AUTOR: Knut Hamsun
TÍTULO: Victoria
EDITORIAL: José Janés (Segunda edición)
AÑO: 1951
PÁGINAS: 164
TRADUCCIÓN: Berta Curiel
RANK: 8/10



Por Alejandro Jiménez

Escribir sobre Knut Hamsun (1859-1952) genera en mí sentimientos encontrados: por un lado, es uno de mis escritores favoritos desde hace mucho tiempo y, por otro, siempre me veo forzado a recordar el apoyo que dio a Quisling durante la invasión nazi a su país. Tal vez, como lo apreció en su momento Camilo José Cela, el error de Hamsun fue dejarse arrastrar por los “cantos de la sirena política”. En un tiempo en el que se lo admiraba por toda Europa, con más de veinte novelas publicadas, un Premio Nobel a cuestas, y el respeto de colegas de renombre como Thomas Mann, Máximo Gorki o Franz Kafka, el autor no podía permitirse una falta de este calibre; falta por la que, ni siquiera en Noruega, han terminado hoy de exonerarlo (1).

Yo pienso que Hamsun comparte con otros intelectuales de su época –que también hicieron defensa abierta del nazismo- una situación límite: el temor a la incerteza. Nadie puede asegurar qué cruzaba por la cabeza del escritor por allá en 1943 cuando le ofreció la medalla del Nobel a Goebbels, y tampoco qué razones lo llevaron a no retractarse de sus opiniones después de la Segunda Guerra Mundial. Y, sin embargo, está claro que durante el advenimiento de los totalitarismos, Europa sucumbió ante un miedo generalizado, y que éste llevó, incluso a hombres de la talla de Hamsun, a internalizar discursos y asumirlos como válidos, con tal de no estar del lado de los victimados.

No sé hasta qué punto esto sea posible, pero yo he optado por practicar una especie de incisión sobre la figura de Hamsun, para separar en él, ese escritor al que admiro de aquel hombre al que desprecio. A fe mía que los resultados no pueden ser menos curiosos, pero es la única forma de mantenerse un poco dentro de la objetividad y darle a cada parte lo que le corresponde, aun cuando a la mitad de una novela, de Hambre, por ejemplo, o de Bendición de la Tierra, uno tenga que detenerse un segundo para cuestionarse de nuevo, y decirse: ¿en verdad este hombre que ha escrito unas líneas tan claras, tan llenas de emoción humana, fue el mismo que dijo de Hitler que era un “luchador de los derechos de las naciones”?

Pues bien, por lo menos ahora no estamos frente a una de sus obras de los treintas o los cuarentas, sino frente a una novela intermedia en la carrera literaria de Knut Hamsun; y, digo intermedia, porque aun cuando se aparta algo de ese estilo intuitivo que caracteriza sus primeras historias –Hambre (1890) o Pan (1894)-, no alcanza la precisión narrativa de las obras que lo consagraron en 1920 con el Nobel –Un Vagabundo Toca con Sordina (1909), La Última Alegría (1912) y, por supuesto, Bendición de la Tierra (1917)-. Victoria (1898) (2) es, más bien, un capítulo transitorio, de búsqueda todavía, pero que de cualquier forma alcanza una personalidad propia, en la medida en que se acerca a un espíritu no demasiado recurrente en la narrativa de Hamsun: la tragedia romántica.

Se trata de una historia en la que priman los desencuentros entre los protagonistas: una pareja que se ama desesperadamente pero que, por razones de orgullo y conveniencia social, se aboca a un destino infeliz, contradictorio. Me parece que Hamsun bebió mucho del Werther para esta novela, y quién sabe si, además, de esa hermosa obra de su compatriota Björnstjerne Björnson, Arne, porque el argumento es un clásico del romanticismo: la imposibilidad del amor, la correspondencia entre placer y muerte, etcétera; sólo que aquí, merced a la lucidez de Hamsun, todo parece recién creado. Como sugiere Antonio Vilanova, Victoria es una:

“…fusión perfecta de introspección lírica y de análisis sentimental, cuajada en una pequeña obra maestra de una simplicidad puramente clásica. No cabe duda de que el tono especialmente romántico de esta historia de un amor imposible por la desigualdad de clase social y frustrado por intereses familiares, carece en el problema que plantea de la menor originalidad. Tan sólo el genio de Hamsun ha impedido con su exquisito lirismo, con su magia narrativa y la poderosa fascinación del sino trágico que persigue a sus protagonistas, que su relato se convirtiese en la ‘novela de un joven pobre’ de la literatura noruega” (3)
Victoria es una novela romántica en toda la extensión de la palabra: su noción de amor, esa inútil lucha que plantea para conciliar realidad e imaginación, y su lenguaje que, tal como afirma el mismo Vilanova, es poético de principio a fin, fértil en metáforas, y de una limpieza inagotable. Y de esa gracia de la forma, Hamsun hace desprender una preocupación central, a saber, que la energía ideal de los sentimientos se destruye al materializarse y, en consecuencia, el amor –como el más sublime de los sentimientos- sólo llega a existir en el individuo, en lo más íntimo de su ser y su deseo; es algo que no se comparte, que no puede realizarse. El que se atreve a pronunciarlo –parece decirnos el escritor noruego-, asistirá a su derrumbe.

Unos años después de Victoria, creo no equivocarme al decir que en 1903, Hamsun escribió un pequeño cuento titulado Los Esclavos del AmorKratskog-, y en él retoma el tema de las contravías amorosas, de su contingencia. Con una sutileza asombrosa coloca al lector ante una situación semejante a la de su novela: un destino adverso persigue a sus personajes, quienes, aunque no están envueltos en la maraña social de Juan y Victoria, sí comparten con éstos la tragedia personal a la que los conduce sus emociones. A continuación, quisiera examinar estos rasgos que he mencionado, pero a la luz de las situaciones concretas que propone la novela.

La historia de Victoria

Hamsun escribe Victoria utilizando una técnica que le permite describir sin quitarle velocidad al relato. Como desea trazar un mapa completo de la vida de Juan y Victoria, escoge unos momentos específicos de la vida de éstos –su niñez, juventud y madurez-, y se adentra concreta, pero profundamente en ellos; de suerte que el lector tiene la sensación de conocer mucho sobre la historia, aun cuando el paso por cada época ha sido bastante breve. Cabe destacar, que la descripción hecha por Hamsun no se refiere exclusivamente a los aspectos exteriores, sino también, y sobretodo, al universo psicológico de los personajes, hecho que permite equilibrar de modo soberbio los horizontes de la novela.

En una primera parte, Hamsun nos presenta a Juan Möller, el hijo de un molinero muy humilde, que desde pequeño ha conocido el campo y sus faenas, ha colaborado a su padre en el trabajo, y servido a los habitantes del Castillo –una de las familias más adineradas de la región- como mandadero. A pesar de su condición, el joven de apenas catorce años no ha dejado se soñar con huir a la ciudad, estudiar y forjarse un futuro distinto. Rebelde por naturaleza, Juan posee un espíritu audaz que no se aminora ni siquiera frente a Victoria –la hija del propietario del Castillo- o sus amigos.

Con ellos ha crecido Juan, si bien hay una distancia enorme entre sí, tanto a nivel social, como en el plano de las preferencias y aspiraciones. Los días del mocetón transcurren entre las labores del campo que incluyen llevar de paseo a Victoria –que para entonces tiene 12 años- y Otto –amigo de la niña e hijo de uno de los amigos de su padre-, y los deseos de escabullirse hacia la ciudad. Por supuesto, ya desde estos primeros momentos de su vida se percibe un sentimiento especial entre Victoria y Juan que, sin ignorar la distancia social que los separa, siempre prefieren estar juntos, hablar o escaparse a la cantera de granito.

Tiempo después, Juan parte hacia la ciudad porque su ímpetu ya no puede controlarse, y allí estudia hasta que se convierte en un joven todavía más audaz e inteligente. De vuelta a su región natal, cuando ya tiene unos veinte años, se encuentra con que la belleza de Victoria ha incrementado extraordinariamente, y ya que sus sentimientos se mantuvieron en suspenso durante su viaje, siente cómo se reaniman hasta apasionarlo. El joven ha empezado a escribir, incluso le han publicado un par de poemas, y la voz se ha corrido por todo lado, hasta llegar a los oídos mismos de Victoria, quien ignora que la única fuente de inspiración de éstos ha sido justamente ella.

