AUTOR: Gail Pheterson (comp.)
TÍTULO: Nosotras, las Putas
EDITORIAL: Talasa, S.L. (Primera edición)
AÑO: 1992
PÁGINAS: 416
TRADUCCIÓN: Graziella Baravalle
RANK: 8/10




Por Alejandro Jiménez

Las interpretaciones históricas de la prostitución están basadas, sustancialmente, en un espíritu moralista; y aunque es cierto que, como todos los fenómenos sociales, también la prostitución debe examinarse desde un punto de vista axiológico, el hecho de que a través de los tiempos se haya privilegiado esta única mirada ha tenido para el mundo dos consecuencias importantes: la primera es que, en general, hemos fundado nuestras críticas al comercio sexual en prejuicios reduccionistas; y la segunda es que, tras siglos y siglos de discusión moral sobre el trabajo de las prostitutas, otros problemas vinculados a él como el de los derechos humanos, la salud pública, la inmigración o la violencia estatal, han empezado a ganar fuerza apenas tras las últimas décadas.

El papel censurante de la iglesia y el bajo perfil que ha caracterizado a la mujer, se revelan como aspectos decisivos al momento de buscar los responsables de este desequilibrio. Pero, por otra parte, la revisión de los documentos referentes a la prostitución anteriores a la mitad del siglo XX nos muestra una cosa más: un número mínimo de ellos fueron escritos por prostitutas, esto es, históricamente las prostitutas han sido más un objeto de estudio –para religiosos, políticos o sociólogos- que protagonistas de la configuración de su rol social. Silenciada su voz por la de aquellos que las juzgan unilateralmente, sólo el nacimiento de un movimiento feminista, sumado a la reducción del poder religioso y la paulatina concientización de las prostitutas, vienen permitiendo la consolidación de un discurso propio y de vanguardia sobre la prostitución.

Este libro, editado bajo el título declarativo de Nosotras, las Putas (1989) –A Vindication of the Rights of Whores-, representa un paso significativo en el sentido que describimos, puesto que se aparta de las consideraciones morales sobre la prostitución, tan tradicionales en los autores ajenos a la práctica, y recorre un camino que se distingue por: 1. Propender por la libertad para decidir si ejercer o no la prostitución; 2. Denunciar la discriminación laboral, racial y social contra las prostitutas; 3. Combatir abiertamente los enfoques abolicionistas o prohibitivos del comercio sexual, así como su arbitraria regulación sanitaria; 4. Privilegiar la autoorganización política de las prostitutas y; 5. Relativizar los casos de prostitución, según la clase social, país o circunstancias, para evitar los juicios generalizadores.

El texto se encuentra dividido en cuatro grandes partes; en la primera, Gail Pheterson hace un recorrido por los principales momentos que ha atravesado la organización política de las prostitutas, especialmente, en lo que respecta al caso europeo; en la segunda, se recuperan las discusiones que tuvieron lugar en el marco de los dos primeros congresos mundiales de prostitutas realizados en 1985 y 1986; en la tercera, se presentan algunos escritos referentes a las políticas de inmigración y su relación con el comercio sexual en Italia, Holanda y África; finalmente, en la cuarta parte, se reúnen varios informes sobre la situación social de las prostitutas en varias ciudades africanas y asiáticas.

En conjunto, Nosotras las Putas condensa un número amplio de voces, testimonios y exigencias hechos por prostitutas, exprostitutas, trabajadoras sociales y feministas de distintas regiones del planeta, todas ellas abanderadas del proceso de organización de un movimiento de base sin precedentes en la historia de la prostitución. La riqueza de matices y discusiones que tiene el libro hace imposible abordar su contenido totalmente; por esta razón, lo que intentaremos aquí es acercarnos a los temas que nos han parecido más importantes, intentando, claro está, no renunciar a la complejidad del texto.

