AUTOR: Graham Greene
TÍTULO: Un Cierto Sentido de la Realidad
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1980
PÁGINAS: 187
TRADUCCIÓN: Mary Williams
RANK: 7/10



Por Alejandro Jiménez

Dentro del panorama de la literatura inglesa del siglo XX, el nombre de Graham Greene (1904-1991) ocupa un lugar preponderante. Se trata de un autor leído con avidez, no sólo por la crítica sino también por el gran público, y esto gracias a que, más allá del hecho de haberse granjeado parte de su reconocimiento a través de best-sellers policíacos, existe un valor profundo y plenamente literario en su narrativa. Por lo que respecta a los relatos reunidos en Un Cierto Sentido de la Realidad (1963), este valor se hace palpable en la búsqueda temática y estética que emprende Graham Greene con el ánimo de distanciarse de la obra de sus contemporáneos.

Hay una división, tradicionalmente aceptada, que distingue dentro de la producción de Greene dos grandes vertientes: la primera estaría compuesta por sus publicaciones más comerciales –la mayoría de ellas llevadas al cine-, como El Tren de Estambul (1932) o Brighton, Parque de Atracciones (1938) y, la segunda, sopesada especialmente por sus lectores exigentes, reuniría obras de la talla de El Poder y la Gloria (1940). Si lo que intentáramos hacer aquí consistiese en ubicar esta colección de relatos dentro de alguna de esas vertientes, habríamos de inclinarnos por la segunda, puesto que los problemas e intereses que sirven de base para su creación son, de todo punto, elevados.

Esta edición de Un Cierto Sentido de la Realidad presenta seis cuentos en total (1), todos ellos de distinta factura en lo que corresponde a su extensión y lenguaje, pero muy cercanos entre sí en su nivel conceptual. Como ocurre con buena parte de las novelas del autor, en los relatos de esta colectánea reaparecen dos temas fundamentales: por un lado, la aventura, materializada en la insistencia de historias cuyos protagonistas son jóvenes que se enfrentan a situaciones heroicas –argumento tal vez heredado de su antepasado Robert Louis Stevenson- y, por otro, la religión o, más exactamente, la relación del hombre con dios, su fe, su culpa y pecado.

Acaso, únicamente en El Hombre que Robó la Tour Eiffel, Greene se desprende un poco de estos dos tópicos, prefiriendo el gusto por una trama inusual, en la que un hombre decide robar el monumento más importante de París para llevarlo fuera de la ciudad y procurarle un reposo después de “todos esos años de guerra y niebla y lluvia y radar”. En este caso, lo extraordinario del suceso –el hombre roba la torre y la transporta sin ningún contratiempo por las calles más concurridas- se transforma en una crítica a la costumbre, toda vez que Greene hace ver la manera en la que la vida de París continua como si no ocurriese nada; todos sus habitantes dan por sentado que no es posible que deje de existir algo tan emblemático como la Tour Eiffel, de suerte que, aun cuando comprueban que ha desaparecido, no se inmutan en lo más mínimo.

Muy por el contrario de este relato, el resto del libro transita ese camino que, como hemos dicho, se orienta, bien hacia la aventura, o bien hacia los temas del catolicismo –religión a la que se afilió Greene en 1926-. Conforme a esta certidumbre, quisiéramos analizar un conjunto de aspectos que nos parecen relevantes, no sin antes destacar la fluidez del lenguaje que caracteriza todos los relatos: sin importar que la historia esté escrita en primera o tercera persona, que apele o se aleje de la descripción, Graham Greene acierta en cada página en el manejo de las palabras, haciendo suya esa idea que exige del escritor preocuparse exclusivamente porque sus personajes tengan vida y las palabras que use sean las adecuadas.

