AUTOR: Robert Louis Stevenson
TÍTULO: La Isla del Tesoro
EDITORIAL: Porrúa, S.A. (Octava edición)
AÑO: 1998
PÁGINAS: 241
PRÓLOGO: Sergio Pitol
RANK: 9/10



Por Alejandro Jiménez

Regresar a este tipo de lecturas siempre resulta confortante, especialmente si se tiene en cuenta que buena parte de la literatura contemporánea ha renunciado a la contundencia de la simple narración, optando por un camino en el que prevalecen los paisajes intrincados, ajenos a esa formidable pureza del lenguaje que conocimos en los relatos de aventura. Este hecho que fue palpable ya durante el siglo XIX, cuando en Francia e Inglaterra se discutía el problema de la novela como expresión burguesa, sugiere una especie de nostalgia frente a la literatura “evasiva”, cuyo único punto de referencia es acaso la vitalidad que se desprende de la acción, lo exótico y lo salvaje.

Si –como nos lo recuerda Sergio Pitol- hubo un Flaubert que concibió la novela en términos de “refinado pesimismo”, y un Wilde “crepuscular” y hedonista, ambos atareados en denunciar la falsa modestia de su época, no es menos cierto que también existió, en el siglo XIX, un Stevenson afianzado en una posición sumamente diferente, escéptica tal vez como las otras, pero vigorosa a un grado incomparable. Ahora bien, está claro que aquella novela lenta, intimista y politizada, heredera de una ruptura histórica con la aventura –ciertamente necesaria y creadora, pero ya nunca más limpia y descontaminada del ethos industrial-, lleva ya mucha ventaja frente a nombres como Verme, Scott, Twain o Dickens, que pocas veces han vuelto a aparecer.

Así, volver a un clásico como La Isla del Tesoro (1883) es remontarse a una época privilegiada, muy distinta a la de la impronta artificial que en la actualidad conocemos, y a un lenguaje brioso y directo, prácticamente ausente en las obras de las últimas décadas. Dos grandes de la literatura han atestiguado esta original fuerza creadora: Chesterton, el primero, escribió que la mayor virtud del estilo de Robert Louis Stevenson (1850-1894) estriba en que “nunca dice nada innecesario y sobretodo nunca dice nada dos veces”; Borges, el segundo, confesó en muchas ocasiones su admiración por el escritor escocés, expresando no sólo el gusto por su prosa, sino situándolo como uno de los “amigos más queridos” que la literatura pudo darle.

Escrita en muy poco tiempo y bajo una necesidad bien particular, La Isla del Tesoro es uno de los títulos más celebrados de Stevenson, y prácticamente una lectura obligada para los amantes del género de aventura. Quizá sus personajes no han llegado nunca ha alcanzar las líneas del Doctor Jekyll o Mr. Hyde, pero no cabe duda de que también se trata de figuras muy bien caracterizadas, insólitas a veces, rudas y pendencieras las otras, pero atractivas hasta más no poder. Sin embargo, a mi modo de entender, con esta novela cabe ejemplificar la tesis de Chesterton que hace notar que muchos de los libros de Stevenson contienen una situación irónica: “generalmente los inicios son excelentes y después la acción se va desintegrando paulatinamente”. En efecto, La Isla del Tesoro ofrece un comienzo intrigante y su acción va creciendo hasta aproximadamente la mitad del libro, en donde –como se analizará más adelante- empieza a decaer hasta desembocar en un final que, aunque no decepciona, tampoco parece estar a la altura de su inicio.

Intentaré a continuación hacer una pequeña reflexión tendiente a aportar algunas ideas sobre: 1. el origen del libro y su ubicación dentro del panorama de la literatura; 2. el manejo de los tiempos y acciones dentro de la obra y; 3. las nociones de héroe y antihéroe que ofrece al lector. Todo ello, claro está, después de hacer una síntesis de su historia.

El tesoro del viejo capitán Flint

Un extraño filibustero, de aspecto temerario ha llegado hasta la posada del Almirante Benbow, con la intención de hospedarse allí por un tiempo. El lugar es atendido por una pareja de ancianos y su joven hijo, Jim Hawkins. El Capitán Bill –que así se llama el pirata- pasa sus días bebiendo ron y cantando viejas tonadas marinas ante el estupor de todos los comensales del lugar; además, ha llegado a un acuerdo con el pequeño Jim para que a cambio de algunos peniques semanales le avise cualquier novedad que tenga que ver con la llegada de hombres extraños a la región, situación que ha hecho acrecentar el temor y recelo del chico frente a su huésped.

