AUTOR: Adam Surray
TÍTULO: Alí-Baba y los Cuarenta Marcianos
EDITORIAL: Bruguera, S.A. (Primera edición)
AÑO: 1980
PÁGINAS: 95
RANK: 7/10




Por Alejandro Jiménez

La vida extraterrestre constituye uno de los temas más controversiales. Ahí tenemos, por ejemplo, lo ocurrido en Roswell en 1947, que ha dado pie para toda clase de conjeturas y opiniones: se ha hablado de la colisión de una nave interplanetaria, de posibles misiles nucleares, y hasta de proyectos secretos del gobierno estadounidense. Muy pocas cosas pueden sacarse en limpio de este cruce de interpretaciones, y tal vez lo único cierto sea que esta incertidumbre ha terminado por convertirse en la base de todo tipo de señalamientos entre quienes son partidarios de una y otra opinión.

Los entusiastas de la existencia alienígena sustentan sus tesis a partir de los trabajos de la ufología; los obsesos del tema nuclear, no cesan de encontrar pistas de proyectos radioactivos y; por su lado, los gobiernos continúan su hermetismo sobre buena parte de los programas de investigación que desarrollan. Súmesele a esto el boom comercial en que termina toda controversia –libros, películas o videojuegos- y tendremos un panorama cada vez más desolador, del que no es posible ya tomar alguna referencia sin sentirse impelidos a la duda.

Alí-Baba y los Cuarenta Marcianos es un bolsilibro que toma para sí semejante horizonte, organizándolo en una historia llena de emoción y crítica. El pulp renuncia a la acción propia de otras obras de su clase, centrándose en el suspenso y la descripción de los antecedentes de la trama. Quizá esa carencia de escenas veloces o violentas pueda defraudar a muchos lectores, pero para quienes interesa también –aun cuando se trata de bolsilibros- la confección o, más bien, la estructura de la historia, la lectura del texto resultará no sólo satisfactoria, sino hasta cautivante.

Detrás de su concepción está la mano de Adam Surray –pseudónimo de José López García-, un experto en la escritura de esta clase de relatos; hay que recordar que Surray colaboró con muchos de los textos de la colección La Conquista del Espacio, editada por Bruguera: Accidente en la Ipsilon-V, Amor y Muerte en la Tercersa Fase, Ataúd para un Robot, El Planeta de “No Volverás”, Fauna Intergaláctica, entre otros. La ciencia ficción y el terror fueron siempre los principales focos del autor y pudiéramos arriesgar la idea de que esa conjunción es, precisamente, la que convierte a Alí-Baba y los Cuarenta Marcianos en un pulp matizado por la imaginación y el suspenso.

Surray utiliza un lenguaje sofisticado: aunque prescinde de las adjetivaciones innecesarias, engalana su prosa con palabras bastante futuristas –visorcular, rulars, retropropulsión, o turboflite-; por otra parte, prefiere siempre las frases cortas, y aunque los diálogos son bastante frecuentes, nunca socavan los espacios de la narración. En términos generales, se trata de un relato muy bien escrito y, como se verá más adelante, cargado de fuerza visionaria.

La historia de Alí-Baba y los Cuarenta Marcianos

David Sheffler ha sido testigo de un hecho increíble; mientras permanecía en el Shawn Desert, en donde tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia, observó la manera en la que una extraña nave se desplazaba por los aires y, momentos después, ingresaba en el interior de una roca que misteriosamente se abría para recibirle. El aturdimiento que le produjo tal suceso, lo ha llevado a casa de su amigo Warren Bishop, un importante periodista de Telemundo-3, pero se ha encontrado con algo que no esperaba: su camarada no le cree una palabra. Sin embargo, Mariel Novak –la amante de Bishop- sí ha dado crédito al relato, y ha prometido investigar lo acontecido para su propia compañía, el The Field Post.

Sheffler, un aviador venido a menos, vive en San Francisco en los bungalows de la Cook Aircraft, la empresa para la que trabaja, y hacia allí se dirige después de acordar con la chica lo de la investigación. Pero, sucede que esa noche vuelve a percibir las naves en el cielo; precavido, hace sonar el timbre de emergencia, y muchos de sus vecinos también observan el terrorífico espectáculo: curiosos aparatos van y vienen por los aires disparando misiles desintegradores; nada puede hacer él o sus compañeros ante lo que acontece; en cuestión de segundos, la zona ha sido reducida a cenizas.

