AUTOR: Haim G. Ginott
TÍTULO: Maestro-Alumno: El Ambiente Emocional para el Aprendizaje
EDITORIAL: Pax, S.A. (Segunda edición)
AÑO: 1986
PÁGINAS: 260
RANK: 8/10



Por Jorge Vanegas Aparicio

A menudo la formación del docente está centrada en aspectos teóricos que dejan en segundo plano la práctica misma de la profesión. Así, muchos de los jóvenes maestros carecen de la habilidad para manejar un grupo de clase, lo que supone su primera decepción ante la carrera docente. Sin embargo, cuando el sistema educativo o la metodología de cada maestro falla, cabe hacernos las siguientes preguntas: ¿es el docente quien define lo que debe hacerse con el comportamiento de los estudiantes? ¿Es siempre conciente el maestro de sus propias actitudes hacia los demás y de cómo éstas llegan a afectar de manera positiva o nociva los procesos educativos de sus alumnos?

Dividido en doce capítulos, este texto de Ginott es una herramienta para el profesor que busca alejarse de los tratados sobre pedagogía que privilegian la abstracción. El libro funciona más como una guía amena para el trabajo cotidiano, apoyándose en diálogos breves entre maestros y estudiantes, y pequeños fragmentos que exponen experiencias reales por las que pasan muchos de los docentes dentro del aula de clases. Frente a estas vivencias, el libro hace un concienzudo análisis del por qué las actitudes de los profesores llegan a ser benéficas o nefastas para el estudiante.

La experiencia del maestro y su arduo quehacer diario

El primer capitulo de Maestro-Alumno: El Ambiente Emocional para el Aprendizaje recupera una charla realizada entre varios maestros en la que se exponen todas las dificultades que conlleva la profesión docente. El diálogo no podría ser más desalentador: falta de interés por parte de estudiantes, constante indisciplina, interrupción de clases, episodios de agresividad, implementación de metodologías anacrónicas que propician el desaliento, querellas entre los mismos maestros y entre los directivos de la institución, y un largo etcétera de calamidades. Estos testimonios, tan familiares entre el círculo de la enseñanza, son los que ponen en tela de juicio la formación del docente –sea universitaria o normalista- y su responsabilidad educativa con el estudiante.

El pesimismo expuesto por el profesorado acrecienta las dudas respecto de la profesión: ¿acaso todas las esperanzas se han perdido? ¿La lucha es fútil cuando el maestro tiene que enfrentar a padres de familias exigentes, directivos autoritarios y, al mismo tiempo, velar porque los conocimientos sean trabajados de manera eficiente por el niño? ¿Es válido perpetuar un sistema que, a la sazón, ha mostrado todas sus falencias en la implementación de una educación sana, constructiva y significativa socialmente?

Maestros exitosos y maestros fracasados

Los maestros atentos, amables y respetuosos son los que consiguen mejores resultados de sus estudiantes. Esta clase de maestros no se preocupa por formar la personalidad del estudiante mediante sermones moralizadores que hacen referencia a un futuro distante; antes bien, enfatiza en aquellas situaciones que suceden en el presente de cada alumno, no para juzgarlo ni esperar de él un comportamiento determinado, sino para que se encuentre a sí mismo como un ser humano en proceso de formación, tanto de su conocimiento como de su papel dentro de la sociedad. Estos maestros son más dados a ponerse en el lugar de los otros, a ver a los estudiantes individualmente, con sus afectos, deficiencias, aciertos y emociones; no los tratan como máquinas a las que hay que transmitir una serie de conocimientos superficiales. Estos son los maestros exitosos.