Después de unas semanas empiezan a suceder varios acontecimientos decisivos para la historia: primero, el padre de Jim muere, dejándolo como cabeza del hogar y, luego, dos personajes poco atractivos llegan a la posada pidiendo información sobre el Capitán Bill; Jim, acorde con el trato, intenta negar que el filibustero se encuentra hospedado allí, pero por una u otra razón, los dos hombres –Black Dog y Pew- terminan por descubrir la mentira y provocar la muerte de Bill. El muchacho, inquieto ante lo acontecido, e instado por las preocupaciones de su madre ante la difícil situación económica que se les avecina, decide abrir un cofre perteneciente a Bill, y que el pirata había mantenido hasta entonces fuera de cualquier alcance.

El contenido del cofre es misterioso: monedas de distintos países, un traje sin estrenar y algunos documentos. La madre de Jim toma lo necesario para pagarse la renta del pirata y lo demás queda dispuesto para guardarse. Sin embargo, aquellos dos hombres que antes habían ido a buscar a Bill regresan a la posada, teniendo en mente apoderarse del cofre a toda consta. Jim y su madre se ven, de esta forma, obligados a huir del lugar e ir en busca del doctor Livesey. Lo que desconocen hasta ese momento madre, hijo y doctor, es que aquellos hombres son la tripulación restante del Walrus, la antigua embarcación del capitán Flint –uno de los filibusteros más sangrientos y despiadados de todos los tiempos- y que dentro de aquellos documentos del cofre también se encuentra un mapa con la ubicación de un tesoro de más de 700 mil libras.

La idea de una isla con un tesoro hace que el doctor Livesey y el caballero Trelawney, ambos hombres bien educados y honestos, organicen una expedición para encontrarlo, claro está, contando con la participación de Jim que ha sido quien ha descubierto el mapa. De este modo, Trelawney parte hacia Brístol en donde se encarga de disponer todas las cosas necesarias para el viaje: una embarcación –La Española-, víveres, provisiones, armas y, por supuesto, una tripulación con los “mejores hombres”. Contrata a un capitán de apellido Smollet, un cocinero llamado John Sílver, y un buen número de marineros para los trabajos de navegación y carga. Sin embargo, sucede que Trelawney, saltándose la advertencia de Livesey, ha empezado a desparramar por todo Brístol el objetivo de su viaje, es decir, la búsqueda de un tesoro, y esto ha hecho que algunas personas malintencionadas hayan querido unirse a la expedición.

Reunidos todos, La Española zarpa rumbo a la isla, pero muy pronto empezarán a descubrirse muchas cosas: Jim espía una conversación del cocinero Sílver –un viejo filibustero que conoció a Flint en el pasado- en la que planea junto a varios de los marineros de a bordo matar a Trelawney, Livesey y todos los demás, incluso, el capitán Smollet, una vez hayan descubierto el tesoro. La noticia preocupa a Jim, quien de inmediato se la comunica a sus camaradas para tomar las precauciones necesarias. Y es que es mucho lo que debe temerse a esta gente ya que, como se descubrirá después, un número considerable de ellos tienen un pasado pirata y peligroso. Mas, para suerte de los hombres justos que viajan en la embarcación, los mismos filibusteros, dominados por su codicia y desenfreno, se aventurarán demasiado pronto a apoderarse del barco, sin prever las consecuencias de sus actos.

Apenas vislumbrada la isla, el grupo de rebeldes revela sus intenciones, de suerte que la numerosa tripulación se ve dividida en dos bandos: los filibusteros y los hombres que permanecen del lado “oficial”. Unas veces en el barco, otras en tierra, ambos grupos empezarán una carrera de enfrentamientos que reducirá sus fuerzas y que dejará un inventario importante de muertos y enfermos. Entretanto, Jim, un muchacho intrépido aunque a veces vacilante, nuevamente se convierte en el portavoz de la heroicidad: primero, descubre a Ben Gunn, un antiguo pirata que fue dejado en la isla hace unos tres años, y que está dispuesto a unirse al grupo del doctor Livesey con tal de recibir el favor de llevárselo de aquella isla; segundo, recupera La Española que había quedado en manos de los filibusteros y la pone en un lugar a salvo de nuevos imprevistos.

