AUTOR: André Pieyre de Mandiargues
TÍTULO: Al Margen
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1981
PÁGINAS: 221
TRADUCCIÓN: Ricardo Cano Gaviria
RANK: 7/10



Por Alejandro Jiménez

Una vez concluida la lectura de Al Margen (1967), vienen a mi cabeza al menos dos rutas interpretativas: la primera tendría que ver con el viejo problema del sentido, tantas veces debatido en la literatura existencialista y, la segunda, de sesgo más social, estaría centrada en el examen que Sigismond Pons –el protagonista de la novela- hace de la Barcelona prostibularia. Ambas vías comparten un ritmo y lenguaje que las unifica y, a mi modo de ver, sólo encuentran su horizonte a través del juego mutuo; sin embargo, en términos estrictos corresponden a dos dimensiones distintas del ser humano: el mundo interior y el mundo exterior.

No cabe duda de que se trata de una lectura agotadora, tanto por la doble perspectiva a la apunta, como por estar concebida desde un plano estético de difícil disección. Y es que André Pieyre de Mandiargues (1909-1991) combina sin dilación surrealismo, existencialismo, impresionismo e, incluso, erotismo, al punto de que, por momentos, la obra parece privilegiar la forma, es decir, la belleza de lo dicho, sin percatarse de que genera destiempos innecesarios en la trama. Estamos frente a una novela que, influenciada por la pasión del escritor hacia la pintura, se nos revela como una totalidad que pretende socavar con su fuerza artística.

Prueba del amplio carácter estético de Al Margen se encuentra en el hecho de haber sido galardonada con el Prix Goncourt, el premio francés que otorga la academia homónima “al trabajo más imaginativo escrito en prosa” cada año; más aún, tenemos la adaptación realizada por Walerian Borowczyk para el cine en 1976, en la que los tintes surrealistas están siempre por encima del argumento de la novela. Hay una especie de interés por parte de de Mandiargues de construir una imagen artística de Cataluña, de apartarse de los moldes del realismo, no para desatender del ámbito social, sino para redefinirlo a partir de una estética que logre expresarlo.

Si hubiese que pensar en un subtítulo para la historia, seguramente podría sugerirse alguno como: “crónica de un fracaso artístico”, y esto es así porque permitiría poner sobre la mesa ese aspecto temático al que me referí en el inicio, y también la gran carga estética que predomina en el lenguaje de de Mandiargues. Por lo que corresponde al trabajo que deseo presentar aquí, intentaré apartarme de un análisis estético, para centrarme únicamente en aspectos de sentido: 1. la noción de burbuja, con la que el autor aborda el problema de la marginalidad; 2. el führanculismo o, lo que es correspondiente, la crítica que se hace al franquismo y; 3. la vida prostibularia de Barcelona, principal foco espacial de la novela.

Sigismond Pons: un hombre al margen

Son las cinco de la tarde en Barcelona y el panorama de la ciudad empieza a mudar de aspecto: cientos de misteriosos locales abren sus puertas intempestivamente y, en las calles, se producen las primeras aglomeraciones de transeúntes. Sigismond Pons, en su cama del Hotel Tibidabo, todavía presa de un letargo, se repliega en la consideración de su pasado: el matrimonio con Sergine, su vida en Francia, los consejos del primo Antonin (a quien reemplaza en su trabajo como vendedor de vinos en España), la tierna figura de su nana Féline y, claro, el recuerdo de su padre, un hombre sabio y pederasta a un mismo tiempo.

Es sábado, y si se apresura logrará llegar antes del cierre a la oficina de correos. Sabe que, con seguridad, allí lo espera una carta de Sergine llena de preguntas relativas a los pormenores de su viaje y también alguna reseña sobre cómo transcurren las cosas en su país. Un chapuzón, pues, y en cuestión de minutos se encuentra caminando en medio de calles pedregosas, escuchando el vocerío de loteros, los coches que pasan raudos a lo lejos, la música que se cuela por las ventanas y las puertas y, cómo no, el llamado de las mujeres que en cada esquina fuman mientras ofrecen sus agitados cuerpos.

Barcelona es, como anunciara su primo Antonin, un remanente de placer. Ahora bien, una vez en el correo, Sigismond se percata de que no ha llegado ninguna carta de su esposa, tan sólo un sobre firmado por Féline que parece traer malas noticias: “se fue corriendo a la torre de los vientos… expiró enseguida”. Instintivamente, Sigismond piensa en su esposa y su hijo, y decidido a no continuar con la lectura, guarda el papel en su chaqueta. No quiere enterarse de nada por ahora, ya vendrá el tiempo en el que puedan asumirse las consecuencias que parecen desprenderse de la carta.