La aventura como escenario integrador de lo real

La aventura debe entenderse aquí como aquella experiencia cuya naturaleza está dada por el hecho de ser imprevisible; antes que cualquier otra cosa, a lo que nos invita la aventura es a enfrentarnos a lo inesperado, y a medir en su seno nuestra propia fuerza. En Un Cierto Sentido de la Realidad hay dos relatos que revisten un significado especial a este respecto: Debajo del Jardín y Un Descubrimiento en el Bosque. En el primero, un hombre enfermo de cáncer regresa a la casa en donde vivió su niñez, y allí empieza a recordar una historia que no se sabe muy bien si pertenece a un sueño o a la realidad, pero que de cualquier forma constituye para él la más importante muestra de su vitalidad.

Este hombre, a quien su médico no ha dado mayores esperanzas, encarna una aventura que podríamos llamar de retorno hacia el espacio más puro de su existencia pero, además, nos permite conocer a ese Wilditch niño que un día se adentró en la tierra mientras exploraba el jardín de su casa, y tuvo que lidiar con el temperamento de Javitt y María, los dos “malignos” que habitan el lugar desde hace siglos. En otras palabras, es posible situar en el relato dos planos de aventura, uno que compete a ese viaje al pasado que protagoniza Wilditch una vez se entera de su estado de salud y, el otro, resultado del primero, tiene que ver con el recuerdo de aquella situación en la que se vio inmerso Wilditch cuando niño, y que lo llevó a vivir una temporada bajo su jardín.

Por su parte, Un Descubrimiento en el Bosque propone una aventura menos conceptual: un grupo de niños aldeanos resuelve ir a buscar zarzamoras fuera de los límites de su territorio, rompiendo con su propio temor y, sobretodo, con las órdenes de los adultos. Los jóvenes marchan como si se tratase de la búsqueda de algún tesoro, teniendo la fortuna de toparse con una embarcación abandonada en lo alto de una colina y atrapada por la espesa vegetación; su curiosidad los lleva a explorar esa vieja estructura encontrándose allí monedas –inútiles para el comercio de su aldea, pero apetecibles para los juegos infantiles-, cadáveres y otros cuantos objetos.

Pues bien, como se observa, en ambos relatos hay un rasgo aventurero. En Debajo del Jardín el protagonista, Wilditch, hace una especie de regresión de la que él mismo no sabe qué esperar, ya que esa historia que nos cuenta sobre su niñez es una mezcla indisoluble de lo onírico y lo real y, en consecuencia, una aventura interminable. Asimismo sucede en Un Descubrimiento en el Bosque, con la salvedad de que en este cuento la aventura nace de una ruptura de los personajes con las seguridades de su vida –su territorio, sus familias-, y la puesta en marcha del deseo de afrontar lo desconocido, lo contingente.

Sin embargo, y esto a pesar de que la noción de aventura de Graham Greene está bastante permeada del lenguaje y contextos de una obra, por ejemplo, como la de Stevenson, el autor enmarca su trabajo dentro de un sentido sustancialmente mítico. Esto es, aun cuando la aventura constituye en sus relatos el elemento detonante de la acción, su interpretación sólo puede establecerse una vez se ha relacionado esa aventura con el nivel mítico que lo sustenta, concretamente, el infierno para el primer relato, y el arca de Noé, para el segundo.

En efecto, la experiencia de Wilditch en el interior de la tierra, las continuas referencias de Javitt como “ser maligno”, el hecho de que este personaje esté sentado siempre en su trono y guarde con celo un tesoro gigantesco, es una metáfora del infierno católico. Igual de metafórica resulta la experiencia de Pete y sus amigos en Un Descubrimiento en el Bosque, porque esa embarcación que ha terminado tan lejos del mar, en una montaña, es una prueba de que el diluvio ocurrió en realidad: esos despojos del arca son el remanente de una época fabulosa en la que los mares crecieron hasta ocultar hasta las montañas más altas.

Este carácter en el que basa la aventura de sus protagonistas confiere a la escritura de Greene una reflexión bien particular. De ninguna manera se trata de relatos moralizadores, y mucho menos de la vindicación de un converso; son historias muy reales que el autor decide empalmar con extractos del mythos católico, para proyectar un nuevo significado de la realidad, en donde ambos universos –el real y el mítico- se trenzan tan sólidamente como para configurar un único sentido. La personalidad de ese hombre carnal que vive de este lado de las cosas, con sus culpas y pecados, se suma a la evidencia o, al menos, a la certidumbre de un espacio superior que, aunque sólo sea una invención suya, se hace necesario como justificación existencial.