Concientes de la situación y la falta de provisiones, los grupos cambian su agresividad por trabajos estratégicos: así lo hará Sílver, el líder de los piratas, simulando una rendición y ayuda mutua y, después, el mismo doctor Livesey, quien entrega el mapa del tesoro y todas las provisiones de su grupo a los insurrectos, obviamente, una vez ha comprobado que el mapa es inútil porque ya Ben Gunn ha descubierto el botín durante su larga estadía en la isla y lo ha puesto a salvo en una de las cuevas en donde ha vivido. Esta situación pondrá de muy mal humor a los piratas, quienes presa de su codicia desean asesinar a todos en la isla, en especial al joven Jim, que ha caído prisionero de los filibusteros. En otras palabras, a pesar de que el tesoro sea propiedad del doctor Livesey y los demás, Jim –el único que sabe el paradero de la embarcación- permanece a merced de los piratas, y éstos no dudarán un momento en atacar primero y sin resquemores. Una atmósfera de venganza y muerte parece cernirse sobre la isla para dejar atrapados a todo ser viviente entre sus límites.

La Isla del Tesoro en la literatura

Aunque La Isla del Tesoro fue la primera novela de Stevenson, tiene la experiencia de varios libros de viajes que el autor publicó antes de 1883, así como algunos títulos de cuentos. Lo que llama la atención de esta obra tiene que ver con su origen, esto es, su concepción y escritura:

“La gestación de La Isla del Tesoro fue singular. Stevenson pasó el verano de 1883 con su familia en Kinnaird, en el condado de Perth; durante varios días el mal tiempo les impidió salir de casa. Para entretener a su hijastro Lloyd, un muchacho de trece años de edad, Stevenson hacia dibujos que el otro coloreaba. Un día ambos se dedicaron a trazar el mapa de una isla, a la que Lloyd bautizó con el nombre de Isla del Tesoro; comenzaron después a componer su geografía, las montañas, los ríos, a trazar las cruces que indicaban la ruta hacia el tesoro. Esa misma noche el autor comenzó a delinear una serie de capítulos sobre una historia que tenía lugar en aquella isla. A partir del día siguiente, y durante quince días consecutivos, escribió cada mañana un capítulo que por las noches leía a la familia. Todos los Stevenson colaboraron de cierta manera en la empresa. El padre, tan encantado como el pequeño Lloyd con el relato, contribuyó con amplios conocimientos de marinería; algunas de las aventuras son producto de la imaginación de Lloyd, otras de la de Fanny. En octubre del mismo año una recaída de salud lo llevó a Davos donde concluyó la novela” (Pág. XVII)
Como se ve, es posible resaltar algunos aspectos interesantes sobre el origen de la novela: en primer lugar, nunca se trató de un gran proyecto novelístico, es decir, de una obra a la que Stevenson dedicara el esmero y la continuidad que pudo caracterizar a otras de sus publicaciones; en segundo término, es una novela escrita, como podría decirse, “a voces”, debido a que no es producto exclusivo de Stevenson –al menos no en las ideas que presenta-, sino que en su creación participaron su esposa e hijastro con aportes al diseño y estructura de la narración y; finalmente, contiene una forma bastante clara que tiene que ver con la escritura de un capítulo diario, todos ellos de una extensión bastante similar, y de lenguaje muy asequible para cualquier clase de público.

Podría hablarse, por otra parte, de la importancia que tiene para la novela el hecho de que el mapa de la isla, la ubicación de cada espacio geográfico, etcétera, fuera concebido a priori a la historia misma, y no merced a las necesidades de ésta, ya que Stevenson aprovecha la situación para la descripción específica y minuciosa de muchas de las zonas de la isla: sus arrecifes, costas, montañas, tipo de plantaciones, entre otros, espacios perfectamente previsibles en los mapas que sostuvieron la escritura de la novela.

Con relación al lugar que ocupa La Isla del Tesoro en la historia de la literatura, creo compartir casi en su totalidad las ideas expuestas por Pitol en el prólogo con que se abre esta edición. El crítico y escritor mexicano distingue tres grandes posiciones en la narrativa europea del siglo XIX: el pesimismo, el decadentismo y la evasión, corrientes a las que ya me he referido un poco más arriba y que tienen como núcleo común un cierto estado social y económico que, para el caso concreto de Inglaterra, fue el horizonte victoriano.