Como contraparte están los maestros que hacen uso de la violencia verbal, simbólica e, incluso, física, y que intentan excusar estos comportamientos arguyendo los resultados obtenidos en la conducta de sus alumnos. Naufragan cuando tratan de enseñar respeto, intentan formar ciudadanos de bien, tolerantes y considerados, sin darse cuenta de que en su propio ambiente pulula la humillación y la ofensa. Tienen concepciones a priori que condenan sin haber conocido a fondo la personalidad del estudiante, propiciando la rebeldía y el desacato entre los jóvenes. Tales son las metodologías propias del maestro que fracasa a la hora de dirigir las acciones de sus estudiantes.

La metodología en la que impera el castigo como elemento disuasivo, en que el grito y la ofensa forman parte de la cotidianeidad, ha hecho que se establezca una escuela en la que valores como el respeto y la dignidad quedan rebajados a su mínima expresión. Solamente los maestros en su papel de líderes podrán derrumbar estos métodos represivos para abrir nuevas opciones en el apartado disciplinar. Dicho de otra forma, es la actitud del maestro la que puede transformar el orden de la clase, fomentar el interés por parte de los estudiantes y establecer buenas relaciones entre todo el grupo.

Hacia una comunicación congruente

Pero si lo que se propone el maestro es cultivar un comportamiento ideal en el estudiante, antes debe replantearse el uso que hace de la comunicación como base para su trabajo; todo depende del lenguaje que se utilice: si el profesor hace comentarios destructivos, indiscutiblemente sólo engendrará respuestas negativas, por el contrario, si el profesor sabe escuchar y usa un lenguaje moderado, los estudiantes responderán de forma positiva, pues se saben partícipes de una charla agradable, para la que es más importante sus sentimientos y emociones que sus limitaciones cognitivas. Es clave que el maestro no se preocupe por juzgar y castigar, sino por infundir un espíritu de trabajo.

La buena comunicación es el fundamento del éxito; como señala el mismo Ginott, la cordura debe prevalecer sobre todo lenguaje provocativo. Los insultos en clase están de más porque un buen maestro educa y disciplina sin que se deje llevar por la emoción que le ha producido cualquier altercado. Hay que recordar que hasta el más pequeño de los comentarios hechos por el maestro es formativo, y tendrá consecuencias en la conducta del estudiante. Un niño asume de manera distinta manera los comentarios, dado que, por ejemplo, cuando llegan a ser tremendamente hiriente sólo acierta a responder con rebeldía. El anular cualquier mensaje negativo es un paso que acerca un poco más al maestro y al estudiante, por tal motivo, los profesionales de la educación deben reconocer a cada joven, primero como individuo –es decir, respetando su personalidad, procesos cognitivos, aptitudes y actitudes- y, luego sí, como estudiante.

Pero si la comunicación debe estar enfocada en el respeto, no hay que olvidar también que debe ser breve y concisa. Un maestro no puede perder el mayor tiempo de su clase corrigiendo o censurando las faltas de un alumno, no debe permitir que el niño monopolice su tiempo, más bien, ha de procurar asumir el control y evitar perderse en aspectos, a menudo sin importancia, como el sermón por el bolígrafo que no trajo, o el útil escolar que se perdió. El maestro debe prestar especial atención al grupo en su conjunto y no dejarse afectar por pequeñeces que restan fluidez a la clase.

El exceso de retórica del docente también produce resultados negativos entre los alumnos, ya que representa un dominio sobre los conceptos, y esto obstaculiza la formación de una opinión propia de los jóvenes sobre aquello que están aprendiendo; la cátedra llega a ser tediosa si no se emplea de manera adecuada, pues lejos de cultivar el interés por la materia, a los ojos de los alumnos, el maestro se transforma en un acaparador de los saberes; mucho mejor es un hacer compartido que permita al alumno construir activamente sus conocimientos. El maestro debe saber cuándo hablar y cuándo escuchar, es una cuestión de cincuenta y cincuenta.

