AUTOR: Ryunosuké Akutagawa
TÍTULO: Rashomon / En un Bosquecillo
EDITORIAL: Univ. Nacional de Colombia (Primera edición)
AÑO: 2007
PÁGINAS: 46
TRADUCCIÓN: Kasuya Sakai & María Lucía Correa
PRÓLOGO: María Lucía Correa
RANK: 9/10



Por Alejandro Jiménez

Debo reconocer de entrada que ignoro los nombres más fundamentales de la literatura japonesa. Demasiado tiempo encausado en la cultura de Occidente, he dejado de recorrer otras páginas, ese mundo enigmático y oscuro del Lejano Oriente. Sin embargo, y como para compensar esta falta de amplitud, me he puesto en la tarea de leer a algún autor nipón, teniendo la fortuna de iniciarme con uno de los grandes: Ryunosuké Akutagawa (1892-1927). Pienso ahora que es lástima no haber conocido estos cuentos algunos años antes porque, en verdad, me ha parecido encontrar en ellos el sello de un verdadero creador.

La escritura de Akutagawa, a mi modo de ver, encuentra su principal particularidad a través de la consolidación de un espacio en el que se relacionan historias míticas de Japón, dilemas éticos a los que continuamente deben enfrentarse sus personajes y, por último, un activo papel que se atribuye al lector para la configuración del sentido de la obra. De alguna manera –y tal como lo afirma María Lucía Correa en su introducción-, la conjunción de estos tres elementos convierte la lectura de Akutagawa en un trabajo complejo aunque fascinante de principio a fin.

Evidentemente, en la obra de Akutagawa es posible rastrear episodios clásicos de la historia japonesa; así sucede, por ejemplo, en Rashomon –cuento que abre esta antología-, cuyo argumento pretende mostrar la decadencia moral a la que se veía abocado el Japón durante la era Heian (794-1185) e, incluso, el mismo En un Bosquecillo, cuento en el que un grupo de personas rinde declaraciones frente a un oficial del Kebiishi, organismo encargado de juzgar y procesar los delitos criminales en Kyoto, la capital japonesa a lo largo del periodo Heian, desde el año 810 hasta el 855.

Asimismo, tal vez producto de sus estudios de literatura inglesa, Akutagawa plantea en sus obras un cuestionamiento ético, similar al que algunos contemporáneos suyos, como Joyce, abordaron en Europa. La proyección del autor japonés a este respecto carece completamente de un carácter moralizador, centrándose, más bien, en una descripción de la dinámica social que permite la continua semantización de los valores; de esta forma puede interpretarse Rashomon, en donde el protagonista se debate entre una moral que lo impele a no robar, pero que necesariamente lo conducirá a la muerte, y la decisión de volverse un criminal justificándose a partir de la necesidad.

Finalmente, la obra de Akutagawa se releva como una creación de la que sólo es posible hallar su grado más alto por medio de la intervención activa del lector. En efecto, en los dos cuentos que componen este libro, los cierres dados por el autor son apenas parciales, y requieren de una decisión –también ética- de quien lee para atribuirles un sentido. En un Bosquecillo es bastante diciente al respecto, ya que las declaraciones de los personajes, irónicamente no dispuestos a defenderse, sino a mostrarse como culpables de un asesinato, termina por oscurecer la voz del narrador que podría ser la definitiva para desenmascarar al asesino, delegando el juicio último sobre lo acontecido al lector.

Así, pues, aunque corta –no sólo por lo que respecta a este volumen, sino a su obra en general-, la producción de Akutagawa alcanza el nivel de profundidad suficiente como para codearse con importantes escritores de principios del siglo XX y, lógicamente, para ocupar un lugar privilegiado en las letras de su país. Intentaré ampliar un poco más el panorama de los dos cuentos que hacen parte de la colectánea que presentamos con el objetivo de animar a su lectura y reflexión.