Así, un poco a modo de ceguera conciente o, mejor aún, como un necio que no renuncia a la provisoria distancia que ha tomado de la rutina, Sigismond Pons vuelve al Tibidabo, deja en alguna parte el sobre de Féline y regresa a la calle serio y expectante. Es el tiempo para caminar en medio de un paisaje que se va tornando más oscuro, no sólo porque la noche ya cae sobre Barcelona, sino porque los bares y restaurantes, todos son locales de sospechosa reputación, tal vez frecuentados de forma exclusiva por hombres que, como él, desean mantenerse al margen, al menos momentáneamente, del desastre de sus vidas cotidianas.

“¿Vienes?” –le murmura al oído una prostituta-, “¡No!” –contesta él, dudando todavía-; y entonces cree escuchar voces a su espalda que le gritan: “marica”, voces que lo cercan y que él quiere dejar atrás, por ejemplo, mostrándose a sí mismo que tiene la fuerza suficiente para acostarse con una puta. Por eso se va con Juanita –la delgada chica del Bar Pigalle-, tomándola del brazo por la calle del Marqués de Barbará, y se deja entrar con ella en un hotelucho dentro del que, ambos recelosos, se pierden en el apetito de la carne. Después –y en el entretanto-, los recuerdos de su padre, sus viejas andanzas con jovenzuelos del barrio; el cuidado que siempre procuró a los niños Pons la nana Féline; las manías de su esposa y las cientos de discusiones en las que siempre se enfrascan por cualquier cosa.

Eso el sábado; pero también el domingo porque Sigismond comprueba que los espectáculos del teatro, las exposiciones en los museos de aquí o allá, los monumentos de las plazas, y todo el itinerario de un turista, francamente, le aburre. La carta sigue en el cuarto de su hotel, ahora con una botella decorativa encima y sin leerse por completo. Las calles, aunque en menor número, siguen mostrando hermosas rubias, voluptuosas mujeres dispuestas a compartir un poco de su intimidad y tiempo; pero Sigismond va directo al Pigalle, porque allí está Juanita, mirando a través de la ventana, con la sonrisa de la víspera y satisfecha de volverse a encontrar con su amante.

Lo que olvida Sigismond, sin embargo, es que se encuentra en una prueba contra el tiempo: se trata de mirar hasta qué punto logra mantenerse sin dejar que su propia vida lo aniquile, es decir, todo lo que él es allá, en Francia, en donde tiene mujer e hijo, un trabajo por el cual responder y cierta personalidad. Es una prueba que busca cerciorarse de su nivel de resistencia: ¿cuánto puede mantenerse dentro de la burbuja que ahora le permite convertirse en otro temporal, en el Sigismond que frecuenta putas, bebe y deja de trabajar a su acomodo? Y como todo prueba de este tipo, hay un momento en el que el tiempo se termina, y eso ocurre el lunes, después de su tercer encuentro con Juanita.

Este día, después de haber reducido a todos a los que conoce en fantasmas lejanos y sutiles –a su padre, a su esposa, a su nana y, quizá a él mismo-, Sigismond Pons se reencuentra con la carta de Féline, que es algo así como el heraldo que había permanecido a sus puertas esperando. Entonces los bailes de los teatros, las viejas casetas del cine, los burdeles e, incluso, la misma Juanita, toda Barcelona en su conjunto, retroceden un paso, porque el tedio, el spleen que lo había llevado a querer ausentarse a toda costa de la realidad, ha vuelto y amenaza nuevamente con engullirlo. Ciertamente la carta contiene una revelación que puede condenarlo de por vida.

La burbuja de la marginalidad

La literatura nos ha dado algunas novelas que exploran de manera profundísima la sensación-actitud de marginalidad en el ser humano. Tenemos, en primer lugar, La Náusea de Jean-Paul Sartre, que ubica a un personaje como Antoine Roquentin dentro de un mundo en el que el individualismo y la filantropía –dos formas básicas de marginalidad- son la norma. Asimismo, encontramos el caso de El Extranjero de Camus, el cual lleva a límites insospechados el discurso nihilista. De Mandiargues hace lo propio en Al Margen, echando mano de un recurso metafórico que sabe trabajar muy bien y que, bajo la idea de burbuja, recrea esa “envoltura” que Sigismond Pons usa como aislamiento frente a la realidad que lo circunda:

“Aislado, sí, ese es el estado en que comenzó a encontrarse desde que cerró la carta de la vieja Féline, y es precisamente así como él quiere permanecer. Vivo, haciendo piruetas en el interior de una frágil mandorla. Piensa en una gota de semen masculino dentro de un preservativo inflado con la boca, atado y arrojado luego a un terreno resecado por el sol. La vida danzaría con la muerte allí dentro, más o menos como Sigismond se agita y piensa dentro de su burbuja” (Pág. 129)
Evidentemente, en la novela, el viaje de Francia a Cataluña significa para el protagonista una oportunidad de aislamiento. Si la vida de Sigismond en su país representa una cadena compleja de rutinas, el espacio que ha concentrado sus tedios y frustraciones, entonces el escapar por una temporada hacia otro sitio es crear una especie de barrera o distancia. Sigismond se encapsula en Barcelona y se obstina en permanecer allí, adentro de esa “cáscara” que tiene todas las cualidades de una invención del deseo.

