AUTOR: Heinrich Böll
TÍTULO: Opiniones de un Payaso
EDITORIAL: Barral, S.A. (Quinta edición)
AÑO: 1974
PÁGINAS: 244
TRADUCCIÓN: Alfonsina Janés
RANK: 9/10



Por Alejandro Jiménez

Desde el fondo empieza a escucharse el redoblante, la cortina se descorre y, por sobre el humo del público, aparece Hans Schnier sobre el escenario. Para la tarde de hoy ha preparado un número especial, se llama “El Cardenal”, y trata sobre un religioso que bendice la candidez de una muchacha, ignorando que vive en concubinato. Sin embargo, ahora no se retirará al camerino en medio de ovaciones, Hans está borracho y, en consecuencia, cometerá el peor error que puede escapársele a un payaso: reírse de sus propias opiniones.

Incluso, y esto será lo que realmente le pese en el futuro, su estado podrá llevarlo a caerse al suelo, a quebrarse la pierna, y a despertar la lástima de quienes le miran. Un par de críticas en el periódico y la suerte de Hans estará echada: de 200 a 20 marcos por función, porque nadie quiere vérselas con un borracho, con un payaso venido a menos, con alguien que ha perdido la expresión vaciándola frente al espejo o frente al pasado.

Publicada por primera vez en 1963, Opiniones de un Payaso es una de las obras de mayor renombre en la narrativa de Heinrich Böll (1917-1985); pertenece, según observan algunos teóricos, a una tercera etapa en la producción del escritor caracterizada por organizar, a partir de temas elementales, una crítica a las instituciones contemporáneas y promover una ética individual capaz de enfrentarse a los procesos de masificación cultural.

En términos generales, la obra –ambientada en la Alemania de posguerra- cuenta la historia de Hans Schnier, un payaso de profesión, que tras haber sido abandonado por Marie –la mujer a la que ama- se aboca progresivamente a la derrota artística y existencial. Desencantado, el personaje nos hace un recuento de su vida, de los problemas con su familia y su trasegar sentimental. Pero además, y como tiene plena conciencia de no pagar tributo a nadie más que a sí mismo, el relato de Hans constituye una crítica a su sociedad: la guerra, el nazismo, y el estricto círculo católico que siempre censuró sus actos.

Ese examen, cuyo cariz resulta bastante pesimista, es suficiente para probar que, aunque distante en el tiempo de El Tren Llegó Puntual (1949) o ¿Dónde Estabas Adán? (1951), Opiniones de un Payaso es una obra marcada también, como las otras, por el absurdo y la sátira. Lo que imprimiría un sello particular a esta novela es el hecho de recurrir a un personaje que, a todas luces, se revela como antihéroe: no hace parte de los alemanes que buscan el restablecimiento económico, renuncia a cualquier modo de vida fuera del que le procura Marie, se sabe imposibilitado ante el mundo para generar comunicación, y reduce su carrera a una maraña de cuestiones artísticas.

Y es que la figura dibujada por Böll es, ante todo, irónica. Si en la tradición el payaso es el hombre que nos hace reír con sus ocurrencias, aquí, en la novela, sirve para enunciar una realidad especialmente triste: ese fracaso personal de Hans que no es otra cosa que la actualización de un espíritu de época. Aún más, la ironía no se agota en esa primera evidencia, sino que es palpable en un nivel más profundo, cuando se descubre que todas las opiniones que el protagonista nos va compartiendo a lo largo de las páginas no persiguen un fin distinto que su propia catarsis, y ello porque el payaso tiene plena conciencia de que no serán comprendidas por ningún hombre, ni siquiera tratándose de otro payaso.

A continuación haré un acercamiento al argumento de la novela, a partir de tres aspectos que me han parecido significativos: la caracterización del payaso como producto contemporáneo, el panorama existencial de la posguerra, y la denuncia moral al catolicismo.

