AUTOR: Lu Sin
TÍTULO: Antiguos Relatos Vueltos a Contar
EDITORIAL: Lenguas Extranjeras (Segunda edición)
AÑO: 1972
PÁGINAS: 163
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez

Una curiosa forma de hacer literatura revolucionaria es lo que nos presenta Lu Sin –o Lu Xun- (1881-1936) en esta antología de relatos. Él, adscrito a la Liga de Escritores de Izquierda –grupo muy cercano al Partido Comunista-, decide volver sobre algunos de los héroes y escenarios más tradicionales de la cultura china, no con la intención de insistir en su importancia, sino para utilizarlos como material de resistencia frente a la hegemonía que se venía desprendiendo de esas mismas tradiciones, y que en los albores del siglo XX se convirtió en el principal obstáculo para la renovación social a la que aspiraba el comunismo.

Dicho de otra forma, estos Antiguos Relatos Vueltos a Contar (1935), son una desmitificación de la cultura china, en el sentido de que expresan una revisión cuidadosa de la forma en la que se ocultó tras el lenguaje de la leyenda, un basto conjunto de paradigmas que mantuvieron siempre muy marcada la distancia entre clases y, sobretodo, usurparon el papel histórico de las mayorías, restringiéndolo al dictamen de los sabios, los guerreros o los políticos. Es tanto como si Lu Sin dijera: “es necesario volver hasta la antigüedad y recontar nuestra historia, para encontrar su verdadero significado”.

El objetivo se cumple y, por ello, el lector va descubriendo cómo la frase de un “señor” puede pretender legitimar un esquema injusto, cómo la insistencia en valores y jerarquías del pasado es una estrategia de control y estancamiento, o cómo una guerra presuntamente nacional, las más de las veces sólo obedece a intereses personales. Se trata de un ejercicio de lectura renovado que el autor plantea a guisa de contraparte, es decir, de respuesta a esas miradas que se centran en el entusiasmo de la forma o la descripción, sin llegar a meter nunca el dedo hasta el fondo.

Pueda ser que el texto de Lu Sin contenga algunos excesos, particularmente en lo que concierne a las sátiras que intercala en el texto, y que usa para burlarse de ciertos personajes de su época, muy parecidos a los de las leyendas, eso sí, ya sea por su obstinación, soberbia o maldad. Un lector “culto”, por ejemplo, tal vez llegue a pensar que el hecho de extrapolar nombres aquí y allá, de cruzar situaciones o lenguajes, no se corresponde con las características de los textos antiguos; sin embargo, sería necesario advertir que nada obliga a escribir –aun cuando se trate de textos de esta índole- de una manera específica, y que lo último que busca el mismo autor es que el relato reconstruido se vuelque en un molde similar al precedente.

Lu sin, quien fuera –en su momento- uno de los más fervientes defensores de la renovación cultural de su país, además de uno de los primeros escritores en dejar de utilizar el chino clásico, es, ante todo, un transgresor de paradigmas, un artista de clara inclinación progresista y, en consecuencia, un abanderado de la vanguardia literaria. Por tal razón, no puede exigírsele su acomodo al canon; si su nombre ha trascendido la a veces castrante lista de escritores comprometidos con el socialismo, instalándose en un lugar privilegiado de las letras orientales, se debe justamente a haberse siempre mantenido al margen de esta clase de requerimientos.

Naturaleza, hombre y cosmovisión

Antiguos Relatos Vueltos a Contar reúne en total ocho textos que coinciden, como se dijo antes, en la búsqueda de desenmascarar las formas de sometimiento mantenidas a través de la tradición; sin embargo, las temáticas particulares de cada relato varían de sobremanera: los hay concernientes al origen del hombre, es el caso de Restauración de la Bóveda Celeste, en el que se narra la manera en que Nü-wa –antigua emperatriz china- creó el primer ser humano a partir de tierra amarilla; otros recuperan leyendas sobre hechos inmemoriales como Contener al Diluvio, hazaña realizada por el héroe Yu, o El Muerto Resucitado, fábula que da cuenta del diálogo de Chuang-Tsi con el destino.

Pero, el libro también contiene relatos que se ubican en un tiempo menos mítico y que, incluso, muestran nuevas facetas de renombrados personajes chinos: La Travesía del Paso, por ejemplo, recrea las diferencias de pensamiento entre Lao Tsé (fundador del quietismo) y su discípulo Kung Chiu –más conocido como Confucio-; en Contra la Guerra, se cuenta el recorrido que siguió Mo-tsi –o Mo Ti- para impedir la invasión que el reino de Chu preparaba contra Sung en el siglo V ANE. Hay, finalmente, algunos relatos como La Espada Azul y La Recolección de los Helechos, basados en fábulas escritas sobre personajes que presumiblemente vivieron, pero que apenas aparecen en los registros históricos.