Warren, arrepentido por no haber creído las palabras de su amigo, e inconforme frente a las disposiciones de la Unicontrol –la entidad encargada de investigar todo lo ocurrido- se dispone a emprender su propia indagación. Primero consigue el permiso del gobierno para dirigirse al Shawn Desert, tarea en la que le ayuda la exuberante Debbie Hemsley y, luego, convence a su jefe de Telemundo-3 para que le facilite una aeronave y armamento. Entretanto, otros sucesos terminan por convencerlo de la gravedad del asunto: la base nuclear de Thorpe Flat ha sido bombardeada por las mismas extrañas naves, poniendo en alerta a la región por la radioactividad que empieza a expandirse; asimismo, en los Estados Unidos de Europa, una ciudad entera ha desaparecido.

Todos los indicios apuntan a un ataque extraterrestre: en primer lugar, el diseño de las naves no responde a los tradicionales modelos terrícolas; segundo, después de la Tercera Guerra Mundial, se prohibió el desarrollo de tecnología nuclear, razón que descarta un ataque entre las dos potencias –los Estados Unidos de América y los Estados Unidos de Europa- y; finalmente, una vez interrumpidas las expediciones espaciales, merced a la recuperación del holocausto producido en la última guerra, no se llegó a suprimir la posibilidad de encontrar vida en otros planetas.

Así pues, Warren marcha junto a Mariel Novak rumbo al Shawn Desert, pensando que en este lugar encontrarán algún rastro que pueda explicar lo que acontece. Y no tardan mucho en encontrarlo: un ser de brazos y pies metálicos, escafandra en el rostro y color mucílago, husmea su nave mientras ellos lo ven desde unas rocas. Aquella criatura decide incinerar el aparato y en segundos nada puede recordarlo; pero lo peor es que descubre las huellas de la pareja y se pone en su búsqueda. Aterrorizados, Warren y Mariel permanecen en las rocas; disparando hacia unas piedras aledañas logran socavar al perseguidor.

Puestos a salvo, deciden huir del lugar; mas, habiendo perdido su nave, no tienen otra opción que hurtar la del alienígena, sólo que ésta se encuentra programada para regresar a su guarida, debajo de la tierra. De tal suerte, pronto se ven frente a la roca de la que les habló su amigo Sheffler; bromeando, Warren pronuncia las mágicas palabras: “Ábrete Sésamo” y, ante su incredulidad, la roca se abre, descubriéndoles un laberinto de túneles iluminado apenas por focos iridiscentes. Ahora no podrán escapar: la ciudad subterránea está repleta de criaturas como la que vieron antes; puestos como prisioneros, son dirigidos a una celda extrañamente acomodada.

Entonces Warren empieza a sospechar: la habitación tiene whisky, sillas y camas demasiado parecidas a las humanas, una iluminación semejante a la de cualquier casa de la Tierra. Hurgando, da con una puerta que lo conduce a la oficina de Philip Fiedrich, el amo supremo del subsuelo. Pero, ¡qué extraño!, este ser no sólo habla e interpreta perfectamente el inglés, sino que conoce la historia reciente del planeta –la Tercera Guerra Mundial, el acuerdo de paz, la prohibición de investigaciones nucleares, etcétera-. Al parecer Fiedrich tiene más de hombre que de marciano; algo más soterrado que un ataque extraterrestre está detrás de todo esto.

La Tierra durante la posguerra

Este bolsilibro de Surray da cuenta del estado de nuestro planeta después de que ha tenido lugar la Tercera Guerra Mundial. Conforme a lo que muchas de las actuales predicciones piensan, este encuentro bélico ha sido el más desastroso para la humanidad; en él se ha puesto a prueba todo el poder armamentístico desarrollado desde el siglo XX, y si bien ha sido originado por un querella entre pequeñas poblaciones, se ha concentrado en una disputa entre las dos potencias mundiales: Estados Unidos y Europa.

Sin embargo, aun cuando hubiese sido posible una destrucción total, las potencias decidieron controlar su ímpetu devastador y actuar con miras en el botín. Así pues, antes que aniquilarse mutuamente, se concilió entre Europa y Norteamérica un estado de paz, que tuvo como fundamento, por un lado, la prohibición de las armas biológicas y nucleares y, por otro, la detención de las expediciones espaciales hasta la restitución económica y vital del planeta. De cualquier forma, detrás de este supuesto ánimo conciliador, sólo existe un discurso demagógico; así parece comprenderlo la misma Mariel cuando habla con Warren:

“-¡Por Dios, Warren! ¿Acaso apruebas la política del presidente Buster A. Crabe I? ¡Un presidente autócrata y vitalicio! La Tercera Guerra Mundial terminó merced a un pacto de las dos grandes superpotencias. Se anexionaron territorios y se establecieron colonias por todos los confines de la Tierra. Los Grandes Estados de América y los Nuevos Estados de Europa se repartieron el pastel. Pisoteando los derechos de los otros pueblos” (Pág. 17)
En otras palabras, el planeta que nos muestra Alí-Baba y los Cuarenta Marcianos goza de una paz que sólo existe en apariencia, puesto que está basada en varias injusticias: 1. Permitir el ejercicio autócrata y vitalicio de un presidente, al estilo de un régimen de estado, sólo que ahora de alcances transnacionales; 2. Subsumir a los países menos desarrollados dentro de la lógica de las potencias, o lo que es lo mismo, impedir su autonomía económica y política mientras se les explota todos sus recursos y; 3. Mantener un discurso hipócrita mientras se continúa la producción nuclear –cosa que vendrá a comprobarse al final del pulp-.

Ese telón socio-político de fondo va encuadrando las acciones de Warren dentro de la historia. Por ejemplo, él no tiene la autorización para investigar los sucesos de los ataques de las naves, debe hacerlo todo por su cuenta y riesgo. La Unicontrol (algo así como las fuerzas públicas y de inteligencia de los Estados Unidos) es quien se encarga de revisar y cerciorarse de la índole del asunto; pero tratándose de un organismo del estado, nada parece servir de auditoría para sus funciones.

De San Francisco a Topolandia

La ruta de la patraña es San Francisco-Topolandia. La ciudad estadounidense es en el siglo XXI una megametrópolis tecnológica. Centro de poder del presidente Buster A. Crabe I, toda información que circula por las pantallas de los humanos es controlada previamente. Pero no sólo se controla la información, esto es, lo que dice el The Field Post o Telemundo-3, también se controlan los recursos de las colonias “anexionadas”, los países pobres que aún en esta época continúan siendo propiedad de una u otra potencia según su antojo.

Ahora, intentemos situar lo que sucede en el pulp y contrastarlo con el tema con que se abrió esta reseña. La Tierra empieza a ser azotada por extrañas naves que destruyen sin dejar rastro: primero Cook Aircraft, luego la base de Thorpe Flat, después alguna ciudad europea. Hay quienes piensan que se trata de un ataque extraterrestre; la prueba la encuentran en los tratados de paz que limitan las agresiones entre potencias, el diseño de las aeronaves e, incluso, la apariencia de los seres que han logrado verse. Esta es la opinión más general y, ciertamente, la que comparte el lector durante buena parte del bolsilibro.

Pero, poco a poco van surgiendo algunos puntos que no cuadran: la negativa de Unicontrol a que los periodistas se acerquen a las zonas atacadas, los asesinatos de Sheffler y Debbie, etcétera. Entonces, el mismo Warren empezará a sospechar que puede tratarse de otra cosa, por ejemplo, del inicio de una nueva disputa entre potencias por zonas colonizadas; tesis que se ve alimentada por el silencio del gobierno frente a lo sucedido. Sin embargo, una vez dentro de la ciudad subterránea, las cosas empiezan a tener verdadera forma, y el lector se sorprende con cada palabra que cruza por sus ojos:

“…A. Crabe I accedió al poder finalizada la Tercera Guerra Mundial. Al firmar con los recién creados Estados Unidos de Europa los tratados de Paz del Nuevo Mundo, empezó a inquietarse por el futuro del país. La prohibición de las armas nucleares, la cancelación de todo proyecto espacial, la difícil recuperación tras la contienda…, Buster A. Crabe I, por lo que pudiera pasar, ideó la construcción de una ciudad secreta. Una ciudad subterránea donde los hombres más cualificados continuaran investigando en el campo nuclear. Han sido veinticinco años de internamiento muy bien aprovechados (…). Hemos construido las más inverosímiles armas. Partiendo de los rayos lásers y másers hemos llegado al rayo desintegrador, al rayo que desplaza las moléculas de la materia, a sofisticados radar y antirradar, la construcción de vehículos de mecanismo astral” (Pág. 87)
Un proyecto secreto de los Estados Unidos para continuar con la investigación nuclear a pesar del tratado de paz, diseñado y desarrollado con la única intención de reincidir en la guerra, pero esta vez con clara ventaja frente a sus oponentes. Nada más escabroso y verdadero, no sólo allí, en el bolsilibro, sino también en nuestra realidad, en donde tras bambalinas siempre hay programas de aniquilación humana, aun cuando las palabras dibujen bonitos horizontes halagüeños.
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Alí-Baba y los Cuarenta Marcianos esboza una reflexión: pueda ser que a veces exageremos las intenciones de un gobierno o un científico, pero nunca debemos pasar por alto que buena parte de los problemas de los hombres no son resultado de agentes externos, sino de nosotros mismos.

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