Una síntesis de la historia

Hans Schnier está de vuelta en Bonn, su ciudad natal. Ha pasado varios años fuera de allí, ganándose la vida como payaso e, incluso, ha logrado granjearse un nombre dentro del panorama artístico alemán. Sin embargo, desde que Marie lo dejó hace algún tiempo, ha perdido la ruta que seguramente lo llevaría a una consolidación definitiva. El licor, la soledad y la incomprensión han llevado a Hans a convertirse en un hombre ensimismado, una persona que vuelve una y otra vez hacia el pasado en busca de la respuesta para el desequilibrio que ahora experimenta.

Empero, él conoce esa respuesta mejor que ninguno: Marie, la muchacha a quien conoció años atrás, cuando estudiaba en el Liceo; su primer y único amor, puesto que Hans Schnier es un monógamo irremediable y también, de alguna manera, un obseso. Con ella viajó por toda Alemania construyendo un inventario infinito de complicidades y secretos: desde la noche cuando, en ausencia del padre de Marie, hicieron el amor por primera vez, pasando por las difíciles jornadas en que tuvieron que mendigar para comer, y hasta las discusiones gestadas en su intimidad acerca del valor moral del matrimonio.

Una barrera gigantesca finalmente socavó el amor de Marie y Hans: la religión. Inmersa en ella, Marie vivió siempre con la culpa de convivir con un hombre a quien no estaba unida en matrimonio, porque, más allá de la felicidad que sentían al estar juntos, existían unos valores que le habían sido inculcados por su familia y, sobre todo, por los círculos católicos que atestaban los centros de estudio alemanes, y en los cuales Marie tenía muchísimos amigos. Una censura, a veces tácita y otras frontal, se cernió desde el principio sobre su relación y, así, aun cuando aguantó al lado de Hans lo más que pudo, la presión terminó por separarlos.

En aquel tiempo, Hans ya era un escéptico; pero aun cuando en un principio se había negado categóricamente ha bautizarse como católico, al comprender que ésta era la única alternativa para permanecer al lado de Marie, lo había aceptado; sin embargo, nunca llegaron a casarse porque a ella no le cabía en la cabeza que en él primara el deseo de no perderla sobre la convicción de ser católico. En fin, se separaron, y sin importar que Hans Schnier apenas atraviese los 27 años, ahora que regresa a Bonn se siente frustrado, engañado por tanta conveniencia religiosa, y sin deseos ya de continuar en pie.

Pero Bonn no es sólo el epicentro del recuerdo de Marie, quien por demás se ha casado ya con Züpfner, un viejo amigo de ella y de Hans, y en la actualidad pasa su luna de miel en Roma. Bonn es también el lugar en donde vive su familia: sus padres, una familia adinerada de la que nunca ha querido depender Hans, básicamente porque se avergüenza de su hipocresía, de su solapamiento, de su avaricia, y de haber apoyado a los nazis, aun cuando una vez terminada la guerra, organizaran institutos para la conciliación racial.

Asimismo, Kinkel, Wieneken, Sommerwild, y todos los otros nombres de aquellos católicos con los que, en vano, intentó tantas veces Schnier conciliar, reaparecen allí, en Bonn, porque paradójicamente, y sin importar lo lejos que estén sus líneas de pensamiento, son las únicas personas a las que puede recurrir nuestro payaso para lograr sobrevivir. En una de sus últimas funciones, borracho, se fracturó una pierna, y aunque Zohnerer –su manager- todavía piensa que podrá recuperarse, pasará al menos un año sin poder moverse como quisiera, lo que supone, ante las malas críticas que recibe desde hace un tiempo, una temporada de hambre, olvido y tristeza.

En Bonn, pues, y frente a su teléfono, empieza a marcar, uno tras de otro, los números de toda esa comunidad de fervientes católicos, buscando que alguno le tienda la mano; y mientras espera en la línea o habla con ellos, hace un repaso mental de sus historias, hasta esbozar un panorama desolador, porque nadie, ninguno quiere saber de su suerte; no sólo lo ven como el culpable de un periodo viciado en la vida de Marie, sino como un sujeto degradado, una piedra en el zapato, una especie de anticristo artístico y religioso.

Entonces él, payaso, y sin otra opción diferente a la de sobrevivir por sí mismo, se prepara para una nueva función que, tal vez, pueda durar muchísimo tiempo: un vaso de coñac, algo de polvo blanco, el pequeño sombrerito y, de vuelta a la calle, con el maquillaje corroído y un rostro miserable, pero con una certeza bien parecida a la necesidad: Hans Schnier debe pelear un sitio entre los hombres.