Como se ve, la antología contiene un rico horizonte, ya que asume tres de las líneas más importantes de la tradición: el mito, la leyenda y los héroes. Por otro lado, Lu Sin domina bastante bien el arte literario: no pierde nunca de vista la influencia de la naturaleza en las decisiones que toma el hombre, y reconoce los alcances que tienen esas decisiones a la hora de preguntarse por nuestro papel frente al mundo. Por esta razón –y como se dijo más arriba-, el libro renuncia a la simple descripción de los sucesos y, mucho más, a la exaltación de los mismos. El interés del escritor es extraer de ellos, no el hecho fantástico o la frase célebre, sino el punto de quiebre de la historia, esto es, el elemento que puede determinar su sentido profundo.

De este modo, hablar de naturaleza en Antiguos Relatos Vueltos a Contar equivale a referirse a los procesos históricos que determinan ciertas formas de entendimiento; la naturaleza no es vista como una figura insuperable, más bien como un estado objetivo frente al cual se ubican los personajes, quienes no satisfaciéndose con su mera comprensión, reconocen en ellos mismos el llamado histórico para transformarla. Así, el hombre propuesto por Lu Sin es conciente de que hay una naturaleza que lo determina –pensemos en el diluvio, en la guerra o, incluso, en el hambre-, pero que, por un lado, esa naturaleza es sólo un estado de la historia, no su fundamento y, por otro, que la naturaleza histórica siempre es superable cuando se descubren y denuncian las fuerzas político-sociales que mantienen su estado actual.

Es obvio que en las páginas del libro se cruza todo tipo de pensamientos e ideologías: hay sabios que insisten en que la cultura es un privilegio de cierto grupo y que, por demás, ha encontrado en el pasado su más sublime expresión; hay gobernantes de mirada obtusa que nunca se toman un minuto para pensar en aquello que legitima socialmente una invasión o una guerra; y, en fin, hay mucho discurso fundamentalista y divisorio. Sin embargo, la fuerza re-creativa, el foco de esa vuelta a lo antiguo propuesta por Lu Sin está subrayada en el hombre inconforme, audaz y emancipado que hasta entonces se había mantenido como personaje secundario de la tradición china.

La rigidez del dogma, el arma de la tradición

La extensa historia de la China había desembocado a principios del siglo XX en una situación previsible: dirigida merced a unas cuantas dinastías, y mantenida por una reducida nómina de sabios y guerreros, que a fuerza de espada o discursos la impusieron sobre el pueblo, esa invención de unos pocos que ostentosamente se llamaba “tradición nacional”, estaba erigida como norma. Que todo esto fuese una mentira lo comprendía bastante bien el Partido Comunista, los movimientos de izquierda y, en general, la parte crítica del intelectualismo chino; pero para el grueso de la población, cegado totalmente frente a las trampas históricas, “su” tradición continuaba siendo el dogma, el punto de referencia para los valores y comportamientos a seguir e, incluso, un marco intransigible que debería ser defendido a toda costa.

Es así que durante el período revolucionario, los comunistas chinos se encontraron con que era más difícil de lo que se pensaba combatir el peso de las tradiciones, y ello no porque sus ideólogos constituyeran un grupo numeroso, sino porque tenían un amplio margen de dominación sobre la masa, producto de siglos y siglos de tergiversaciones. Muy difícilmente un ciudadano del común podría consentir que la historia y costumbres con que había sido educado él, y antes de él, sus padres y demás antecesores, estuviese basado en un embrolloso poder que pretendía apartarlo de las grandes decisiones; en su cabeza no podía caber semejante estratagema y, por ende, antes que atacarla, decidía defenderla con obstinación.

Lu Sin, persuadido de esto, decide recontar las historias tradicionales de su país para aportar algo de luz entre tanta oscuridad. Fue un trabajo que le tomó más de trece años –desde 1922- y que concluiría apenas un año antes de su muerte -1936-. Vuelve, así, sobre lo que el pueblo chino consideraba como “suyo”, y pone en negrilla las frases, las situaciones, los escenarios que puedan colaborar en la necesaria apertura de los ojos.