Un par de encuentros en el bosque serán suficientes para confirmar el amor mutuo, ese nerviosismo que desde pequeños experimentaron, la necesidad de saber del otro y pensarlo. Sin embargo, es la ciudad el escenario para la declaración definitiva: Juan ha regresado para continuar su carrera de escritor, y Victoria pasa una temporada allí por invitación de Otto, su amigo de niñez. La casualidad los lleva a encontrarse en medio de la calle, a caminar juntos un rato, y a que Juan se aventure a declararle sus sentimientos que, para su sorpresa, resultan correspondidos plenamente por Victoria.

Vendrá entonces un par de días de felicidad para Juan que, ante las palabras de Victoria, se ha olvidado de sus diferencias sociales. Embelesado escribirá toda una noche, pero pronto descubrirá que ella no podría aceptar unirse a él en una relación que de inmediato sería juzgada por su padre y sus amigos; es decir, Victoria ha aceptado amar a Juan, pero no puede ocurrírsele la idea de estar junto a él, cosa que desespera al escritor. Así, si bien la decisión le provoca el más terrible sufrimiento, Juan intenta olvidarse de Victoria y continuar su vida escribiendo y viajando.

Pero habrá un momento definitivo para la historia, algunos años después, cuando Victoria y Juan ya sean adultos. El prominente escritor que ha pasado una temporada recorriendo Europa, ha vuelto a la casa de sus padres, y su visita ha coincidido con una fiesta que se prepara en casa de Victoria para anunciar su matrimonio con Otto. Juan es invitado al evento, pero una vez allí las actitudes de la mujer lo desconciertan: ora amables, ora despreciativas, lo sacuden violentamente. Él sigue enamorado de ella como cuando niños y, por lo mismo, la situación se le antoja frustrante.

Ha pasado el tiempo suficiente para que Juan compruebe que esperar a Victoria es inútil, así que decide pedirle matrimonio a Camila, una hermosa joven que había salvado hace algún tiempo de morir ahogada, y que siempre profesó por él un sincero agradecimiento. Sin embargo, en el mismo momento en el que Camila acepta, Otto, el prometido de Victoria, muere accidentalmente mientras caza. De este modo, Victoria vuelve a quedar libre y, no sólo eso, sino que ahora está decidida a luchar, como siempre lo había evitado, por su amor a Juan: su relación con Otto no era más que una estrategia de sus padres para salir de una crisis espantosa, Victoria no lo quería, simplemente obedecía el mandato de su padre, pero ya no le importa más que serle fiel a lo que siente.

Juan, que ha prendado su palabra a Camila, no puede aceptar ya la proposición de Victoria, y marcha a la ciudad donde se casará con la joven, pero allí se percata de que ésta anda presa de admiración por Richmond, un joven aristócrata que había conocido en la fiesta de Victoria, de modo que ha dejado a Juan en un segundo plano. Sin dilaciones, el escritor deja a Camila en libertad, pero no piensa en regresar a buscar a Victoria, por el contrario, se sumerge totalmente en su trabajo, y no saldrá de él, hasta el día en que llegue a su puerta esa carta que cambiará su vida para siempre.

Victoria, como novela romántica

La edición original de Victoria contenía el pequeño subtítulo: “Una Historia de Amor”, y este hecho permite sintetizar muy bien el espíritu de la novela. Estamos frente a una obra romántica, en primer lugar, porque retoma un tema clásico del romanticismo, esto es, la tragedia a la que puede perfilarse la experiencia del amor. Como en el Werther de Goethe, lo que impresiona en Victoria no es la fuerza del sentimiento, sino la constante desventura que tiene que afrontar; por decirlo de alguna forma, el amor es una realidad fija, es obvio que ambos personajes se aman desde el principio hasta el fin, pero este hecho no es el que le atribuye a su historia un rasgo romántico, sino que lo es la imposibilidad que encuentran para conciliar aquello que sienten con las exigencias de lo real.