Hans Schnier, el payaso

Por curioso que pueda parecer, la familia de Hans no se opuso de forma especial a la decisión que tomó éste de convertirse en payaso. Antes bien, le dieron vía abierta a su elección, quizá porque era una realidad que se intuía inevitable. Así, conforme fue creciendo, Hans se apropió de una libertad sin límites para su trabajo: la preparación de números, la observación de los hechos a representar, etcétera. Muy pronto, y ya que todo lo que hacía rebosaba talento, empezó a ganar un sitio entre los artistas alemanes. De Bonn a Colonia, de Colonia a Hanover, y de allí a cualquier otra parte, la vida del payaso parecía apuntar al éxito rotundo.

Pero he aquí que dos cuestiones entorpecen su futuro. La primera tiene que ver con su separación de Marie, quien lo acompañó durante varios años en sus viajes, detrás del escenario, riendo o llorando de acuerdo a las circunstancias; y, la segunda, un poco más compleja, hace referencia a la falta de entendimiento de su labor por parte de la crítica y el gran público. El encontrarse después de algunos años solo e incomprendido, representa para Hans el principal obstáculo de su profesión: no importará entonces qué tan bueno sea en lo que hace, simplemente que no tiene el soporte de Marie, y su creación se confunde, para quien lo ve, con una irreverencia:

“Cuando estoy borracho, en mis números realizo sin precisión movimientos que sólo quedan justificados por ella y cometo el peor error que puede escapársele a un payaso: me río de mis propias ocurrencias. Una humillación espantosa. Mientras estoy sobrio, el miedo de entrar en escena va en aumento hasta el momento en que lo hago (generalmente tenían que empujarme para ello), y aquello que varios críticos llamaron ‘esa alegría crítica y reflexiva tras la cual se oye palpitar el corazón’, no era más que un frío desesperado con el cual me transformaba en marioneta. Mal asunto por lo demás cuando se rompía el hilo y volvía a ser yo mismo. Es posible que existan monjes a los que les ocurre algo parecido en estado de contemplación; Marie siempre llevaba consigo mucha literatura mística y recuerdo que allí las palabras ‘vacío’ y ‘nada’ aparecían muy a menudo” (Pág. 9)
Pueda ser que una de las exigencias que se hace al payaso como figura artística sea la de transformarse en una “marioneta”, en un otro; sin embargo, hay un problema fundamental en la novela de Heinrich Böll, y es que el retorno de Hans a sí mismo, después de sus actos, significa el volver al vacío. Antes, cuando había la seguridad de que Marie estaría esperándolo tras bambalinas y el personaje representado dejaba una idea bien clara en el público, Hans tenía la certeza de regresar a él, justamente porque encontraba en estos dos hechos los asideros de su existencia. Pero, desde el momento en el que ninguno de los dos reaparece en su vida, los límites entre Hans hombre y Hans payaso se hacen indefinibles.

A mi modo de ver, no se trata de que uno se vacíe sobre el otro, solamente de que las fronteras se vuelven hasta tal punto difusas que resulta extenuante intentar reconocer quién de los dos nos habla. Verbigracia, cuando Hans reconoce que no tiene ningún inconveniente en presentarse frente a un público católico o evangélico, aun a sabiendas de que recibirá diferentes honorarios. Simplemente las cosas salen mal cuando el arte se mezcla con el dinero –nos dice-. ¿Pero quién puede ser el que pronuncia estas palabras… el que afirma: “el arte está mal pagado o demasiado bien pagado?”

Pero, por otra parte, hay una cuestión importante en Opiniones de un Payaso, que tiene que ver con la conciencia de la incomprensión. Es irónico que un hombre que sabe que no será entendido desee, sin embargo, comunicarse; y esto es lo que sucede, justamente, con Hans Schnier. Su posición frente al mundo –bien cercana a la de muchos personajes existencialistas- parte de un premisa absurda: la inutilidad de lo que hace. Ese payaso que habla en la novela de Heinrich Böll, nos recuerda cada tanto que todo lo dicho no es más que opiniones a descartarse por incomprensibles. Parece extender su posición sobre el arte a la misma concepción de sus opiniones, esto es, que cuando alguien cree haber dominado algo de su contenido se originan los más lamentables malentendidos.