El elogio en clase

Un buen maestro sabe cómo evaluar pero también sabe cómo hacer uso del elogio. Éste último llega a ser un arma de doble filo ya que, por un lado, el alumno puede tomarlo, cuando es personal, como una actitud que siempre se espera de él. Las frases manidas que utiliza el maestro como: “eres un niño bueno” o “lo estás haciendo muy bien” fomentan una angustiante presión valorativa que poco ayuda al desempeño académico y personal del estudiante; pueden destruir toda la confianza que se tiene sobre sí, tornándolo un ser dependiente e, incluso, resistente a las palabras del maestro:

“El elogio, lo mismo que una droga, hace que el niño se sienta bien, por el momento. Sin embargo, crea dependencia. Las demás personas se vuelven fuentes de aprobación. Confía en ellas para satisfacer su necesidad de actitudes positivas y establecer su propio valor. Por lo tanto necesitará su dosis diaria de elogios” (Pág. 107)
En vez del elogio hacia la personalidad del niño, lo que se pretende es que el maestro haga una valoración de su trabajo en sí. Es recomendable evitar el elogio personal, y ensalzar la actividad per se que esté realizando el estudiante. En otras palabras, el profesor debe alabar el esfuerzo empleado para llevar a cabo determinada tarea y no dar juicios de valor sobre la personalidad del niño.

Por otra parte, conviene que el elogio en clase se convierta en un medio de motivación que refuerce la confianza del estudiante respecto de sus logros académicos y desarrollo personal, nunca debe convertirse en un dispositivo que pretenda emitir juicios sobre el comportamiento y desarrollo actitudinal del niño, dado que, de concentrarse en una sola persona, el estudiante empezará a verlo con recelo. Es deseable dejar de alabar aspectos del carácter y limitarse exclusivamente a la manera como se realiza el trabajo.

Sobre la disciplina

Se cuenta en el libro la historia de un maestro que tuvo que dar su primera clase en una institución para delincuentes juveniles, cuando entró al salón de clase tropezó y cayó al piso; inmediatamente, los estudiantes estallaron en carcajadas, el maestro, haciendo uso de su sentido común y de su buen carácter, se levantó y les dijo: “Esta es mi primera lección para ustedes: una persona puede caer al suelo y levantarse de nuevo”; todo el auditorio quedó perplejo y seguidamente resonaron los aplausos en el auditorio.

Este ejemplo sirve para mostrarnos que el primer rasgo de autoridad en un maestro es el autocontrol. Un docente puede inducir a la disciplina con un gesto de desaprobación o un comentario, sin llegar a utilizar un lenguaje hiriente; lo que no puede permitirse es expresar su enfado con rabietas que lo colocan al mismo nivel de sus estudiantes. El autocontrol implica que el profesor aprenda a tratar las faltas de disciplina y el desorden con cautela, con buenos modales: la violencia únicamente genera más violencia. Resulta ridículo que un maestro trate de imponer silencio en un auditorio gritando hasta que sus pulmones no dan más. La disciplina es un aspecto que se debe tratar con sutileza; siempre es más efectivo enfrentar un caso de irrespeto con una respuesta calmada pero ingeniosa que con un insulto.

Hay que tener en cuenta, como se dijo más arriba, que un comentario despectivo marca la personalidad del estudiante. Es mejor actuar con cautela al decir cualquier cosa al estudiante ya que se trata de un ser sensible como cualquiera y, lo más importante de todo, en pleno crecimiento personal.

La función de los padres: conflictos entre estudiantes y maestros

Además de poner de relieve el papel del maestro frente a sus propias actitudes y cómo estas inciden en el comportamiento de sus estudiantes, el libro de Ginott aborda el problema de aquellos padres que encuentran a sus hijos desalentados por sus profesores, bien por una excesiva disciplina, o bien por las extensas tareas que deben cumplir. Las dificultades de esta situación constituyen un punto que necesita ser mirado con detenimiento. Ante todo, el padre ha de servir de consejero, esto es, mediar en un conflicto en el que se encuentra involucrado su hijo y que también tiene que ver con el maestro; es posible que el niño no llegue a sincerase del todo con sus padres, pero sabrá encontrar en la figura paterna una fuente con la que puede contar para solucionar sus conflictos escolares.