Sorprende a este respecto que los relatos de Greene abarquen por igual lo bueno y lo malo. La aventura de Wilditch bajo tierra, en ese periodo que debe convivir con Javitt –símbolo de Satanás-, servirle y escuchar cada una de sus elucubraciones y, por supuesto, la de Pete y compañía, quienes pista tras pista van interpretando su descubrimiento como algo casi sobrenatural, son dibujadas desde una visión amplia, sobre la que el autor no tiene la mínima intención de hacer juicios valorativos. Quizá pueda pensarse que Un Cierto Sentido de la Realidad es concebido desde una óptica negativa ya que, por sobre la fe o la creencia, se encuentra la duda o el aislamiento, mas, pronto se descubre que aun en los preceptos que parecen recurrir a argumentos cuestionables, hay una confianza absoluta en el hombre. Así pueden leerse las enseñanzas de Javitt a Wilditch:

“Se desleal. Es tu obligación hacia la raza humana. La raza humana necesita sobrevivir y es el hombre leal el primero que muere de angustia o de un balazo o de exceso de trabajo. Si tienes que ganarte la vida, muchacho, y el precio que te hacen pagar es la lealtad, procede con doblez y nunca dejes que ninguna de las dos partes conozca tu verdadero nombre. Lo mismo se aplica a las mujeres y a Dios. Ambos respetan al hombre que no les pertenece y seguirán aumentando el precio que están dispuestos a pagar. ¿Acaso Cristo no dijo lo mismo? ¿Acaso fue leal el hijo pródigo, o el dracma perdido o la oveja descarriada? El rebaño obediente no dio ninguna satisfacción al pastor ni el hijo leal interesó a su padre” (Pág. 85)
El problema metafísico: fe y moral

El otro horizonte temático en este libro de Graham Greene lo comprende su preocupación por cuestiones religiosas. Cinco de los seis cuentos de la antología esbozan, de alguna manera, una reflexión sobre este respecto, pero, así como sucede con las alusiones a episodios míticos, tras los planteamientos que hace Greene sobre fe o moral, no se rastrea un interés adoctrinador –el autor no gustaba de que se lo señalara como escritor católico-, sino una crítica de algunos aspectos de la vida metafísica y sus implicaciones para la conducta material de los hombres.

Un primer relato, Iglesia Militante, narra la historia de unas monjas francesas que desean instalarse en la reserva de los Kikuyu, en África, y exigen para ello expropiar a los habitantes de su territorio. El padre Donell se pone en contacto con el cura Schmidt –ambos han vivido allí durante años- para disuadir al arzobispo y las monjas de su pretensión, toda vez que esto podría acarrear, incluso, la muerte de las religiosas: es un país colonizado en el que se ha empezado a organizar un ejército libertador. El relato intenta mostrar la tensión entre ese deber al que se sienten llamados los creyentes y su ineficacia en términos sociales y políticos: las monjas no quieren convertirse en enfermeras y tampoco en maestras, simplemente “vivir como las mujeres africanas” y sentir en carne propia las privaciones de éstas.

En Una Visita a Morin, la tensión entre el espíritu religioso y la sociedad vuelve a aparecer, pero esta vez matizada por una experiencia que podríamos definir como paradójica. Pierre Morin es un autor católico que ha caído en el olvido; las circunstancias hacen que Dunlop, un comerciante de vino que leyó los libros de Morin en su juventud, se anime a visitarlo para agradecerle su iniciación en la fe. Sin embargo, pronto Dunlop comprobará que el escritor está más cercano al escepticismo que a la creencia que parecía transmitir en sus obras. La historia transcurre, así, a través de un diálogo en el que cada cual enfrenta sus opiniones sobre la fe y el papel de la iglesia.