En opinión de Pitol, esas corrientes novelísticas son formas de responder a las condiciones de la época, particularmente a los cambios promovidos por la alta industrialización de Europa, y el creciente poder cultural que obtenía la burguesía. De alguna forma, esa sociedad que exigió de la novela el convertirse en su principal instrumento legitimador y de entretenimiento, se transformó a finales del XIX en una de las armas más fuertes con las que se la atacaba; allí tenemos las novelas de Dickens y Balzac, y también las de Elliot y Butler, distintas en sus alcances y matices, pero todas ellas significativas a la hora de trazar el amplio panorama de sinsentidos, contradicciones e ironías de su tiempo. Hubo un grupo de escritores, dice Pitol –Meredith, Hardy, Butler-, caracterizados por un enfoque pesimista, muy cercano a las “zonas abismales” de la burguesía, y cuyo rasgo especial es el señalamiento: “esta es la clase hipócrita y aparentadora –afirman- que ha decidido dirigir el resto de la sociedad”.

Asimismo, se distingue otro conjunto de escritores –Beardsley, Wilde, Pater- quienes prefieren dibujar un espacio más cercano al decadentismo, ya sea porque sus obras trascienden los problemas individuales situándoles explícitamente como temas de clase, o porque su escenario es toda una ciudad o país venidos a menos: la explotación, el irrespeto, la inmoralidad. Pero aún habrá otro grupo de escritores, llamados evasivos, pues aunque concientes de los problemas de la época no estuvieron dispuestos a entregar a la novela las facultades de crítica social que si le atribuyeron los otros. Entre estos últimos autores cabe destacar el nombre de Robert Louis Stevenson.

En otras palabras, mientras caía sobre la burguesía toda clase de denuncias desde los Butler y los Wilde, Stevenson se dedicaba a escribir sobre un mundo diametralmente opuesto al de las obras de sus contemporáneos: natural –en el sentido amplio de la palabra-, no artificial y superpuesto como el de Londres o Dublín; salvaje y exótico, no refinado e hipócrita como el impelido por la moral de clases y; en últimas, espectacular y lejano, no cercano y monótono como el diario acontecer europeo. Para bien o para mal, Stevenson privilegia la aventura de lo salvaje bien lejos de la tierra que lo vio nacer, y encontrando en las zonas marginadas de Asia o América un nuevo sentido para las letras, en ese momento situado en un segundo plano.

Acción y tiempo en La Isla del Tesoro

Como mencioné un poco más arriba, puede reconocerse en La Isla del Tesoro un sutil desequilibrio entre la acción inicial de la novela, su desarrollo y desenlace. A mi parecer, y retomando la idea de Chesterton sobre este respecto, ese gran impulso que pulula en las primeras páginas, y que el lector recibe como señales de que algo muy grande se aproxima, empieza a difuminarse muy suavemente en el trascurrir de la obra, hasta hallar en el final de la misma, una especie de desencanto, ya que el gran nudo dramático se resuelve en apenas un par de capítulos, similar a un corte algo precipitado. Creo encontrar dos posibles argumentos para sostener esta tesis.

El primer argumento es que la acción de los primeros capítulos es mucho más rápida y llamativa, toda vez que en ellos Stevenson renuncia a cualquier tipo de elucubraciones morales o lenguajes especializados. Es cierto que aun en las zonas medias y finales de la novela nunca existe una gran discusión moral sobre el comportamiento de los personajes, ni tampoco hay un Stevenson que hable un lenguaje exclusivo para los hombres de mar, pero es verdad que más allá de las primeras páginas el escritor empieza a tambalearse con el uso de ciertas palabras y, lo más importante, no llega a sorprender al lector con lo que sucede en la isla, aun cuando allí debería ocurrir los hechos principales para la historia. Algo así como si fuese más interesante la novela en Brístol o en la posada del Almirante Benbow que en la isla donde se encuentra el tesoro.

Sumado al uso de ciertos tecnicismos y la poca acción no previsible que se desarrolla en la isla, se encuentra el hecho –y este es el segundo argumento- de que los personajes de Stevenson se presentan demasiado encasillados en sus personalidades. Los unos (Livesey, Trelawney, Smollet y Jim) no dejarán nunca de ser “buenos”, de defender la rectitud ética y el prontuario de ideales de su país, cosa que puede resultar aburridora; los otros (Hands, Sílver, Dick) se mantienen del lado de los que, a pesar de cualquier destello de arrepentimiento o vacilación, no dejarán de ser mentirosos y embusteros. Que esto sea así, obliga al autor a que la línea de su narración no pueda escaparse por senderos de acción que muevan la historia significativamente, o sea, que la enriquezcan. Esto es tan cierto que sólo cuando Jim se aventura a quedarse con los filibusteros, o Sílver intenta acomodarse a los dictámenes del doctor Livesey parece haber un poco de emoción en la isla.