Esto no implica, lógicamente, que aquello de lo que habla Hans Schnier no corresponda a nuestra realidad; significa apenas que Böll escoge un personaje con el que puede recrear perfectamente la ironía y el absurdo de su época, sin pasar por ello, como un tonto. Nadie podría recriminar la opinión de un payaso, sencillamente porque no se sabe cuándo está jugando y cuándo está hablando en serio. Pero los temas, las cuestiones centrales de su crítica –tanto del autor como del personaje- devienen de una realidad, de todo punto, comprensible:

“Lo que mejor me sale es la representación del absurdo cotidiano: observo, sumo mis observaciones, las elevo a la potencia y luego saco la raíz, pero con un factor distinto al que he empleado para elevarlas a la potencia. A todas las grandes estaciones llegan cada mañana miles de hombres que trabajan fuera de la ciudad, y de ella salen miles que trabajan fuera de la ciudad. ¿Por qué esa gente no intercambia sus puestos de trabajo? O las colas de coches que se afanan por pasarse a las horas punta. Intercambio de puestos de trabajo o de vivienda y podría evitarse toda esa superflua pestilencia y el dramático remar con los brazos de los guardias de tráfico; en los cruces habría tan poco movimiento que podría jugarse al parchís en ellos” (Pág. 98)
El panorama de la posguerra

Como sucede en una buena parte de la narrativa de Böll, el miedo, la futilidad y el absurdo, a manera de características de la posguerra, reaparecen en Opiniones de un Payaso, y sobre ellas se hace un trabajo bastante peculiar. En un primer momento, hay una crítica a los padres que, embelesados por el discurso nacionalsocialista, entregaron la vida de sus propios hijos. Así sucede con Henriette, la hermana de Hans, quien desapareció al servicio del gobierno durante la guerra, convirtiéndose en un acontecimiento tal vez más decisivo para Hans que para sus padres.

Dentro de esa continua analepsis en que está escrita la novela, también hay un lugar para recuperar la imagen que Hans niño tuvo sobre la guerra: su hermana subiéndose a un tren con destino desconocido, los señalamientos a judíos en la escuela, y las apologías de Hitler que eran una reincidencia en las conversaciones de su madre. Pero, más allá de esto, hay una especie de unidad que descubre Schnier con el paso del tiempo: un sistema religioso que cohíbe, una ambiente social que desilusiona, y un montón de problemas individuales que cada quien debe resolver lo mejor que puede.

Ese es el panorama de posguerra; un paisaje que no sólo corresponde a una realidad objetiva, sino también a una concreción personal, es decir, a una forma particular de vivirlo, de reproducir para sí ese sentimiento que hundía a los alemanes en el terror, la futilidad y el desconocimiento. Por eso creo encontrar en las continuas reflexiones que hace Schnier frente al espejo, la metáfora de una condición social: ¿hemos llegado a este punto? –parece decirse-, es imposible llegar a reconocernos en semejante grado de perversidad:

“Olvidaba simplemente que era yo aquel cuyo rostro estaba viendo en el espejo, cuando había acabado de ensayarme daba media vuelta al espejo y cuando después, a lo largo del día, miraba por casualidad algún espejo al pasar junto a él, me asustaba: en el cuarto de baño, en el tocador, había un extraño del que no sabía si era serio o cómico, un fantasma narigudo y pálido, y corría lo más aprisa que podía hacia Marie para verme en su rostro. Desde que no está ya no puedo realizar mi ensayo facial: tengo miedo de volverme loco” (Pág. 139)
Hay algo interesante aquí, y es que –como sucede después de todo holocausto- se presenta una tensión entre quienes han quedado atrapados en una imagen fatal de su destino, en el miedo a sí mismos y las acciones que pueden llegar a hacer, que sería el caso de Hans Schnier, y aquellos que únicamente observan en las tragedias la oportunidad para sacar provecho. Esto es, precisamente, una de las cosas que más desprecia Hans de su familia: el cambiar según el ritmo de los tiempos su forma de pensamiento o su posición moral. Un amoldamiento que él no comparte, y en el que encuentra exclusivamente un interés económico viciado.