“No hay remedio conocido para manejar los sentimientos”, gritó Werther viéndose sometido por la fuerza de su amor, sin una salida acomodaticia que le permitiera poner en orden su sentir en el mundo. Aquí, en Victoria, esa salida tampoco se encuentra, unas veces porque la fuerza social lo impide, y otras porque los sentimientos entran en una tensión complejísima con otras emociones. Hay un momento en la novela en la que se descubre que las dudas de Victoria, y esa presunta indolencia que parece acompañarla muchas veces, no es más que el producto de la presión social, de una exigencia hecha por sus padres para aceptar que debe estar con un hombre distinto al que verdaderamente ama. Pero, asimismo, también hay un momento en el que ya no es lo externo lo que se impone, sino la explosión de un mundo interior, del orgullo (para el caso de Juan), y de la desesperación (para el de Victoria).

Abocados al desencuentro, Juan y Victoria son, con todo rigor, dos personajes trágicos, y lo son, sobretodo, porque asisten con él a una ruina personal, a una situación que no tiene otra alternativa que su propia destrucción. La vía libre que se da en una página, se socava en la siguiente, hasta el punto de convertirse mutuamente en pasiones inútiles. Una creciente falta de voluntad se apodera de sus vidas, los va engullendo hasta destruirlos desde adentro para dejarlos allí, al final, presas de la ironía más grande de su existencia: cuando, después de todo, puedan estar juntos, ya ninguno de ellos querra hacerlo.

Pero, por otro lado, Victoria es una novela romántica por su lenguaje. Más arriba situaba la obra en un punto intermedio de la narrativa de Hamsun, y esto porque no termina por escribirse en ese lenguaje intuitivo de Hambre, pero tampoco alcanza la precisión de sus novelas posteriores. El rasgo definitorio de Victoria está dibujado merced a las continuas reflexiones acerca del amor, esas mezclas sutiles entre la imaginación y la realidad del protagonista, y esa descripción de espejo que Hamsun hace de la naturaleza. Su vitalidad puede observarse, por ejemplo, al escribir:

“Sí, ¿qué era el amor? Un viento que susurra entre las rosas… ¡Oh!, no, una fosforescencia amarilla que recorre la sangre. El amor era una música cálida, diabólica, que hace latir hasta los corazones más ancianos. Era como la margarita que, en cuanto llega la noche, se abre plenamente, y era la anémona que a un soplo de aire se cierra y muere al ser tocada. Así era el amor. Abatía a un hombre y de nuevo lo levantaba para volverlo a abatir; hoy me anima a mí, mañana a ti, a otro la noche siguiente, tal es su inconstancia. Pero también podía perdurar, semejante a un sello infrangible, quemar como un fuego continuo, hasta el momento supremo, de tal forma era eterno” (Págs. 39-40)
Victoria, como crítica social

Por otra parte, Victoria hace una crítica a las conveniencias sociales que siempre echan al trasto los sentimientos más puros. Es obvio, que esta pequeña novela no tiene la profundidad de La Comedia Humana que, en mi opinión, es el documento que denunció con mayor fuerza la hipocresía social del siglo XIX, pero también tiene su mérito a este respecto, máxime al tratarse de una obra tan pequeña. Knut Hamsun elabora su propio panorama: una sociedad dividida entre pobres y propietarios que, sin embargo, no es para nada estática, puesto que permite el continuo ascenso de los unos y la caída de los otros.

Mas, lo que observa Hamsun es que, más allá de que exista esta posibilidad de moverse en la estructura social, hay un conjunto de aspectos irrenunciables, tanto para pobres como para ricos. El caso de Juan Möller ilustra el prototipo de hombre que, rompiendo los lazos de su realidad objetiva –la pobreza-, logra salir adelante y convertirse en un poeta de renombre, admirado por buena parte de sus compatriotas; pero he aquí que, aun cuando puede conocer algo de ese mundo de vanguardia social, lo que realmente define su personalidad es el recuerdo de sus primeros años en el campo, junto al molino o recorriendo los caminos de flores con Victoria. Es decir, hay una regreso al origen y, por lo mismo, una ruptura con el estado actual, que siempre termina por desencantar de alguna forma al protagonista.

