AUTOR: Gilberto Cely, S.J., Bertha Ospina de Dulce, María Cristina Conforti, Gustavo García, et al
TÍTULO: El Horizonte Bioético de las Ciencias
EDITORIAL: CEJA –Universidad Javeriana- (Primera edición)
AÑO: 1994
PÁGINAS: 326
RANK: 7/10




Por Jeimmy Peña González

La generación de espacios para la reflexión ética sobre el sentido y el quehacer de las ciencias que se ocupan de la vida en sus múltiples manifestaciones, se ha convertido en los últimos años en una preocupación perentoria. El presente libro, producto de uno de esos espacios, concretamente del propuesto por la Universidad Javeriana para la reflexión de sus estudiantes y profesores, recoge una serie de artículos que fueron escritos y publicados por primera vez en 1994, y que han venido reeditándose con éxito desde entonces.

El Horizonte Bioético de las Ciencias contiene estudios desarrollados en el seno del Seminario Permanente de Investigación en Bioética, adscrito a la Facultad de Ciencias de esta Universidad, y que a la cabeza de Gilberto Cely Galindo (decano de la Facultad y colaborador de la Universidad desde el año 1970) viene consolidándose como lugar de encuentro y debate para docentes de filosofía, derecho, ciencias biológicas (genética), teología, sociología y educación.

De tal suerte, los artículos que aquí se publican contienen opiniones, inquietudes y análisis que se ven marcados por distintas orientaciones disciplinarias y profesionales, mas, cabe destacar que ninguno de ellos deja de lado el referente ético y que, por tal razón, existen unos objetivos que los unifican: poner en evidencia científica el respeto a todo tipo de vida, de lo abiótico por ser el fundamento de las formas vitales; buscar estrategias para equilibrar la relación entre ciencia y ética y; consolidar una episteme conducente a dar un verdadero sentido a la vida.

Podríamos abordar el contenido del libro siguiendo el esquema que éste nos ofrece: cinco partes que giran en torno al enfoque bioético desde la especificad de la ciencias, la identidad interdisciplinaria de la bioética, la bioética y la tecnociencia, la calidad de vida y la salud y, por último, los aportes de la bioética a la cultura contemporánea. Sin embargo, por la variedad de temas que existen al interior de estos núcleos conceptuales, pretendo mejor elaborar una síntesis ubicando tres puntos de referencia: 1. La articulación de las ciencias y las humanidades, 2. Bioética y Cultura y 3. La relación entre ciencia y tecnociencia; aspectos que iré señalando al tiempo que esbozo algunas opiniones personales.

La bioética: puente entre las ciencias y las humanidades

Para hablar de un puente entre las ciencias “duras” y las humanidades es necesario hablar de las diferentes disciplinas que las componen y de la naturaleza del objeto de estudio de las mismas. Las primeras son consecuencia de las últimas porque, por un lado, se entiende el conocimiento científico como una relación cognoscitiva entre el hombre y las cosas y, por otro, porque se sitúa lo humano como fundamento de disciplinas como la matemática, la química, la física, la biología, la sociología, la psicología, la pedagogía, etcétera, cada una de las cuales nos ofrece una representación del universo, por ejemplo, a propósito del origen de la vida o del lenguaje humano.

En este sentido, Cely –en el texto que abre el libro- hace un breve recorrido sobre la forma como, desde Aristóteles, se relacionan conocimiento y método: desde la mediación sensorial aísthesis, pasando por la experiencia empeiría, la técnica techné, la episteme episteme, la razón nous, la sabiduría sophía, hasta la certidumbre de estar en la verdad aletheuein, la que busca la perfección del ser; y también desde Francis Bacon, con su pragmatismo epistemológico del saber hacer, o su filosofía positivista que, seguida por Descartes, rompe la unidad escolástica de la filosofía aristotélico-tomista y da lugar así al nacimiento del empirismo típico de las ciencias físicas y naturales que, modificadas de una u otra forma, apuntan hoy día hacia lo que conocemos como la tecnociencia y de la cual hablaremos más adelante.