Rashomon, o la incerteza

Rashomon constituyó la principal puerta de acceso a Kioto a lo largo de la era Heian; ubicada en uno de los extremos de la calle Sujaku, a partir del siglo XII el lugar empezó a experimentar un progresivo deterioro, hasta convertirse en uno de los testimonios de la decadencia misma de Heian. Toda clase de criminales y mendigos fueron poco a poco poblando sus instalaciones, al tiempo que se la destinaba como sitio para arrojar los cadáveres de desconocidos que iban infestando la ciudad. Sin embargo, Rashomon también comporta una interpretación simbólica:

“…la antigua puerta puede ser vista como un espacio ambiguo que no delimita ya la frontera entre el adentro y el afuera, sino que se constituye como un tercer lugar que no pertenece ni a lo uno ni a lo otro. El Rashomon de la tradición no era parte del reino de los vivos, pero tampoco del de los muertos (…) Rashomon es un lugar donde lo único seguro es la indefinición” (Pág. 12)
El escenario del cuento, de esta forma, no sólo está constituido por una dimensión material, que tendría que ver con todas las transformaciones culturales y sociales que, a finales de la era Heian, habían convertido a Kioto en una ciudad en picada, sino que también soporta una interpretación simbólica que viene de la mano de su naturaleza: el ser un lugar olvidado por los vivos, pero no por ello muerto, así como estar poblado de muertos, sin establecerse del todo como una realidad al margen de la vida.

El argumento de la historia es, en apariencia, sencillo: el sirviente de un samurai, ante la difícil situación económica de su amo, ha sido despedido de su cargo, y después de pasar toda la tarde recorriendo Kyoto en busca de un nuevo empleo, se encuentra guareciéndose debajo de los pórticos de Rashomon. Mientras ve cómo el agua va invadiendo todo piensa en su nueva condición: “Para escapar a esta maldita suerte, no puedo esperar a elegir un medio, ni bueno ni malo, pues si empezara a pensar, sin duda me moriría de hambre en medio del camino o en alguna zanja, luego me traerían aquí, a esta torre, dejándome tirado como a un perro”.

Y es que, ciertamente, la situación por la que atraviesa el personaje lo ha llevado a enfrentarse a un dilema ético: “¿Debe dejarse morir de hambre como el hombre honrado que ha sido hasta ahora u optar por convertirse en un ladrón y sobrevivir a costa de sus víctimas?”. La decisión no resulta fácil dada la personalidad moral del protagonista; inclinarse por uno u otro camino le llevaría mucho tiempo, quizá más del que podría sobrevivir sin comer de nuevo. Pero he aquí que, ensimismado en sus pensamientos, el gen-nin (como se denominaba a los sirvientes de samurai) empieza a adentrarse por las escaleras de Rashomon descubriendo una cosa que se mueve.

En un primer momento, piensa que se trata de algo sobrenatural, pero pronto descubre que aquello no es más que una anciana hurgando entre los despojos de los muertos. El hombre espía unos segundos a la vieja, percatándose de que lo que hace es robar la cabellera de un cadáver. Sorprendido ante semejante hecho, el gen-nin siente repugnancia por los actos de la mujer, y cree haber encontrado la respuesta a su dilema:

“Él no sabía por qué aquella vieja robaba cabellos; por consiguiente, no podía juzgar su conducta. Pero a los ojos del sirviente, despojar las cabelleras a los muertos de Rashomon, y en una noche de tormenta como ésa, cobraba toda la apariencia de un pecado imperdonable. Naturalmente, este nuevo espectáculo le había hecho olvidar que sólo momentos antes él mismo había pensado hacerse ladrón” (Pág. 24)
Pero, no solamente está persuadido de que ha hallado una respuesta para su problema, sino que se siente con la fuerza necesaria para enfrentar a la vieja y juzgarla por lo que hace. De este modo, se dirige a ella, preguntándole por su conducta. Sin embargo, la anciana, de repente excitada por la llegada del gen-nin, no se siente culpable de ninguno de sus actos; por el contrario, cree que están plenamente justificados, por un lado, porque los utiliza para hacer pelucas y, así, poder sobrevivir con el dinero de sus ventas y, por otro, porque sus víctimas fueron, en vida, igual de criminales a ella:

“-Ciertamente (dice la vieja), arrancar los cabellos a los muertos puede parecer horrible: pero ninguno de éstos merece ser tratado de mejor modo. Esa mujer, por ejemplo, a quien le saqué estos hermosos cabellos negros, acostumbraba a vender carne de víbora reseca en la Barraca de los Guardianes, haciéndola pasar por pescado (…) No digo que esto estuviera mal, pues de otro modo se hubiera muerto de hambre. ¿Qué otra cosa podía hacer? De igual forma, podría justificar lo que yo hago ahora. No tengo otro remedio, si quiero seguir viviendo. Si ella llegara a saber lo que hago, posiblemente me perdonaría” (Págs. 26-17)
El hombre, un minuto antes convencido de su decisión de no convertirse en criminal, muda de nuevo su forma de ver el problema, al punto de que la posibilidad de morirse de hambre le resulta ahora un absurdo. Apabullado por el argumento de la anciana, reconoce que el volverse un criminal está justificado por la situación que afronta y sus deseos de mantenerse vivo. Entonces, dando un salto hacia la vieja la atenaza con su fuerza y le dice: “Y bien, no me guardarás rencor si te robo, ¿verdad? Si no lo hago, también yo me moriré de hambre”.

Como se ve, Akutagawa no pretende cargar Rashomon de un sentido moralizador, más bien, desea dotarlo de un examen de las condiciones sociales que llevan a que una moral se resignifique. Personalmente, considero que esta reflexión, aunque ambientada en la decadencia del periodo Heian, desea mostrar el propio deterioro de su época –no hay que olvidar que el cuento fue publicado por primera vez en 1915, es decir, en plena Primera Guerra Mundial- y, sobretodo, quiso resaltar el pragmatismo que vendría a caracterizar la forma de pensamiento de buena parte de la humanidad a lo largo del siglo XX, guiado por la sentencia: el fin justifica los medios.

Si hay una moral que funciona a guisa de fundamento irrenunciable, entonces tal vez tengamos que morir sin más ni más cuando la realidad no nos deje otra alternativa; en cambio, si la moral es relativa, y su sentido se define a partir de mis necesidades e intereses, habremos de reconocer que en cualquier momento puede revertirse contra nosotros y, las más de las veces, tener como consecuencia, nuestra deshumanización. De allí, a mi parecer, la ironía de ese final –que hace pensar en el desenlace de un cuento de Baudelaire- en donde quien declara el principio de su conducta, es su primera víctima.

En un Bosquecillo, o la ironía

Pero igual, o aún más irónico que el final de Rashomon, resulta el argumento de En un Bosquecillo, cuento en el que la voz del narrador ha desaparecido totalmente para sustituirse por un conjunto de voces que van construyendo el retrato de lo acontecido. Se trata del asesinato de un hombre –también en la era de Heian, llamado Kanazawa-Takehiro- que viajaba en compañía de su esposa por el campo. Lo irónico del texto es que Akutagawa, después de presentarnos los relatos del leñador que encontró el cadáver, del monje que vio a la pareja en el campo, del soplón que declara que el hecho debe atribuírsele al ladrón Tajómaru, y de la suegra de Takehiro, después de esto, digo, nos presenta los relatos de los posibles culpables, en donde ninguno de ellos intenta mostrarse como inocente sino, todo lo contrario, manifestarse públicamente como el asesino.

Es así que el cuento da la sensación de parecerse a un tribunal en el que los lectores oficiamos como jueces y, por ende, de nosotros depende la labor de desenmascarar al asesino. En primer lugar, se presenta Tajómaru, el famoso ladrón que ha sido culpado por el soplón como responsable del crimen. Sus primeras palabras son contundentes: “Yo fui quien mató a ese hombre”; y así parece probarlo cada hecho de su narración. El hombre nos cuenta que, mientras vagaba por el campo, había descubierto a la pareja e, impresionado por la bella esposa de Takehiro, había decidido raptarla.