Origen y desarrollo de los movimientos de prostitutas

El problema de la prostitución debe ubicarse, en su aspecto más fundamental, dentro de las discusiones sobre la condición de la mujer. Así parece entenderse desde mediados del siglo XX, cuando los movimientos feministas empezaron a plantearse la cuestión, encontrándose con que el comercio sexual está vinculado fuertemente con una realidad de clase y, por extensión, con distintas prácticas de discriminación que sólo lograrán superarse por medio de la emancipación total de la mujer. Petherson lo coloca en los siguientes términos:

Las mujeres buenas (las esposas y otras mujeres presumiblemente poseídas por un solo hombre) son legitimadas por el sistema patriarcal; su función es convertirse en modelos de sumisión. Las mujeres malas (las putas y otras mujeres supuestamente demasiado ‘fáciles’ o en alquiler) están estigmatizadas, su función es servir como ejemplo del ostracismo que espera a cualquier mujer que se aparte de la buena senda. Las mujeres perversas (lesbianas y otras solteras del patriarcado) son ignoradas; su función es demostrar que una mujer que rechaza a los hombres pierde su estatus como mujer (…) El reto de una alianza entre las mujeres es desmitificar nuestras conductas y diferenciar las funciones externas a las que éstas sirven, de las estrategias internas para la autodeterminación en las que podrían convertirse” (Pág. 61)
Puesto así, lo que ha caracterizado las luchas contemporáneas de las prostitutas no es, como puede pensarse, el deseo de escapar del mundo de la prostitución, sino, más bien, la aspiración de ser reconocidas como trabajadoras y ciudadanas con los mismos derechos y libertades que cualquier otra persona. Como se dijo más arriba, la historia ha hecho ver a las prostitutas, unas veces como víctimas de la exclusión y, otras, como peligro moral y sanitario; sin embargo, desde hace algunas décadas asistimos al redescubrimiento de la prostitución, y venimos aprendiendo que esos juicios inquisidores o compasivos desconocen la voz más importante de todas: la de las propias prostitutas.

Ellas tienen su interpretación personal sobre la prostitución y, en no pocas ocasiones, se aparta radicalmente de lo que afirman los círculos religiosos y políticos, puesto que mientras estos últimos continúan enfrascados en discursos abolicionistas, las prostitutas defienden lo que hacen, y sólo propenden por su reconocimiento público. Es lógico que dentro del comercio sexual puedan encontrarse muchos casos de explotación y violencia verdaderamente lamentables, pero estas situaciones no son la prostitución, sino parte de ella, una parte que se ha tomado como excusa para anular cualquier interés autónomo que puedan tener las prostitutas, especialmente el de ejercer su oficio y no ser discriminadas por ello.

Básicamente, este es el punto de partida de Nosotras, las Putas: sobre cualquier prejuicio, sobre cualquier examen apresurado de la prostitución, únicamente debe existir una premisa, y es la libertad para que la mujer decida si desea o no prostituirse. Si no lo desea, entonces habrá que organizarse para identificar y destruir las organizaciones de trata y sometimiento de mujeres, así como cualquier acto de violencia o chantaje; pero si lo desea, si considera que la prostitución es una profesión que le procura los medios para la vida, entonces debe defenderse su elección, rechazar cualquier acto que pueda venir sobre ella condenándola, y procurar que tenga las mejores condiciones posibles para su trabajo.

El mapa de la prostitución señala un inventario particular de problemáticas según la región a las que nos refiramos; así, en Europa, las prostitutas se enfrentan, principalmente, a la violencia estatal, tanto física como jurídica; en África, al tráfico sexual y las rígidas leyes religiosas; en el sureste asiático, a la prostitución infantil y las precarias condiciones sanitarias; en América del Norte, a las numerosas contradicciones entre legalidad e ilegalidad provenientes del proxenetismo y la pornografía y; por último, en América Latina, a la creciente inmigración de jóvenes a Europa y el turismo sexual.

Grosso modo, fueron estas mismas problemáticas las que se discutieron a mediados de los ochentas cuando se celebraron, primero en Amsterdam y luego en Bruselas, los dos primeros congresos mundiales de prostitutas. Dos eventos que reunieron, por un lado, a organizaciones de base –Hydra, ICPR, De Rode Draad, COYOTE- y grupos feministas y, por otro, a la prensa internacional y algunos políticos de sesgo progresista. La idea de los congresos fue integrar las discusiones que venían gestándose en diferentes países sobre las necesidades y exigencias de las prostitutas, las cuales, a pesar de la continua persecución social y política, habían avanzado para la fecha de modo considerable. El libro recoge varias de las ponencias que fueron presentadas en estos dos encuentros, y de ellas podemos extraer los siguientes referentes:

Prostitución y derechos humanos

El tema de los derechos humanos de las prostitutas ocupa una parte considerable del libro, y es así porque constituye una reflexión que apenas empezó a gestarse hace unos cuarenta años. Con anterioridad a esta fecha, no sólo la mujer continuaba una línea abajo en la jerarquía social de Occidente, sino que la idea de la prostituta como ciudadana era de todo modo inconcebible. Sin embargo, es necesario establecer una diferencia entre las políticas de los distintos países sobre la prostitución para examinar el nivel y tipo de discriminación al que se enfrentan las prostitutas en cada uno de ellos; de este modo, cabe distinguir los estados que regulan la prostitución, de los que la prohíben y de los que la toleran.