Por supuesto, este desarrollo histórico tiene muchas influencias y modificaciones, pero resultaría un tanto dispendioso citarlas en este momento; bástenos saber que a lo que apunta Cely es a que todo este devenir pone de manifiesto una corriente ética que hace énfasis en el saber hacer, más que en el ser o, en otras palabras, una ética enraizada en un pragmatismo epistemológico:

“…dicha ética empírico-positivista da como éticamente válido todo lo que el hombre pueda hacer con su ingenio instrumentalizado, sin miramiento alguno a valores primarios fundantes del actuar” (Pág. 40)
Es evidente que desde hace mucho tiempo la investigación y las ciencias han tomado un rumbo “equivocado” o, al menos, se han malutilizado hasta llevar al extremo aquella afirmación de Bacon por la cual: “sólo se puede someter a la naturaleza para el servicio del hombre, es la única manera de hacer ciencia y de poderla aplicar en lo que más nos convenga e interese”; de aquí surge la relación entre saber y poder. Y es precisamente esta noción de saber, la que comienza a separar las ciencias entre "duras" (que legitiman el conocimiento) y sociales o humanas (de segundo rango), iniciándose a su vez la fragmentación del conocimiento, y tergiverándose el horizonte humano de la ciencia que, como lo mencioné con anterioridad, ya desde Aristóteles era uno de los fines del conocimiento.

De este modo, hablar hoy de bioética es casi estrictamente necesario, ya que es ésta la que le da un carácter integrador a esa brecha que poco a poco se ha interpuesto entre las diferentes formas del conocimiento, entre las ciencias biológicas y las humanidades, entre lo que se hace en beneficio de la humanidad y lo que se tergiversa de ella; así pues, se trata de precisar epistemológicamente el objeto de estudio, los instrumentos y métodos de trabajo, aceptar cada una de sus limitaciones y abrirse al diálogo interdisciplinario, es decir, al proceso dinámico que busca solucionar distintos problemas de investigación, abordando el objeto de estudio de forma integral y estimulando la elaboración de nuevos enfoques. Lo afirma Gilberto Cely de la siguiente manera:

“La bioética si es el resultado del diálogo fecundante entre todas las ciencias básicas, su lenguaje y su horizonte son humanísticos, de interés social hermenéutico-emancipativo, lo cual requiere de una acción comunicativa que explicite los procesos dialogales de carácter interdisciplinario” (Pág. 19)
Bioética y cultura

Lo primero que hay que situar en la pregunta por la relación entre bioética y cultura es la vida: qué es calidad de vida, o qué le da sentido a la misma. Obviamente, en El Horizonte Bioético de las Ciencias no se resuelven estas preguntas, ya que los conceptos que toma por base no terminan aún de definirse. Si las asumimos desde una posición científica, podríamos decir respecto de la primera, por ejemplo, que es “la capacidad de administrar los recursos internos de un ser físico de forma adaptada a los cambios producidos en su medio”, pero por tales motivos, y porque el medio cambia constantemente, no podemos establecer una definición muy general. En mi opinión, por calidad de vida, podemos entender el estado de satisfacción de las necesidades vitales de cada ser vivo y en cuanto al sentido de la vida, considero que corresponde a cada quien reflexionar acerca de ello.

Es válido considerar que el hombre es el estadio más altamente evolucionado de la materia-energía –como lo señala Cely-, y también que es un fabricante inalcanzable de necesidades, conductas y objetos de satisfacción –como indica Gustavo García en su artículo La bioética: el problema del Punto de Partida-; el problema radica en que es menester hacer una revaloración de la tensión entre libertad y necesidad biológica a partir de nosotros mismos, del papel que le estamos dando a las ciencias, no como reformadoras de nuestra calidad de vida sino como manipuladoras de nuestra vida misma; y también una revaloración de la forma en que vemos nuestra relación con la naturaleza, la mayoría de veces simplificada a recursos orgánicos, minerales y energéticos de interés utilitario, a ser posible de bajo costo en los bienes de mercado.

La bioética entra en este momento en juego, puesto que es aquí donde abre todas sus posibilidades críticas y problemáticas para procurar nuevamente la reinserción del hombre en la naturaleza de la cual es parte interactuante y dependiente, en procura de un nuevo respeto por la vida como clave por excelencia para la humanización de la cultura.

Es cierto que una característica inherente al ser humano es su curiosidad intelectual y su deseo de conocer la “verdad”; la investigación en diferentes áreas es una de las expresiones de ese deseo de conocer, es más, es un derecho fundamental consagrado en los artículos 18 y 19 de la Declaración de los Derechos Humanos del año 1948; pero, como es evidente, toda “verdad” tiene un valor que no es necesariamente monetario, aunque se vea directamente relacionado con él. Lo que quiero resaltar es que, si bien depende en parte de la cultura, en algunas ocasiones los descubrimientos intelectuales son impredecibles y estos se utilizan dependiendo de la responsabilidad con que el científico o la persona que tenga acceso a ellos los utilice, lo cual no quiere decir tampoco que sean necesariamente perjudiciales para nuestra sociedad ya que los grandes descubrimientos –como la pólvora, la división del átomo, la ingeniería genética, o la radiactividad- han sido producto de acontecimientos inesperados y le han proporcionado a la humanidad grandes beneficios.