El caso contrario puede examinarse a partir del padre de Victoria, quien desde pequeño ha conocido toda clase de comodidades, pero que por los azares del destino ha empezado a verse en dificultades. Mientras Juan viene en subida, el Castillo va en picada, perdiendo territorios, amigos, hipotecando propiedades. Pero, un punto conecta ambas experiencias, y es el hecho de que tampoco el padre de Victoria logra adaptarse a su nueva realidad, o sea, a ser pobre, sólo que él, al contrario de Juan, que es puramente pasivo, hace todas las cosas que están a su mano para regresar a su estado primario, incluso, casar a su hija por conveniencia. Así describe Victoria el suceso:

“Todo fue voluntad de papá, porque está arruinado, casi en la miseria, y Otto había de reunir tanto dinero algún día… ‘Es preciso que te cases con él’, me decía papá. Y yo cada vez me negaba… ‘Piensa en tus padres, en el Castillo, en nuestro rancio nombre, en mi honor’. ‘Bien, sí, lo aceptaré –respondí-, espera tres años, y lo aceptaré’’. Papá me lo agradeció y esperó. Otto esperó también. Todos esperaron. Pero desde el primer momento tuve mi sortija de prometida. Luego, transcurrido mucho tiempo, vi que todo era inútil. ¿Por qué demorarlo más? ‘Ya puedes enviar a buscar al que ha de ser mi marido’, dije a papá. ‘Dios te bendiga’, dijo, agradeciéndome una vez más por lo que iba a hacer” (Págs. 120-121)
Este problema, al igual que el de la tragedia del amor, fue muy tradicional en la literatura decimonónica. Plantea, principalmente, un dilema ético: ¿qué puede aceptarse como válido para mantener ciertos privilegios sociales? o, en otras palabras, ¿es legítimo aferrarse a esos privilegios a toda costa? Existen muchas formas de posicionarse frente a estas preguntas, y algunas de ellas son las mismas que los personajes de la novela asumen: la respuesta del padre de Victoria es plenamente afirmativa, no sólo considera que es válido aferrarse a los privilegios que siempre ha conocido, sino que es legítimo hacer cualquier cosa, hasta romper la felicidad de su hija, a fin de mantenerlos. La respuesta de Victoria también es afirmativa, pero lo es, esencialmente, por falta de voluntad, ella tal vez no crea que sea justo, pero el cariño a su padre, y su poca energía para decidir debilitan una respuesta distinta.

Finalmente, lo que piensa Juan Möller sobre la situación que afronta Victoria parece difuso; se lo reserva para él y, por tanto, crea una intriga en el lector. Ahora bien, quizá su orgullo sea el que no le permita ponerlo tan claro como los otros: cuando jóvenes, ya Victoria le había hecho notar que socialmente estaban en las antípodas, y que esto traería muchos inconvenientes para ambos en caso de decidir estar juntos. Es decir, que ella haya puesto por encima de sus sentimientos la decisión que tomó para resarcir económicamente a su padre, es una cuestión intolerable para Juan.
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Victoria es una novela sutil y metafórica que, tal vez esté un poco opacada por el nombre de otras obras pero que constituye, sin lugar a dudas, un ejercicio importantísimo en la narrativa de Knut Hamsun.

NOTAS:


(1) Juan Soto Ivars escribió un interesante artículo en la revista Tiempo de Hoy, en el que analiza la relación que tuvo Knut Hamsun con el nazismo y las consecuencias de la misma para su reputación como escritor. El texto se titula Escritores Destruidos por el Bien, y puede leerse en el portal de la revista.

(2) En distintas fuentes bibliográficas, por ejemplo, las obras completas de Hamsun editadas por Círculo de Lectores en 1968, se cita como fecha de publicación de Victoria el año 1898; sin embargo, en la introducción a esta edición se aclara que la fecha correcta es 1899, aduciendo, además, que en 1902 el escritor “hizo revivir al monje Vendt que cruza las páginas de Victoria, como creación del protagonista Juan, en una de sus noches de insomnio”.

(3) Texto tomado de la introducción de Antonio Vilanova a la novela Bendición de la Tierra. Ver en: Hamsun, Knut (1968). Bendición de la Tierra. Barcelona: Círculo de Lectores. p. X.

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