Un estado que regula la prostitución es aquel que la considera legal, aunque castigue las prácticas de explotación sexual o la incitación directa; por otro lado, un estado que prohíbe la prostitución es aquel que la considera ilegal y, por tanto, ha establecido para ella un conjunto de penalizaciones que consideran por igual a prostitutas, proxenetas, propietarios de burdeles, etcétera; finalmente, un estado que tolera la prostitución es aquel que permite su práctica sólo bajo ciertas condiciones –de espacio y tiempo-. Sin importar cuál sea la línea política del país en cuanto al comercio sexual, todos incurren en acciones discriminatorias, particularmente respecto de los derechos humanos de las prostitutas.

En varios países europeos, por ejemplo, en los que la prostitución es legal, se ataca fuertemente a través de la prohibición del goce de los beneficios que pueden devenir de ella; así, la prostituta puede ejercer su profesión, pero sus hijos o parejas deben abstenerse de utilizar el dinero ganado con ella, puesto que aquello puede ser visto como explotación sexual. Sucede lo propio en los países en donde la prostitución está criminalizada, ya que aunque la mujer pueda arreglárselas para trabajar –e incluso pagar impuestos al estado-, su dinero siempre será considerado ilegal y, en consecuencia, será rechazado al momento de pedir créditos, pagar la escuela de los hijos o tomar en arriendo un departamento. Dice Flori, una prostituta alemana:

“A pesar de su legalidad (en Alemania), la prostitución nunca ha sido considerada como una profesión y nunca ha gozado de los beneficios de reconocimiento público. Nuestras relaciones laborales con los propietarios de los clubes o de los bares no se consideran legales, lo que tiene como resultado que no podemos entrar en el Sistema Nacional de Salud, ni tampoco en el Plan de Pensiones del Gobierno. Estos servicios, así como los Beneficios para el Desempleo, están basados en las contribuciones regulares deducidas de un paquete salarial. Sin reconocimiento del Gobierno ni del público, las trabajadoras de la industria del sexo no pueden contribuir ni beneficiarse de ninguna de estas instituciones que constituyen la espina dorsal del sistema alemán internacionalmente conocido” (Pág. 124)
Pero no sólo se transgrede el derecho al trabajo de las prostitutas. Diariamente tienen que afrontar toda clase de violaciones: 1. el asesinato de compañeras que, las más de las veces, queda en el anonimato, dado el bajo rango social que poseen; 2. la falta de garantías que ofrece el estado o los “empleadores” para su salud física y libertad de elección (cliente, drogas, lugar); 3. la poca igualdad que, frente a otros actores sociales, tienen en términos de justicia y seguridad; 4. el irrespeto a la vida privada y familiar (en Suecia, por ejemplo, hasta hace algunos años, los policías contaban los condones de la basura para sacar un promedio de las ganancias de la prostituta); 5. la prohibición de organizarse políticamente para defender sus derechos, o las continuas amenazas que reciben una vez han empezado a hacerlo.

Prostitución y salud pública

Como a los homosexuales en las primeras etapas de propagación del SIDA, a las prostitutas se les ha culpado tradicionalmente de la transmisión de toda clase de enfermedades venéreas. Aunque es evidente que las prostitutas forman una comunidad particularmente expuesta, durante los últimos años han venido produciéndose importantes cambios en su pensamiento y prácticas; actualmente, por ejemplo, resulta difícil encontrar una prostituta que desee sostener relaciones sexuales (así sea una felación) sin el uso del condón. La conciencia sobre su condición de vulnerabilidad ha redundado en la puesta en marcha de muchas estrategias de prevención y control de las enfermedades.