Pero aun cuando la burbuja de Sigismond ha sido creada para mantenerlo al margen de su realidad, se hace evidente para el lector de la novela que hay una trampa en todo esto, y es que la misma burbuja termina convirtiéndose para él en material detonante de sus recuerdos, de todo lo soterrado que guarda en su conciencia y, por la misma razón, a la larga se desata también un infierno al interior de la cápsula; algo así como si hubiese un infierno afuera, pero también otro adentro, que no es más que el resultado de la interiorización del primero a través de los años:

“Cuando se mira de nuevo al espejo no tiene dificultad en reconocerse, a pesar de su desconfianza, e incluso se encuentra rejuvenecido con relación a su imagen anterior. Hace aproximadamente veinticuatro horas que llegó a Barcelona, y sin embargo ha recorrido un camino incalculable en ese espacio en el que su vida tiene permiso para desplegarse y ejercitarse, aunque él se haya puesto en seguridad provisional en una translúcida burbuja y haya colocado una torre transparente sobre la carta donde la suerte de todo cuanto ama está escrito… La carrera a coronar (como dicen los cursis de la especie de su padre) ¿será todavía larga antes de que llegue el momento de desplazar la torre? ¿cómo (por qué y para quién) será dictaminado el gesto? (Pág. 140)
Sigismond Pons piensa que está por fuera del alcance de su pasado y su realidad, está persuadido de que la burbuja lo protege de cualquier melancolía innecesaria, de cualquier quiebre; sin embargo –y esto al modo de las obras literarias que antes mencioné-, el verdadero problema no se encuentra en que él deba afrontar una lucha contra la influencia exterior, sino más bien en que su interior escapa de esa aparente protección que tiene para explayarse hasta los recodos más inextricables de su vida, convirtiendo esa zona de distancia en otra zona de lucha. En otras palabras, si bien el mundo prostibulario y criminal de Barcelona se convierte en el material del que se construye su burbuja, o su manera de apartarse de todo lo demás, a la larga ese mismo mundo siempre lo obliga a pensarse en términos de su pasado y todas las cosas que aunque tediosas hacen parte de su vida.

El juego es trepidante y terminará sólo una vez el mundo exterior, materializado en la lectura de la carta que ha pospuesto, termine por imponerse sobre Sigismond. La decisión de de Mandiargues, de esta forma, pone en evidencia su deseo de mostrar el modo en el que al final “la idea de pasar al margen, de correr en una especie de burbuja rodante” es posible, pero no duradera, sobretodo porque “más vale tener la última hora pegada a los talones que frente a los ojos”.

El führanculismo

El examen de Sigismond atraviesa ese mundo complejo de lo marginal y lo real, pero también se permite esbozar algunas consideraciones sobre el contexto social de Barcelona, concretamente en lo que se refiere a su legado franquista. Caminar por las calles, asistir a un teatro, rozarse con una prostituta ya no son, entonces, simples fórmulas de análisis existencial, sino también pistas sobre una construcción histórica. Desde esta perspectiva en Al Margen hay otra metáfora que el autor maneja bajo el título de führanculismo, utilizando el gusto por la figura: forúnculo –de infección-, conservando la F de Franco y agregándole la diéresis de führer.

La obra traza un mapa de los lugares desde los que puede rastrearse la historia del franquismo y, sobretodo, de su legado para las generaciones venideras que son las que han debido afrontar las consecuencias de la polarización social, los encuentros ideológicos, los desórdenes civiles y demás. De Mandiargues no intenta hacer una novela social, simplemente acercar al lector a ciertas ideas sobre la manera en la que el führanculismo –esa mancha fascista que cayó sobre España- ha llevado a muchos ciudadanos a transitar dentro de sus propias burbujas aislantes, en donde sobreviven aquiescentes y monótonos:

“Sigismond, que reanuda la marcha, busca a los viejos con la mirada, y ve a más que hubieran podido contarse dentro de los de hace veinticinco años. Muchos han perdido el orgullo, pero bajo sus ropas miserables y en sus cuerpos endebles, identificable sólo con un poco de atención y de costumbre, una nobleza especial los distingue: la de la derrota. La gracia de los vencidos vive en ellos. Menos evidente, a causa del vigor juvenil que anima sus músculos, sus estómagos y sus sexos, ella vive también en sus hijos, que han crecido bajo la ley del führánculo, y que resulta reconocible en su forma de caminar, correr, bailar y beber, de pelearse o abrazarse, como si en la afiebrada dicha de la libertad provisional, vivieran en un estado de evasión” (Pág. 145)
Podríamos acercarnos a esta dimensión de la novela continuando con la metáfora con la que el autor trabaja la huída de la realidad como problema existencial, toda vez que también existe una burbuja que el hombre utiliza para olvidarse de su papel histórico: heredero de un pasado y una realidad que avergüenza y envenena, el barcelonés es un ciudadano ensimismado, separado de su papel histórico por una cortina de miedo que no acaba de diluirse. En todos, sin importar si fueron franquistas antes o no, pervive esa suerte de terror que condena el futuro desde antes de pensar en construirlo.