Aunque no es posible predecir el rumbo de todas las actividades humanas, el investigador no puede tampoco evadir la responsabilidad con ellas, de modo que interviene aquí un gran dilema ético en lo que respecta a cuándo investigar, qué investigar, para quién investigar, etcétera. Una de las alternativas que podría ayudar a evaluar la conveniencia de determinado trabajo científico tiene que ver, como lo señala Bertha Ospina, con el análisis de la relación costo social/beneficio/riesgos, para el ser humano y para su entorno a corto, mediano y largo plazo.

Otro de los aspectos a resaltar en este punto es el cuestionamiento que se le hace a determinados avances científicos; es el caso de los trabajos realizados con el DNA recombinante –la manipulación de la molécula de la vida-, un tema que ha generado en los últimos años grandes controversias de tipo social, económico, político, biológico y, por supuesto, ético. Al respecto, Bertha Ospina hace un detallado análisis de sus implicaciones sociales y biológicas, que va desde el primer intento de manipulación genética con las leyes de Mendel hasta lo que hoy en día se está haciendo en materia de investigaciones médicas, y el cual, me parece, vale la pena ser leído en su totalidad. Bastará en este caso mencionar algunos aspectos de reflexión primordiales tales como: que el beneficio de la ciencia o del mercado científico no puede anteponerse al beneficio humano, y que la utilización de de tecnologías y avances debe comportar el menor riesgo posible y respetar tanto la vida como la dignidad de las personas.

Ciencia y Tecnociencia

Entendemos por ciencia, en su sentido más amplio, el conocimiento sistematizado en cualquier campo. En ella se pueden distinguir la ciencia pura (como la basada en la experiencia sensorial objetivamente verificable) y la ciencia aplicada (como la búsqueda de usos prácticos del conocimiento científico). La tecnología en este caso viene a ser lo que permite llevar a cabo las diferentes aplicaciones que se le dan a la ciencia. Evidentemente la diferencia entre tecnología y ciencia es difícil de distinguir, puesto que hoy en día el progreso de la una depende de la otra, sin embargo:

“...podría decirse que el objetivo de la ciencia es el progreso del conocimiento, mientras que la tecnología tiene por objeto la trans-formación de la realidad dada” (Pág. 87)
Se espera que la ciencia dé como resultado una teoría de la realidad: una imagen simbólica –lógica, matemática, lingüística- que manifieste la estructura de la realidad, y para ello está históricamente constituida. Sin embargo, no hay que perder de vista que la tecnología actúa más cercana a las categorías circunstanciales, aquellas que dependen del presente y de las necesidades inmediatas, y que ellas, a diferencia de la ciencia, carecen de historia y están orientadas al futuro, siendo susceptibles de relacionarse más directamente con el poder. Es decir, son progresivas y transgresivas, o como lo dice Fabio Alberto Garzón, son an-ontológicas (extraña a la pregunta por el ser y su sentido).

De esta manera, es necesario reconocer que la tecnología y la ciencia necesariamente deben avanzar, que las herramientas que ellas nos brindan están ahí y que pueden ser muy poderosas, pero que, asimismo, nosotros somos o podemos ser más conscientes y responsables, tanto de sus potencialidades como del influjo que ejercen sobre cada uno de nosotros, sobre la sociedad y sobre la naturaleza.

La bioética implica necesariamente un trabajo entre las distintas disciplinas y debe estar, por lo mismo, orientada siempre hacia el estímulo y respeto de toda clase de vida. Podríamos decir que éste es uno de los puntos básicos para entender la actitud que tanto las ciencias como las humanidades deben asumir en su intento de mejorar la calidad de vida en nuestro planeta y, claro esta, de atribuir un sentido más sensato al entendimiento humano. El Horizonte Bioético de las Ciencias nos invita a generar una conciencia sobre el futuro de la vida, las ciencias y los criterios humanísticos que sirven de legitimadores.
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Hoy, más que nunca, se hace urgente la necesidad de un diálogo interdisciplinario que tenga como objetivo asumir responsablemente el cuidado de todo el fenómeno de lo viviente, articulando armoniosamente la biodiversidad natural con la diversidad cultural, para bien de ambas. Porque las dos expresiones de vida se encuentran amenazadas por nuestra arrogancia antropocentrista que apunta ya a la demencia.

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