El papel del padre se concreta en una figura que siente como propios los problemas de su hijo en la escuela; por tal razón, es necesario que reconozca su creatividad y sentimientos, aspectos que muchas veces chocan con los procesos educativos de la escuela. El padre sólo puede participar en estas querellas con un lenguaje que permita comprender antes que disciplinar, aquí el sermón está de sobra: ¿para qué sirve el regaño si ya en la escuela el niño está recogiendo todas las frustraciones que el maestro le impone?; es mejor un discurso que permita humanizar, o sea, mesurado y sin dejarse llevar por las emociones y los sobresaltos.

Las tareas, la eterna manzana de la discordia

La tarea en el hogar se convierte en el punto de disputa más frecuente entre el maestro, los niños y los padres. Grandes altercados se producen porque ésta no se realiza o no se entrega en el tiempo estipulado. En este sentido, es necesario replantear la función que cumple la misma, revisar cuál es su objetivo y su incidencia en los procesos educativos del niño, observar si sólo sirve para cumplir un papel evaluador, si despierta el interés personal del estudiante o simplemente es vista como una amenaza para sus ratos de ocio.

Ginott afirma que la tarea, antes que ser un medidor de la aprensión de conocimientos, debe convertirse en una herramienta motivacional que genere autonomía en el estudiante. Es común que los padres quieran intervenir durante este proceso; no obstante, esta actitud, antes que beneficiosa, resulta nociva cuando pensamos en las consecuencias que trae para la auto-confianza y compromiso del estudiante: si él siente que no se le deja un espacio para que realice su propio trabajo, su personalidad se siente sometida a un control externo y no termina por comprender que la tarea lo compromete a él particularmente.

“Un niño no puede crecer si funciona como una extensión de su madre. Para madurar necesita sentir que es una persona individual y separada, y saber que es una persona con una mente propia” (Pág. 174)
La motivación, la esencia de la educación

La motivación en clase es el principio que todo maestro busca para que sus estudiantes se sientan alentados a aprender; no obstante, es bastante ilusorio creer que la motivación puede darse cuando ella misma es impuesta, o merced a frases tan poco valorativas como: “tú puedes hacerlo” o “eres una persona inteligente”. La lógica del estudiantes es otra y pensará: “el maestro, o es estúpido, o es un mentiroso”. La motivación puede ser perfectamente simulada por el estudiante para pasar desapercibido y no ser juzgado por sus compañeros o maestros.

Para que la motivación surja de manera exitosa en el ambiente escolar, el niño debe experimentar libertad: fallar en su proceso de aprendizaje, por ejemplo, es la única manera en la que el niño se desprende de los juicios de valor que le impone su maestro. De tal suerte, el miedo a fallar, o a la vergüenza por no saber hacer las cosas constituyen obstáculos en los procesos de aprendizaje del estudiante. Cuando el niño adquiere libertad de expresión en todo lo que está haciendo, se libera de la crítica del maestro y sus amigos. El fracaso debe reivindicarse como una opción válida de aprendizaje.

Cómo mejorar el ambiente en el aula

Vislumbrando todas estas problemáticas, ¿no es acertado pensar que su origen se encuentra en la estructura de los sistemas educativos y, si es así, no es necesario que cambien? Claro que sí, es absolutamente necesaria una reforma educativa que se separe de todos los viejos esquemas que aseguran una baja tasa de aprendizaje y propician el fracaso escolar entre los jóvenes. Empero, el maestro no puede esperar impasible que dichos cambios caigan, como por arte de magia, del cielo. Su papel ha de ser activo durante esta reforma, él es quien conoce con propiedad todos los aspectos implicados en la vida escolar.