Urdiendo un engaño, había logrado amarrar al hombre y disponer de su mujer a su gusto. Sin embargo, cuenta Tajómaru, que una vez se disponía a marchar sin matar a Takehiro, la misma mujer se tiró a sus pies rogándole que lo asesinara, ya que le parecía injusto que dos hombres conocieran su “vergüenza”. Embelesado todavía, y con la ilusión de poder escapar con ella por mucho tiempo, Tajómaru había decidido matar al hombre, pero una vez terminado su trabajo, no encontró rastro alguno de la mujer.

Seguidamente, Akutagawa nos presenta un nuevo relato: el de la esposa de Takehiro. Ella también se manifiesta culpable del asesinato, y sus palabras desdicen la declaración de Tajómaru. Según ella, una vez el ladrón había terminado de ultrajarla, sintió sobre sí la mirada inquisitiva de su marido; desesperada, persuadió a Takehiro de que la mejor manera de olvidarse de aquel hecho era matarse juntos. Él, poseído por el desprecio hacia su esposa aceptó la iniciativa, pero una vez la mujer había acabado con la vida de su marido, ya no tuvo fuerzas para quitarse la suya propia, quedando condenada al fantasma de lo hecho.

A este punto del cuento, la decisión sobre quién fue el verdadero asesino de Takehiro ya es bastante difícil; sin embargo –y ello dando una nueva muestra de la ironía de Akutagawa-, el tercer relato que nos llega es el del espíritu mismo de Takehiro, que nos habla a través de una sacerdotisa. Su relato difiere de los precedentes porque, según nos dice, percibió desde el principio cierta complicidad de su esposa frente a las trampas y violencia de Tajómaru: la mujer, atrapada entre las palabras y valentía de su raptor, abiertamente le había pedido a éste que asesinara a su esposo: “Mátalo, mátalo”, decía, pero el ladrón, que a esa altura sentía viva repugnancia por la conducta de la mujer, le dio una patada fortísima y le preguntó a Takehiro si deseaba que la matará; éste accedió, pero como la mujer saliera huyendo, ambos, mujer y ladrón se perdieron del alcance de Takehiro, quien, solo y decepcionado, decidió suicidarse.

¿Quién es, pues, el asesino? Akutagawa nos lleva ante una elección que, como lectores, comporta también un dilema ético: creer estas o aquellas razones tiene como consecuencia la aceptación de un discurso para el que prevalecen ciertos valores: la honestidad, el respeto, la justicia. De ser culpable Tajómaru, obligatoriamente, estaremos aceptando la burla de la mujer y su desprecio frente al destino de su marido; de ser asesina la mujer, entonces la conducta más vil sería la del ladrón quien, huyendo después de violentar a la pareja, los deja tirados a su suerte y decisión; pero, de tratarse de un suicidio, esto es, de aceptar que la versión del propio Takehiro es la correcta, brillará la debilidad, y aceptaremos como justas ciertas razones para morir.

Sea como fuere, y esto es lo impresionante de Akutagawa, así como en Rashomon debemos optar por legitimar o no las acciones del protagonista y, con ello, nuestra propia conducta en tanto que humanos, en En una Nubecilla, el decidir algo sobre el relato, necesariamente escapa de los límites de su historia, para extenderse a nuestra propia configuración como sujetos morales. En este sentido, los cuentos de Ryunosuké Akutagawa pueden considerarse como enlaces morales entre la ficción y la realidad y, sobretodo, discursos problematizadores del comportamiento moral de las personas.
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Estos cuentos de Akutagawa rebosan maestría; su brevedad y aparente sencillez es sólo la fachada de un universo realmente complejo en el que la moral, la ironía y la historia se unen de una forma tan compacta que sólo la delicada disección del lector puede desentrañar su contenido.

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