1. Sobre la desmitificación de los dioses. El primer punto que considera es el del carácter de los dioses. En Restauración de la Bóveda Celeste y El Muerto Resucitado esta discusión es particularmente palpable: los designios de los dioses se muestran arbitrarios porque ante ellos el hombre nada puede y debe conformarse con su cumplimiento. No obstante, ¿qué podemos ser en estas condiciones?, ¿a qué queda reducida nuestra libertad y autodeterminación cuando se nos obliga a obedecer un esquema de existencia? He aquí que, al modo de un Prometeo, el nuevo héroe de la tradición china, es decir, el que busca Lu Sin, se revela frente a este tipo de dominación y directamente lo denuncia. Veamos, Chuang-Tsi se encuentra dialogando con la divinidad del destino, que intenta convencerlo de que sólo ella puede decidir sobre la vida y la muerte, ante lo cual el hombre le contesta:

“Divinidad suprema, cometéis un error. En realidad, ¿se distingue la muerte de la vida? Yo, Chuang Chou, he soñado que me transformaba en mariposa, una mariposa que revoloteaba por aquí y por allá. Cuando desperté, era de nuevo Chuang Chou, abrumado de tareas. Y en el fondo me pregunto si es Chuang Chou quien ha soñado ser mariposa o la mariposa quien ha soñado ser Chuang Chou; es algo que aún no he puesto en claro. Del mismo modo puede uno preguntarse si este cráneo no está viviendo y si lo que se llama retorno a la vida no es, por el contrario, la muerte. Ruego al Dios Supremo que se muestre un poco conciliador; si los hombres deben ser comprensivos, no es obligatorio que los dioses manifiesten obstinación” (Pág. 152)
Dice Chuang-Tsi: si los hombres debemos mostrarnos comprensivos, los dioses no deben manifestarse obstinados. Un poco después, el mismo Chuang-Tsi convencerá al dios del destino para que resucite a un hombre que se ha encontrado en el camino, pero no se sorprenderá con semejante hecho, simplemente concluirá: “si uno está en la verdad, el otro tampoco está equivocado”. Es decir, puede ser que los dioses controlen ciertas fuerzas, pero lo hecho por el hombre tiene la misma validez que lo divino, porque tiene también el sello de la creación, y en ello ha puesto su libertad y paciencia.

En Reconstrucción de la Bóveda Celeste, los señalamientos hechos por el hombre a las conductas de los dioses reaparecen. Nü-wa, la emperatriz creadora, es puesta esta vez contra la pared: “Al ir completamente desnuda –le dice un hombre-, os entregáis al libertinaje, ofendéis la virtud, despreciáis los ritos y quebrantáis las conveniencias; tal conducta es la de un animal. La ley del Estado está firmemente establecida: eso está prohibido”. Un hombre denuncia a su propio dios como el principal infractor de las normas; es más, le exige el cumplimiento de los dictámenes y acuerdos a los que se ha llegado en el mundo, porque sin importar el carácter que pueda tener, un dios no puede actuar desatendiendo las conveniencias mundanas.

2. Sobre la división de clases. La segunda estación de esta carrera iconoclasta propuesta por Lu Sin tiene que ver con la superación de las divisiones entre clases. Contener al Diluvio nos muestra un ejemplo muy diciente sobre el aporte del autor en este sentido. En el relato, China se encuentra completamente inundada, en vano se ha intentado encontrar una solución que restituya las condiciones naturales de la tierra, así que los hombres han optado por sobrellevar como mejor pueden la situación: algunos viven en balsas –los más pobres-, comiendo algas y otras plantas acuáticas y, por su lado, los ricos y sabios se han instalado en lo alto de las montañas, en donde reciben comida que viene por los aires y el agua desde muchas partes.

Varios comités del gobierno han visitado las poblaciones más afectadas y han concluido que, a pesar de las difíciles condiciones, soportan tenazmente la situación, y empiezan a acostumbrarse. “Comen bien –dicen-, y se entretienen hablando fruslerías”. Es más, ante el obligado cierre de las universidades y centros culturales, la gente se vuelve cada día más estúpida. Solamente el exclusivo grupo que ha ido a vivir al “Monte de la Cultura” sigue leyendo y discutiendo sobre los asuntos humanos. Allí se utiliza el "O.K." para asentir, se filosofa sobre la animalidad del hombre y se habla una y otra vez sobre cómo los sabios estiman que la cultura es la arteria vital de la nación, que ellos mismos son el alma de esa cultura, y que sin importar que los hombres pobres mueran, mientras subsista la cultura, la China superará el horrible panorama del diluvio.