De Mandiargues, conciente de esta situación, juega incluso con las tradiciones más arraigadas de España para mostrar cómo en ellas se camufla también el fantasma del führanculismo. Ese déspota construyó un pasado colectivo del que resulta terriblemente difícil escapar ya que al hacer el inventario de lo que constituye la idiosincrasia española se encuentran muchos filtros:

“El domingo es el día de las corridas. Sigismond ha contemplado a menudo los toros con mucha pasión, en Nimes, Béziers o Carcasona, pero su breve estancia en España le ha bastado para comprender hasta qué extremo la corrida estaba patrocinada por el régimen führanculista y le servía de propaganda; hasta qué punto, ofreciendo como distracción la tolerada efusión de sangre, estaba al servicio de un régimen purulento; hasta qué extremo, desde esta perspectiva, resulta obsoleta y siniestra como la misa de la iglesia romana, que es un sacrificio nada diferente y que participa de la misma alianza abominable. El sagrado corazón bordado sobre el pecho de los matadores de antes era tan sólo una simple variación de la trencilla dorada que adorna el traje del torero. Matador, ¿cómo pronunciar esa palabra sin pensar en el führánculo?” (Pág. 108)
La Barcelona prostibularia

El mismo führanculismo que patrocina las “alianzas abominables” ha contribuido a formar toda clase de discursos y comportamientos hipócritas alrededor de la prostitución. Un poco en juego y otro tanto en verdad, Al Margen hace un recorrido interesante por las calles barcelonesas en donde las mujeres de gastada piel alquilan diariamente su cuerpo a cambio de dinero. Para muchas víctimas de la rutina, de la soledad y la historia, la prostitución se convierte en una fuente de goce escapista, y quizá también en un renuente camino hacia ellos mismos.

San Martín, san Pedro, san Francisco, todas callejuelas con nombres endiosados, convertidas en extraños circuitos de prostitución y ruido. Dicen que el reino del señor también está aquí entre los odios y la mugre, por eso de Mandiargues pone a caminar a Sigismond en medio de tanta santidad de mentirillas, a echar unos brochazos sobre este difuso horizonte moralista. Simple ironía de los nombres, o coincidencia a celebrar por parte de quienes la compartimos, lo cierto es que en la novela la prostitución parece ser hija de la religión y la sociedad, bastarda en el primer caso, y adoptiva en el segundo:

“Entretanto, ha podido constatar que junto a cada bar hay una escalera, presidida por la palabra habitaciones pintada sobre la pared, o bajo la forma de un rótulo luminoso hecha de lámina recortada o de cristal esmerilado. De tal modo, pues, que no se puede ir directamente del cafetín a las habitaciones; la moral está a salvo y ante los tribunales internacionales los ministros del engreído fanfarrón podrán pretender que han dejado de existir casas de prostitución en el país que empavesa con sus colores de sangre y oro de limpialetrinas. Resulta obligatorio salir a la calle antes de subir, y en su celo algunas chicas van hasta el extremo de atravesar el estrecho conducto. Esa es la forma de justificarlas ante los ojos de la policía (de la que se ve rondar a dos grises representantes) y de permitir que sean perdonadas, quizás, ante la pequeña ventana del confesionario, cuando se acerquen a él severamente vestidas, con largas faldas, medias en las piernas y los cabellos recubiertos por una negra mantilla” (Pág. 63)
La moral a salvo y se cierra la cuestión, porque las historias de aquellas mujeres que desfilan de una calle a la otra está reservada para ellas mismas y para los clientes que, como Sigismond Pons, desean escucharlas. Familias enteras dedicadas al negocio, niñas que prestan su cuarto como lecho amatorio para acostarse después sobre el sexo tibio todavía. Ni bueno ni malo, esta práctica no soportaría un juicio polarizado; tan simple como algo que se realiza y cuyos protagonistas también van y vienen al interior de burbujas que no permiten nunca intimar hasta quebrarse.
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El presente eterno en que está escrita Al Margen expresa, al mismo tiempo, su vigencia en el tiempo histórico de la literatura. Poco conocida es, sin embargo, una lectura recomendada para quienes gustamos de los personajes signados con la derrota y el aburrimiento.

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