Es común encontrarse con el hecho de que el alumnado no tiene claro su papel dentro de los procesos educativos que adelanta; con frecuencia los conceptos manejados por los maestros se revelan completamente ajenos a los jóvenes, situación que resulta contradictoria si se tiene en cuenta que se está educando a individuos para una vida participativa dentro de una sociedad. Ginott sugiere algunas estrategias que el maestro puede implementar durante la clase para reducir los efectos negativos de este fenómeno:

• La colaboración de los estudiantes en actividades extra-clase
• La formulación de preguntas de calidad hacia los profesores
• La creación de mesas de discusión: debates, seminarios, foros
• El reconocimiento de las capacidades individuales de los educandos
• El trabajo en parejas y/o en grupo como un método que ayuda a fomentar la confianza entre aquellos niños con problemas de aprendizaje
• La presencia de los padres en los procesos educativos

Si bien estas estrategias no son la panacea para todos los males que aquejan la enseñanza, y tampoco pueden esperarse de ellas resultados inmediatos, sí es posible confiar en que de su buena utilización se desprenderán algunas mejoras en el ambiente escolar, especialmente, en lo que concierne a las relaciones entre los actores del aula de clase.

La comunicación entre los adultos

Un maestro no sólo se enfrenta a un grupo de estudiantes que tiene puesto en él ciertas expectativas; también lidia con los constantes deseos de los padres de familia, y las exigencias que le imponen los directivos-administradores de la institución para la que trabaja. Al igual que con los niños, es vital que el maestro maneje una buena comunicación con sus compañeros de trabajo y acudientes; principalmente, se necesita que en la relación estos últimos siempre prime el respeto, dejando a un lado la imposición de recomendaciones personales y los discursos moralizantes. Comprensión y el suficiente sentido común como pare reconocer el papel de cada uno es el mejor consejo.

La comunicación con los directivos comporta matices diferentes, toda vez que el profesor afronta, las más de las veces, severas restricciones a su labor profesional: pesadas cargas laborales, implantación de metodologías, proyectos educativos arraigados a la institución, disciplina en el grupo, entre otras, son puntos de discordia entre los directivos y los profesores. Sólo un acertado uso del discurso y la sutileza del maestro para controlar los ánimos permitirán que estos encuentros no se tornen en conflictos de mayor envergadura.

Cómo recordamos a nuestros maestros

El último capitulo del libro contiene una reflexión sobre el recuerdo que muchos de nosotros tenemos de los docentes por los que fuimos educados. Sucede que el haber compartido ciertos espacios, tanto con maestros buenos como malos, tiende a dejar en nosotros una marca indeleble. Así pues, lo que puede resaltarse de experiencias de este tipo, es el hecho de que muchos matices de nuestra vida adulta están atravesados por nuestro pasado escolar.

Al revisar detenidamente las experiencias que señala Ginott, vamos trazando un inventario de formas de ser maestro: desde aquel sumamente comprensivo, que sabía escuchar sin importar el momento, hasta el tirano que implementaba el castigo como único medio para resolver los problemas. Grosso modo, es un cuadro que resalta el vínculo entre ese comentario o actitud que vivimos con un maestro y la concepción personal que tenemos sobre él desde entonces.

Desde una perspectiva psicológica este libro trata de rescatar aquella famosa máxima que afirma que es más fácil atraer un puñado de moscas con miel que con hiel; mejor dicho, que el maestro puede lograr mayores frutos cuando cambia su rol de riguroso instaurador de la disciplina por el de un consejero que sabe escuchar las problemáticas que aquejan al estudiante en su vida escolar. Asimismo, se insiste en la actitud del maestro, muchas veces desapercibida, y que influye de manera negativa o positiva en el comportamiento y desarrollo cognitivo del estudiante.
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Parafraseando a Ginott al final de este Maestro-Alumno: El Ambiente Emocional para el Aprendizaje, lo que un buen educador debe hacer es buscar que se impulse una educación más humana en la que no se privilegie únicamente la acumulación mecánica de saberes.

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