Porque esto sucede de esta forma, los tiempos de narración varían considerablemente: mientras que en la posada de Benbow y Brístol todo ocurre muy rápido y Stevenson acierta a todo momento, una vez en tierra y con los piratas envalentonados e insurrectos, la novela cae en un estado de mediano letargo, lleno de luchas e intrigas, es verdad, pero en donde poco o nada ocurre con relación a lo realmente importante que es la búsqueda del tesoro, de la que sólo se hablará hasta el final, cuando ya todo se encuentre resuelto y se sobrevenga la resolución definitiva de la situación.

Jim Hawkins y John Sílver

Casi por regla general parece ser que los personajes “buenos” resultan al lector aburridos, y que la verdadera emoción siempre viene de la mano de los verdugos y malvados. Esto parece muy cierto para el caso de La Isla del Tesoro en donde ese grupo de personajes “buenos”, a los que antes me referí, son demasiado lineales y poco prestos a mostrar algo de los devaneos propios de un ser humano común y corriente. Sucede que casi siempre el caballero Trelawney y, mucho más, el doctor Livesey y el capitán Smollet, se muestran incorruptibles, demasiado ideales y encorazados en sus formas de pensamiento.

Pueda ser que el dibujo de estos personajes haya sido un trabajo conciente de Stevenson para mostrar –cosa que deseo resaltar yo mismo- que la heroicidad es solamente aquello que resulta de la transgresión de ciertas normas o convenciones, y que por fuera de este rompimiento sólo es posible encontrar una infértil tensión entre lo bueno y lo malo. Voy a discutir brevemente este aspecto que me parece bastante importante trayendo a colación las figuras de Jim Hawkins y John Sílver, dos de los personajes menos esquemáticos de la novela.

Jim Hawkins es, no sólo el narrador de la historia, sino su principal hilo articulador. Él, que al principio se nos presenta como un joven débil y poco temerario, se irá transformando paulatinamente en el prototipo de héroe: será quien escuche la conversación entre Sílver y los piratas en la que se planea la insurrección, el que encuentre a Ben Gunn en la isla después de alejarse de su grupo, y quien recupere la embarcación del poder de los piratas. No cabe duda de que la mayoría de las veces se verá inmerso en estas situaciones por simple casualidad o impulso inconciente, pero a la larga sabrá encontrar la manera de aprovecharlas lo mejor posible. Fiel a lo que estima como recto y loable, no dejará de actuar conforme a estos parámetros, pero tampoco se confinará en la quietud y espera de personajes como Smollet, o el doctor Livesey.

John Sílver, por su parte, es el otro personaje que escapa a la clásica división entre personajes buenos y malos. Es posible que nunca deje de ser el más peligroso e hipócrita de todos los bandidos, pero por donde se lo mire siempre habrá que hacer una lista de salvedades y, sobretodo, reconocer que de todos los hombres que aparecen en la novela, es el que más merece pasar a la posteridad. Se trata de un típico pirata: una pierna menos, un fiel loro en uno de sus hombros, amante del ron y del tabaco; sin embargo, como ninguno de ellos, Sílver hace gala de la inteligencia y astucia que necesita cualquier héroe para enfrentar los problemas. Sabrá hablar cuando sea necesario, pelear y disparar cuando así obliguen los acontecimientos, reír o suplicar de acuerdo a la conveniencia, pero nunca llegará a defraudar.

Si La Isla del Tesoro prescindiera de un doctor Livesey o un capitán Smollet, podría reemplazarlos por otro par de personajes igualmente rectos en sus disposiciones, pero si lo hiciera de Hawkins y, especialmente, de Sílver, entonces habría que tomarse un tiempo más largo para tratar de recuperar cada uno de los matices que estos personajes van tomando de acuerdo al momento de la narración. Como se dijo antes, sólo cuando uno de ellos decide romper con el corte de bueno o malo, para arriesgarse en alguna aventura, la acción de la novela toma verdadera fuerza. Stevenson parece saber esto mejor que cualquiera y, por tal motivo, los trae aquí y allá, como los principales soportes de su obra. Son héroes o anti-héroes de acuerdo a la situación, cometerán los errores que los otros no, pero son los que mayor sabor humano tienen.
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La Isla del Tesoro es una novela consagrada a la aventura y la acción; escrita hábilmente, nos muestra un mundo en donde se rompen todos los asideros, un mundo en donde lo salvaje y visceral va recuperando poco a poco cada fibra de los hombres.

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