Lamentablemente, esta misma concientización no la han tenido los usuarios de los servicios sexuales que, en muchas regiones, todavía hoy insisten en sostener relaciones sin el uso de las normas mínimas de prevención. Para ellos, la prostituta accederá a su solicitud si sobreoferta adecuadamente, pero se olvidan que están colocando en riesgo su propia salud y la de la prostituta. Y es que cuando se debaten los temas de salud pública siempre se enfocan desde el punto de vista del usuario, es decir, como si fuese el cliente la persona que está en riesgo, no la prostituta; esto resulta desacertado, en primer lugar, porque las estadísticas demuestran que las prácticas de protección son considerablemente más altas en las personas vinculadas al comercio sexual y, en segundo término, porque por cada prostituta infectada hubo, como precedente, un usuario enfermo.

El libro ofrece como argumento a la desmitificación de la prostituta como foco de insalubridad, algunas investigaciones realizadas por grupos feministas que han mostrado que las prostitutas con SIDA son personas que mantienen otras prácticas de riesgo como las drogas intravenosas; un número mínimo de prostitutas no adictas están infectadas frente al creciente número de prostitutas drogodependientes.

Existen otros problemas frente al tema de la salud de las prostitutas. Por un lado, está el grave deterioro del organismo que han enfrentado muchas de ellas, al verse abocadas a consumir alcohol o drogas con sus clientes como orden expresa del sitio en el que trabajan, que gana un dinero extra con ello. Además, muchas mujeres han contraído enfermedades, no debido a una transmisión directa de uno de sus clientes, sino al mal estado sanitario de los lugares en donde deben acostarse. Falta de información de las autoridades o los miembros de sanidad pública respecto de las enfermedades, así como la obstinación de los clientes en no protegerse, son hechos que también repercuten en el deterioro de la salud de las prostitutas.

Ante este difícil panorama, lo que piden las prostitutas es un mayor espacio de comunicación entre los consejeros de salud y ellas y, sobretodo, poder contar con la autonomía y privacidad para elegir el médico con el que desean realizar sus controles, el tiempo en que pueden hacérselos y la comunicación de los resultados –que generalmente desconocen, pues se transmiten del hospital a la policía-.

Prostitución y feminismo

Contrario de lo que podría pensarse, la relación entre prostitutas y feministas ha atravesado un camino muy difícil que, incluso, las ha distanciado radicalmente. En primer lugar, muchos movimientos feministas han encontrado en la prostitución una práctica ilegítima en tanto reproductora del orden de explotación capitalista. Una liberación definitiva de las mujeres, para estos movimientos, sólo es posible en el momento en el que las prostitutas dejen de ser el objeto sexual de los hombres y puedan conseguir formas más dignas de vivir. Si la prostitución es consecuencia de un estado de injusticia social, entonces debe buscarse la supresión de esta injusticia y procurar un orden más igualitario; en este sentido hay un feminismo de corte abolicionista.

En contraste, otros movimientos –también feministas- se declaran abiertamente antiabolicionistas; éstos, formados mayoritariamente por prostitutas, resaltan el libre albedrío de la mujer para decidir sobre su cuerpo. En términos generales, son grupos que ratifican, ante todo, la necesidad de la profesionalización de la prostitución, es decir, se olvidan de las críticas que sobre los actos de sumisión y dominación hacen a la prostitución otros grupos radicales, y se preocupan en determinar las líneas políticas que llevarían a las prostitutas a ser reconocidas públicamente como ciudadanas libres y respetables.

Es cierto que los movimiento pro-abolicionistas manifiestan una tendencia permeada por los discursos más comunes sobre la prostitución; para muchos de ellos, las prostitutas son víctimas, y si no se reconocen como tal, es sólo porque su estado de dominación es demasiado severo. Como quedó claro antes, esto puede tener validez para las prostitutas que ejercen su trabajo obligadas, o bajo condiciones de chantaje, pero no para aquellas que lo han decidido hacer libremente. De cualquier forma, encuentran varios argumentos muy fuertes al momento de no decaer en su batalla:

“…Veo que (la prostitución) es un servicio que prestan principalmente las mujeres a los hombres y, si lo prestan los hombres, es para hombres. Hay una cantidad de otros servicios, camareros, obreros y otros, pero esos son tanto para mujeres como para hombres. Tengo la sensación de que, al igual que el matrimonio, la prostitución es una institución que ha sido inventada por hombres y para hombres” (Pág. 262)
Así, esta perspectiva feminista encuentra que la prostitución, a pesar de la resistencia o negación que puede argüir la mujer, mantiene el poder de compra de los hombres, en este caso sobre el placer que produce el sexo. Más aun –y esto parece ser lo que realmente distancia a las unas de las otras- las feministas abolicionistas parecen ver en las prostitutas un grupo social con incapacidad para autogestionarse; en otras palabras, se atribuyen el papel histórico de sacar del “letargo” a las trabajadoras del sexo, y mostrarles por qué su trabajo se inscribe dentro del conjunto de las explotaciones patriarcales. Este hecho, visto por las prostitutas, es totalmente inaceptable ya que sólo ellas conocen y pueden determinar de forma real qué es lo que desean como conjunto.