Lo paradójico es que, más allá de la apariencia incrédula de Morin, se esconde un hombre con profundos asideros morales. Sucede que, según piensa, la relación entre dios y el hombre se destruye una vez “los eruditos comienzan a entrar en detalles o implicaciones”, es decir, Morin cree en una relación visceral, si puede hablarse en esos términos, directa, y basada exclusivamente en la fe, no en la exégesis del sacerdote. Incluso, como se hará notar al final del relato, muy por el contrario de lo que puede pensarse sobre esto, la incredulidad es el mejor argumento para la fe misma; como lo explica Morin:

“–Si un médico le receta un medicamento y le dice que lo tome todos los días por el resto de su vida, y usted le desobedece y deja de tomarlo, y su salud declina, ¿no tendría mucha más fe en su médico? (…) Puedo decirme a mí mismo que mi falta de creencia es una prueba definitiva de que la Iglesia tiene razón y de que la fe es verdadera. Me separé hace veinte años de la gracia y mi creencia se debilitó como los sacerdotes dijeron que sucedería. No creo en Dios ni en Su Hijo ni en sus Ángeles ni en sus Santos, pero conozco la razón por la que no creo, y la causa es… que la Iglesia tiene razón y lo que me enseñó es cierto (…) Mientras me mantenga alejado de los sacramentos, mi falta de creencia es un argumento a favor de la Iglesia. Pero si vuelvo y me fallan, entonces, en verdad sería un hombre sin fe, que sería mejor que se escondiera pronto en la tumba para no descorazonar a otros” (Págs. 131-132)
Es una posición bastante compleja que intenta ubicar la fe como una experiencia individual y, principalmente, subrayar que la duda, las contradicciones e, inclusive, la abierta incredulidad pueden constituir, mirados desde cierto ángulo, nuevas formas de vivir la religión y, ante todo, elementos que la reafirman como doctrina moral. Obviamente aquí está hablándonos un escritor que vivió las dos guerras mundiales, que conoció de primera mano la realidad colonizadora de África, la lucha revolucionaria de Cuba, etcétera, todos ellos escenarios que cuestionaron fuertemente las bases morales del catolicismo.

De esta forma, en primer lugar, hay una reafirmación de la experiencia metafísica como realización de la individualidad –este es el caso de Pierre Morin- y, de modo complementario, una crítica más general a algunos aspectos sociales de la religión: 1. Su utilización como excusa para la colonización de países pobres, su falta de apertura para comprender la magnitud de las dificultades sociales y, por consiguiente, un señalamiento al postulado que pretende hacer ver la religión como una práctica políticamente inocente y, 2. Su orden moral como soporte de acciones discriminatorias, crítica que se hace evidente en Sueño de una Tierra Extraña, relato en el que un médico en apariencia caritativo, decide remitir a su paciente leproso a una clínica de rehabilitación, apelando al deber ético, a pesar de que esto significa el fin de la vida productiva para aquel hombre.
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Graham Greene hace decir por boca del profesor Strangeways –en una Visita a Morin- que una obra está hecha de palabras y personajes: ¿Están bien elegidas las palabras –se pregunta-, y viven los personajes?, porque todo el resto pertenece a las murmuraciones literarias. Tal vez no pueda encontrarse un mejor punto de mira para acercarse a los relatos de Un Cierto Sentido de la Realidad, puesto que sus personajes tienen la contundencia de la vida, y las palabras en cada página transmiten la naturalidad de una invención que siempre está activa. Hay mucho por descubrir en estos cuentos, pero eso es una tarea que corresponde hacer a cada lector.

NOTAS:

(1)
Debe aclararse que han venido publicándose desde 1963 –fecha en la que apareció la edición original de esta antología en inglés- un conjunto de ediciones que bajo el título Un Cierto Sentido de la Realidad contienen diferente tipo de material. La edición de Caralt, por ejemplo, de 1989 (3 ed.) presenta diez relatos, es decir, cuatro más –Los Destructores, El Film Azul, Deberes Especiales y El Indicio de una Explicación- que esta edición de Bruguera.

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