen por solucionar sus inquietudes morales.

En otras palabras, el desconcierto de Kendria se transforma en un tercer estado, caracterizado por centrarse en un dilema moral. No solamente ha tenido que asumir algo que ella no ha escogido, como ser la persona que enfrentará a las fuerzas del mal, sino que ese papel que se le exige tiene una consecuencias que, tal vez, no acepte: su propia muerte. De un lado, la propuesta de Keir, quien insiste en que puede permanecer con vida si se une a él y, del otro, la suerte de la Cofradía y las Órdenes que desaparecerían definitivamente de no convertirse en su defensora, llevan a Kendria a una disyuntiva axiológica: qué debe elegir, un valor individual, o un valor heroico, su propia vida o la de los demás. Así se lo hace ver la Superiora cuando habla con ella:

“–Verás, por lo que podemos entender de los escritos que quedaron; no es que va a nacer alguien con poderes sobrenaturales. No, no. Sino que nuestros dioses se comprometieron a que, cada vez que fuera necesario, ellos le darían parte de su poder a una persona especial: y esa tienes que ser tú (…). Puedo entender que te sientas abrumada, pero es un honor y un sacrificio que hay que hacer” (Pág. 140)
Honor o sacrificio, esa es la decisión que debe hacer Kendria. Todavía más, al final del libro se descubrirá que ella podría no ser del todo humana, lo que aumentaría el grado moral de su elección, ya que no estaría eligiendo únicamente en tanto ser mortal, sino también como ser que determina el destino de los otros. Para que nos entendamos, si Kendria fuera un dios enteramente, no tendría nada que elegir, puesto que siempre apelaría al bien o a la maldad sin dilaciones; pero, siendo humana, necesariamente la moral juega un papel importantísimo en su decisión, y ello porque los hombre somos buenos o malos según las circunstancias: nada garantiza que Kendria, cegada por su individualismo, pudiera elegir sobrevivir a costa de la vida de su comunidad. De ahí la importancia del juego moral en el libro y su mensaje final:

“…Así es como funciona para los humanos. Tienen que elegir cada vez, con cada acto y cada palabra. Ninguno de ellos es bueno o malo con una sola decisión, tiene que elegir a cada momento entre una de esas dos opciones. Eso es lo que hace a una persona buena tan valiosa; no que lo decidió una vez, sino que lo elige a cada rato. Esa también fue la razón por la que adquirieron tanta fuerza, desconocida para nosotros (los dioses)” (Pág. 239)
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La Elección de Kendria tiene las características de una aventura épica, más por la tragedia moral de su protagonista que por el esplendor de sus heroicidades. Rica en acciones, pero algo plana en su lenguaje, la obra representa un buen comienzo para Lorena A. Falcón en la novela.

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