Böll trabajó esta idea de contraste entre un renacer pragmático y una caída moral en El Tren Llegó Puntual y, si bien no es el tema esencial de la novela, en Opiniones de un Payaso, este rasgo marca una dimensión bien interesante de la misma, matizada ampliamente en la relación de Hans Schnier con su familia. Un ejemplo contundente lo encontramos cuando su padre visita a Hans con la intención de socorrerle un auxilio económico; dejando de lado el recelo que siente hacia él, el payaso está dispuesto a recibir el dinero porque así se lo exige su necesidad; pero, curiosamente, ambos parecen estar hablando de cosas distintas:

“¿Qué es lo que hacía tan fuerte y duro a este hombre tan amable, a mi padre? ¿Por qué en la televisión hablaba de obligaciones sociales, de conciencia nacional, de Alemania, incluso del cristianismo, en el cual según su propia confesión no creía, y lo hacía de tal manera que uno se veía obligado a creerle? No podía ser otra cosa que el dinero, no el concreto con el que se compra leche o se va en taxi, se mantiene a una amante y se va al cine; sólo el abstracto. Temía por él y él por mí; ambos sabíamos que no éramos realistas y ambos despreciábamos a los que hablaban de ‘política real’. Estaba en juego más de lo que esos tontos podrían llegar a entender jamás. Lo leí en sus ojos: no podía dar su dinero a un payaso que con ese dinero sólo haría una cosa: gastarlo, exactamente lo contrario a lo que había que hacer con el dinero. Y yo sabía que aún cuando me hubiera dado un millón, yo lo hubiera gastado, y para él gastar significaba lo mismo que despilfarrar” (Pág. 167)
El hambre real de uno, Hans, frente a la proyección ideal del otro, su padre; he ahí parte del escenario de posguerra: mientras que muchos, ensimismados todavía buscaban sobrevivir con el hambre y el miedo a sus espaldas, otros se dedicaban a la suma de números, a las estadísticas, y a hablar de muertos o necesitados como datos que mermarían en lo abstracto. Por eso no es de extrañar que ya en la niñez de Hans hubiesen tantas privaciones, a pesar de que su familia era adinerada: lo concreto, la necesidad, el tacto, siempre sucumbieron ante la fuerza de una idea de bienestar.

La denuncia moral al catolicismo

Antes de Marie e, incluso, durante Marie, podríamos hablar de un Hans Schnier que, aunque incrédulo, no termina por declararse ateo. Lo que, a mi parecer, constituye el hecho definitivo a este respecto es la forma en la que el catolicismo califica su relación amorosa: para ella, estar junto a Marie sin haberla recibido en matrimonio, sin estar “bendecidos” por un cura, constituye un devaneo moral. En este plano de reflexión, que él ame realmente a Marie, que le sea fiel –como lo es-, que esté dispuesto a entregarle lo mejor de sí, es una cuestión de segundo orden; lo fundamental, lo inaplazable es poder encerrar ese sentimiento a través de la norma, es decir, dirigirlos desde su sistema moral.

Hans no comprende la necesidad de esto, su pensamiento transita por una ruta más directa, visceral si se quiera, en la que predomina el sentimiento puro, lo verdaderamente humano; “casados o no –se dice-, sentiría lo mismo, y en tanto que esto es así, no hay mayor fundamento para incorporarme al mundo católico”. Sin embargo, no sucede lo mismo con Marie, quien educada en un rígido ambiente religioso, ha experimentado una tensión fortísima entre su amor por Hans y la exigencia moral de la religión. Ser concubina del payaso, es igual a convivir en el “pecado”, a desafiar de forma directa el plan de dios. Se demuestra así, cuando Hans habla al respecto:

“De Marie ya empecé a dudar: sus ‘angustias metafísicas’ no me convencían, y si ahora se iba y hacía con Züpfner todo lo que había hecho conmigo, cometía algo que en sus libros se calificaba sin lugar a dudas de adulterio y fornicación. Su angustia metafísica se refería única y exclusivamente al hecho de que yo me negara a que nos casáramos civilmente y a dejar educar a nuestros hijos en el catolicismo (…) Yo, la verdad, no sabía que antes de casarse por la iglesia uno tiene que hacerlo por el Estado. Al enterarme… me enfadé de verdad, y además, cuando Marie empezó con lo de que tenía que comprometerme por escrito a educar a nuestros hijos dentro del catolicismo, nos peleamos. Me parecía una extorsión y no me gustó nada que Marie estuviera tan de acuerdo con que se exigiera un pacto por escrito” (Pág. 71)
De esto se desprenden las dos críticas centrales de Opiniones de un Payaso a la religión: primero, que el marco deontológico del catolicismo es totalmente ciego frente a la evidencia de lo real, esto es, que todo su deber ser niega de entrada cualquier posibilidad de existencia distinta de la que promueve, condenándola por el simple hecho de no adecuarse a su modelo. Lo increíble es que, en muchas situaciones, como la del mismo Hans, se trata de modos de vivir que, sustancialmente, no se alejan de lo que esa religión exige: respeto, cordura, comprensión, pero que, como no hay registro de ellos en los libros de sus usuarios, el catolicismo rechaza sin dilación. Se sabe que es estúpido, y que todo se reduce a una forma de control. Cómo, si no, entender la historia que cuenta Hans al círculo católico al que asiste Marie:

“Yo les expliqué la historia del obrero que había vivido cerca de casa; se llamaba Frehlingen y también había vivido en su casucha con una mujer separada a cuyos tres hijos incluso alimentaba. Un día fue a verle el párroco, y muy serio y con ciertas amenazas, le pidió que ‘pusiera fin a sus inmoralidades’, y Frehlingen, que era bastante piadoso echó en efecto a la bella mujer y a sus tres hijos. También les expliqué que después la mujer, para alimentar a sus hijos, se dedicó a la prostitución y que Frehlingen empezó a emborracharse porque la quería de verdad” (Págs. 85-86)
Llevando al extremo esta primera crítica de Böll –quien, por demás era católico- se puede ver, no sólo las consecuencias a las que llega el excesivo control religioso, algunas veces contradictorias y cuestionables, sino que es posible toparse con el principio artificial de toda religión: hay un orden real de las cosas y los hombres, bajo cuyo ejemplo se organizan adecuadamente, y hay un orden vertical, apriorístico –el religioso- que no siempre se corresponde con lo que debería pedírsele a los humanos y que entorpece, de cierto modo, el encontrarnos con todas las virtualidades latentes en el mundo.

La otra gran crítica al catolicismo que hace la novela está orientada a la hipocresía de quienes lo profesan. Para ellos es “pecado” que una pareja sostenga relaciones mientras vive en concubinato, pero no reviste ningún problema que la mujer, una vez alejada de aquel hombre, se acueste con otro con el que sí está unida en matrimonio. La religión tiene una forma de desestabilizar lo que funciona bien, de juzgarlo como incorrecto y luego acomodarlo a su conveniencia. Un poco burlonamente se imagina Hans a Marie siendo bendecida por un pontífice mientras ignora cómo ha ido de un brazo para el otro, zarandeada por la moral, cuando pudo haber compartido su vida con un solo hombre:

“Casi todos los católicos cultos tienen este rasgo en común, o se acurrucan tras su muralla protectora constituida por los dogmas, o lanzan a su alrededor sus principios montados a base de dogmas, pero cuando se les hace confrontar en serio sus ‘inconcusas verdades’ sonríen y se remiten a la ‘naturaleza humana’. Si es necesario muestran una sonrisa burlona como si acabaran de ver al papa y éste les hubiera transmitido un poco de infalibilidad. En todo caso, cuando uno empieza a tomar completamente en serio las descomunales verdades que anuncian sin inmutarse, o se es ‘protestante’ o se carece de sentido del humor” (Págs. 128-129)
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Opiniones de un Payaso mezcla magistralmente crítica y existencialismo; irónica y compleja, es una novela que invita a revalorar nuestra moral, y a sugerir para cada cosa una opinión conciente, de suerte que no se nos socave en el reduccionismo material o religioso.

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