Se ve, pues, una crítica a la inmediatez y automatismo de la vida de los pobres, producto de las resoluciones inapelables de quienes dominan. Sin embargo, en este mismo relato, y aún más contundentemente en La Recolección de los Helechos y La Travesía del Paso se muestra al hombre corriente que logra escapar del juego: en ellos, los personajes enfrentan el régimen sin importar las consecuencias, con tal de no legitimar con su silencio una condición injusta y peyorativa. Así, Po-Yi y Shu-chi mueren de hambre, negándose a probar el cereal del reino Chou, que ha invadido injustamente pueblos aledaños; o Lao-Tsé parte de su ciudad natal por temor a ser asesinado, no sin antes expresar su opinión sobre la necesidad de romper con las diferencias entre hombres.

3. Sobre la ruptura de la tradición. Existe un conjunto de normas y costumbres que el pueblo chino asume como respetables y necesarias. En contraste, Lu Sin observa que muchas de ellas encierran sólo un ánimo de control. Son muy frecuentes las referencias a la necesidad de superar los viejos discursos y prácticas, puesto que son estos los que impiden de manera más profunda la evolución del pensamiento y la transformación social.

En Contener al Diluvio, hay una posibilidad de superar la difícil situación que se ha cernido sobre China; se trata de la canalización propuesta por Yu. Él ha examinado juiciosamente la geografía de la región, pero la idea es mal acogida por parte de los sabios y gobernantes, quienes encuentran que con ella se rompe, por un lado, el método tradicional de afrontar el problema –diques- y, por otro, la reputación de la familia de Yu, que siempre fue partidaria del uso de los diques. No dispuestos a aceptar esta doble transgresión, encuentran en Yu una figura peligrosa. Pero, lo que sucede es que está en juego el control de una situación como el diluvio que ha resultado bastante provechosa para la clase dominante; solucionarla sería tonto, más aún cuando se trata de hacerlo a través de un método que rompe con la norma, con la tradición.

Algo similar sucede en La Recolección de los Helechos, en donde se afirma que: “El rey de los Shang ha eliminado las antiguas leyes. Cualquiera que elimine las antiguas leyes debe ser combatido. Pero según mi opinión, el vasallo que combate a su señor se aparta también del camino trazado por los reyes antiguos…”. Quienes hablan son los hermanos Po-yi y Shu-chi, y se refieren al rey Chou de la dinastía Chang. En el fondo de estas palabras, pronunciadas por el último de los hermanos, pulula el estancamiento propio de la tradición: si no es posible eliminar antiguas leyes, ni que el vasallo pueda alguna vez enfrentar a su señor, cómo podrá ser posible enfrentar el devenir histórico, las transformaciones políticas y, en fin, cómo podría entonces evitarse una regresión autoinducida a cada instante.

Más clara aún parece condensarse esta inquietud en las palabras de Lao-Tsé cuando habla con Confucio -en La Travesía del Paso- acerca de lo difícil que puede ser romper con el camino hollado. Confucio ha leído varios de los libros más tradicionales de la China, pero al intentar relacionarlos con la realidad, ha experimentado un crudo desfase; por tal motivo, su maestro Lao-Tsé le dice:

“-Es una suerte (…) que usted no haya encontrado a ningún soberano inteligente. Los Seis Libros, esas añejeces, son los cantos rodados que han dejado a su paso los antiguos reyes. ¿Cómo podrían abrir un camino nuevo? Sus palabras son como un rastro; el rastro ha sido trazado por el pisoteo de sandalias, pero no se podría pretender que rastro y sandalias se confundan en uno” (Pág. 116)
4. Sobre la guerra. Se discute en varios de los relatos de Lu Sin sobre el sentido de la guerra. En la mayoría de los casos lo que se propone es el reconocimiento de que casi siempre los enfrentamientos están basados en un interés personal que pretende declararse compartido, pero del que sólo resultan beneficios particulares. En especial, el relato Contra la Guerra muestra esta condición. El gran reino Chu prepara su ataque contra el pequeño poblado Sung; impelido a evitarlo, Mo-Tsi decide atravesar la región para convencer al rey de los Chu de lo estúpido que resulta su idea.

El recorrido es largo, pero a cada paso Mo-Tsi encuentra testimonios que le reiteran la necesidad de su viaje: huellas de las guerras ocurridas con el paso de los siglos, casas devastadas, hambre, suelos infértiles y miradas tristes. Y, al llegar a Chu, un cambio abrupto, la opulencia de las casas –pocas en relación con las de otros reinos-, cercos fortificados, un comercio activo, y toda clase de banalidades. Ofendido ante semejante desfase, Mo-Tsi visita a su discípulo Kungshu Pan, el estratega de la invasión que se prepara contra el reino Sung, y le habla en los siguientes términos:

“-Déjeme decirle algunas palabras. En el Norte he sabido que usted había fabricado una escala de sitio para atacar el país de Sung. ¿Qué crímenes ha cometido ese desventurado país? El reino de Chu posee más tierras de las que necesita; son hombres lo que le hace falta. Hacer masacrar a los hombres, cuando no se tienen bastantes, para conquistar tierras, que se tienen de sobra, ¿significa dar muestras de inteligencia? El país de Sung no es culpable de crimen alguno; atacarlo, ¿es dar pruebas de humanidad? Saber esto y no interceder es señal de deslealtad. Interceder y no conseguir nada del rey es señal de debilidad. Apasionado de la justicia, usted se niega a matar a un individuo, pero quiere aniquilar a multitudes; ¿se puede decir que obre conforme a la lógica?” (Págs. 140-141)
Aquí, donde antes se veían victorias épicas de un reino sobre otro, y en donde brillaban los nombres de “héroes” que habían luchado sin importarles dejar su vida sobre la tierra, ahora se puede ver solamente una desfachatez. La indolencia de cualquier guerra muestra al hombre chino que muchos de sus antiguos guerreros fueron simples matones a sueldo, que se vendieron al mejor postor, o que combatieron engañados contra su propia gente y que, por esta razón, no son dignos de la alabanza y el encomio que hasta entonces recibieron.

5. Sobre el papel del arte. Finalmente, es posible distinguir algunas reflexiones sobre la tradición china en cuanto al arte. Lu Sin, cabeza intelectual del Cuatro de Mayo, movimiento reformista nacional, inspiró con su Diario de un Loco (1918) toda una renovación cultural en la forma de entender el papel de la literatura. Conforme al momento político por el que atravesaba China, Lu Sin entendió el arte como uno de los dispositivos más importantes que debían utilizar los revolucionarios para acercar al pueblo el mensaje del empoderamiento histórico y político.

Así, algunas de las sátiras que contiene el libro están referidas a las corrientes artísticas que postulaban la inmanencia del arte, su compromiso exclusivo con la belleza y su inevitable separación de las estructuras sociales. Nada más contrario al pensamiento de Lu Sin, para quien el arte y, especialmente, la literatura constituían canales de comunicación y encuentro entre los ideólogos comunistas y la masa proletaria. En el marco particular de los Antiguos Relatos Vueltos a Contar, esta discusión se extrapola hasta los tiempos legendarios de la China. La Recolección de los Helechos es uno de los textos que mejor da cuenta de la tensión entre ambas posiciones: el príncipe Siao-Ping se ha enterado de la situación de Po-Yi y Shu-chi –quienes se niegan a comer el cereal del reino por considerar a su gobernante injusto-, intrigado, decide visitarlos porque los intuye hombres inteligentes, pero:

“Después de la entrevista, subió a su palanquín moviendo negativamente la cabeza y de vuelta en casa, se sintió poseído de la cólera: esos dos miserables eran indignos de hablar de poesía. En primer lugar, eran pobres y dedicaban todo el tiempo a buscar su alimento, sin lograr encontrar lo que necesitaban ¿Cómo podían crear obras bellas? En segundo lugar, escribían para decir algo, lo que perjudicaba el candor de la poesía. En tercer lugar, en sus versos hacían críticas, lo que era contrario a la dulzura de la poesía. En fin, punto particularmente censurable, su carácter estaba lleno de contradicciones” (Pág. 80)
Toda la sociedad feudal de China consideró que el arte y, en concreto, la poesía debía apartarse de todo modo de los problemas sociales. De esta manera se descontaminaba de lo mundano, acercándose más profundamente a lo bello e ideal. Aún a principios del siglo pasado continuaba alimentándose esta opinión, y el rompimiento con ella es cosa que todavía sigue discutiéndose. Sin embargo, Lu Sin insiste en la necesidad de otorgarle al arte un carácter social antes que cualquier otro. En efecto, si las condiciones económicas y políticas hacen que la mayoría de nosotros deba trabajar antes que disfrutar las artes, ¿por qué razón estás no deben dar cuenta de la situación, denunciarla –si es el caso- y superarla a través de su discurso? Muy cercano a las ideas de Sartre en ¿Qué es la Literatura?, el escritor chino contribuye a la focalización de la literatura revolucionaria y, en general, a la invención de nuevas formas de entender el arte.
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Antiguos Relatos Vueltos a Contar propone una forma alternativa de acercarse a la cultura tradicional china; sin ninguna clase de deuda idiosincrásica o metafísica, Lu Sin retorna a su pasado para señalar muchos vacíos y mentiras, con la única intención de permitir al hombre salir de ese letargo que siempre acompaña la costumbre.

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