Prostitución e inmigración

La última parte de Nosotras, las Putas contiene varios informes relacionados con otra problemática de la prostitución: la inmigración y trata de mujeres. Hay un punto que unifica este fenómeno y es el hecho de que la mayoría de inmigrantes prostitutas (provenientes de Latinoamérica, Asia y África) van a trabajar a los países de Europa y Norteamérica. Sin embargo, las formas en las que las mujeres llegan a estos países y laboran allí, varía de acuerdo a ciertas condiciones: contactos, lenguaje, legalidad, explotación, etcétera. Intentaremos trazar unas líneas generales sobre el estado del problema.

Los países más pobres han creado en sus ciudades algunos centros turísticos ricos en prostitución, frecuentados de forma especial por extranjeros blancos. Sin embargo, en Europa y América del Norte desde hace ya algunas décadas han venido proliferando los clubes que ofrecen servicios sexuales de colombianas, chilenas, nigerianas, tailandesas, y demás. Hay una especie de banquete para el “rico amante blanco”: la candente e insaciable latina, la sumisa y tierna asiática, o la exótica y enigmática africana. ¿Cómo van a dar esas mujeres a Holanda, Alemania o Italia? Parecen haber al menos dos respuestas.

La primera es la trata de mujeres: a base de engaños –empleo, estudio, matrimonio-, diferentes mafias contactan a las mujeres del “tercer mundo”, les procuran las facilidades del viaje y las instalan en clubes de los que ya no podrán salir por mucho tiempo. La mayoría de las veces, y una vez se encuentra instalada la mujer, los explotadores recurren a la violencia y la intimidación para que permanezca en su cuarto y haga lo mejor posible su trabajo. La misma situación en que se encuentran, o sea, el no conocer a nadie en esos países, no hablar el idioma, el ser ilegal, etcétera, se convierten en razones para permanecer en aquellos lugares esperando alguna contingencia.

La segunda forma de llegar a estos países es la iniciativa personal: muchas mujeres que ejercen la prostitución en sus naciones de origen, viajan con la intención de ganar más dinero. Las oleadas de travestis que viajan de Sur América a Europa, por ejemplo, para operarse y trabajar en ciudades como París en donde son bastante apetecidos, es una muestra fehaciente de esta clase de migración. Hay, además, como una especie de rotación de las prostitutas en Europa: primero las asiáticas, luego las latinas, un poco después las africanas; todas ellas, confinadas en guetos y, casi siempre, trabajando a menores precios que las prostitutas europeas.

Precisamente, este es uno de los grandes inconvenientes a la hora de organizar grupos de prostitutas en Europa. Allí no solamente es habitual la migración de mujeres de los países pobres, sino también de otros países europeos; mujeres que se cansan de trabajar en el mismo sitio y deciden atravesar la frontera para probar suerte. La amplia gama de clases sociales, nacionalidades y modalidades de trabajo –call-girls, escaparates, calle, burdeles, clubes, hoteles- hace bastante difícil la tarea de unificar las exigencias que desean hacer en tanto que prostitutas. Muchas veces la migración ha desencadenado brotes de racismo, envidias y recelos.

Pero la migración es también un fenómeno palpable en los países subdesarrollados. En Kenia, Uganda o Nigeria, por citar algunos casos, muchas mujeres –especialmente jóvenes- escapan de sus casas o sus matrimonios, viajan a las ciudades importantes del país y empiezan a trabajar allí de forma independiente. En estas naciones, en donde la condena social y religiosa es particularmente fuerte, las prostitutas deben soportar toda clase de estigmas y discriminaciones, pero aún así parecen preferir vivirlas que regresar al estado todavía más represor de sus hogares.
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Nosotras, las Putas es un diálogo que se va tejiendo con las voces de aquellas mujeres que, silenciosa pero contundentemente, continúan haciendo resistencia a la fuerza y el control de los paradigmas morales y políticos de Occidente.

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